Fuego y sangre

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Los herederos del Dragón: Un asunto sucesorio

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Los herederos del Dragón Un asunto sucesorio

Es frecuente que las semillas de la guerra se siembren en tiempos de paz; así ha ocurrido en Poniente. La sangrienta lucha por el Trono de Hierro conocida como la Danza de los Dragones, librada entre el 129 y el 131 d. C., tuvo su origen medio siglo antes, durante el más largo y eminentemente pacífico reinado de que jamás haya gozado descendiente alguno del Conquistador: el de Jaehaerys Targaryen, el primero de su nombre, llamado el Conciliador.

El Viejo Rey y la Bondadosa Reina Alysanne habían regido juntos hasta la muerte de la soberana, en el año 100 d. C. (salvo por dos períodos de distanciamiento, conocidos como la Primera y la Segunda Riña), y tuvieron trece vástagos. Cuatro de ellos, dos hijos y dos hijas, alcanzaron la madurez, contrajeron matrimonio y tuvieron descendencia. Jamás habían sido bendecidos (o maldecidos, al decir de algunos) los Siete Reinos con tantos príncipes Targaryen. El matrimonio del Viejo Rey y su bienamada reina dio tantos frutos que ocasionó un maremágnum de reivindicaciones y aspirantes, de tal calibre que muchos maestres afirman que la Danza de los Dragones, o una lucha similar, era inevitable.

Nada de esto se vislumbraba siquiera en los primeros años del reinado de Jaehaerys, ya que tenía en los príncipes Aemon y Baelon «su heredero y su sustituto», y raramente ha recibido el reino la bendición de dos príncipes más capaces. En el 62 d. C., a la edad de siete años, ungieron formalmente a Aemon como príncipe de Rocadragón y heredero del Trono de Hierro. Tras armarse caballero a los diecisiete y proclamarse vencedor de un torneo a los veinte, su padre lo nombró Justicia Mayor y consejero de los edictos a los veintiséis años. Aunque jamás sirvió a su padre como Mano del Rey, tan solo fue porque tal cargo lo ocupaba el septón Barth, el más fiel amigo del Viejo Rey y «compañero de mis tareas», según las palabras del monarca. No era menos apto el joven príncipe Baelon Targaryen: se armó caballero a los dieciséis años y se casó a los dieciocho. Aunque Aemon y él sostenían una sana rivalidad, nadie dudaba del amor que los unía. La sucesión parecía sólida como la piedra.

Pero la piedra empezó a resquebrajarse en el 92 d. C., cuando Aemon, príncipe de Rocadragón, murió en Tarth por un flechazo de ballesta destinado al hombre que iba a su vera. El rey y la reina lloraron su pérdida, y el reino con ellos, pero nadie se encontraba más dolido que el príncipe Baelon, que partió de inmediato hacia Tarth y vengó a su hermano expulsando al mar a los myrienses. Tras su regreso a Desembarco del Rey, una multitud enfervorecida aclamó a Baelon como a un héroe, y su regio padre lo abrazó y lo nombró príncipe de Rocadragón y heredero del Trono de Hierro. Fue un decreto muy bien acogido. La plebe adoraba a Baelon el Valeroso, y los nobles del reino lo consideraban el sucesor evidente de su hermano.

Pero el príncipe Aemon tenía descendencia: su hija Rhaenys, nacida en el 74 d. C., había crecido hasta convertirse en una joven inteligente, hábil y bella. En el año 90 d. C., a la edad de dieciséis años, matrimonió con el almirante y consejero naval del monarca, Corlys de la casa Velaryon, Señor de las Mareas, apodado la Serpiente Marina por el más célebre de sus muchos navíos. Es más, la princesa Rhaenys ya estaba encinta a la muerte de su padre. Al entregar Rocadragón al príncipe Baelon, el rey Jaehaerys no solo se saltaba a Rhaenys en la línea de sucesión, sino también (quizá) a su hijo nonato.

La decisión del rey se ajustaba a una práctica sólidamente establecida. Aegon el Conquistador había sido el primer señor de los Siete Reinos, y no su hermana Visenya, dos años mayor. El propio Jaehaerys había sucedido a su usurpador tío Maegor en el Trono de Hierro, aunque de haber regido exclusivamente el orden de nacimiento, su hermana Rhaena habría sido la heredera. Jaehaerys no tomó tal decisión a la ligera; es sabido que la sometió a su consejo privado. Sin duda alguna, consultó al septón Barth, tal como hacía con todo asunto importante, y la opinión del gran maestre Elysar tenía un grandísimo peso. Todos estaban de acuerdo: Baelon, un experimentado caballero de treinta y cinco años, era más apto para gobernar que la princesa Rhaenys, de dieciocho años a la sazón, o que su hijo nonato (que podía ser varón o no, mientras que el príncipe Baelon ya había engendrado dos hijos sanos, Viserys y Daemon). El amor del común por Baelon el Valeroso también se consideró una buena razón.

Algunos disentían. La propia Rhaenys fue la primera en objetar. «Arrebatarías a mi hijo el derecho por nacimiento de su padre», dijo al soberano con una mano sobre el henchido vientre. Su marido, Corlys Velaryon, estaba tan airado que renunció a su almirantazgo y a su cargo en el consejo privado y regresó con su esposa a Marcaderiva. Lady Jocelyn de la casa Baratheon, la madre de Rhaenys, también se enfureció, así como su temible hermano Boremund, señor de Bastión de Tormentas.

La más destacada de los disidentes era la Bondadosa Reina Alysanne, que había ayudado a su esposo a gobernar los Siete Reinos durante muchos años y ahora veía que se discriminaba a su nieta por su sexo. «Un rey necesita una buena cabeza y un corazón sincero —dijo entonces al rey, unas palabras que se harían célebres—. Una verga no es esencial. Si piensas que las mujeres carecemos de luces para reinar, está claro que ya no tienes necesidad alguna de mí». Y así fue como la reina Alysanne partió de Desembarco del Rey y voló a Rocadragón a lomos de Ala de Plata. El rey Jaehaerys y ella pasaron dos años separados, el período de distanciamiento que consta en los anales como la Segunda Riña.

El Viejo Rey y la Bondadosa Reina se reconciliaron en el 94 d. C. gracias a los buenos oficios de su hija la septa Maegelle, si bien jamás alcanzaron un acuerdo sobre la cuestión sucesoria. La reina murió tras una larga enfermedad en el año 100 d. C., a la edad de sesenta y cuatro años, aún insistiendo en que se había privado injustamente de sus derechos a su nieta Rhaenys y a su hijo. «El niño de su vientre» que había sido objeto de tantos debates, acabó resultando niña al nacer en el 93 d. C. Su madre la llamó Laena. Al año siguiente, Rhaenys le dio un hermano, Laenor. El príncipe Baelon, a todas luces, estaba firmemente asentado como heredero por aquel entonces, si bien las casas Velaryon y Targaryen se aferraban a la creencia de que el joven Laenor era el legítimo heredero del férreo trono, y había aun quien abogaba por los derechos de Laena, su hermana mayor, y de Rhaenys, su madre.

En sus últimos años de vida, los dioses asestaron a la reina Alysanne multitud de duros golpes de los que ya hemos dado cuenta. Sin embargo, durante esos mismos años, así como pesares, su alteza conoció dichas, sobre todo debidas a sus nietos. Hubo bodas asimismo. En el 93 d. C. asistió al matrimonio de Viserys, el hijo mayor del príncipe Baelon, con lady Aemma de la casa Arryn, la hija de once años de la difunta princesa Daella (el matrimonio no se consumaría hasta que la esposa floreciese, dos años después). En el 97, la Bondadosa Reina vio a Daemon, el segundo hijo de Baelon, tomar por esposa a lady Rhea de la casa Royce, heredera del ancestral castillo de Piedra de las Runas, en el Valle.

Seguramente, el gran torneo celebrado en Desembarco del Rey en el año 98 d. C. a fin de conmemorar el quincuagésimo año de reinado de Jaehaerys alegró también el corazón de la reina, ya que casi todos sus hijos, nietos y biznietos supervivientes regresaron para participar en los banquetes y festejos. No se veían tantos dragones juntos desde la Maldición de Valyria, se dijo con acierto. De la justa final, en que los caballeros de la Guardia Real ser Ryam Redwyne y ser Clement Crabb rompieron treinta lanzas antes de que el rey Jaehaerys los proclamara vencedores a ambos, se declaró que había sido el mejor espectáculo jamás presenciado en Poniente.

No obstante, una quincena después del final del torneo, el septón Barth, viejo amigo del soberano, murió apaciblemente mientras dormía tras servir con habilidad como Mano del Rey durante cuarenta y un años. Jaehaerys escogió al lord comandante de su Guardia Real para sustituirlo, pero ser Ryam Redwyne no era como el septón Barth, y sus indudables proezas con la lanza le resultaban poco útiles en el cargo. «Ciertos problemas no se pueden resolver golpeándolos con un palo», fueron las célebres palabras del gran maestre Allar. Su alteza no tuvo más remedio que defenestrar a ser Ryam al cabo de tan solo un año. Recurrió a su hijo Baelon para reemplazarlo, y en el año 99 d. C., el príncipe de Rocadragón se convirtió también en Mano del Rey. Ejerció sus deberes admirablemente. Si bien menos intelectual que el septón Barth, demostró saber juzgar a los hombres y se rodeó de leales subordinados y consejeros. El reino estaría bien gobernado cuando Baelon Targaryen se sentase en el Trono de Hierro; en eso coincidían tanto señores como plebeyos.

No sería así. En el 101 d. C., el príncipe Baelon refirió una punzada en el costado mientras cazaba en el bosque Real. El dolor se agudizó cuando regresó a la urbe. Se le inflamó y endureció el vientre, y el dolor se tornó tan fuerte que lo dejó encamado. Runciter, el nuevo gran maestre recién llegado de la Ciudadela tras sufrir Allar una embolia, logró rebajar algo la fiebre del príncipe y lo alivió, en parte gracias a la leche de la amapola, pero su estado continuaba agravándose. Al quinto día de contraer el mal, el príncipe Baelon murió en su cámara de la Torre de la Mano, con su padre sentado a su lado. Tras abrir el cadáver, el gran maestre Runciter consideró que la causa de la muerte era una ruptura visceral.

Todos los Siete Reinos lloraron al valeroso Baelon, y nadie más que el rey Jaehaerys. Esta vez, al prender la pira funeraria de su hijo, ni siquiera contó con el consuelo de su amada esposa a su lado. El Viejo Rey nunca había estado tan solo. Y ahora, de nuevo, afrontaba una decisión irritante, ya que, una vez más, la sucesión se ponía en duda. Fallecidos ambos herederos evidentes, ya no había un sucesor claro al Trono de Hierro; pero eso no significaba que se careciese de aspirantes.

Baelon había engendrado tres hijos con su hermana Alyssa, dos de los cuales, Viserys y Daemon, aún vivían. De haber asumido Baelon el Trono de Hierro, Viserys lo habría sucedido sin duda alguna, pero la trágica muerte del príncipe heredero a la edad de cuarenta y cuatro años enfangó la sucesión. Las reivindicaciones de la princesa Rhaenys y de su hija Laena Velaryon volvieron a cobrar pujanza, y aunque fueran a resultar arrumbadas a causa de su sexo, Laenor, el hijo de Rhaenys, no se enfrentaba a tal impedimento. Laenor Velaryon era varón y podía argüir ser descendiente del hijo mayor de Jaehaerys, mientras que los hijos de Baelon descendían del menor.

Por añadidura, el rey Jaehaerys aún contaba con un hijo superviviente: Vaegon, archimaestre de la Ciudadela, titular del anillo, la vara y la máscara de oro amarillo. La propia existencia de Vaegon, conocido por la historiografía como el Desdragonado, prácticamente había caído en el olvido en la mayor parte de los Siete Reinos.

Aunque tan solo tenía cuarenta años, Vaegon era pálido y frágil, un hombre libresco consagrado a la alquimia, la astronomía, la matemática y otras artes arcanas. Ni siquiera de niño había caído bien, y pocos lo consideraban una opción viable para ocupar el Trono de Hierro.

Aun así, fue a su último hijo, el archimaestre Vaegon, a quien recurrió entonces el Viejo Rey, de modo que lo convocó a Desembarco del Rey. Lo que sucediera entre ellos es aún objeto de disputa: hay quien dice que el rey ofreció el trono a Vaegon y este lo rechazó; otros afirman que tan solo le pidió su parecer. Habían llegado a la corte informes de que Corlys Velaryon acumulaba hombres y barcos en Marcaderiva a fin de «defender los derechos» de su hijo Laenor, mientras que Daemon Targaryen, un joven temperamental y matachín de veinte años, había reclutado una cuadrilla de mercenarios para apoyar a su hermano Viserys. Era probable una lucha violenta por la sucesión, nombrase a quien nombrase el Viejo Rey. No cabe duda alguna de que por eso recibió con entusiasmo la solución aportada por el archimaestre Vaegon.

El rey Jaehaerys anunció su intención de convocar el Gran Consejo para abordar, debatir y, por último, decidir sobre la cuestión sucesoria. Todos los señores, ya grandes, ya menores, de Poniente recibirían una invitación, así como los maestres de la Ciudadela y las septas y septones, estos últimos para pronunciarse en nombre de la Fe. Mejor sería que los aspirantes expusieran su parecer ante la asamblea señorial, decretó su alteza. Aceptaría la decisión del Consejo, escogiera a quien escogiera.

Se decidió que lo mejor era celebrar el Gran Consejo en Harrenhal, el mayor alcázar del reino. Nadie sabía cuántos señores asistirían, ya que jamás se había convocado un Consejo igual, pero se juzgó prudente contar con espacio para, al menos, quinientos señores y sus séquitos. Acudió más de un millar. Se tardó año y medio en reunirlos, y hasta algunos llegaron cuando el consejo ya se estaba disolviendo. Ni siquiera Harrenhal podía acoger tal multitud, ya que cada señor iba acompañado por una cohorte de caballeros, escuderos, criados, cocineros y servidores. Tymond Lannister, señor de Roca Casterly, llevó trescientos hombres. Para no quedarse atrás, lord Matthos Tyrell de Altojardín acudió con quinientos.

Llegaron nobles de todos los rincones del reino, desde las Marcas de Dorne hasta la sombra del Muro, desde las Tres Hermanas hasta las Islas del Hierro. El Lucero de la Tarde de Tarth estuvo presente, así como el señor de la Luz Solitaria. De Invernalia partió lord Ellard Stark; de Aguasdulces, lord Grover Tully; del Valle, Yorbert Royce, regente y protector de la joven Jeyne Arryn, señora del Nido de Águilas. Aun los dornienses estuvieron representados: el príncipe envió a Harrenhal a su hija con veinte caballeros como observadores. El Septón Supremo se desplazó desde Antigua a fin de bendecir la ceremonia. Mercaderes y comerciantes bajaron a Harrenhal por centenares. Caballeros andantes y jinetes libres arribaron buscando empleo para su espada; cortabolsas, buscando dineros; viejas y jóvenes, buscando marido. Ladrones y putas, lavanderas y vivanderas, juglares y mimos, llegaron del este, el oeste, el norte y el sur. Extramuros de Harrenhal, a lo largo de la orilla del lago y varias leguas en ambas direcciones, surgió una ciudad de tiendas. Por una vez, Harrenton fue la cuarta urbe del reino; tan solo Antigua, Desembarco del Rey y Lannisport eran más populosas.

No menos de catorce demandas examinaron y consideraron los señores congregados. De Essos procedían tres competidores rivales, nietos del rey Jaehaerys y vástagos de su hija Saera, cada uno engendrado por diverso padre. Se decía que uno era la viva imagen de su abuelo de joven. Otro, un bastardo de un triarca de la antigua Volantis, llegó con sacos de oro y un elefante enano; los lujosos regalos que distribuyó entre los señores más modestos contribuyeron sin duda a su causa, aunque el elefante resultó menos útil. (La princesa Saera aún vivía y estaba bien sana en Volantis, con tan solo treinta y cuatro años de edad. Su reivindicación era, evidentemente, superior a cualquiera de sus hijos bastardos, pero decidió no presentarla. «Ya tengo mi propio reino aquí», dijo cuando le preguntaron si pensaba regresar a Poniente). Otro aspirante exhibió una gavilla de pergaminos que demostraban su descendencia de Gaemon el Glorioso, el más destacado señor Targaryen de Rocadragón antes de la Conquista, a través de una hija menor y del modesto señor con quien había contraído matrimonio, y así sucesivamente durante siete generaciones. Hubo asimismo un hombre de armas robusto y pelirrojo que decía ser bastardo de Maegor el Cruel, y a modo de prueba presentó a su madre, la envejecida hija de un posadero que afirmaba que Maegor la había forzado. (Los señores estaban bien dispuestos a creer que la hubiera forzado, pero no que la hubiera dejado encinta).

El Gran Consejo deliberó durante trece días. Las débiles reivindicaciones de nueve aspirantes menores se consideraron y descartaron. (Uno de tales, un caballero andante que se proclamaba hijo natural del mismísimo Jaehaerys, fue prendido y encarcelado cuando el rey demostró que mentía). El archimaestre Vaegon se consideró inhabilitado por sus votos, y la princesa Rhaenys y su hija, por su sexo, por lo que tan solo quedaron los dos aspirantes con mayores apoyos: Viserys Targaryen, primogénito del príncipe Baelon y la princesa Alyssa, y Laenor Velaryon, hijo de la princesa Rhaenys y nieto del príncipe Aemon. Viserys era nieto del Viejo Rey; Laenor, su biznieto. El principio de primogenitura favorecía a Laenor; el de cercanía, a Viserys, que también había sido el último Targaryen que había montado a lomos de Balerion, aunque tras su muerte en el 94 d. C. no volvió a subirse a un dragón, mientras que el joven Laenor aún debía emprender su primer vuelo sobre su joven y espléndida bestia gris y blanca, a la que llamaba Bruma.

Pero la reivindicación de Viserys procedía de su padre; la de Laenor, de su madre, de modo que la mayoría de los señores consideraron que la línea masculina debía prevalecer sobre la femenina. Por añadidura, Viserys era un hombre de veinticuatro años; Laenor, un niño de siete. Por tales razones, la candidatura de Laenor se consideró por lo general la más débil, pero la madre y el padre del niño gozaban de tanto poder e influencia que no se lo podía descartar totalmente.

Tal vez sea buen momento para añadir unas palabras más sobre su abuelo, Corlys de la casa Velaryon, Señor de las Mareas y de Marcaderiva, rebautizado en los cantares de gesta como la Serpiente Marina y, seguramente, uno de los personajes más extraordinarios de su era. La casa Velaryon, noble y de linaje valyrio, había llegado a Poniente antes incluso que los Targaryen, si se puede dar crédito a sus relatos familiares. Se habían asentado en el Gaznate, en la poco elevada y fértil isla de Marcaderiva (así llamada por los pecios que las mareas depositan diariamente en sus costas), mejor que la vecina, pétrea y humeante Rocadragón. Aunque jamás habían sido jinetes de dragones, eran desde hacía centurias los más antiguos y cercanos aliados de los Targaryen. Su elemento era la mar, no el cielo. Durante la Conquista, fueron naves de los Velaryon las que cruzaron con las huestes de Aegon la bahía del Aguasnegras y acabaron formando la mayor parte de la flota regia. A lo largo del primer siglo de reinado de la dinastía Targaryen, tantos Señores de las Mareas habían servido en el consejo privado como consejeros navales, que el cargo se consideraba casi hereditario.

Aun con tan impresionantes ascendientes, Corlys Velaryon destacaba por sí mismo, tan inteligente como inquieto, tan aventurero como ambicioso. Era tradición que los hijos del hipocampo (el sello de la casa Velaryon) se acostumbrasen bien jóvenes a la vida marítima, pero ningún Velaryon anterior se había embarcado con tanto alborozo como el joven que acabaría recibiendo el apodo de la Serpiente Marina. Atravesó por vez primera el mar Angosto a la edad de seis años cuando navegó hasta Pentos con un tío; desde entonces emprendía tal viaje anualmente. Y no es que viajase como pasajero: trepaba a los mástiles, ataba nudos, fregaba cubiertas, remaba, cegaba vías de agua, levaba y arriaba el velamen, oteaba desde la cofa y aprendía a navegar y a manejar el timón. Sus capitanes decían que jamás habían visto semejante madera de marino.

A los dieciséis años logró el grado de capitán al llevar un pesquero llamado Reina Bacalao desde Marcaderiva hasta Rocadragón y regresar. En los años subsiguientes, sus naves se tornaron mayores y más veloces; sus travesías, más largas y peligrosas. Rodeó navegando Poniente por el sur a fin de visitar Antigua, Lannisport y Puerto Noble, en Pyke. Viajó a Lys, Tyrosh, Pentos y Myr. Llevó el Doncella del Verano hasta Volantis y las Islas del Verano, y el Lobo de Hielo, al norte hasta Braavos, Guardaoriente del Mar y Casa Austera, antes de poner rumbo al mar de los Escalofríos para visitar Lorath y el Puerto de Ibben. En una travesía posterior se dirigió de nuevo al norte a bordo del Lobo de Hielo, en busca de un presunto paso al norte de Poniente, si bien tan solo halló mares helados e icebergs del tamaño de montañas.

Sus viajes más famosos fueron los que realizó a bordo de una nave proyectada y construida por él mismo, el Serpiente Marina. Los comerciantes de Antigua y el Rejo solían viajar hasta la lejana Qarth en busca de especias, seda y otros tesoros, pero Corlys Velaryon y el Serpiente Marina fueron los primeros en ir más allá: traspasaron las Puertas de Jade hasta llegar a Yi Ti y a la isla de Leng, y regresaron con tan abundante carga de seda y especias que doblaron de golpe la riqueza de la casa Velaryon. En su segunda travesía a bordo del Serpiente Marina se aventuró aún más lejos, hasta Asshai de la Sombra. En la tercera, en cambio, se adentró en el mar de los Escalofríos, y se convirtió en el primer ponientí en navegar por las Mil Islas y visitar las sombrías y gélidas costas de N’ghai y Mossovy.

En total, el Serpiente Marina realizó nueve viajes. En el noveno, ser Corlys regresó a Quarth cargado con oro suficiente para adquirir veinte naves más y cargarlas todas de azafrán, pimienta, nuez moscada, elefantes y rollos de la más fina seda. Tan solo catorce navíos de la flota llegaron a salvo a Marcaderiva, y todos los elefantes murieron en la mar. Aun así, los beneficios de aquel viaje fueron tan ingentes que los Velaryon se convirtieron en la casa más acaudalada de los Siete Reinos; llegaron a eclipsar incluso a los Hightower y a los Lannister, si bien brevemente.

Ser Corlys dio buen uso a tales riquezas cuando se convirtió en el Señor de las Mareas tras fallecer su anciano abuelo a la edad de ochenta y ocho años. La sede de la casa Velaryon era el castillo de Marcaderiva, un lugar oscuro y sombrío, siempre húmedo y frecuentemente inundado. Lord Corlys erigió Marea Alta en el otro extremo de la isla, con la misma piedra de color claro que el Nido de Águilas, y coronó sus esbeltas torres con planchas de plata que resplandecían al sol. Cuando subían las mareas matutina y vespertina, el castillo quedaba rodeado por el mar y tan solo se comunicaba con Marcaderiva mediante una calzada. A este nuevo castillo desplazó lord Corlys el antiguo Trono de Deriva, un regalo del Rey Tritón conforme a la leyenda.

La Serpiente Marina también armó barcos; la flota real se triplicó durante los años en que sirvió al Viejo Rey como consejero naval. Aun después de abandonar el cargo continuó fabricando naves, reconvirtiendo antiguos mercantes y cambiando galeras por barcos de guerra. Bajo la oscura muralla cuajada de sal marina del castillo de Marcaderiva creció también una próspera población, llamada la Quilla por la gran cantidad de cascos de navíos volteados que se veían a los pies del alcázar. Al otro lado de la isla, cerca de Marea Alta, otra aldea se transformó en Puertoespecia, y sus embarcaderos y muelles quedaron repletos de naves de las Ciudades Libres y de allende. Situada al otro lado del Gaznate, Marcaderiva estaba más próxima al mar Angosto que el Valle Oscuro o Desembarco del Rey, de modo que Puertoespecia comenzó a acaparar buena parte de la mercancía que, de otro modo, se habría dirigido a tales puertos, así que la casa Velaryon se volvió si cabe más rica y poderosa.

Lord Corlys era ambicioso: a lo largo de sus nueve viajes a bordo del Serpiente Marina, siempre quiso ir más allá, llegar adonde nadie había llegado nunca y ver qué había tras el borde de los mapas. Aunque había cosechado grandes logros en su vida, raramente se sentía satisfecho, a decir de quienes mejor lo conocían. En Rhaenys Targaryen, hija del primogénito y heredero del Viejo Rey, halló su media naranja: una mujer tan vivaz, hermosa y altiva como la que más en el reino, y jinete de dragón por si fuera poco. Sus hijos ascenderían a los cielos, esperaba lord Corlys, y algún día, uno de ellos se sentaría en el Trono de Hierro.

No es de extrañar que quedase amargamente defraudado cuando murió el príncipe Aemon y el rey Jaehaerys se saltó a Rhaenys, hija de Aemon, en favor de su hermano Baelon, el Príncipe de la Primavera. Pero con ocasión del Gran Consejo, al parecer, las tornas habían cambiado de nuevo y podía deshacerse el entuerto. Así fue como lord Corlys y su mujer, la princesa Rhaenys, arribaron a Harrenhal con gran aparato, y emplearon la riqueza y la influencia de la casa Velaryon en persuadir a los señores convocados para que reconociesen a su hijo Laenor como heredero del Trono de Hierro. En tal campaña contaron con el auxilio del señor de Bastión de Tormentas, Boremund Baratheon (tío abuelo de Rhaenys y tío bisabuelo del pequeño Laenor), lord Stark de Invernalia, lord Manderly de Puerto Blanco, lord Dustin de Fuerte Túmulo, lord Blackwood del Árbol de los Cuervos, lord Bar Emmon de Punta Aguda, lord Celtigar de Isla Zarpa y otros más.

Pero resultaban muy insuficientes. Aunque lord y lady Velaryon eran elocuentes y desprendidos en sus esfuerzos en pro de su hijo, la decisión del Gran Consejo no se llegó a poner en duda: por un amplio margen, la nobleza escogió a Viserys Targaryen como legítimo heredero del Trono de Hierro. Aunque los maestres que hicieron el recuento jamás revelaron las auténticas cifras, se dijo más adelante que había ganado por más de veinte a uno.

El rey Jaehaerys no había asistido al Consejo, pero cuando llegó a sus oídos el veredicto, dio gracias a los señores por sus servicios y otorgó de buen grado el título de príncipe de Rocadragón a su nieto Viserys. Bastión de Tormentas y Marcaderiva aceptaron el fallo, si bien a regañadientes. La votación había sido tan abrumadoramente superior que hasta los padres de Laenor desecharon cualquier aspiración. A ojos de muchos, el Gran Consejo del año 101 d. C. estableció un férreo precedente en las cuestiones tocantes a la sucesión: independientemente de la cercanía, no podían heredar el Trono de Hierro de Poniente ni una mujer ni sus descendientes varones.

De los últimos años del reinado de Jaehaerys, muy poco cabe decir. El príncipe Baelon había servido a su padre como Mano del Rey y como príncipe de Rocadragón. Tras su muerte, empero, su alteza decidió dividir ambos honores. Como Mano nombró a ser Otto Hightower, hermano menor de lord Hightower de Antigua. Ser Otto se llevó a su esposa y a sus hijos a la corte, y sirvió a Jaehaerys fielmente durante los años que le quedaban. Cuando las fuerzas y las luces del Viejo Rey comenzaron a flaquear, muchas veces se quedaba confinado en la cama; Alicent, la precoz hija quinceañera de ser Otto, se convirtió en su compañía constante: le alcanzaba las comidas, le leía y lo ayudaba a bañarse y vestirse. El Viejo Rey, en ocasiones, se confundía y la llamaba por el nombre de alguna de sus hijas. Ya cercano el fin, estaba convencido de que se trataba de su hija Saera, que había regresado a él de allende el mar Angosto.

En el año 103 d. C., el rey Jaehaerys Targaryen, el primero de su nombre, murió en su lecho mientras lady Alicent le leía la Historia antinatural del septón Barth. Su alteza tenía sesenta y nueve años y había gobernado los Siete Reinos desde su ascenso al Trono de Hierro a la edad de catorce. Sus restos se incineraron en Pozo Dragón, y sus cenizas se enterraron en Rocadragón, junto a las de la Bondadosa Reina Alysanne. Todo Poniente guardó luto. Incluso en Dorne, donde no se extendía su mandato, los hombres lloraron y las mujeres se rasgaron las vestiduras.

Conforme a sus deseos y a la decisión del Gran Consejo del 101, lo sucedió su nieto Viserys, que ascendió al Trono de Hierro como el rey Viserys Targaryen, el primero de su nombre. En el momento de su coronación contaba veintiséis años. Llevaba un decenio casado con una prima, lady Aemma de la casa Arryn, también nieta del Viejo Rey y la Bondadosa Reina Alysanne por parte de su madre, la princesa Daella, fallecida en el 82 d. C. Lady Aemma había sufrido varios abortos y la muerte de un hijo en la cuna a lo largo de su matrimonio (había maestres que decían que se había casado y encamado demasiado joven), pero también dio a luz una hija sana, Rhaenyra, en el 97 d. C. Los nuevos monarcas mimaban mucho a la niña, su único vástago vivo.

Muchos consideran que el reinado de Viserys Targaryen, el primero de su nombre, representa la cúspide del poder de los Targaryen sobre Poniente. Más allá de toda duda, por entonces hubo más señores y príncipes que se atribuían la sangre del dragón que en ningún otro período anterior ni venidero. Aunque los Targaryen habían continuado con su práctica tradicional de casarse entre hermanos, tíos, sobrinos y primos siempre que fuera posible, también hubo emparejamientos importantes fuera de la familia real, y sus frutos desempeñarían un papel importante en las guerras venideras. También había más dragones que nunca, y varias hembras ponían nidadas con regularidad. No todos los huevos eclosionaban, pero muchos sí, y se convirtió en tradición que los padres de los principitos recién nacidos les colocasen un huevo de dragón en la cuna, siguiendo una tradición que había inaugurado la princesa Rhaena muchos años antes. Los niños así bendecidos se quedaban invariablemente con las crías y se convertían en jinetes de dragón.

Viserys Targaryen, el primero de su nombre, era de natural generoso y amigable, y tanto señores como plebeyos lo apreciaban grandemente. El reinado del Joven Rey, como el común comenzó a llamarlo por su ascendencia, fue pacífico y próspero. La largueza del soberano era legendaria, y la Fortaleza Roja se convirtió en un lugar de trovas y esplendor. El rey Viserys y la reina Aemma celebraron multitud de banquetes y torneos, y agasajaban con oro, cargos y honores a sus favoritos.

En el centro de tanto alborozo, querida y adorada por todos, se encontraba su única hija superviviente, la princesa Rhaenyra, la niñita a la que los trovadores motejaron la Delicia del Reino. Aunque tan solo contaba seis años cuando su padre llegó al Trono de Hierro, era una niña precoz, avispada, valiente y hermosa como tan solo puede serlo quien tiene sangre de dragón. A los siete años se convirtió en jinete de dragón al ascender a los cielos a lomos de la joven hembra a la que llamó Syrax en honor a una diosa de la antigua Valyria. A los ocho, la princesa se dedicó al servicio como copera, pero de su propio padre, el soberano. En la mesa, en los torneos, en la corte, pocas veces se veía al rey Viserys sin su hija alrededor.

Entretanto, el tedio de la gobernación quedaba sobre todo en manos del consejo privado y de la Mano. Ser Otto Hightower había continuado en el cargo y servía al nieto como había servido al abuelo. Un hombre diestro, en eso todos coincidían, aunque muchos lo consideraban asimismo orgulloso, brusco y altanero. Cuanto más tiempo servía, más imperioso se tornaba ser Otto, se decía, y muchos grandes señores y príncipes andaban resentidos por sus modos y envidiaban su cercanía al Trono de Hierro.

El mayor de sus rivales era Daemon Targaryen, el ambicioso, impetuoso y colérico hermano menor del rey. El príncipe Daemon, tan encantador como temperamental, se había ganado las espuelas de caballero a los dieciséis años, y el propio Viejo Rey le había otorgado su espada, Hermana Oscura, en reconocimiento de sus proezas. Aunque había contraído matrimonio con la señora de Piedra de las Runas en el 97 d. C., durante el reinado del Viejo Rey, el matrimonio no había prosperado: el príncipe encontraba aburrido el Valle de Arryn («En el Valle, los hombres se follan a las ovejas —escribió—. Tampoco hay que culparlos, ya que las ovejas son más guapas que las mujeres»), y pronto desarrolló gran antipatía hacia su señora esposa, a quien apodaba «mi zorra de bronce» por la armadura rúnica de dicho metal que llevaban los señores de la casa Royce. Tras la llegada de su hermano al Trono de Hierro, el príncipe solicitó la anulación de su matrimonio. Viserys se la denegó, pero le permitió regresar a la corte, donde se incorporó al consejo privado y sirvió como consejero de la moneda, entre los años 103 y 104, y como consejero de los edictos durante la mitad del 104.

Sin embargo, la gobernanza aburría al príncipe guerrero. Le fue mejor cuando Viserys lo nombró comandante de la Guardia de la Ciudad. Puesto que se encontró con los guardias mal armados, sin uniformar y ataviados con harapos, los dotó de dagas, espadas cortas y porras; los vistió con cotas de malla negras (con pectorales para los oficiales), y les otorgó unas largas capas doradas que portaban con orgullo. Desde entonces, los hombres de la Guardia de la Ciudad eran conocidos como capas doradas.

El príncipe Daemon emprendió con entusiasmo su trabajo con los capas doradas, y con frecuencia patrullaba las callejas de Desembarco del Rey con sus hombres. Que puso más orden en la ciudad, nadie lo duda, pero su disciplina era brutal. Se deleitaba cortando la mano a los bolsistas, capando a los violadores y rebanando la nariz a los ladrones, y además mató a tres hombres en algaradas callejeras durante su primer año de comandancia. Al poco, el príncipe era bien conocido en los bajos fondos de Desembarco del Rey. Se convirtió en parroquiano de las tabernuchas, donde bebía gratis, y de los garitos de juego, de donde siempre salía con más dineros de los que llevaba al entrar. Aunque cató a innúmeras putas de los lupanares de la urbe, y se dice que era especialmente aficionado a desflorar doncellas, una tal Lysene, bailarina, pronto se convirtió en su favorita. Mysaria se hacía llamar, si bien sus rivales la llamaban Miseria, el Gusano Blanco.

Dado que el rey Viserys carecía de hijos vivos, Daemon se consideraba el legítimo heredero del Trono de Hierro y anhelaba el título de príncipe de Rocadragón, que su alteza rehusaba otorgarle. Pero a finales del año 105 d. C., sus amigos ya lo motejaban el Príncipe de la Ciudad, y para la plebe era el Señor del Lecho de Pulgas. Si bien el rey no deseaba que Daemon lo sucediera, no dejaba de sentir cariño por su hermano menor, de modo que perdonaba fácilmente sus muchas ofensas.

Además, la princesa Rhaenyra estaba enamorada de su tío Daemon, ya que se deshacía en atenciones con ella. Cada vez que cruzaba el mar Angosto a lomos de su dragón, al regresar le entregaba algún regalo exótico. El monarca se había vuelto fofo y regordete con los años; jamás volvió a cabalgar un dragón tras la muerte de Balerion y no estaba para justas, cacerías ni duelos, mientras que el príncipe Daemon destacaba en tales lides y parecía ser cuanto su hermano no era: esbelto y fuerte, célebre guerrero, bizarro, osado, más que un poco peligroso.

Y aquí debo introducir una digresión sobre nuestras fuentes, ya que muchos acontecimientos de los años venideros tuvieron lugar a puerta cerrada, en la intimidad de las escaleras, la sala del consejo y los aposentos, de modo que es probable que jamás llegue a saberse toda la verdad. Contamos, claro está, con las crónicas redactadas por el gran maestre Runciter y sus sucesores, así como con multitud de documentos cortesanos y todos los decretos y proclamas regios, pero estos narran tan solo una mínima parte de la historia. Para el resto debemos recurrir a relaciones escritas decenios después por los hijos y los nietos de quienes se vieron implicados en los sucesos de aquellos tiempos: señores y caballeros que informaban de hechos atestiguados por sus ancestros, recuerdos de tercera mano de criados ancianos que narraban los escándalos de su juventud. Mientras que, sin duda alguna, resultan útiles, ha pasado tanto tiempo entre el suceso y su transmisión, que, inevitablemente, han surgido muchas confusiones y contradicciones, y no siempre coinciden tales memorias.

Por desgracia, esto también reza para dos narraciones de observadores directos que nos han llegado. El septón Eustace, que sirvió en el septo real de la Fortaleza Roja durante buena parte de esta era y más adelante engrosó las filas de los Máximos Devotos, plasmó la crónica más detallada de este período. Como confidente y confesor del rey Viserys y su reina, se encontraba bien situado para enterarse de gran parte de cuanto acontecía, y tampoco hacía ascos a dar cuenta aun de los rumores y acusaciones más sorprendentes y salaces, si bien el grueso de El reinado de Viserys, el primero de su nombre, y la Danza de los Dragones que se siguió no deja de ser una narración lúcida y, hasta cierto punto, meditada.

Como contrapunto a la historia de Eustace contamos con El testimonio de Champiñón, basado en la narración verbal del bufón de la corte (anotada por un escribano que no nos legó su nombre) que, en varias ocasiones, divirtió con sus cabriolas al rey Viserys, a la princesa Rhaenyra y a dos Aegones, el segundo y el tercero. En opinión de la corte, Champiñón, un enano con una talla de dos codos poseedor de un enorme cabezón (y, según se jacta, de un miembro aún más grande), era corto de entendederas, de modo que los reyes, señores y príncipes no sentían comezón alguna por ocultarle sus trapos sucios. Mientras que el septón Eustace da fe de los secretos de alcoba y burdel en un tono quedo y condenatorio, Champiñón goza con ellos, y su Testimonio consta de poco más que breves y procaces anécdotas y hablillas, apuñalamientos a diestro y siniestro, envenenamientos, traiciones, seducciones y libertinaje a troche y moche. Cuánto de todo esto podemos creer es una pregunta a la que ningún historiógrafo honrado puede esperar responder, aunque vale la pena señalar que el rey Baelor el Bendito decretó que ardiesen todos los ejemplares de la crónica de Champiñón. Afortunadamente para nosotros, algunos escaparon de las llamas.

El septón Eustace y Champiñón no siempre coinciden en ciertos detalles, y en ocasiones, sus relatos son considerablemente diversos, entre sí y respecto a los registros cortesanos y las crónicas del gran maestre Runciter y sus sucesores. Aun así, tales historias sí que explican muchos aspectos que, de otro modo, parecerían desconcertantes, y fuentes posteriores confirman bastante material de sus relatos como para indicarnos que, al menos, contienen cierta parte de verdad. La cuestión de qué creer y qué dudar queda a discreción de cada erudito.

En un asunto coinciden Champiñón, el septón Eustace, el gran maestre Runciter y las demás fuentes: ser Otto Hightower, la Mano del Rey, detestaba grandemente al hermano del monarca. Fue ser Otto quien convenció a Viserys para que destituyese al príncipe Daemon de su cargo de consejero de la moneda, y luego del de consejero de los edictos, actos ambos que la Mano pronto acabaría por lamentar: como comandante de la Guardia de la Ciudad, con dos mil hombres bajo su mando, Daemon era más poderoso que nunca. «En circunstancia alguna puede el príncipe Daemon ascender al Trono de Hierro —escribió la Mano a su hermano, el señor de Antigua—. Sería un segundo Maegor el Cruel, o si cabe, peor». Era el deseo de ser Otto que la princesa Rhaenyra sucediera a su padre. «Mejor la Delicia del Reino que el señor del Lecho de Pulgas», escribió. Y no era el único de tal opinión, aunque su facción se enfrentaba a una tremenda carrera de obstáculos. Si se seguía el precedente sentado por el Gran Consejo del 101, un aspirante varón debe prevalecer sobre una fémina. A falta de un hijo legítimo, el hermano del monarca iría antes que su hija, tal como Baelon se impuso sobre Rhaenys en el 92 d. C.

En cuanto al punto de vista del soberano, todas las crónicas coinciden en que odiaba la disensión. Aunque distaba mucho de estar ciego a los defectos de su hermano, apreciaba los recuerdos del mozo libre y aventurero que había sido. Su hija era la gran dicha de su vida, decía muchas veces, pero un hermano era un hermano. Una y otra vez intentó que el príncipe Daemon y ser Otto hicieran las paces, pero la enemistad estaba demasiado arraigada bajo las falsas sonrisas que lucían en la corte. Cuando lo presionaban sobre la cuestión, el rey Viserys tan solo decía que estaba seguro de que su reina le daría pronto un hijo varón, y en el 105 d. C. anunció a la corte y al consejo privado que la reina Aemma volvía a estar encinta.

Durante aquel mismo año aciago, ser Criston Cole ingresó en la Guardia Real a fin de sustituir al fallecido y legendario ser Ryam Redwyne. Ser Criston, hijo de un mayordomo de lord Dondarrion de Refugionegro, era un joven y afable caballero de veintitrés años. Se atrajo por primera vez la atención de la corte al vencer en el combate cuerpo a cuerpo de Poza de la Doncella, celebrado para honrar la coronación del rey Viserys. En los últimos momentos del combate, ser Criston desarmó al príncipe Daemon de Hermana Oscura con el mangual, lo cual encandiló a su alteza y enfureció al príncipe. Después entregó a la princesa Rhaenyra, de siete años a la sazón, los laureles de vencedor, y le suplicó que los luciese en la justa. En las lizas derrotó de nuevo al príncipe Daemon y descabalgó a los célebres gemelos ser Arryk y ser Erryk Cargyll, de la Guardia Real, antes de caer ante lord Lymond Mallister.

Con sus ojos verde claro, su cabello como el tizón y su trato desenvuelto, pronto se convirtió en el favorito de todas las cortesanas…, y no menos de la mismísima Rhaenyra Targaryen. Tan subyugada se encontraba por los encantos del hombre, a quien motejaba «mi blanco caballero», que suplicó a su padre que lo nombrase su escudo y protector. Su alteza le concedió tal capricho, como tantos otros. Desde entonces, ser Criston siempre contó con los favores de la princesa en las lizas, y no se separaba de su vera en banquetes y festejos.

Poco después de que ser Criston se revistiese con la capa blanca, el rey Viserys invitó a Lyonel Strong, señor de Harrenhal, a entrar en el consejo privado como consejero de los edictos. Lord Strong, un hombre grandullón, fornido y calvo, gozaba de una formidable reputación como batallador. Quienes no lo conocían solían tomarlo por un hombre embrutecido, confundiendo sus silencios y la lentitud de su discurso con la estupidez, lo cual distaba mucho de ser cierto: de joven, lord Lyonel había estudiado en la Ciudadela y se había ganado seis eslabones de la cadena antes de decidir que la vida de maestre no era lo suyo. Era culto y docto, y contaba con conocimientos muy exhaustivos sobre las leyes de los Siete Reinos. Tres veces casado y tres veces viudo, el señor de Harrenhal se llevó a la corte a dos hijas doncellas y dos hijos varones. Las mozas entraron al servicio de la princesa Rhaenyra, mientras que a su hermano mayor, ser Harwin Strong, alias Quebrantahuesos, lo nombraron capitán de los capas doradas. El más joven, Larys el Patizambo, se ganó un lugar entre los confesores regios.

Tal era la situación en Desembarco del Rey a finales del año 105 d. C., cuando la reina Aemma se encamó en el Torreón de Maegor y falleció dando a luz al varón que desde hacía tanto deseaba Viserys Targaryen. El niño, llamado Baelon en honor al padre del rey, la sobrevivió tan solo un día, dejando apenados al rey y a la corte, salvo quizá el príncipe Daemon, a quien vieron en un lupanar de la calle de la Seda haciendo chistes etílicos con sus amigachos de noble cuna sobre el «heredero por un día». Cuando esto llegó a oídos del rey (la leyenda afirma que fue la puta que estaba sentada en las rodillas de Daemon quien lo delató, si bien todo apunta a que en realidad fue uno de sus compañeros de farra, un capitán de los capas doradas con ansias de ascender), quedó conmocionado. Al fin se había hartado del desagradecimiento y las ambiciones de su hermano.

Cuando concluyó el luto por su esposa y por su hijo, Viserys pasó rápidamente a resolver el asunto largamente pospuesto de la sucesión. Pese a los precedentes sentados por el rey Jaehaerys en el 92 y el Gran Consejo en el 101, declaró legítima heredera a su hija Rhaenyra y la nombró princesa de Rocadragón. En una fastuosa ceremonia celebrada en Desembarco del Rey, centenares de señores rindieron obediencia a la Delicia del Reino cuando se sentó a los pies de su padre, en la tarima del Trono de Hierro, para jurar honrar y defender su derecho de sucesión.

No obstante, el príncipe Daemon no se encontraba entre ellos. Furioso por el decreto regio, abandonó Desembarco del Rey tras dimitir de su cargo en la Guardia de la Ciudad. Primero fue a Rocadragón con su querida, Mysaria, a la grupa de su dragón Caraxes, la bestia ágil y roja a la que la plebe llamaba Guiverno Sanguíneo. Allí se quedó durante medio año, un período en que dejó embarazada a Mysaria.

Cuando supo del estado de su concubina, le regaló un huevo de dragón, pero en esto también se había excedido y suscitó la ira de su hermano, que le ordenó devolver el huevo, repudiar a su ramera y regresar con su legítima esposa; de lo contrario, sería declarado traidor. El príncipe obedeció, si bien no de buen grado, y envió a Mysaria (sin su huevo) a Lys, mientras que él voló a Piedra de las Runas, en el Valle, a fin de hacer una indeseada compañía a su «zorra de bronce». Pero Mysaria abortó espontáneamente durante una tormenta, en el mar Angosto. Cuando llegó a sus oídos, el príncipe Daemon no pronunció una sola palabra de duelo, pero su corazón se rebeló contra su hermano. Desde entonces tan solo habló del rey Viserys con desdén, y se puso a maquinar día y noche para hacerse con la sucesión.

Aunque la princesa de Rocadragón era Rhaenyra por designio de su padre, había muchos en el reino, en la corte y más allá, que aún confiaban en que el Joven Rey engendrase un heredero varón, ya que aún no había cumplido los treinta años. El gran maestre Runciter fue el primero que pidió a su alteza que volviese a casarse, sugiriéndole incluso una candidata idónea: lady Laena Velaryon, una fiera doncella recién florecida que acaba de cumplir los doce años, heredera de la beldad de los auténticos Targaryen por parte de su madre, Rhaenys, y un espíritu osado y aventurero por parte de su padre, la Serpiente Marina. Tal como a lord Corlys le encantaba navegar, a Laena le encantaba volar, y había reclamado para sí nada menos que a la poderosa Vhagar, el dragón más viejo y grandioso de los Targaryen desde el fallecimiento del Terror Negro en el 94 d. C. Desposándose con la moza, el rey podía salvar el abismo que se había abierto entre el Trono de Hierro y Marcaderiva, según señaló Runciter. Y Laena, seguramente, sería una reina espléndida.

Viserys I Targaryen no era el más voluntarioso de los reyes, justo es decirlo. Siempre amigable y ansioso por complacer, confiaba enormemente en el consejo de los hombres que lo rodeaban, y hacía cuanto le proponían con muchísima frecuencia. En este caso, no obstante, tenía ideas propias y ningún argumento podría disuadirlo. Se casaría nuevamente, sí, pero no con una doncella de doce años, y no por razón de estado: otra mujer le había entrado por los ojos. Anunció su intención de desposarse con lady Alicent de la casa Hightower, la avispada y encantadora hija de dieciocho años de la Mano del Rey, la que leía al rey Jaehaerys en su lecho de muerte.

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