Fuego y sangre

Fuego y sangre


Exceso de gobernantes

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Debemos dejar de momento a la reina Rhaena para dirigir la mirada de nuevo a oriente, a Desembarco del Rey y Rocadragón, donde la regente y el rey no se ponían de acuerdo.

Aunque la cuestión del matrimonio del rey resultara indignante para la reina Alyssa y lord Rogar, no hay que suponer que fue la única fuente de preocupación que tuvieron durante su regencia. El dinero, o más bien su ausencia, era el principal problema de la Corona. Las guerras del rey Maegor habían sido carísimas, una ruina, y habían agotado las arcas del tesoro real.

Para rellenarlas, el consejero de la moneda de Maegor había subido los impuestos que ya existían y creado unos cuantos más, pero estas medidas no procuraron todos los ingresos previstos y solo sirvieron para intensificar el odio que albergaban los nobles del reino hacia su rey. La situación tampoco había mejorado con Jaehaerys. La coronación del joven príncipe y la Boda Dorada de su madre habían sido unas celebraciones espléndidas, de gran relevancia para ganarse el cariño de nobles y plebeyos por igual, pero habían tenido un alto coste. Y todavía tenían previsto un gasto aun mayor: lord Rogar estaba decidido a completar las obras de Pozo Dragón antes de entregar la ciudad y el reino a Jaehaerys, pero no disponía de fondos suficientes.

Edwell Celtigar, señor de Isla Zarpa, había sido una Mano muy poco eficaz para Maegor el Cruel. Cuando se le dio una segunda oportunidad como consejero de la moneda, durante la regencia, demostró idéntica ineptitud. Como no quería enemistarse con los otros nobles, decidió instaurar nuevos impuestos para la plebe de Desembarco del Rey, aprovechando su proximidad. Se triplicaron las tasas portuarias; ciertas mercancías tenían que pagar gravámenes por entrar en la ciudad y por abandonarla, y se establecieron nuevos impuestos para las posadas y los constructores.

Ninguna de estas medidas consiguió el efecto deseado de llenar las arcas del tesoro; más bien al contrario: las construcciones disminuyeron y acabaron parándose; se vaciaron las posadas y el comercio decreció notablemente, ya que los mercaderes desviaban sus barcos de Desembarco del Rey a Marcaderiva, el Valle Oscuro, Poza de la Doncella y otros puertos en los que pudieran librarse de pagar impuestos. (Lannisport y Antigua, las otras dos grandes ciudades del reino, también se veían afectadas por los nuevos impuestos de Celtigar, pero los decretos tuvieron menos efecto allí, en gran medida debido a que Roca Casterly y Torrealta hicieron caso omiso y no se esforzaron en absoluto por recaudarlos). Sin embargo, las nuevas tasas sí que sirvieron para que el odio por lord Celtigar se extendiera por toda la ciudad. Lord Rogar y la reina Alyssa no se libraron de compartir el oprobio. También sufrió las consecuencias Pozo Dragón: la Corona ya no disponía de fondos para pagar a los constructores, con lo que cesaron todas las obras de la cúpula.

También se avecinaban nubes de tormenta por el norte y el sur. Con lord Rogar ocupado en Desembarco del Rey, los dornienses se habían vuelto osados y estaban aumentando el número de incursiones en las Marcas, e incluso llegaban hasta las Tierras de la Tormenta. Se oían rumores de que había otro Rey Buitre en las Montañas Rojas de Dorne, y Borys y Garon, los hermanos de lord Rogar, insistían en que no disponían de los hombres ni de los fondos necesarios para erradicarlo.

Más acuciante aún era la situación del Norte. Brandon Stark, señor de Invernalia, había fallecido en el 49 d. C., poco después de su regreso de la Boda Dorada; los norteños decían que el viaje le había supuesto demasiado esfuerzo. Lo sucedió su hijo Walton y, cuando en el año 50 d. C. estalló una rebelión entre los hombres de la Guardia de la Noche en Puertaescarcha y la Fortaleza de Azabache, reunió a su ejército y cabalgó hasta el Muro para unirse a los hombres leales de la Guardia y sofocar el alzamiento.

Los rebeldes eran antiguos Clérigos Humildes e Hijos del Guerrero que habían aceptado la clemencia del niño rey. Los encabezaban ser Olyver Bracken y ser Raymund Mallery, dos caballeros cambiacapas que habían servido en la Guardia Real de Maegor antes de abandonarlo por Jaehaerys. El lord comandante de la Guardia de la Noche, con muy poco tino, les había dado el mando de dos fortalezas abandonadas con órdenes de restaurarlas, pero lo que hicieron los dos hombres fue quedárselas y establecerse como señores de esos castillos.

Su rebelión fue muy breve. Por cada hombre de la Guardia de la Noche que se había unido al levantamiento, diez habían seguido fieles a sus votos. En cuanto les llegó el apoyo de lord Stark y sus banderizos, los hermanos negros recuperaron Puertaescarcha y colgaron a los perjuros, con excepción de ser Olyver, a quien lord Stark decapitó con Hielo, su célebre mandoble. Cuando la noticia llegó a la Fortaleza de Azabache, los rebeldes huyeron al otro lado del Muro con la esperanza de unirse a los salvajes. Lord Walton los persiguió, pero cuando llevaban dos días por la nieve del bosque Encantado, sus hombres y él cayeron víctimas de una emboscada de gigantes. Posteriormente se narró que Walton Stark dio muerte a dos de ellos antes de que lo arrancaran de la montura y lo despiezaran. Los supervivientes volvieron con sus pedazos al Castillo Negro.

En cuanto a ser Raymund Mallery y el resto de los desertores, los salvajes no los acogieron muy bien. Rebeldes o no, el pueblo libre no necesitaba ningún cuervo. La cabeza de ser Raymund llegó a Guardaoriente medio año después. Cuando preguntaron al jefe de los salvajes qué había sido del resto de los hombres, se rio y dijo: «Nos los comimos».

Alaric, un hombre capaz pero adusto, segundo hijo de Brandon Stark, se convirtió en señor de Invernalia. Gobernaría el Norte durante veintitrés años. Durante mucho tiempo no dijo nada bueno de Jaehaerys, porque culpaba a la clemencia del rey de la muerte de su hermano Walton, y con frecuencia se le oía decir que su alteza tendría que haber decapitado a los hombres de Maegor en lugar de mandarlos al Muro.

Muy lejos del Norte y sus tribulaciones, el rey Jaehaerys y la reina Alysanne seguían en su exilio autoimpuesto de la corte, pero no se puede decir que estuvieran ociosos. Jaehaerys continuaba con su estricto plan de entrenamiento diurno con los caballeros de la Guardia Real, y dedicaba las noches a leer detenidamente las historias del reinado de su antepasado Aegon el Conquistador, en quien quería inspirarse para reinar. Los tres maestres de Rocadragón lo ayudaban en esta tarea, al igual que la reina.

A medida que pasaban los días, cada vez se acercaban más visitantes a Rocadragón a hablar con el rey. Lord Massey de Piedratormenta fue el primero en presentarse, pero lord Staunton de Reposo del Grajo, lord Darklyn del Valle Oscuro y lord Bar Emmon de Punta Aguda llegaron pisándole los talones, seguidos de lord Harte, lord Rollingford, lord Mooton y lord Stokeworth. El joven lord Rosby, cuyo padre se había quitado la vida cuando cayó el rey Maegor, también acudió, impetrando avergonzado el perdón del joven rey, quien se lo concedió gustosamente. Aunque Daemon Velaryon, como lord almirante de la Corona y consejero naval, estaba en Desembarco del Rey con los regentes, eso no impidió a Jaehaerys y Alysanne viajar a Marcaderiva a lomos de sus dragones, para inspeccionar los astilleros junto a Corwyn, Jorgen y Victor, los hijos de Daemon. Cuando la noticia de estas audiencias llegó a oídos de lord Rogar, en Desembarco del Rey, se puso furioso y llegó a preguntar a lord Daemon si se podría utilizar la flota de los Velaryon para impedir que esos señores pelotilleros se arrastraran hasta Rocadragón a ganarse el favor del niño rey. La respuesta de Velaryon fue contundente: «No». La Mano se lo tomó como una muestra más de falta de respeto.

Mientras tanto, las nuevas damas de compañía de la reina Alysanne y el resto de su corte se habían acomodado en Rocadragón, y pronto resultó patente que la intención de su madre de que esas Mujeres Sabias persuadieran a la joven reina de que su matrimonio era inapropiado e impío iba a caer en saco roto. Ni los rezos ni los sermones ni la lectura de La estrella de siete puntas conseguían socavar la convicción de Alysanne Targaryen de que los dioses habían querido que se casara con su hermano Jaehaerys para ser su confidente, su fiel consorte y la madre de sus hijos. «Será un gran rey —dijo a la septa Ysabel, a lady Lucinda y a las otras—, y yo seré una gran reina». Tan firme era su convicción, y tan amable, cariñosa y afectuosa era ella en todo lo demás, que la septa y las otras Mujeres Sabias descubrieron que no podían reprocharle nada y que con cada día que pasaba estaban más de su parte.

El plan de lord Rogar de separar a Jaehaerys y Alysanne tampoco marchaba muy bien. El joven rey y su reina querían pasar la vida juntos, y aunque más adelante tendrían una discusión que se haría famosa y acabarían separados, tanto el septón Oswyck como el maestre Culiper nos cuentan que ni una sombra ni una palabra más alta que otra se interpusieron jamás entre ellos mientras estuvieron en Rocadragón, antes de que Jaehaerys alcanzara la mayoría de edad.

¿Fallaría Coryanne Wylde en su intento de seducir al rey? ¿Es posible que ni siquiera llegara a intentarlo? ¿Acaso será simple ficción el relato del encuentro en la posada? Todo es posible. El autor o autora de Advertencia para jovencitas afirmaba lo contrario, pero a este respecto, el tristemente famoso texto es todavía menos de fiar que en general, pues se divide en media docena de versiones contradictorias, cada una más vulgar que la anterior.

No encajaría con el lascivo relato reconocer que Jaehaerys la rechazara ni que ella no encontrara la oportunidad de seducirlo, por lo que nos ofrece una serie de aventuras lujuriosas, una feria de obscenidades. En Historia de una libertina se insiste en que lady Coryanne no solo se acostó con el rey, sino también con los siete miembros de la Guardia Real. Supuestamente, su alteza se la pasó a Pate la Perdiz después de saciar sus apetitos; Pate, a su vez, se la pasó a ser Joffrey, y así uno tras otro. Alta cuna, baja cama omite estos detalles, pero nos relata que Jaehaerys no se limitó a invitar a la joven a retozar en su lecho, sino que también lo compartieron con la reina Alysanne y dieron lugar a unos episodios más propios de las infames casas de placer de Lys.

Una historia un poco más verosímil es la que se relata en La carne es débil, donde Coryanne Wylde sí que seduce al rey Jaehaerys y se lo lleva al lecho, pero se encuentra con torpeza, inseguridad y apresuramiento por su parte, lo normal en un chico de esa edad que yace con una mujer por vez primera. Sin embargo, para entonces lady Coryanne sentía gran admiración y respeto por la reina Alysanne, «como si se tratara de mi hermana pequeña», y también sentía aprecio por Jaehaerys. Por tanto, en lugar de intentar entrometerse en el matrimonio del rey, decidió asumir la responsabilidad de que fuera un éxito, instruyendo a su alteza en el arte de dar y recibir placer, de forma que estuviera plenamente capacitado cuando llegara el momento de encamarse con su joven esposa.

Puede que esta historia sea tan fantasiosa como las demás, pero deja entrever cierta dulzura que ha llevado a algunos eruditos a reconocer que es remotamente posible. Sin embargo, las fábulas indecentes no son hechos históricos y lo único que sabemos con seguridad sobre lady Coryanne de la casa Wylde, la autora putativa de Advertencia para jovencitas, es que el decimoquinto día de la sexta luna del 50 d. C. se escapó de Rocadragón en compañía de ser Howard Bullock, el hijo menor del comandante de la guarnición del castillo, al amparo de la noche. Ser Howard, que estaba casado, abandonó a su esposa, aunque se llevó casi todas sus joyas. En una barca pesquera llegaron lady Coryanne y él hasta Marcaderiva, donde embarcaron rumbo a la ciudad libre de Pentos. Desde allí se dirigieron a las Tierras de la Discordia, donde ser Howard se enroló en una de las compañías libres, llamada, con singular falta de inspiración, la Compañía Libre. Moriría en Myr tres años después, no en batalla sino al caerse del caballo tras una noche de borrachera. Coryanne Wylde, sola y arruinada, prosiguió con la serie de aventuras eróticas que se relatan en su libro. No necesitamos saber nada más sobre ella.

Cuando la noticia de la huida de lady Coryanne, con el robo de las joyas y el marido, llegó a oídos de lord Rogar, en la Fortaleza Roja, le quedó claro que su plan había fallado, al igual que el de la reina Alyssa. Ni la devoción religiosa ni la lujuria habían logrado romper el vínculo entre Jaehaerys Targaryen y Alysanne.

Es más, los rumores sobre el matrimonio del rey empezaban a propagarse. Demasiados hombres habían presenciado la confrontación en las puertas del castillo, y los señores que habían visitado Rocadragón posteriormente se habían dado perfecta cuenta de la presencia de Alysanne junto al rey y del claro afecto que se mostraban. Rogar Baratheon podía amenazar con arrancar la lengua, pero nada podía hacer contra las hablillas que se extendían por el reino e incluso al otro lado del mar Angosto, donde sin duda los magísteres de Pentos y los mercenarios de la Compañía Libre disfrutaban con las historias que relataba Coryanne Wylde.

—Está hecho —dijo la reina regente a sus consejeros cuando por fin asumieron la realidad—. Está hecho y no puede deshacerse, los Siete nos amparen. Debemos aprender a vivir con ello y utilizar todo el poder a nuestro alcance para protegerlos de lo que pueda acontecer.

Había perdido dos hijos con Maegor el Cruel, y las relaciones con su hija mayor se habían enfriado; no podía soportar la idea de estar distanciada para siempre de los dos hijos que le quedaban.

Sin embargo, Rogar Baratheon no se rindió tan dócilmente, y las palabras de su esposa lo indignaron. Delante del gran maestre Benifer, el septón Mattheus, lord Velaryon y los demás, le contestó con desprecio:

—Sois débil, tanto como vuestro primer marido, tan débil como vuestro hijo. Se puede perdonar el sentimentalismo a una madre, pero no a la regente y, desde luego, nunca a un rey. Coronar a Jaehaerys fue una insensatez. Solo piensa en sí mismo y será peor rey que su padre. Gracias a los dioses, aún no es tarde. Debemos actuar de inmediato y apartarlo del trono.

Ante tales palabras se hizo el silencio en la sala. La reina regente miró a su marido horrorizada y, acto seguido, como para ratificar sus palabras, se puso a llorar en silencio mientras le corrían las lágrimas por las mejillas. Entonces recuperaron el habla los otros nobles.

—¿Habéis perdido la cabeza? —preguntó lord Velaryon.

—Mis hombres no lo consentirán —intervino lord Corbray, comandante de la Guardia de la Ciudad, con un gesto de negación.

El gran maestre Benifer cruzó una mirada con Prentys Tully, el consejero de los edictos.

—¿Queréis reclamar el Trono de Hierro para vos? —preguntó lord Tully.

—En absoluto —negó con vehemencia lord Rogar—. ¿Me tomáis por un usurpador? Solo quiero lo mejor para los Siete Reinos. Jaehaerys no debe sufrir ningún mal. Podemos enviarlo a la Ciudadela de Antigua. Le gustan mucho los libros; la cadena de maestre le sentará bien.

—¿Quién ocupará el Trono de Hierro? —preguntó lord Celtigar.

—La princesa Aerea —respondió lord Rogar al instante—. Tiene el fuego que le falta a Jaehaerys. Es joven, pero yo puedo seguir como Mano, moldearla, guiarla y enseñarle todo lo que debe saber. Es quien tiene más derecho al trono: su madre y su padre fueron la primogénita y el segundo hijo del rey Aenys; Jaehaerys es el cuarto. —En ese momento pegó un golpetazo en la mesa, nos cuenta Benifer—. Su madre, la reina Rhaena, la apoyará. Y Rhaena sí que tiene un dragón.

El gran maestre Benifer registró lo que aconteció después: «Enmudecimos todos, aunque las mismas palabras pugnaban por salir de nuestros labios: “Jaehaerys y Alysanne también tienen dragones”. Qarl Corbray había combatido en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses y había presenciado la visión pesadillesca de un dragón peleando contra otro. Para el resto de nosotros, la afirmación de la Mano conjuró imágenes de la antigua Valyria antes de la Maldición, cuando los señores dragón luchaban entre sí por la supremacía. Era una visión espantosa».

Fue la reina Alyssa, entre lágrimas, quien rompió el silencio.

—Soy la reina regente —les recordó—. Hasta que mi hijo sea mayor de edad, estáis todos bajo mis órdenes, incluso la Mano del Rey. —Cuando se tornó hacia su señor marido, Benifer nos cuenta que su mirada era dura y oscura como el vidriagón—. Vuestros servicios ya no son necesarios, lord Rogar. Dejadnos; regresad a Bastión de Tormentas y no habrá necesidad de volver a mencionar vuestra traición.

—Mujer —la interpeló Rogar Baratheon, mirándola incrédulo—, ¿creéis que podéis despedirme? Ni hablar. —Rio—. No.

—Sí —dijo entonces lord Corbray. Se levantó, desenvainó a Dama Desesperada, la espada de acero valyrio que era el orgullo de su casa, y la colocó en la mesa apuntando a Rogar.

Fue precisamente entonces cuando se dio cuenta de que había ido demasiado lejos: estaba solo frente a todas las personas de la sala. O eso es lo que nos cuenta Benifer.

No añadió nada. Pálido, se puso en pie, se quitó el broche dorado que le había dado la reina Alyssa como símbolo de su cargo, se lo lanzó con desprecio y abandonó la sala. Se marchó de Desembarco del Rey esa misma noche, y cruzó el Aguasnegras con su hermano Orryn. En la otra orilla pasaron seis días, mientras su hermano Ronnal reunía a sus caballeros y vasallos para volver a su sede.

Cuenta la leyenda que lord Rogar estuvo esperando en la misma posada del embarcadero en la que él o su hermano Borys se habían reunido con Coryanne Wylde. Cuando los hermanos Baratheon y sus tropas emprendieron al fin el camino hacia Bastión de Tormentas, apenas llevaban la mitad de hombres que dos años antes, cuando partieron para derrocar a Maegor. Parece que los que faltaban preferían los callejones, las posadas y las tentaciones de la gran ciudad a los bosques lluviosos, las colinas verdes y las casas cubiertas de musgo de las Tierras de la Tormenta. «He perdido muchísimos más seguidores en los burdeles y tabernas de Desembarco del Rey que en la batalla», decía amargamente lord Rogar.

Una de las pérdidas era Aerea Targaryen. La noche de la destitución de ser Rogar, ser Ronnal Baratheon y una docena de sus hombres forzaron la entrada de sus aposentos de la Fortaleza Roja con la intención de llevársela, pero descubrieron que la reina Alyssa se les había adelantado. La joven se había marchado, y sus criados no sabían adónde. Más tarde se sabría que lord Corbray se la había llevado por orden de la reina. Vestida con los harapos de una joven del populacho, con el cabello de oro y plata teñido del color del barro, la princesa Aerea pasaría el resto de la regencia trabajando en un establo, cerca de la Puerta del Rey. Tenía ocho años y le encantaban los caballos. Mucho tiempo después dijo que esa fue la época más feliz de su vida.

Es triste admitir que a la reina Alyssa no le esperaba mucha felicidad en los años posteriores. Al deponer del puesto de Mano del Rey a su marido había acabado con cualquier afecto que hubiera podido profesarle este; a partir de ese día, su matrimonio fue como un castillo abandonado y en ruinas, poblado solo por fantasmas del pasado. «Alyssa Velaryon había sobrevivido a la muerte de su marido y sus dos hijos mayores, a la de una hija que falleció en la cuna, a años de terror con Maegor el Cruel y al distanciamiento del resto de sus descendientes, pero no pudo sobrevivir a esto —escribiría años después el septón Barth al estudiar su vida—. Quedó destrozada».

Los informes del gran maestre Benifer de la época concuerdan. Cuando lord Rogar se fue, la reina Alyssa nombró Mano del Rey a su hermano Daemon Velaryon, envió un cuervo a Rocadragón para narrar lo sucedido a su hijo Jaehaerys, aunque solo en parte, y se retiró a sus aposentos del Torreón de Maegor. Durante el resto de su regencia dejó el gobierno de los Siete Reinos en manos de lord Daemon y no volvió a participar en actos públicos.

Nos gustaría poder decir que cuando Rogar Baratheon volvió a Bastión de Tormentas reflexionó sobre sus actos, se dio cuenta de los errores cometidos e hizo acto de contrición. Por desgracia, no era tal su naturaleza: era un hombre que no sabía rendirse. El regusto de la derrota le resultaba amargo como la hiel. Alardeaba de que en la batalla nunca guardaría el hacha mientras le quedara un soplo de vida, y el matrimonio del rey se había convertido en una cuestión personal, una batalla que estaba decidido a ganar. Se le presentaba el desafío de solventar esa última locura y no pensaba amedrentarse.

Así fue que en Antigua, en la casa madre aneja al Septo Estrellado, ser Orryn Baratheon se presentó de repente con una docena de hombres armados y una carta con el sello de lord Rogar para exigir que le entregaran de inmediato a la novicia Rhaella Targaryen. Cuando le preguntaron el motivo, ser Orryn se limitó a responder que lord Rogar necesitaba urgentemente que la joven se presentara en Bastión de Tormentas. La estratagema podría haber funcionado, pero la septa Karolyn, encargada ese día de la puerta de la casa madre, tenía una voluntad férrea y era de naturaleza desconfiada. Mientras entretenía a ser Orryn con el pretexto de ir a buscar a la joven, mandó llamar en su lugar al Septón Supremo. Su altísima santidad estaba durmiendo, quizá para bien de Rhaella y del reino, pero su mayordomo, un antiguo caballero que había sido capitán de los Hijos del Guerrero hasta que los proscribieron, estaba despierto y atento.

En lugar de una joven asustada, los hombres de Baratheon se encontraron con treinta septones armados bajo el mando del mayordomo, Casper Straw. Cuando ser Orryn empuñó la espada, Straw lo informó con mucha calma de que dos veintenas de caballeros de lord Hightower estaban de camino (lo que resultó un embuste), ante lo cual, los Baratheon se rindieron. Ser Orryn confesó toda la trama cuando lo interrogaron: tenía que entregar a la joven en Bastión de Tormentas, donde lord Rogar quería obligarla a decir que era la princesa Aerea, no Rhaella, para después nombrarla reina.

El Padre de los Fieles, un hombre tan bondadoso como débil de carácter, escuchó la confesión de Orryn Baratheon y lo perdonó, cosa que no impidió que, al ser informado, lord Hightower encerrara a los Baratheon en una mazmorra y enviara un escrito con todos los detalles del asunto a la Fortaleza Roja y a Rocadragón. Donnel Hightower, al que habían apodado apropiadamente Donnel el Demorador por su reticencia a tomar medidas contra el Septón Luna y sus seguidores, no parecía tener ningún temor de ofender a Bastión de Tormentas encarcelando al hermano de lord Rogar. «Que venga y que intente liberarlo —dijo cuando su maestre le transmitió su preocupación sobre la posible reacción de la antigua Mano—. Su mujer le quitó la Mano y le cortó las pelotas, y pronto el rey le cortará la cabeza».

En el otro extremo de Poniente, Rogar Baratheon montó en cólera cuando supo que su hermano había fracasado y había sido capturado, pero no convocó a sus vasallos, como muchos temían, sino que se sumió en la desesperación. «Estoy acabado —dijo taciturno a su maestre—. Solo me queda el Muro, si los dioses se apiadan. Si no, el chico me cortará la cabeza y se la regalará a su madre». No había tenido descendencia con ninguna de sus esposas, así que pidió al maestre que le redactara el testamento y confesión, donde eximía de toda culpa por sus desmanes a sus hermanos Borys, Garon y Ronnal; pedía clemencia para Orryn, su hermano menor, y nombraba a ser Borys heredero de Bastión de Tormentas. «Todas mis acciones e intenciones estaban destinadas al bien del reino y del Trono de Hierro», concluyó.

No tuvo que esperar mucho tiempo a su suerte. La regencia tocaba a su fin y, con la antigua Mano y la reina regente maltrechos y acallados, lord Daemon Velaryon y los restantes miembros del consejo de la reina gobernaron como mejor supieron, «diciendo poco y haciendo menos», en palabras del gran maestre Benifer.

El día vigésimo de la novena luna del 50 d. C., Jaehaerys Targaryen celebró su decimosexto día del nombre y se convirtió en adulto. Según las leyes de los Siete Reinos, ya tenía edad para gobernar en persona, sin necesidad de regentes. A lo largo y ancho de los Siete Reinos, nobles y plebeyos aguardaban expectantes a ver qué clase de rey sería.

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