Fuego y sangre
Nacimientos, muertes y traiciones
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Nacimientos, muertes y traiciones *
Jaehaerys Targaryen, el primero de su nombre, acabaría demostrando ser el monarca más inquieto de cuantos hubieran ocupado el Trono de Hierro. Según las famosas palabras de Aegon el Conquistador, la plebe necesitaba ver a sus reyes de cuando en cuando a fin de poder exponerles sus quejas y agravios. «Deseo que me vean», declaró Jaehaerys al anunciar su primer viaje regio a finales del 51 d. C. Muchos más se seguirían en los años y décadas venideros. Durante el curso de su largo reinado, Jaehaerys pasaría más días y noches alojado con uno u otro señor, o concediendo audiencias en algún pueblo o aldea comercial, que en Rocadragón y la Fortaleza Roja. Y con mucha frecuencia, Alysanne lo acompañaba con su dragona plateada, elevándose junto a la gran bestia de bronce bruñido del soberano.
Aegon el Conquistador estaba acostumbrado a verse acompañado en sus viajes por una miríada de caballeros, hombres de armas, criados, cocineros y otros sirvientes. Aunque innegablemente constituían un espectáculo digno de verse, tales procesiones causaban incontables dificultades a los señores honrados por las regias visitas. Costaba albergar y dar de comer a tantísimos hombres, y si el rey deseaba salir de caza, los bosques cercanos quedaban esquilmados. Aun los señores más pudientes se veían empobrecidos cuando partía el monarca, con las bodegas secas, las despensas vacías y la mitad de las doncellas con bastardos en el vientre.
Jaehaerys estaba decidido a obrar de modo distinto. No lo acompañaría en sus giras más de un centenar de hombres, veinte de ellos, caballeros, y el resto, hombres de armas y sirvientes. «No necesito rodearme de espadas mientras viaje a lomos de Vermithor», decía. Las cifras más reducidas le permitirían, asimismo, visitar a señores menos eminentes, aquellos cuyos castillos jamás habían sido bastante espaciosos para acoger a Aegon. Su intención era ver y ser visto en más lugares, si bien se quedaría menos tiempo para evitar convertirse en un huésped indeseado.
Estaba previsto que el primer viaje del rey fuera modesto: empezaría por las Tierras de la Corona del norte de Desembarco del Rey y no arribaría más allá del Valle de Arryn. Jaehaerys quería que Alysanne lo acompañara, si bien se hallaba grávida y le preocupaba que sus viajes resultaran demasiado agotadores. Comenzaron por Stockworth y Rosby, y luego ascendieron por la costa hasta el Valle Oscuro. Allí, mientras el monarca contemplaba los astilleros de lord Darklyn y gozaba de tardes de pesca, la reina celebró la primera de sus audiencias de mujeres, que acabarían convirtiéndose en una parte sumamente importante de los viajes reales futuros. Tan solo mujeres y doncellas podían asistir a tales audiencias; ya nobles, ya plebeyas, se las instaba a compartir sus miedos, preocupaciones y esperanzas con la joven soberana.
El viaje transcurrió sin novedad hasta que los monarcas ganaron Poza de la Doncella, donde serían los invitados de lord y lady Mooton durante una quincena antes de atravesar la bahía de los Cangrejos con rumbo a Serbaledo, Puerto Gaviota y el Valle. La localidad de Poza de la Doncella era célebre por su charca de agua dulce donde, conforme a la leyenda, Florian el Bufón vio por vez primera a Jonquil bañándose, durante la Edad de los Héroes. Como millares de mujeres antes que ella, la reina Alysanne deseó bañarse en la poza de Jonquil, cuyas aguas, al parecer, ofrecían asombrosas propiedades sanatorias. Muchas centurias antes, los señores de Poza de la Doncella habían erigido unos grandes baños de piedra en torno al estanque y se los habían donado a una orden de santas hermanas. Los hombres tenían vedado el acceso, de modo que cuando la reina fue a sumergirse en las sacras aguas, la atendían sus damas de compañía, sus doncellas y sus septas (Edyth y Lyra, que habían servido junto a la septa Ysabel como novicias, habían profesado recientemente sus votos de septas, consagradas a la fe y al servicio de la soberana).
La bondad de la joven reina, el silencio del Septo Estrellado y las exhortaciones de los Siete Heraldos se habían ganado a la mayoría de los fieles para el bando de Jaehaerys y su Alysanne; pero siempre habrá quien no se conmueva, y entre ellos se contaban las hermanas que atendían la Poza de Jonquil, cuyos corazones se encontraban endurecidos por el odio. Se decían entre sí que las sagradas aguas se verían contaminadas eternamente si se permitía que la reina se bañase en ellas mientras gestaba la «abominación» del rey. La reina Alysanne estaba acabando de despojarse de la ropa cuando cayeron sobre ella con puñales que ocultaban en los hábitos.
Por ventura, las atacantes no eran guerreras ni habían tenido en cuenta el valor de las acompañantes de la monarca. En cueros y desprotegidas, las Mujeres Sabias no lo dudaron: se interpusieron entre las agresoras y su señora. La septa Edyth recibió una cuchillada que le cruzó el rostro; Prudence Celtigar, una puñalada que le atravesó un hombro, y a Rosamund Ball le hundieron un puñal en el vientre, causándole una herida que, tres días después, pondría fin a sus días. Sin embargo, ninguno de los cuchillos homicidas llegó a rozar a la soberana.
Los chillidos y el clamor del forcejeo atrajeron a la carrera a los protectores de Alysanne, ya que ser Joffrey Doggett y ser Gyles Morrigen guardaban la entrada de las termas sin concebir que acecharan peligros en su interior.
La Guardia Real redujo prontamente a las atacantes; mataron a dos de ellas sin pensárselo dos veces, aunque dejaron con vida a la tercera a fin de interrogarla. Tras darle tormento, reveló que otra media docena de hermanas de su orden habían contribuido a planear el atentado, si bien les había faltado coraje para blandir el puñal. Lord Mooton ahorcó a las culpables, y tal vez habría colgado también a las inocentes de no ser por la intercesión de la reina Alysanne.
Jaehaerys estaba furioso. La visita al Valle se pospuso, y regresaron a la seguridad del Torreón de Maegor. La reina Alysanne se quedaría allí hasta el alumbramiento, pero la experiencia la había inquietado y hecho reflexionar. «Necesito protección propia —dijo a su alteza—. Tus Siete son hombres leales y valientes, pero son hombres, y hay lugares adonde no pueden acceder». El rey no pudo disentir. Un cuervo voló al Valle Oscuro con órdenes para el nuevo lord Darklyn de enviar a la corte a Jonquil Darke, su hermana bastarda, que había encandilado al común durante la guerra por las Capas Blancas como el misterioso caballero conocido como la Sierpe de Escarlata. Aún vestida de ese color, arribó a Desembarco del Rey unos días después y aceptó agradecida el nombramiento de escudo juramentado de la soberana. Con el tiempo sería conocida por todo el reino como la Sombra Escarlata, tan de cerca guardaba a su señora.
No mucho después de que Jaehaerys y Alysanne regresaran de Poza de la Doncella y la reina se retirase a su alcoba, llegaron nuevas de la más sorprendente e inesperada índole procedentes de Bastión de Tormentas: la reina Alyssa estaba encinta, a sus cuarenta y cuatro años de edad. Se consideraba que los años fértiles de la reina viuda quedaban ya muy atrás, de modo que su estado se recibió como un milagro. En Antigua, el mismísimo Septón Supremo proclamó que se trataba de una bendición de los dioses, «un don de la Madre Divina para con una madre que sufrió mucho y valerosamente».
En medio de la dicha había también una inquietud. Alyssa ya no era tan fuerte como antes. Su época de reina regente se había cebado en ella, y el segundo matrimonio no le había aportado la felicidad que esperaba. La perspectiva de tener un hijo enterneció a lord Rogar, no obstante, y se desprendió de su ira y se arrepintió de sus infidelidades para quedarse junto a su esposa. La propia Alyssa estaba temerosa, consciente de que el último vástago que había dado al rey Aenys, la pequeña Vaella, había fallecido en la cuna. «No puedo volver a padecerlo —dijo a su señor esposo—. Me partiría el corazón». Pero el infante que llegaría a principios del año siguiente resultó ser robusto y sano, un niño de tez rubicunda con una espesa mata de pelo negro y «un alarido que podía oírse desde Dorne hasta el Muro». Lord Rogar, que había abandonado hacía mucho toda esperanza de tener hijos de Alyssa, lo llamó Boremund.
Los dioses nos dan tanto pesar como dicha. Mucho antes de que su madre llegara a término, la reina Alysanne también dio a luz un hijo, un varón a quien puso el nombre de Aegon para honrar tanto al Conquistador como a su perdido y muy llorado hermano, el Incoronado. Todo el reino entonó agradecimientos, y nadie más fervientemente que Jaehaerys, pero el joven príncipe llegaba prematuro. Pequeño y frágil, moriría tan solo tres días después de nacer. Tan desmejorada estaba la soberana que los maestres temían también por su vida. Siempre culparía de la muerte de su hijo a las mujeres que habían atentado contra ella en Poza de la Doncella. De haberle permitido bañarse en las salutíferas aguas de la Poza de Jonquil, diría después, el príncipe Aegon habría sobrevivido.
El descontento también cayó pesadamente sobre Rocadragón, donde Rhaena Targaryen había establecido su propio consejo privado. Tal como habían hecho previamente con Jaehaerys, los señores vecinos comenzaron a buscar su compañía, pero la Reina en el Este no era como su hermano. A muchos visitantes los recibía fríamente; a otros los rechazaba sin tan siquiera concederles audiencia.
El reencuentro de Rhaena con su hija Aerea tampoco había transcurrido bien. La princesa no tenía recuerdo de su madre, y la reina no tenía conocimiento de su hija ni cariño alguno por los hijos ajenos. A Aerea le encantaban las emociones de la Fortaleza Roja, con señores, damas y legados de tierras exóticas yendo y viniendo; los caballeros que se entrenaban en el patio de armas por las mañanas; los trovadores, mimos y bufones que los entretenían por las noches, y todo el alboroto, el color y el tumulto de Desembarco del Rey extramuros. También le encantaba la atención que había recibido como heredera del Trono de Hierro. Grandes señores, galantes caballeros, camareras, lavanderas y palafreneros la habían alabado y amado, y habían competido por sus favores. Había sido asimismo la capitana de una cuadrilla de jóvenes, tanto de alta cuna como de humilde extracción, que habían aterrorizado al castillo.
Todo ello se le había arrebatado cuando su madre la arrastró a Rocadragón contra sus deseos. Comparada con Desembarco del Rey, aquella isla era un lugar insulso, soñoliento y silencioso. No había doncellas de su edad en el castillo, y no se le permitía andar con las hijas de los pescadores de la aldea que se extendía a los pies de la muralla. Su madre le resultaba una desconocida, por momentos severa y por momentos tímida, muy dada a calentarse los cascos, y las mujeres que la rodeaban parecían interesarse muy escasamente por Aerea. De todas ellas, la única con la que se confió fue Elissa Farman, de Isla Bella, que le narraba sus aventuras y le prometía enseñarla a navegar. No obstante, lady Elissa no era más dichosa en Rocadragón que la propia Aerea. Echaba de menos sus anchurosos mares occidentales y hablaba mucho de regresar a ellos. «Llévame», le decía la princesa Aerea en esas ocasiones, y Elissa Farman se reía.
Rocadragón sí tenía una cosa de la que Desembarco del Rey carecía enormemente: dragones. En la gran ciudadela, a la sombra de Montedragón, nacían más dragones cada vez que giraba la luna, o tal parecía. Los huevos que había puesto Fuegoensueño en Isla Bella habían eclosionado en Rocadragón, y Rhaena Targaryen había procurado que su hija los conociera. «Escoge uno y hazlo tuyo —animó a la princesa—, y algún día volarás». También había dragones más viejos en los patios, y extramuros, dragones salvajes que habían escapado del castillo para anidar en las cavernas ocultas de la ladera posterior de la montaña. La princesa Aerea había conocido a Vermithor y a Ala de Plata durante su estancia en la corte, pero jamás había recibido permiso para aproximarse. Allí podía visitar a los dragones con toda la frecuencia que deseara: los recién nacidos, los jóvenes dragones, su madre, Fuegoensueño…, y los mayores de todos, Balerion y Vhagar, enormes, antiguos y somnolientos, pero aun así, terroríficos cuando, al despertar, sacudían y extendían las alas.
En la Fortaleza Roja, Aerea adoraba a su caballo, a sus perros de caza y a sus amigos. En Rocadragón, los dragones se convirtieron en sus amigos; sus únicos amigos, aparte de Elissa Farman, y empezó a contar los días hasta que pudiera montar en uno y volar lejos, muy lejos.
El rey Jaehaerys, al fin, recorrió el Valle de Arryn en el 52 d. C.; hizo escala en Puerto Gaviota, Piedra de las Runas, Fuerterrojo, Arcolargo, el Hogar y las Puertas de la Luna, antes de volar con Vermithor hasta la Lanza del Gigante y el Nido de Águilas, tal como había hecho la reina Visenya durante la Conquista. La soberana Alysanne lo acompañó en parte de su recorrido, aunque no en su totalidad. Todavía no había repuesto del todo las fuerzas tras el alumbramiento y el pesar subsiguiente. Aun así, gracias a sus buenos oficios, se concertó el compromiso entre lady Prudence Celtigar y lord Grafton de Puerto Gaviota. Su alteza celebró audiencias de mujeres asimismo en Puerto Gaviota, y unas segundas en las Puertas de la Luna. Lo que oyó y conoció allí acabaría por cambiar la legislación de los Siete Reinos.
Se suele hablar hoy en día de las leyes de la reina Alysanne, pero el uso de tal término es torpe e incorrecto. Su alteza carecía de poder para promulgar leyes, emitir decretos, hacer proclamas o dictar sentencias. Es un desvarío hablar de ella como podríamos hablar de las reinas Rhaenys y Visenya del Conquistador. La joven soberana, no obstante, ejercía una enorme influencia sobre el rey Jaehaerys, y cuando ella hablaba, él escuchaba, tal como hizo a su retorno del Valle de Arryn.
Las audiencias de mujeres habían hecho a Alysanne consciente de las cuitas de las viudas de los Siete Reinos. En tiempos de paz, sobre todo, no era desusado que un hombre sobreviviera a la esposa de su juventud, ya que si bien muchos mancebos caían en el campo de batalla, muchas más mujeres jóvenes perecían en el parto. Ya fueran nobles o humildes, los viudos solían tomar una segunda esposa, cuya presencia en el hogar era motivo de resentimiento por parte de los hijos de la primera. Dado que no existía vínculo afectivo alguno, tras la muerte del varón, sus herederos podían expulsar y expulsaban a la viuda de su casa, reduciéndola a la penuria. En el caso de los señores, los herederos, sencillamente, despojaban a la viuda de sus prerrogativas, rentas y sirvientes, convirtiéndola en poco más que una inquilina.
A fin de deshacer tal entuerto, el rey Jaehaerys promulgó en el 52 d. C. la Ley de Viudas, en que se reafirmaba el derecho del primogénito varón (o hembra, de no haber tal) de heredar, aunque con la exigencia de que dicho heredero mantuviera a la viuda superviviente en las mismas condiciones de que hubiera disfrutado antes del fallecimiento de su esposo. A la viuda de un señor, fuera segunda, tercera o posterior esposa, ya no se la podía expulsar de su castillo, ni privar de su servicio, ropajes e ingresos. La misma ley, sin embargo, también prohibía a los hombres desheredar a los hijos tenidos con su primera esposa para otorgar sus tierras, sede o propiedades a una cónyuge posterior o a los hijos tenidos con esta.
La construcción fue la otra inquietud del monarca aquel año. Las obras continuaban en Pozo Dragón, y Jaehaerys visitaba con frecuencia el solar a fin de supervisar los progresos con sus propios ojos. Sin embargo, de camino entre la Colina Alta de Aegon y la Colina de Rhaenys, su alteza se fijó en el lamentabilísimo estado de su ciudad. Desembarco del Rey había crecido demasiado deprisa, con mansiones, boticas, chabolas y nidos de ratas que surgían como setas tras el aguacero. Las calles eran estrechas y sucias, con edificios tan próximos entre sí que se podía pasar de una ventana a la de enfrente. Los callejones se ensortijaban como serpientes beodas. El fango, las heces y los desechos campaban por doquier.
«Desearía vaciar la ciudad, demolerla y erigirla de nueva planta», dijo el rey a su consejo. Carente del poder y los dineros que tan magna empresa habría requerido, Jaehaerys hizo cuanto pudo. Las calles se ensancharon, enderezaron y adoquinaron donde resultó posible. Los peores chiqueros y casuchas se echaron abajo. Se abrió una gran plaza mayor, plantada de árboles, con mercados y arcadas. Desde aquel centro partían anchas vías, rectas como lanzas: la vía del Rey, la vía de los Dioses, la calle de las Hermanas, la vía del Aguasnegras (o Vía Lodosa, como pronto la rebautizó el populacho). Nada de esto podía lograrse de la noche a la mañana. Las obras continuarían durante años, incluso decenios, pero fue en el 52 d. C. cuando comenzaron por orden regia.
El coste de reconstruir la ciudad no era desdeñable, lo cual puso en mayores aprietos al tesoro de la Corona. Tales dificultades se exacerbaron debido a la creciente impopularidad de Rego Draz, el Señor del Aire. En poco tiempo, el consejero de la moneda pentoshí había cosechado tanto desprecio como su predecesor, si bien por distintas razones. Se decía que era corrupto y malversaba el oro del rey para engordar su bolsa, una imputación que lord Rego recibió con desprecio: «¿Para qué voy a robar al rey si soy el doble de rico?». Se decía que era impío, ya que no adoraba a los Siete. En Pentos se rinde culto a multitud de dioses extravagantes, pero Draz era célebre por conservar tan solo uno: un idolillo que tenía en su casa y que representaba a una mujer grávida de pechos inflamados y cabeza de murciélago. «Es el único dios que preciso», fue cuanto declararía al respecto. Se lo tenía por mestizo, aserto que no podía negar, ya que todo pentoshí es en parte ándalo y en parte valyrio, con una mezcla de sangre de esclavos y de pueblos más antiguos, olvidados tiempo ha. Pero sobre todo lo odiaban por sus riquezas, que no se dignaba ocultar; hacía alarde de ellas con sus túnicas de seda, sus sortijas de rubíes y su palanquín recubierto de pan de oro.
Ni los enemigos de lord Rego Draz podían negar que era un apto consejero de la moneda, pero el desafío de financiar la conclusión de Pozo Dragón y la reconstrucción de Desembarco del Rey puso aún más a prueba su talento. No bastaba con los impuestos sobre la seda, las especias y el almenado, de modo que lord Rego, a regañadientes, impuso una nueva tasa: el portazgo, exigido a todo aquel que entrara o saliera de la ciudad y recaudado por los guardias de las puertas. Se gravaron asimismo los caballos, las mulas, los pollinos y los bueyes; los carros y las carretas recibieron las tasas más gravosas. Dado el volumen de tráfico que entraba y salía de Desembarco del Rey a diario, el portazgo resultó sumamente lucrativo y aportó muchos más fondos de los precisos, si bien a un coste considerable para Rego Draz, ya que se decuplicó el desagrado que inspiraba.
Sin embargo, un largo estío, las abundantes cosechas y la paz y prosperidad, tanto en la patria como en el extranjero, ayudaron a limar parte del descontento, y al ir concluyendo el año, la reina Alysanne dio al rey una espléndida noticia: estaba encinta de nuevo. En aquella ocasión, según hizo voto, ningún enemigo se aproximaría a ella. Ya se había planeado y anunciado una segunda gira regia cuando se conoció el estado de la soberana. Aunque Jaehaerys decidió de inmediato quedarse al lado de su esposa hasta el parto, Alysanne no lo consintió. «Debes ir», insistió.
Y eso hizo. La llegada del año nuevo encontró al rey despegando de nuevo a lomos de Vermithor, esta vez en dirección a las Tierras de los Ríos. Inauguró el viaje con una estancia en Harrenhal como huésped de su nuevo señor, Maegor Towers, de nueve años. Desde allí se desplazó con su comitiva hasta Aguasdulces, Torreón Bellota, el castillo de la Princesa Rosada, Atranta y Septo de Piedra. A petición de Alysanne, lady Jennis Templeton viajó con el rey a fin de celebrar audiencias de mujeres en su nombre, en Aguasdulces y Septo de Piedra. La reina se quedó en la Fortaleza Roja, presidiendo las reuniones del consejo en ausencia del rey y concediendo audiencias desde un asiento de terciopelo situado bajo el Trono de Hierro.
Mientras aumentaba el vientre de su alteza, justo al otro lado de la bahía del Aguasnegras, junto al Gaznate, una mujer daba a luz a otro niño cuyo nacimiento, si bien de menor nota, sería con el tiempo muy significativo para las tierras de Poniente y los mares de allende. En la isla de Marcaderiva, el primogénito de Daemon Velaryon fue padre por vez primera cuando su señora esposa le dio un niño hermoso y sano. Lo llamaron Corlys en honor al tío bisabuelo que tan noblemente había servido como lord comandante de la primera Guardia Real, si bien en los años venideros, el pueblo ponientí acabaría conociendo a este nuevo Corlys como la Serpiente Marina.
El vástago de la soberana lo seguiría a su debido tiempo. Se encamó durante la séptima luna del 53 d. C., y esta vez dio a luz a un bebé fuerte y sano, una niña a la que llamaron Daenerys. El rey, que se encontraba en Septo de Piedra cuando recibió la noticia, montó a Vermithor y regresó a Desembarco del Rey de inmediato. Aunque Jaehaerys deseaba otro hijo que pudiera sucederlo en el Trono de Hierro, era evidente que adoró a su niña desde el momento en que la tomó en brazos por vez primera. El resto del reino estaba igualmente encantado con la princesita; en todas partes, con la salvedad de Rocadragón.
Aerea Targaryen, la hija de Aegon el Incoronado y su hermana Rhaena, contaba once años y había sido la heredera del Trono de Hierro desde que tenía recuerdo (excepto los tres días que separaron el nacimiento y la muerte del príncipe Aegon). La joven Aerea, empecinada, lenguaraz y fiera, se deleitaba con la atención que le dispensaba ser la reina en ciernes, y no le hizo ninguna gracia verse desplazada por la princesa recién nacida.
Es probable que su madre, la reina Rhaena, compartiera tales sentimientos, pero contuvo la lengua y no dijo nada ni a sus más íntimos confidentes. Ya tenía bastantes problemas en su propio castillo continuamente, pues se había enemistado con su bienamada Elissa Farman. Tras negarle su hermano, lord Franklyn, toda parte de las rentas de Isla Bella, Elissa solicitó a la reina viuda suficiente oro para construir en los astilleros de Marcaderiva un navío grande y veloz, destinado a surcar el mar del Ocaso. Rhaena se lo denegó. «No podría soportar que me abandonases», dijo, pero lady Elissa tan solo oyó: «No».
Con la perspectiva que nos brinda la historiografía, podemos retrotraernos y ver que habían aparecido todos los signos de mal agüero de que se aproximaban días difíciles, pero ni los archimaestres del Cónclave repararon en ninguno mientras reflexionaban sobre el año que se disponía a concluir. Ni uno solo se dio cuenta de que el año inminente se contaría entre los más aciagos del largo reinado de Jaehaerys I Targaryen; un año tan marcado por la muerte, la división y el desastre que tanto maestres como plebeyos acabarían denominándolo el Año del Desconocido.
La primera muerte del 54 d. C. llegó al cabo de unos días de las celebraciones que señalaban el año nuevo, ya que el septón Oswyck falleció mientras dormía. Era ya anciano y llevaba un tiempo delicado, pero su óbito empañó la vida de la corte de todos modos. En la época en que la reina regente, la Mano del Rey y la Fe se oponían a las nupcias de Jaehaerys y Alysanne, Oswyck había accedido a administrarles los ritos, y su valor no había caído en el olvido. A petición del rey, sus restos se inhumaron en Rocadragón, donde había servido tanto tiempo y tan fielmente.
La Fortaleza Roja aún le guardaba luto cuando recibió el siguiente golpe, si bien por entonces pareció una ocasión para la dicha. Un cuervo procedente de Bastión de Tormentas entregó un pasmoso mensaje: la reina Alyssa estaba de nuevo grávida a la edad de cuarenta y seis años. «Un segundo milagro», proclamó el gran maestre Benifer cuando transmitió al rey la noticia. El septón Barth, que había heredado las tareas del difunto Oswyck, se encontraba más dubitativo. Su alteza no había llegado a recuperarse completamente del parto de su hijo Boremund, precavió; se preguntaba si aún tendría fuerzas suficientes para llevar una gestación a término. Rogar Baratheon, sin embargo, estaba alborozado con la perspectiva de tener otro hijo y no preveía dificultad alguna. Su esposa había dado a luz siete hijos, insistía. ¿Por qué no un octavo?
En Rocadragón se aproximaban al clímax problemas de diversa suerte. Lady Elissa Farman ya no soportaba la vida en la ínsula. Había oído la llamada de la mar, según dijo a la reina Rhaena, y ya era hora de pedir venia para ausentarse. Poco dada a hacer gala de sus emociones, la Reina en el Este recibió las nuevas con rostro pétreo. «Te he pedido que te quedes. No te lo rogaré. Si quieres irte, vete». La princesa Aerea carecía de la contención de su madre. Cuando lady Elissa fue a despedirse de ella, sollozó y se aferró a su pierna, suplicándole que se quedase o, si no, al menos se la llevase: «Quiero estar contigo. Quiero navegar por los mares y correr aventuras». Lady Elissa vertió una lágrima también, según nos cuentan, pero apartó a la princesa con suavidad y le dijo: «No, niña. Tu lugar está aquí».
Elissa Farman partió de Marcaderiva a la mañana siguiente. Desde allí zarpó para atravesar el mar Angosto hasta Pentos. A continuación se encaminó hacia Braavos, cuyos armadores gozan de tanta fama, pero Rhaena Targaryen y la princesa Aerea no tenían noción alguna de su destino. La reina no creía que hubiera ido más allá de Marcaderiva. No obstante, lady Elissa tenía una buena razón para querer interponer mayor distancia: una quincena después de su partida, ser Merrell Bullock, aún comandante de la guarnición del alcázar, hizo comparecer a tres aterrados criados y al guardián del patio de los dragones en presencia de Rhaena. Faltaban tres huevos de dragón, y tras varios días de búsqueda no habían aparecido. Después de interrogar a cuantos habían tenido acceso a los dragones, ser Merrell quedó convencido de que lady Elissa se había hecho con ellos.
Si tal traición por parte de un ser querido hirió a Rhaena Targaryen, lo ocultó muy bien; no así la furia. Ordenó a ser Merrell que interrogara a los criados y mozos de cuadras con mayor ahínco. Como las preguntas no dieron el fruto deseado, lo relevó de su cargo y lo expulsó de Rocadragón, junto con su hijo ser Alyn y una docena de hombres que le despertaron sospechas. Llegó al extremo de convocar a su marido, Androw Farman, para exigirle respuestas sobre si había sido cómplice del delito de su hermana. Sus negativas tan solo le infundieron mayor cólera, hasta que se oyeron tronar sus alaridos por todos los pabellones de Rocadragón. Envió hombres a Marcaderiva, donde tan solo averiguaron que Elissa había zarpado rumbo a Pentos. Mandó legados a Pentos, pero allí se enfriaba el rastro.
Entonces, Rhaena Targaryen subió a lomos de Fuegoensueño con intención de volar a la Fortaleza Roja para informar a su hermano de cuanto había acontecido.
—Elissa no sentía ningún aprecio por los dragones —dijo al rey—. Era oro lo que ansiaba, oro para construir un navío. Venderá los huevos. Valen tanto…
—… como una flota.
Jaehaerys había recibido a su hermana en sus aposentos sin más compañía que la del gran maestre Benifer, presente para ser testigo de cuanto decía.
—Si los huevos eclosionaran, habría otro señor de dragones en el mundo, y no pertenecería a nuestra casa.
—Puede que no eclosionen —dijo Benifer—. Lejos de Rocadragón, sin el calor… Es sabido que algunos huevos de dragón se convierten sencillamente en piedra.
—De modo que algún mercader de especias de Pentos se hallará en posesión de tres piedras muy costosas —dijo Jaehaerys—. Por otra parte, el nacimiento de tres crías de dragón no es algo que se pueda mantener en secreto fácilmente. Quien los tenga, querrá alardear. Debemos tener ojos y oídos en Pentos, Tyrosh, Myr y todas las Ciudades Libres, y ofrecer una recompensa por cualquier noticia relacionada con dragones.
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó su hermana Rhaena.
—Lo que debo. Lo que tú debes. Ni se te ocurra lavarte las manos, hermanita. Querías Rocadragón y te la entregué, y llevaste allí a esa mujer, a esa ladrona.
El largo reinado de Jaehaerys I Targaryen fue pacífico en su mayor parte. Las guerras que se libraron fueron escasas y breves. Que nadie ose confundir a Jaehaerys con su padre Aenys; eso, nunca. No había nada de débil en él, nada de indeciso, tal como su hermana Rhaena y el gran maestre Benifer atestiguaron entonces, cuando el rey continuó hablando:
—Si aparecen los dragones, de aquí a Yi Ti, exigiremos su devolución. Nos los han sustraído; son nuestros por derecho. Si no nos conceden tal exigencia, tendremos que partir en su busca para recuperarlos si podemos, o matarlos si no. Ninguna cría podría enfrentarse a Vermithor y Fuegoensueño.
—¿Y Ala de Plata? —preguntó Rhaena—. Nuestra hermana…
—No tuvo nada que ver. No quiero ponerla en peligro.
—Ella es Rhaenys y yo soy Visenya. —La Reina en el Este sonrió—. Jamás lo he visto de otro modo.
—Habláis de librar una guerra allende el mar Angosto, alteza —dijo el gran maestre Benifer—. Los costes…
—Deben sufragarse. No permitiré que Valyria se vuelva a alzar. Imaginad qué harían los triarcas de Volantis con unos dragones. Recemos para no llegar a tal situación. —Con lo cual, su alteza puso fin a la audiencia tras prohibirles volver a hablar de los huevos desaparecidos—: Nadie más debe saberlo, salvo nosotros tres.
Pero ya era tarde para tales precauciones. En Rocadragón, el robo ya era ampliamente conocido, aun entre los pescadores. Y los pescadores, como es bien sabido, navegan a otras islas, de modo que las hablillas se propagan. Benifer, a través del consejero de la moneda pentoshí, envió legados a todos los puertos y al otro confín del mar Angosto, tal como el monarca había ordenado, «pagando buenos dineros a malos hombres», en palabras de Rego Draz, a cambio de información sobre huevos de dragón, dragones o Elissa Farman. Una pequeña hueste de cotillas, informadores y cortesanos produjo centenares de informes, bastantes de los cuales acabaron resultando valiosos para el Trono de Hierro por otros motivos; aunque ni un rumor relacionado con los huevos de dragón poseía valor alguno.
Bien sabemos actualmente que lady Elissa llegó a Braavos después de su estancia en Pentos, no sin antes asumir una nueva identidad. Tras ser expulsada de Isla Bella y renegar de ella su hermano lord Franklyn, adoptó un nombre de bastarda ideado por ella misma y se hizo llamar Alys Colina. Con tal alias se procuró una audiencia con el Señor del Mar de Braavos. Tenía este un célebre gabinete de curiosidades, y le alegró adquirir los huevos de dragón. El oro que recibió Elissa en trueque lo depositó en el Banco de Hierro y lo usó para financiar la construcción del Buscaelsol, el navío con el que llevaba años soñando.
Nada de esto se sabía en Poniente a la sazón, sin embargo, y pronto el soberano Jaehaerys tuvo una nueva preocupación. En el Septo Estrellado de Antigua, el Septón Supremo se había desplomado mientras subía las escaleras hacia su cámara. Ya había muerto antes de llegar al pie. En todo el reino, las campanas de los septos tañeron una dolorosa tonada. El Padre de los Fieles había ido a reunirse con los Siete.
Sin embargo, el rey no tenía tiempo para oraciones ni duelos. En cuanto se enterró a su altísima santidad, los Máximos Devotos se reunieron en el Septo Estrellado a fin de escoger a su sucesor, y Jaehaerys bien sabía que la paz del reino dependía de que el nuevo hombre se atuviera al camino trazado por su predecesor. El monarca tenía un candidato a ceñir la Corona de Cristal: el septón Barth, que había llegado con el fin de supervisar la biblioteca de la Fortaleza Roja y se había convertido en uno de sus consejeros más fiables. El propio Barth tardó media noche en disuadir a su alteza de su disparatada elección: era demasiado joven, escasamente conocido y demasiado heterodoxo en sus opiniones, y ni siquiera formaba parte de los Máximos Devotos. No tenía esperanza alguna de resultar elegido. Necesitarían otro candidato más aceptable para sus hermanos en la Fe.
El soberano y los señores del consejo coincidieron en algo, eso sí: debían hacer todo lo posible por procurar que no escogieran al septón Mattheus. Su cargo en Desembarco del Rey había dejado un legado de desconfianza, y Jaehaerys no podía perdonar ni olvidar las que había proferido a las puertas de Rocadragón.
Rego Draz sugirió que se pagasen los sobornos oportunos para elegir al deseado. «Distribuid bastante oro entre los Máximos Devotos y me elegirán a mí —se chanceó—, aunque no desearía el cargo». Daemon Velaryon y Qarl Corbray abogaban por una demostración de fuerza, si bien lord Daemon deseaba enviar su flota, mientras que lord Qarl ofreció comandar una hueste. Albin Massey, el jorobado consejero de los edictos, se preguntó si el septón Mattheus sufriría el mismo sino que el Septón Supremo que tantos problemas había causado a Aenys y Maegor: una repentina y misteriosa muerte. El septón Barth, el gran maestre Benifer y la reina Alysanne quedaron horrorizados ante tales propuestas, y el soberano las rechazó. La reina y él regresarían a Antigua inmediatamente, decidió. Su altísima santidad había sido un leal servidor de los dioses y un fiel amigo del Trono de Hierro; lo justo era que estuvieran presentes cuando se le diese tierra.
El único modo de llegar a Antigua a tiempo era a lomos de dragón.
Todos los señores del consejo, incluso el septón Barth, se mostraban inquietos ante la idea de que los monarcas se desplazaran solos a Antigua. «Todavía hay algunos entre mis hermanos que no tienen en gran consideración a su alteza», señaló. Lord Daemon coincidió y recordó a Jaehaerys lo que le había acontecido a la reina en Poza de la Doncella. Cuando el rey insistió en que gozarían de la protección de Hightower, se cruzaron miradas incómodas.
—Lord Donnel es maquinador y hosco —dijo Manfryd Redwyne—. No confío en él, ni vos deberíais. Hace lo que cree mejor para sí, para su casa y para Antigua, y no le importa un bledo nadie ni nada más, ni siquiera su rey.
—Entonces debo convencerlo de que lo que es mejor para su rey es lo mejor para él, para su casa y para Antigua —dijo Jaehaerys—. Creo que puedo lograrlo.
Con esto concluyó la charla, y dio orden de que les presentasen sus dragones.
Aun para un dragón, el vuelo desde Desembarco del Rey hasta Antigua es harto luengo. Los reyes se detuvieron dos veces a lo largo del camino para pasar la noche y conversar con los señores, una en Puenteamargo y la otra en Altojardín. Los señores del consejo habían insistido en que llevasen, al menos, cierta protección. Ser Joffrey Doggett voló con Alysanne, y Jonquil Darke, la Sombra Escarlata, con Jaehaerys, para equilibrar el peso que cargaba cada dragón.
La inesperada llegada de Vermithor y Ala de Plata a Antigua atrajo a millares de personas a las calles, a señalar y fisgar. No se había adelantado ni una palabra de su llegada, y había muchos en la urbe que tenían miedo y se preguntaban qué presagiaba tal poderío; nadie podía aventurarlo salvo, quizá, el septón Mattheus, que palideció cuando se lo comunicaron. Jaehaerys descendió de Vermithor en la anchurosa plaza marmórea que se abre frente al Septo Estrellado, pero fue su reina quien hizo dar un respingo a la ciudad cuando Ala de Plata sobrevoló la mismísima Torrealta, con el batir de sus alas avivando las llamas de su famoso faro.
Aunque las exequias del Septón Supremo se habían pospuesto debido a su visita, su altísima santidad ya estaba enterrado en las criptas que hay bajo el Septo Estrellado. Jaehaerys pronunció una elegía en la plaza, de todos modos, ante una amplia multitud de septones, maestres y plebeyos. Al final de su discurso anunció que la reina y él se quedarían en Antigua hasta la elección del nuevo Septón Supremo «para poder impetrarle su bendición». Como anotó el archimaestre Goodwyn más adelante, «el pueblo vitoreó; los maestres asintieron sabiamente, y los septones se miraron entre sí y pensaron en dragones».
Durante su estancia en Antigua, Jaehaerys y Alysanne pernoctaron en las estancias de lord Donnel, en la cima de Torrealta, con toda Antigua extendida a sus pies. No tenemos conocimiento cierto de las palabras cruzadas con su anfitrión, ya que sus debates se realizaron a puerta cerrada sin un solo maestre presente. Años después, sin embargo, el rey Jaehaerys narró al septón Barth cuanto había ocurrido, y Barth dejó plasmada una relación de los hechos para la posteridad.
Los Hightower de Antigua eran una familia vetusta, poderosa, pudiente, altiva… y numerosa. Desde hacía mucho, en su casa imperaba la costumbre de que los hijos, hermanos y primos menores, así como los bastardos, profesasen la Fe, en la que muchos habían sido educados a lo largo de las centurias. En el 54 d. C., lord Donnel Hightower tenía un hermano menor, dos sobrinos y seis primos al servicio de los Siete, y un hermano, un sobrino y dos primos que vestían el paño plateado de los Máximos Devotos. Lord Donnel deseaba que uno de ellos llegara a Septón Supremo.
Al rey Jaehaerys no le preocupaba de qué casa procediera su altísima santidad, ni que fuera de noble o baja cuna; su única parcialidad era que se eligiera a un excepcionalista. El Septo Estrellado no debía volver a cuestionar la tradición de los Targaryen del matrimonio entre hermanos. Deseaba que el nuevo Padre de los Fieles convirtiese el Excepcionalismo en dogma de la Fe, y aunque no ponía objeción alguna al hermano de lord Donnel, ni al resto de su linaje, ninguno de ellos se había pronunciado sobre la cuestión, de modo que…
Tras horas de debate se llegó a una entente, que se selló con un gran banquete en el que lord Donnel alabó la sabiduría del rey mientras le presentaba a sus hermanos, tíos, sobrinos y primos. Los Máximos Devotos de toda la urbe se congregaron en el Septo Estrellado a fin de elegir a su nuevo pastor, con agentes de lord Hightower y del rey infiltrados, en secreto para la mayoría. Se requirieron cuatro votaciones. El septón Mattheus se impuso en la primera, como era de esperar, si bien carecía del número de votos necesario para hacerse con la Corona de Cristal. Después, sus cifras fueron menguando con cada votación, mientras ascendían otros nombres.
En la cuarta ronda, los Máximos Devotos incumplieron la tradición y escogieron a un hombre que no se contaba entre sus filas: la corona recayó sobre el septón Alfyn, que había cruzado el Dominio una decena de veces en su litera en representación de Jaehaerys y su reina. Los Siete Reinos no contaban con más fiero adalid del Excepcionalismo que Alfyn, pero era el más anciano de los Siete Heraldos, y además carecía de piernas; parecía probable que el Desconocido fuese en su busca más temprano que tarde. Cuando aquello aconteciera, su sucesor sería un Hightower, según aseguró el monarca a lord Donnel, siempre y cuando su estirpe se alinease firmemente con los excepcionalistas durante el mandato del septón Alfyn.
Así fue como se realizó la negociación, si podemos dar crédito a la narración del septón Barth. Él no lo cuestionaba, si bien se dolió de la corrupción que volvía tan fáciles de manipular a los Máximos Devotos. «Sería mejor que los mismísimos Siete escogieran a su Voz en la Tierra, pero cuando los dioses guardan silencio, los señores y los reyes se hacen oír», escribió, y añadió que tanto Alfyn como el hermano de lord Donnel, quien lo sucedió, eran más dignos de la Corona de Cristal de lo que jamás lo habría sido el septón Mattheus.
Nadie se quedó más perplejo ante la elección del septón Alfyn que el propio septón Alfyn, que se encontraba en Vado Ceniza cuando le llegaron las nuevas. Viajando en litera, tardó más de una quincena en arribar a Antigua. Mientras aguardaba su llegada, Jaehaerys aprovechó para visitar Bandallon, Tres Torres, las Tierras Altas y Colmenar. Incluso voló con Vermithor hasta el Rejo, donde cató los más afamados caldos de la isla. La reina Alysanne se quedó en Antigua. Las Hermanas Silenciosas la acogieron en su casa madre para una jornada de oraciones y contemplación. Pasó otro día con las septas que cuidaban de los enfermos y desposeídos de la urbe. Entre las novicias con las que se reunió se contaba su sobrina Rhaella, a quien su alteza consideró una joven instruida y devota, «si bien muy dada a balbucear y sonrojarse». Durante tres días se perdió en la gran biblioteca de la Ciudadela, de la que tan solo salía para asistir a conferencias sobre los dragones de guerra valyrios, la aplicación de las sanguijuelas y las deidades de las Islas del Verano.
Después agasajó con un banquete a los archimaestres reunidos en su propio refectorio, y aun se atrevió a sermonearlos. «De no haber sido reina, me habría gustado ser maestre —dijo al Cónclave—. Leo, escribo, pienso, no temo a los cuervos… ni a un poco de sangre. Hay otras mozas de alta cuna que sienten lo mismo. ¿Por qué no admitirlas en vuestra Ciudadela? Si no pueden soportarlo, enviadlas a casa, tal como hacéis con los mozos que no son bastante avispados. Si dierais una oportunidad a las jóvenes, os sorprendería muchísimo el resultado». Los archimaestres, no queriendo contrariar a la soberana, sonrieron ante sus palabras, menearon la cabeza y le aseguraron que tendrían en cuenta su propuesta.
Cuando el nuevo Septón Supremo llegó a Antigua, guardó vigilia en el Septo Estrellado y, tras ser debidamente ungido y consagrado a los Siete, y arrumbar su nombre terrenal y todos sus lazos mundanos, bendijo al rey Jaehaerys y a la reina Alysanne en una solemne ceremonia pública. La Guardia Real y unos cuantos cortesanos se habían reunido para entonces con los monarcas, de modo que estos decidieron regresar por las Marcas de Dorne y las Tierras de la Tormenta. Se siguieron visitas a Colina Cuerno, Canto Nocturno y Refugionegro.
La reina Alysanne halló este último lugar especialmente acogedor. Aunque su castillo era pequeño y modesto en comparación con los grandes alcázares del reino, lord Dondarrion era un espléndido anfitrión, y su hijo Simon tañía el arpa tan bien como combatía en las justas, de modo que entretuvo a la regia pareja por las noches con baladas tristes sobre desamores y reyes caídos. Tan conmovida tenía a la soberana que la partida se quedó en Refugionegro más tiempo del previsto. Aún estaban allí cuando llegó un cuervo de Bastión de Tormentas, con un cambio de marea: su madre, la reina Alyssa, estaba en trance de morir.
Una vez más, Vermithor y Ala de Plata ascendieron a los cielos para conducir a los reyes al lado de su madre cuanto antes. El resto de la comitiva regia los seguiría por tierra pasando por Yelmo de Piedra, el Nido de Cuervos y el Nido del Grifo, capitaneada por ser Gyles Morrigen, lord comandante de la Guardia Real.
Bastión de Tormentas, la gran fortificación de los Baratheon, cuenta tan solo con una torre, la gigantesca y circular edificación erigida por Durran Pesardedioses durante la Edad de los Héroes para soportar las furias del dios de las tormentas. En la parte superior de la torre, bajo la celda del maestre y la sala de los cuervos, Alysanne y Jaehaerys hallaron a su madre durmiendo en un lecho que apestaba a orina, empapada en sudor y demacrada como una arpía, salvo por el vientre inflamado. La atendían un maestre, una comadrona y tres camareras, cada una más compungida que la anterior. Jaehaerys encontró a lord Rogar sentado frente a la puerta de la cámara, ebrio y desesperado. Cuando el rey exigió saber por qué no estaba con su esposa, el señor de Bastión de Tormentas gruñó: «El Desconocido está en esa habitación. Lo huelo».
Una copa de vino con unas gotas de sueñodulce era lo único que permitía a la reina Alyssa un breve alivio, explicó el maestre Kyrie. Alyssa llevaba agonizando ya varias horas.
—Gritaba mucho —añadió una de las sirvientes—. Cada bocado que le damos lo vomita, y sufre unos dolores horrorosos.
—No había salido de cuentas —dijo la reina Alysanne entre lágrimas—, aún no.
—No salía hasta dentro de un giro de la luna —confirmó la comadrona—. No se trata de un parto, mis señores. Algo se ha rasgado en su interior. El bebé se muere, o morirá pronto. La edad de la madre es demasiado avanzada; no tiene fuerzas para empujar, y el niño está retorcido… No va a salir adelante. Ambos se habrán ido para el alba. Os suplico vuestro perdón.
El maestre Kyrie no disentía. La leche de la amapola aliviaría el dolor de la reina, dijo, y tenía preparada una dosis más fuerte, pero podía matarla tan fácilmente como dormirla, y sin duda alguna, mataría al niño que gestaba. Jaehaerys preguntó qué se podía hacer.
—¿Por la reina? Nada —dijo el maestre—. Salvarla sobrepasa mi capacidad. Cabe la posibilidad, una mínima posibilidad, de que pueda salvar al niño; para ello, debería abrir en canal a la madre y sacarlo de su matriz. Sobreviviría o no; la mujer morirá.
Sus palabras hicieron sollozar a la reina Alysanne. El rey tan solo dijo, con tono pujante:
—«La mujer» es mi madre, y es reina.
Volvió a salir, tiró de Rogar Baratheon para ponerlo en pie y lo arrastró a la cámara paritoria, donde hizo repetir al maestre lo que acababa de decirle.
—Es vuestra esposa —le recordó—. A vos os corresponde decidir.
Lord Rogar, según nos cuentan, no pudo resistir la visión de su mujer, ni pudo hallar las palabras hasta que el rey lo cogió bruscamente por un brazo y lo sacudió.
—Salvad a mi hijo —dijo al maestre. Luego se liberó y volvió a huir de la alcoba. El maestre Kyrie inclinó la cabeza y pidió que le llevaran sus bisturíes.
En muchas de las crónicas que nos han llegado se nos dice que la reina Alyssa despertó de su sueño antes de que el maestre pudiera comenzar. Aunque transida de dolor y presa de violentas convulsiones, prorrumpió en lágrimas de felicidad al ver a sus hijos. Cuando Alysanne le reveló lo que iba a ocurrir, Alyssa dio su asentimiento: «Salvad a mi hijo —susurró—. Volveré a ver a mis chicos. La Vieja iluminará mi senda». Resulta agradable creer que tales fueron las últimas palabras de la reina; triste es decir que otras versiones narran que murió sin despertar cuando el maestre Kyrie le abrió el vientre. En un aspecto coinciden todos: Alysanne tuvo a su madre de la mano de principio a fin, hasta que el primer alarido del infante llenó la sala.
Lord Rogar no obtuvo el segundo hijo por el que rogaba. Se trataba de una niña, tan diminuta y débil que la matrona y el maestre no creían que fuera a sobrevivir. Los sorprendió a ambos, tal como sorprendería a muchos otros a su debido tiempo. Días después, cuando al fin se recuperó lo suficiente para meditarlo, Rogar Baratheon dio a su hija el nombre de Jocelyn.
Antes, no obstante, debió vérselas con una llegada más intempestiva. Rayaba el alba y aún no se había enfriado el cadáver de la reina Alyssa cuando Vermithor, desde donde se encontraba aovillado durmiendo en el patio, alzó la cabeza y emitió un rugido que despertó a medio Bastión de Tormentas: había olfateado la proximidad de un dragón. Momentos después, Fuegoensueño descendió con la cresta plateada resplandeciente en el lomo y las alas azul claro batiendo contra el rojo cielo del amanecer. Había llegado Rhaena Targaryen, decidida a reconciliarse con su madre.
Llegaba tarde; la soberana Alyssa ya no estaba. Aunque el rey dijo que no tenía por qué contemplar los restos mortales de su madre, Rhaena insistió, y apartó la ropa de cama que la cubría para contemplar la obra del maestre. Tras un largo rato, se volvió para besar a su hermano en la mejilla y abrazar a su hermana menor. Las dos reinas se abrazaron largamente, según se cuenta, pero cuando la comadrona ofreció a Rhaena coger en brazos al neonato, rehusó. «¿Dónde está Rogar?», preguntó.
Lo encontró abajo, en el gran salón, con Boremund, su hijo pequeño, en el regazo, rodeado por sus hermanos y sus caballeros. Rhaena Targaryen los apartó para situarse frente a él y se puso a maldecirlo a la cara: