Fuego y sangre

Fuego y sangre


Jaehaerys y Alysanne: Sus triunfos y tragedias

Página 17 de 47

Jaehaerys y Alysanne Sus triunfos y tragedias

Los logros del rey Jaehaerys Targaryen, el primero de su nombre, fueron casi demasiados para enumerarlos. El principal de todos, según la mayoría de los historiógrafos, fueron los largos períodos de paz y prosperidad que marcaron la era durante la que estuvo asentado en el Trono de Hierro. No puede afirmarse, sin embargo, que Jaehaerys rehuyese completamente los conflictos, ya que eso sobrepasaría el poder de cualquier rey terrenal, pero las guerras que libró fueron breves y victoriosas, y se desarrollaron sobre todo en el mar o en tierras distantes. «Pobre soberano es el que libra batallas contra sus propios señores y deja su reino abrasado, ensangrentado y sembrado de cadáveres —escribiría el septón Barth—. Su alteza era demasiado sabio para hacer tal cosa».

Los archimaestres pueden objetar y objetan las cifras, pero la mayoría coincide en que la población de Poniente se duplicó al norte de Dorne durante el reinado del Conciliador, mientras que los habitantes de Desembarco del Rey se cuadruplicaron. También crecieron Lannisport, Puerto Gaviota, el Valle Oscuro y Puerto Blanco, si bien no en tamaña medida.

Puesto que menos hombres marchaban a la guerra, más se quedaban a trabajar la tierra. El precio del grano cayó incesantemente durante su reinado, ya que se labraban más fanegas. El pescado se volvió notablemente más barato, hasta para la plebe, ya que las aldeas pesqueras que jalonaban la costa prosperaban y armaban más barcas. Nuevas plantaciones se extendieron desde el Dominio hasta el Cuello. Había más corderos y ovejas, y la lana era de mejor calidad a medida que los pastores incrementaban el tamaño de sus rebaños. El comercio se decuplicó a pesar de las vicisitudes del viento y otras inclemencias y las guerras y perturbaciones que estas causaban de cuando en cuando. Los oficios también florecieron asimismo: herradores y forjadores, canteros, carpinteros, molineros, curtidores, tejedores, pañeros, tintoreros, maestros cerveceros, viñadores, orfebres y plateros, panaderos, carniceros y queseros gozaban de una prosperidad desconocida hasta entonces al oeste del mar Angosto.

Hubo, claro está, años buenos y años malos, pero con toda justeza se afirmaba que, bajo la égida de Jaehaerys y su soberana, los años buenos fueron doblemente buenos de lo que fueron malos los malos. Hubo tormentas, malos vientos e inviernos crudos, pero cuando los hombres rememoran hoy en día el reinado del Conciliador, resulta fácil confundirlo todo con un largo, verde y apacible verano.

Poco de todo esto debía de ser evidente para el mismísimo Jaehaerys cuando repicaron las campanas de Desembarco del Rey para recibir el año 55 después de la Conquista de Aegon. Las heridas heredadas del cruento año anterior, el Año del Desconocido, sangraban en demasía, y tanto el rey como la reina y el consejo temían lo que pudiera esperarles, ya que la princesa Aerea y Balerion continuaban en paradero desconocido y la reina Rhaena había partido en su busca.

Tras solicitar la venia de la corte de su hermano, Rhaena Targaryen voló primero a Antigua con la esperanza de que su hija descarriada hubiese ido en busca de su gemela. Lord Donnel y el Septón Supremo la recibieron con toda cortesía, pero ninguno fue capaz de brindarle ayuda. La reina tuvo ocasión de pasar un tiempo con su hija Rhaella, tan semejante a su melliza como dispar, y cabe esperar que allí hallara cierto consuelo para su pena. Cuando Rhaena expresó su pesar por no haber sido mejor madre, la novicia Rhaella la abrazó y le dijo: «He tenido la mejor madre que pueda desear una niña, la Madre Divina, y te doy las gracias por ella».

Al partir de Antigua, Fuegoensueño trasladó a la reina al Norte; primero a Altojardín y luego a Refugio Quebrado y Roca Casterly, cuyos señores ya la habían recibido en tiempos pretéritos. En ninguno de aquellos lares se había visto un dragón, salvo el suyo. Ni siquiera se había oído un susurro de la princesa Aerea. Por tanto, Rhaena regresó a Isla Bella para volver a enfrentarse a lord Franklyn Farman. Los años no lo habían vuelto más adepto a la reina, ni más sabio en su forma de dirigirse a ella:

—Esperaba que mi hermana viniera a casa a cumplir su deber después de huir de vos —dijo lord Franklyn—, pero nada hemos sabido de ella ni de vuestra hija. No puedo preciarme de conocer a la princesa, pero yo diría que, al igual que Isla Bella, está mejor sin vos. Si apareciese por aquí, la expulsaríamos como expulsamos a su madre.

—Vos no conocéis a Aerea, eso sí que es cierto —respondió su alteza—. Si, en efecto, se encamina a estas costas, quizá veáis que no cuenta con la paciencia de su madre. Ah, y os deseo suerte si tratáis de expulsar también al Terror Negro. Balerion gozó con vuestro hermano, y es posible que desee ya degustar el segundo plato.

Tras el episodio de Isla Bella, la relación pierde la pista de Rhaena Targaryen. Ya no regresaría a Desembarco del Rey ni a Rocadragón durante el resto del año, ni se presentaría en la sede de señor alguno de los Siete Reinos. Contamos con informes fragmentarios de avistamientos de Fuegoensueño en latitudes tan septentrionales como los Túmulos y la ribera del río de la Fiebre, y tan meridionales como las Montañas Rojas de Dorne y los cañones de la Torrentina. Rehuyendo alcázares y urbes, Rhaena fue divisada sobrevolando con su dragona los Dedos y las Montañas de la Luna, las brumosas selvas del cabo de la Ira, las islas Escudo y el Rejo…, pero en ningún lugar había buscado compañía humana; iba en pos de lugares agrestes y solitarios: ventosos páramos, verdes prados, lúgubres marismas, acantilados, riscos y valles. ¿Aún andaba en busca de algún rastro de su hija o, sencillamente era la soledad cuanto anhelaba? Jamás lo sabremos.

Su larga ausencia de Desembarco del Rey fue para bien, no obstante, ya que el monarca y su consejo se estaban impacientando con su proceder. Los relatos sobre la confrontación de Rhaena con lord Farman en Isla Bella dejaron de piedra tanto al soberano como a sus señores.

—¿Estará ida para hablar así a un señor en su propia mansión? —preguntó lord Smallwood—. De haberse tratado de mí, le habría rebanado la lengua.

—Espero que no fuerais tan sumamente necio, mi señor —replicó el rey—, puesto que, al margen de otras consideraciones, Rhaena sigue siendo de la sangre del dragón y mi hermana, a quien amo.

Su alteza no estaba en desacuerdo con la afirmación de lord Smallwood, debería señalarse; tan solo con los términos que empleó.

El septón Barth lo expresó mejor si cabe: «El poder de los Targaryen se deriva de sus dragones, esas temibles bestias que en otros tiempos arrasaron Harrenhal y acabaron con dos reyes en el Campo de Fuego. El rey Jaehaerys lo sabe bien, al igual que era consciente su abuelo Aegon. El poder siempre está presente, y con él, la amenaza. Sin embargo, su alteza comprende también una verdad que la reina Rhaena pasa por alto: la amenaza es más eficaz cuando queda tácita. Los señores del reino son todos hombres de gran orgullo, y poco se gana avergonzándolos. Un rey sabio siempre les permitirá conservar la dignidad. Mostradles un dragón, sí; así recordarán. Hablad abiertamente de abrasar sus castillos, jactaos de poder convertir a sus parientes en comida de dragones, y no lograréis sino inflamarlos y disponer sus corazones en vuestra contra».

La reina Alysanne oraba a diario por su sobrina Aerea y se culpaba por su huida, si bien culpaba más aún a su hermana. Jaehaerys, que había hecho poco caso de Aerea durante los años en que había sido su heredera, se reprendía entonces por tal abandono, pero era Balerion el que más lo preocupaba, ya que comprendía muy bien los peligros que entrañaba una criatura tan poderosa en manos de una airada jovencita de tan solo trece años. Ni los infructuosos viajes de Rhaena Targaryen ni las nubes de cuervos que el gran maestre Benifer envió por doquier habían recabado información alguna sobre la princesa y el dragón, al margen de los embustes, los errores y los desvaríos habituales. Al ir pasando los días y girar la luna una y otra vez, el rey empezó a temer que su sobrina hubiera muerto. «Balerion es una bestia tozuda y no conviene tentar su paciencia —dijo al consejo—. Montar a sus lomos sin haber volado jamás y surcar el cielo con él, no ya para sobrevolar el castillo, no, sino el mar… Es posible que haya desmontado a la pobre chica y yazca ahora en el lecho del mar Angosto».

El septón Barth no coincidía con él. Los dragones no eran vagabundos por naturaleza, según señaló. Frecuentemente daban con un abrigo, como una caverna, un castillo en ruinas o una cima montañosa y anidaban allí, desde donde salían a cazar para regresar luego. Tras desembarazarse de su amazona, Balerion seguramente habría regresado a su guarida. Conjeturaba que, dada la carencia de avistamientos en Poniente, la princesa Aerea debía de haberlo conducido hacia el este, atravesando el mar Angosto hasta los vastos campos de Essos. La reina le daba la razón: «Si la niña hubiera muerto, yo lo sabría. Continúa viva. Lo siento».

Todos los agentes e informantes a quienes Rego Draz había encomendado la búsqueda de Elissa Farman y los huevos de dragón robados fueron destinados a una nueva misión: dar con la princesa Aerea y con Balerion. Pronto empezaron a llegar informes de todo el mar Angosto. En su mayoría resultaron ser inútiles, igual que en lo tocante a los huevos de dragón: bulos, mentiras y falsos avistamientos encaminados a hacerse con una recompensa. Algunos eran de tercera o cuarta mano; otros, con tal escasez de detalles que equivalían a poco más que «Quizá haya visto un dragón. O algo grande con alas».

El testimonio más interesante llegó de las colinas de Andalia, al norte de Pentos, donde los pastores hablaban con pavor de un monstruo que acechaba y había devorado rebaños enteros, sin dejar sino huesos ensangrentados. Ni tan siquiera los ovejeros se libraban si se topaban con tal bestia, ya que su apetito no se contentaba en absoluto con las ovejas. Quienes se encontraron con el monstruo no vivieron para describirlo, no obstante, y ninguna de tales historias mencionaba el fuego, por lo cual Jaehaerys dedujo que Balerion no podía ser el culpable. Sin embargo, a fin de asegurarse, envió allende el mar Angosto, hasta Pentos, a una docena de hombres, capitaneados por ser Willam la Avispa, de su Guardia Real, para que tratasen de dar con la criatura.

En la otra orilla del mar Angosto, sin conocimiento alguno de Desembarco del Rey, los armadores braavosíes habían terminado de construir la carraca Buscaelsol, el sueño que había adquirido Elissa Farman con sus huevos de dragón robados. A diferencia de las galeras que partían a diario de los astilleros de Braavos, no era un remero. Se trataba de una nave destinada a alta mar, no a bahías, radas y bajíos continentales. Con sus cuatro mástiles, contaba con tanto velamen como las naves cisne de las Islas del Verano, si bien tenía una manga más ancha y un casco más profundo, que le permitiría almacenar provisiones suficientes para largas travesías. Cuando un braavosí le preguntó si pensaba zarpar hacia Yi Ti, lady Elissa se mofó de él y respondió: «Es posible…, aunque no por la ruta que te crees».

La víspera de zarpar la convocaron al palacio del Señor del Mar, donde este la agasajó con arenques, cerveza y precauciones. «Llevad cuidado, mi señora, pero id. Van tras vos por todo el mar Angosto. Se plantean preguntas; se ofrecen recompensas. No me placería que os descubrieran en Braavos. Vinimos aquí a fin de liberarnos de la antigua Valyria, y vuestros Targaryen son valyrios hasta la médula. Partid lejos. Partid ya».

Bajo el nuevo alias de Alys Colina, se despidió del Titán de Braavos mientras la vida de Desembarco del Rey continuaba como siempre. Incapaz de dar con su sobrina perdida, Jaehaerys actuó como solía en épocas de tribulación y se consagró a sus obligaciones. En el silencio de la biblioteca de la Fortaleza Roja, el monarca empezó a trabajar en el que sería uno de sus logros más significativos. Con la diestra ayuda del septón Barth, el gran maestre Benifer, lord Albin Massey y la reina Alysanne, un cuarteto al que su alteza había motejado «mi consejo aún más privado», Jaehaerys emprendió la codificación, organización y refundición de todas las leyes del reino.

El Poniente que había fundado Aegon el Conquistador constaba, realmente, de siete reinos; no se trataba tan solo de un nombre, sino que cada cual contaba con sus propias leyes, costumbres y tradiciones. Aun dentro de tales reinos se daban variaciones considerables según el lugar. Como escribiría lord Massey: «Antes de haber siete reinos había ocho; antes de eso, nueve; antes aún, diez, doce o trece, y así sucesivamente. Hablamos de los Cien Reinos de los Héroes cuando en realidad hubo noventa y siete en determinado momento, ciento treinta y dos en otro, etcétera, con una cifra siempre cambiante según se perdían y ganaban guerras y los hijos sucedían a sus padres».

Frecuentemente, las leyes cambiaban también. Este rey era severo, ese era misericordioso, aquel buscaba la guía de La estrella de siete puntas, el otro se aferraba a las ancestrales leyes de los primeros hombres, el de más allá gobernaba conforme a sus caprichos, el de acullá procedía de un modo estando sobrio y de otro estando ebrio. Al cabo de milenios, el resultado era tal amasijo de precedentes contradictorios que todo señor investido del poder para juzgar y condenar a muerte (y también alguno que no) se sentía libre de dictar sentencia como le viniera en gana en cualquier caso que le tocara dirimir.

La confusión y el desorden resultaban ofensivos para Jaehaerys Targaryen y, con la ayuda de su consejo aún más privado, emprendió la limpieza de los establos. «Estos Siete Reinos tienen un solo rey. Ya es hora de que tengan una sola ley también». Tan monumental tarea no sería para un año ni para diez. Tan solo recabar, organizar y examinar las leyes existentes ya requeriría dos años de esfuerzos, y las reformas subsiguientes se prolongarían durante decenios. Pero así fue como se emprendió la redacción del Gran Código del septón Barth (quien acabaría contribuyendo el triple que cualquier otro a los Libros de la Ley resultantes) en aquel año otoñal del 55 después de la Conquista de Aegon.

Los trabajos del monarca continuarían durante muchos años; los de la reina, durante nueve giros de la luna. A principios de aquel mismo año, el rey Jaehaerys y el pueblo de Poniente recibieron con alborozo el anuncio de que la reina Alysanne estaba de nuevo grávida. La princesa Daenerys compartía su dicha, si bien dijo terminantemente que deseaba una hermanita. «Ya hablas como una reina, dictando la ley», le contestó su madre, riendo.

Desde hacía tiempo, los matrimonios eran el medio por el que las grandes casas de Poniente tendían lazos entre sí, un método fiable para fraguar alianzas y dirimir disputas. Igual que las esposas del Conquistador antes que ella, Alysanne Targaryen gozaba concertando matrimonios. En el año 55 se enorgulleció especialmente por los casamientos de dos de las Mujeres Sabias que habían servido en su casa desde los tiempos de Rocadragón: lady Jennis Templeton matrimoniaría con lord Mullendore de las Tierras Altas, mientras que lady Prunella Celtigar se desposaría con Uther Peake, señor de Picoestrella. Ambos se consideraban consortes excepcionales para las damas en cuestión, así como un triunfo para la soberana.

El torneo que había propuesto lord Redwyne para celebrar la conclusión de Pozo Dragón se celebró, al fin, mediado el año. Se organizaron lizas en los campos del oeste de la muralla de la urbe, entre la Puerta del León y la Real, y se decía que las justas habían sido excepcionalmente espléndidas. El primogénito de lord Redwyne, ser Robert, demostró su habilidad con la lanza contra los mejores que el reino podía ofrecer, mientras que su hermano Rickard ganó el torneo de escuderos y el mismísimo rey lo armó caballero en el campo. Pero los laureles de campeón fueron para el galante y apuesto ser Simon Dondarrion de Refugionegro, que se ganó el amor tanto de la plebe como de la reina al coronar a la princesa Daenerys como su reina del amor y la belleza.

Ningún dragón se había instalado en Pozo Dragón todavía, de modo que tan colosal edificación fue la escogida para celebrar el multitudinario combate cuerpo a cuerpo del torneo, un choque de armas como jamás se había presenciado en Desembarco del Rey. Setenta y siete caballeros participaron, divididos en once equipos. Los competidores comenzaron a caballo, pero una vez apeados continuaron a pie, batallando con espada, maza, hacha y mangual. Cuando todos los equipos salvo uno habían quedado eliminados, los supervivientes se volvieron unos contra otros hasta que tan solo quedó un campeón.

Aunque los competidores tan solo esgrimían armas de torneo romas, las batallas eran reñidas y sangrientas, para el alborozo de las multitudes. Dos hombres murieron, y más de dos veintenas sufrieron heridas de consideración. La reina Alysanne, sabiamente, prohibió participar a sus favoritos Jonquil Darke y Tom el Tañedor. Sin embargo, el viejo Barril de Cerveza volvió a entrar en liza ante el clamor de aprobación del común. Cuando cayó, el populacho halló un nuevo favorito en el invicto escudero ser Harys Hogg, cuyo yelmo en forma de cabeza de cerdo le valió el apodo de Jarrete de Jamón. Otros notables que disputaron en el combate de todos contra todos fueron ser Alyn Bullock, recién llegado de Rocadragón; ser Borys, ser Garon y ser Ronnal, hermanos de Rogar Baratheon; un tristemente famoso caballero andante llamado ser Guyle el Astuto, y ser Alastor Reyne, campeón de las Tierras del Oeste y maestro armero de Roca Casterly. No obstante, al cabo de varias horas de sangre y entrechocar de armas, el último hombre que quedó en pie era un joven caballero de las Tierras de los Ríos, un rubio toro de anchos hombros llamado ser Lucamore Strong.

Poco después de la conclusión del torneo, la reina Alysanne abandonó Desembarco del Rey para dirigirse a Rocadragón a fin de aguardar el nacimiento de su hijo. La pérdida del príncipe Aegon con tan solo tres días de vida aún afligía a su alteza. En lugar de padecer los rigores del viaje o las exigencias de la vida cortesana, se retiró a la tranquila y antigua sede de su casa, donde sus deberes serían escasos. Las septas Edyth y Lyra se quedaron al lado de Alysanne, junto con una docena de doncellas escogidas entre el centenar que anhelaba la distinción de ser damas de compañía de la reina. Dos sobrinas de Rogar Baratheon se encontraban entre las honradas, así como varias hijas y hermanas de los señores Arryn, Vance, Rowan, Royce y Dondarrion, e incluso una joven norteña, Mara Manderly, hija de lord Theomore de Puerto Blanco. Para amenizar las tardes, su alteza se llevó a su bufón preferido, Comadre, con sus títeres.

Había en la corte quien recelaba del retiro de la soberana en Rocadragón. La isla era húmeda y de cielo encapotado incluso con buen tiempo, y en otoño eran habituales los fuertes vientos y las tormentas. Las recientes tragedias tan solo habían servido para empañar más si cabe la reputación del castillo, y algunos temían que los fantasmas de las amigas envenenadas de Rhaena Targaryen aún rondasen por sus corredores. La reina Alysanne despreció tales inquietudes, tachándolas de necedades. «El rey y yo fuimos muy felices en Rocadragón —dijo a los dubitativos—. No se me ocurre lugar mejor para que nazca nuestro hijo».

Otro viaje regio se había programado para el año 55, esta vez a las Tierras del Oeste. Igual que había hecho cuando gestaba a la princesa Daenerys, la reina se negó a que el rey cancelara o pospusiera el viaje y le dijo que fuera solo. Vermithor lo transportó a través de Poniente hasta el Colmillo Dorado, donde el resto del séquito se reuniría con él. Desde allí, su alteza visitó Marcaceniza, el Risco, Kayce, Castamere, Torre Tarbeck, Lannisport, Roca Casterly y Refugio Quebrado. Fue muy notable la omisión de Isla Bella; a diferencia de su hermana Rhaena, Jaehaerys Targaryen no era dado a proferir amenazas, si bien tenía su propio modo de hacer sentir su desaprobación.

El rey regresó de occidente un giro de luna antes de que la reina saliera de cuentas, de modo que estaría a su lado cuando alumbrase, cosa que sucedió precisamente cuando los maestres habían previsto. Un niño delgado, bien formado y sano, con los ojos tan claros como las lilas. Su cabello, nada más nacer, era también claro, brillante como el oro blanco, un color raro incluso en la Valyria de antaño. Jaehaerys lo llamó Aemon. «Daenerys se molestará conmigo —dijo Alysanne, colocándose al principito sobre el pecho—. Insistía muchísimo en que deseaba una hermana». Jaehaerys se rio y contestó: «A la próxima». Esa noche, a sugerencia de Alysanne, el rey depositó un huevo de dragón en la cuna del príncipe.

Alborozados por la noticia de la llegada al mundo del príncipe Aemon, millares de plebeyos se alinearon en las calles, frente a la Fortaleza Roja, cuando Jaehaerys y Alysanne regresaron a Desembarco del Rey un giro de luna más tarde con la esperanza de ver al nuevo heredero del Trono de Hierro. Oyendo sus proclamas y vítores, el rey subió al fin a la muralla de la puerta principal del alcázar y alzó al niño sobre la cabeza para que todos lo vieran. Entonces, se dice, surgió un rugido tan estentóreo que se oyó al otro lado del mar Angosto.

Mientras los Siete Reinos estaban de celebración, el rey tuvo noticia de que habían vuelto a ver a su hermana Rhaena, esta vez en Piedraverde, la antigua sede de la casa Estermont, en la isla del mismo nombre, frente a las costas del cabo de la Ira. Allí había decidido quedarse durante un tiempo. Conviene recordar que la primerísima de las favoritas de Rhaena, su prima Larissa Velaryon, se había casado con el segundo hijo del Lucero de la Tarde de Tarth. Aunque su marido había fallecido, lady Larissa le había dado una hija que, recientemente, se había casado con el anciano lord Estermont. En lugar de quedarse en Tarth o regresar a Marcaderiva, la viuda había decidido quedarse con su hija en Piedraverde tras el casamiento. De que la presencia de lady Larissa había atraído a Rhaena Targaryen a Estermont no cabía duda alguna, ya que la isla carecía por lo demás de encanto alguno, dados sus ventarrones, su humedad y su pobreza. Tras perder a su hija y con sus más queridas amigas y favoritas en la tumba, no es de extrañar que Rhaena buscase solaz con una compañera de la infancia.

Habría sorprendido y enfurecido a la reina saber que otra antigua favorita pasaba cerca en aquellos momentos. Tras hacer escala en Pentos a fin de avituallarse, Alys Colina, a bordo de su Buscaelsol, había puesto rumbo a Tyrosh, donde tan solo la parte más estrecha del mar Angosto se interponía entre Estermont y ella. Quedaba por delante una arriesgada travesía por las aguas de los Peldaños, infestadas de piratas, por lo que, como muchos otros capitanes prudentes, había reclutado arqueros y mercenarios a fin de garantizar su seguridad tras cruzar el estrecho y salir a mar abierto. No obstante, los dioses y sus caprichos decidieron que la reina Rhaena y su traicionera no tuvieran noticia mutua, y el Buscaelsol sobrepasó los Peldaños sin incidente alguno. Alys Colina licenció a sus reclutas en Lys, y se reaprovisionó de víveres y agua dulce antes de zarpar hacia el oeste, rumbo a Antigua.

El invierno llegó a Poniente en el año 56 después de la Conquista de Aegon, y con él, una funesta noticia procedente de Essos: todos los hombres que había enviado el rey Jaehaerys a investigar a la gran bestia que merodeaba por las colinas del norte de Pentos habían muerto. Su comandante, ser Willam la Avispa, había contratado en Pentos a un guía, un lugareño que afirmaba saber dónde acechaba el monstruo. Sin embargo, los condujo a una trampa, y en algún lugar de las colinas de Terciopelo de Andalia, ser Willam y sus hombres sufrieron la emboscada de unos salteadores. Aunque se defendieron con bravura, se encontraban en inferioridad numérica y acabaron dominados y asesinados. Ser Willam había sido el último en caer, se dijo. Un agente de lord Rego recibió su cabeza en Pentos.

«No hay monstruo alguno —concluyó el septón Barth tras escuchar la desventurada historia—; tan solo ladrones de ovejas que narran embustes a fin de espantar a los demás». Myles Smallwood, Mano del Rey, apremió al monarca a castigar a Pentos por el ultraje, pero Jaehaerys no estaba dispuesto a declarar la guerra a una ciudad entera por los crímenes de un puñado de proscritos, conque el asunto se arrumbó y el sino de ser Willam la Avispa quedó registrado en el Libro Blanco de la Guardia Real.

Para sustituirlo, Jaehaerys revistió de la alba capa a ser Lucamore Strong, vencedor del gran combate cuerpo a cuerpo de Rocadragón.

Pronto arribaron más noticias de los enviados de lord Rego allende el mar. Un informe hablaba de un dragón visto en los reñideros de Astapor, en la bahía de los Esclavos, una fiera de alas afeitadas que los esclavistas enfrentaban con toros, osos cavernarios y grupos de esclavos armados con lanzas y hachas mientras millares de espectadores vociferaban y rugían. El septón Barth descartó el relato inmediatamente. «Un guiverno, sin duda alguna —declaró—. A los guivernos de Sothoryos suelen confundirlos con dragones quienes jamás han visto un dragón».

Muchísimo más interesante para el monarca y el consejo resultó el gran incendio que había abrasado las Tierras de la Discordia una quincena antes. Avivado por los fuertes vientos y alimentado por los pastos agostados, el fuego cundió durante tres días y tres noches, envolviendo media docena de poblaciones y cercando a una cuadrilla de mercenarios, que se vio atrapada entre las llamaradas que avanzaban y una hueste tyroshí comandada por el mismísimo arconte. La mayoría decidió caer bajo las lanzas tyroshíes a arder con vida. Ni tan solo uno sobrevivió.

El origen del fuego es un misterio. «Un dragón —declaró ser Myles Smallwood—. ¿Qué pudo ser si no?». Rego Draz seguía sin convencerse. «La caída de un rayo —apuntó—. Una hoguera. Un beodo con una antorcha en busca de una puta». El rey coincidió: «Si fuera obra de Balerion, sin duda lo habrían avistado».

Los incendios de Essos no suponían inquietud alguna para la mujer que se hacía llamar Alys Colina en Antigua. Tenía los ojos fijos en el otro horizonte, en los tormentosos mares occidentales. Su Buscaelsol había tocado puerto en los últimos días del otoño, si bien seguía fondeado mientras lady Alys enrolaba tripulantes para la travesía. Se proponía una empresa que tan solo un puñado de los más osados marinos se habrían atrevido a intentar: navegar más allá del ocaso en pos de tierras con las que ni cabía soñar, y no deseaba una tripulación que pudiera perder los arrestos, amotinarse y obligarla a virar la nave; requería hombres que compartieran su sueño, y ni tan siquiera en Antigua resultaban nada fáciles de encontrar.

Entonces, como ahora, el populacho ignorante y los marineros supersticiosos se aferraban a la creencia de que el mundo era plano y acababa allá a lo lejos, a occidente. Unos hablaban de murallas de fuego y mares hirvientes; otros, de negras brumas que no se disipaban jamás; otros, de las mismísimas puertas del averno. Los eruditos sabían que no era así. El sol y la luna eran esferas, tal como podía ver cualquiera que tuviese ojos en la cara. La razón indicaba que el mundo debía de ser una esfera asimismo, y centurias de estudios habían convencido a los archimaestres del Cónclave de que no cabía duda alguna. Los señores dragón del Feudo Franco de Valyria creían lo mismo, así como los más sabios de muchas tierras distantes, desde Qarth hasta Yi Ti, pasando por la isla de Leng.

No existía el mismo acuerdo en lo tocante al tamaño del mundo; aun entre los archimaestres de la Ciudadela había una profunda división en este asunto. Algunos creían que el mar del Ocaso era tan vasto que ningún hombre podía esperar cruzarlo. Otros argüían que tal vez no fuese más ancho que el mar del Verano en la parte en que separaba el Rejo de la Gran Moraq; una tremenda distancia, desde luego, aunque no tanto como para que no pudiera recorrerla un capitán intrépido con la nave adecuada. Una ruta occidental hacia las sedas y especias de Yi Ti y Leng podía suponer incalculables riquezas para el hombre que diera con ella…, si la esfera del mundo era tan pequeña como afirmaban tales sabios.

Alys Colina no creía que lo fuera. Los escasos escritos que nos legó muestran que, ya de niña, Elissa Farman estaba convencida de que el mundo era «mucho mayor y mucho más extraño de lo que imaginan los maestres». No soñaba con alcanzar Ulthos y Asshai navegando hacia el oeste; la suya era una idea más osada. Entre Poniente y las costas más orientales de Essos y Ulthos, según creía, se extendían otras tierras y otros mares a la espera de ser descubiertos: otro Essos, otro Sothoryos, otro Poniente. Sus sueños estaban surcados de ríos y cuajados de planicies ventosas e imponentes montañas con las cumbres circundadas de nubes, de islas esmeraldinas que verdeaban al sol, de extrañas bestias que hombre alguno había domado, de sorprendentes frutos que nadie había degustado, de ciudades doradas que brillaban bajo extrañas estrellas.

No era la primera en albergar tal sueño. Milenios antes de la Conquista, cuando los Reyes del Invierno gobernaban en el Norte, Brandon el Armador construyó una flota entera de navíos con los que pretendía cruzar el mar del Ocaso. Los condujo hacia occidente él mismo, para no regresar jamás. Su hijo y heredero, otro Brandon, quemó los astilleros donde se habían fabricado y fue conocido como Brandon el Incendiario para los restos. Mil años después, unos nativos de las Islas del Hierro que habían zarpado de Gran Wyk se vieron desviados de su curso hacia unas islas rocosas, sitas a ocho días de navegación al noroeste desde cualquier costa conocida. Su capitán erigió una torre y un faro en aquel lugar, adoptó el apellido de Farwynd y bautizó su sede como Luz Solitaria. Sus descendientes aún moran allí, aferrados a unos peñascos donde las focas superan a los hombres a razón de cincuenta a uno. Hasta los habitantes de las Islas del Hierro tenían por locos a los Farwynd, y había quienes los motejaban «focas».

Tanto Brandon el Armador como el hijo del hierro que lo siguió habían navegado por los mares norteños, donde monstruosos krákens, dragones marinos y leviatanes del tamaño de ínsulas nadaban por sus gélidas y grises aguas, y donde las nieblas heladas ocultaban montañas de hielo flotantes. Alys Colina no se proponía navegar en su estela, sino que tomaría un rumbo mucho más meridional a bordo de su Buscaelsol, en pos de templadas aguas de azur y vientos estables que, según creía, la conducirían al otro confín del mar del Ocaso. Aunque antes debía enrolar una tripulación.

Algunos se reían de ella; otros la tomaban por loca o la maldecían a la cara. «Extrañas bestias, así es —le dijo un capitán rival—. Y, te guste o no, acabarás en la tripa de alguna». No obstante, una buena porción del oro que el Señor del Mar le había pagado por los huevos de dragón robados reposaba segura en las cámaras del Banco de Hierro de Braavos, y respaldada por tan abultada riqueza, lady Alys era capaz de tentar a los marinos pagando el triple del salario que podían ofrecer otros capitanes. Lentamente, comenzó a recabar reclutas dispuestos.

Inevitablemente, la noticia de sus esfuerzos acabó llamando la atención del señor de Torrealta. Se envió a los nietos de lord Donnel, Eustace y Norman, ambos notables marinos, a interrogarla… y a cargarla de cadenas si lo hallaban preciso. En cambio, ambos se enrolaron con ella, ofreciendo sus propios navíos y tripulantes para la misión. Tras ello, los marineros se apelotonaron en su afán de formar parte de su tripulación. Si los Hightower participaban, había fortunas con las que hacerse. El Buscaelsol partió de Antigua el vigesimotercer día de la tercera luna del 56 d. C. y descendió por la bahía de los Susurros hasta llegar a mar abierto en compañía del Luna de Otoño de Norman Hightower y el Lady Meredith de ser Eustace Hightower.

No hacía ni un día de su partida cuando las noticias sobre Alys Colina y su desesperada búsqueda de tripulantes ya habían llegado a Desembarco del Rey. El rey Jaehaerys supo enseguida quién se ocultaba tras el seudónimo utilizado por lady Elissa, e inmediatamente envió cuervos a lord Donnel, en Antigua, para ordenarle que detuviera a aquella mujer y se la enviase a la Fortaleza Roja a fin de interrogarla. Las aves llegaron tarde, no obstante, o quizá, como hay quien sostiene aun hoy en día, Donnel el Demorador había vuelto a demorar algo. Nada dispuesto a atraerse la regia ira, despachó una docena de sus naves más veloces en pos de Alys Colina y sus nietos, pero, una por una, regresaron penosamente a puerto, derrotadas. Los mares son amplios, y las naves, pequeñas, y ninguno de los navíos de lord Donnel podía competir en velocidad con el Buscaelsol cuando el viento henchía su velamen.

Cuando se supo de su huida en la Fortaleza Roja, el soberano meditó largo y tendido sobre si perseguiría a Elissa Farman él mismo. Ningún barco puede navegar tan velozmente como vuela un dragón, razonó. Quizá Vermithor pudiera encontrarla, a diferencia de los buques de lord Hightower. Sin embargo, ya la mera idea aterraba a la reina Alysanne. Ni siquiera los dragones pueden mantenerse en vuelo eternamente, señaló, y las cartas de navegación existentes del mar del Ocaso no mostraban ni islas ni rocas sobre las que posarse a descansar. El gran maestre Benifer y el septón Barth coincidían, y contra su oposición, su alteza acabó por arrumbar la idea renuentemente.

El decimotercer día de la cuarta luna del 56 d. C. amaneció frío y gris, con un tempestuoso viento que soplaba de oriente. Las crónicas cortesanas nos dicen que Jaehaerys I Targaryen interrumpió su ayuno con un legado del Banco de Hierro de Braavos que llegó para cobrarse el pago anual del crédito de la Corona. Fue una reunión disputada. Elissa Farman aún rondaba por los pensamientos del soberano, y bien sabía que el Buscaelsol se había construido en Braavos. Su alteza exigió saber si el Banco de Hierro había financiado la construcción de la nave y si tenía información alguna sobre los huevos de dragón robados. El banquero, por su parte, negó la mayor.

En otro lugar de la Fortaleza Roja, la reina Alysanne pasaba la mañana con sus hijos. La princesa Daenerys al fin había abierto su corazón a su hermano Aemon, si bien aún deseaba tener una hermanita. El septón Barth estaba en la biblioteca; el gran maestre Benifer, con sus cuervos mensajeros. Por toda la ciudad, lord Corbray inspeccionaba a los hombres del Cuartel Este de la Guardia de la Ciudad, mientras que Rego Draz se solazaba con una joven de dudosa virtud en su mansión sita al pie de Pozo Dragón.

Todos ellos recordarían durante mucho tiempo lo que estaban haciendo cuando oyeron un cuerno que retumbó en la atmósfera matutina. «Su sonido me recorrió la columna como un puñal helado —diría la reina más tarde—, aunque no habría sabido decir por qué». En una torre solitaria usada como otero, que dominaba las aguas de la bahía del Aguasnegras, un vigía había dado la alarma tras divisar unas oscuras alas a lo lejos. Volvió a hacer sonar el cuerno cuando las alas se hicieron más grandes, y por tercera vez cuando ya se distinguía la negra silueta del dragón recortada contra las nubes.

Balerion regresaba a Desembarco del Rey.

Habían pasado largos años desde que se viera al Terror Negro por última vez en los cielos de la ciudad, y colmó de horror a muchos desembarqueños que se preguntaban si, de alguna manera, Maegor el Cruel había salido de la fosa para volver a montar a sus lomos. Ay, el jinete que colgaba de su pescuezo no era un rey muerto, sino una niña moribunda.

La sombra de Balerion se cernió sobre los patios y edificios de la Fortaleza Roja cuando descendió con sus gigantescas alas batiendo el aire para aterrizar en el patio interior del Torreón de Maegor. Apenas había tocado tierra cuando la princesa Aerea cayó de su lomo. Aun a quienes la habían tratado durante sus mejores años en la corte les costó reconocerla. Se encontraba prácticamente desnuda; no llevaba sino jirones y harapos que le colgaban de piernas y brazos. Tenía el cabello alborotado y apelmazado, y los miembros, más flacos que palos. «¡Por favor!», gritó a los caballeros, escuderos y sirvientes que la habían visto descender. Entonces, mientras estos corrían hacia ella, dijo: «Yo nunca…» y se desplomó.

Ser Lucamore Strong se encontraba en su puesto, en el puente que cruza el foso seco que rodea el Torreón de Maegor. Apartando a los mirones, alzó a la princesa en brazos y atravesó con ella el alcázar para llevarla ante el gran maestre Benifer. Más adelante diría a quienes quisieran escucharlo que la niña estaba congestionada y ardiendo de fiebre, con la piel tan abrasadora que sentía el calor aun a través de las escamas esmaltadas de la armadura. «Tenía también los ojos inyectados en sangre —afirmó el caballero—, y había algo dentro de ella, algo que se movía y la hacía temblar y retorcerse en mis brazos». (No estuvo narrando tales historias durante demasiado tiempo, de todos modos: al día siguiente, el rey Jaehaerys lo mandó llamar y le ordenó no volver a hablar de la princesa).

Se convocó a los reyes de inmediato, pero cuando llegaron a las cámaras del gran maestre Benifer, este les prohibió la entrada. «No os conviene verla de este modo —les dijo—, y sería negligente si os dejase aproximaros». Se apostaron guardias a la puerta para evitar también que entrasen sirvientes. Tan solo se admitió al septón Barth para que le administrara los ritos fúnebres. Benifer hizo lo que pudo por la enferma princesa: le dio la leche de la amapola y la sumergió en una tina de hielo para bajarle la fiebre, pero sus esfuerzos no dieron fruto alguno. Mientras millares de plebeyos se congregaban en el septo de la Fortaleza Roja a fin de orar por ella, Jaehaerys y Alysanne velaban frente a la puerta del maestre. El sol ya se había puesto y se aproximaba la hora del murciélago cuando Barth salió a anunciar que Aerea Targaryen había fallecido.

Se entregó la princesa a las llamas al alborear el día siguiente, con el cuerpo envuelto en fino lino blanco de pies a cabeza. El gran maestre Benifer, que le había dispuesto la pira funeraria, parecía medio muerto asimismo, según confiaría lord Redwyne a sus hijos. El monarca anunció que a su sobrina se la había llevado la fiebre y pidió al reino que rezase por ella. Desembarco del Rey tuvo unos días de luto hasta que la vida siguió su curso, y ahí acabó todo.

No obstante, aún había misterios por desvelar. Incluso hoy, siglos más tarde, no estamos más cerca de averiguar la verdad.

Más de cuarenta hombres habían servido al Trono de Hierro como grandes maestres. Sus dietarios, misivas, relaciones, memorias y calendarios cortesanos son nuestros mejores archivos de los sucesos de los que fueron testigos, aunque no todos ellos hicieron gala de igual diligencia. Mientras que algunos nos legaron grandes volúmenes llenos de palabras hueras, sin dejar de reseñar jamás qué había tomado el rey para comer (y si el plato había sido de su agrado), otros no redactaban más que media docena de misivas anuales. En este aspecto, Benifer se encuentra entre los mejores, y sus cartas y diarios nos brindan relaciones detalladas de todo cuanto vio, hizo y atestiguó mientras estuvo al servicio del rey Jaehaerys y, anteriormente, de su tío Maegor. Aun así, en todos los escritos de Benifer no se encuentra una sola palabra concerniente al regreso de Aerea Targaryen y su dragón robado a Desembarco del Rey, ni al fallecimiento de la joven princesa.

Afortunadamente, el septón Barth no fue tan reticente, y es a su narración a la que ahora debemos recurrir. Barth escribió: «Tres días han pasado desde que pereció la princesa, y no he logrado conciliar el sueño. Ignoro si volveré a dormir algún día. La Madre es misericordiosa, siempre lo he creído, y el Padre Supremo juzga a todo hombre con justicia…, pero no hubo misericordia en lo que padeció nuestra pobre princesa. ¿Cómo pudieron los dioses estar tan ciegos o ser tan insensibles como para permitir tal horror? ¿O cabe la posibilidad de que haya otras deidades en este universo, dioses malignos y monstruosos como aquellos sobre los que nos advierten los clérigos del rojo R’hllor, y contra cuya malicia los reyes y los dioses de los hombres no son sino meras moscas?

»No lo sé. No quiero saberlo. Si esto me convierte en un septón sin fe, que así sea. Tanto el gran maestre Benifer como yo hemos quedado de acuerdo en no contar a nadie cuanto vimos y experimentamos en sus cámaras mientras la pobre niña yacía a las puertas de la muerte… Ni al rey ni a la reina ni a su madre; ni siquiera a los archimaestres de la Ciudadela. Pero los recuerdos no me abandonan, de modo que los plasmaré aquí. Tal vez cuando se encuentren y se lean, los hombres hayan llegado ya a comprender mejor tales males.

»Hemos dicho a todo el mundo que la princesa Aerea murió de fiebres, y es cierto en sentido estricto, pero se trataba de una fiebre que jamás había visto y que espero no volver a ver nunca. La princesa estaba ardiendo. Tenía la piel roja e inflamada, y cuando le ponía la mano en la frente para ver cuán caliente estaba, era como meterla en una olla de aceite hirviente. Apenas le quedaba un adarme de carne sobre los huesos, tan demacrada y consumida se encontraba; pero, además, pudimos observar ciertos… abultamientos… en su interior, como si la piel se inflase y luego volviera a hundirse, como si…, no como si, ya que tal era la verdad: había cosas en su interior, cosas vivas que se movían y se retorcían, tal vez en busca de una salida y, que le causaban tan grandes dolores que ni la leche de la amapola la aliviaba. Dijimos al rey, como desde luego dijimos a su madre, que Aerea no habló en ningún momento, aunque es mentira. Rezo por olvidar pronto ciertas cosas que susurró a través de sus ajados y sanguinolentos labios. No logro olvidar cómo suplicaba la misericordiosa muerte.

»Todas las artes del maestre se vieron impotentes contra la fiebre, si es que, en efecto, podemos dar a tal horror un nombre tan común. El modo más sencillo de explicarlo es que la pobre niña se cocía por dentro. La carne se oscurecía más y más y luego comenzaba a resquebrajarse, hasta que la piel ya no se asemejaba más que a (que los Siete me perdonen) cortezas de cerdo. Finos hilillos de humo le surgían de la boca, la nariz e, incluso, y más obscenamente, los labios menores. Para entonces ya había dejado de hablar, si bien los seres de su interior continuaban moviéndose. Los mismísimos ojos se le cocieron en el cráneo y acabaron por abrirse como dos huevos abandonados durante demasiado tiempo en agua hirviendo.

»Me pareció la cosa más horrible que jamás hubiera visto, pero pronto me desengañé, ya que un horror aún peor me aguardaba. Llegó cuando Benifer y yo introdujimos a la pequeña en una bañera y la cubrimos con hielo. La impresión provocada por la inmersión le detuvo el corazón inmediatamente, me digo… De ser así, fue una clemencia, ya que entonces salieron los seres de su interior…

»Los seres…, la Madre nos asista, no sé cómo referirme a ellos, eran… gusanos con rostro…, sierpes con manos, que se contorsionaban; viscosos y atroces seres que parecían retorcerse, palpitar y ensortijarse al erupcionar de sus carnes. Algunos no eran mayores que mi meñique, pero uno, al menos, era tan largo como mi brazo. Oh, válgame el Guerrero, qué horrísonos ruidos emitían…

»Pero murieron. Debo recordarlo, aferrarme a eso. Fueran lo que fueran, eran criaturas de calor y fuego, y ¿les plugo el hielo? Ah, no. Uno tras otro se aplastaron y contorsionaron, y perecieron ante mis ojos, gracias a los Siete. No pretenderé darles un nombre… Eran horrores».

La primera parte de la relación del septón Barth concluye aquí, pero la reanudó varios días después: «La princesa Aerea se ha ido, pero no se ha olvidado. Los fieles ruegan por su dulce alma por las mañanas y las noches. Fuera de los septos, las mismas preguntas andan en labios de todos. La princesa estuvo desaparecida más de un año. ¿Adónde pudo haber ido? ¿Qué pudo haber sido de ella? ¿Qué la devolvió a casa? ¿Era Balerion el monstruo que, al parecer, aterraba a los moradores de las colinas de Terciopelo de Andalia? ¿Sus llamaradas provocaron el incendio que arrasó las Tierras de la Discordia? ¿El Terror Negro pudo volar a un lugar tan lejano como Astapor y tratarse del dragón del reñidero? No, y no, y no. Son meras fábulas.

»No obstante, si dejamos de lado tales distracciones, el misterio pervive. ¿Adónde fue Aerea Targaryen tras abandonar Rocadragón? Al principio, la reina Rhaena pensó que había volado a Desembarco del Rey, pues la princesa no mantenía en secreto su anhelo de regresar a la corte. Cuando se vio que no había sido así, Rhaena la buscó en Isla Bella y Antigua. Ambas le parecieron posibles destinos durante un tiempo, pero Aerea no dio señales de vida en ninguno de los dos lugares, ni en ningún otro sitio de Poniente. Otros, incluidos la monarca y yo mismo, concluimos que aquello suponía que la princesa había volado a oriente, no a occidente, y podría encontrarse en alguna parte de Essos. La joven muy bien podía haber pensado que las Ciudades Libres quedaban más allá del alcance de su madre, y la reina Alysanne, en concreto, parecía convencida de que Aerea huía tanto de Rhaena como de la propia Rocadragón. Aun así, los agentes e informadores de lord Rego no dieron con pista alguna de ella al otro lado del mar Angosto…, ni siquiera con hablillas sobre su dragón. ¿Por qué?

»Aunque no puedo ofrecer prueba fehaciente alguna, sí puedo aventurar una respuesta. Me parece que todos nos hemos planteado la pregunta indebida. A Aerea Targaryen aún le quedaba bastante para cumplir su decimotercer día del nombre la mañana en que se escabulló del castillo de su madre. Aunque no era desconocedora de los dragones, jamás había montado ninguno…, y por razones que tal vez jamás comprenderemos, escogió a Balerion en lugar de alguno de los más jóvenes y tratables de los que disponía. Conturbada como estaba por los conflictos con su madre, cabe la posibilidad de que, sencillamente, desease una bestia mayor y más temible que Fuegoensueño, la dragona de esta. También podía caber el deseo de domar la bestia que había dado muerte a su padre y a la dragona de este (aunque la princesa Aerea jamás había conocido a su padre y cuesta saber qué sentimientos podía albergar por él y por su muerte). Cualesquiera que fueran sus razones, así fue como eligió.

»La princesa muy bien podría haber pretendido volar a Desembarco del Rey, tal como su madre sospechaba. También pudo abrigar la idea de buscar a su hermana gemela en Antigua, o de ir en pos de lady Elissa Farman, quien en tiempos le había prometido llevarla a correr aventuras. Fueran cuales fueran sus planes, no importaron. Una cosa es encaramarse a lomos de un dragón y otra muy distinta que se pliegue a la voluntad del jinete, sobre todo tratándose de una criatura tan vieja y fiera como el Terror Negro. Desde el principio nos hemos preguntado: “¿Adónde llevó Aerea a Balerion?”, cuando deberíamos haber inquirido: “¿Adónde llevó Balerion a Aerea?”.

»Tan solo una respuesta cobra sentido. Recordemos que Balerion era el más voluminoso y anciano de los tres dragones que montaron en la Conquista el rey Aegon y sus hermanas. Vhagar y Meraxes habían eclosionado en Rocadragón; tan solo Balerion había llegado a la isla con Daenys la Soñadora y Aenar el Exiliado, el más joven de los cinco dragones que llevaron consigo. Los dragones más viejos habían muerto en los años sucesivos, pero Balerion sobrevivió, creciendo aún más en tamaño, fiereza y empecinamiento. Si descartamos las historias de ciertos hechiceros y charlatanes, como bien deberíamos, es muy posible que sea la única criatura viva del mundo que conoció Valyria antes de la Maldición.

»Y allí fue adonde llevó a la pobre niña condenada, a horcajadas sobre su lomo. Si la princesa fue de grado, mucho me extrañaría, pues carecía de las fuerzas, la voluntad y los conocimientos precisos para guiarlo.

Ir a la siguiente página

Report Page