Fuego y sangre
Tiempo de pruebas: La reconstrucción del reino
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Tiempo de pruebas La reconstrucción del reino
El rey Jaehaerys Targaryen, el primero de su nombre, regresó a Desembarco del Rey solo, a lomos de Vermithor, su dragón. Lo precedieron, con tres días de antelación, cinco caballeros de su Guardia Real, a fin de asegurarse de que todo estuviera preparado para su llegada. La reina Alysanne no lo acompañó: dada la incertidumbre que rodeaba su matrimonio, y la tirantez de la relación entre el rey, su madre, la reina Alyssa, y los miembros del consejo, consideraron más prudente que se quedase en Rocadragón durante un tiempo, con sus Mujeres Sabias y el resto de la Guardia Real.
El día no era propicio, según nos relata el gran maestre Benifer. El cielo estaba plomizo, y la mitad de la mañana estuvo regada de una llovizna persistente. Benifer y el resto del consejo esperaban la llegada del rey en el patio interior de la Fortaleza Roja, abrigados con capas y capuchas para protegerse de la lluvia. En otras partes del castillo, caballeros, escuderos, palafreneros, lavanderas y decenas de criados seguían entregados a sus tareas cotidianas, aunque paraban de tanto en tanto para mirar al cielo. Cuando se oyó el sonido de unas alas, y un guardia de la muralla oriental avistó a lo lejos las escamas broncíneas de Vermithor, se levantó un clamor que fue en aumento hasta desbordar la muralla de la Fortaleza Roja, descender por la Colina Alta de Aegon, cruzar la ciudad, internarse en la campiña y perderse en la lejanía.
Jaehaerys no aterrizó de inmediato. Dio tres vueltas por encima de la ciudad, descendiendo un poco en cada una para que todo hombre, niño y mozuela descalza de Desembarco del Rey pudiera saludarlo, gritar y maravillarse. Cuando se sintió satisfecho, permitió que Vermithor tomara tierra en el patio que se extendía al pie del Torreón de Maegor, donde lo esperaban los señores.
«Había cambiado desde la última vez que lo vi —escribió Benifer—. Ya no era el muchacho que había partido a Rocadragón, sino un hombre adulto. Era varios dedos más alto, y había ganado corpulencia en pecho y brazos. Llevaba el pelo suelto por los hombros, y una fina pelusa dorada le cubría la barbilla y las mejillas, antes lampiñas. Rompiendo con el atuendo propio de un rey, vestía prendas de cuero manchadas de salitre, adecuadas para montar o ir de caza, con una chaqueta tachonada por toda protección. Pero en el talabarte llevaba a Fuegoscuro, la espada de su abuelo, la espada de reyes, inconfundible hasta envainada. Me recorrió un escalofrío de miedo cuando la vi. Me pregunté si sería una advertencia, mientras miraba al dragón que descendía a tierra echando humo entre las fauces. Al final del reinado de Maegor hui a Pentos por temor a la suerte que me depararían sus sucesores; durante un instante, bajo la intemperie, me pregunté si no habría sido un necio al regresar».
El joven rey, que ya no era un muchacho, no tardó en disipar los temores del gran maestre. Desmontó del lomo de Vermithor con un movimiento elegante y sonrió. «Fue como si el sol se hubiera abierto paso entre las nubes», en palabras de lord Tully. Los señores se inclinaron ante él; algunos se arrodillaron. Por toda la ciudad empezaron a repicar campanas de celebración. Jaehaerys se quitó los guantes, se los sujetó al cinturón y dijo: «Mis señores, hay que ponerse a trabajar».
Entre los que saludaron al rey en el patio había una ausencia notable: su madre, la reina Alyssa. Jaehaerys tuvo que ir a buscarla al Torreón de Maegor, donde se había enclaustrado. Nadie sabe qué pasó entre madre e hijo cuando se vieron por primera vez tras el enfrentamiento de Rocadragón, pero sí que la reina tenía el rostro hinchado y congestionado de llorar cuando, al cabo de poco tiempo, apareció del brazo de su hijo. La reina viuda, ya no regente, asistió esa noche al banquete de bienvenida, y a muchas otras reuniones de la corte los días siguientes, pero ya no ocupaba un asiento en el consejo. «Su alteza siguió desempeñando su deber por el reino y por su hijo —escribió el maestre Benifer—, pero la alegría la había abandonado».
El joven rey comenzó su reinado con una reorganización del consejo: conservó a algunos y sustituyó a otros que no habían estado a la altura. Aprobó la elección de su madre, lord Daemon Velaryon, para el cargo de Mano del Rey, y permitió que lord Corbray continuara siendo comandante de la Guardia de la Ciudad. A lord Tully le dio las gracias por sus servicios, lo reunió con lady Lucinda, su esposa, y lo envió de vuelta a Aguasdulces. Como sustituto en el cargo de consejero de los edictos nombró a Albin Massey, señor de Piedratormenta, uno de los primeros en acudir a él en Rocadragón. Tan solo tres años atrás, Massey estaba en la Ciudadela forjándose la cadena de maestre cuando unas fiebres se llevaron a su padre y a sus hermanos mayores. Cojo a causa de una malformación de la columna, era célebre por decir: «No cojeo cuando leo ni cuando escribo». Para el cargo de lord almirante y consejero naval, su alteza eligió a Manfryd Redwyne, señor del Rejo, quien llegó a la corte en compañía de sus hijos Robert, Rickard y Ryam, jóvenes escuderos. Fue la primera vez que el almirantazgo escapó al control de la casa Velaryon.
Todo Desembarco del Rey se regocijó al saber que Jaehaerys prescindía también de Edwell Celtigar como consejero de la moneda. Se dice que el rey se dirigió a él con cortesía, encomió el leal servicio de sus hijas a la reina Alysanne en Rocadragón y hasta se refirió a ellas como «dos tesoros». Seguirían haciendo compañía a la reina, pero lord Celtigar regresó a Isla Zarpa de inmediato, y con él desaparecieron sus impuestos, impugnados todos ellos por decreto real durante los tres primeros días del reinado del joven rey.
Encontrar a la persona adecuada para sustituir a lord Edwell como consejero de la moneda no fue tarea fácil. Varias voces presionaron a Jaehaerys para que nombrase a Lyman Lannister, supuestamente el noble más rico del reino, pero se mostró reacio. «Como lord Lyman no encuentre una montaña de oro debajo de la Fortaleza Roja, no sé cómo va a proporcionarnos lo que necesitamos», objetó. Se detuvo más a considerar a ciertos primos y tíos de Donnel Hightower, puesto que la riqueza de Antigua procedía del comercio y no de la tierra, pero la dudosa lealtad que había demostrado Donnel el Demorador a la hora de enfrentarse al Septón Luna jugaba en su contra. Al final, Jaehaerys optó por una solución mucho más arriesgada y eligió a un hombre de la otra orilla del mar Angosto.
No era señor ni caballero, ni siquiera magíster: Rego Draz era un mercader, comerciante y cambista surgido de lo más humilde, que se había convertido en el hombre más rico de Pentos, pero sufría el vacío de sus compatriotas y le habían negado un asiento en el consejo de magísteres a causa de su baja cuna. Harto de ese desprecio, Draz aceptó de buen grado la oferta del rey y se trasladó a Poniente con su familia, sus amigos y su enorme fortuna. Para equipararlo en dignidad a los demás miembros del consejo, el joven rey le concedió un título. Como el suyo era un señorío sin tierras, vasallos ni castillo, algún malintencionado de la corte lo apodó el Señor del Aire. El pentoshí lo encontró divertido. «Si pudiera cobrar impuestos por el aire, menudo señor sería».
Jaehaerys también despidió al septón Mattheus, el gordo y rabioso prelado que tanto había despotricado contra los enlaces incestuosos y el matrimonio del rey. Mattheus no se lo tomó bien. «La Fe recelará de un rey que pretende reinar sin un septón a su lado», declaró. Jaehaerys ya tenía preparada la respuesta: «Septones no nos van a faltar. El septón Oswyck y la septa Ysabel se quedan, y esperamos la llegada de un joven de Altojardín que viene a hacerse cargo de la biblioteca. Se llama Barth». Mattheus, desdeñoso, aseguró que Oswyck era un bobo decrépito, e Ysabel, una mujer, y que no tenía ni idea de quién era ese tal Barth. «Ni de muchas otras cosas», replicó el rey. (El famoso comentario de lord Massey respecto a que el rey necesitaría tres sustitutos para el septón Mattheus si quería equilibrar la balanza fue, probablemente, posterior, si es que llegó a pronunciarlo).
Mattheus se marchó a Antigua cuatro días después. Su corpulencia le impedía montar a caballo, de modo que viajó en una casa rodante dorada, con seis guardias y una docena de criados. Cuenta la leyenda que al atravesar el Mander por Puenteamargo se cruzó con el septón Barth, que iba solo, montado en un asno.
Los cambios del joven rey fueron mucho más allá de los nobles del consejo. Hizo una limpieza a fondo entre los cargos menores: sustituyó al Guardián de las Llaves de la Fortaleza Roja y a todos sus ayudantes; al capitán del puerto de Desembarco del Rey (al que seguirían, más adelante, los de Antigua, Poza de la Doncella y el Valle Oscuro); al Guardián de la Real Casa de Moneda, a la Justicia del Rey, al maestro armero, al guardián de las perreras, al caballerizo mayor y hasta a los cazarratas del castillo. También ordenó limpiar y vaciar las mazmorras de los sótanos de la Fortaleza Roja, y sacar al sol a todos los prisioneros de las celdas negras, darles un baño y permitirles presentar apelaciones. Temía que entre ellos hubiera inocentes encarcelados por su tío (y, por desgracia, así era, aunque muchos de esos cautivos habían perdido la razón durante aquellos años de oscuridad y no podían ponerlos en libertad).
Una vez satisfecho con todos los cambios y rodeado de sus elegidos, Jaehaerys ordenó al gran maestre Benifer enviar un cuervo a Bastión de Tormentas para convocar a lord Rogar Baratheon a la ciudad.
Lord Rogar y sus hermanos acogieron la misiva del rey de diferentes maneras. Ser Borys, considerado por lo general el Baratheon más irascible y beligerante, fue el que reaccionó con más calma. «Si haces lo que te dice el muchacho, vas a acabar decapitado —dijo—. Vete al Muro: la Guardia de la Noche te aceptará». Garon y Ronnal, los hermanos menores, abogaron por la rebeldía. Desembarco del Rey era uno de los castillos más fuertes del reino; si Jaehaerys quería su cabeza, que fuera a buscarla. Lord Rogar se lo tomó a risa. «¿Fuerte? —repuso—. Harrenhal era fuerte. No. Primero iré a ver a Jaehaerys y le expondré mis motivos. Después, si así lo decido, vestiré el negro; no me lo negará». A la mañana siguiente se encaminó a Desembarco del Rey sin más compañía que seis de sus caballeros más ancianos, hombres que conocía desde niño.
El rey lo recibió sentado en el Trono de Hierro con la corona puesta, en presencia del consejo, con ser Jofrey Dogget y ser Lorence Roxton, de la Guardia Real, apostados al pie del trono luciendo sus capas blancas y armaduras esmaltadas. Salvo por ellos, el salón del trono estaba desierto. El maestre Benifer relata que los pasos de lord Rogar despertaron ecos mientras recorría el largo camino que separaba la puerta del trono. «El rey era muy consciente del orgullo de su señoría —escribió—. No deseaba agraviarlo obligándolo a humillarse ante toda la corte».
Porque se humilló. El señor de Bastión de Tormentas hincó la rodilla, agachó la cabeza y dejó la espada al pie del trono.
—Alteza —comenzó—, aquí me tenéis, tal como ordenasteis. Haced conmigo lo que os plazca. Solo pido que perdonéis a mis hermanos y a la casa Baratheon. Todo lo que hice, lo hice por…
—… por lo que creíais que era el bien del reino. —Jaehaerys levantó una mano para impedir que lord Rogar siguiera hablando—. Sé lo que hicisteis, lo que dijisteis y lo que planeabais. Os creo cuando afirmáis que no pretendías hacernos daño a mi reina ni a mí, y no os faltaba razón al manifestar que sería un excelente maestre, pero confío en ser aún mejor rey. Hay quienes nos tachan de enemigos; yo preferiría pensar que somos amigos con desavenencias. Cuando mi madre acudió a vos en busca de refugio, nos aceptasteis, pese a correr un gran riesgo. Habría sido más fácil cargarnos de cadenas y entregarnos a mi tío como regalo, pero decidisteis poner vuestra espada a mi servicio y convocar a vuestros banderizos. No lo he olvidado.
»Las palabras son aire —prosiguió—. Vos, mi señor, mi estimado amigo, hablasteis de traición, pero no la cometisteis. Queríais romper mi matrimonio, pero no lo lograsteis. Propusisteis sentar a la princesa Aerea en el Trono de Hierro en mi lugar, pero aquí sigo. Enviasteis a vuestro hermano a raptar a mi sobrina Rhaella de la casa madre, cierto, pero… ¿con qué finalidad? Tal vez solo pretendíais ser su instructor, puesto que no tenéis hijos.
»Los actos traicioneros merecen castigo; las palabras imprudentes son otra cuestión. Si de verdad es vuestro deseo ir al Muro, no os lo impediré; la Guardia de la Noche necesita hombres fuertes como vos. Pero preferiría que os quedaseis aquí, a mi servicio. No tendría este trono si no fuera por vos, y todo el reino lo sabe. Además, aún os necesito. El reino os necesita. Cuando mi padre heredó la corona a la muerte del Dragón, se encontraba rodeado de aspirantes al trono y señores rebeldes. Lo mismo puede sucederme a mí, y por el mismo motivo: poner a prueba mi determinación, mi voluntad, mi fuerza. Mi madre está convencida de que los creyentes de todo el reino se alzarán contra mí cuando se enteren de mi matrimonio. Tal vez. Para afrontar esas pruebas necesito contar con hombres de valía, verdaderos guerreros dispuestos a luchar por mí, a morir por mí… y por mi reina, si es menester. ¿Sois un hombre así?
—Lo soy, alteza —respondió lord Rogar con la voz cargada de emoción, profundamente impresionado por las palabras del rey, mientras levantaba la mirada.
—Entonces os perdono vuestras ofensas, pero con condiciones —dijo el rey Jaehaerys. La voz se le tornó severa al enumerarlas—: Jamás volveréis a pronunciar palabra contra mí ni contra mi reina; a partir de este día seréis su mayor defensor, y no toleraréis que se hable mal de ella en vuestra presencia. Tampoco consentiré que se falte al respeto a mi madre: regresará a Bastión de Tormentas con vos, y volveréis a vivir como marido y mujer; la respetaréis y seréis amable con ella, de palabra y obra. ¿Aceptáis las condiciones?
—Con gusto —respondió lord Rogar—. ¿Puedo preguntar qué será de Orryn?
La respuesta del rey se demoró un instante.
—Ordenaré a lord Hightower que libere a vuestro hermano ser Orryn y a los hombres que lo acompañaron a Antigua, pero no pueden quedar sin castigo. El Muro es de por vida, de modo que los condenaré a diez años de exilio. Pueden hacerse mercenarios en las Tierras de la Discordia o navegar a Qarth y hacer fortuna; me da igual. Si sobreviven y no cometen más crímenes, podrán regresar dentro de un decenio. ¿Estamos de acuerdo?
—Lo estamos. Su alteza obra con gran justicia —reconoció lord Rogar, y preguntó al rey si debía entregar rehenes en garantía de su futura lealtad. Tres de sus hermanos tenían hijos de poca edad que podía enviar a la corte, señaló.
Por toda respuesta, el rey Jaehaerys se levantó del Trono de Hierro y le pidió que lo acompañase. Salió del salón y lo condujo al patio interior, donde Vermithor estaba comiendo. En el empedrado yacía el toro que habían matado, carbonizado y humeante, ya que los dragones siempre queman la carne antes de devorarla. Vermithor se estaba dando un banquete, pero cuando se acercaron el rey y lord Rogar, levantó la cabeza y clavó en ellos unos ojos como estanques de bronce fundido.
—Cada día es un poco más grande —comentó Jaehaerys mientras rascaba al gran dragón debajo de la mandíbula—. Quedaos con vuestros sobrinos, mi señor. ¿Para qué necesito rehenes? Tengo vuestra palabra; no me hace falta nada más.
Pero el gran maestre Benifer oyó también lo que el rey no dijo. «“Hasta el último hombre y niño de las Tierras de la Tormenta es mi rehén mientras tenga esta montura”; esa fue la advertencia muda de su alteza —escribió Benifer—, y lord Rogar la oyó perfectamente».
Así se restableció la paz entre el joven rey y su antigua Mano, y se selló aquella misma noche con un banquete en el gran salón. Lord Rogar y la reina Alyssa ocuparon una vez más asientos contiguos como marido y mujer, y propusieron un brindis a la salud de la reina Alysanne, por quien manifestaron su amor y lealtad ante todos los señores y damas allí congregados. Cuatro días después, cuando lord Rogar emprendió el regreso a Bastión de Tormentas, lo acompañaba la reina Alyssa escoltada por ser Pate la Perdiz y un centenar de soldados que velarían por su seguridad en el camino que cruzaba el bosque Real[5].
En Desembarco del Rey, el largo reinado de Jaehaerys I Targaryen comenzaba a paso firme. Cuando asumió el gobierno de los Siete Reinos, el joven rey se enfrentaba a multitud de problemas, pero dos sobresalían por encima de los demás: con las arcas del tesoro vacías, la deuda de la Corona no hacía más que crecer, y su matrimonio «secreto», que lo era un poco menos cada día, era como un cántaro de fuego valyrio en la chimenea, a punto de estallar. Había que poner remedio a ambas cuestiones, y deprisa.
La necesidad inmediata de oro la resolvió Rego Draz, el nuevo consejero de la moneda, quien trató con el Banco de Hierro de Braavos, así como con sus rivales de Tyrosh y Myr, para negociar no uno, sino tres préstamos sustanciales. Al esgrimir la oferta de cada banco ante los otros, el Señor del Aire consiguió las condiciones más favorables que cabía esperar. La obtención de fondos tuvo un efecto inmediato: se reanudaron las obras de Pozo Dragón, y la Colina de Rhaenys volvió a llenarse de un pequeño ejército de constructores y mamposteros.
Tanto lord Rego como su rey eran conscientes de que los préstamos solo suponían un respiro provisional: podían mitigar la hemorragia, pero no iban a sanar la herida; eso solo lo conseguiría la recaudación. Los impuestos de lord Celtigar no servían de nada; Jaehaerys no estaba interesado en aumentar las tasas portuarias ni en sangrar a los posaderos. Tampoco estaba dispuesto a exigir a la nobleza que entregase su oro sin más, como había hecho Maegor. «No hay nada más caro que sofocar rebeliones», declaró. Los señores pagarían, pero por su propia voluntad; gravaría sus caprichos, las mercancías finas y caras de ultramar. Crearía impuestos para la seda, el brocado, el hilo de oro o plata, las gemas, el encaje y los tapices de Myr, el vino de Dorne (pero no el del Rejo), los corceles de las arenas dornienses, y los yelmos dorados y las armaduras de filigrana de los artesanos de Tyrosh, Lys y Pentos. Y, por encima de todo, las especias: la pimienta, el clavo, el azafrán, la nuez moscada, la canela y el resto de los exóticos aderezos procedentes de más allá de las Puertas de Jade, más caros ya que el oro, iban a encarecerse aún. «Vamos a cobrar impuestos por todo lo que me ha hecho rico», dijo lord Rego, socarrón.
«Nadie podrá considerarse oprimido con estos tributos —explicó Jaehaerys al consejo privado—. Si no quieren pagarlos, que no compren pimienta, seda ni perlas, y no tendrán que abonar ni un cobre. Pero quienes adquieren esos artículos los desean con desesperación. ¿Cómo, si no, iban a hacer alarde de su poder y mostrar al mundo su riqueza? Puede que mascullen, pero pagarán».
El rey Jaehaerys no se conformó con los impuestos aplicados a la seda y las especias; también introdujo una nueva ley de fortificaciones. Si un noble quería ampliar su castillo o erigir uno nuevo, tendría que pagar una suma considerable por el privilegio. Esa nueva imposición tenía un doble propósito, como explicó su alteza al maestre Benifer: «Cuanto más grande y fuerte sea un castillo, más tentado se sentirá su señor a desafiarme. Sería de esperar que hubieran aprendido la lección de Harren el Negro, pero hay demasiados que no tienen ni idea de historia. Con este tributo se sentirán menos motivados a construir, y los que se animen nos llenarán las arcas al tiempo que vacían las suyas».
Una vez hecho lo posible por sanear las finanzas de la Corona, su alteza concentró la atención en el otro problema acuciante y, por fin, envió a buscar a su reina. Alysanne Targaryen y su dragona, Ala de Plata, salieron de Rocadragón una hora después de recibir el aviso; la separación había durado casi medio año. El resto de su corte la siguió en barco. A esas alturas, hasta los mendigos ciegos de los callejones del Lecho de Pulgas sabían que Alysanne y Jaehaerys estaban casados, pero en aras de las apariencias pasaron una luna durmiendo en estancias separadas mientras se desarrollaban los preparativos de su segunda boda.
El rey no estaba dispuesto a gastar el oro que no tenía en una Boda Dorada tan concurrida y espléndida como la de su madre y lord Rogar. En aquella ocasión habían acudido a la Fortaleza Roja cuarenta mil personas; solo un millar se reunió cuando Jaehaerys se desposó con su hermana Alysanne por segunda vez. En esa ocasión fue el septón Barth quien los declaró marido y mujer, al pie del Trono de Hierro.
Lord Rogar Baratheon y la reina viuda Alyssa estaban entre los presentes; habían acudido desde Bastión de Tormentas con Garon y Ronnal Baratheon para asistir a la ceremonia. Pero no fueron ellos quienes acapararon la mayor atención: también la Reina en el Oeste estaba allí. Rhaena Targaryen había volado a lomos de Fuegoensueño para presenciar la boda de sus hermanos y visitar a su hija Aerea.
Después de los ritos repicaron campanas por toda la ciudad, y una nube de cuervos voló a todos los rincones del reino para anunciar «el feliz enlace». La segunda boda del rey fue distinta de la primera en un detalle crucial: estuvo seguida de un encamamiento. Años después, la reina Alysanne declararía que fue a instancias suyas; estaba preparada para perder la virginidad y harta de que le preguntaran si estaba casada «de verdad». El propio lord Rogar, borracho como un botijo, iba al frente de los que la desvistieron y la condujeron al lecho nupcial; entre las que hicieron los honores al rey se encontraban Jennis Templeton, Rosamund Ball, y Prudence y Prunella Celtigar, las acompañantes de la reina. Allí, en la Fortaleza Roja de Desembarco del Rey, en un lecho con dosel del Torreón de Maegor, se consumó al fin el matrimonio de Jaehaerys Targaryen con su hermana Alysanne, y así quedó sellada su unión ante los ojos de los dioses y los hombres.
Revelado el secreto, el rey y su corte esperaron la respuesta del reino. Jaehaerys había llegado a la conclusión de que el violento rechazo al matrimonio de su hermano Aegon se había debido a varias causas. En el 39 d. C., cuando su tío Maegor desafió tanto al Septón Supremo como al rey Aenys, su propio hermano, y tomó una segunda esposa, se hizo pedazos el delicado entendimiento entre el Trono de Hierro y el Septo Estrellado; por eso, la unión de Aegon y Rhaena se interpretó como un nuevo agravio. La condena subsiguiente provocó un incendio que se extendió por todo el reino, y los Estrellas y Espadas se encargaron de las antorchas, con el apoyo de unos cuantos señores devotos más temerosos de los dioses que del rey. El príncipe Aegon y la princesa Rhaena no eran muy conocidos entre el vulgo, y habían emprendido el viaje sin dragones debido, en gran parte, a que Aegon aún no se había convertido en jinete de dragón; por eso quedaron expuestos a las turbas que los atacaron en las Tierras de los Ríos.
Las circunstancias de Jaehaerys y Alysanne no eran ni remotamente parecidas. No habría condena del Septo Estrellado; aunque entre los Máximos Devotos seguía levantando algunas ampollas la tradición de los Targaryen de casarse entre hermanos, el Septón Supremo que ocupaba el cargo, aquel al que el Septón Luna apodaba el Lamebotas, era complaciente y cauteloso, y no tenía ningún deseo de despertar al dragón dormido. Los Estrellas y Espadas estaban disueltos y proscritos; el único sitio donde quedaban suficientes para crear problemas si se les antojaba era el Muro, donde dos mil antiguos Clérigos Humildes habían vestido la capa negra de la Guardia de la Noche. El rey Jaehaerys no pretendía repetir el error de su hermano: su reina y él querían ver el reino que gobernaban, enterarse de sus necesidades de primera mano, conocer a sus señores para saber a qué atenerse, dejarse ver ante el pueblo y escuchar sus aflicciones; pero allá donde fueran, irían también sus dragones.
Por todos esos motivos, Jaehaerys creía que el reino aceptaría su matrimonio, aunque no era propenso a confiarse al azar. «Las palabras son aire —dijo al consejo—, pero el aire puede avivar las llamas. Mi padre y mi tío combatían las palabras con fuego y acero; nosotros responderemos a las palabras con otras palabras y sofocaremos el fuego antes de que prenda. —Dicho lo cual, su alteza no envió caballeros ni soldados, sino legados—. A cuantos os salgan al paso, habladles de la ternura de Alysanne, de su naturaleza dulce y amable y de su amor por todas las gentes del reino, nobles y plebeyas», fueron sus instrucciones.
Siete fueron los enviados: tres hombres y cuatro mujeres. En lugar de espadas y hachas, esgrimían tan solo su ingenio, su coraje y su lengua. De sus viajes se narrarían muchas historias y sus hazañas devendrían en leyendas, que crecieron por el camino como ocurre con toda leyenda. Solo uno de los siete oradores era conocido por el pueblo llano cuando emprendieron la marcha: nada menos que la reina Elinor, la Novia de Negro que había encontrado el cadáver de Maegor en el Trono de Hierro. En sus andaduras por el Dominio, con su atuendo de reina, que conforme avanzaban los días quedaba más raído y deshilachado, Elinor de la casa Costayne ofrecía un elocuente testimonio de la maldad de su difunto rey y la bondad de sus sucesores. Años después renunciaría a todos sus privilegios nobiliarios para unirse a la Fe y se convertiría en la septa Elinor en la gran casa madre de Lannisport.
Los nombres de los otros seis portadores de las palabras de Jaehaerys llegarían a ser tan célebres como el de la reina. Había tres septones: el astuto septón Baldrick; el ilustrado septón Rollo, y el vehemente y anciano septón Alfyn, que viajaba a todas partes en palanquín porque había perdido las piernas. Las mujeres que eligió el joven rey no eran menos extraordinarias: la septa Ysabel, que se había encariñado con la reina Alysanne mientras estaba a su servicio en Rocadragón; la diminuta septa Violante, famosa por sus artes curativas, de quien se decía que obraba milagros allá donde iba, y la septa Maris, del Valle, que había tenido a su cargo la instrucción de generaciones de huérfanas en la casa madre de una isla de Puerto Gaviota.
En sus viajes por el reino, los Siete Heraldos hablaban de la reina Alysanne, así como de su devoción, su generosidad y su amor por su hermano el rey. Cuando les salían al paso septones, hermanos mendicantes y señores o caballeros piadosos esgrimiendo con actitud desafiante pasajes de La estrella de siete puntas o los sermones de antiguos septones supremos, tenían preparada una respuesta, formulada por Jaehaerys en Desembarco del Rey con la hábil ayuda del septón Oswyck y, sobre todo, del septón Barth. En años posteriores, ese argumento se conocería en la Ciudadela y el Septo Estrellado como la doctrina del Excepcionalismo.

Su dogma fundamental era sencillo. La Fe de los Siete había nacido en las colinas de la antigua Andalia y había cruzado el mar con los ándalos. Las leyes de los Siete, escritas en textos sagrados y predicadas por septas y septones bajo los auspicios del Padre de los Fieles, prohibían que el hermano yaciera con la hermana, el padre con la hija y la madre con el hijo, y condenaban los frutos de esas uniones como abominaciones aborrecibles a los ojos de los dioses. Los excepcionalistas lo acataban, pero con una reserva: los Targaryen eran diferentes. Sus raíces no eran ándalas, sino de la antigua Valyria, donde imperaban otras leyes y tradiciones. Con solo mirarlos resultaba palpable que no eran como los demás: sus ojos, su cabello y hasta su porte atestiguaban la diferencia. ¡Y eran jinetes de dragones! Entre todos los hombres del mundo, solo a ellos se les concedió el poder de domar a esas terroríficas fieras cuando la Maldición llegó a Valyria.
«Los ándalos, los valyrios y los primeros hombres: todos somos obra del mismo dios —predicaba el septón Alfyn desde su palanquín—, pero no a todos nos hizo iguales. También creó a los leones y a los uros, bestias nobles por igual, pero les otorgó distintos dones: ni el león puede vivir como un uro ni el uro como un león. Vos, mi señor, cometeríais un grave pecado si yacierais con vuestra hermana; pero no sois de la sangre del dragón, ni yo tampoco. Ellos obran como siempre han obrado, y no nos corresponde a nosotros juzgarlos».
Cuenta la leyenda que, en una aldea, el ingenioso septón Baldrick se vio confrontado por un fornido caballero andante, antaño clérigo humilde, que le dijo: «Ya, y si yo quiero follarme a mi hermana, ¿me dais vuestra venia?». El septón sonrió al responder: «Id a Rocadragón y domad un dragón. Si sois capaz, mi señor, yo mismo oficiaré la ceremonia cuando os desposéis con vuestra hermana».
Los estudiosos de la historia nos enfrentamos a una dificultad. Al volver la vista hacia el pasado podemos señalar las causas de un acontecimiento una por una; sin embargo, a la hora de entender por qué algo no llegó a suceder no nos quedan sino las conjeturas. Sabemos que el reino no se alzó contra el rey Jaehaerys y la reina Alysanne en el 51 d. C., como les había sucedido a Aegon y Rhaena diez años atrás; el porqué es bastante más incierto. No cabe duda de que el silencio del Septón Supremo fue de lo más elocuente, ni de que tanto nobles como villanos estaban hartos de la guerra; pero, si las palabras, sean aire o no, tienen poder, es evidente que los Siete Heraldos desempeñaron su papel y el viento no fue capaz de disipar las suyas.
Aunque el rey era feliz con su reina, y el reino, feliz con su matrimonio, Jaehaerys no se equivocaba al creer que le esperaba un tiempo de pruebas. Tras volver a formar el consejo, reconciliar a lord Rogar con la reina Alyssa y decretar nuevos impuestos para rellenar las arcas de la Corona, se enfrentaba al problema que resultaría más peliagudo: su hermana Rhaena.
Después de despedirse de Lyman Lannister y abandonar Roca Casterly, Rhaena Targaryen y su corte ambulante habían realizado su propio viaje real, en cierto modo: habían visitado a los Marbrand de Marcaceniza, a los Reyne de Castamere, a los Lefford del Colmillo Dorado, a los Vance de Descanso del Caminante y, por último, a los Piper de Princesa Rosada. Allá donde fueran acechaban los mismos problemas.
—Al principio, todos son hospitalarios —dijo a su hermano cuando se reunieron después de la boda de este—, pero no les dura mucho. O me reciben con cajas destempladas, o se deshacen en obsequios. Aunque rezongan de lo que les cuesta mantenernos, tienen la vista puesta en Fuegoensueño. Algunos le tienen miedo, pero muchos otros la ansían, y son los segundos los que más me conturban. Quieren dragones y yo no pienso dárselos, pero entonces, ¿adónde puedo ir?
—Aquí —propuso el rey—. Regresa a la corte.
—¿Y vivir para siempre a tu sombra? Necesito mi propio asentamiento, un lugar donde ningún señor pueda amenazarme, expulsarme ni molestar a quienes están bajo mi protección. Necesito tierras, hombres, un castillo.
—Te conseguiremos tierras —repuso el rey—, y el castillo lo construiremos.
—Todas las tierras tienen dueño y todos los castillos están ocupados —respondió Rhaena—, pero hay uno que tengo derecho a reclamar; más derecho que tú, hermano. Soy de la sangre del dragón. Quiero el castillo de mi padre, el lugar donde nací. Quiero Rocadragón.
El rey Jaehaerys, sin saber qué responder, se limitó a prometerle que lo consideraría. Cuando lo planteó en el consejo, todos se mostraron contrarios a ceder la sede ancestral de la casa Targaryen a la reina viuda, pero ninguno ofreció una solución mejor.
Después de reflexionar, su alteza volvió a reunirse con su hermana.
—Te concederé Rocadragón, ya que no hay lugar más apropiado para la sangre del dragón, pero tendrás la isla y el castillo por mi venia, no por tu derecho. Nuestro abuelo unió los Siete Reinos con fuego y sangre, y no puedo consentir que los dividas arrancando un pedazo para forjarte el tuyo. Eres reina por cortesía, pero yo soy rey y mi mandato abarca desde Antigua hasta el Muro, Rocadragón incluida. ¿Estamos de acuerdo, hermana?
—¿Tan inseguro estás de esa silla de hierro, que necesitas que la sangre de tu sangre se arrodille ante ti, hermano? —le reprochó Rhaena—. Sea. Dame Rocadragón y una cosa más, y no volveré a molestarte.
—¿Qué cosa más? —preguntó Jaehaerys.
—Aerea. Quiero que me devuelvas a mi hija.
—Hecho —respondió el rey, quizá sin pensarlo demasiado, porque no hay que olvidar que Aerea Targaryen, una niña de ocho años, era su sucesora reconocida, la supuesta heredera del Trono de Hierro.
Sin embargo, las consecuencias de esa decisión tardarían años en manifestarse. Por lo pronto, así se dispuso, y la Reina en el Oeste se convirtió en la Reina en el Este de la noche a la mañana.
Durante el resto del año, el asentamiento de Jaehaerys y Alysanne en el trono transcurrió sin más crisis ni pruebas. Si ciertos miembros del consejo se sorprendieron cuando la reina empezó a asistir a las reuniones, se reservaron las quejas para sus mutuos oídos, y pronto ni eso, ya que la joven reina demostró ser sabia, instruida e ingeniosa, y su voz era bien recibida en cualquier debate.
Alysanne Targaryen tenía un feliz recuerdo de su infancia, hasta que su tío Maegor se apoderó de la Corona. Durante el reinado de Aenys, su madre, la reina Alyssa, había llenado la corte de esplendor, canciones, espectáculos y belleza. Músicos, titiriteros y bardos competían por el favor de los reyes. Los vinos del Rejo fluían como agua en los banquetes; las risas resonaban en los salones y patios de Rocadragón, y las mujeres de la corte resplandecían con sus perlas y diamantes. La corte de Maegor había sido oscura y lúgubre, y la regencia no había cambiado las tornas porque el recuerdo de los tiempos del rey Aenys mortificaba a su viuda; lord Rogar, por su parte, tenía un temperamento marcial, y llegó a declarar que los titiriteros eran más inservibles que los monos, porque «unos y otros chillan, hacen cabriolas y dan volteretas, pero los monos por lo menos se pueden comer si hay hambre».
Sin embargo, la reina Alysanne evocaba con añoranza las breves glorias de la corte de su padre, y se había propuesto dotar a la Fortaleza Roja de mayor magnificencia que nunca; compró tapices y alfombras de las Ciudades Libres, y encargó frescos, estatuas y mosaicos para decorar las paredes y estancias del castillo. Por orden suya, la Guardia de la Ciudad peinó el Lecho de Pulgas hasta dar con Tom el Tañedor, cuyas canciones satíricas habían hecho las delicias del rey y de sus vasallos durante la guerra por las Capas Blancas. Alysanne lo nombró bardo de la corte, el primero de los muchos que desempeñarían ese cargo en las décadas venideras. Contrató a una arpista de Antigua, a una compañía de titiriteros de Braavos y a bailarines de Lys, y dio a la Fortaleza Roja su primer bufón, un hombre rechoncho llamado Comadre, que se vestía de mujer y no iba a ninguna parte sin sus «hijos» de madera, un par de marionetas talladas con gran maestría que decían frases procaces y provocativas.
El rey Jaehaerys lo acogió todo de buen grado, pero nada lo hizo tan feliz como el regalo que recibió de la reina Alysanne cuando, varias lunas después, le dijo que estaba encinta.