Fuego y sangre

Fuego y sangre


El largo reinado: Jaehaerys y Alysanne: Política, progenie y dolor

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Sin embargo, los caminos se encontraban en un estado pésimo. Angostos, encenagados, con baches, retorcidos… Se desperdigaban por colinas y bosques, y cruzaban ríos sin concierto alguno. Tan solo un puñado de aquellos ríos contaban con un puente. Frecuentemente, los vados estaban guardados por hombres de armas que exigían el pago en moneda o especie por cruzarlos. Ciertos señores por cuyas tierras pasaban caminos los mantenían en buen estado, pero eran los menos. Una tormenta podía arrasarlos. Los bandoleros y proscritos atracaban a los viajeros que transitaban por ellos. Antes de Maegor, los Clérigos Humildes brindaban cierta protección a los plebeyos en los caminos (eso si no les robaban ellos mismos). Tras la destrucción de los Estrellas, las carreteras secundarias del reino se tornaron más peligrosas que nunca. Hasta los grandes señores viajaban con escolta.

Corregir tantísimos males en un solo reinado habría resultado imposible, pero Jaehaerys estaba decidido a comenzar al menos. Desembarco del Rey, conviene recordarlo, era muy joven como ciudad. Antes de que Aegon el Conquistador y sus hermanas desembarcaran a su llegada de Rocadragón, tan solo una modesta aldea de pescadores se alzaba en las tres colinas donde el río Aguasnegras desembocaba en la bahía homónima.

No era de extrañar que pocos caminos de importancia llegasen a tan modesto pueblo pesquero. La ciudad había crecido rápidamente en los sesenta y dos años transcurridos desde la Conquista de Aegon, y unos cuantos caminos toscos habían surgido con ella, senderos estrechos y polvorientos que bordeaban la orilla hasta Stokeworth, Rosby y el Valle Oscuro, o atajaban por los cerros hasta Poza de la Doncella. Aparte de esos, no había nada más.

Ninguna carretera comunicaba la sede regia con los grandes castillos y ciudades del país. Desembarco del Rey era, en efecto, un puerto, mucho más accesible por mar que por tierra.

Ahí fue donde comenzó Jaehaerys. El bosque que se extendía al sur del río era antiguo, denso y excesivamente frondoso. Era bueno para cazar, malo para viajar. Ordenó que lo atravesara una calzada para comunicar Desembarco del Rey con Bastión de Tormentas. La misma carretera continuaría al norte de la ciudad, del Aguasnegras al Tridente y allende, por el Forca Verde y a través del Cuello, para luego cruzar el indómito Norte, privado de caminos hasta Invernalia y el Muro. El camino Real, lo llamaba la plebe. Fue la más larga y costosa de las calzadas de Jaehaerys, la primera que se inició y la primera que se completó.

Otras siguieron: el camino de las Rosas, el camino del Océano, el camino del Río, el camino Dorado. Algunos existían ya desde hacía centurias, en forma más rústica, pero Jaehaerys los remodeló hasta dejarlos irreconocibles rellenando surcos, esparciendo grava, construyendo puentes. Otros caminos se construyeron de la nada. El coste de todo ello era digno de consideración, claro está, pero el reino era próspero y el nuevo consejero de la moneda del rey, Martyn Tyrell, con la ayuda y complicidad de su sagaz esposa, la Contadora de Manzanas, demostró ser tan capaz como lo había sido el Señor del Aire. Vara a vara, legua a legua, los caminos crecieron durante las décadas venideras. «Unió el país e hizo de los Siete Reinos uno», se puede leer en el pedestal del monumento al Viejo Rey que se alza en la Ciudadela de Antigua.

Tal vez los Siete sonriesen también por su obra, ya que continuaron bendiciendo con hijos a Jaehaerys y a Alysanne. En el 63 celebraron el alumbramiento de Vaegon, su tercer varón y séptimo vástago. Un año antes había llegado otra hija, Daella. Tres años después, la princesa Saera llegó al mundo con el rostro colorado y berreando. Otra princesa nació en el año 71, cuando la reina dio a luz a su décimo retoño y sexta hembra, la hermosa Viserra. Aunque habían nacido en un mismo decenio, resultaba difícil concebir que cuatro hermanos fueran tan distintos como los cuatro hijos menores de Jaehaerys y Alysanne.

El príncipe Vaegon era tan diferente de sus hermanos mayores como la noche del día. Jamás robusto, era un niño tranquilo de ojos cansados. Otros infantes, e incluso ciertos señores de la corte, lo consideraban de carácter agrio. Aunque no era cobarde, no hallaba placer alguno en los burdos juegos de escuderos y pajes ni en las heroicidades de los caballeros de su padre. Prefería la biblioteca al patio de armas, y a menudo se lo hallaba allí leyendo.

La princesa Daella, la siguiente, era delicada y tímida. Fácilmente atemorizable y pronta al llanto, no pronunció su primera palabra hasta casi los dos años, y aun después hablaba con media lengua con frecuencia. Su hermana Maegelle se convirtió en su estrella guía; adoraba a su madre, la reina, pero parecía que su hermana Alyssa la aterraba, y se arrebolaba y ocultaba el rostro en presencia de los niños mayores.

La princesa Saera, tres años menor, fue un castigo desde el comienzo, con su rostro furioso, sus exigencias y su desobediencia. La primera palabra que dijo fue «No», y la pronunciaba frecuentemente y en alta voz. Rehusó el destete hasta pasados los cuatro años. Aun cuando ya correteaba por la fortaleza, hablando más que sus hermanos Vaegon y Daella juntos, exigía leche materna, y rabiaba y chillaba cuando la reina despedía a otra ama de cría. «Que los Siete nos asistan —susurró Alysanne al rey una noche—. Cuando la miro veo a Aerea». Saera Targaryen, fiera y obcecada, gozaba llamando la atención y se enfurruñaba al no recibirla.

La más pequeña de los cuatro, la princesa Viserra, era asimismo de fuerte carácter, pero jamás gritaba ni, desde luego, lloraba. «Taimada» era una palabra que se usaba para describirla. «Vanidosa» era otra. Viserra era bella, todos los hombres coincidían. Había sido bendecida con los ojos de color violeta, los cabellos de oro y plata de los auténticos Targaryen, una piel nívea sin mácula alguna, hermosas facciones y una elegancia que resultaba, de algún modo, inquietante y desconcertante en una moza tan joven. En una ocasión en que un joven escudero le dijo que era una diosa, ella le dio la razón.

Regresaremos a estos cuatro príncipes y a las aflicciones que hicieron caer sobre sus progenitores a su debido tiempo, pero por lo pronto nos retrotraeremos al año 68, no mucho después del nacimiento de la princesa Saera, cuando los soberanos anunciaron el casamiento de su primogénito Aemon, príncipe de Rocadragón, con Jocelyn Baratheon de Bastión de Tormentas. Se consideró la posibilidad de que, tras la trágica muerte de la princesa Daenerys, Aemon contrajera matrimonio con la princesa Alyssa, su hermana mayor, pero la reina Alysanne se opuso firmemente. «Alyssa es para Baelon —declaró—. Lleva siguiéndolo por ahí desde que sabe andar. Están tan unidos como tú y yo a su edad».

Dos años después, en el 70, Aemon y Jocelyn se unieron en una ceremonia que rivalizó con la Boda Dorada, tal fue su esplendor. Lady Jocelyn, a sus dieciséis años, era una de las mayores bellezas del reino, una doncella de luengas piernas, abultados pechos y un cabello fuerte y liso, negro como ala de cuervo, que le caía hasta la cintura. El príncipe Aemon era un año más joven, con quince, pero todos coincidían en que componían una hermosa pareja. Con sus dos varas de estatura, Jocelyn superaba en talla a la mayoría de los señores de Poniente, pero el príncipe de Rocadragón medía cuatro dedos más. «En ellos queda depositado el futuro del reino», declaró ser Gyles Morrigen cuando contempló a ambos juntos, la dama oscura y el pálido príncipe.

En el año 72 después de la Conquista de Aegon se celebró un torneo en el Valle Oscuro para conmemorar los esponsales del joven lord Darklyn con una hija de Theomore Manderly. Los dos jóvenes príncipes asistieron, junto con su hermana Alyssa, y participaron en el combate cuerpo a cuerpo de los escuderos. El príncipe Aemon se alzó con la victoria, en parte gracias a haber sometido a su hermano a golpes. Después se distinguió también en las lizas, y lo galardonaron por sus méritos con las espuelas de caballero. Contaba diecisiete años. Tras armarse caballero, el príncipe no perdió el tiempo y se convirtió en jinete de dragones asimismo; ascendió al cielo por primera vez poco después de su regreso a Desembarco del Rey. Su montura fue el bermejo Caraxes, el más fiero de todos los jóvenes dragones de Pozo Dragón. Los guardianes de los dragones, que conocían mejor que nadie a los moradores del Pozo, lo llamaban el Guiverno Sanguíneo.

En otro lugar del reino, el año 72 también marcó el fin de una era para el Norte con el fallecimiento de Alaric Stark, señor de Invernalia. Los dos fuertes hijos de los que en tiempos se jactaba habían muerto antes que él, de modo que la sucesión recayó en su nieto Edric.

Doquiera que fuese y lo que quiera que hiciese el príncipe Aemon, el príncipe Baelon no andaba muy lejos, tal como observaron los satíricos de la corte. Tal certeza quedó demostrada en el año 73, cuando Baelon el Valeroso siguió los pasos de su hermano y entró en la orden de caballería. Aemon había ganado sus espuelas a los diecisiete años, de modo que Baelon debía lograrlo a los dieciséis, por lo que atravesó el Dominio hasta llegar a Roble Viejo, donde lord Oakheart festejaba el nacimiento de un hijo con siete jornadas de justas. Ataviado como caballero misterioso y bajo el sobrenombre de Bufón Plateado, el joven príncipe venció a lord Rowan, a ser Alyn Ashford, a los gemelos Fossoway y a ser Denys, el mismísimo heredero de lord Oakheart, antes de que lo derrotara ser Rickard Redwyne. Tras ayudarlo a ponerse en pie, ser Rickard lo desenmascaró, le hizo arrodillarse y lo armó caballero allí mismo.

El príncipe Baelon se quedó el tiempo justo para participar en el banquete de la noche, antes de regresar al galope a Desembarco del Rey, a fin de solicitar convertirse en jinete de dragón. Nadie le había hecho sombra jamás, de modo que ya hacía mucho que tenía escogida la dragona que deseaba montar y entonces la reclamó. La hembra Vhagar, a cuyo lomo no había subido nadie desde la muerte de la reina viuda Visenya, veintinueve años antes, extendió las alas, rugió y se volvió a alzar en los cielos transportando al Príncipe de la Primavera por la bahía del Aguasnegras hasta Rocadragón, para gran sorpresa de su hermano Aemon y de Caraxes.

«La Madre Divina me ha favorecido inmensamente bendiciéndome con tantos hijos, todos inteligentes y hermosos —declaró la reina Alysanne en el año 73, cuando se anunció que su hija Maegelle profesaría la Fe como novicia—. Es justo que le devuelva una». La princesa Maegelle tenía diez años y estaba deseosa de pronunciar los votos. Se decía que la niña, callada y estudiosa, leía La estrella de siete puntas todas las noches antes de dormir.

Apenas partía un hijo de la Fortaleza Roja cuando llegaba otro, ya que, al parecer, la Madre Divina aún no había acabado de bendecir a Alysanne Targaryen. En el año 73 alumbró a su undécimo vástago, un varón llamado Gaemon en honor a Gaemon el Glorioso, el más célebre de los señores Targaryen que habían regido Rocadragón antes de la Conquista. Esta vez, sin embargo, el niño fue prematuro. Nació tras un largo y dificultoso parto que dejó agotada a la reina e hizo temer por su vida a los maestres. Gaemon era escuálido, apenas de la mitad del tamaño de su hermano Vaegon cuando nació diez años antes. La reina acabó recuperándose, si bien es triste decir que el niño no. El príncipe Gaemon falleció pocos días después de empezar el nuevo año sin haber cumplido ni tres lunas.

Como siempre, la reina se tomó muy a pecho la pérdida del infante y se cuestionó si el príncipe Gaemon se habría malogrado por alguna falta suya. La septa Lyra, su confidente desde los tiempos de Rocadragón, le aseguró que carecía de culpa alguna. «El pequeño príncipe ya está con la Madre Divina —le dijo Lyra—, que lo cuidará mejor de lo que nosotros podríamos esperar aquí en este mundo de penares y dolores».

Esa no fue la única congoja que sufriría la casa Targaryen en el año 73. Bien se recordará que fue asimismo el año en que la reina Rhaena falleció en Harrenhal.

Hacia finales de año salió a luz una vergonzosa revelación que sorprendió tanto a la corte como a la ciudad. Se descubrió que el amigable y bienamado ser Lucamore Strong, de la Guardia Real, un favorito del pueblo, estaba casado en secreto pese a los votos pronunciados como Espada Blanca. Más grave si cabe, no había tomado una, sino tres esposas, todas ellas ignorantes de las demás, y había engendrado no menos de dieciséis hijos con las tres.

En el Lecho de Pulgas y a lo largo de la calle de la Seda, donde putas y proxenetas ejercían sus actividades, hombres y mujeres de baja cuna y más baja catadura moral se regocijaron maliciosamente por la caída de un caballero ungido, y bromeaban indecentemente sobre ser Lucamore el Lujurioso, como lo motejaban, si bien no se oyeron carcajadas en la Fortaleza Roja. Jaehaerys y Alysanne sentían gran cariño por Lucamore Strong, y los mortificó descubrir que los había tomado por necios.

Sus hermanos de la Guardia Real estaban más airados si cabe. Fue ser Ryam Redwyne quien denunció las transgresiones de ser Lucamore al lord comandante, quien a su vez se las reveló al monarca. En representación de sus hermanos juramentados, ser Gyles Morrigen declaró que Strong había deshonrado todo cuanto defendía y solicitó que lo condenaran a muerte.

Cuando lo arrastraron ante el Trono de Hierro, ser Lucamore cayó de hinojos, confesó su culpa y suplicó clemencia al rey. Jaehaerys muy bien podría haberse mostrado piadoso, pero el caballero descarriado cometió el funesto error de añadir «por el bien de mis esposas e hijos» a su ruego. Como observaría el septón Barth, tales palabras equivalían a arrojar sus crímenes al rostro del rey.

«Cuando me rebelé contra mi tío Maegor, dos de sus guardias reales cometieron defección para luchar en mi bando —respondió Jaehaerys—. Muy bien pudieron creer que conservarían sus albas capas cuando yo venciese, que quizá los honrase con señoríos y cargos más ilustres en la corte. Sin embargo, los mandé al Muro. No quería perjuros a mi alrededor, ni tampoco los quiero ahora. Ser Lucamore, pronunciasteis ante los dioses y los hombres el voto sagrado de defendernos a mí y a los míos con vuestra propia vida, obedecerme, luchar por mí y morir por mí, llegado el caso. También jurasteis no tomar mujer ni engendrar hijos, y observar castidad. Si pudisteis olvidaros del segundo voto tan fácilmente, ¿por qué voy a creer que cumpliríais el primero?».

Después habló la reina Alysanne, con estas palabras: «Os habéis mofado de vuestros juramentos como caballero de la Guardia Real, pero no han sido los únicos votos que habéis conculcado. Habéis deshonrado los votos matrimoniales asimismo, no una vez, sino tres. Ninguna de esas mujeres está legítimamente casada, de modo que esos hijos que veo detrás de vos son todos bastardos. Son los auténticos inocentes en este asunto. Vuestras esposas no conocían la existencia de las otras, me han dicho, pero todas ellas debían de saber que erais espada blanca, caballero de la Guardia Real. Por ello comparten vuestra culpa, así como el septón beodo que hallarais para casaros. Con ellos se puede ser misericordioso, pero con vos… No quiero teneros a mi vera».

No hubo más que decir. Mientras las esposas y los hijos del falsario caballero lloraban, maldecían o guardaban silencio, Jaehaerys ordenó que ser Lucamore fuera castrado, cargado de cadenas y enviado al Muro. «La Guardia de la Noche también os exigirá pronunciar sus votos —le advirtió su alteza—. Procurad cumplirlos, o lo próximo que perdáis será la cabeza».

Jaehaerys encomendó a su reina ocuparse de las tres familias. Alysanne decretó que los hijos de ser Lucamore podían ir con su padre al Muro si así lo deseaban, y los dos varones mayores decidieron acompañarlo. A las hembras las aceptarían como novicias de la Fe, si tal era su deseo, pero tan solo una escogió ese camino. Los otros hijos se quedaron con sus madres. La primera esposa, con sus hijos, pasó al cargo del hermano de Lucamore, Bywin, ascendido a señor de Harrenhal no hacía ni medio año. La segunda mujer y su progenie irían a Marcaderiva, al cuidado de Daemon Velaryon, Señor de las Mareas. La tercera, cuyos hijos eran los menores e incluso uno aún era de pecho, se desplazaría a Bastión de Tormentas, donde Garon Baratheon y el joven lord Boremund se cuidarían de su crianza. Ninguno podría volver a apellidarse Strong, según decretó la reina. Desde entonces llevarían apellidos de bastardos: Ríos, Mares y Tormenta. «Podéis agradecer ese don a vuestro padre, el vacuo caballero».

La vergüenza que atrajo Lucamore el Lujurioso sobre la Guardia Real y la Corona no fue la única dificultad con la que debieron lidiar Jaehaerys y Alysanne en el año 73. Hagamos una pausa y consideremos la irritante cuestión de sus hijos séptimo y octava, el príncipe Vaegon y la princesa Daella.

La reina Alysanne se enorgullecía enormemente de concertar buenos matrimonios, y había formalizado centenares de fructuosos enlaces para señores y damas de un confín a otro del reino, aunque nunca había afrontado tantas dificultades como cuando buscó pareja para sus cuatro hijos menores. La lucha la atormentaría durante años; le acarrearía infinitos conflictos con su progenie, sobre todo con sus hijas; la distanciaría del rey, y acabaría por causarle tan grandes dolor y pena que, durante un tiempo, consideró renunciar a su matrimonio para acabar sus días enclaustrada con las Hermanas Silenciosas.

Las frustraciones comenzaron con Vaegon y Daella. Tan solo separados por un año de edad, de niños parecían hechos el uno para el otro, y tanto el rey como la reina suponían que acabarían contrayendo matrimonio. Sus hermanos mayores Baelon y Alyssa eran inseparables, y ya se planeaba su casamiento. ¿Por qué no Vaegon y Daella también? «Sé tierno con tu hermanita —dijo el rey Jaehaerys al príncipe a los cinco años—. Algún día será tu Alysanne».

Sin embargo, cuando crecieron quedó bien claro que no eran tan idealmente compatibles. No había cariño entre ellos, como veía claramente la reina. Vaegon toleraba la presencia de su hermana, aunque jamás la buscaba. Daella parecía atemorizada por su seco y libresco hermano, que prefería la lectura a los juegos. El príncipe consideraba estúpida a la princesa; ella lo veía malévolo. «Tan solo son niños —dijo Jaehaerys cuando Alysanne le hizo reparar en el problema—. Serán más cariñosos entre sí con el tiempo». Jamás fue así. En todo caso, tan solo se intensificó su recíproca antipatía.

La cuestión llegó a su punto crítico en el año 73. El príncipe Vaegon tenía diez años, y la princesa Daella, nueve, cuando una dama de compañía de la reina, nueva en la Fortaleza Roja, les preguntó en tono de broma cuándo se iban a casar. Vaegon reaccionó como si lo hubieran abofeteado. «Jamás me casaría con ella —dijo el joven delante de media corte—. Apenas sabe leer. Deberían dar con un señor necesitado de hijos mentecatos, que son los únicos que tendría de ella».

La princesa Daella, como cabía esperar, prorrumpió en llanto y huyó del salón, seguida a toda prisa por su madre. Recayó en su hermana Alyssa, tres años mayor que Vaegon a sus trece, verterle una jarra de vino por cabeza. Ni siquiera eso hizo arrepentirse al príncipe. «Desperdicias dorado vino del Rejo», fue cuanto dijo antes de salir del salón para cambiarse de ropa.

Evidentemente, concluyeron después el rey y la reina, tenían que dar con otra esposa para Vaegon. Pensaron brevemente en sus hijas menores. La princesa Saera tenía seis años en el 73; la princesa Viserra, solo dos.

—Vaegon nunca ha mirado dos veces a ninguna de ellas —dijo Alysanne al soberano—. Ni siquiera estoy segura de que sea consciente de su existencia. Quizá si algún maestre escribiera sobre ellas en un libro…

—Diré al gran maestre Elysar que comience mañana mismo —bromeó el rey. Luego añadió—: Solo tiene diez años. No ve a las chicas, no más de lo que ellas lo ven a él, pero eso cambiará bien pronto. Es bastante apuesto, y príncipe de Poniente, tercero en la línea de sucesión del Trono de Hierro. Dentro de unos años, las doncellas revolotearán en torno a él como mariposas y se sonrojarán si se digna mirarlas.

La reina no estaba del todo convencida. «Apuesto» era, tal vez, un adjetivo en exceso generoso para el príncipe Vaegon, que tenía el pelo de oro y plata y los ojos violeta de los Targaryen, pero era luengo de rostro y de hombros caídos ya a los diez años, con un gesto de amargura en la boca que hacía sospechar que acababa de chupar un limón. Quizá, por ser su madre, su alteza estuviera ciega a tales defectos, pero no a su naturaleza. «Temo por cualquier mariposa que revolotee alrededor de Vaegon. Es muy posible que la aplaste bajo un libro».

«Se pasa demasiado tiempo en la biblioteca —dijo Jaehaerys—. Voy a hablar con Baelon para que lo saque al patio y le ponga una espada en la mano y un escudo en el brazo. Eso lo enderezará».

El gran maestre Elysar nos dice que su alteza, en efecto, conversó con el príncipe Baelon, quien, obedientemente, tomó a su hermano bajo su ala, salió con él al patio de armas, y le puso una espada en la mano y un escudo en el brazo. No le encajaron bien. Vaegon lo detestaba. Era un luchador lamentable y tenía un don para hacer padecer a cuantos lo rodeaban, incluso a Baelon el Valeroso.

Baelon persistió durante un año debido a la insistencia del rey. «Cuanto más se ejercita, peor aspecto tiene», confesó el Príncipe de la Primavera. Un día, tal vez con ánimo de espolear a Vaegon para esforzarse más, llevó a su hermana Alyssa al patio con una brillante cota de malla masculina. La princesa no había olvidado el incidente del vino dorado del Rejo. Riendo y chanceándose, danzó en derredor de su hermano y lo humilló medio centenar de veces, mientras la princesa Daella observaba desde un ventanal. Avergonzado por demás, Vaegon arrojó la espada de madera y huyó del patio para no regresar nunca.

Ya volveremos a hablar del príncipe Vaegon y su hermana Daella a su debido tiempo, pero ahora reparemos en un dichoso acontecimiento. En el año 74 después de la Conquista de Aegon, el rey Jaehaerys y la reina Alysanne fueron bendecidos de nuevo por los dioses cuando lady Jocelyn, la esposa del príncipe Aemon, les presentó a su primer nieto. La princesa Rhaenys nació el séptimo día de la séptima luna del año, lo cual, según los septones, era un felicísimo augurio. Grande y fiera, tenía el pelo negro de su madre Baratheon y los ojos violeta claro de su padre Targaryen. Como primogénita del príncipe de Rocadragón, muchos la consideraron la siguiente en la línea de sucesión al Trono de Hierro tras su padre. Cuando la reina Alysanne la tomó en brazos por vez primera, se oyó que llamaba a la niñita «nuestra futura reina».

En lo tocante a la paternidad, como en casi todo lo demás, Baelon el Valeroso no quedó muy a la zaga de su hermano. En el año 75, la Fortaleza Roja fue el escenario de otros espléndidos esponsales, ya que el Príncipe de la Primavera tomó por esposa a su hermana menor, la princesa Alyssa. La novia tenía quince años; el novio, dieciocho. A diferencia de sus padres, Baelon y Alyssa no aguardaron para consumar su unión. El encamamiento que siguió a su banquete nupcial fue objeto de chistes procaces durante los días venideros, ya que los gritos de placer de la joven desposada se oyeron incluso desde el Valle Oscuro, al decir de las gentes. Una doncella más recatada se habría mostrado avergonzada, pero Alyssa Targaryen era una moza más grosera que cualquier tabernera de Desembarco del Rey, como ella misma era aficionada a jactarse. «Lo monté y lo llevé de paseo —alardeaba a la mañana siguiente del encamamiento—, y pienso repetir esta noche. Me encanta montar».

No iba a ser su valeroso príncipe la única montura de la princesa aquel mismo año. Como sus hermanos antes que ella, Alyssa deseaba subir a lomos de un dragón, y cuanto antes, mejor. Aemon había volado a los diecisiete años; Baelon, a los dieciséis, y Alyssa estaba decidida a empezar a los quince. Según relatan los Guardianes de los Dragones, hicieron cuanto pudieron por disuadirla de escoger a Balerion. «Es viejo y lento, princesa —tuvieron que decirle—. Seguramente deseéis una montura más veloz». Al final la convencieron, y ascendió a los cielos a lomos de Meleys, una espléndida hembra de color escarlata jamás montada. «Vírgenes ambas —se vanaglorió la princesa riendo—, pero ahora ya nos han montado».

La princesa raramente se alejaba de Pozo Dragón desde aquel día. Volar era su segunda actividad favorita, según decía a quienes quisieran escucharla, y la primera no podía mencionarse en compañía de damas. Los Guardianes de los Dragones no se equivocaban: Meleys era el dragón más rápido que hubiera conocido Poniente, ya que adelantaba con facilidad a Caraxes y a Vhagar cuando los hermanos volaban juntos.

Entretanto, las dificultades con Vaegon persistían, lo cual suponía una gran frustración para la reina. El soberano no andaba errado del todo en lo tocante a las mariposas. Al ir pasando los años y madurar Vaegon, las doncellas de la corte empezaron a dedicarle cierta atención. La edad, y ciertas incómodas discusiones con su padre y sus hermanos, habían enseñado al príncipe los rudimentos de la cortesía, de modo que no aplastó a joven alguna, lo cual alivió a la reina, pero tampoco se fijó especialmente en ninguna. Los libros seguían siendo su única pasión: historia, cartografía, matemáticas, lenguas… El gran maestre Elysar, jamás esclavo de la corrección, confesó haber entregado al príncipe un volumen de miniaturas eróticas, pensando tal vez que las ilustraciones de doncellas desnudas en coyunda, ya con hombres, ya con bestias y entre sí, podrían avivar el interés de Vaegon por los encantos del bello sexo. El príncipe conservó el códice, pero no mostró cambio de comportamiento alguno.

Fue en el decimoquinto día del nombre del príncipe Vaegon, en el año 78, uno antes de alcanzar la hombría, cuando Jaehaerys y Alysanne plantearon la solución evidente al gran maestre: «¿Opináis que quizá Vaegon pueda tener madera de maestre?».

«No —replicó Elysar con sequedad—. ¿Lo veis instruyendo al hijo de algún señor, enseñándolo a leer y escribir o a hacer sencillas sumas? ¿Tiene algún cuervo en su cámara, o cualquier tipo de ave? ¿Lo imagináis amputando la pierna machucada de un hombre o trayendo al mundo a un niño? Todo ello se requiere para ser maestre. —Hizo una pausa y continuó—: Vaegon no sirve para maestre, pero muy bien podría tener madera de archimaestre. La Ciudadela es el mayor depósito de saber de todo el mundo conocido. Enviadlo allí. Puede que se encuentre a sí mismo en la biblioteca. O eso, o se pierde tanto entre los tratados que jamás deberéis volver a inquietaros por él».

Sus palabras cayeron en suelo abonado. Tres días después, el rey Jaehaerys convocó al príncipe Vaegon a sus aposentos para comunicarle que se embarcaría hacia Antigua al cabo de una quincena. «La Ciudadela te acogerá —le dijo—. De ti depende determinar tu devenir». El príncipe respondió secamente, tal era su costumbre: «Sí, padre, bien». Después, Jaehaerys dijo a la reina que casi le había parecido ver sonreír a Vaegon.

El príncipe Baelon no había dejado de sonreír desde su casamiento. Cuando no estaban por las alturas, Baelon y Alyssa pasaban juntos tantas horas como podían, la mayor parte en su cámara. El príncipe Baelon era un joven lascivo, ya que esos mismos gritos de placer que habían resonado en los salones de la Fortaleza Roja durante su encamamiento se oyeron muchísimas otras noches en los años venideros. Muy pronto se produjo el tan esperado resultado, y Alyssa Targaryen quedó encinta. En el 77 d. C. dio a su valeroso príncipe un hijo al que llamaron Viserys. El septón Barth describió al niño como «un chico grandón y agradable que se reía más que ningún bebé que hubiera visto jamás, y tragaba con tal voracidad que dejó seca a su ama de cría». Contra toda razón, su madre lo envolvió en ropajes, se lo amarró al pecho y voló con él a lomos de Meleys cuando contaba tan solo nueve días. Después afirmó que Viserys había reído durante todo el vuelo.

Gestar y parir será motivo de regocijo para una joven de diecisiete años, como la princesa Alyssa, pero muy distinto es para una mujer de cuarenta, como su madre, la reina Alysanne. Por tanto, la dicha llegó empañada cuando su alteza descubrió que estaba grávida de nuevo. El príncipe Valerion nació en el año 77, tras otro complicado alumbramiento que mantuvo a Alysanne encamada durante medio año. Como su hermano Gaemon cuatro años antes, era un rorro pequeño y enfermizo, y jamás medró. Media docena de amas de cría iban y venían sin lograr fruto alguno. En el año 78 murió Valerion, quince días antes de su primer día del nombre. La reina asumió su fallecimiento con resignación. «Tengo cuarenta y dos años —dijo al rey—. Deberás contentarte con los hijos que ya te he dado. Ahora estoy más dotada para ser abuela que madre, me temo».

El rey Jaehaerys no compartía tal certeza. «Nuestra madre, la reina Alyssa, tenía cuarenta y seis años cuando dio a luz a Jocelyn —señaló al gran maestre Elysar—. Puede que los dioses no nos hayan abandonado».

No se equivocaba. Al año siguiente, el gran maestre informó a la reina Alysanne de que estaba encinta de nuevo, para su sorpresa y desmayo. La princesa Gael nació en el 80, cuando la reina tenía cuarenta y cuatro años. La llamaron la Hija del Invierno por la estación de su alumbramiento (y porque la reina estaba en el invierno de sus años fértiles, a decir de algunos), y era pequeña, pálida y frágil, pero el gran maestre estaba decidido a impedir que sufriese el sino de sus hermanos Gaemon y Valerion. Y así fue. Con la ayuda de la septa Lyra, que velaba por la pequeña día y noche, Elysar sacó adelante a la princesa durante un difícil primer año, hasta que al fin pareció que sobreviviría. Cuando alcanzó su primer día del nombre, sana si no fuerte, la reina Alysanne dio gracias a los dioses.

Estaba agradecida también aquel año por haber concertado al fin un matrimonio para su octava hija, la princesa Daella. Con Vaegon ya colocado, Daella era la siguiente de la lista, pero la llorosa princesa suponía un problema bien distinto. «Mi pequeña flor» era como la reina la llamaba. Como la propia Alysanne, Daella era pequeña (de puntillas medía siete palmos y medio), y tenía un aspecto infantil que provocaba que cuantos la veían la creyesen más joven. A diferencia de Alysanne, era delicada asimismo en modos en que la reina jamás lo había sido. Su madre no había conocido el miedo; Daella siempre parecía asustada. Tenía un gatito al que adoraba hasta que la arañó; luego ya no quiso arrimarse a un gato jamás. Los dragones la aterraban, incluso Ala de Plata. La más leve regañina la hacía prorrumpir en llantos. Una vez, en los salones de la Fortaleza Roja, Daella se topó con un príncipe de las Islas del Verano con su capa emplumada y gritó de terror: la piel negra hizo que lo tomara por un demonio.

Por muy crueles que hubieran sido las palabras de su hermano Vaegon, había cierta verdad en ellas. Daella no era inteligente; incluso su septa tenía que reconocerlo. Aprendió a leer al cabo de bastante tiempo, si bien titubeante y sin comprender los textos por completo. No parecía capaz de aprender de memoria ni las oraciones más sencillas. Tenía una voz melodiosa, pero le daba miedo cantar y siempre se equivocaba con la letra. Le encantaban las flores, pero le daban miedo los jardines porque en una ocasión había estado a punto de picarla una abeja.

Jaehaerys, aún más que Alysanne, estaba desesperado con ella. «Ni quiere hablar con un mozo. ¿Cómo se va a casar? Podríamos encomendarla a la Fe, pero no se sabe los rezos y su septa dice que llora cuando le pide que lea en voz alta La estrella de siete puntas». La reina siempre acudía en su defensa. «Daella es dulce, amable y gentil. Tiene un corazón tierno. Dame tiempo y hallaré con un señor que la quiera. No todos los Targaryen necesitan blandir la espada ni ser jinetes de dragón».

En los años que siguieron a su primera floración, Daella Targaryen atrajo las miradas de muchos jóvenes señores, como cabía esperar. Era hija de un monarca, y la edad la había vuelto si cabe más hermosa. Su madre se afanaba también moviendo los hilos de todo modo posible para concertarle un matrimonio adecuado.

Cuando Daella tenía trece años la enviaron a Marcaderiva a conocer a Corlys Velaryon, el nieto del Señor de las Mareas. El joven, diez años mayor y futura Serpiente Marina, ya era un célebre marino y capitán de navío. Pero Daella se mareó al cruzar la bahía del Aguasnegras, y a su regreso se quejó de que «a él le gustaban más sus barcos que yo». (En eso no erraba).

A los catorce años frecuentaba la compañía de Denys Swann, Simon Staunton, Gerold Templeton y Ellard Crane, todos prometedores escuderos de su misma edad, pero Staunton trató de hacerle tomar vino y Crane la besó en los labios sin permiso, por lo que se echó a sollozar. Hacia el final de año, Daella había decidido que los odiaba a todos.

A los quince, su madre la llevó por las Tierras de los Ríos hasta el Árbol de los Cuervos (en una casa rodante, ya que a Daella le daban miedo los caballos), donde lord Blackwood agasajó lujosamente a la reina mientras su hijo cortejaba a la princesa. Alto, elegante, cortés y dotado de labia, Royce Blackwood era un arquero diestro, buen espadachín y un trovador que derretía el corazón de Daella con baladas de su propia composición. Durante un breve período pareció que los jóvenes podían llegar a prometerse, e incluso la reina Alysanne y lord Blackwood empezaron a planear el casamiento. Todo se derrumbó al enterarse Daella de que los Blackwood todavía adoraban a los antiguos dioses, por lo que debería pronunciar sus votos ante un arciano. «No creen en los dioses —dijo a su madre horrorizada—. Iría al infierno de cabeza».

Su decimosexto día del nombre se aproximaba ya, y con él, el final de su niñez. La reina Alysanne estaba a punto de perder la calma y el rey ya había extraviado su paciencia. En el primer día del año 80 desde la Conquista de Aegon, dijo a la reina que quería que Daella se casara antes de concluir el año.

—Si lo desea, puedo ponerle delante un centenar de hombres desnudos en fila, y que escoja al que más le plazca. Me gustaría que se casase con un señor, pero si prefiere a un caballero andante, a un mercader o a Pate el Porquero, a mí ya me da lo mismo mientras escoja a alguno.

—Un centenar de hombres desnudos la asustaría —repuso Alysanne, sin muchas ganas de bromas.

—Un centenar de patos desnudos la asustaría —replicó el monarca.

—¿Y si no quiere casarse? —preguntó la reina—. Maegelle dice que la Fe no admite a ninguna joven que no sepa leer las oraciones.

—Aún nos quedan las Hermanas Silenciosas —dijo Jaehaerys—. ¿Hasta tal punto vamos a llegar? Debes encontrarle a alguien. Un varón gentil, como ella. Un hombre amable que jamás le alce la voz ni la mano, que le hable con cariño y le diga que es preciosa y, sobre todo, que la proteja… contra dragones, caballos, abejas, gatitos, chicos con forúnculos y todo cuanto teme.

—Haré lo que pueda —prometió la reina Alysanne.

Al final no hicieron falta cien hombres, ni desnudos ni vestidos. La reina expuso a Daella la orden del rey delicada pero firmemente, y le ofreció escoger entre tres pretendientes, todos ellos deseosos de su mano. Pate el Porquero no se contaba entre ellos, debería señalarse. Los tres varones que había seleccionado Alysanne eran grandes señores o hijos de grandes señores. Se casara con quien se casara, Daella gozaría de riqueza y posición.

Boremund Baratheon era el más impresionante de los candidatos. Al filo de los 28 años, el señor de Bastión de Tormentas era la viva imagen de su padre, fibroso y fortísimo, con una risa explosiva, una luenga barba negra y una espesa mata de cabello negro. Como hijo de lord Rogar y la reina Alyssa, era hermano materno de Alysanne y Jaehaerys. Además, Daella conocía a su hermana Jocelyn de sus años en la corte y le tenía cariño, lo cual se pensaba que lo favorecía.

Ser Tymond Lannister era el pretendiente más rico, heredero de Roca Casterly y de todo su oro. Con veinte años, era el de edad más pareja a la de Daella y se consideraba uno de los hombres mejor parecidos del reino. Ágil y delgado, con un largo mostacho dorado y el pelo del mismo tono, siempre iba ataviado de seda y raso. La princesa estaría bien protegida en Roca Casterly, ya que no había alcázar más inexpugnable en todo Poniente. Sin embargo, el contrapunto del oro y la belleza de los Lannister era la reputación de ser Tymond: era por demás aficionado a las faldas, se decía, y aún más al vino.

El último de los tres, y el menos importante a ojos de muchos, era Rodrik Arryn, señor del Nido de Águilas y Protector del Valle. Era señor desde la edad de diez años, un punto a su favor. Durante los veinte últimos años había servido en el consejo privado como lord Justicia Mayor y consejero de los edictos, y en ese tiempo se había convertido en una figura conocida en la corte y un leal amigo de los monarcas. En el Valle había sido un señor apto, firme pero justo, afable, generoso, querido tanto por los plebeyos como por sus señores banderizos, y por añadidura se había establecido bien en Desembarco del Rey. Su sensatez, su sapiencia y su buen humor se consideraban una gran baza para el consejo.

No obstante, lord Arryn era el mayor de los tres pretendientes, ya que a sus treinta y seis años era veinte mayor que la princesa, y además, era padre de cuatro hijos tenidos con su difunta primera esposa.

«Rechoncho, calvo y barrigudo, Arryn no era el hombre soñado de la mayoría de las doncellas —según reconoció la reina Alysanne—, pero es, como solicitaste, un hombre amable y gentil que dice haber amado a nuestra niñita durante años. Sé que la protegerá».

Ante el asombro de todas las mujeres de la corte, salvo, tal vez, de la reina, la princesa Daella escogió a lord Rodrik como esposo. «Parece bueno y sabio, como padre —dijo a la reina Alysanne—, ¡y tiene cuatro hijos! ¡Voy a ser su madre!». De lo que su alteza pensó de aquel estallido no queda constancia alguna. La relación del gran maestre Elysar de aquella jornada tan solo reza: «Dioses, sednos magnánimos».

No estarían prometidos mucho tiempo. Tal como deseaba el rey, la princesa Daella y lord Rodrik se casaron antes de acabar el año. Se celebró una ceremonia recogida en el septo de Rocadragón, a la que tan solo asistieron los más íntimos amigos y familiares. Las multitudes incomodaban desesperadamente a la princesa. Tampoco hubo encamamiento. «Ah, jamás podría soportarlo, me moriría de vergüenza», dijo a su futuro marido, y este accedió a sus deseos.

Después, lord Arryn se llevó a la princesa al Nido de Águilas. «Mis hijos necesitan conocer a su nueva madre, y quiero mostrar el Valle a Daella. La vida es más lenta allí, y más tranquila. Le va a gustar. Os lo juro, alteza, estará a salvo y será feliz».

Y lo fue, durante un tiempo. La mayor de los cuatro hijos tenidos por lord Rodrik con su primera esposa era Elys, tres años mayor que su madrastra. Chocaron desde el principio. Sin embargo, Daella estimaba a los tres hijos menores, y ellos parecían adorarla a su vez. Lord Rodrik, fiel a su palabra, fue un amable y amantísimo marido que jamás dejó de mimar y proteger a su esposa, a quien llamaba «mi preciosa princesa». Las misivas que Daella remitía a su madre, casi todas escritas por Amanda, la hija menor de lord Rodrik, hablaban de cuán feliz era, lo hermoso que era el Valle, cuánto quería a los encantadores hijos del señor y con qué amabilidad la trataba todo el mundo en el Nido de Águilas.

El príncipe Aemon celebró su vigesimosexto día del nombre en el año 81, y había demostrado ser más que diestro tanto en la paz como en la guerra. Como aparente heredero del Trono de Hierro, se pensó que era deseable que asumiera un papel más eminente en la gobernación del reino, dentro del consejo real. Por tanto, el rey Jaehaerys nombró al príncipe Justicia Mayor y consejero de los edictos, en sustitución de Rodrik Arryn.

«Las leyes te las dejo a ti, hermano —declaró el príncipe Baelon mientras brindaba por el nombramiento de Aemon—. Yo pronto haré hijos». Y eso fue lo que hizo, pues ese mismo año, la princesa Alyssa dio a su Príncipe de la Primavera un segundo vástago, que recibió el nombre de Daemon. Su madre, irreprimible como siempre, se lo llevó a volar a lomos de Meleys a la quincena de su nacimiento, tal como había hecho con su hermano Viserys.

En el Valle, sin embargo, a su hermana Daella no le iba ni de lejos tan bien. Al cabo de año y medio de matrimonio, llegó por cuervo un mensaje muy distinto a la Fortaleza Roja. Era bien breve, escrito por la propia e insegura mano de Daella: «Estoy grávida. Madre, por favor, ven. Tengo miedo».

La reina Alysanne temió también en cuanto leyó tales palabras. Montó en Ala de Plata en pocos días y voló con prontitud al Valle; hizo escala en Puerto Gaviota antes de proseguir hacia las Puertas de la Luna y luego ascender hacia el Nido de Águilas. Corría el año 82, y su alteza llegó tres lunas antes de que Daella saliera de cuentas.

Aunque la princesa recibió con alegría la visita de su madre y se disculpó por enviar tan «mema» carta, su miedo era palpable. «Prorrumpe en llantos por el motivo más nimio y, a veces, sin el menor», le dijo lord Rodrik. Su hija Elys, desdeñosa, dijo a su alteza: «Se diría que es la primera mujer que va a parir», pero Alysanne estaba inquieta. Daella era muy delicada y se encontraba en avanzado estado de gestación. «Es muy pequeña para una barriga tan grande —escribió al rey—. Yo también tendría miedo en su lugar».

La reina Alysanne estuvo al lado de la princesa el resto de su confinamiento, sentada a su cabecera; le leía por las noches para dormirla y consolaba su llanto. «Todo irá bien —le dijo un centenar de veces—. Será una niña, ya lo verás. Una hija. Lo sé. Todo irá bien».

Acertaba a medias. Aemma Arryn, hija de lord Rodrik y la princesa Daella, llegó al mundo con quince días de adelanto tras un parto largo y penoso. «Me duele —gritó la princesa durante media noche—. Me duele muchísimo». Pero se dice que sonrió cuando le pusieron a su hija sobre el pecho.

Sin embargo, estaba muy lejos de ir todo bien. La fiebre puerperal atacó a la princesa Daella poco después del alumbramiento. Aunque deseaba con desesperación amamantar a su hija, no le subía la leche, conque se mandó a buscar un ama de cría. Cuando le aumentó la fiebre, el maestre le prohibió incluso tener en brazos al retoño, lo cual la hizo prorrumpir en lloros. Sollozó hasta quedarse dormida, pero en sueños pateó salvajemente y se retorció, ya que la fiebre le subió aún más. Por la mañana había fallecido. Contaba dieciocho años de edad.

Lord Rodrik lloró también, y pidió permiso a la reina para inhumar a su preciosa princesa en el Valle, aunque Alysanne se negó. «Era de la sangre del dragón. La incineraremos y sus cenizas se enterrarán en Rocadragón, junto a las de su hermana Daenerys».

La muerte de Daella partió el corazón a la reina, pero rememorándola ahora, es palpable que también fue el primer indicio del abismo que se abriría entre su rey y ella. Los dioses nos tienen en sus manos, y la vida y la muerte son suyas para dárnoslas o quitárnoslas, si bien los hombres, llevados por el orgullo, buscan a quienes culpar. Alysanne Targaryen, en su dolor, se culpó a sí misma, a lord Arryn y al maestre del Nido de Águilas por el fallecimiento de su hija. Pero, sobre todo, culpaba a Jaehaerys; por haber insistido tanto en el casamiento de Daella, en que escogiese a quien fuera antes de fin de año… ¿Qué mal le habría hecho seguir siendo niña un año, dos o diez más? «No era bastante mayor ni fuerte para alumbrar —dijo a su alteza al regresar a Desembarco del Rey—. No deberíamos haberle impuesto el matrimonio».

No nos queda constancia de la réplica regia.

El año 83 después de la Conquista de Aegon se recuerda como el de la Cuarta Guerra Dorniense, más conocida entre la plebe como la Locura del Príncipe Morion o la guerra de las Cien Candelas. El viejo príncipe de Dorne había muerto, y su hijo, Morion Martell, lo había sucedido en Lanza del Sol. El príncipe Morion, un joven tan temerario como necio, llevaba ya tiempo resentido por la cobardía de su padre durante la guerra de Lord Rogar, cuando caballeros de los Siete Reinos marcharon a las Montañas Rojas sin que nadie los importunara, mientras las huestes dornienses se quedaban en casa y abandonaban al Rey Buitre a su suerte. Decidido a vengar tal afrenta contra el honor dorniense, planeaba invadir los Siete Reinos.

Aunque sabía que Dorne no tenía esperanzas de prevalecer contra el poderío que el Trono de Hierro podía esgrimir contra él, el príncipe Morion pensó que podría pillar desprevenido al rey Jaehaerys y conquistar las Tierras de la Tormenta hasta Bastión de Tormentas o, al menos, hasta el cabo de la Ira. En lugar de acometer desde el paso del Príncipe, decidió arribar por mar. Reuniría sus huestes en Colina Fantasma y Tor, las embarcaría y atravesaría el mar de Dorne para sorprender a los tormenteños. Si lo derrotaban o lo rechazaban, que así fuera…, pero antes de partir juró quemar cien poblaciones y saquear un centenar de castillos para que los tormenteños se enterasen de que jamás podrían volver a marchar sobre las Montañas Rojas impunemente. (Lo descabellado de tal plan ya se puede observar en el hecho de que no hay cien poblaciones ni cien castillos en el cabo de la Ira, ni siquiera un tercio de tal cifra).

Dorne carecía de fuerza naval desde que Nymeria incendió sus diez mil naves, pero el príncipe Morion sí que tenía oro, y halló aliados bien dispuestos en los piratas de los Peldaños de Piedra, los barcos mercenarios de Myr y los corsarios de la Costa de la Guindilla. Aunque pasó casi un año, llegaron los últimos barcos, y el príncipe y sus lanceros embarcaron. Morion había crecido con las narraciones sobre las pasadas glorias dornienses y, como muchos jóvenes señores de Dorne, había visto en Sotoinferno los huesos de Meraxes, calcinados por el sol. Todos los navíos de su flota estaban dotados de arqueros y equipados con enormes escorpiones como los que habían derribado a Meraxes. Si los Targaryen osaban mandarle dragones, llenaría el aire de proyectiles y los derribaría a todos.

No se puede pasar por alto la demencia de los planes del príncipe Morion. Sus esperanzas de sorprender al Trono de Hierro eran risibles, para empezar. No solo Jaehaerys tenía espías en el seno de la corte de Morion y amigos entre los más avisados de los señores dornienses, sino que ni los piratas de los Peldaños de Piedra ni la tripulación de los barcos mercenarios de Myr ni los corsarios de la Costa de la Guindilla eran famosos por su discreción. Bastó con que unas pocas monedas cambiaran de manos. Cuando zarpó Morion, el rey ya llevaba medio año al tanto del ataque.

Boremund Baratheon, señor de Bastión de Tormentas, también estaba alertado, y aguardaba en el cabo de la Ira para ofrecer un caluroso recibimiento a los dornienses cuando arribaran a la costa. No tendría ocasión: Jaehaerys Targaryen, con sus hijos Aemon y Baelon, esperaba también, y cuando la flota de Morion cruzaba el mar de Dorne, los dragones Vermithor, Caraxes y Vhagar cayeron sobre ellos desde las nubes. Resonaron gritos y los dornienses llenaron el aire de dardos de escorpión, pero disparar a un dragón es una cosa, y matarlo, otra muy distinta. Unos cuantos proyectiles apenas rozaron las escamas de los dragones y uno atravesó un ala a Vhagar, pero ninguno halló partes vulnerables mientras los dragones descendían en picado y maniobraban entre grandes llamaradas. Una por una, las naves sucumbieron al fuegodragón. Cuando se ocultó el sol, aún estaban ardiendo «como un centenar de candelas flotando en la mar». Los cadáveres quemados llegaron a las orillas del cabo de la Ira durante medio año, pero ni un solo dorniense vivo holló las Tierras de la Tormenta.

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