Fuego y sangre

Fuego y sangre


El largo reinado: Jaehaerys y Alysanne: Política, progenie y dolor

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El largo reinado Jaehaerys y Alysanne: Política, progenie y dolor

El séptimo día del año 59 después de la Conquista de Aegon, una baqueteada nave arribaba a duras penas al Canal de los Susurros y amarraba en el puerto de Antigua. Tenía las velas parcheadas, rasgadas y cuajadas de sal; la pintura, descolorida y desconchada. El pendón que flameaba en el mástil estaba tan decolorado por el sol que resultaba irreconocible. No se descubrió su penoso estado hasta que quedó amarrada en el muelle. Era el Lady Meredith, visto por última vez al zarpar de Antigua casi tres años antes, cuando emprendía la travesía del mar del Ocaso.

Cuando la tripulación empezó a desembarcar, multitud de mercaderes, porteadores, rameras, marinos y ladrones se quedaron boquiabiertos. Nueve de cada diez hombres que pisaban tierra eran negros o parduzcos. Oleadas de entusiasmo recorrían los muelles. ¿En efecto, el Lady Meredith había logrado cruzar el mar del Ocaso? ¿Eran las gentes de tan fabulosas partes del extremo occidental tan cetrinas como los estiveños?

Tan solo cuando desembarcó el mismísmo ser Eustace Hightower se extinguieron los murmullos. El nieto de lord Donnel se encontraba demacrado y asolanado, y le surcaban el rostro unas arrugas de las que carecía al embarcarse. Lo acompañaba un puñado de hombres de Antigua, todo cuanto quedaba de su tripulación. Un agente de aduanas de su abuelo lo recibió en el puerto y cruzó con él unas breves palabras. No era que los tripulantes del Lady Meredith pareciesen estiveños; era que se trataba de genuinos estiveños enrolados en Sothoryos («por salarios de ruina», se dolía ser Eustace) para sustituir a sus hombres perdidos. El capitán dijo que requeriría estibadores. Llevaba las bodegas repletas de ricas mercancías…, aunque no procedentes de las tierras de allende el mar del Ocaso. «Aquello era un sueño», declaró.

Enseguida se presentaron los caballeros de lord Donnel con orden de escoltarlo a Torrealta. Allí, en el salón ceremonial de su abuelo, con una copa de vino en la mano, ser Eustace Hightower narró su historia. Los escribanos de lord Donnel se aprestaron a copiarla a medida que la relataba y, al cabo de unos días, la crónica ya circulaba por todo Poniente a través de mensajeros, bardos y cuervos.

La travesía había comenzado tan bien como cabía esperar, explicó ser Eustace. Tras rebasar el Rejo, lady Colina, a bordo del Buscaelsol, había puesto proa rumbo sursursuroeste en pos de aguas más cálidas y más propicios vientos, y el Lady Meredith y el Luna de Otoño lo habían seguido. El gran bajel braavosí era tan sumamente veloz cuando el viento henchía su velamen, que los Hightower tenían dificultades para seguir su paso. «Los Siete nos sonreían al comienzo. Teníamos el sol de día y la luna de noche, y el viento más favorable que pudieran esperar un hombre o una doncella. No estábamos completamente solos. De cuando en cuando divisábamos pescadores, y una vez, un gran navío oscuro que tan solo podía ser un ballenero de Ib. Y peces, muchísimos peces… Los delfines nadaban a nuestra vera, como si jamás hubieran visto un barco. Todos nos considerábamos benditos».

A los doce días de plácida navegación, tras zarpar de Poniente, el Buscaelsol y sus dos compañeros se encontraban en la latitud sureña de las Islas del Verano, según calcularon, y más a occidente de lo que se hubiera aventurado jamás nave alguna…, o al menos nave alguna que hubiera regresado para contarlo. A bordo del Lady Meredith y del Luna de Otoño se abrieron barriles de dorado vino del Rejo para brindar por la hazaña. En el Buscaelsol, los marineros tomaron vino con miel especiado de Lannisport. Y si a alguno le parecía inquietante no haber visto una sola ave en cuatro días, se mordió la lengua.

Los dioses odian la arrogancia del hombre, según nos aleccionan los septones, y La estrella de siete puntas nos dice que la soberbia precede a la caída. Muy bien podría ser que Alys Colina y los Hightower lo celebrasen con excesivo alborozo y demasiado pronto, allá en las profundidades oceánicas, pues poco después, la gran travesía comenzó a ir de mal en peor. «Lo primero que perdimos fue el viento —declaró ser Eustace en la corte de su abuelo—. Durante casi una quincena no sopló ni una leve brisa, y los navíos tan solo avanzaron hasta donde los remolcamos. Se descubrió que una docena de barriles de carne del Luna de Otoño estaban infestados de gusanos. Un ser bien diminuto en sí, aunque de muy mal agüero. Un día regresó el viento al fin, antes del ocaso, cuando el cielo se tornó rojo sangre; ante su vista, la tripulación se puso a musitar. Les dije que el sino nos sonreía, pero mentí. Antes del amanecer, las estrellas se ocultaron y el viento comenzó a aullar, y entonces se alzó la mar».

Aquella fue la primera galerna, dijo ser Eustace. Otra la siguió dos días después, y luego una tercera, cada una más violenta que la anterior. «Las olas se erguían más altas que los mástiles, y nos rodeaban truenos y relámpagos como jamás había visto, grandes rayos que rasgaban el cielo y abrasaban los ojos. Uno alcanzó el Luna de Otoño y le quebró el mástil de cofa a cubierta. En medio de toda aquella insania, un marinero gritó que había visto unos tentáculos surgidos de las aguas, lo último que necesita oír un capitán. Para entonces habíamos perdido de vista el Buscaelsol y tan solo quedaban el Lady Meredith y el Luna de Otoño. La mar lamía las cubiertas a cada ascenso y descenso, y barría a los hombres lanzándolos por la borda, donde quedaban inanemente colgados de los cables. Vi irse a pique el Luna de Otoño con mis propios ojos. Estaba delante de mí, quebrado y ardiendo, si bien lejos, cuando de pronto una ola se alzó y lo engulló, y parpadeé y ya no estaba; así de repentino fue. No fue nada más, una ola, una ola monstruosa; sin embargo, todos mis hombres gritaban “¡Kraken, kraken!”, y nada de cuanto pudiera decirles lograba disuadirlos.

»Jamás sabré cómo sobrevivimos a aquella noche, pero lo logramos. A la mañana siguiente, la mar estaba calma de nuevo, el sol brillaba y el agua era tan azul e inocente que nadie jamás habría imaginado que mi hermano flotaba allí, muerto como toda su tripulación. El Lady Meredith se encontraba en muy mal estado, con las velas ajadas, los mástiles astillados y nueve marineros desaparecidos. Rezamos por los perdidos y emprendimos las reparaciones que pudimos, y aquella tarde, el vigía divisó un velamen en la lejanía. Era el Buscaelsol, que volvía a por nosotros».

Lady Colina había logrado algo más que sobrevivir a la galerna: había avistado tierra. Los vientos y el mar embravecido que habían apartado su Buscaelsol de los Hightower la habían arrastrado a occidente, y al rayar el alba, su vigía avistó unas aves que trazaban círculos sobre una brumosa cumbre que se alzaba en el horizonte. Lady Alys puso proa hacia ella y se topó con tres islotes. «Una montaña flanqueada por dos colinas», según su descripción. El Lady Meredith no se encontraba en condiciones de navegar, pero con la ayuda de tres botes del Buscaelsol que lo remolcaron, consiguió guarecerse al abrigo de las islas.

Las dos sufridas naves se cobijaron frente a las islas durante más de una quincena mientras se reparaban y se reabastecían las bodegas. Lady Alys se sentía triunfante. Había tierras hasta ahora incógnitas más a poniente, unas islas que no constaban en ninguna carta de navegación conocida. Dado que eran tres, las bautizó con los nombres de Aegon, Rhaenys y Visenya. Las ínsulas estaban deshabitadas, pero sus manantiales y arroyos eran abundosos, conque los viajeros pudieron rellenar los barriles con toda el agua dulce precisa. Había jabalíes también, y enormes lagartos grises del tamaño de ciervos, y árboles cargados de frutos secos y carnosos.

Tras degustar algunos, Eustace Hightower declaró que no había necesidad de aventurarse más. «Ya es más que suficiente descubrimiento —dijo—. Aquí hay especias que nunca he probado, y estas frutas rosas… Tenemos nuestra fortuna aquí, en nuestras manos».

Alys Colina se mostraba incrédula. Tres diminutas islas, aunque la mayor tuviera un tercio del tamaño de Rocadragón, no eran nada. Las auténticas maravillas quedaban más al oeste. Puede que hubiese un nuevo Essos allende el horizonte.

«O, tal vez, otro millar de leguas de vacuo océano», replicó ser Eustace. Y aunque lady Alys porfió, rogó y tejió redes de palabras en el aire, no logró persuadirlo. «Por más que lo hubiese deseado, mi tripulación nunca lo habría permitido —dijo a lord Donnel en Torrealta—. Sin excepción alguna, del primero al último estaban convencidos de haber visto como un gigantesco kraken arrastraba al Luna de Otoño a las profundidades marinas. De haber dado orden de proseguir la navegación, me habrían arrojado por la borda y se habrían buscado otro capitán».

Los expedicionarios se habían separado al partir del archipiélago. El Lady Meredith puso proa a oriente, camino de casa, mientras que Alys Colina y su Buscaelsol pusieron rumbo hacia occidente, en pos del sol. La travesía de regreso de ser Eustace Hightower resultó ser tan azarosa como la inicial. Hubo más galernas que capear, si bien ninguna tan terrible como la que había echado a pique a su nave hermana. Tuvieron los vientos en contra, lo cual los obligó a ir corrigiendo la bordada continuamente. Habían embarcado tres grandes lagartos grises, y uno mordió al timonel, cuya pierna se tornó verdosa y requirió la amputación. Unos días después se toparon con un grupo de leviatanes. Uno de ellos, un gran macho blanco mayor que un navío, golpeó el Lady Meredith y le quebró el casco. Después, ser Eustace cambió el derrotero rumbo a las Islas del Verano, ya que suponía que eran las tierras más próximas. No obstante, se encontraban en latitudes más meridionales de lo que creían y acabaron por no dar con las islas y encontrarse, en cambio, con las costas de Sothoryos.

«Pasamos allí un año entero —dijo a su abuelo—, tratando de dejar el Lady Meredith en buen estado para la navegación, ya que los desperfectos eran más graves de lo esperado. También había allí grandes riquezas, y no dejamos de reparar en ellas. Esmeraldas, oro, especias… Sí, todo eso y más. Extrañas criaturas: monos que caminan como hombres, hombres que aúllan como monos, guivernos, basiliscos, un centenar de variedades de serpientes, mortales todas ellas. Algunos de mis hombres desaparecieron de noche. Los que no habían empezado a morirse. A uno lo picó una mosca. Una leve picadura en el cuello, nada que temer. Tres días después se le caía la piel a tiras y sangraba por oídos, polla y culo. Beber agua salada vuelve loco, todo marino lo sabe, pero el agua dulce no es más inocua en aquel lugar. Contiene gusanos, tan pequeños que casi no se ven, y si alguien se los tragaba, ponían huevos en su interior. Y las fiebres… Apenas pasaba un día en que la mitad de los hombres estuvieran en forma para el trabajo. Todos habríamos perecido, creo, mas vinieron a nosotros varios estiveños que estaban de paso. Conocen aquel infierno mejor de lo que dan a entender, a fe mía. Con su ayuda logré llevar al Lady Meredith a Árboles Altos, y de allí, ya a casa».

Así finalizaban su narración y su gran aventura.

En cuanto a lady Alys Colina, nacida Elissa de la casa Farman, nada podemos decir sobre el final de su aventura. El Buscaelsol desapareció por el oeste, aún en busca de las tierras de allende el mar del Ocaso, y jamás volvió a ser avistado.

Aunque…

Muchos años después, Corlys Velaryon, el joven nacido en Marcaderiva en el año 53 d. C., emprendería nueve grandes travesías con su Serpiente Marina, en las que se aventuraría más allá de donde hombre alguno de Poniente hubiera navegado jamás. En el primero de sus viajes rebasó las Puertas de Jade hasta arribar a Yi Ti y la isla de Leng, y regresó con tan rico cargamento de especias, seda y jade, que la casa Velaryon se convirtió, durante un tiempo, en la más crasa de los Siete Reinos. En su segunda travesía, ser Corlys se adentró aún más hacia oriente y se convirtió en el primer ponientí que alcanzó Asshai de la Sombra, la lúgubre ciudad negra de los domadores de sombras de los confines del mundo. Allí perdió a su amor y la mitad de su tripulación, si las narraciones son veraces…, y allí también, en el puerto de Asshai, descubrió un viejo y sumamente maltratado navío, y habría jurado que tan solo podía ser el Buscaelsol.

No obstante, en el año 59 d. C., Corlys Velaryon contaba tan solo seis años y soñaba con el mar, de modo que nos vemos en la obligación de abandonarlo y regresar al final del otoño de aquel aciago año en que los cielos se ensombrecieron, los vientos arreciaron y el invierno volvió a caer sobre Poniente.

El invierno del 59 al 60 fue excepcionalmente cruento, y en tal punto coincidían todos los supervivientes. El Norte sufrió su azote primero y peor, ya que las cosechas perecieron en los campos, los ríos se congelaron y gélidos vientos arribaron aullando sobre el Muro. Aunque lord Alaric Stark había ordenado que se conservase y apartase la mitad de cada cosecha en previsión del venidero invierno, no todos sus banderizos habían obedecido. Al ir vaciándose alacenas y graneros, la hambruna se extendió por el país, y los ancianos se despidieron de sus hijos y se adentraron entre la nieve para dejarse morir, a fin de que su progenie sobreviviera. Las cosechas se malograron en las Tierras de los Ríos, en el oeste y en el Valle también, e incluso allá en el Dominio. Quienes aún conservaban víveres comenzaron a acumularlos, por lo que en todos los Siete Reinos empezó a subir el precio del pan. El de la carne aumentó más deprisa si cabe, y en pueblos y ciudades se puede decir que desaparecieron las frutas y las verduras.

Fue entonces cuando llegaron los escalofríos y el Desconocido recorrió el territorio. Los maestres sabían de antemano de los escalofríos. Ya los habían conocido, un siglo antes, y el curso de la epidemia había quedado plasmado en sus libros. Se creía que había llegado a Poniente de ultramar, desde una de las Ciudades Libres o incluso de tierras más distantes. Las localidades que contaban con puertos, grandes o pequeños, siempre sufrían antes y con mayor virulencia el embate de la peste. Muchos paisanos estaban convencidos de que la transmitían las ratas. No las ratas grises endémicas de Desembarco del Rey y de Antigua, grandes, osadas y sanguinarias, sino las ratas negras de menor tamaño que se veían enjambradas en las bodegas de las naves fondeadas y descendían por los cables. Aunque la culpa de las ratas jamás llegó a demostrarse a satisfacción de la Ciudadela, de pronto, toda casa de los Siete Reinos, del más lujoso alcázar a la más humilde choza, se hicieron con un gato. Antes de que los escalofríos atacasen aquel invierno, los mininos alcanzaban precios de caballo de guerra.

Los síntomas de la enfermedad eran bien conocidos: empezaba de un modo muy sencillo, con un escalofrío. Las víctimas referían frío, alimentaban el fuego, se abrigaban con mantas o una pila de pieles. Algunos pedían sopa, vino caliente o, contra toda lógica, cerveza. Ni mantas ni sopas detenían el avance de la pestilencia. Pronto comenzaba la tiritona, leve al principio, un temblor, un rilar, pero que se agravaba inexorablemente. La piel de gallina marchaba por los miembros del aquejado como un ejército conquistador. Para entonces, los infectados temblaban tan violentamente que les castañeteaban los dientes y las convulsiones les retorcían manos y pies. Cuando los labios de la víctima se tornaban azules y empezaba a esputar sangre, ya se avecinaba el fin. Tras el primer escalofrío, el curso de la enfermedad era muy veloz. La muerte llegaba en menos de un día, y tan solo se recuperaba un infectado de cada cinco.

Todo esto lo sabían bien los maestres. Lo que ignoraban era el origen de los escalofríos, cómo detenerlos y cómo sanarlos. Se ensayaban cataplasmas y pócimas; se recetaban mostaza picante y guindillas, así como vino especiado con veneno de sierpe que dormía los labios. Los enfermos se sumergían en bañeras de agua caliente, algunos casi hasta el punto de cocción. Se dijo que la verdura era sanatoria; luego, que el pescado crudo; después, que la carne roja, cuanto más sanguinolenta, mejor. Ciertos curanderos prescribían carne y aconsejaban a los pacientes beber sangre. Se probó a inhalar el humo de ciertas hojas quemadas. Un señor ordenó a sus hombres prender hogueras a su alrededor, rodeándose así de una muralla de llamas.

En el invierno del año 59 d. C., los escalofríos llegaron del este, cruzaron la bahía del Aguasnegras y ascendieron por el río del mismo nombre. Incluso antes que Desembarco del Rey, las islas de las Tierras de la Corona sintieron los temblores. Edwell Celtigar, antigua Mano de Maegor y sumamente despreciado consejero de la moneda, fue el primer señor que murió de escalofríos. Su hijo y heredero lo siguió a la fosa tres días más tarde. Lord Staunton falleció en Reposo del Grajo, y luego, su esposa. Sus hijos, atemorizados, se encerraron en sus cámaras y atrancaron las puertas, pero nada los salvó. En Rocadragón pereció la septa Edyth, amadísima de la reina. En Marcaderiva, Daemon Velaryon, Señor de las Mareas, se recobró tras estar a las puertas de la muerte, aunque su segundo vástago y tres de sus hijas rindieron el alma. Lord Bar Emmon, lord Rosby, lady Jirelle de Poza de la Doncella… Las campanas doblaron por todos ellos, y también por muchos hombres y mujeres plebeyos.

Por todos los Siete Reinos, tanto nobles como humildes se veían afectados. Los viejos y los más jóvenes corrían mayor riesgo, aunque el mal no perdonaba ni a hombres ni a mujeres en la plenitud de la vida. En la nómina de los caídos se contaban los más grandiosos señores, las más nobles damas, los más bizarros caballeros. Lord Prentys Tully murió tiritando en Aguasdulces, seguido un día después por su lady Lucinda. Cayó Lyman Lannister, el poderoso señor de Roca Casterly, junto con multitud de señores de las tierras occidentales; lord Marbrand de Marcaceniza, lord Tarbeck de Torre Tarbeck, lord Westerling del Risco. En Altojardín, lord Tyrell enfermó, pero sobrevivió, tan solo para acabar feneciendo, beodo, por una caída del caballo, cuatro días después de su restablecimiento. Rogar Baratheon no contrajo los escalofríos; si bien se recobraron, los sufrieron su hijo y su hija tenidos con la reina Alyssa, aunque su hermano ser Ronnal falleció, así como las esposas de sus dos hermanos.

La gran ciudad portuaria de Antigua padeció su embate especialmente, ya que perdió una cuarta parte de la población. Eustace Hightower, que había regresado sano y salvo de la infausta travesía del mar del Ocaso de Alys Colina, sobrevivió de nuevo, si bien su esposa y sus hijos no tuvieron tal fortuna. Ni su abuelo, el señor de Torrealta. Donnel el Demorador no logró demorar la muerte. Pereció tiritando, así como el Septón Supremo, una cuarentena de Máximos Devotos y un tercio de los archimaestres, maestres, acólitos y novicios de la Ciudadela.

En todo el reino no hubo un lugar tan crudelísimamente azotado como Desembarco del Rey en el año 59 d. C. Entre los muertos se contaron dos caballeros de la Guardia Real, el viejo ser Sam de Cerroamargo y el bondadoso ser Victor el Valiente, así como tres señores del consejo: Albin Massey, Qarl Corbray y el mismísimo gran maestre Benifer. Este había servido durante quince años en tiempos así turbulentos como prósperos tras acudir a la Fortaleza Roja, después de que Maegor el Cruel decapitara a sus tres predecesores inmediatos. («Un acto de singular coraje o de singular estupidez —observaría su sardónico sucesor—. Yo no habría pervivido tres días bajo el reinado de Maegor»).

Se guardó luto a todos los muertos y a todos se los echó de menos, pero, inmediatamente después de su fallecimiento, la pérdida de Qarl Corbray fue la más llorada. Con su comandante bajo tierra y muchos agentes de la Guardia de la Ciudad infectados y con escalofríos, las calles y callejas de Desembarco del Rey cayeron presas de la delincuencia y las costumbres licenciosas. Los comercios sufrían saqueos; se violaba a las mujeres; se robaba y asesinaba a los hombres sin más delito que caminar por donde no debían cuando no debían. El rey Jaehaerys encomendó a su Guardia Real y a los caballeros de su casa restablecer el orden público, aunque eran pocos y pronto no tuvo más remedio que retirarlos.

En pleno caos, su alteza perdería a otro de sus señores, aunque no debido a los escalofríos, sino a la ignorancia y el odio. Rego Draz jamás había residido en la Fortaleza Roja, si bien había amplio espacio para él y el rey se lo había ofrecido numerosas veces. El pentoshí prefería su mansión de la calle de la Seda, dominada por Pozo Dragón, encaramado a la Colina de Rhaenys. Allí podía gozar con sus concubinas sin tener que padecer la desaprobación de la corte. Tras diez años al servicio del Trono de Hierro, lord Rego estaba bien orondo y había dejado de montar a caballo, por lo que se trasladaba entre la mansión y el castillo en un palanquín ornado de oro. En su imprudencia, su ruta discurría por el fétido corazón del Lecho de Pulgas, la más hedionda y salvaje barriada de la ciudad.

Aquel día aciago, una docena de los menos recomendables habitantes del Lecho de Pulgas perseguían un cochinillo por un callejón cuando se toparon con lord Rego, que recorría aquellas calles. Algunos iban beodos y todos llevaban hambre. El guarro se les había escapado. La visión del pentoshí los enfureció, ya que todos, unánimemente, culpaban de la carestía al consejero de la moneda. Uno llevaba espada; tres, puñales. Los demás cogieron piedras y palos, se enjambraron en torno al palanquín, espantaron a los porteadores de lord Rego y dieron por tierra con su señoría. Los viandantes declararon que gritaba impetrando auxilio con palabras que ninguno logró comprender.

Cuando el consejero elevó las manos para repeler los golpes que le llovían, con oro y gemas brillando en todos sus dedos, la agresión se tornó más frenética aún. Una mujer chilló: «Es pentoshí. Son los bastardos que nos trajeron los escalofríos». Un hombre arrancó un adoquín de la calle recién empedrada por orden real y golpeó con él la cabeza de lord Rego una y otra vez, hasta que no quedó de ella sino un bermejo amasijo de sangre, sesos y hueso. Así rindió el alma el Señor del Aire, con el cráneo aplastado por uno de los mismísimos adoquines con los que había ayudado al rey a pavimentar las calles. Aun entonces, sus agresores no habían acabado con él. Antes de huir lo despojaron de sus finos ropajes y le rebanaron los dedos para hacerse con los anillos.

Cuando se tuvo noticia en la Fortaleza Roja, el propio Jaehaerys Targaryen acudió a reclamar el cadáver rodeado de su Guardia Real. Tan airado quedó ante lo visto que ser Joffrey Doggett narraría más adelante: «Cuando le miré el rostro, durante un instante me pareció estar viendo a su tío». La calle estaba plagada de curiosos llegados a ver a su rey o a contemplar el sanguinolento cuerpo del cambista pentoshí. Jaehaerys volvió su caballo hacia ellos y les gritó: «Dadme el nombre de los hombres que lo perpetraron. Hablad ya y seréis bien recompensados. Contened la lengua y la perderéis». Muchos mirones se escabulleron, pero una chiquilla descalza se adelantó y gritó un nombre.

El rey se lo agradeció y le ordenó que mostrase a sus caballeros dónde podían dar con tal hombre.

Condujo a la Guardia Real a una tabernucha donde se descubrió al villano con una ramera en el regazo y tres anillos de lord Rego en los dedos. Cuando le dieron tormento tardó poco en delatar a sus compinches, y todos ellos fueron apresados. Uno de ellos alegó haber sido clérigo humilde y rogó vestir el negro. «No —le dijo Jaehaerys—. La Guardia de la Noche está compuesta por hombres honorables, y tú eres más vil que las ratas».

«Tales hombres son indignos de morir limpiamente por la espada o el hacha», decretó. Así pues, los colgaron de la muralla de la Fortaleza Roja, los desventraron y los abandonaron retorciéndose hasta la muerte, con las entrañas colgándoles por las rodillas.

La jovencita que había denunciado a los asesinos tuvo un destino más halagüeño. De la mano de la reina Alysanne, se sumergió en una tina de agua caliente para ablucionarse. Le quemaron la ropa, le raparon la cabeza y le dieron pan caliente y tocino. «Hay lugar para ti en el castillo, si lo deseas —le dijo Alysanne después de que llenase la andorga—. En las cocinas o en los establos, donde prefieras. ¿Tienes padre?». La niña asintió tímidamente y reconoció que sí. «Era uno de los que destripasteis. El sifilítico, el del orzuelo». Luego dijo a su alteza que deseaba trabajar en las cocinas, «que es donde se guarda el pan».

El año viejo acabó y comenzó el nuevo, pero pocas celebraciones tuvieron lugar en Poniente para festejar la llegada del sexagésimo año tras la Conquista de Aegon. Un año antes se prendieron grandes hogueras en las plazas públicas, y hombres y mujeres bailaron en torno a ellas bebiendo y riendo, mientras se echaban las campanas al vuelo por el año nuevo. Un año después, los fuegos consumían cadáveres y las campanas doblaban por los caídos. Las calles de Desembarco del Rey estaban vacías, sobre todo por las noches; sus callejones acumulaban una gruesa capa de nieve y de los aleros colgaban carámbanos luengos como espadas.

En la cima de la Colina Alta de Aegon, el rey Jaehaerys ordenó que se cerrasen y trabasen los portones de la Fortaleza Roja, y que se doblase la guardia de la muralla del alcázar. Su reina y él asistieron a los oficios del ocaso en el septo del castillo, tomaron un frugal refrigerio en el fortín de Maegor y se retiraron al lecho.

A la hora del búho, la reina Alysanne despertó al sentir que le agitaban el brazo con suavidad. Se trataba de su hija. «Madre —dijo la princesa Daenerys—, tengo frío».

No hay necesidad alguna de entretenerse en los sucesos subsiguientes. Daenerys Targaryen era la niña de los ojos del reino, de modo que se hizo por ella cuanto cabía intentar. Se sucedieron rogativas y cataplasmas, sopas y baños escaldantes, mantas, pieles y piedras calientes, infusiones de ortiga… La princesa tenía seis años y ya hacía varios que la habían destetado, pero se convocó a un ama de cría, ya que había quienes daban fe de que la leche materna podía sanar los escalofríos. Los maestres iban y venían; septas y septones oraban; el rey ordenó que se contratara inmediatamente a un centenar de cazadores de ratas y ofreció un venado de plata por cada rata muerta, ya gris, ya negra. Daenerys quería su gatito y se le concedió tal deseo, aunque sus temblores se tornaron tan violentos que el felino se le escapó y le arañó la mano. Casi al rayar el alba, Jaehaerys se puso en pie gritando que hacía falta un dragón, que su hija debía tener un dragón, así que partieron cuervos hacia Rocadragón con instrucciones para los guardianes de los dragones de que llevasen una cría a la Fortaleza Roja.

Nada surtió efecto. Un día y medio después de despertar a su madre quejándose de frío, la princesita murió. La reina se derrumbó en brazos del monarca, temblando tan virulentamente que hubo quien temió que hubiera contraído los escalofríos a su vez. Jaehaerys se la llevó a su cámara y le administró la leche de la amapola para ayudarla a conciliar el sueño. Aunque rayano en el agotamiento, salió al patio de armas y liberó a Vermithor. Después voló a Rocadragón para decir que ya no había necesidad de enviar el pequeño dragón. A su regreso a Desembarco del Rey, se tomó una copa de vino del sueño y mandó convocar al septón Barth. «¿Cómo ha podido pasar esto? —lo interrogó—. ¿Qué pecado ha cometido? ¿Por qué se la han llevado los dioses? ¿Cómo es que ha podido llegar a suceder esto?». Pero ni siquiera Barth, el gran sabio, tuvo respuestas que ofrecerle.

El monarca y su esposa no fueron los únicos que perdieron un vástago por culpa de los escalofríos; miles de padres, ya de alta cuna, ya de baja extracción, conocieron el mismo dolor aquel invierno. Para Jaehaerys y Alysanne, no obstante, la muerte de su queridísima hija debió de ser especialmente acerba, ya que aconteció en pleno auge de la doctrina del Excepcionalismo. La princesa Daenerys era Targaryen por ambas partes, de modo que la sangre de la antigua Valyria corría pura por sus venas, y los descendientes de los valyrios no eran como el común de los mortales. Los Targaryen tenían los ojos de color violeta y el pelo entre dorado y plateado; reinaban en el cielo a lomos de dragones; las doctrinas de la Fe y las prohibiciones contra el incesto no rezaban para ellos… y jamás enfermaban.

Ya desde que Aenar el Exiliado reclamó Rocadragón era bien sabido que los Targaryen no morían de viruela ni de colerina sangrienta; no los afectaban las manchas rojas ni el mal de la pierna parda ni el de los temblores; no sucumbían a las lombrices de los huesos, a los coágulos en los pulmones, al amargor de tripas ni a ninguna de la miríada de pestilencias y contagios que los dioses habían tenido a bien hacer caer sobre los mortales. Había fuego en la sangre del dragón, se razonaba, un fuego purificador que abrasaba toda plaga. Era impensable que una princesa de pura estirpe muriera a manos de los escalofríos como si se tratara de una niña corriente.

Sin embargo, así fue.

Mientras lloraban por ella y su dulcísima alma, Jaehaerys y Alysanne debieron de afrontar tan terrible realidad. Cabía la posibilidad de que los Targaryen no estuvieran tan próximos a las deidades como creían. Era posible, al fin y al cabo, que no fueran más que hombres.

Cuando los escalofríos cesaron al fin, el rey Jaehaerys, con el corazón entristecido, retomó sus ocupaciones. Su primera tarea fue harto luctuosa: sustituir a cuantos amigos y consejeros había perdido. Ser Robert Redwyne, el primogénito de lord Manfryd, fue nombrado capitán de la Guardia de la Ciudad. Ser Gyles Morrigen alistó a dos buenos caballeros para ingresar en la Guardia Real, y su alteza vistió a ser Ryam Redwyne y a ser Robin Shaw con sendas capas blancas. El capaz Albin Massey, su fidelísimo Justicia Mayor, no fue tan fácil de reemplazar. Para ocupar su puesto, el soberano mandó convocar del Valle de Arryn a Rodrik Arryn, el erudito joven señor del Nido de Águilas, a quien la reina y él habían conocido cuando tan solo contaba diez años.

De la Ciudadela ya le habían enviado al sucesor de Benifer, el mordaz gran maestre Elysar. Este, veinte años más joven que el hombre cuya cadena portaba, jamás había tenido pensamiento alguno que no deseara transmitir. Había quienes afirmaban que el Cónclave lo había mandado a Desembarco del Rey a fin de desembarazarse de él.

Jaehaerys estuvo mucho más dubitativo en lo tocante a elegir al nuevo lord tesorero y consejero de la moneda. Rego Draz, por más despreciado que fuera, había sido un hombre de suma habilidad. «Me tienta decir que no se puede dar con hombres tales andando por las calles, aunque, la verdad sea dicha, es más posible que hallemos uno ahí que en algún castillo», dijo el rey a su consejo. El Señor del Aire jamás se había casado, aunque tenía tres hijos bastardos que habían aprendido el oficio a sus auspicios. Por más que tentase al monarca elegir a uno de ellos, era consciente de que el reino jamás aceptaría a otro pentoshí. «Debe ser un señor», concluyó entristecido. Se volvieron a barajar apellidos conocidos: Lannister, Velaryon, Hightower… Casas todas erigidas tanto sobre oro como sobre acero. «Son todos orgullosos en exceso», declaró Jaehaerys.

Fue el septón Barth el primero en proponer un nombre distinto. «Los Tyrell de Altojardín descienden de mayordomos —recordó al soberano—, pero el Dominio es más vasto que las Tierras del Oeste, con una clase diferente de riqueza, y el joven Martyn Tyrell podría resultar ser una útil baza para este consejo».

—Los Tyrell son bobalicones —decía lord Redwyne, incrédulo—. Lo siento, Alteza, ya que soy su vasallo, pero… los Tyrell son todos unos memos, y lord Bertrand era asimismo un borrachín.

—Muy bien pudiera ser —admitió el septón Barth—. Pero lord Bertrand ya está en su fosa y me refiero a su hijo. Martyn es joven y dispuesto, si bien no pondré la mano en el fuego por la calidad de su sesera. Sin embargo, su esposa, lady Florence, pertenece a la casa Fossoway y empezó a contar manzanas en cuanto aprendió a andar. Lleva la contabilidad de Altojardín desde su matrimonio, y se dice que ha incrementado los ingresos de la casa Tyrell en un tercio. Si nombrásemos a su esposo, ella lo acompañaría a la corte, no lo dudo.

—A Alysanne le gustará tal perspectiva —dijo el rey—. Goza con la compañía de las mujeres dotadas de sesera. —La reina no asistía al consejo desde el fallecimiento de la princesa Daenerys, y quizá Jaehaerys esperase que eso se la devolviera—. Nuestro buen septón nunca nos ha aconsejado mal. Probemos con el necio y su mujer sagaz, y esperemos que mi leal pueblo no le machaque la cabeza con un adoquín.

Los Siete dan y los Siete quitan. Quizá la Madre reparase desde las alturas en la reina Alysanne y su dolor y se apiadase de su descorazonamiento. La luna no había girado ni dos veces desde la muerte de la princesa Daenerys cuando su alteza supo que estaba grávida de nuevo. Dado que el invierno atenazaba el país con puño helado, la reina se decidió por la cautela y se retiró a Rocadragón para el alumbramiento. En aquel mismo 60 d. C. dio a luz a su quinto infante, una niña a la que llamó Alyssa por su madre. «Un honor que su alteza habría agradecido más de haber vivido», observó el nuevo gran maestre Elysar, si bien lejos de los oídos regios.

El invierno comenzó poco después de dar a luz la reina, y Alyssa demostró ser una pequeña vivaracha y sana. De muy niña se parecía tanto a su difunta hermana Daenerys que Alysanne se echaba a llorar al contemplarla y recordar a su hija perdida. No obstante, tal parecido se desvaneció al crecer la princesa. Alyssa, de rostro luengo y constitución delgaducha, compartía poca belleza con su hermana. Tenía una pelambrera enmarañada de color rubio sucio, sin rastro de la plata que evocaba a los señores dragón de antaño, y había nacido con los ojos desparejos: el uno era violeta; el otro, de un verde desconcertante. Tenía las orejas excesivamente grandes y la sonrisa torcida, y cuando a los seis años jugaba en el patio, el golpe de una espada de madera en pleno rostro le quebró la nariz. Sanó torcida, pero a Alyssa no parecía importarle. A tan temprana edad, su madre ya había comprendido que no le había salido a Daenerys, sino a Baelon.

Al igual que Baelon había seguido a Aemon por doquier, Alyssa iba siempre tras Baelon. «Como un cachorrillo», se lamentaba el Príncipe de la Primavera. Baelon era dos años menor que Aemon; Alyssa, casi cuatro años menor que su querido hermano y además hembra, lo cual lo empeoraba mucho a fe suya. Sin embargo, la princesa no se comportaba como una niña. Se vestía de chico siempre que tenía ocasión, rehuía la compañía de las niñas y prefería montar a caballo, trepar y batirse en duelo con espadas de madera a coser, leer y cantar. Por si fuera poco, se negaba a comer gachas.

Un antiguo amigo, un antiguo adversario, regresó a Desembarco del Rey en el año 61. Lord Rogar Baratheon había acudido desde Bastión de Tormentas a fin de acompañar a tres damiselas a la corte. Dos eran hijas de su hermano Ronnal, que había muerto tiritando junto a su esposa y sus hijos varones. La tercera era lady Jocelyn, la propia hija de su señoría, tenida con la reina Alyssa. La diminuta y frágil niña que había llegado al mundo durante aquel terrible Año del Desconocido había crecido hasta convertirse en una alta joven de semblante solemne, grandes ojos oscuros y pelo negro como el pecado.

El cabello de la antigua Mano del Rey había encanecido, sin embargo, y los años habían hecho mella en él. Tenía el semblante pálido y arrugado, y había enflaquecido tanto que la ropa le colgaba como si la hubiera confeccionado para un hombre mucho más corpulento. Cuando se prosternó ante el Trono de Hierro, requirió la ayuda de la Guardia Real para volver a incorporarse.

Había acudido a solicitar un favor, según dijo lord Rogar a los reyes. Lady Jocelyn pronto celebraría su séptimo día del nombre.

—Jamás ha conocido una madre. Las esposas de mis hermanos la cuidaban en lo que podían, aunque preferían a sus propios hijos, como es natural, y ahora ambas han fallecido. Si os place, altezas, os rogaría que os hicierais cargo de la tutela de Jocelyn y de sus primas, a fin de que se críen en la corte junto a vuestros hijos.

—Sería un honor y un placer —contestó la reina Alysanne—. Jocelyn es nuestra hermana, no lo hemos olvidado. Nuestra sangre.

Lord Rogar pareció enormemente aliviado.

—Os rogaría que acogierais también a mi hijo Boremund, pero se quedará en Bastión de Tormentas al cuidado de mi hermano Garon. Es un buen chico, un chico fuerte, y será un gran señor llegado el momento, no me cabe duda, aunque tan solo tiene nueve años. Como sabréis, mi hermano Borys abandonó las Tierras de la Tormenta hace ya años. Se amargó y enfureció a raíz del nacimiento de Boremund, y todo iba de mal en peor entre nosotros. Borys pasó una temporada en Myr, y luego en Volantis, haciendo los dioses sabrán qué; pero ahora se ha vuelto a presentar en Poniente, en las Montañas Rojas. Se rumorea que ha unido sus fuerzas a las del Rey Buitre y ahora saquea a su propio pueblo. Garon es un hombre diestro y leal, pero nunca ha sido adversario para Borys, y Boremund no es más que un rapaz. Temo lo que pueda hacerse de él, y de las Tierras de la Tormenta, cuando me vaya.

Tales palabras dejaron de piedra al soberano.

—¿Cuando os vayáis? Pero ¿por qué os vais a ir? ¿Qué queréis decir con eso de iros?

—A las montañas. —La sonrisa con que respondió lord Rogar dejó traslucir un atisbo de su antigua fiereza—. Mi maestre dice que me muero. Creo en él. Aun antes de los escalofríos ya sufría dolores, y han empeorado desde entonces. Me da la leche de la amapola, y me alivia, pero uso tan solo un poco. No querría pasarme durmiendo cuanto me quede de vida. Ni querría morir encamado sangrando por el culo. Quiero dar con mi hermano Borys, y encararme con él y con el tal Rey Buitre. Garon dice que es una necedad y no anda errado, pero quiero morir con el hacha en la mano gritando una maldición. ¿Me dais vuestra venia, alteza?

Conmovido por las palabras de su amigo de toda la vida, el rey Jaehaerys se incorporó y descendió del Trono de Hierro para dar una palmada en el hombro a lord Rogar.

—Vuestro hermano es un traidor, y ese buitre…, me niego a denominarlo rey…, ya lleva demasiado tiempo cebándose en las Marcas. Contáis con mi venia, mi señor. Y, más si cabe, contáis con mi espada.

El rey cumplió su palabra. La lucha que siguió se denomina en los tratados de historia la Tercera Guerra Dorniense, si bien tal nombre resulta engañoso, ya que el príncipe de Dorne mantuvo sus huestes al margen del conflicto. La plebe de aquellos tiempos la llamó la guerra de Lord Rogar, nombre mucho más adecuado. Mientras el señor de Bastión de Tormentas conducía a quinientos hombres a los montes, Jaehaerys Targaryen emprendió el vuelo a lomos de Vermithor. «Se hace llamar Buitre —dijo el soberano—, pero no vuela; se oculta. Debería llamarse el Topo». No erraba: el primer Rey Buitre comandó ejércitos y entró en liza con millares de hombres; el segundo no era más que un saqueador con ínfulas, el benjamín de una casa menor, con unos centenares de seguidores que compartían el gusto por el robo y la violación. Conocía bien las montañas, eso sí, y cuando lo perseguían, sencillamente, desaparecía para reaparecer a voluntad. Los hombres que iban en su busca corrían grave peligro, ya que era igualmente diestro en el arte de la emboscada.

No obstante, ninguna de sus mañas lo protegía de un enemigo capaz de cazar desde las alturas. Cuenta la leyenda que el Rey Buitre poseía una fortaleza montana inexpugnable, oculta entre las nubes. Jaehaerys no halló guarida secreta alguna, tan solo una decena de rústicos campamentos desperdigados por los montes. Uno por uno, Vermithor los incendió, dejando al Buitre tan solo cenizas a las que regresar. La columna de lord Rogar, al ascender, pronto se vio obligada a abandonar las caballerías y proseguir a pie por caminos de cabras, escalando empinadas pendientes y atravesando cuevas, mientras enemigos ocultos les lanzaban piedras sobre la cabeza. Aun así, llegaron sin acobardarse. Mientras los nativos de las Tierras de la Tormenta avanzaban desde oriente, Simon Dondarrion, señor de Refugionegro, condujo a las montañas una pequeña hueste de caballeros de las Marcas desde occidente para cortar la retirada por ese lado. Mientras los soldados se aproximaban entre sí, Jaehaerys los observaba desde los cielos y los manejaba como si moviera ejércitos de juguete en la Cámara de la Mesa Pintada.

Al final dieron con el enemigo. Borys Baratheon no conocía los senderos ocultos de las montañas tan bien como el dornienese, de modo que fue el primero en quedar acorralado. Los hombres de lord Rogar daban cuenta rápidamente de ellos, pero al encontrarse cara a cara los hermanos, el rey Jaehaerys descendió de las alturas. «No os habría considerado un matasangre, mi señor —dijo su alteza a su antigua Mano—. El traidor es mío».

Ser Borys se rio al oírlo. «¡Llamadme mejor matarreyes que matasangre a él!», gritó al embestir al rey. Pero Jaehaerys tenía a Fuegoscuro en la mano y no había olvidado las lecciones aprendidas en el patio de armas de Rocadragón. Borys Baratheon murió a los pies del rey, de un tajo en el cuello que a punto estuvo de decapitarlo.

El turno del Rey Buitre llegó con la luna llena. Acosado en una guarida abrasada donde había confiado en hallar refugio, se resistió hasta el fin, lanzando un aguacero de lanzas y flechas sobre los hombres del rey. «Este es mío», dijo Rogar Baratheon a su alteza cuando el rey de la montaña fue conducido ante ellos cargado de grilletes. A su orden, liberaron de las cadenas al forajido y le ofrecieron una lanza y un escudo. Lord Rogar se enfrentó a él con su hacha. «Si me mata, liberadlo».

El Buitre se mostró deplorablemente inepto para tal tarea. Agotado, debilitado y muerto de dolores como estaba, Rogar Baratheon rechazaba las acometidas del dorniense con desdén y luego lo hendió de hombro a ombligo.

Al concluir, lord Rogar estaba abrumado. «Parece que al final no pereceré con el hacha en la mano», dijo tristemente al soberano. Y así fue. Rogar Baratheon, señor de Bastión de Tormentas, antigua Mano del Rey y lord Protector del Reino, falleció en Bastión de Tormentas medio año después en presencia de su maestre, su septón, su hermano ser Garon, y su hijo y heredero Boremund.

La guerra de Lord Rogar había durado menos de medio año; se declaró y se ganó en el 61 después de la Conquista de Aegon. Ya eliminado el Rey Buitre, durante un tiempo dejaron de padecerse incursiones en las Marcas de Dorne. Cuando los relatos de la campaña se difundieron por los Siete Reinos, aun los más marciales señores comenzaron a respetar a su joven rey. Toda duda que perviviera se había disipado; Jaehaerys Targaryen no era como Aenys, su padre. Para el propio rey, la guerra resultó tener propiedades sanadoras. «Contra los escalofríos estaba inerme —confesó al septón Barth—; contra el Buitre volví a ser un monarca».

En el año 62, los señores de los Siete Reinos se regocijaron cuando el rey Jaehaerys otorgó a su primogénito el título de príncipe de Rocadragón, reconociéndolo así como heredero del Trono de Hierro.

El príncipe Aemon contaba siete años y era un mozo tan alto y bien parecido como modesto. Aún se adiestraba todas las mañanas en el patio de armas, en compañía del príncipe Baelon. Ambos hermanos eran buenos amigos y contaban con cualidades complementarias. Aemon era más alto y fuerte; Baelon, más rápido y fiero. Sus combates eran tan reñidos que, a menudo, atraían multitudes de espectadores. Sirvientes y lavanderas, caballeros de la casa y escuderos, maestres, septones y palafreneros se congregaban en el patio para animar a uno u otro príncipe. Entre quienes acudían a contemplar el espectáculo se encontraba Jocelyn Baratheon, la morena hija de la difunta reina Alyssa, que estaba más alta y hermosa a cada día que pasaba.

En el banquete subsiguiente a la investidura de Aemon como príncipe de Rocadragón, la reina sentó a lady Jocelyn al lado del heredero, y se pudo ver que ambos jóvenes charlaban y reían juntos durante toda la velada, haciendo caso omiso de los demás.

Aquel mismo año, los dioses bendijeron a Jaehaerys y Alysanne con un retoño más, una hija a la que llamaron Maegelle. Era una niña gentil, desprendida, dulce y sumamente inteligente, que pronto se encariñó con su hermana Alyssa del mismo modo que el príncipe Baelon se había encariñado con el príncipe Aemon, si bien no tan felizmente. Ahora le tocaba a Alyssa enojarse por tener a la pequeña pegada siempre a sus faldas. La evitaba lo mejor que podía, y Baelon se reía de su furia.

Ya hemos tratado varios logros de Jaehaerys. Al ir concluyendo el año 62, el monarca previó el año venidero y los demás que lo seguirían y comenzó a trazar planes para un proyecto que transformaría los Siete Reinos. Tras haber dotado a Desembarco del Rey de adoquinado, aljibes y fuentes, alzó la vista más allá de la ciudad murada, a los campos, colinas y pantanos que se extendían desde las Marcas de Dorne hasta el Agasajo.

«Mis señores —dijo ante el consejo—, cuando la reina y yo vamos y venimos por los aires a lomos de Vermithor y Ala de Plata, cuando oteamos desde las nubes, vemos ciudades, castillos, cerros, marismas, ríos, arroyos y lagos. Vemos poblaciones con mercado, aldeas pesqueras, antiguos bosques, montañas, páramos, prados, rebaños de ovejas, trigales, antiguos campos de batalla, torres en ruinas, cementerios y septos. Hay mucho y más que ver en estos Siete Reinos nuestros. ¿Sabéis lo que no veo? —Palmeó fuertemente la mesa—. Carreteras, mis señores, no veo carreteras. Veo alguna linde, si vuelo bastante bajo. Veo caminos de pezuña y senderos desperdigados por la orilla de algún río. Pero no veo caminos de verdad. ¡Mis señores, tendré carreteras!».

La construcción de tantísimas leguas de calzadas continuaría durante el resto del reinado de Jaehaerys y se adentraría en el de su sucesor, pero dio comienzo aquel día en la cámara del consejo de la Fortaleza Roja. No pensemos que no había carreteras en Poniente antes de su reinado. Cientos de caminos surcaban las tierras, muchos de ellos milenarios, de los tiempos de los primeros hombres. Aun los hijos del bosque tenían senderos que seguían cuando se trasladaban de un lugar a otro bajo la arboleda.

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