Fuego y sangre
El largo reinado: Jaehaerys y Alysanne: Política, progenie y dolor
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¿Cómo podrán mis palabras expresar el pesar que barrió los Siete Reinos entonces, el dolor que sintieron el rey Jaehaerys y la reina Alysanne, el vacío del lecho de lady Jocelyn y sus amargas lágrimas y el modo en que sollozó la princesa Rhaenys al saber que su padre jamás conocería al niño que gestaba? Más fácil resulta hablar de la ira del príncipe Baelon y de cómo cayó sobre Tarth a lomos de Vhagar profiriendo aullidos de venganza. Los navíos myrienses ardieron como los del príncipe Morion nueve años antes, y cuando el Lucero de la Tarde y lord Boremund cayeron sobre ellos desde los montes, carecían de escapatoria. Los masacraron por millares y los cadáveres se quedaron pudriéndose en las playas, de modo que durante varios días, cada ola que lamió la costa se tiñó de rosa.
Baelon el Valeroso desempeñó su papel en la matanza empuñando su espada, Hermana Oscura. Cuando regresó a Desembarco del Rey con el cadáver de su hermano, el pueblo salió a las calles a corear su nombre y proclamarlo héroe. Pero se dice que, cuando volvió a ver a su madre, cayó en sus brazos y se echó a llorar. «He dado muerte a un millar de ellos —dijo—, pero jamás lo recuperaré». Y entonces la reina le acarició el pelo y lo consoló: «Lo sé, lo sé».
Pasaron las estaciones y los años subsiguientes. Hubo días calurosos y templados, y días en que el viento salino soplaba encrespando la mar; hubo campos de flores en primavera, cosechas abundantes y doradas tardes otoñales; por todo el reino se extendieron carreteras y nuevos puentes cruzaron antiguos ríos. El rey no hallaba placer en nada de eso, a decir de sus hombres. «Ahora siempre es invierno», dijo al septón Barth una noche en que había bebido en exceso. Tras la muerte de Aemon, siempre se tomaba unas copas de vino con miel para conciliar el sueño.
En el 93 d. C., Viserys, el hijo de dieciséis años de Baelon, entró en Pozo Dragón y reclamó a Balerion. El viejo dragón había dejado de crecer al fin, pero era indolente, pesado y difícil de animar, de modo que le costó ascender a los cielos cuando Viserys se lo ordenó. El joven príncipe circundó tres veces la ciudad antes de aterrizar. Quería volar a Rocadragón, dijo después a su padre, pero no le pareció que el Terror Negro conservase las fuerzas precisas.
Menos de un año después, Balerion murió. «El último ser vivo del mundo que había visto Valyria en su gloria», escribió el septón Barth. El propio Barth fallecería cuatro años después, en el 98. El gran maestre Elysar lo había precedido medio año antes. Lord Redwyne había muerto en el 89, y su hijo ser Robert, poco después. Nuevos hombres ocuparon sus puestos, pero Jaehaerys ya era auténticamente el Viejo Rey para entonces, y a veces entraba en la cámara del consejo y pensaba: «¿Quiénes son estos hombres? ¿Acaso los conozco?».
Su alteza lloró al príncipe hasta el fin de sus días, pero jamás pudo prever que la muerte de Aemon en el 92 d.
C. sería como los cuernos infernales de la leyenda valyria, que atraían la muerte y la destrucción sobre cuantos oyeran su sonido.
Los últimos años de Alysanne Targaryen fueron tristes y solitarios. De joven, la Bondadosa Reina Alysanne amaba a sus súbditos, ya fueran señores o plebeyos. Había amado a las mujeres que asistían a sus audiencias, las había escuchado, había aprendido y había hecho lo posible por que el reino fuera un lugar acogedor. Había visto más de los Siete Reinos que cualquier reina anterior o posterior; había pernoctado en un centenar de castillos; había encandilado a un centenar de señores; había concertado un centenar de matrimonios. Había amado la música, la danza, la lectura. Y, ah, cuánto había amado volar. Ala de Plata la había transportado a Antigua, al Muro y a un millar de lugares intermedios, y Alysanne los vio todos como pocos los verían jamás, desde las nubes.
Tales amores los perdió en el último decenio de su vida. «Mi tío Maegor era cruel —se la oyó decir—, pero la vejez es aún más implacable». Agotada por los partos, los viajes y el dolor, enflaqueció y se tornó frágil tras la muerte de Aemon. Le costaba subir por caminos empinados, y en el 95, resbaló mientras subía por una escalera de caracol y se rompió la cadera. Desde entonces caminaba con bastón. También le empezó a fallar el oído. Se quedó sin música, y cuando trataba de sentarse en las reuniones del consejo con el rey, ya no entendía la mitad de lo que se decía. Estaba demasiado endeble para volar. Ala de Plata la remontó a los cielos por última vez en el 93. Cuando aterrizó y desmontó penosamente del lomo de su dragona, la reina lloró.
Por encima de todo, había amado a sus hijos. Ninguna madre había querido más a un hijo, según le dijo una vez el gran maestre Benifer antes de que se lo llevaran los escalofríos. En los últimos días de su vida, la reina Alysanne reflexionó sobre aquellas palabras: «Se equivocaba, creo, porque seguramente la Madre Divina amaba a mis hijos más que yo. Me arrebató demasiados».
«Ninguna madre tendría que cremar a su hijo», dijo la reina ante la pira funeraria de Valerion, pero de los trece vástagos que había dado al rey Jaehaerys, tan solo tres la sobrevivirían: Aegon, Gaemon y Valerion murieron en la cuna; los escalofríos se llevaron a Daenerys a los seis años; una flecha segó la vida del príncipe Aemon; Alyssa y Daella murieron de parto; Viserra, borracha en la calle. La septa Maegelle, la de la gentil alma, murió en el 96 con los brazos y las piernas petrificados por la psoriagrís, ya que había pasado sus últimos años atendiendo a los afectados por tan horrible mal.
La pérdida más triste fue la de la princesa Gael, la Hija del Invierno, nacida en el 80, cuando la reina Alysanne tenía cuarenta y cuatro años y creía haber superado la edad fértil. La niña, de buen talante pero frágil y algo corta, siguió junto a la reina mucho después de que sus otros hijos crecieran y se marcharan, pero en el 99 desapareció de la corte y poco después se anunció que había muerto de fiebre estiveña. Hasta el fallecimiento de sus padres no se dio a conocer toda la verdad: seducida y abandonada por un juglar andante, la princesa dio a luz a un niño muerto y, abrumada por el pesar, se adentró en las aguas de la bahía del Aguasnegras y se ahogó.
Hay quien dice que Alysanne jamás se recobró de aquella pérdida; la Hija del Invierno había sido su única compañera auténtica durante sus años de decadencia. Saera aún vivía, en algún lugar de Volantis (había abandonado Lys años antes, cargada de mala fama y de dinero), pero estaba muerta para Jaehaerys, y las cartas que Alysanne le remitía en ocasiones en secreto quedaron todas sin respuesta. Vaegon era archimaestre de la Ciudadela. El hijo frío y distante, al crecer, se convirtió en un hombre frío y distante. Escribía, como corresponde a todo hijo, pero sus palabras eran cumplidoras; no había calor en ellas, y hacía años que Alysanne no veía su rostro.
Solo Baelon el Valeroso siguió a su lado hasta el fin. Su Príncipe de la Primavera la visitaba con tanta frecuencia como podía y siempre le arrancaba una sonrisa, pero era el príncipe de Rocadragón, Mano del Rey, y siempre estaba de un lado para otro, asistiendo al consejo al lado del soberano o tratando con los señores. «Serás un gran rey, aún más grande que tu padre», le dijo Alysanne la última vez que estuvieron juntos. No lo sabía. ¿Cómo iba a saberlo?
Tras la muerte de la princesa Gael, Desembarco del Rey y la Fortaleza Roja le resultaban insoportables. Ya no servía, como antaño, de compañera del rey en sus tareas, y la corte estaba llena de desconocidos cuyos nombres ni recordaba. En busca de paz regresó a Rocadragón, donde había pasado los días más felices de su vida junto a Jaehaerys, entre su primera boda y la segunda. El Viejo Rey se reunía con ella cuando podía. «¿Cómo es que ahora soy el Viejo Rey pero tú sigues siendo la Bondadosa Reina?», le preguntó una vez. Alysanne se rio. «Soy vieja también, pero sigo siendo más joven que tú».
Alysanne Targaryen murió en Rocadragón el primer día de la séptima luna del 100 d. C., justo un siglo después de la Conquista de Aegon. Contaba sesenta y cuatro años.