Fuego y sangre
El largo reinado: Jaehaerys y Alysanne: Política, progenie y dolor
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La Cuarta Guerra Dorniense se libró y se ganó en una sola jornada. Los piratas de los Peldaños de Piedra, los mercenarios de Myr y los corsarios de la Costa de la Guindilla dieron menos quebraderos de cabeza durante un tiempo, y Mara Martell se convirtió en princesa de Dorne. Al regresar a Desembarco del Rey, el rey Jaehaerys y sus hijos recibieron una bienvenida fervorosísima. Ni siquiera Aegon el Conquistador había ganado una guerra sin perder un solo hombre.
El príncipe Baelon tenía otro motivo de celebración: su esposa, Alyssa, estaba encinta de nuevo. Esta vez, según dijo a su hermano Aemon, rezaba por tener una niña.
La princesa Alyssa se volvió a encamar en el año 84. Tras un largo y difícil alumbramiento, dio al príncipe Baelon un tercer hijo a quien llamaron Aegon, como el Conquistador. «Me llaman Baelon el Valeroso —dijo el príncipe a su esposa junto al lecho—, pero tú eres mucho más valerosa que yo. Preferiría librar una docena de batallas a pasar por lo que acabas de hacer». Alyssa se rio de él. «Tú estás hecho para la batalla, y yo, para esto. Con Viserys, Daemon y Aegon ya van tres. En cuanto me ponga bien, haremos otro. Quiero darte veinte hijos. ¡Un ejército propio!».
No iba a ser así. Alyssa Targaryen tenía un corazón de guerrero en un cuerpo de mujer, y le fallaron las fuerzas. No llegó a recuperarse totalmente del parto de Aegon, y murió ese mismo año a sus escasos veinticuatro. Tampoco la sobrevivió mucho tiempo el príncipe Aegon. Pereció medio año después, poco antes de su primer día del nombre. Aunque destrozado por la pérdida, Baelon se solazó con Viserys y Daemon, los dos fuertes hijos que le habían quedado, y jamás dejó de honrar la memoria de su dulce señora de la nariz quebrada y los ojos disparejos.
Ahora me temo que debemos prestar atención a uno de los capítulos más turbadores y desagradables del largo reinado del rey Jaehaerys y la reina Alysanne: el asunto de su noveno vástago, la princesa Saera.
Nacida en el 67, tres años después que Daella, Saera tenía todo el valor del que carecía su hermana, así como un voraz apetito… por la leche, la comida, el afecto, las alabanzas.
En la cuna no es que llorase: berreaba, y sus chillidos ensordecedores se convirtieron en el terror de toda doncella de la Fortaleza Roja. «Quiere lo que quiere y lo quiere ya —escribió el gran maestre Elysar sobre la princesa en el año 69, cuando tan solo tenía dos años—. Que los Siete nos asistan cuando sea mayor. Más vale que los guardianes encierren a todos los dragones». Ni se imaginaba cuán proféticas resultarían ser tales palabras.
El septón Barth fue más reflexivo al observar a la princesa a la edad de doce años, en el 79. «Es la hija del rey y lo sabe bien. Los sirvientes la proveen de cuanto necesita, si bien no siempre a la velocidad que ella quiere. Grandes señores y apuestos caballeros le demuestran toda cortesía; las damas de la corte ceden a su autoridad; las niñas de su edad se pelean por ser sus amigas. Todo esto, Saera lo da por descontado. Si fuera la primogénita del rey o, mejor aún, su unigénita, estaría harto satisfecha. Sin embargo, es la novena nacida, con seis hermanos vivos mayores y, si cabe, más adorados. Aemon va a ser rey; Baelon, seguramente, será su Mano; Alyssa podría ser todo lo que su madre y más; Vaegon es más culto que ella; Maegelle es más piadosa, y Daella… ¿Cuándo pasa un día en que Daella no necesite consuelo? Y mientras la alivian, a Saera no le hacen caso. Es una criatura tan fiera, dicen, que no necesita consuelo. Se equivocan en eso, me temo. No hay nadie que no lo requiera».
Se había considerado a Aerea Targaryen díscola y caprichosa, dada a la desobediencia, pero al lado de la princesa Saera parecía un modelo de decoro. La frontera entre las chanzas inocentes, las trastadas gratuitas y los actos de malicia no siempre queda clara para alguien tan joven, pero no cabe duda de que la princesa la cruzaba alegremente. Siempre andaba metiendo gatos en la cámara de su hermana Daella, sabedora de que le daban mucho miedo. Una vez le llenó el orinal de abejas. A los diez años se coló en la Torre de la Espada Blanca, robó todas las capas blancas que encontró y las tiñó de rosa. A los siete aprendió cuándo y cómo robar en las cocinas tartas, empanadas y toda suerte de golosinas. Antes de los once robaba ya vino y cerveza. A los doce era habitual que llegase bebida cuando se la convocaba en el septo para la oración.
Tom Nabo, el bufón medio lelo del rey, era víctima de muchas de sus bromas y cómplice ignorante de otras. Una vez, antes de un gran banquete al que asistirían multitud de señores y damas, convenció a Tom de que sería mucho más divertido que actuase desnudo. No fue bien recibido. Más adelante, y más cruelmente, le dijo que si trepaba al Trono de Hierro, sería rey, pero el bufón era más bien torpe y propenso a los temblores, y el trono le hizo jirones piernas y brazos. «Es una niña maligna», dijo de ella su septa a raíz de aquello. La princesa Saera tenía media docena de septas y otras tantas camareras antes de cumplir los trece años.
No quiere esto decir que la princesa careciese de virtudes. Sus maestres afirmaban que era sumamente inteligente, tanto como su hermano Vaegon, a su manera. Era, desde luego, guapa, más alta que su hermana Daella y ni la mitad de delicada, y tan fuerte, vivaz y animosa como su hermana Alyssa. Cuando se proponía ser encantadora, costaba resistirse. Sus hermanos mayores, Aemon y Baelon, no dejaban de divertirse con sus «travesuras», aunque nunca supieron de las peores, y mucho antes de llegar a la mitad de su desarrollo, ya dominaba el arte de sacar cuanto deseara a su padre: un gatito, un perro de caza, un poni, un halcón, un caballo. (Jaehaerys trazó una firme línea ante el elefante). Sin embargo, la reina Alysanne tenía menos tragaderas, y el septón Barth nos dice que Saera disgustaba a todas sus hermanas en mayor o menor medida.
La floración le sentó bien, y fue entonces cuando empezó a ser ella misma. Después de lo que habían sufrido con Daella, los reyes debieron de sentirse aliviados al ver lo aficionada que era Saera a los jóvenes de la corte, y ellos a ella. A los catorce años dijo al rey que quería casarse con el príncipe de Dorne, o quizá con el Rey-más-allá-del-Muro, para poder ser reina, «como madre». Aquel año llegó a la corte un comerciante de las Islas del Verano. En lugar de espantarse ante su vista, como Daella, Saera declaró que le gustaría casarse también con él.
A los quince ya había arrumbado tan pueriles fantasías. ¿Por qué soñar con monarcas distantes pudiendo tener todos los escuderos, caballeros y futuros señores que le pluguiera? Docenas la cortejaron, pero pronto tres resultaron ser los favoritos: Jonah Mooton era el heredero de Poza de la Doncella; Roy Connington el Rojo, de quince años, era el hijo del señor del Nido del Grifo, y Braxton Beesbury, apodado Aguijón, era un caballero de diecinueve años, el mejor lancero del Rejo y el heredero de Colmenar. La princesa tenía favoritas también: Perianne Moore y Alys Turnberry, dos doncellas de su edad, que se convirtieron en sus más queridas amigas. Saera las llamaba «la Bella Peri» y «Dulcemora». Durante más de un año, las tres damiselas y los tres caballeretes fueron inseparables y asistieron a todos los convites y bailes. Cazaban y practicaban la cetrería juntos también, y una vez atravesaron la bahía del Aguasnegras hasta Rocadragón. Cuando los tres señores cabalgaban en el picadero o cruzaban espadas en los patios de armas, las tres doncellas estaban allí presentes para animarlos.
El rey Jaehaerys, que siempre estaba agasajando a señores de visita o a enviados de allende el mar Angosto, sentado en el consejo o planificando más carreteras, estaba complacido. No tendrían que rastrear todo el reino en busca de pareja para Saera teniendo a mano a tres jóvenes tan prometedores. La reina Alysanne estaba menos convencida. «Saera es inteligente, pero no sabia», dijo al soberano. Lady Perianne y lady Alys eran unas necias guapas, insulsas y hueras por lo que había visto, mientras que Connington y Mooton eran unos petimetres. «Y no me gusta nada el tal Aguijón. Me he enterado de que tuvo un bastardo en el Rejo y otro aquí, en Desembarco del Rey».
Jaehaerys siguió despreocupado. «No es que Saera esté nunca sola con ninguno. Siempre tienen gente cerca: criados, doncellas, lacayos y hombres de armas. ¿Qué travesura pueden perpetrar con tantos ojos a su alrededor?».
No le gustó la respuesta cuando llegó.
Una de las bromas pesadas de Saera fue su perdición. Una templada noche primaveral del año 84, los gritos procedentes de un burdel llamado La Perla Azul atrajeron a dos hombres de la Guardia de la Ciudad. Tales chillidos los profería Tom Nabo, que corría en círculos, dando tumbos, tratando en vano de escapar de media docena de putas desnudas, mientras los clientes se reían con ganas y jaleaban a las rameras. Jonah Mooton, Roy Connington el Rojo y Aguijón se encontraban entre la parroquia, cada uno más beodo que el anterior. Les había parecido que sería divertido ver al pobre Nabo en acción, según reconoció Roy el Rojo. Luego, Jonah Mooton se rio y dijo que la chanza la había concebido Saera, y que era una chica muy divertida.
Los guardias rescataron al malhadado bufón y lo escoltaron a la Fortaleza Roja. A los tres señoritos los condujeron ante ser Robert Redwyne, comandante de la Guardia de la Ciudad, quien los envió al rey haciendo caso omiso de las amenazas de Aguijón y del torpe intento de Connington de sobornarlo.
«Nunca es agradable sajar un forúnculo —escribió el gran maestre Elysar sobre la cuestión—. Nunca se sabe cuánto pus va a salir ni lo mal que va a oler». El pus que había salido de La Perla Azul apestaba, sin duda alguna.
Los tres señores borrachos se habían serenado un poco cuando el rey se encaró con ellos desde lo alto del Trono de Hierro, y trataron de fingir entereza. Confesaron haber secuestrado a Tom Nabo y haberlo llevado a La Perla Azul. Ninguno dijo una sola palabra de la princesa Saera. Cuando su alteza ordenó a Mooton repetir lo que había dicho sobre ella, se puso colorado, balbuceó y afirmó que los guardias lo habían oído mal. Jaehaerys acabó ordenando que se llevasen a los tres a las mazmorras. «Que duerman la mona en una celda negra esta noche y quizá mañana narren una historia muy diferente».
Fue la reina Alysanne, sabedora de lo íntimas que eran de los tres señores lady Perianne y lady Alys, quien sugirió que las interrogaran también. «Déjame hablar con ellas, mi rey. Si te ven contemplándolas desde el trono, jamás dirán ni una palabra».
Ya era tarde, y sus guardias hallaron a ambas jóvenes dormidas, compartiendo lecho en la cámara de lady Perianne. La reina las hizo comparecer ante ella y les comunicó que sus tres imberbes estaban en los calabozos, y que si no querían ir a hacerles compañía debían relatarle la verdad. Era cuanto necesitaba decir. Alys Dulcemora y la Bella Peri se atropellaban en su afán de confesar primero. Al poco tiempo ya estaban sollozando e impetrando perdón. La reina Alysanne dejó que rogasen sin decir una sola palabra. Escuchó, como siempre había hecho ante un centenar de cortesanas. Su alteza sabía escuchar.
—Fue solo un juego al principio —dijo la Bella Peri—. Saera enseñaba a Alys a besar, y le pedí que me enseñara también. Los chicos se adiestran en el combate todas las mañanas; ¿por qué no nos vamos a adiestrar nosotras en los besos? Es lo que deben hacer las chicas, ¿verdad?
—Nos gustaban los besos —dijo Alys Turnberry tras darle la razón—, y una noche empezamos a besarnos sin ropa, y nos dio miedo pero nos excitó. Nos turnábamos haciéndonos pasar por chicos. No queríamos cometer maldades; tan solo jugábamos. Entonces Saera me retó a besar a un chico de verdad, y yo reté a Peri a hacer lo propio, y ambas retamos a Saera, pero dijo que haría algo mejor: besar a un hombre adulto, a un caballero. Así fue como empezó todo con Roy, Jonah y Aguijón.
Lady Perianne intervino entonces y dijo que después fue Aguijón quien las adiestró a todas.
—Tiene dos bastardos —añadió en un susurro—. Uno en el Rejo y otro aquí mismo, en la calle de la Seda. Su madre es una puta de La Perla Azul.
Esa fue la única mención de La Perla Azul. «Ninguna meretriz sabía lo más mínimo del pobrecillo Tom Nabo, por irónico que sea —escribiría después el gran maestre Elysar—, pero sabían mucho de otras cuestiones, ninguna de las cuales era culpa suya».
—¿Y dónde estaban vuestras septas a todo esto? —preguntó la reina tras escucharlas—. ¿Y vuestras doncellas? ¿Y los señores que deberían haberlo presenciado? ¿Dónde estaban sus criados, sus hombres de armas, sus escuderos y servidores?
Lady Perianne se quedó desconcertada ante tal pregunta.
—Les dijimos que esperasen —respondió con el tono de quien explica que el sol sale por el este—. Son sirvientes; hacen cuanto se les ordena. Los que lo sabían guardaron el secreto; Aguijón les dijo que les cortaría la lengua si hablaban. Y Saera es más lista que las septas.
Fue entonces cuando Dulcemora se derrumbó y se puso a rasgarse el camisón. Lo sentía muchísimo, dijo a la reina; que jamás había querido obrar mal; que Aguijón la obligó y que Saera la llamó cobarde, así que les demostró que no era así, pero había quedado encinta y no sabía quién era el padre, y qué iba a hacer ahora.
—Cuanto puedes hacer por esta noche es acostarte —le dijo la reina Alysanne—. Mañana por la mañana te enviaremos a una septa y podrás confesar tus pecados. La Madre te perdonará.
—Pero mi madre no —dijo Alys Turnberry, aunque hizo lo que se le ordenaba. Lady Perianne ayudó a su llorosa amiga a volver a su alcoba.
Cuando la reina le dijo cuanto había averiguado, el rey Jaehaerys no daba crédito a sus oídos. Envió guardias, y una sucesión de escuderos, criados y doncellas fueron arrastrados ante el Trono de Hierro para su interrogatorio. Muchos acabaron en las mazmorras con sus amos, una vez oídas sus respuestas. Ya alboreaba cuando encerraron al último. Entonces, el rey mandó llamar a la princesa Saera.
La princesa seguramente supo que algo marchaba mal cuando el lord comandante de la Guardia Real y el comandante de la Guardia de la Ciudad se presentaron juntos para escoltarla al salón del trono. Jamás era bueno que el rey recibiera sentado en el Trono de Hierro. El gran salón estaba casi desierto cuando la condujeron a él. Tan solo el gran maestre Elysar y el septón Barth asistían como testigos. Hablaban en nombre de la Ciudadela y del Septo Estrellado, y el rey sintió necesidad de su guía, pero aquel día había cosas que decir que sus otros señores no tenían por qué conocer.
Muchas veces se dice que la Fortaleza Roja no tiene secretos, que hay ratas en las paredes que lo oyen todo y susurran a los oídos de los durmientes por las noches. Puede que así sea, porque cuando la princesa Saera compareció ante su padre parecía saber cuanto había pasado en La Perla Azul y no sentir la más mínima vergüenza.
—Yo se lo sugerí, pero jamás pensé que lo harían —dijo con desparpajo—. Debió de resultar gracioso ver a Nabo bailando con las rameras.
—No para Tom —dijo el rey Jaehaerys desde el Trono de Hierro.
—Es un bufón —respondió la princesa Saera, encogiéndose de hombros—. Los bufones están para reírse de ellos, ¿qué tiene de malo? A Nabo le encanta que se rían de él.
—Fue una chanza cruel —dijo la reina Alysanne—, pero ahora hay problemas que me inquietan más aún. He hablado con tus… damas. ¿Estás al tanto de que Alys Turnberry se encuentra en estado?
Fue entonces cuando la princesa comprendió que no la habían llamado para que respondiera por el asunto de Nabo, sino por pecados más vergonzosos. Durante un momento se quedó sin habla, pero tan solo durante un momento. Luego dio un respingo y dijo:
—¿Mi Dulcemora? ¿De verdad? ¿Ella…? Oh, pero ¿qué ha hecho? Ay, mi dulce necia… —Si debemos dar crédito al testimonio del septón Barth, una lágrima le corrió por la mejilla. Pero su madre no se conmovió.
—Sabes perfectamente lo que ha hecho. Lo que habéis hecho todos. Vas a contarme toda la verdad, niña.
Cuando la princesa miró a su padre, no halló apoyo en él.
—Miéntenos de nuevo y te irá bastante peor —dijo el rey Jaehaerys—. Tus tres señores están en los calabozos, deberías saberlo, y lo que digas ahora decidirá dónde duermes esta noche.
Saera se vino abajo entonces y las palabras se atropellaron en su prisa, un manantial que la dejó casi sin aliento. «Pasó de la negación al rechazo, de los melindres a la contrición, de la acusación a la justificación y el desafío en el espacio de una hora, con paradas para emitir risitas y gimotear a lo largo de todo ello —escribiría el septón Barth—. No había hecho nada, mentían, no había pasado, ¿cómo se lo podían creer?, tan solo era un juego, una mera broma, ¿quién lo había dicho?, no fue lo que pasó, a todos les gustaba besar, lo sentía, empezó Peri, era muy divertido, no hacía mal a nadie, nadie le había dicho que besar fuera malo, Dulcemora la había retado, le daba muchísima vergüenza, Baelon besaba a Alyssa a todas horas, en cuanto empezó ya no supo parar, le daba miedo Aguijón, la Madre Divina la había perdonado, todas las jóvenes lo hacían, la primera vez estaba ebria, jamás lo había querido, era lo que querían los hombres, Maegelle decía que los dioses perdonaban todos los pecados, Jonah decía que la amaba, los dioses la habían hecho bella, no tenía la culpa, sería buena en adelante, sería como si nada hubiera pasado, se casaría con Roy Connington el Rojo, tenían que perdonarla, jamás volvería a besar a un hombre ni a hacer nada de todo lo demás, no era ella quien estaba encinta, ella era su hija, su niñita, nada menos que una princesa, si fuera reina haría lo que se le antojara, ¿por qué no la querían creer?, nunca la habían querido, los odiaba, podían azotarla si lo deseaban, pero jamás sería su esclava… Me dejó estupefacto esa chiquilla. Jamás ha habido un comediante en estas tierras que haya ofrecido una actuación semejante, pero al final se quedó agotada y temerosa, y se le cayó la máscara».
—¿Qué has hecho? —dijo el rey cuando al fin la princesa se quedó sin palabras—. Los Siete nos asistan, pero ¿qué has hecho? ¿Has entregado a uno de esos mozos tu doncellez? Dime la verdad.
—¿Verdad? —escupió Saera. Fue en aquel momento, con aquella palabra, cuando salió a la luz el desdén—. No. Se la entregué a los tres. Todos creen haber sido el primero. Los chicos son muy necios.
Jaehaerys estaba tan horrorizado que ni podía hablar, pero la reina conservó la compostura.
—Estás muy orgullosa, ya veo. Una mujer adulta, y de casi diecisiete años. Seguro que crees haber sido muy lista, pero una cosa es ser lista y otra muy distinta es ser sabia. ¿Qué te imaginas que pasará ahora, Saera?
—Me casaré —dijo la princesa—. ¿Por qué no? Tú te casaste a mi edad. Contraeré matrimonio y me encamaré, pero ¿con quién? Tanto Jonah como Roy me aman; podría tomar a uno de ellos, pero son muy pueriles. Aguijón no me ama, pero me hace reír y, a veces, gritar. Podría casarme con los tres, ¿por qué no? ¿Por qué debo tener tan solo un esposo? El Conquistador tuvo dos esposas, y Maegor, seis u ocho.
Se había excedido. Jaehaerys ya había oído bastante; se puso en pie y bajó del Trono de Hierro con el rostro airado.
—¿Te comparas con Maegor, nada menos? ¿Aspiras a ser como él? Lleváosla a su cámara —dijo a sus guardias—, y que se quede allí hasta que la mande llamar.
Cuando la princesa oyó aquellas palabras, corrió hacia él gritando: «¡Padre, padre!», pero Jaehaerys le volvió la espalda, y Gyles Morrigen la cogió por un brazo y se la llevó. No quiso marcharse de buen grado, de modo que los guardias se vieron obligados a sacarla a rastras del salón del trono gimiendo, sollozando y llamando a su padre.
«Aun entonces —nos dice el septón Barth—, la princesa Saera habría conseguido que la perdonaran y habría recuperado su favor de haber obedecido, de haberse quedado sumisa en su alcoba reflexionando sobre sus pecados e implorando perdón». Jaehaerys y Alysanne se reunieron al día siguiente con Barth y el gran maestre Elysar para debatir qué se haría de los seis transgresores, en especial de la princesa. El rey estaba airado y se mostraba inflexible, ya que estaba sumamente avergonzado y no podía olvidar las burlonas palabras de Saera acerca de las esposas de su tío. «Ya no es mi hija», dijo en más de una ocasión.
La reina Alysanne, no obstante, no logró ponerse tan dura. «Es nuestra hija —dijo al rey—. Tenemos que castigarla, sí, pero aún es una niña, y donde hay pecado puede haber redención. Mi señor, mi amor, tú te reconciliaste con los señores que lucharon en el bando de tu tío; perdonaste a los hombres del Septón Luna; te pusiste a bien con la Fe y con lord Rogar cuando trató de separarnos y sentar a Aerea en tu trono; seguramente puedas dar con el modo de reconciliarte con tu propia hija».
Las palabras de su alteza fueron suaves y gentiles, y Jaehaerys se conmovió, nos dice el septón Barth. Alysanne era terca y persistente, y tenía maña para que el rey acabara aceptando su punto de vista por más en desacuerdo que estuvieran. Con el tiempo, también lograría suavizar su postura en lo tocante a Saera.
No dispuso de ese tiempo. Aquella misma noche, la princesa Saera selló su destino. En lugar de quedarse en su alcoba como le habían ordenado, se escabulló durante una visita al escusado, se hizo con la ropa de una lavandera, robó un caballo de los establos y escapó del alcázar. Atravesó media ciudad y llegó hasta la Colina de Rhaenys, pero cuando trataba de entrar en Pozo Dragón, la descubrieron y capturaron los Guardianes de los Dragones, que la devolvieron a la Fortaleza Roja.
Alysanne lloró al enterarse, porque sabía que su causa carecía ya de toda esperanza. Jaehaerys era duro cual pedernal. «Saera con un dragón —fue cuanto tuvo que decir—. ¿Se habría llevado a Balerion también?». En esta ocasión, la princesa no recibió permiso para regresar a su cámara. La confinaron en una celda de un torreón, con Jonquil Darke guardándola día y noche, incluso en las letrinas.
Se concertaron apresurados casamientos para sus hermanas en el pecado. Perianne Moore, que no estaba embarazada, se casó con Jonah Mooton. «Desempeñaste un papel en su ruina; puedes participar en su redención», dijo el rey al caballerete. El matrimonio resultó ser un éxito, y con el tiempo, ambos se convirtieron en el señor y la señora de Poza de la Doncella. Alys Turnberry, que sí esperaba un hijo, dio más quebraderos de cabeza, ya que Roy Connington el Rojo rehusó casarse con ella. «Me niego a fingir que el bastardo de Aguijón es hijo mío y no pienso nombrarlo heredero del Nido del Grifo», dijo al rey, desafiante. Así pues, enviaron a Dulcemora al Valle a dar a luz (una niña de encendido pelo rojo) en una casa madre de la isla de Puerto Gaviota, adonde muchos señores enviaban a sus hijas naturales para su crianza. Después acabó casándose con Dunstan Pryor, señor de Guijarro, una isla cercana a los Dedos.
Dieron a elegir a Connington entre pasarse la vida en la Guardia de la Noche y diez años de exilio. No fue de extrañar que escogiese lo segundo. Atravesó el mar Angosto hasta Pentos y, de allí, pasó a Myr, donde anduvo con mercenarios y otras malas compañías. Tan solo medio año antes de regresar a Poniente, murió acuchillado por una meretriz en un garito myriense.
La penalidad más severa quedó reservada para Braxton Beesbury, el joven y altivo caballero apodado Aguijón.
—Podría castrarte y enviarte al Muro —le dijo Jaehaerys—. Así fue como traté a ser Lucamore, y era mejor hombre que tú. Podría incautarme de las tierras y el castillo de tu padre, pero no habría justicia en ello, ya que él no tuvo nada que ver con lo que perpetraste, y tampoco tus hermanos. No obstante, no podemos permitir que difundas hablillas sobre mi hija, de modo que te rebanaremos la lengua. Y la nariz asimismo, yo creo, para que ya no te resulte tan sencillo embaucar a damiselas incautas. Te precias en exceso de tu dominio de la espada y la lanza, de modo que te las arrebataremos también. Te quebraremos piernas y brazos, y mis maestres procurarán que sanen torcidos. Vivirás tullido el resto de tu mísera vida. A no ser…
—¿A no ser? —Beesbury estaba blanco como la cal—. ¿Hay elección?
—Todo caballero acusado de un desafuero tiene elección —le recordó el rey—. Puedes demostrar tu inocencia a riesgo de tu cuerpo.
—Escojo, pues, el juicio por combate. —A decir de todos, Aguijón era un joven arrogante seguro de su habilidad con las armas. Contempló a los siete guardias reales que estaban tras el Trono de Hierro, con sus largas capas blancas y sus relucientes cotas de malla, y dijo—: ¿Con cuál de esos viejos deseáis que me bata?
—Con este —anunció Jaehaerys Targaryen—. Aquel a cuya hija sedujiste y mancillaste.
Se reunieron al día siguiente al amanecer. El heredero de Colmenar tenía diecinueve años; el rey, cuarenta y nueve, pero aún estaba muy lejos de ser viejo. Beesbury se armó con un mangual, pensando tal vez que Jaehaerys estaría menos acostumbrado a defenderse contra esa arma. El rey empuñaba a Fuegoscuro. Ambos estaban bien acorazados y portaban escudo. Cuando empezó el combate, Aguijón acometió con brío al soberano, tratando de vencerlo con la presteza y la pujanza de la juventud, haciendo girar, danzar y cantar la bola erizada de púas. Sin embargo, Jaehaerys recibía los golpes con el escudo, contentándose con defenderse mientras el joven se agotaba. Pronto llegó el momento en que Braxton Beesbury apenas podía alzar el brazo; entonces, el rey pasó a la ofensiva. Ni la mejor cota de malla puede contra el acero valyrio, y Jaehaerys sabía dónde estaba cada punto flaco. Aguijón sangraba por media docena de heridas cuando al fin cayó. Jaehaerys le apartó el machacado escudo de una patada, le alzó la visera del yelmo, le puso la punta de Fuegoscuro contra el ojo y la hendió profundamente.
La reina Alysanne no asistió al duelo, alegando que no podía soportar la idea de ver morir a su esposo. La princesa Saera lo contempló desde la ventana de su celda.
Jonquil Darke, su carcelera, se ocupó de que no apartase la vista.
Una quincena después, Jaehaerys y Alysanne consagraban a otra hija a la Fe. La princesa Saera, que aún no había cumplido los diecisiete años, partió de Desembarco del Rey camino de Antigua, donde su hermana, la septa Maegelle, se encargaría de su instrucción. Sería novicia, según se anunció, de las Hermanas Silenciosas.
El septón Barth, que conocía los pensamientos del rey mejor que la mayoría, sostendría más adelante que la sentencia se dictó como lección. Nadie, y desde luego no su padre, podía confundir a Saera con su hermana Maegelle. Jamás sería septa, y mucho menos hermana silenciosa, pero requería un castigo, y se pensó que unos cuantos años de oración silente, severa disciplina y contemplación le sentarían bien y la encaminarían en la vía de la redención.
Sin embargo, no era ese un sendero que Saera Targaryen deseara recorrer. Soportó el silencio, los baños fríos, los hábitos bastos y su picazón, las comidas privadas de carne. Se sometió a raparse la cabeza y restregarse con un cepillo de crines, y cuando era desobediente se entregaba también al bastón. Todo esto lo padeció… durante año y medio, pero cuando surgió la ocasión, en el 85, la aprovechó para huir de la casa madre en plena noche y fue a los muelles. Cuando una hermana mayor se la encontró en su huida, Saera la empujó por la escalera y saltó sobre ella para ganar la puerta.
Cuando la noticia de su evasión llegó a Desembarco del Rey, se supuso que estaría oculta en Antigua, pero los hombres de lord Hightower registraron la ciudad puerta por puerta y no hallaron rastro alguno. Entonces se pensó que quizá hubiera regresado a la Fortaleza Roja a impetrar el perdón de su padre. Como tampoco se presentó allí, el rey se preguntó si no habría huido con sus antiguos amigos, de modo que dijeron a Jonah Mooton y a su esposa, Perianne, que estuviesen al tanto en Poza de la Doncella. La verdad no se supo hasta un año después, cuando la antigua princesa fue vista en un jardín de placer de Lys, aún ataviada de novicia. La reina Alysanne lloró al oírlo. «Han convertido a nuestra hija en ramera», dijo. «Siempre lo ha sido», replicó el rey.
Jaehaerys celebró su quincuagésimo día del nombre en el 84 d. C. Los años se habían cebado en él, y quienes lo conocían bien decían que jamás volvió a ser el mismo después de la desgracia y el abandono de su hija. Había adelgazado mucho; estaba casi esquelético, y había más blanco que dorado en sus barbas, así como en sus cabellos. Los hombres empezaban a llamarlo «el Viejo Rey» en lugar de «el Conciliador». Alysanne, afectada por tantas pérdidas sufridas, se retiró más y más del gobierno del reino y raramente acudía a las reuniones del consejo, aunque Jaehaerys aún contaba con su fiel septón Barth y con sus hijos. «De haber otra guerra —les dijo a ambos—, deberéis librarla vosotros. Yo tengo que terminar mis carreteras».
«Se le daban mejor las carreteras que las hijas», escribiría más adelante el gran maestre Elysar, con su acostumbrado tono punzante.
En el 86, la reina Alysanne anunció el compromiso de su hija Viserra, de quince años de edad, con Theomore Manderly, el fiero y anciano señor de Puerto Blanco. El casamiento sería grandemente provechoso para la unidad del reino, al unir una de las grandes casas del Norte al Trono de Hierro, según declaró el rey. Lord Theomore se había ganado un gran renombre como guerrero en su juventud, y había demostrado ser un señor capaz bajo cuyo gobierno Puerto Blanco había prosperado enormemente. La reina Alysanne lo tenía en gran aprecio y recordaba la calurosa bienvenida que le había deparado durante su primera visita al Norte.
Pero había sobrevivido a cuatro esposas, y aunque aún era un luchador intrépido, había engordado mucho, lo cual dificultó recomendárselo a la princesa Viserra, que tenía pensada otra clase de hombre. Ya desde pequeña había sido la más hermosa de las hijas de la reina. Grandes señores, afamados caballeros y jovenzuelos imberbes la había cortejado durante toda su vida, alimentando su vanidad hasta que se convirtió en un fuego desatado. Su gran placer en la vida era enfrentar a un joven con otro, incitándolos a llevar a cabo absurdos concursos y competiciones. Para ganarse su favor en una justa, hacía que los escuderos admiradores nadasen por el río Aguasnegras, escalaran la Torre de la Mano o liberaran a todos los cuervos mensajeros. Una vez llevó a seis mozos a Pozo Dragón y les dijo que entregaría su virtud a quien metiera la cabeza entre las fauces de un dragón, si bien los dioses fueron magnánimos aquel día y los Guardianes de los Dragones pusieron fin a tal locura.
Ningún escudero ganaría jamás a Viserra, la reina Alysanne lo sabía; ni su corazón ni, desde luego, su virginidad. Era demasiado astuta para transitar el mismo camino que su hermana Saera. «No le interesan los juegos de besos ni los chicos —dijo la reina a Jaehaerys—. Juega con ellos como antes con sus cachorrillos, pero no yacería con uno de ellos más que con un perro. Apunta mucho más alto, nuestra Viserra. He visto el modo en que se acicala y se pavonea cuando está con Baelon. Ese es el marido que anhela, y no por amor. Desea ser reina».
El príncipe Baelon tenía catorce años más que Viserra, veintinueve frente a quince, si bien caballeros más ancianos se habían casado con doncellas más jóvenes, como bien sabía. Habían pasado dos años desde la muerte de la princesa Alyssa, pero Baelon no había mostrado el menor interés por las mujeres. «Se casó con una hermana, ¿por qué no con otra? —decía Viserra a su más íntima amiga, la cabeza hueca de Beatrice Butterwell—. Soy muchísimo más bella que Alyssa, ya la viste. Tenía la nariz quebrada».
Si la princesa estaba empeñada en casarse con su hermano, la reina estaba igualmente decidida a impedirlo. Su respuesta fueron lord Manderly y Puerto Blanco. «Theomore es un buen hombre —dijo Alysanne a su hija—, un hombre sabio de amable corazón y buena cabeza sobre los hombros. Su pueblo lo adora».
La princesa no quedó persuadida. «Si tanto te gusta, madre, cásate tú con él», le dijo antes de correr a su padre para quejarse. Jaehaerys no le ofreció solaz alguno. «Es un buen partido», le dijo antes de explicarle la importancia de aproximar el Norte al Trono de Hierro, y añadió que, en todo caso, los matrimonios eran el dominio de la reina. Él jamás interfería en tales asuntos.
Frustrada, Viserra recurrió a continuación a su hermano Baelon con esperanzas de rescate, si debemos hacer caso a las hablillas cortesanas. Una noche dio esquinazo a los guardias y se coló en su cámara, se desnudó y lo aguardó, dando cuenta del vino que allí había. Cuando al fin apareció el príncipe, la halló bebida y desnuda en su lecho y la expulsó. La princesa se tambaleaba tanto que requirió la ayuda de dos doncellas y un caballero de la Guardia Real para regresar sana y salva a sus aposentos.
Cómo acabaría por resolverse la batalla de voluntades entre la reina Alysanne y su testaruda hija de quince años, jamás se sabrá. Poco después del incidente de la alcoba de Baelon, mientras la reina concertaba la partida de Viserra de Desembarco del Rey, la princesa intercambió los ropajes con una doncella, a fin de huir de los guardias que le habían asignado para evitar que cometiera travesuras, y se escapó de la Fortaleza Roja para lo que denominó «una última noche de risas antes de irme a congelarme».
Sus acompañantes eran todos hombres, dos señores de escasa importancia y cuatro caballeretes, todos verdes como la hierba primaveral y anhelantes de los favores de Viserra. Uno de ellos se había ofrecido a mostrarle barrios de la ciudad que jamás había visto: los tenderetes de calderos y los reñideros de ratas del Lecho de Pulgas; las posadas que jalonaban el callejón de la Anguila y el Río, donde las taberneras bailaban sobre las mesas; los lupanares de la calle de la Seda. Cerveza, hidromiel y vino corrieron durante toda la velada, y Viserra los libó con ansia.
Al dar la medianoche, la princesa y los compañeros que le quedaban, pues varios caballeros estaban ya embotados por los licores, decidieron regresar al alcázar echando una carrera. Se siguió una frenética competición por las calles de la urbe. Los desembarqueños se apartaban a toda prisa para evitar que los arrollaran. Las risotadas resonaban a través de la noche y cundía la animación hasta que la cuadrilla alcanzó la Colina Alta de Aegon, donde el palafrén de Viserra colisionó con el de uno de sus compañeros de farra. La yegua del caballero tropezó y se quebró una pata. La princesa se cayó de la silla, fue a dar de cabeza contra un muro y se fracturó el cuello.
Era la hora del lobo, el momento más oscuro de la noche, cuando recayó sobre ser Ryam Redwyne, de la Guardia Real, el cometido de despertar a los soberanos de su sueño para comunicarles que habían hallado muerta a su hija en un callejón, al pie de la Colina Alta de Aegon.
Pese a sus diferencias, la pérdida de la princesa Viserra destrozó a la reina. En un período de cinco años, los dioses le habían arrebatado tres hijas: Daella en el 82 d. C., Alyssa en el 84 d. C. y Viserra en el 87 d. C. El príncipe Baelon quedó también enormemente disgustado, y llegó a plantearse que aquello no habría ocurrido de haber hablado a su hermana de un modo menos brusco la noche en que la encontró en cueros en su cama. Aunque Aemon y él sirvieron de consuelo a los reyes en su momento de aflicción, junto con lady Jocelyn, esposa de Aemon, y su hija Rhaenys, Alysanne buscó solaz en sus hijas supervivientes.
Maegelle, de veinticinco años de edad y septa, pidió venia para abandonar el septo y pasar con su madre el resto del año, y la princesa Gael, una dulce y tímida niña de siete años, se convirtió en la sombra constante y el apoyo de la soberana, con quien llegó a compartir lecho por las noches. La reina cobró fuerzas gracias a su presencia, pero aun así, cada vez pensaba más y más en la hija que ya no estaba con ella. Aunque Jaehaerys se lo había prohibido, Alysanne desobedeció su edicto y envió agentes secretos a vigilar a su hija descarriada allende el mar Angosto. Saera seguía en Lys, supo por sus informes, en el jardín de placer. A sus escasos veinte años, acostumbraba entretener a sus admiradores ataviada aún con los hábitos de novicia de la Fe. Evidentemente, había bastantes lysenos que hallaban placer en jugar a forzar a jóvenes inocentes que habían abrazado el voto de castidad, por más que tal inocencia fuera fingida.
El pesar por la pérdida de la princesa Viserra condujo al fin a la reina a hablar de Saera con Jaehaerys. Acudió acompañada del septón Barth para que se explayara sobre las virtudes del perdón y las propiedades sanadoras del tiempo. Cuando Barth acabó su perorata, la reina mencionó por primera vez a Saera.
—Por favor —suplicó al rey—, ya es hora de traerla a casa. Ya ha sufrido bastante castigo, seguramente. Es nuestra hija.
—Es una puta lysena —replicó Jaehaerys, sin conmoverse—. Se abrió de piernas a la mitad de mi corte, arrojó a una anciana por las escaleras y trató de robar un dragón. ¿Qué más necesitas? ¿Has reparado en cómo lograría arribar a Lys? No tenía ni una sola moneda. ¿Cómo te crees que se pagó el pasaje?
La reina se encogió ante la dureza de sus palabras, pero ni aun así se rindió.
—Si no te traes a Saera a casa por amor a ella, tráetela por amor a mí. La necesito.
—La necesitas tanto como un dorniense necesita un nido de víboras. Lo siento. En Desembarco del Rey ya hay suficientes putas. No deseo volver a oír su nombre. —Dicho esto, se levantó para marcharse, pero al llegar a la puerta se detuvo y se volvió—. Llevamos juntos desde que éramos niños. Te conozco tan bien como tú a mí. Ahora mismo estás pensando que no necesitas mi venia para traerla a casa, que puedes tomar a Ala de Plata y volar a Lys por tu cuenta. ¿Qué harías entonces? ¿Visitarla en su jardín de placer? ¿Te imaginas que se arrojará a tus brazos y te implorará perdón? Es más posible que te abofetee. ¿Y qué harán los lysenos si tratas de arrebatarles a una de sus meretrices? Tiene gran valor para ellos. ¿Cuánto te crees que cuesta yacer con una princesa Targaryen? En el mejor de los casos, te exigirán un rescate; en el peor, decidirán quedarse también contigo. ¿Qué harás entonces? ¿Gritar a Ala de Plata que reduzca a cenizas la ciudad? ¿Me harías enviar a Aemon y Baelon con un ejército, a ver si pueden rescatarla? La quieres, sí, te entiendo, la necesitas, pero ¿ella te necesita a ti? ¿O a mí? ¿O a Poniente? Está muerta. Entiérrala.
La reina Alysanne no voló a Lys, pero tampoco acabó de perdonar al rey por las palabras pronunciadas aquel día. Ya llevaba un tiempo concibiéndose un plan para que, al año siguiente, ambos regresaran a las Tierras del Oeste tras una ausencia de veinte años. Poco después de sus roces, la reina informó a su marido de que debería ir solo. Ella regresaría a Rocadragón, en soledad, para llorar a sus hijas.
Y así fue como Jaehaerys Targaryen voló a Roca Casterly y a otras grandes sedes del oeste en solitario en el año 88. En esta ocasión visitó incluso Isla Bella, ya que el despreciado lord Franklyn yacía en su sepulcro sin suponer peligro alguno. Pasó fuera más tiempo del que había pensado; tenía obras de calzadas que inspeccionar, de modo que acabó haciendo escalas imprevistas en pueblos y castillos, para deleite de muchos señores menores y caballeros terratenientes. El príncipe Aemon se reunió con él en ciertos alcázares; el príncipe Baelon, en otros, pero ninguno logró persuadirlo para regresar a la Fortaleza Roja. «Hacía demasiado tiempo que no veía mi reino ni escuchaba a mi pueblo —les dijo su alteza—. Desembarco del Rey está a salvo en vuestras manos y las de vuestra madre».
Cuando al fin dejó de abusar de la hospitalidad de los occidentales, no volvió a Desembarco del Rey, sino que se fue derecho al Rejo, volando a lomos de Vermithor desde Refugio Quebrado hasta Roble Viejo para emprender una nueva gira aun antes de haber concluido la primera. Para entonces ya se echaba en falta a la reina, y su alteza se encontraba en muchas ocasiones sentado junto a una doncella espigada o una atractiva viuda en los banquetes, o cabalgaba a su lado practicando la cetrería o cazando, aunque no se fijaba en ellas. En Bandallon, cuando la hija menor de lord Blackbar tuvo la osadía de sentarse en su regazo y darle una uva en la boca, le apartó la mano y dijo: «Disculpad, pero tengo una reina y no me placen los devaneos».
El monarca se pasó de viaje todo el 89 d. C. En Altojardín estuvo un tiempo con su nieta, la princesa Rhaenys, que voló a su encuentro a lomos de Meleys, la Reina Roja. Juntos visitaron las islas Escudo. El rey jamás las había pisado, y procuró aterrizar en las cuatro. Fue en el Escudo Verde, en la mansión de lord Chester, donde la princesa Rhaenys le contó sus planes de matrimonio y recibió su bendición. «No podrías haber escogido mejor varón», le dijo.
Sus viajes acabaron en Antigua, donde visitó a su hija, la septa Maegelle, lo bendijo el Septón Supremo, participó en un banquete en el Cónclave y gozó de un torneo celebrado en su honor por lord Hightower. Ser Ryam Redwyne volvió a resultar vencedor.
Los maestres de aquellos tiempos se refirieron al distanciamiento entre los monarcas como el Gran Abismo. El paso del tiempo y una desavenencia subsiguiente, igual de virulenta si cabe, le dio un nombre nuevo: la Primera Riña. Así es como se conoce hasta el día de hoy. A su debido tiempo ya hablaremos de la Segunda Riña.
Fue la septa Maegelle quien tendió un puente sobre el Abismo: «Esto es absurdo, padre. Rhaenys se va a casar el año que viene, y debería ser un gran acontecimiento. Nos querrá a todos presentes, incluidos madre y tú. Los archimaestres te llaman el Conciliador, según tengo entendido. Ya va siendo hora de que concilies».
La reprimenda tuvo el efecto deseado. Una quincena después, el rey Jaehaerys regresó por fin a Desembarco del Rey, y la reina Alysanne volvió de su autoimpuesto exilio en Rocadragón. Las palabras que se cruzaron jamás las conoceremos, pero durante mucho tiempo volvieron a estar tan unidos como anteriormente.
En el año 90 después de la Conquista de Aegon, los monarcas compartieron uno de sus últimos buenos momentos al celebrar los esponsales de su nieta mayor, la princesa Rhaenys, con Corlys Velaryon de Marcaderiva, Señor de las Mareas.
A sus treinta y siete años, la Serpiente Marina ya era considerado el más grande navegante que Poniente hubiera conocido jamás, pero tras sus nueve extraordinarias travesías había regresado para contraer matrimonio y fundar una familia. «Tan solo tú podrías haberme arrancado de la mar —dijo a la princesa—. He vuelto de los confines de la tierra por ti».
Rhaenys, a sus dieciséis años, era una joven bella e intrépida, y formaba muy buena pareja con el marino. La jinete de dragones desde la edad de trece años insistía en llegar a la ceremonia a lomos de Meleys, la Reina Roja, la magnífica dragona hembra que otrora había montado su tía Alyssa. «Podemos volver juntos a los confines de la tierra —prometió a ser Corlys—. Pero yo llegaré antes, ya que iré volando».
«Aquel fue un buen día», diría la reina Alysanne con una triste sonrisa durante los años venideros. Cumplió los cincuenta y cuatro aquel año, pero es triste decir que no le quedaban muchos días buenos.
Excede el propósito de esta crónica tratar las interminables guerras, intrigas y rivalidades de las Ciudades Libres de Essos, salvo en lo que influyen en la fortuna de la casa Targaryen y los Siete Reinos. Uno de tales momentos sucedió durante los años 91 y 92 d. C., en lo que se conoce como la Carnicería Myriense. No abrumaremos con detalles; baste decir que, en la ciudad de Myr, dos facciones luchaban por la supremacía. Hubo asesinatos, alzamientos, envenenamientos, violaciones, ahorcamientos, torturas y batallas navales antes de que un bando se alzase con la victoria. Los vencidos, expulsados de la ciudad, trataron de establecerse al principio en los Peldaños de Piedra, pero también se vieron expulsados de allí cuando el arconte de Tyrosh hizo causa común con una liga de reyes piratas. En su desesperación, los myrienses se fueron primero a Tarth, donde su desembarco pilló por sorpresa al Lucero de la Tarde. Al poco tiempo se habían hecho con todo el lado oriental de la isla.
Para entonces, los myrienses eran poco más que piratas, un hatajo de proscritos desarrapados. Ni el rey ni su consejo pensaron que costaría mucho expulsarlos al mar. El príncipe Aemon capitanearía el ataque, se decidió. Los myrienses eran bastante fuertes en el mar, de modo que la Serpiente Marina debería acudir al sur con su flota a fin de proteger a lord Boremund mientras se dirigía a Tarth con sus tormenteños para unirse a las tropas del Lucero de la Tarde. Sus fuerzas combinadas serían más que suficientes para arrebatar esa parte de Tarth a los piratas myrienses, y si hubiese alguna dificultad, el príncipe Aemon contaba con Caraxes. «Le encanta incendiar», declaró.
Lord Corlys y su flota zarparon de Marcaderiva el noveno día de la tercera luna del año 92. El príncipe Aemon lo siguió unas horas más tarde, después de despedirse de lady Jocelyn y de su hija Rhaenys. La princesa acababa de enterarse de que estaba grávida; de lo contrario, habría acompañado a su señor esposo a lomos de Meleys. «¿En liza? —preguntó el príncipe—. Como si te lo fuera a permitir. Tú tienes tu batalla que librar. Lord Corlys querrá un hijo varón, estoy seguro, y a mí me gustaría tener un nieto».
Fueron las últimas palabras que dirigiría a su hija. Caraxes adelantó rápidamente a la Serpiente Marina y a su flota, y surcó los cielos de Tarth. Lord Cameron, el Lucero de la Tarde de Tarth, se había replegado en la cordillera que recorría el centro de su isla y había acampado en un valle oculto desde el que podía divisar las maniobras de los myrienses. El príncipe Aemon se reunió allí con él, y ambos trazaron planes mientras Caraxes devoraba media docena de cabras.
Pero el campamento del Lucero de la Tarde no estaba tan escondido como esperaba, y el humo del fuegodragón atrajo la mirada de un par de exploradores myrienses que recorrían las montañas sin ser vistos. Uno de ellos reconoció al Lucero de la Tarde, mientras cruzaba el campamento a la hora del ocaso hablando con el príncipe Aemon. Los myrienses son marineros mediocres y soldados débiles. Sus armas favoritas son el puñal, la daga y la ballesta, preferiblemente con la punta envenenada. Uno de los exploradores myrienses trabó la ballesta tras las rocas; después se puso en pie y apuntó al Lucero de la Tarde, que se encontraba cien varas por debajo, y soltó. La oscuridad y la distancia hicieron menos certero el disparo, y la saeta, en vez de acertar a lord Cameron, ensartó al príncipe Aemon, que se encontraba a su lado.
El astil de hierro le entraba por la garganta y le sobresalía por la nuca. El príncipe de Rocadragón cayó de rodillas y se aferró a la saeta, como intentando arrancársela, pero lo abandonaron las fuerzas. Aemon Targaryen pereció esforzándose por hablar, ahogado en su propia sangre. Contaba treinta y siete años.