Fuego y sangre
Jaehaerys y Alysanne: Sus triunfos y tragedias
Página 18 de 47
»Lo que se hiciera de ella en Valyria ni siquiera puedo imaginarlo. A juzgar por el estado en que volvió a nosotros, ni tan solo deseo planteármelo. Los valyrios eran algo más que señores dragón: practicaban la magia de sangre y otras artes oscuras, escarbaban en la tierra en busca de arcanos que era mejor que quedasen enterrados y retorcían las carnes de bestias y hombres a fin de modelar monstruosas quimeras antinatura. Por tantos pecados, los dioses, en su ira, los habían castigado. Valyria está maldita, en ello coinciden todos los hombres, y ni el más osado marino pone rumbo hacia su humeante osamenta. Pero muy equivocado andaría el mundo de creer que nada vive allí ahora. Los seres que hallamos dentro de Aerea Targaryen son sus moradores, aventuraría yo…, junto con otros tantos horrores que ni tan siquiera podríamos empezar a concebir. He dado cuenta aquí largo y tendido de cómo murió la princesa, pero hay algo más, si cabe más aterrador, digno de mención:
»Balerion también había llegado herido. La enorme bestia, el Terror Negro, el más temible dragón que jamás hubiese surcado los cielos de Poniente, retornó a Desembarco del Rey con llagas a medio sanar que ningún hombre recordó haber contemplado jamás, y un rasgón en el costado izquierdo de casi siete codos, una bermeja herida de la que aún brotaba sangre caliente y humeante.
»Los señores de Poniente son hombres de sumo orgullo, y los septones de la Fe y los maestres de la Ciudadela, a su propio estilo, son más orgullosos si cabe, pero hay mucho más en la naturaleza del mundo que no comprendemos, y que tal vez jamás comprendamos. Puede que eso constituya una clemencia. El Padre nos creó curiosos, hay quien dice, para poner nuestra fe a prueba. Es mi pertinaz pecado que cada vez que me topo con una puerta, necesito ver qué se encuentra al otro lado, pero ciertas puertas es mejor que sigan sin abrir. Aerea Targaryen traspasó una de tales puertas».
La crónica del septón Barth concluye aquí. Jamás volvería a tratar el sino de la princesa Aerea en ninguno de sus muchos escritos, y aun tales palabras quedarían selladas entre sus papeles privados para que no se descubrieran hasta al cabo de casi una centuria. Sin embargo, los horrores que había presenciado tuvieron un profundo efecto sobre él y avivaron su hambre de conocimiento, lo que denominaba su «pertinaz pecado». Posteriormente, Barth emprendió estudios e investigaciones que acabarían plasmándose en su códice intitulado Dragones, anfípteros y guivernos: Historia antinatural, un volumen que la Ciudadela condenaría motejándolo de «interesante aunque endeble» y que Baelor el Santo ordenaría expurgar y destruir.
Es posible que, además, el septón Barth comunicase sus sospechas al rey. Aunque el asunto jamás se trató en el consejo privado, aquel mismo año, Jaehaerys dictó un edicto regio que prohibía que toda nave sospechosa de haber visitado las ínsulas valyrias o surcado el mar Humeante atracase en ningún puerto o fondeadero de los Siete Reinos. Los propios súbditos del soberano tenían prohibido también viajar a Valyria so pena de muerte.
No mucho después, Balerion se convirtió en el primer dragón de los Targaryen que se alojaría en Pozo Dragón. Sus luengos túneles de ladrillo se hundían profundamente en la ladera de la colina; se había erigido a la manera de cuevas y era cinco veces más grande que las guaridas de Rocadragón. Tres dragones más jóvenes pronto acompañaron al Terror Negro bajo la Colina de Rhaenys, mientras que Vermithor y Ala de Plata se quedaron en la Fortaleza Roja, cerca de sus jinetes. A fin de garantizar que no volviese a producirse un suceso similar a la huida de la princesa Aerea a lomos de Balerion, el rey decretó que todos los dragones debían guardarse día y noche, independientemente de dónde se alojaran. Una nueva orden de guardias se fundó con tal propósito: los Guardianes de los Dragones, setenta y siete hombres ataviados con armadura negra y yelmo coronado por una fila de escamas de dragón que continuaba, en disminución, espalda abajo.
Poquísimo cabe decir sobre el retorno de Rhaena Targaryen de Estermont tras la muerte de su hija. Cuando el cuervo arribó a su alteza en Piedraverde, la princesa ya había fallecido y estaba incinerada. Tan solo cenizas y huesos quedaban para su madre cuando Fuegoensueño la dejó en la Fortaleza Roja. «Se diría que estoy condenada a llegar siempre tarde», dijo Rhaena. Cuando el rey le ofreció inhumar la urna cineraria en Rocadragón, junto a la del rey Aegon y los demás difuntos de la casa Targaryen, Rhaena se opuso. «Detestaba Rocadragón —le recordó a su alteza—. Deseaba volar». Dicho aquello, tomó las cenizas de su hija, las elevó a las alturas a lomo de Fuegoensueño y las esparció a los cuatro vientos.
Fueron tiempos melancólicos. Rocadragón seguía siendo suya si la deseaba, dijo Jaehaerys a su hermana Rhaena, pero ella la rehusó también. «Allí no hay nada para mí, salvo penas y fantasmas». Cuando Alysanne le preguntó si regresaría a Piedraverde, Rhaena negó con la cabeza. «Hay otro fantasma allí, más amable, aunque no menos pesaroso». El rey sugirió que se quedase con ellos en la corte, y llegó incluso a ofrecerle un puesto en el consejo privado, lo que provocó su hilaridad. «Ah, hermano, cuán atento eres. Me temo que no te agradarían los consejos que te pudiera brindar». Entonces, la reina Alysanne tomó de la mano a su hermana y dijo: «Todavía eres joven. Si quieres, podemos buscarte otro gentil caballero que te ame tanto como nosotros. Podrías tener más hijos». Eso tan solo sirvió para arrancar un gruñido de los labios de Rhaena. Apartó la mano de la reina y dijo: «Mi dragona devoró a mi último marido. Si me hacéis tomar otro, quizá lo devore yo misma».
El lugar donde el rey Jaehaerys acomodó a su hermana al cabo fue, quizá, la sede más sorprendente posible: Harrenhal. Jordan Towers, uno de los últimos señores que continuaron fieles a Maegor el Cruel, había muerto de una congestión pectoral, y había heredado las enormes ruinas de Harren el Negro su último hijo superviviente, del mismo nombre que el difunto rey. Puesto que todos sus hermanos mayores habían fenecido en las guerras del rey Maegor, Maegor Towers era el último de su linaje y, además, se encontraba sumamente empobrecido. En un alcázar construido para albergar a millares, Towers moraba solo a excepción de un cocinero y tres ancianos hombres de armas. «El castillo tiene cinco torres colosales —señaló el rey—, y el joven Towers no ocupa más que una parte de una. Puedes quedarte con las otras cuatro». A Rhaena le tentó la idea. «Una me bastará, estoy segura. Mi séquito es, si cabe, menor que el suyo». Cuando Alysanne le recordó que Harrenhal, al decir de las gentes, también albergaba espíritus, Rhaena se encogió de hombros. «No son mis fantasmas. No me van a importunar».
Y así fue como Rhaena Targaryen, hija de un rey, esposa de dos y hermana de un tercero, consumió los últimos años de su vida en la apropiadamente llamada Torre de la Viuda de Harrenhal, mientras que, al otro lado del patio de armas, un enfermizo joven, del mismo nombre que el rey que había dado muerte al padre de sus hijos, moraba en sus aposentos de la Torre del Miedo. Curiosamente, según nos relatan, con el tiempo, Rhaena y Maegor Towers llegaron a entablar una suerte de amistad. Tras la muerte de Maegor, en el año 61 d. C., Rhaena se llevó a casa a sus criados y los conservó hasta su muerte.
Rhaena Targaryen falleció en el 73 d. C., a los cincuenta años de edad. Tras la muerte de su hija Aerea, jamás volvió a visitar Desembarco del Rey ni Rocadragón, ni desempeñó papel alguno en el gobierno del reino, si bien sí volaba a Antigua anualmente a fin de visitar a Rhaella, la hija que le quedaba, septa del Septo Estrellado. Sus cabellos de oro y plata se habían tornado canos antes del fin, y el populacho de las Tierras de los Ríos la temía como a una bruja. En aquellos años, los viajeros que se presentaban ante las puertas de Harrenhal con la esperanza de hallar hospitalidad recibían pan y sal, y el privilegio de cobijarse una noche, pero no el honor de la compañía de la reina. Los más afortunados decían haberla visto de pasada en los almenares del alcázar o yendo y viniendo sobre su dragón, ya que Rhaena continuó montando a Fuegoensueño hasta el final, tal como había hecho al principio.
Cuando murió, el rey Jaehaerys ordenó que la incinerasen en Harrenhal y se enterraran allí sus cenizas. «Mi hermano Aegon murió a manos de nuestro tío en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses —dijo su alteza ante la pira funeraria—. Su esposa, mi hermana Rhaena, no lo acompañó en la batalla, pero murió aquel mismo día». Muerta Rhaena, Jaehaerys otorgó Harrenhal y todas sus tierras y rentas a ser Bywin Strong, hermano de ser Lucamore Strong, de su Guardia Real y reputado caballero por derecho propio.
Pero nos hemos adelantado decenios en nuestro relato, ya que el Desconocido no llamó a Rhaena Targaryen hasta el año 73 d. C., y mucho más iba a pasar antes en Desembarco del Rey y en los Siete Reinos de Poniente, tanto para bien como para mal.
En el año 57 d. C., Jaehaerys y su reina hallaron causa de regocijo nuevamente cuando los dioses los bendijeron con otro vástago. Baelon fue el nombre que recibió, en honor a uno de los señores Targaryen que habían gobernado Rocadragón antes de la Conquista, segundogénito asimismo. Aunque fue más pequeño que su hermano Aemon al nacer, era más gritón y ávido, y sus amas de cría se quejaban de que jamás habían conocido a un niño que chupase tan fuertemente. Tan solo dos días después de su alumbramiento, los cuervos blancos volaron de la Ciudadela para anunciar la llegada de la primavera, de modo que, inmediatamente, Baelon fue motejado como «el Príncipe de la Primavera».
El príncipe Aemon tenía dos años al nacer su hermano; la princesa Daenerys, cuatro. Ambos eran muy parecidos. La princesa era una niña vivaracha y risueña que daba saltos por toda la Fortaleza Roja día y noche, «volando» a todas partes a horcajadas de una escoba que hacía las veces de dragón y se había convertido en su juguete favorito. Salpicada de barro y manchada de verdín, era una cruz tanto para su madre como para sus doncellas, ya que la andaban perdiendo de vista constantemente. El príncipe Aemon, en cambio, era un niño muy serio, cauto, cuidadoso y obediente. Aunque aún no sabía leer, le encantaba que le leyeran, y la reina Alysanne decía riendo que las primeras palabras que pronunció habían sido: «¿Por qué?».
Mientras crecían los retoños, el gran maestre Benifer los observaba atentamente. Las heridas dejadas por la enemistad entre Aenys y Maegor, los hijos del Conquistador, aún estaban abiertas en la mente de muchos señores más ancianos, y a Benifer le inquietaba que estos dos niños acabasen volviéndose el uno contra el otro de igual modo y bañasen en sangre el reino. No tenía motivos para preocuparse. Salvo quizá unos mellizos, jamás unos hermanos podrían estar tan unidos como los hijos de Jaehaerys Targaryen. En cuanto creció lo suficiente para andar, Baelon comenzó a seguir a su hermano por todas partes, y hacía cuanto podía por remedarlo en lo posible. Cuando Aemon recibió su primera espada de madera para empezar a adiestrarse con las armas, se juzgó que Baelon aún era muy pequeño para acompañarlo, si bien eso no lo detuvo. Se hizo su propia espada con un palo y salió corriendo al patio de armas para ponerse a golpear a su hermano, lo cual arrancó una carcajada de impotencia al maestro armero.
Desde entonces, Baelon iba a todas partes con su palo a modo de espada, incluso al lecho, lo cual desesperaba tanto a su madre como a sus doncellas. El príncipe Aemon se mostraba tímido en torno a los dragones al principio, observó Benifer, pero no Baelon, quien, según cuentan, golpeó el morro de Balerion la primera vez que entró en Pozo Dragón. «O está loco o es bien valeroso», observó el viejo Sam el Amargo, y desde aquel día en adelante, el Príncipe de la Primavera recibiría el sobrenombre de Baelon el Valeroso.
Los jóvenes príncipes adoraban a su hermana indeciblemente, eso saltaba a la vista, y Daenerys se deleitaba con los mozos, «sobre todo diciéndoles qué hacer». El gran maestre Benifer anotó algo más, sin embargo: Jaehaerys amaba a sus tres hijos con fiereza, pero desde el momento en que nació Aemon ya empezó a hablar de él como de su heredero, lo cual disgustaba a la reina. «Daenerys es mayor —recordaba a su alteza—. Es la primera en la línea de sucesión; debería reinar». El rey jamás disentía, salvo para decir: «Será reina cuando Aemon y ella se casen. Reinarán juntos, como nosotros». Pero Benifer veía a las claras que las palabras del monarca no complacían del todo a la reina, tal como consignó en sus misivas.
Regresemos una vez más al año 57 d. C.: también fue el año en que Jaehaerys depuso a lord Myles Smallwood de su cargo de Mano del Rey. Aunque, sin duda alguna, era un hombre leal y bien intencionado, se había mostrado poco apto para pertenecer al consejo privado. Como él mismo declararía: «Estoy hecho para sentarme en un caballo, no en un cojín». Su alteza, ya más maduro y sabio, dijo a su consejo que no pensaba perder una quincena barajando nombres; esta vez tendría la Mano que le pluguiera: el septón Barth. Cuando lord Corbray recordó al rey que Barth era de extracción humilde, Jaehaerys desestimó sus objeciones. «Si su padre forjaba espadas y herraba caballos, que así sea. Un caballero necesita su espada, un caballo necesita sus herraduras y yo necesito a mi Barth».
La nueva Mano del Rey embarcó al cabo de unos días de su nombramiento rumbo a Braavos, a fin de entablar consultas con el Señor del Mar y el Banco de Hierro. Lo acompañaban ser Gyles Morrigen y seis guardias, pero tan solo el septón Barth participó en las negociaciones. El propósito de su misión era delicado: o guerra o paz. El rey Jaehaerys admiraba grandemente la ciudad de Braavos, según dijo Barth al Señor del Mar; por eso no había acudido él mismo, comprendiendo como comprendía la amarga historia de las Ciudades Libres con Valyria y sus señores dragón. Pero si su Mano no lograba zanjar amigablemente el problema que los ocupaba, su alteza no tendría más remedio que ir en persona a lomos de Vermithor para lo que Barth denominaría «unas negociaciones más vigorosas». Cuando el Señor del Mar inquirió de qué asunto se trataba, el septón sonrió y dijo:
—¿Es así como debemos jugar? Estamos hablando de tres huevos. ¿Cabe decir más?
—No reconozco nada —repuso el Señor del Mar—. Sin embargo, si tales huevos estuvieran en mi poder, tan solo podría ser por haberlos adquirido.
—A una ladrona.
—¿Cómo se puede demostrar tal cosa? ¿Esa ladrona ha sido aprehendida, juzgada y declarada culpable? Braavos es una ciudad que se ajusta a derecho. ¿Quién es el legítimo dueño de esos huevos? ¿Podéis mostrarme pruebas de pertenencia?
—Su alteza puede mostraros pruebas de dragones.
Eso hizo sonreír al Señor del Mar.
—La amenaza velada a la que es tan aficionado vuestro rey. Más fuerte que su padre, más sutil que su tío. Sí, sé qué podría hacernos Jaehaerys si así lo decidiera. Los braavosíes tenemos una larga memoria y recordamos a los señores dragón de antaño. Aunque también hay cosas que podríamos hacer a vuestro rey. ¿Debería enumerarlas? ¿O preferiríais la amenaza velada?
—Como os plazca.
—Está bien. Vuestro rey podría reducir mi ciudad a cenizas, no lo dudo. Decenas de millares de hombres, mujeres y niños morirían abrasados por el fuegodragón. Carezco de poder para perpetrar tal destrucción en Poniente. Los mercenarios que reclutara huirían ante vuestros caballeros. Mis flotas podrían barrer las vuestras de la mar durante un tiempo, pero mis naves son de madera, y la madera arde. Sin embargo, hay en esta ciudad cierto… gremio, digamos, cuyos miembros son muy diestros en el oficio al que los llevó su vocación. No podrían destruir Desembarco del Rey ni sembrar sus calles de cadáveres. Pero podrían matar… a unos pocos. A unos pocos muy bien escogidos.
—Su alteza está protegida día y noche por la Guardia Real.
—Caballeros, sí. Como el hombre que os aguarda ahí fuera. Si, en efecto, aún está esperando. ¿Qué responderíais si os dijese que ser Gyles ya ha muerto?
Cuando el septón Barth empezó a incorporarse, el Señor del Mar le indicó por gestos que volviera a sentarse.
—No, por favor, no hay necesidad alguna de apresurarse. Tan solo he señalado la posibilidad. Ciertamente, lo he sopesado. Son los más diestros, como os digo. No obstante, si lo hubiera hecho, quizá habríais actuado neciamente y mucha más buena gente habría muerto. No es tal mi deseo. Las amenazas me incomodan. Los ponientíes seréis guerreros, pero los braavosíes somos negociantes. Negociemos.
—¿Qué me ofrecéis? —preguntó el septón Barth tras volver a arrellanarse.
—No tengo esos huevos, desde luego —dijo el Señor del Mar—. No podéis demostrar lo contrario. Si, en efecto, los tuviera, no obstante…, bueno, mientras no eclosionen, no son sino piedras. ¿Vuestro rey me guardaría inquina por tres bonitas piedras? Ahora bien, si tuviera tres… crías…, comprendería su inquietud. Admiro a vuestro Jaehaerys, eso sí. Es una gran mejora comparado con su tío, y Braavos no desea verlo tan descontento. De modo que, en vez de piedras, voy a ofreceros… oro.
Y así fue como empezó la auténtica negociación.
Hay quienes, incluso hoy en día, insisten en que el septón quedó como un bufón ante el Señor del Mar; que le mintieron, le tendieron una trampa y lo humillaron. Señalan que regresó a Desembarco del Rey sin un solo huevo de dragón, lo cual es cierto.
De todos modos, lo que sí llevó consigo no fue de poco valor. A instancias del Señor del Mar, el Banco de Hierro de Braavos condonó al Trono de Hierro el principal de su crédito. De un plumazo, la deuda de la Corona se había visto reducida a la mitad. «Y todo por el precio de tres piedras», dijo Barth al rey.
«El Señor del Mar haría bien en confiar en que sigan siendo meras piedras —repuso Jaehaerys—. Si llegase a oír tan solo un susurro sobre… crías…, su palacio sería lo primero que ardería».
El acuerdo con el Banco de Hierro tendría gran importancia para todo el pueblo del reino en los años y décadas venideros, aunque sus efectos no fueron evidentes de inmediato. El despreciado consejero de la moneda del monarca, Rego Draz, revisó con esmero las deudas y las rentas de la Corona tras el regreso del septón Barth, y concluyó que la suma que previamente se debería haber pagado a Braavos podía dedicarse sin temores a un proyecto que el rey hacía ya tiempo que deseaba emprender en sus dominios: mayores reformas en Desembarco del Rey.
Jaehaerys había ensanchado y enderezado las calles de la ciudad, y había puesto adoquines donde antes no había sino lodo, pero aún quedaba muchísimo por hacer. Desembarco del Rey, en su estado actual, no tenía comparación alguna con Antigua, ni siquiera con Lannisport, y no digamos con las espléndidas Ciudades Libres de allende el mar Angosto. Su alteza estaba decidido a hacerlas semejantes. Por tanto, trazó la planificación de una serie de drenajes y cloacas, para conducir las inmundicias de la ciudad bajo las vías urbanas hasta el río.
El septón Barth señaló al rey un asunto si cabe más importante: el agua potable de Desembarco del Rey no era apta sino para caballos y puercos, al decir de muchos. El agua del río era fangosa, y las nuevas cloacas del rey pronto la empeorarían. Las aguas de la bahía del Aguasnegras eran salobres en el mejor de los casos y saladas en el peor. Mientras que el rey, sus cortesanos y las gentes de alta cuna de la ciudad bebían cerveza, hidromiel y vino, esa agua pútrida era frecuentemente la única opción para el vulgo. A fin de resolver el problema, Barth propuso excavar pozos, algunos dentro de la ciudad y otros al norte, extramuros. Una serie de tuberías de cerámica vidriada y túneles transportarían el agua a la urbe, donde se almacenaría en cuatro grandes aljibes para distribuirla entre la plebe por medio de fuentes públicas situadas en ciertas plazas y encrucijadas.
El plan de Barth era costoso, de eso no cabe duda, y Rego Draz y el rey Jaehaerys se opusieron a tan enorme gasto…, hasta que la reina Alysanne les sirvió una jarra de agua del río en la siguiente reunión del consejo y los retó a beberla. El agua se quedó sin degustar, pero los pozos y las conducciones pronto quedaron aprobados. La construcción requeriría más de un decenio, pero al final, «las fuentes de la reina» abastecerían de agua limpia a los desembarqueños durante muchas generaciones.
Varios años habían pasado sin que el rey emprendiera un viaje, de modo que, en el 58 d. C., se programó que Jaehaerys y Alysanne visitaran por primera vez Invernalia y el Norte. Sus dragones irían con ellos, claro está, pero más allá del Cuello, las distancias eran largas, y las carreteras, malas, de modo que el rey se había hartado de tener que adelantarse volando y aguardar a que su escolta lo alcanzara. En esa ocasión, decretó que su Guardia Real, sus criados y su séquito saldrían con ventaja y dispondrían todos los preparativos para su arribo. Y así fue como tres naves zarparon de Desembarco del Rey rumbo a Puerto Blanco, donde la soberana y él hicieron su primera escala.
Sin embargo, los dioses y las Ciudades Libres tenían otros planes. Mientras los navíos del rey aún se dirigían hacia septentrión, legados de Pentos y Tyrosh visitaron a su alteza en la Fortaleza Roja. Ambas ciudades llevaban tres años en guerra y estaban deseosas de firmar la paz, si bien no lograban ponerse de acuerdo sobre dónde debatir las condiciones. El conflicto había causado graves quebrantos al comercio por el mar Angosto, hasta tal punto que el rey Jaehaerys había ofrecido ayuda a ambas urbes para poner fin a las hostilidades. Tras una larga negociación, el arconte de Tyrosh y el príncipe de Pentos habían quedado en reunirse en Desembarco del Rey para zanjar sus diferencias, siempre y cuando Jaehaerys actuase como intermediario y garantizase el cumplimiento del tratado resultante.
Fue una propuesta que ni el rey ni su consejo vieron que pudieran rechazar, aunque supondría posponer el viaje previsto al Norte, y les preocupaba que el señor de Invernalia, picajoso por demás, pudiese tomárselo como un desaire. La reina Alysanne aportó la solución: ella partiría conforme a lo planificado, sola, mientras el rey recibía al príncipe y al arconte. Jaehaerys podría reunirse con ella en Invernalia en cuanto concluyese el tratado de paz. En ello se quedó.
Los viajes de la soberana Alysanne comenzaron en la urbe de Puerto Blanco, donde decenas de miles de norteños acudieron a vitorearla y a contemplar a Ala de Plata con asombro y cierto terror. Era la primera vez que muchos veían un dragón. La cuantía de las multitudes sorprendía incluso a su señor. «No sabía yo que hubiera tanto populacho en la ciudad —dijo, al parecer, Theomore Manderly—. ¿De dónde ha salido tanta gente?».
Los Manderly eran únicos entre las grandes casas del Norte. Aunque habían tenido su origen en el Dominio, muchísimas centurias antes, habían hallado refugio cerca de la desembocadura del Cuchillo Blanco, cuando sus rivales los expulsaron de sus fértiles tierras de la ribera del Mander. Si bien eran fieramente leales a los Stark de Invernalia, habían llegado cargados con sus propios dioses del sur; continuaban adorando a los Siete y conservaban las tradiciones de la orden de caballería. Alysanne Targaryen, siempre deseosa de aunar los Siete Reinos, vio una oportunidad en la numerosísima familia de lord Theomore y pronto comenzó a concertar matrimonios. Cuando se marchó, dos de sus damas de compañía ya se habían prometido con los hijos menores del señor, y una tercera, con un sobrino; la hija mayor y tres sobrinas de lord Manderly, en el entretanto, se habían sumado a la corte de la reina, con el acuerdo de acompañarla al sur y allí prometerse con señores y caballeros idóneos de la corte del rey.
Lord Manderly agasajó muy ricamente a la reina. En el banquete de bienvenida se asó un uro entero, y una hija suya, Jessamyn, sirvió de copera a la monarca, rellenándole la jarra de recia cerveza norteña, que la reina declaró mejor que ningún vino que hubiera catado jamás. Manderly también celebró un pequeño torneo en honor a la reina, a fin de hacer gala de las proezas de sus caballeros. Uno de los combatientes, si bien no era caballero, resultó ser una mujer, una joven salvaje capturada por los exploradores al norte del Muro y entregada al cuidado de un caballero de la casa de lord Manderly. Deleitada por la osadía de la moza, Alysanne mandó llamar a su escudo juramentado, Jonquil Darke, y la salvaje y la Sombra Escarlata se batieron lanza contra espada mientras los norteños rugían de aprobación.
Unos días después, la reina convocó a las damas de su corte en el salón de lord Manderly, algo hasta entonces inaudito en el Norte, y más de doscientas mujeres y mozas se congregaron para transmitir sus pensamientos, inquietudes y cuitas a su alteza.
Tras partir de Puerto Blanco, el séquito de la reina remontó el Cuchillo Blanco hasta los rápidos y continuó por tierra hasta Invernalia, mientras Alysanne se adelantaba a lomos de Ala de Plata. La cordialidad de su recepción en Puerto Blanco no se repetiría en la ancestral sede de los Reyes en el Norte, donde tan solo Alaric Stark y sus hijos comparecieron para recibirla cuando su dragón aterrizó ante las puertas de su castillo. Lord Alaric tenía fama de ser recio como el pedernal: un hombre endurecido, se decía, severo e implacable, ahorrativo hasta un punto rayano en la tacañería, privado de sentido del humor y de alegría, frío. Ni Theomore Manderly, que era banderizo suyo, podía disentir. Stark era muy respetado en el Norte, según dijo, pero no amado. El bufón de lord Manderly lo expresó de otro modo: «Me da la impresión de que lord Alaric no ha hecho de vientre desde los doce años».
El recibimiento que le deparó Invernalia no hizo nada por disipar sus temores en cuanto a lo que le cabía esperar de la casa Stark. Aun antes de desmontar para postrarse de hinojos, lord Alaric observó con recelo la vestimenta de su alteza y dijo: «Espero que traigáis algo más abrigado». A continuación declaró que no quería tener su dragón intramuros. «No he visto Harrenhal, pero sé lo que pasó allí». Recibiría a los caballeros y damas de la reina a su llegada, «y al rey asimismo, si encuentra el camino», pero no debían abusar de su hospitalidad. «Esto es el Norte, y se acerca el invierno. No podemos dar de comer a mil hombres mucho tiempo». Cuando la reina le aseguró que tan solo llegaría un diezmo de esa cifra, lord Alaric gruñó y dijo: «Eso está bien. Cuantos menos, mejor». Como era de temer, le había disgustado que el rey Jaehaerys no se hubiera dignado acompañarla, y confesó no estar del todo seguro de cómo agasajar a una reina. «Si esperáis bailes, mascaradas y danzas, habéis venido al lugar menos indicado».
Lord Alaric había perdido a su esposa tres años antes. Cuando la reina expresó su pesar por no haber llegado a tener el placer de conocer a lady Stark, el norteño dijo: «Era una Mormont de la Isla del Oso y no la habríais considerado jamás una dama, pero a los doce años acometió con un hacha a una manada de lobos, mató a dos de ellos y se hizo una capa con sus pieles. Me dio también dos hijos fuertes, y una hija tan placentera de contemplar como cualquiera de vuestras damas sureñas».
Cuando su alteza dejó caer que la complacería ayudar a concertar matrimonios para sus hijos con las hijas de grandes señores sureños, lord Stark rehusó bruscamente. «En el Norte seguimos adorando a los antiguos dioses. Cuando mis chicos tomen esposa, se casarán ante un árbol corazón, no ante algún septón meridional».
Pero Alysanne Targaryen no se rindió fácilmente. Los señores del sur honraban a los antiguos dioses tanto como a los nuevos, dijo a lord Alaric. Casi todos los castillos que conocía tenían un bosque de dioses, así como un septo, e incluso había ciertas casas que jamás habían aceptado a los Siete, no más que los norteños: ante todo, los Blackwood de las Tierras de los Ríos, y quizá al menos una decena más. Incluso un señor tan adusto y pétreo como Alaric Stark se halló indefenso ante el terco encanto de la reina Alysanne. Concedió pensarse lo que le había dicho y tratar el asunto con sus hijos.
Cuanto más se prolongaba la estancia de la reina, más encariñado con ella se sentía lord Alaric, y con el tiempo, Alysanne acabó por comprender que no todo cuanto le habían dicho sobre él era cierto. Era cauto con los gastos, pero no rácano; no carecía de sentido del humor, si bien el suyo era bien particular, afilado como un puñal; sus hijos y las gentes de Invernalia parecían tenerlo en alta estima. Cuando se fundió el hielo inicial, llevó a la reina a una cacería de alces y jabalíes en el bosque de los Lobos, le mostró la osamenta de un gigante y le permitió hurgar a placer en la modesta biblioteca de su castillo. Incluso tuvo a bien aproximarse a Ala de Plata, aunque prudentemente. Las mujeres de Invernalia cayeron asimismo cautivadas por el encanto de la soberana en cuanto llegaron a conocerla. Su alteza intimó especialmente con Alarra, la hija de lord Alaric. Cuando el resto de la comitiva de la reina se presentó por fin a las puertas del castillo, tras bregar con pantanos sin caminos y nieves estivales, la carne y el hidromiel corrieron con alegría pese a la ausencia del monarca.
Entretanto, las cosas no marchaban tan bien en Desembarco del Rey. Las conversaciones del tratado de paz se habían enfangado más de lo previsto, ya que el antagonismo entre las dos Ciudades Libres era más profundo de lo que sospechaba el rey. Cuando intentó hallar un equilibrio, ambos bandos lo acusaron de favorecer al otro. Mientras el príncipe y el arconte regateaban, empezaron a surgir peleas entre sus hombres por toda la ciudad, en posadas, burdeles y tabernas. Un guardia pentoshí fue atacado y muerto, y tres noches después incendiaron la galera del arconte mientras se hallaba fondeada. La partida del monarca se retrasó una y otra vez.
En el Norte, la reina Alysanne se impacientó por tanta espera y decidió pedir venia para abandonar Invernalia durante un tiempo y visitar a los hombres de la Guardia de la Noche en el Castillo Negro. La distancia era considerable, aun volando. Su alteza tomó tierra en Último Hogar y en varias torres y bastiones menores durante el trayecto, para gran sorpresa y delicia de sus señores, mientras una parte de su cortejo se apresuraba tras ella; el resto se había quedado en Invernalia.
Su primera visión del Muro desde lo alto cortó la respiración a Alysanne, según contaría más adelante al rey. Cundía cierta preocupación sobre el recibimiento que darían a la reina en el Castillo Negro, ya que muchos hermanos negros habían sido Clérigos Humildes e Hijos del Guerrero antes de la supresión de sus órdenes, pero lord Stark envió cuervos por delante para advertir de su llegada, y Lothor Burley, el lord comandante de la Guardia de la Noche, reunió a ochocientos de sus mejores hombres para recibirla. Aquella noche, los hermanos negros agasajaron a la soberana con un banquete a base de carne de mamut regada con hidromiel y cerveza negra.
A la alborada de la jornada siguiente, lord Burley llevó a su alteza a la cima del Muro.
—Aquí acaba el mundo —le dijo señalando la vasta extensión verde del bosque Encantado que quedaba allende.
Burley se disculpó por la escasa calidad de los alimentos y bebidas con que se obsequiara a la reina y por la rusticidad de los aposentos del Castillo Negro.
—Hacemos lo que podemos, alteza —le explicó el lord comandante—, pero nuestros catres son duros; nuestros salones, fríos, y nuestra comida…
—… es alimenticia —concluyó la reina—, y eso es cuanto requiero. Me placerá comer como vos.
Los hombres de la Guardia de la Noche se habían quedado tan petrificados ante la dragona como el pueblo de Puerto Blanco, si bien la reina señaló que a Ala de Plata «no le gusta este Muro». Aunque era verano y el Muro lloraba, aún se podía sentir el frío del hielo al soplar el viento, y cada ráfaga hacía silbar y gruñir al animal. «Tres veces sobrevolé con Ala de Plata el Castillo Negro y tres veces traté de conducirla al norte, más allá del Muro —escribiría Alysanne a Jaehaerys—, pero siempre viraba hacia el sur y se negaba a seguir. Jamás pensé que rehusara llevarme adonde yo desease. Me reí al aterrizar para que los hermanos negros no se dieran cuenta de que estaba desconcertada, pero me preocupó y continúa preocupándome».
En el Castillo Negro, la reina vio a sus primeros salvajes. Poco antes habían capturado a una partida atacante que trataba de escalar el Muro, y habían confinado en jaulas a una docena de maltrechos supervivientes de la refriega para inspeccionarlos. Cuando su alteza preguntó qué se iba a hacer de ellos, le dijeron que les cortarían las orejas antes de liberarlos al norte del Muro. «A todos menos a tres —dijo su acompañante, señalando a tres prisioneros que ya habían perdido las orejas—. A esos tres los decapitaremos; ya los habíamos capturado antes. Si los demás fueran sabios, considerarían la pérdida de las orejas una lección y se quedarían en su lado del muro. Pocos lo hacen».
Tres de los hermanos habían sido trovadores antes de vestir el negro y se turnaban tocando para su alteza por las noches, regalándola con baladas, canciones de guerra y soeces melodías cuartelarias. El lord comandante Burley en persona llevó a la reina al bosque Encantado, con un centenar de exploradores por escolta. Cuando Alysanne expresó su deseo de ver otros de los fuertes que jalonaban el Muro, Benton Glover, el capitán de los exploradores, la condujo hacia occidente por lo alto del Muro, más allá de la Puerta de la Nieve y el Fuerte de la Noche, donde descendieron y pernoctaron. El camino, según decidió la soberana, era el viaje más pasmoso que jamás hubiera experimentado. «Tan divertido como frío, aunque aquí el viento sopla tan fuerte que temía que nos volara del Muro». El Fuerte de la Noche se le antojó sombrío y siniestro. «Es tan grande que los hombres parecen diminutos a su lado, como ratones en un castillo en ruinas —dijo a Jaehaerys—, y hay una oscuridad allí, un sabor en el aire… Me alivió abandonar ese lugar».
No se debe pensar que los días y las noches de la reina en el Castillo Negro se dedicaron totalmente a tales excursiones. Había acudido por el Trono de Hierro, según recordó a lord Burley, y muchas tardes las pasó con él y sus oficiales hablando de los salvajes, el Muro y las necesidades de la Guardia de la Noche.
«Por encima de todo, una reina debe saber escuchar», decía Alysanne Targaryen con frecuencia. En el Castillo Negro puso en práctica tales palabras. Escuchó, oyó y se ganó la eterna devoción de los hombres de la Guardia de la Noche por sus actos. Comprendía la necesidad de tener un castillo entre la Puerta de la Nieve y Marcahielo, dijo a lord Burley, pero el Fuerte de la Noche se desmoronaba, era enorme en demasía y seguramente fuera ruinoso calentarlo. La Guardia de la Noche debía abandonarlo, dijo, y construir un castillo de menor tamaño más al este. Lord Burley no podía disentir, pero le explicó que la Guardia de la Noche carecía de fondos para edificar castillos. Alysanne se había anticipado a tal objeción: ella misma sufragaría los gastos de la construcción, y prometió donar sus joyas para cubrirlos. «Tengo muchísimas joyas», dijo.
Se tardarían ocho años en erigir el nuevo castillo, que llevaría el nombre de Lago Hondo. Junto a su nave principal se sigue viendo una estatua de Alysanne Targaryen hoy en día. El Fuerte de la Noche se abandonó ya antes de completarse Lago Hondo, tal como la reina había deseado. El lord comandante Burley también rebautizó el castillo de la Puerta de la Nieve como Puerta de la Reina, en su honor.
La reina Alysanne anhelaba asimismo escuchar a las mujeres del Norte. Cuando lord Burley le dijo que no había mujeres en el Muro, insistió…, hasta que, al fin, con gran reticencia, la escoltaron a una aldea, al sur del muro, a la que los hermanos negros llamaban Villa Topo. Allí hallaría mujeres, le dijo, si bien en su mayoría serían prostitutas. Los hombres de la Guardia de la Noche no tomaban esposa, le explicó, pero no dejaban de ser hombres, de modo que sentían ciertas urgencias. La reina Alysanne afirmó que no le importaba, de modo que acabó celebrando audiencias de mujeres entre las putas de Villa Topo… y allí oyó ciertas historias que transformarían los Siete Reinos para siempre.
En Desembarco del Rey, el arconte de Tyrosh, el príncipe de Pentos y Jaehaerys I Targaryen de Poniente, al fin, sellaron un Tratado de Paz Eterna. Que se llegase a tal pacto se consideró una suerte de milagro, y se debió sobre todo a la amenaza velada del monarca de que Poniente podía intervenir en la guerra si no se llegaba a una entente. (Los acontecimientos posteriores resultarían ser menos halagüeños que las negociaciones. A su regreso a Tyrosh, se oyó decir al arconte que Desembarco del Rey era «un villorrio pestilente» al que no cabía llamar ciudad, mientras que los maestres de Pentos estaban tan descontentos con las condiciones, que sacrificaron a su príncipe a sus singulares dioses, tal como se acostumbra en dicha ciudad). Fue entonces cuando tuvo libertad el rey Jaehaerys para volar al norte a lomos de Vermithor. La reina y él se reunieron en Invernalia tras medio año de separación.
La estancia del soberano en Invernalia comenzó con un suceso de mal agüero. A su arribo, Alaric Stark lo condujo a las criptas que hay bajo el castillo a fin de mostrarle la tumba de su hermano.
—Walton yace aquí en la oscuridad, en no poca medida por causa vuestra. Estrellas y Espadas, los residuos de vuestros siete dioses, ¿para qué los queremos? Sin embargo, nos los enviasteis al Muro por centenares, si no por millares, tantos que la Guardia de la Noche se las veía y se las deseaba para darles de comer. Y cuando se rebelaron los peores de los perjuros que nos habíais enviado, a mi hermano le costó la vida reprimirlos.
—Un costoso precio —coincidió el rey—, pero jamás fue nuestra intención. Os doy nuestro pésame, mi señor, y nuestra gratitud.
—Preferiría conservar a mi hermano —replicó lord Alaric acremente.
Lord Stark y el rey Jaehaerys jamás serían amigos íntimos, ya que la sombra de Walton Stark se interpuso entre ellos hasta el final. Tan solo gracias a los buenos oficios de la reina Alysanne se halló un acuerdo. Había visitado el Agasajo de Brandon, las tierras del sur del Muro que Brandon el Constructor había concedido a la Guardia de la Noche a modo de apoyo y fuente de sustento. «No basta —dijo el rey—. Las tierras son someras y pedregosas; los cerros están despoblados. La Guardia anda corta de fondos, y cuando llegue el invierno también andará corta de víveres». La solución que propuso fue un Nuevo Agasajo, una franja de terreno situada al sur del Agasajo de Brandon.
La idea no plugo a lord Alaric. Si bien era un firme aliado de la Guardia de la Noche, sabía que los señores que poseían los fundos a la sazón pondrían reparos a que los regalaran sin su venia. «No me cabe duda de que podréis persuadirlos, lord Alaric», dijo la reina. Al final, seducido por ella como siempre, Alaric Stark convino en que, en efecto, podría. Y así fue como la extensión del Agasajo se dobló de un plumazo.
Poco más cabe decir sobre la estancia de los reyes Jaehaerys y Alysanne en el Norte. Tras pasar otra quincena en Invernalia, se dirigieron a la Ciudadela de Torrhen y, de allí, a Fuerte Túmulo, donde lord Dustin les mostró el fuerte del Primer Rey y celebró un remedo de torneo en su honor, si bien poca cosa fue comparado con los torneos del sur. Desde allí, Vermithor y Ala de Plata transportaron a Jaehaerys y Alysanne de vuelta a Desembarco del Rey. Los hombres y mujeres de su séquito padecieron más arduo viaje de regreso: se desplazaron por tierra desde Fuerte Túmulo hasta Puerto Blanco, donde embarcaron.
Aun antes de que los demás llegasen a Puerto Blanco, el rey Jaehaerys ya había convocado a su consejo en la Fortaleza Roja, a fin de considerar un ruego de su reina. Cuando se reunieron el septón Barth, el gran maestre Benifer y los demás, Alysanne les habló de su visita al Muro y de la jornada que había pasado con las putas y las mujeres caídas en desgracia de Villa Topo.
—Hay una joven allí —dijo la reina—, no mayor de lo que soy yo ahora que comparezco ante vosotros. Una chica bella, pero no, creo yo, tanto como lo fue antes. Su padre era herrero, y cuando era una doncella de catorce años la entregó en matrimonio a su aprendiz. Estaba encariñada con el mozo, y él con ella, así que se casaron debidamente. Pero poco después de pronunciar sus votos, su señor se presentó en el casorio con su hueste para reclamar el derecho de pernada. Se la llevó a su torre y gozó de ella, y a la mañana siguiente, sus hombres se la devolvieron a su esposo.
»Pero su doncellez se había disipado, junto con cualquier amor que hubiera podido profesarle el joven aprendiz. Como no podía alzar la mano contra su señor a riesgo de su vida, la alzó contra su mujer. Cuando se hizo patente que estaba encinta del señor, la hizo abortar de una paliza. Desde aquel día, jamás la llamó nada más que puta, hasta que la joven decidió que ya que la llamaban así, como tal viviría, de modo que se dirigió a Villa Topo. Y allí habita hasta el día de hoy. Una niña triste, destrozada. Pero, mientras tanto, en otras aldeas, otras doncellas se casan y sus señores reclaman la pernada.
»La suya era la peor historia, aunque no la única. En Puerto Blanco, en Villa Topo, en Fuerte Túmulo, otras mujeres hablaban igualmente de su primera noche. Lo ignoraba, señores míos. Oh, conocía la tradición. Aun en Rocadragón se habla de hombres de mi propia casa, de Targaryen, que se han refocilado con las mujeres de los pescadores y los sirvientes, y que les han hecho hijos…
—Semillas de dragón los llaman —dijo Jaehaerys con evidente renuencia—. No es nada de lo que jactarse, pero ha pasado, tal vez más de lo que nos gustaría reconocer. Tales hijos son queridos, no obstante. El propio Orys Baratheon era semilla de dragón, hermano bastardo de nuestro abuelo. Si fue concebido en la pernada, tanto ya no sé decir, pero lord Aerion era su padre, eso sí que es bien sabido. Se hicieron regalos…
—¿Regalos? —repitió la reina con afilada voz de escarnio—. No veo honor alguno en nada de esto. Sabía que tales cosas ocurrían hace centenares de años, lo confieso, pero jamás pensé que la costumbre perdurase tan arraigadamente. Quizá no quisiera saberlo. Había cerrado los ojos, pero me los abrió aquella pobre chica de Villa Topo. ¡Nada menos que el derecho de pernada! Alteza, mis señores, ya es hora de poner fin a esto. Os lo imploro.
Cayó el silencio tras hablar la reina, según nos narra el gran maestre Benifer. Los señores del consejo privado se removieron inquietos en sus asientos y cruzaron miradas hasta que, al fin, habló el propio rey, con simpatía y reticencia al tiempo. Lo que proponía la soberana sería difícil, dijo. Los señores se tornaban problemáticos cuando los reyes comenzaban a arrebatarles cosas que consideraban que les pertenecían por derecho propio:
—Sus tierras, su oro, sus derechos…
—¿Sus recién casadas? —concluyó Alysanne—. Recuerdo nuestros esponsales, mi señor. Si hubieras sido herrero y yo lavandera, y algún señor hubiera venido a reclamarme y arrancarme la virtud el día de nuestro casamiento, ¿qué habrías hecho?
—Matarlo —dijo Jaehaerys—, pero yo no soy herrero.
—He dicho «si hubieras sido» —insistió la reina—. Un herrero no deja de ser un hombre, ¿verdad que no? ¿Qué hombre, salvo un cobarde, se quedaría de brazos cruzados mientras otro se beneficia a su mujer? No queremos que los herreros maten nobles, desde luego. —Se volvió hacia el gran maestre Benifer—. Sé cómo murió Gargon Qoherys el Invitado. ¿Cuántos ejemplos más habrá habido?
—Más de los que querría reconoceros —concedió Benifer—. No suele hablarse de ello por miedo a que otros hombres hagan lo mismo, pero…
—La pernada es una ofensa contra la Paz del Rey —concluyó la reina—. No solo contra la virgen, sino también contra su esposo… y la mujer del señor, no lo olvidemos. ¿Qué hacen esas damas de alta cuna mientras sus consortes andan por ahí desflorando doncellas? ¿Cosen? ¿Cantan? ¿Rezan? De ser yo, rogaría que mi señor esposo se cayese del caballo y se rompiera el pescuezo al volver a casa.
El rey Jaehaerys sonrió ante aquello, pero estaba claro que cada vez se encontraba más incómodo.
—El derecho de pernada es muy antiguo —arguyó, si bien con escasa pasión—, tan consustancial al señorío como el derecho de condenar a muerte. Raramente se practica al sur del Cuello, según me cuentan, pero es una prerrogativa señorial a la que algunos de mis más pertinaces banderizos detestarían tener que renunciar. No te equivocas, amor mío, pero a veces es mejor dejar dormir al dragón.
—Nosotros somos los dragones durmientes —contraatacó la reina—. Esos señores a los que les place la pernada son perros. ¿Por qué deben saciar su lujuria con doncellas que acaban de jurar su amor a otro hombre? ¿Es que ellos carecen de esposa? ¿No hay meretrices en sus dominios? ¿Acaso han perdido el uso de las manos?
El Justicia Mayor, lord Albin Massey, habló a continuación en los siguientes términos:
—El derecho de pernada no se basa tan solo en la lujuria, alteza. Es una práctica ancestral, más antigua que los ándalos, más antigua que la Fe. Se remonta a la Era del Amanecer, de ello no me cabe duda. Los primeros hombres eran un pueblo salvaje y, como los salvajes de allende el Muro, se regían tan solo por la fuerza. Sus señores y reyes eran guerreros, hombres poderosos y héroes, y querían que sus hijos fueran iguales. Si un caudillo decidía plantar su semilla en una virgen en su noche de bodas, se consideraba… una suerte de bendición. Y si un niño salía de tal acoplamiento, tanto mejor. El marido podía entonces tener el honor de criar al hijo de un héroe como si fuera propio.
—Tal vez fuese así hace diez mil años —replicó la reina—, pero los señores que reclaman el derecho de pernada hoy en día ya no son héroes. No habéis oído a esas mujeres hablar de ellos; yo, sí. Hombres viejos, gordos, crueles, sifilíticos, violadores, babosos, cuajados de costras, con cicatrices, con ampollas; señores que hace medio año que no se lavan, con el pelo grasiento y cuajado de piojos. Esos son vuestros poderosos hombres. Escuché a las jóvenes, y ninguna se había sentido bendecida.
—Los ándalos jamás practicaron la pernada en Andalia —dijo el gran maestre Benifer—. Cuando llegaron a Poniente y aniquilaron los reinos de los primeros hombres, se encontraron con tales tradiciones institucionalizadas y decidieron conservarlas, tal como hicieron con los bosques de dioses.
Después tomó la palabra el septón Barth, volviéndose hacia el rey.
—Si se me permite la osadía, creo que su alteza la soberana tiene razón. Los primeros hombres hallarían un propósito en tal rito, pero los primeros hombres combatían con espadas broncíneas y regaban con sangre sus arcianos. No somos tales hombres y ya va siendo hora de atajar tales males, que se interponen ante el ideal de caballerosidad. Nuestros caballeros juran proteger la inocencia de las doncellas…, salvo si el señor a quien sirven desea deshonrar a alguna, al parecer. Pronunciamos nuestros votos matrimoniales ante el Padre y la Madre, prometiendo fidelidad hasta que el Desconocido nos separe, y en ningún pasaje de La estrella de siete puntas se dice que esas promesas no recen para los señores. No andáis errado, alteza: ciertos señores seguramente fruncirán el ceño, sobre todo en el Norte; pero todas las vírgenes nos lo agradecerán, así como todos los esposos, padres y madres, tal como ha dicho la reina. Sé que los fieles quedarán complacidos. Su altísima santidad hará oír su voz, no lo dudo.