Fuego y sangre
Jaehaerys y Alysanne: Sus triunfos y tragedias
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Cuando Barth acabó de hablar, Jaehaerys Targaryen alzó las manos.
—Sé cuándo estoy derrotado. Muy bien. Que así se haga.
Y así fue como se promulgó la segunda de las que la plebe denominó «leyes de la reina Alysanne»: la abolición del ancestral derecho de pernada de los señores. En adelante, según se decretó, la virtud de una doncella recién casada pertenecería exclusivamente a su marido, ya se uniesen ante un septón o ante un árbol corazón, y cualquier otro hombre, ya noble, ya plebeyo, que la tomase en su noche de bodas o cualquier otra noche sería culpable del delito de violación.
A punto de concluir el quincuagesimoctavo año desde la Conquista de Aegon, el rey Jaehaerys celebró el décimo aniversario de su coronación en el Septo Estrellado de Antigua. Hacía mucho que no existía el mozo imberbe a quien había coronado el Septón Supremo; lo había sustituido un hombre de veinticuatro años que era un soberano de los pies a la cabeza. La rala barbita y el bigote que lucía al comienzo de su reinado se habían transformado en unas hermosas barbas doradas con destellos de plata. Los luengos cabellos los llevaba recogidos en una espesa trenza que le caía casi hasta la cintura. Jaehaerys, alto y apuesto, se movía con fácil gracia, ya fuera en la pista de baile o en el patio de armas. Su sonrisa, se decía, podía calentar el corazón de cualquier doncella de los Siete Reinos, y su ceño fruncido podía helar la sangre de cualquier hombre. En su hermana teníamos a una reina aún más amada que él. La Bondadosa Reina Alysanne, la llamaba la plebe desde Antigua hasta el Muro. Los dioses habían bendecido a la pareja con tres fuertes hijos: dos espléndidos principitos y una princesa que era el ojo derecho del reino.
En el primer decenio de su reinado habían conocido la pena y el horror, la traición y el conflicto, así como la muerte de seres queridos, pero habían capeado las tormentas y sobrevivido a las tragedias para salir fortalecidos y mejores gracias a tanto padecimiento.
Sus logros eran innegables: los Siete Reinos estaban en paz y eran más prósperos que en ningún otro tiempo del que se tuviera memoria.
Era el momento de celebrarlo, y se celebró con un torneo en Desembarco del Rey el día del aniversario de la coronación. La princesa Daenerys y los príncipes Aemon y Baelon compartieron el palco real con sus padres y se extasiaron con los vítores de la multitud. En el campo, el plato fuerte de las competiciones fue el lucimiento de ser Ryam Redwyne, el benjamín de lord Manfryd Redwyne del Rejo, lord almirante y consejero naval de Jaehaerys. En sucesivos combates, ser Ryam descabalgó a Ronnal Baratheon, Arthor Oakheart, Simon Dondarrion, Harys Hogg (vulgo, Jarrete de Jamón) y a dos caballeros de la Guardia Real, Lorence Roxton y Lucamore Strong. Cuando el galante mozo se aproximó al trote al palco regio y coronó a la Bondadosa Reina Alysanne como su reina del amor y la belleza, el común rugió de aprobación.
Las hojas de los árboles ya habían comenzado a tornarse bermejas, anaranjadas y doradas, y las damas de la corte llevaban vestidos a juego. En el banquete que siguió al final del torneo, lord Rogar Baratheon compareció con sus hijos Boremund y Jocelyn, a quienes los monarcas abrazaron cariñosamente. Señores de todo el reino acudieron a la celebración: Lyman Lannister de Roca Casterly, Daemon Velaryon de Marcaderiva, Prentys Tully de Aguasdulces, Rodrik Arryn del Valle e incluso los señores Rowan y Oakheart, cuyas huestes habían marchado en otros tiempos con el Septón Luna. Theomore Manderly descendió del Norte. Alaric Stark, no, pero sí sus hijos, y con ellos, su hija Alarra, arrebolada, para asumir sus nuevos deberes como dama de compañía de la reina. El Septón Supremo estaba demasiado enfermo para asistir, pero envió a su más reciente septa, Rhaella, que había sido Targaryen, aún tímida pero sonriente. Se dijo que la reina lloró de dicha al verla, ya que en rostro y en figura era la viva imagen de su hermana Aerea, si bien mayor.
Fueron momentos de cariñosos abrazos, sonrisas, brindis y reconciliaciones, de renovar antiguas amistades y entablar nuevas, de risas y besos. Fueron buenos tiempos, un otoño dorado, una época de paz y plenitud.
Pero se acercaba el invierno.