Fuego y sangre

Fuego y sangre


Nacimientos, muertes y traiciones

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—Tienes su sangre en las manos. Aún tienes su sangre en la verga. Ojalá mueras entre gritos.

—¿Qué estás diciendo, mujer? —preguntó Rogar Baratheon, ultrajado por tales acusaciones—. Ha sido la voluntad de los dioses. El Desconocido viene a por todos. ¿Cómo voy a tener la culpa? ¿Qué he hecho yo?

—Le metiste la polla. Te dio un hijo, que debería haberte bastado. Debiste ordenar que salvaran a tu esposa, pero ¿qué son las mujeres para los hombres como tú? —Lo agarró por las barbas y acercó el rostro al suyo—. Escucha, mi señor. Que no se te ocurra volver a matrimoniar. Cuida de los hijos que te dio mi madre: mi hermano y mi hermana. Procura que no carezcan de nada y te dejaré tranquilo. Como llegue a mis oídos el más leve rumor de que has tomado a otra pobre doncella por esposa, haré de Bastión de Tormentas otro Harrenhal, contigo y con ella dentro.

Cuando abandonó la sala como una exhalación para volver con Fuegoensueño, que se encontraba en el patio, lord Rogar y sus hermanos se carcajearon.

—Está ida —declaró el señor—. ¿Se cree que puede atemorizarme? ¿Precisamente a mí? No temía la cólera de Maegor el Cruel, ¿y voy a temer la suya?

Después se tomó una copa de vino, convocó a su mayordomo, organizó el entierro de su esposa y envió a su hermano ser Garon a que invitara a los reyes a quedarse para un banquete en honor a su hija[6].

El rey que regresó de Bastión de Tormentas a Desembarco del Rey era de talante más triste. Los Máximos Devotos le habían brindado al Septón Supremo que deseaba; la doctrina del Excepcionalismo sería un dogma de la Fe, y había llegado a un acuerdo con los poderosos Hightower de Antigua, pero tales victorias se le habían transformado en hiel dentro de la boca con la muerte de su madre. No obstante, Jaehaerys no era muy propenso a dar demasiadas vueltas a las cosas y, tal como haría en muchas ocasiones durante su largo reinado, se sacudió los pesares y se sumergió en la gobernación de su reino.

El verano había dado paso al otoño, y las hojas caían por todos los Siete Reinos. Había surgido un nuevo Rey Buitre en las Montañas Rojas; el mal de los sudores había irrumpido en las Tres Hermanas, y Tyrosh y Lys estaban abocadas a una guerra que, casi con seguridad, afectaría a los Peldaños de Piedra e interrumpiría el comercio. Era menester lidiar con todo aquello, y a lidiar se puso.

La reina Alysanne encontró una solución diversa: tras perder a su madre, halló solaz en su hija. Aunque aún no contaba ni año y medio, la princesa Daenerys ya hablaba desde bastante antes de su primer día del nombre, y ya había pasado de arrastrarse, gatear y andar a correr. «Tiene mucha prisa esta niña», decía su ama de cría a la soberana. La princesita era una niña feliz, inmensamente curiosa y muy intrépida, una delicia para cuantos la conocían. Tanto encandilaba a Alysanne que, durante un tiempo, empezó a faltar a las sesiones del consejo, ya que prefería pasarse los días jugando con su hija y leyéndole los cuentos que le había leído a ella su madre. «Es tan inteligente que dentro de poco me leerá ella a mí —dijo al rey—. Va a ser una gran reina, lo sé».

El Desconocido aún no había dejado de cebarse en la casa Targaryen en aquel cruento 54 d. C., empero. Al otro lado de la bahía del Aguasnegras, en Rocadragón, Rhaena Targaryen se había topado con nuevas desdichas a su regreso de Bastión de Tormentas. Lejos de ser una alegría y un consuelo, como era Daenerys para Alysanne, su hija Aerea se había convertido en un terror, en una niña caprichosa e indócil que desobedecía a su septa, a su madre y a sus maestres por igual; que abusaba de sus criados, se ausentaba de las oraciones, las lecciones y las comidas sin permiso, y que motejaba a los hombres y mujeres de la corte de Rhaena con apodos tan encantadores como «ser Estúpido», «lord Caracerdo» y «lady Pedorra».

El esposo de su alteza, Androw Farman, aunque menos hablador y menos dado al desafío abierto, no estaba menos airado. Cuando se supo en Rocadragón que la reina Alyssa se moría, Androw anunció que acompañaría a su mujer a Bastión de Tormentas. Como esposo suyo, según dijo, le correspondía estar al lado de Rhaena a fin de reconfortarla. La monarca, sin embargo, lo rechazó, y ni siquiera amablemente. Una acalorada discusión precedió a su partida, y se oyó decir a su alteza: «Se escapó la Farman que no debía». Su matrimonio, nunca apasionado, se había convertido en una farsa ya por el 54 d. C. «Y nada entretenida», según observó lady Alayne Royce.

Androw Farman ya no era el jovenzuelo con quien Rhaena había contraído matrimonio en Isla Bella cinco años antes, cuando él contaba diecisiete. El hermoso muchacho se había convertido en un hombre de cara hinchada, cargado de hombros y rechoncho. Puesto que los hombres jamás lo habían tenido en consideración, se había hallado olvidado y arrumbado por sus anfitriones durante los vagabundeos de Rhaena por occidente. Rocadragón no resultaría mejor. Su esposa aún era reina, pero nadie confundiría a Androw con un rey, ni tan siquiera consorte. Aunque se sentaba junto a ella durante las comidas, no compartían lecho; Rhaena reservaba ese honor a sus amigas y favoritas. De hecho, sus cámaras se encontraban en torres distintas. Según las hablillas cortesanas, la reina le tenía dicho que era mejor que durmieran separados para que, si él daba con una bonita doncella que le calentase el lecho, no sufriese interrupción alguna. No tenemos indicios de que sucediera jamás.

Los días de Androw estaban tan vacíos como sus noches. Aunque había nacido en una isla y vivía en otra, no navegaba, nadaba ni pescaba. Fallido escudero, carecía de maña con la espada, el hacha y la lanza, de modo que cuando los hombres de la guarnición se ejercitaban por las mañanas en el patio de armas, él se quedaba acostado. Pensando que tal vez fuese de disposición libresca, el maestre Culiper trató de interesarlo en los tesoros de la biblioteca de Rocadragón, sus voluminosos tomos y los antiguos rollos valyrios que habían fascinado al rey Jaehaerys, pero acabó descubriendo que el marido de la soberana no sabía ni leer. Montaba a caballo pasablemente, y de vez en cuando hacía que le ensillaran un palafrén para trotar por el patio, aunque nunca traspasó las puertas a fin de explorar los rocosos senderos de Montedragón ni el otro extremo de la ínsula, ni siquiera la aldea pesquera y los muelles que se encontraban al pie de la fortificación.

«Bebe bastante —escribió el maestre Culiper a la Ciudadela—, y se sabe que se pasa días enteros en la Cámara de la Mesa Pintada moviendo soldaditos de madera polícroma por el mapa. Los compañeros de Rhaena son dados a decir que planea la conquista de Poniente. Por no desairar a la reina no se mofan de él en su cara, pero sí a sus espaldas. Ni los caballeros ni los hombres de armas le prestan la menor atención, y los sirvientes lo obedecen o no, según se les antoje, sin miedo alguno a su displacer. Los niños son los más crueles, como suele ocurrir, aunque ninguno llega a la suela de los zapatos a la princesa Aerea. Una vez le vació un orinal en la cabeza, no por nada que hubiera hecho él, sino porque estaba airada con su madre».

El descontento de Androw Farman en Rocadragón tan solo empeoró tras la partida de su hermana. Lady Elissa había sido su amiga más íntima, tal vez la única, observó Culiper, y pese a sus negativas lacrimosas, a Rhaena le costaba creer que no hubiera desempeñado papel alguno en el asunto de sus huevos de dragón. Cuando la soberana destituyó a ser Merrell Bullock, Androw le pidió que le trasladara su puesto de comandante de la guarnición del castillo. Su alteza estaba desayunado en aquel momento con cuatro de sus damas de compañía, que prorrumpieron en risotadas al oír el ruego. Al cabo de un momento, la reina se rio asimismo. Cuando Rhaena voló a Desembarco del Rey para informar del robo al rey Jaehaerys, Androw se ofreció a acompañarla, pero lo desdeñó con desprecio. «¿Y de qué iba a servir? ¿Qué podrías hacer tú, salvo caerte del dragón?».

La negativa de la reina a dejarse acompañar por él a Bastión de Tormentas fue la gota que colmó el saturado vaso de las humillaciones padecidas por Androw Farman. Cuando Rhaena regresó del lecho de muerte de su madre, él ya no albergaba deseo alguno de consolarla. Taciturno y frío, se quedaba silente en las comidas y evitaba la compañía de la reina por lo demás. Si Rhaena Targaryen se veía atribulada por sus desprecios, pocos signos daba de ello. En quienes halló consuelo fue en sus damas, en antiguas amigas como Samantha Stokeworth y Alayne Royce, y nuevas compañeras como su prima Lianna Velaryon, una bella hija de lord Staunton llamada Cassella y la joven septa Maryam.

Poco duró cualquier solaz que la ayudasen a encontrar. El otoño había llegado a Rocadragón, así como al resto de Poniente, y con él, los fríos vientos del norte y las tormentas del sur que ascendían rugientes por el mar Angosto. Una oscuridad se cernió sobre la antigua fortaleza, lugar ya sombrío aun en verano. Hasta los dragones parecían sentir la humedad. Cuando iba acabando el año, la enfermedad alcanzó Rocadragón.

No se trataba del mal de los sudores ni el de los temblores, ni de la psoriagrís, según dictaminó el maestre Culiper. El primer síntoma era la presencia de sangre en las heces, seguida por unos terribles calambres en las entrañas. Había diversas afecciones que podían ser su causa, dijo a la reina. Jamás llegó a averiguar cuál sería la culpable, ya que fue precisamente el primero en morir, tan solo dos días después de empezar a sentirse indispuesto. El maestre Anselm, quien lo sustituyó, achacó el deceso a su avanzada edad: Culiper andaba más cerca de los noventa que de los ochenta y no estaba nada fuerte.

Cassella Staunton fue la siguiente en sucumbir, sin embargo, y no contaba más que catorce años. Luego enfermó la septa Maryam, y Alayne Royce, e incluso la grandona y escandalosa Sam Stokeworth, que se preciaba de no haber estado enferma ni un día en su vida. Las tres fallecieron a lo largo de la misma noche, con unas horas de diferencia.

Rhaena Targaryen resultó indemne, si bien sus amigas y queridas compañeras fueron cayendo una por una. La salvó la sangre valyria, a decir del maestre Anselm. Los males que acababan con el común de los mortales en cuestión de horas nada podían contra la sangre del dragón. Los hombres también parecían ser mayormente inmunes a tan singular peste: aparte del maestre Culiper, tan solo sucumbieron mujeres. Los hombres de Rocadragón, ya fueran caballeros, pinches, palafreneros o cantores, conservaron la salud.

La soberana Rhaena ordenó que se cerrasen y atrancasen las puertas de Rocadragón. La enfermedad aún no se había extendido extramuros, y quería que siguiera siendo así para proteger a la plebe. Cuando envió las nuevas a Desembarco del Rey, Jaehaerys actuó inmediatamente: ordenó a lord Velaryon que enviase sus galeras, a fin de procurar que nadie escapase y propagase la pestilencia fuera de la isla. La Mano del Rey obedeció, si bien no sin pena, ya que su joven sobrina se contaba entre las mujeres que seguían en Rocadragón.

Lianna Velaryon perdió la vida cuando las galeras de su tío zarpaban de Marcaderiva. El maestre Anselm la había purgado, sangrado y cubierto de hielo sin resultado alguno. Murió presa de convulsiones en brazos de Rhaena Targaryen, que sollozaba amargamente.

«Lloras por ella —dijo Androw Farman cuando vio correr las lágrimas por el rostro de su esposa—, pero ¿llorarías por mí?». Sus palabras despertaron la cólera de la reina. Tras cruzarle la cara, le ordenó marcharse, declarando que deseaba estar sola. «Lo estarás —dijo Androw—. Era la última que te quedaba».

Ni siquiera entonces se dio cuenta la reina de lo ocurrido, tan inmersa estaba en su pesar. Fue el pentoshí Rego Draz, el consejero de la moneda del rey, quien comunicó sus sospechas cuando Jaehaerys reunió a su consejo privado para tratar el asunto de las muertes de Rocadragón. Tras leer la relación del maestre Anselm, lord Rego frunció el ceño y dijo:

—¿Enfermedad? No hay tal enfermedad. Una comadreja en las tripas, muerte al cabo de un día…: se trata de las lágrimas de Lys.

—¿Un veneno? —dijo el rey Jaehaerys, sorprendido.

—De esas cuestiones sabemos más en las Ciudades Libres —le aseguró Draz—. Son las lágrimas, no lo dudéis. El viejo maestre se habría dado cuenta enseguida, de modo que debía morir el primero. Así lo haría yo. Aunque no lo haría; el veneno es… deshonroso.

—Tan solo atacó a mujeres —objetó lord Velaryon.

—Tan solo se envenenó a mujeres, pues —replicó Rego Draz.

Cuando el septón Barth y el gran maestre Benifer dieron la razón a lord Rego, el rey despachó un cuervo a Rocadragón. En cuanto Rhaena Targaryen leyó la misiva, no le cupo duda alguna. Convocó al capitán de su guardia y ordenó que buscasen a su marido y lo llevasen a comparecer ante ella.

Androw Farman no apareció en su cámara, ni en la de la reina, ni en el gran salón, en los establos o en el septo, ni tampoco en el jardín de Aegon. En la Torre del Dragón Marino, en las cámaras del maestre que se encontraban bajo la sala de los cuervos, hallaron muerto al maestre Anselm, con un puñal hincado entre los omóplatos. Dado que las puertas estaban cerradas a cal y canto, no había más forma de abandonar el castillo que en dragón. «El gusano de mi marido no tiene el coraje preciso», declaró Rhaena.

Al fin localizaron a Androw Farman en la Cámara de la Mesa Pintada, empuñando con torpeza una espada larga. Lejos de realizar intento alguno de negar los envenenamientos, se jactó.

—Les llevé unas copas de vino y bebieron de ellas. Hasta me dieron las gracias, y bebieron. ¿Por qué no? Un copero, un criado; por eso me tenían. Androw el Afable. Androw el Hazmerreír. ¿Qué podría hacer yo, salvo caerme del dragón? Pues podría haber hecho muchas cosas. Podría haber sido un señor. Podría haber legislado, ser sabio y brindarte consejo. Podría haber matado a tus enemigos tan fácilmente como maté a tus amigas. Incluso podría haberte dado hijos.

Rhaena Targaryen no se dignó responder; se dirigió a sus guardias y dijo:

—Lleváoslo y castradlo, pero restañad la herida. Quiero que le friais la polla y los huevos y se los deis a comer. No dejéis que muera hasta que se lo haya comido todo.

—No —dijo Androw Farman cuando ya rodeaban la Mesa Pintada para prenderlo—. Mi mujer puede volar, y yo también.

Dicho aquello, acometió infructuosamente con la espada al hombre más cercano, retrocedió hasta la ventana y saltó por ella. El vuelo fue breve: hacia abajo, a la muerte. Tras ello, Rhaena Targaryen hizo despiezar su cuerpo y dárselo de comer a sus dragones.

La suya fue la última muerte reseñable del 54 d. C., pero aún estaban por llegar penalidades en aquel terrible Año del Desconocido. Tal como una piedra arrojada a una charca envía ondas en todas direcciones, la maldad perpetrada por Androw Farman se extendería por todo el país, afectando y malogrando la vida de otros muchos aun después de que los dragones se dieran un banquete con sus restos renegridos y humeantes.

La primera onda se hizo sentir en el seno del consejo privado, cuando lord Daemon Velaryon anunció su deseo de dimitir de su cargo de Mano del Rey. La reina Alyssa, como debemos recordar, era hermana de lord Daemon, y su joven sobrina Lianna se encontraba entre las mujeres envenenadas de Rocadragón. Hay quienes sostienen que la rivalidad con lord Manfryd Redwyne, que lo había sustituido como lord almirante, desempeñó un papel fundamental en la decisión de lord Daemon, si bien parece una ruin difamación destinada a empañar la reputación de un hombre que tan capazmente había servido durante tanto tiempo. Demos más bien por buena su palabra y aceptemos que su avanzada edad y su deseo de pasar sus últimos días en Marcaderiva, en compañía de sus hijos y nietos, fueron la causa de su partida.

La primera idea de Jaehaerys fue recurrir a los demás miembros de su consejo en busca de un sucesor para lord Daemon. Albin Massey, Rego Draz y el septón Barth habían demostrado todos ser hombres de gran valía, y se habían ganado la confianza y la gratitud regias. Ninguno, sin embargo, parecía idóneo. El septón Barth, por las sospechas de ser más leal al Septo Estrellado que al Trono de Hierro y porque, por añadidura, era de humilde extracción; los grandes señores del reino jamás permitirían que el hijo de un herrero fuese el portavoz del rey. Lord Rego, por ser un pentoshí impío y un mercader venido a más, de cuna más baja si cabe que la del septón Barth. Lord Albin, porque con su cojera y su chepa daba la impresión de ser ignorante y un tanto siniestro. «Me miran y ven a un villano —dijo el propio Massey al rey—. Puedo serviros mejor desde las sombras».

No era cuestión de recuperar a las Manos supervivientes de Rogar Baratheon o el rey Maegor. El paso de lord Tully por el consejo durante la regencia había carecido así de pena como de gloria. Rodrik Arryn, señor del Nido de Águilas y Protector del Valle, era un niño de diez años que había alcanzado prematuramente el señorío a raíz de la muerte de su tío lord Darnold y su abuelo ser Rymond a manos de los saqueadores salvajes a los que incautamente habían perseguido en las Montañas de la Luna. Jaehaerys acababa de alcanzar un acuerdo con Donnel Hightower, pero aún no confiaba del todo en aquel hombre, no más que en Lyman Lannister. Bertrand Tyrell, señor de Altojardín, era célebre por ser un beodo cuyos indisciplinados bastardos serían una desgracia para la Corona si se los dejaba andar sueltos por Desembarco del Rey. Alaric Stark era mejor que se quedase en Invernalia; este hombre, testarudo a decir de todos, adusto, de mano dura e implacable, resultaría una presencia incómoda a la mesa del consejo. Sería impensable llevar a un hijo del hierro a Desembarco del Rey, claro está.

Puesto que ninguno de los grandes señores de los reinos resultaba apto, Jaehaerys recurrió a continuación a sus banderizos. Se consideraba deseable que la Mano fuera un hombre mayor cuya experiencia equilibrara la juventud del monarca. Dado que el consejo ya contaba con varios eruditos, se buscaba también un guerrero, un hombre con experiencia en el campo de batalla cuya reputación marcial descorazonase a los enemigos de la Corona. Tras proponerse y descartarse una decena de nombres, la elección recayó al fin en ser Myles Smallwood, señor de Torreón Bellota, de las Tierras de los Ríos, que había combatido por Aegon, el hermano del Rey, en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses, había luchado contra Wat el Talador en Puentedepiedra y había cabalgado junto al difunto lord Stokeworth para llevar ante la justicia a Harren el Rojo durante el reinado de Aenys.

Merecidamente famoso por su valor, lord Myles lucía en rostro y cuerpo las cicatrices de una decena de luchas encarnizadas. Ser Willam la Avispa, de la Guardia Real, que había servido en Torreón Bellota, juraba que no había señor mejor, más fiero ni más leal en los Siete Reinos, y Prentys Tully y la temible lady Lucinda, sus vasallos, no tuvieron más que alabanzas para con Smallwood. Así persuadido, Jaehaerys dio su asentimiento; partió un cuervo y, al cabo de una quincena, lord Myles ya iba camino a Desembarco del Rey.

La reina Alysanne no desempeñó papel alguno en la selección de la Mano del Rey. Mientras el soberano y su consejo deliberaban, su alteza estaba ausente de Desembarco del Rey, ya que había volado a Rocadragón sobre Ala de Plata para estar con su hermana y consolarla de su dolor.

Rhaena Targaryen no resultaba fácil de reconfortar, no obstante. La pérdida de tantas de sus queridas amigas y compañeras la había sumido en una negra melancolía, y hasta la simple mención del nombre de Androw Farman le provocaba accesos de ira. Lejos de recibir a su hermana y el solaz que pudiese brindarle, intentó por tres veces echarla; llegó incluso a gritarle ante medio castillo. Cuando la reina rechazó marcharse, Rhaena se retiró a sus aposentos y atrancó las puertas; tan solo salía a comer, y cada vez con menor frecuencia.

Puesto que se encontraba sola, Alysanne Targaryen emprendió el restablecimiento de cierto orden en Rocadragón. Llegó y se instaló un nuevo maestre; se nombró a un nuevo capitán de la guarnición del castillo. La mismísima y bienamada septa de la reina, Edyth, llegó para sustituir a Maryam, la muy llorada septa de Rhaena.

Rehuida por su hermana, Alysanne recurrió a su sobrina, pero en ella también halló rabia y rechazo. «¿Por qué me va a importar que hayan muerto? Ya dará con unas nuevas, como siempre», dijo la princesa Aerea a la reina. Cuando Alysanne trató de narrarle anécdotas de su niñez y le dijo que Rhaena le había colocado un huevo de dragón en la cuna, y la había arrullado y cuidado «como si de mi madre se tratase», Aerea dijo: «A mí jamás me dio un huevo; tan solo me abandonó y se fue volando a Isla Bella». El amor de Alysanne por su propia hija también provocó las iras de la princesa. «¿Por qué debe ser ella la reina? Yo debería ser la reina, no ella». Fue entonces cuando Aerea se echó a llorar al fin, y rogó a Alysanne que se la llevase a Desembarco del Rey. «Lady Elissa dijo que me llevaría, pero se marchó y me olvidó. Quiero regresar a la corte, con los trovadores, los bufones, los señores y los caballeros. Por favor, llévame».

Conmovida por el llanto de la joven, la reina Alysanne no pudo sino prometerle tratar el asunto con su madre. Sin embargo, cuando Rhaena salió al fin de su cámara para comer, rechazó la idea de plano. «Tú lo tienes todo y yo no tengo nada. Ahora te quieres llevar también a mi hija. Pues no te la llevarás. Tienes mi trono; conténtate con eso». Aquella misma noche, Rhaena convocó a la princesa Aerea a sus aposentos para reprenderla, y los chillidos que se dedicaron madre e hija resonaron por el Tambor de Piedra. A raíz de aquello, la princesa se negó a dirigir la palabra a la reina Alysanne. Ante tanto obstáculo, su alteza acabó por regresar a Desembarco del Rey, a los brazos del rey Jaehaerys y la alegre risa de su hija, la princesa Daenerys.

Al ir tocando a su fin el Año del Desconocido, las obras de Pozo Dragón estaban casi completas. La gran cúpula ya se encontraba en su sitio, así como las grandes puertas de bronce. El cavernoso edificio dominaba la ciudad desde la cima de la Colina de Rhaenys, tan solo superado en altura por la Fortaleza Roja, situada en la Colina Alta de Aegon. A fin de señalar el fin de la construcción y celebrar la llegada de la nueva Mano, lord Redwyne propuso al rey organizar un gran torneo, el mayor y más grandioso que jamás hubiera visto el reino desde la Boda Dorada. «Olvidemos nuestros pesares y comencemos el año nuevo con boato y celebraciones», arguyó Redwyne. Las cosechas otoñales habían sido buenas; los impuestos que recaudaba lord Rego proporcionaban un caudal constante de moneda, y el comercio estaba en alza, de modo que financiar el torneo no supondría problema alguno, y el acontecimiento atraería a millares de visitantes, con sus bolsas, a Desembarco del Rey. El resto del consejo se mostró a favor de la propuesta, y el rey Jaehaerys coincidió en que, en efecto, sin duda unas justas proporcionarían a la plebe algo por lo que alegrarse «y nos ayudarán a olvidar nuestras cuitas».

Tales preparativos se verían malogrados por la repentina e inesperada llegada de Rhaena Targaryen de Rocadragón. «Es muy posible que los dragones, como sea, sientan y se hagan eco del estado de ánimo de sus jinetes —escribió el septón Barth—, ya que Fuegoensueño surgió aquel día de las nubes como una rugiente tempestad, y Vermithor y Ala de Plata se alzaron y rugieron ante su llegada, de tal modo que cuantos fuimos testigos temimos que los dragones se enfrentasen con llamaradas y garras, tal como Balerion se enfrentó a Azogue en el Ojo de Dioses».

Al final, los dragones no llegaron a luchar, si bien emitieron fuertes silbidos y lanzaron fieras tarascadas mientras Rhaena descendía de Fuegoensueño y entraba como un trueno en el Torreón de Maegor, llamando a grandes voces a sus hermanos. Pronto se conoció el motivo de su furia: la princesa Aerea se había fugado. Había abandonado Rocadragón al rayar el alba, para entrar furtivamente en los patios y reclamar un dragón como suyo. Y no cualquier dragón.

—¡Nada menos que Balerion! —exclamó Rhaena—. Se llevó a Balerion, la niña loca. No le servía un dragón pequeño, no; a ella no; tenía que llevarse al Terror Negro, el mismísimo dragón de Maegor, la bestia que despedazó a su padre. ¿Por qué ese, si no para hacerme daño? ¿Qué es lo que parí? ¿Qué clase de monstruo? Decidme, ¿se puede saber qué parí?

—Una niñita —dijo la reina Alysanne—. Lo que pasa es que es una niñita airada.

Pero el septón Barth y el gran maestre Benifer nos dicen que Rhaena no pareció oírla. Estaba desesperada por saber adónde podía haber huido su «niña loca». Había pensado en primer lugar en Desembarco del Rey, ya que Aerea estaba tan empeñada en volver a la corte; pero si no estaba allí, ¿dónde podía haberse metido?

—Muy pronto lo averiguaremos, según sospecho —dijo el rey Jaehaerys, tan calmado como siempre—.

Balerion es demasiado grande para ocultarlo o que pase desapercibido, y tiene un apetito temible. —Se volvió hacia el gran maestre Benifer y ordenó que se enviaran cuervos a todos los castillos de los Siete Reinos—: Si algún hombre de Poniente avista a Balerion o a mi sobrina, quiero saberlo de inmediato.

Volaron los cuervos, pero nada se supo de la princesa aquel día, ni al siguiente, ni al posterior. Rhaena estuvo todo el tiempo en la Fortaleza Roja, a ratos rabiando, a ratos temblando, bebiendo vino dulce para conciliar el sueño. La princesa Daenerys temía tanto a su tía, que lloraba cada vez que se encontraba en su presencia. Al cabo de siete días, Rhaena declaró que no podía seguir de brazos cruzados.

—Debo encontrarla. Si no logro dar con ella, al menos puedo buscarla.

Dicho aquello, montó a lomos de Fuegoensueño y se marchó.

No se volvió a ver ni oír a la madre ni a la hija durante lo poco que quedaba de aquel año aciago.

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