Fuego y sangre
Los herederos del Dragón: Un asunto sucesorio
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Los Hightower de Antigua eran una familia noble ancestral, de linaje impecable. No era posible que cupiera objeción alguna a la elección de la prometida del rey. Aun así, hubo quienes murmuraron que la Mano era un advenedizo que había llevado a su hija a la corte con esta idea. Unos cuantos llegaron incluso a sembrar dudas sobre la virtud de lady Alicent, diciendo que había recibido al rey Viserys en su lecho ya antes de la muerte de la reina Aemma. (Tales calumnias jamás se pudieron demostrar, si bien Champiñón las repite en su Testimonio y llega al punto de afirmar que la lectura no era el único servicio que lady Alicent brindaba al Viejo Rey en su cámara). En el Valle, al parecer, el príncipe Daemon dio tal paliza al sirviente que le transmitió la noticia, que estuvo a punto de matarlo. Tampoco plugo a la Serpiente Marina cuando el rumor alcanzó Marcaderiva. La casa Velaryon había caído en la marginación de nuevo, ya que su hija Laena había sufrido un desprecio similar al padecido por su hijo Laenor ante el Gran Consejo, así como su esposa a manos del Viejo Rey allá por el año 92 d. C. Tan solo lady Laena parecía no molestarse. «La señora muestra mucho más interés por el vuelo que por los mozos», escribió el maestre de Marea Alta a la Ciudadela.
Cuando el rey Viserys tomó a Alicent Hightower por esposa, en el 106 d. C., la casa Velaryon brilló por su ausencia. Rhaenyra brindó por su madrastra en el convite, y la reina Alicent la besó y la llamó «hija». La princesa se encontraba entre las mujeres que desvistieron al rey y lo condujeron a la cámara nupcial. Las risas y el amor reinaron en la Fortaleza Roja aquella noche, mientras que, al otro lado de la bahía del Aguasnegras, la Serpiente Marina recibía al hermano del rey, el príncipe Daemon, en un consejo militar. El príncipe había padecido cuanto podía soportar en el Valle de Arryn, en Piedra de las Runas y con su señora esposa. «A Hermana Oscura la forjaron para tareas más nobles que matar ovejas —se dice que declaró al Señor de las Mareas—. Está sedienta de sangre». Pero no era una rebelión lo que tenía pensado; veía otro camino hacia el poder.
Hacía tiempo que los Peldaños de Piedra, la cadena de islas rocosas que quedan entre Dorne y las Tierras de la Discordia de Essos, eran una guarida de forajidos, exiliados, cazadores de naufragios y piratas.
En sí mismos eran de escaso valor, pero, dada su situación, controlaban las rutas marinas del mar Angosto, de modo que muchos navíos mercantes que surcaban tales aguas eran presa de sus moradores. Aun así, durante centurias, esas depredaciones no habían constituido sino leves molestias.
No obstante, diez años atrás, las Ciudades Libres de Lys, Myr y Tyrosh habían arrumbado sus enconadas enemistades para hacer causa común en una guerra contra Volantis. Tras derrotar a los volantinos en la batalla de las Tierras Fronterizas, las tres ciudades victoriosas firmaron una «alianza eterna» y fundaron una nueva y gran potencia, la Triarquía, más conocida en Poniente como el Reino de las Tres Hijas (ya que cada una de las Ciudades Libres se consideraba hija legítima de la Valyria de antaño) o, más bastamente, el Reino de las Tres Putas. Aun así, tal reino carecía de rey y lo gobernaba un consejo compuesto por treinta y tres magistrados. En cuanto Volantis firmó la paz y se retiró de las Tierras de la Discordia, las Tres Hijas volvieron la mirada al oeste y barrieron los Peldaños de Piedra con sus ejércitos y flotas coaligados, bajo el mando de Craghas Drahar, el príncipe almirante myriense que se ganó el sobrenombre de Benefactor de los Cangrejos al empalar a centenares de piratas cautivos en la arena húmeda para que se ahogasen al subir la marea.
La conquista y anexión de los Peldaños de Piedra por parte de las Tres Hijas recibió al principio la aprobación de los señores de Poniente. El orden había reemplazado al caos, y si las Tres Hermanas exigían un pago por el paso de las naves por sus aguas, parecía un precio barato por librarse de la piratería.
Sin embargo, las ansias de conquista de Craghas el Benefactor de los Cangrejos y sus compañeros tardaron poco en depararles odios. La tarifa subía una y otra vez, y pronto llegó a ser tan ruinosa que los mercaderes que en tiempos pagaban de buen grado trataban de burlar las galeras de la Triarquía tal como hacían antaño con los piratas. Drahar, así como sus coalmirantes lysenos y tyroshíes, parecían competir en codicia, se quejaban los hombres. Los lysenos se hicieron acreedores de un odio especial, ya que exigían algo más que monedas por el paso de los navíos y se hacían con mujeres, mozas y mozos atractivos para servir en sus jardines de placer y sus casas de las almohadas. (Entre los así esclavizados se contaba lady Johanna Swann, una sobrina de quince años del señor de Yelmo de Piedra. Cuando su tristemente famoso tío se negó a pagarle el rescate, la vendieron a una casa de las almohadas, donde llegó a convertirse en la célebre cortesana conocida como el Cisne Negro y en gobernadora de facto de Lys. Pero, ay, su historia, por fascinante que sea, no tiene cabida en la presente).
De todos los señores de Poniente, ninguno padeció tan gravemente tales prácticas como Corlys Velaryon, la Serpiente Marina, Señor de las Mareas, cuyas flotas lo habían hecho el más rico y poderoso de los Siete Reinos. Estaba decidido a poner fin al gobierno de la Triarquía en los Peldaños de Piedra, y en Daemon Targaryen halló un voluntarioso compañero, ávido del oro y la gloria que le reportaría la victoria bélica. Tras rehuir la boda regia, trazaron sus planes en Marea Alta, en la isla de Marcaderiva. Lord Velaryon comandaría la flota; el príncipe Daemon, el ejército. Se verían enormemente superados en número por las fuerzas de las Tres Hermanas; pero el príncipe aportaría asimismo el fuego de su dragón Caraxes, el Guiverno Sanguíneo.
No es nuestro propósito relatar en detalle la guerra privada que libraron Daemon Targaryen y Corlys Velaryon en los Peldaños de Piedra; baste decir que las hostilidades empezaron en el 106 d. C. El príncipe Daemon tuvo pocas dificultades para levar una hueste de aventureros sin tierra y segundones, y obtuvo muchas victorias durante los dos primeros años del conflicto. En el 108 d. C., cuando al fin se las vio cara a cara con Craghas, lo mató en singular combate y le cercenó la testa con Hermana Oscura.
El rey Viserys, sin duda complacido por deshacerse de su problemático hermano, apoyó su empeño con aportaciones constantes de oro, y allá por el 109 d. C., Daemon Targaryen y su ejército de mercenarios y asesinos a sueldo controlaban todas las islas salvo dos, y la flota de la Serpiente Marina se había hecho firmemente con el control de las aguas que las rodeaban. Durante este breve período victorioso, el príncipe Daemon se autoproclamó rey de los Peldaños de Piedra y del mar Angosto, y lord Corlys le ciñó las sienes con una corona; pero su «reino» distaba mucho de estar afianzado. Al año siguiente, el Reino de las Tres Hermanas envió otra fuerza invasora bajo el mando del maligno capitán tyroshí Racallio Ryndoon, seguramente uno de los más curiosos y extravagantes lobos solitarios de los anales de la historia, y Dorne se unió a la guerra como aliado de la Triarquía. Las luchas continuaron.

Aunque los Peldaños de Piedra estaban sumidos en sangre y fuego, ni el rey Viserys ni su corte se vieron importunados. «Que Daemon juegue a los soldaditos —dicen que dijo el monarca—. Así no se meterá en líos». Viserys era un hombre de paz, y durante aquellos años, Desembarco del Rey fue una incesante sucesión de banquetes, bailes y torneos, en los que mimos y trovadores anunciaban el nacimiento de cada principito Targaryen. La reina Alicent demostró pronto ser tan fértil como hermosa: en el 107 d. C. dio al rey un hijo bien sano a quien llamaron Aegon, por el Conquistador. Dos años después le dio una hija, Helaena; en el 110 d. C. tuvo un segundo hijo, Aemond, de quien se dice que tenía la mitad de la talla de su hermano mayor, pero el doble de fiereza.
No obstante, la princesa Rhaenyra continuó sentándose al pie del Trono de Hierro cuando su padre celebraba audiencias, y su alteza empezó a invitarla asimismo a reuniones del consejo privado. Aunque muchos nobles caballeros pretendían sus favores, la princesa no tenía ojos sino para ser Criston Cole, el joven campeón de la Guardia Real y su constante compañero. «Ser Criston protege a la princesa de sus enemigos, pero ¿quién protegerá a la princesa de ser Criston?», preguntó en una ocasión la reina Alicent en la corte. La amistad entre esta y su hijastra acabó durando poco, ya que tanto Rhaenyra como Alicent aspiraban a ser la primera dama del reino, y si bien la reina había aportado ya no uno, sino dos herederos varones, Viserys no había hecho nada por modificar el orden de sucesión. La princesa de Rocadragón siguió siendo su delfina reconocida, y la mitad de los señores de Poniente habían jurado defender sus derechos. Quienes preguntaban: «¿Y qué pasa con el fallo del Gran Consejo del 101?» no hallaban sino oídos sordos. La cuestión ya estaba decidida en lo que tocaba al rey, y no era un asunto en que desease reincidir.
Aun así, las preguntas persistían, y no pocas las formulaba la propia reina Alicent. Quien con más fervor la apoyaba era su padre, ser Otto Hightower, Mano del Rey; tanto que presionó excesivamente al soberano en este aspecto, y en el 109 d. C., Viserys lo despojó de la cadena insignia de su cargo y nombró en su lugar al taciturno Lyonel Strong, señor de Harrenhal. «Esta Mano no me hostigará», proclamó su alteza.
Aun después del regreso de ser Otto a Antigua, seguía existiendo en la corte «el partido de la reina», un grupo de poderosos señores partidarios de la reina Alicent que respaldaban los derechos de sus hijos. A ellos se contraponía «el partido de la princesa». El rey Viserys quería tanto a su esposa como a su hija, y detestaba el conflicto y la disputa. Toda su vida se esforzó por mantener la paz entre una y otra y por complacer a ambas con regalos, oro y honores; durante toda su existencia y reinado, mantuvo el equilibrio; los festines y los torneos se continuaron como antes, y la paz prevaleció en todo el reino. Aunque hubo algún avispado que observó que los dragones de un partido lanzaban tarascadas y escupían fuego a los de la oposición siempre que se cruzaban.
En el 111 d. C. se celebró un gran torneo en Desembarco del Rey para festejar el quinto aniversario del casamiento del monarca con la reina Alicent. En el banquete inaugural, la soberana lució un vestido verde, mientras que la princesa se aderezó teatralmente con el rojo y negro de los Targaryen. Se tomó debida nota, y en lo sucesivo, se convirtió en hábito referirse a los «verdes» y los «negros» para designar, respectivamente, a los adeptos de la reina y los de la princesa. En el propio torneo, los negros se impusieron cuando ser Criston Cole, que contaba con el favor de la princesa Rhaenyra, descabalgó a todos los adalides de la reina, incluidos dos primos de esta y su hermano benjamín, ser Gayne Hightower.

No obstante, había uno que no iba de verde ni de negro, sino de oro y plata: el príncipe Daemon había regresado al fin a la corte. Ceñido con una diadema y presentándose como el rey del mar Angosto, apareció sin anunciarse en los cielos de Desembarco del Rey a horcajadas sobre su dragón y trazó tres círculos sobre el solar del torneo…, pero cuando tocó tierra se prosternó ante su hermano y le ofreció su corona como muestra de amor y su lealtad. Viserys se la devolvió, lo besó en sendas mejillas y le dio la bienvenida, y tanto los señores como el populacho prorrumpieron en un clamoroso vitoreo mientras los hijos del Príncipe de la Primavera se reconciliaban. Entre quienes más alto vociferaban se encontraba la princesa Rhaenyra, alborozada por el regreso de su tío favorito, a quien impetró que se quedase un tiempo.
Hasta aquí sabemos. En cuanto a lo sucedido después, ya no nos cabe sino echar mano de nuestros cronistas más cuestionables. El príncipe Daemon, en efecto, se quedó medio año en Desembarco del Rey; sobre eso no hay disputa. Incluso retomó su puesto en el consejo privado, según nos dice el gran maestre Runciter, pero ni la edad ni el exilio habían modificado su naturaleza. Pronto, Daemon volvió a andar en compañía de sus amigotes de capa dorada y regresó a los establecimientos que jalonan la calle de la Seda, donde había sido tan buen cliente. Aunque trataba a la reina Alicent con toda la cortesía debida a su posición, no había afecto entre ellos, y se decía que el príncipe se mostraba notablemente frío con los sobrinos que ella le había dado, sobre todo con Aegon y Aemond, cuyos nacimientos lo habían hundido aún más en el orden sucesorio.
La princesa Rhaenyra era harina de otro costal. Daemon se pasaba luengas horas en su compañía, encandilándola con relatos de sus viajes y batallas. Le regalaba perlas, sedas, libros y una tiara de jade que se decía que había pertenecido a la emperatriz de Leng; le recitaba poemas; cenaba con ella; practicaba la cetrería con ella; navegaba con ella, y la divertía mofándose de los verdes de la corte, los «lameculos» que mariposeaban en torno a la reina Alicent y sus hijos. Alababa su belleza y declaraba que era la doncella más hermosa de los Siete Reinos. Tío y sobrina comenzaron a volar juntos casi a diario, haciendo carreras con Syrax y Caraxes hasta Rocadragón y de vuelta.
Aquí es donde divergen nuestras fuentes. El gran maestre Runciter nos dice tan solo que los hermanos volvieron a discutir y el príncipe Daemon partió de Desembarco del Rey para regresar a los Peldaños de Piedra y a sus guerras. De la causa de tal disputa, nada nos dice. Otros sostienen que la reina Alicent pidió a Viserys que expulsara a Daemon. Pero el septón Eustace y Champiñón nos narran algo distinto, o más bien, dos historias, diversas también entre sí. Eustace, el menos salaz, escribe que el príncipe Daemon sedujo a su sobrina la princesa y mancilló su doncellez. Cuando ser Arryk Cargyll, de la Guardia Real, descubrió a los amantes encamados y los llevó a comparecer ante el rey, Rhaenyra insistió en que estaba enamorada de su tío y rogó a su padre que les concediera su venia para contraer matrimonio. Sin embargo, el rey Viserys no quiso saber nada del asunto y le recordó que el príncipe Daemon ya tenía esposa. Tal era su ira que confinó a su hija en sus aposentos, expulsó a su hermano y ordenó a ambos que jamás volviesen a hablar de lo sucedido.
El relato de Champiñón es mucho más depravado, como suele suceder con su Testimonio. Según el enano, era por ser Criston Cole por quien bebía los vientos la princesa, no por el príncipe Daemon, pero ser Criston era un auténtico caballero, noble, casto y bien consciente de sus votos, y aunque la acompañaba día y noche, jamás la había besado tan siquiera, ni le había declarado su amor. «Cuando te mira, ve a la chiquilla que eras, no a la mujer en que te has convertido —dijo Daemon a su sobrina—, pero yo puedo enseñarte a hacer que te vea como a una mujer».
Comenzó por darle lecciones de besos, si hemos de dar crédito a Champiñón. De ahí, el príncipe pasó a enseñar a su sobrina cómo tocar mejor a un hombre para darle placer, un ejercicio que a veces implicaba al propio Champiñón y su presuntamente enorme miembro. Daemon enseñó a la moza a desvestirse con picardía; le succionaba las tetas para hacerlas más grandes y sensibles, y volaba con ella a lomos de dragón hasta rocas solitarias de la bahía del Aguasnegras, donde podían pasarse el día en cueros sin ser vistos y la princesa podía practicar el arte de complacer a un hombre con la boca. De noche la sacaba a hurtadillas de sus aposentos, vestida de paje, y la llevaba a burdeles de la calle de la Seda, para que pudiera observar a hombres y mujeres practicando el acto amatorio y aprender más de las «artes femeninas» de las meretrices de Desembarco del Rey.
Sobre cuánto duraron tales lecciones, Champiñón no dice nada, aunque, a diferencia del septón Eustace, insiste en que la princesa Rhaenyra conservó la virginidad, ya que deseaba agasajar con ella a su amado. Pero cuando al fin abordó a su «caballero blanco» haciendo uso de cuanto había aprendido, ser Criston la rechazó horrorizado. Lo sucedido tardó poco en salir a la luz, no en poca medida gracias al propio Champiñón. El rey Viserys, al principio, se negó a creer ni una sola palabra, hasta que el príncipe Daemon confirmó la veracidad del relato. «Dame a la chica por esposa —dijo, al parecer, a su hermano—. ¿Quién la va a querer ahora?». Pero lo que hizo el rey Viserys fue enviarlo al exilio y promulgar que jamás podría regresar a los Siete Reinos so pena de muerte. (Lord Strong, la Mano del Rey, arguyó que había que ejecutar al príncipe inmediatamente por traidor, pero el septón Eustace recordó a su alteza que ningún hombre es tan maldito como el que mata a los de su estirpe).
Del resultado se sabe a ciencia cierta lo siguiente: Daemon Targaryen regresó a los Peldaños de Piedra y retomó su lucha por aquellas rocas peladas y azotadas por las tormentas. El gran maestre Runciter y ser Harrold Westerling fallecieron en el 112 d. C., ser Criston Cole ocupó el cargo de lord comandante de la Guardia Real en sustitución de ser Harrold, y los archimaestres de la Ciudadela enviaron al maestre Mellos a la Fortaleza Roja a fin de que heredase la cadena y las tareas del gran maestre. Por lo demás, Desembarco del Rey recuperó su acostumbrada tranquilidad durante la mayor parte de dos años, hasta el 113 d. C., cuando la princesa Rhaenyra cumplió los dieciséis años, tomó posesión de Rocadragón como sede propia y se casó.
Mucho antes de que ningún hombre tuviera motivo para dudar de su inocencia, la selección de un cónyuge adecuado para Rhaenyra inquietaba al rey Viserys y a su consejo. Grandes señores y bizarros caballeros revoloteaban en torno a ella como polillas en torno a la llama, anhelando hacerse con sus favores. Cuando Rhaenyra visitó el Tridente en el 112, los hijos de lord Bracken y lord Blackwood se batieron en duelo por ella, y un hijo menor de la casa Frey tuvo la osadía de pedir su mano abiertamente («el Frey Necio», lo motejaron desde entonces). En occidente, ser Jason Lannister y su gemelo ser Tyland se la disputaron durante un banquete, en Roca Casterly. Los hijos de lord Tully de Aguasdulces, lord Tyrell de Altojardín, lord Oakheart de Roble Viejo y lord Tarly de Colina Cuerno cortejaron a la princesa, al igual que ser Harwin Strong, el hijo mayor de la Mano, apodado Quebrantahuesos, heredero de Harrenhal y considerado el hombre más fuerte de los Siete Reinos. (Viserys habló incluso de casar a Rhaenyra con el príncipe de Dorne como medio para incorporar a los dornienses al reino).
La reina Alicent tenía su propio candidato: su hijo mayor, el príncipe Aegon, hermano paterno de Rhaenyra; pero era diez años menor que la princesa y, para colmo, jamás se habían llevado bien. «Razón de más para unirlos en matrimonio», arguyó la soberana. Viserys no coincidía: «El zagal es de la sangre de Alicent —dijo a lord Strong—. Lo quiere en el trono».
La mejor opción, como al final concluyeron el rey y el consejo privado, sería un primo de Rhaenyra, a la sazón Laenor Velaryon. Aunque el Gran Consejo del 101 había desestimado su aspiración, no dejaba de ser nieto del príncipe Aemon Targaryen, de bendita memoria, y nieto del mismísimo Viejo Rey. Tal casamiento aunaría y fortalecería el linaje regio, y recuperaría la amistad de la Serpiente Marina y su poderosa flota para el Trono de Hierro.
Una objeción sí se planteó: si bien Laenor Velaryon tenía diecinueve años, jamás había mostrado interés por las mujeres; más bien se rodeaba de apuestos escuderos de su edad, y se decía que prefería su compañía. Pero el gran maestre Mellos no dio pábulo a tal inquietud. «¿Y qué? —dijo—. A mí tampoco me gusta el pescado, pero cuando sirven pescado, me lo como». Así fue como se decidió el casorio.
Sin embargo, el rey y el consejo no se molestaron en consultar a Rhaenyra, que demostró ser hija de su padre y expuso sus ideas sobre con quién deseaba casarse; sabía cuanto había que saber sobre Laenor Velaryon y no deseaba en modo alguno ser su esposa. «Mis medio hermanos serían más de su agrado», dijo al rey. (La princesa siempre ponía buen cuidado en referirse a los hijos de la reina Alicent como medio hermanos, jamás como hermanos). Y aunque su alteza razonó con ella, le imploró, le gritó y la llamó hija desagradecida, ninguna palabra suya pudo disuadirla…, hasta que sacó el asunto de la sucesión: lo que un rey había hecho, un rey podía deshacerlo. Se casaría como le ordenaba, o nombraría heredero a su hermano paterno Aegon. Ante esto, la voluntad de la princesa cedió. El septón Eustace nos dice que cayó a las rodillas de su padre y suplicó perdón; Champiñón, que le escupió a la cara, pero ambos coinciden en que al final consintió matrimoniar.
Aquí difieren de nuevo nuestras fuentes. Aquella noche, informa el septón Eustace, ser Criston Cole se coló en la cámara de la princesa a fin de confesarle su amor; le dijo que tenía un navío esperando en la bahía y le suplicó que se escapase con él al otro lado del mar Angosto. Se casarían en Tyrosh o en la antigua Volantis, donde su padre carecía de mando y a nadie le importaría que ser Criston hubiera conculcado sus votos como miembro de la Guardia Real. Sus proezas con la espada y el mangual eran tales, que no le cabía duda de que daría con algún príncipe mercader que lo tomase a su servicio. Pero Rhaenyra lo rechazó. Era de la sangre del dragón, le recordó, y había nacido para algo más que vivir como la esposa de un simple mercenario. Además, si arrumbaba sus votos de guardia real, ¿por qué cabía esperar que respetara los matrimoniales?
Champiñón narra una historia muy distinta. En su versión, fue la princesa Rhaenyra quien acudió a ser Criston y no al revés. Lo halló solo en la Torre de la Espada Blanca, atrancó la puerta, se quitó la capa para revelarse desnuda y le dijo: «Preservé mi doncellez para ti. Tómala ahora como prueba de mi amor. Nada le importará a mi prometido, y quizá cuando se entere de que no soy casta, me rechace».
Pero pese a tanta beldad, sus ruegos cayeron en oídos sordos, ya que ser Criston era un hombre de honor y fiel cumplidor de sus votos. Ni cuando Rhaenyra puso en práctica las artes aprendidas de su tío Daemon logró persuadir a Cole. Rechazada y furiosa, volvió a ponerse la capa y salió corriendo hacia la oscuridad, donde se topó casualmente con ser Harwin Strong, que regresaba de una noche de bacanal en los bajos fondos de la urbe. Quebrantahuesos deseaba a la princesa desde hacía mucho tiempo, y carecía de los escrúpulos de ser Criston. Fue él quien se hizo con la inocencia de Rhaenyra y vertió la sangre de su doncellez con la espada de su hombría; todo esto según Champiñón, quien afirma haberlos sorprendido encamados al rayar el alba.
Fuera como fuese, tanto si la princesa repelió al caballero como si él la repelió a ella, de aquella noche en adelante, el amor que ser Criston Cole pudiera sentir por Rhaenyra Targaryen se tornó en desprecio y desdén, y el hombre que hasta aquel momento había sido el constante compañero y adalid de la princesa se convirtió en su más enconado enemigo.
No mucho después, Rhaenyra zarpó hacia Marcaderiva a bordo del Serpiente Marina, acompañada por sus doncellas (dos de ellas hijas de la Mano y hermanas de ser Harwin), el bufón Champiñón y su nuevo adalid, que no era otro que el mismísimo Quebrantahuesos. El 114 d. C., Rhaenyra Targaryen, princesa de Rocadragón, tomó por esposo a ser Laenor Velaryon (armado caballero una quincena antes del casorio, ya que se juzgaba preciso tal cargo en el príncipe consorte). La novia tenía diecisiete años; el novio, veinte, y todos coincidían en que componían una hermosa pareja. El casamiento se celebró con siete jornadas de festejos y justas, el más lujoso torneo organizado en muchos años. Entre los competidores se contaban los hermanos de la reina Alicent, cinco hermanos juramentados de la Guardia Real, Quebrantahuesos y el favorito del novio, ser Joffrey Lonmouth, conocido como el Caballero de los Besos. Cuando Rhaenyra otorgó la liga a ser Harwin, su reciente esposo rio y entregó una de las suyas a ser Joffrey.
Carente de los favores de Rhaenyra, Criston Cole recurrió a la reina Alicent. Luciendo su prenda, el joven lord comandante de la Guardia Real derrotó a cuantos lo retaron con enconada fiereza. Dejó a Quebrantahuesos con la clavícula quebrada y un codo destrozado (a raíz de lo cual Champiñón lo motejó «Huesosquebrantados» para los restos), pero fue el Caballero de los Besos quien sintió más que nadie la medida de su ira. El arma favorita de Cole era el mangual, y los golpes que hizo llover sobre el adalid de ser Laenor le partieron el yelmo y lo dejaron inconsciente en el lodo. Después de que lo evacuaran ensangrentado del campo, ser Joffrey murió en seis días sin recobrar la consciencia. Champiñón nos dice que ser Laenor, aquellos días, no se apartó ni un momento de su cabecera, y que lloró amargamente cuando el Desconocido lo llamó a su lado.

El rey Viserys estaba sumamente airado, ya que una celebración gozosa se había tornado ocasión de duelo y recriminaciones. Sin embargo, se dijo que la reina Alicent no compartía su displacer, ya que poco después pidió a ser Criston Cole que fuese su protector personal. La frialdad entre la esposa y la hija del rey resultaba patente para todos; aun los legados de las Ciudades Libres la consignaron en cartas remitidas a Pentos, Braavos y la antigua Volantis.
Ser Laenor regresó a Marcaderiva poco después, lo que hizo a muchos dudar que el matrimonio se hubiera consumado. La princesa se quedó en la corte, rodeada de amigos y admiradores. Ser Criston Cole no se encontraba entre ellos, ya que se había pasado indudablemente al partido de la reina, los verdes, pero el gigantesco y temible Quebrantahuesos (o Huesosquebrantados, a decir de Champiñón) ocupó su lugar y se convirtió en el más acérrimo de los negros, siempre al lado de Rhaenyra en banquetes, danzas y cacerías. Su marido nada objetaba; prefería la comodidad de Marea Alta, donde pronto dio con un nuevo favorito en la persona de un caballero de la casa, llamado Qarl Correy.
Desde entonces, si bien se reunía con su mujer para importantes actos cortesanos donde se esperaba su presencia, ser Laenor pasaba casi todos sus días alejado de la princesa. El septón Eustace dice que no compartieron lecho sino una decena de veces. Champiñón coincide, aunque añade que Qarl Correy lo compartió también en varias ocasiones: a la princesa la excitaba contemplar los encuentros de ambos hombres, nos relata, y de vez en cuando contaban con ella para sus placeres.
Sin embargo, Champiñón se contradice, ya que en otro pasaje de su Testimonio afirma que la princesa abandonaba a su marido con su amante en tales noches y buscaba solaz en brazos de Harwin Strong.
Sea cual sea la verdad contenida en tales relaciones, pronto se anunció que la princesa estaba grávida. El niño, nacido en los postreros días del 114 d. C., era grande y robusto, de cabello castaño, ojos marrones y nariz respingona. (Ser Laenor tenía la nariz aguileña, el pelo rubio plateado y unos ojos de color violeta que daban fe de su sangre valyria). Laenor deseaba poner al niño el nombre de Joffrey, cosa que descartó su padre, lord Corlys, así que recibió un nombre tradicional de los Velaryon: Jacaerys (los amigos y hermanos lo acabarían llamando Jace).
La corte aún se regocijaba con el nacimiento del hijo de la princesa cuando su madrastra, la reina Alicent, también se puso de parto y dio a Viserys su tercer vástago, Daeron…, cuya coloración, a diferencia de la de Jace, atestiguaba su sangre de dragón. Por orden regia, los infantes Jacaerys Velaryon y Daeron Targaryen compartieron ama de cría hasta el destete. Se decía que el rey confiaba en que ser hermanos de leche prevendría toda enemistad entre ambos niños. De ser así, sus esperanzas acabaron siendo tristemente vanas.
Un año después, en el 115 d. C., se produjo un suceso trágico de esos que moldean el destino de los reinos: la «zorra de bronce» de Piedra de las Runas, lady Rhea Royce, se cayó del caballo mientras practicaba la cetrería y se fracturó el cráneo con una piedra. Pasó nueve días encamada hasta que al fin se sintió con fuerzas para levantarse, si bien se desplomó al instante y falleció al cabo de una hora. Como es debido, se envió un cuervo a Bastión de Tormentas, y lord Baratheon despachó un mensajero por barco rumbo a Piedra Sangrienta, donde el príncipe Daemon aún se esforzaba con denuedo por defender su magro reino contra los hombres de la Triarquía y sus aliados dornienses. Daemon voló inmediatamente al Valle; «Para dar descanso a mi esposa», dijo, aunque era más posible que esperase reclamar sus tierras, castillos y rentas. En eso fracasó, ya que Piedra de las Runas pasó al sobrino de lady Rhea, y cuando Daemon apeló al Nido de Águilas, no solo se desestimó su petición, sino que lady Jeyne lo advirtió de que su presencia no era grata en el Valle.
Tras regresar volando a los Peldaños de Piedra, el príncipe Daemon aterrizó en Marcaderiva a fin de hacer una visita de cortesía a su antiguo compañero de conquista, la Serpiente Marina, y a su esposa, la princesa Rhaenys. Marea Alta era uno de los escasos lugares de los Siete Reinos donde el hermano del rey podía estar seguro de que no lo rechazarían. Allí puso sus miras en la hija de lord Corlys, Laena, una doncella de veintidós años alta, esbelta y en exceso encantadora (incluso Champiñón quedó cautivado por su belleza y escribió que era «casi tan guapa como su hermano»), con su poblada cabellera de bucles de oro y plata que le caían por debajo de la cintura. Laena estaba prometida desde los doce años con el heredero del Señor del Mar de Braavos, pero el padre había muerto antes de que se pudieran casar, y el hijo demostró ser un haragán y un necio que dilapidó las riquezas y el poder de la familia antes de marcharse a Marcaderiva. Carente de un modo digno de librarse del bochorno, pero nada dispuesto a contraer matrimonio, lord Corlys había pospuesto el casorio en repetidas ocasiones.
El príncipe Daemon se enamoró de Laena, según nos narran las trovas. Los de inclinación más crítica consideran que el príncipe la vio como un medio para asegurar su descendencia. Después de que lo considerasen el heredero de su hermano, había caído bajísimo en la línea de sucesión, y ni verdes ni negros tenían un hueco para él. Pero la casa Velaryon era bastante poderosa para desafiar a ambos partidos impunemente. Harto de los Peldaños de Piedra y libre al fin de su «zorra de bronce», Daemon Targaryen pidió a lord Corlys la mano de su hija.
El prometido braavosí exiliado seguía siendo un impedimento, pero no duró mucho, ya que Daemon se mofó de él en su cara tan acerbamente que el mozo no tuvo más remedio que retarlo a sustentar sus palabras con acero. Armado con Hermana Oscura, el príncipe no tuvo ni para empezar con su rival; una quincena después se casó con lady Laena Velaryon y abandonó su miserable reino de los Peldaños de Piedra. (Cinco hombres más lo sucedieron como reyes del mar Angosto, hasta que la breve y sangrienta historia de ese salvaje «reino» mercenario acabó para los restos).
El príncipe Daemon sabía que nada le placería a su hermano enterarse de su matrimonio. Prudentemente, el príncipe y su reciente esposa se alejaron de Poniente poco después de la boda y cruzaron el mar Angosto en sus dragones. Hay quienes dicen que volaron a Valyria, desafiando así la maldición que pesaba sobre esos yermos humeantes, en busca de los secretos de los señores dragón del antiguo Feudo Franco. El propio Champiñón nos informa sobre este dato en su Testimonio, si bien tenemos abundantes pruebas de que la verdad fue menos romántica. El príncipe Daemon y lady Laena volaron en primer lugar a Pentos, donde los agasajó el príncipe de la urbe. Los pentoshíes temían el creciente poder de la Triarquía, en el sur, y consideraban a Daemon un valioso aliado contra las Tres Hermanas. Desde allí cruzaron las Tierras de la Discordia hasta llegar a la antigua Volantis, donde gozaron de un recibimiento asimismo cordial. Después volaron hasta el Rhoyne para visitar Qohor y Norvos. En esas ciudades tan alejadas de las leyes de Poniente y del poder de la Triarquía, el recibimiento fue algo menos entusiasta; sin embargo, doquiera que fueran, grandes multitudes acudían a contemplar a Vhagar y a Caraxes.
Los jinetes de dragón habían regresado a Pentos cuando lady Laena supo que estaba encinta. Tras descartar futuros vuelos, se asentaron en una mansión extramuros de la ciudad como huéspedes de un magíster pentoshí, hasta que nació su vástago.
Entretanto, en Poniente, la princesa Rhaenyra había dado a luz un segundo hijo a finales del año 115 d. C. El niño recibió el nombre de Lucerys (Luke, para abreviar). El septón Eustace nos cuenta que tanto ser Laenor como ser Harwin se encontraban a la cabecera de Rhaenyra durante el alumbramiento. Igual que su hermano Jace, Luke tenía los ojos pardos y una saludable cabeza cuajada de cabello castaño en lugar del oro y plata de los príncipes Targaryen, pero era más grande y vigoroso, y el rey Viserys se quedó encantado con él cuando se presentó en la corte.
La reina Alicent no compartía tales sentimientos. «Sigue intentándolo —dijo a ser Laenor, según Champiñón—, que más tarde o más temprano, quizá tengas uno que se te asemeje». La rivalidad entre los verdes y los negros se ahondó aún más, hasta un punto en que la reina y la princesa encontraban insufrible la presencia mutua. Desde entonces, la reina Alicent se quedó en la Fortaleza Roja, mientras que la princesa pasaba los días en Rocadragón, atendida por sus damas, Champiñón y su adalid, ser Harwin Strong. De su esposo, ser Laenor, se decía que la visitaba «frecuentemente».
En el 116 d. C., en la ciudad libre de Pentos, lady Laena dio a luz a dos gemelas, las auténticas primogénitas del príncipe Daemon, quien llamó a las niñas Baela (por su padre) y Rhaena (por su madre). Eran pequeñas y enfermizas, ay, pero ambas tenían bellos rasgos, el cabello rubio plateado y los ojos violeta. Cuando tenían medio año y ya estaban más fuertes, navegaron con su madre a Marcaderiva, y Daemon se adelantó volando con ambos dragones. Desde Marea Alta envió un cuervo a su hermano, en Desembarco del Rey, para informarlo del nacimiento de sus sobrinas y pedirle venia para presentarlas en la corte a fin de recibir la bendición real. Aunque su Mano y el consejo privado se lo discutieron acaloradamente, Viserys consintió, ya que aún apreciaba al hermano que había sido el compañero de su juventud. «Daemon ya es padre —dijo al gran maestre Mellos—. Habrá cambiado». Y así fue como los hijos de Baelon Targaryen se reconciliaron por segunda vez.
En el 117 d. C., en Rocadragón, la princesa Rhaenyra dio a luz a otro hijo. Ser Laenor recibió al fin permiso para ponerle el nombre de su amigo caído, ser Joffrey Lonmouth. Joffrey Velaryon era tan grande, sano y rollizo como sus hermanos, pero, como ellos, tenía los ojos marrones, el pelo castaño y unas facciones que, en la corte, algunos denominaban vulgares. Las hablillas recomenzaron. Entre los verdes, era artículo de fe que el padre de los hijos de Rhaenyra no era su marido Laenor, sino su adalid, Harwin Strong. Champiñón dice lo mismo en su Testimonio y el gran maestre Mellos lo deja entrever, mientras que el septón Eustace hace mención de los rumores tan solo para desmentirlos.
Fuera cual fuese la verdad sobre tales alegaciones, nunca cupo duda alguna de que el rey Viserys aún deseaba que su hija lo sucediera en el Trono de Hierro, por lo que los hijos que ella tuviera la sucederían a su vez. Por decreto regio, cada uno de los niños Velaryon recibió un huevo de dragón en la cuna. Quienes dudaban de la paternidad de los hijos de Rhaenyra murmuraban que los huevos jamás eclosionarían, si bien el nacimiento de tres crías de dragón dejó por mentiras sus palabras. Los pequeños dragones recibieron los nombres de Vermax, Arrax y Tyraxes. El septón Eustace nos cuenta que su alteza se sentó a Jace en la rodilla en el Trono de Hierro mientras celebraba audiencia y se le oyó decir: «Algún día, pequeño, esta será tu sede».
Los partos salieron costosos a la princesa Rhaenyra: el peso que había ganado durante los embarazos jamás la abandonó del todo, y cuando nació su hijo menor ya estaba gruesa de cintura y la beldad de su juventud era un recuerdo que se desvanecía, a pesar de que no contaba más que veinte años de edad. Conforme a Champiñón, aquello tan solo sirvió para ahondarle el resentimiento hacia su madrastra, la reina Alicent, que conservaba la delgadez y la elegancia a pesar de sacarle muchos años.
Los pecados de los padres suelen recaer en los hijos, nos tienen dicho los sabios, y también ocurre así con los pecados de las madres. La enemistad entre la reina Alicent y la princesa Rhaenyra la heredaron sus hijos, y los tres hijos de la soberana, los príncipes Aegon, Aemond y Daeron, se convirtieron en enconados rivales de sus sobrinos Velaryon, y sentían gran resentimiento por ellos por haberles arrebatado lo que consideraban suyo por derecho: el mismísimo Trono de Hierro. Aunque los seis asistían a los mismos banquetes, danzas y diversiones, y a veces incluso se adiestraban juntos en el patio de armas con el mismo maestro armero y estudiaban con los mismos maestres, tan forzada cercanía sirvió únicamente para alimentar la antipatía recíproca en vez de aunarlos como hermanos.
Mientras que la princesa Rhaenyra sentía una gran aversión por su madrastra, la reina Alicent, cada vez sentía mayor afecto por su cuñada, lady Laena. Dada la cercanía de Marcaderiva y Rocadragón, Daemon y Laena visitaban frecuentemente a la princesa, y ella a ellos. Muchas veces volaban juntos con sus dragones, y Syrax, la dragona de la princesa, puso varias nidadas. En el 118 d. C., con la bendición del rey Viserys, Rhaenyra anunció el compromiso de sus dos hijos mayores con las hijas del príncipe Daemon y lady Laena. Jacaerys tenía cuatro años, y Lucerys, tres; las gemelas, dos. En el 119 d. C., cuando Laena descubrió que volvía a estar grávida, Rhaenyra voló a Marcaderiva para atenderla durante el alumbramiento.
Así fue como la princesa se encontraba al lado de su cuñada en el tercer día de aquel aciago año 120 d. C., el Año de la Primavera Roja. Un día y una noche de parto dejaron a Laena Velaryon pálida y débil, aunque al fin dio a luz al hijo que el príncipe Daemon llevaba tanto tiempo deseando; pero era un niño contrahecho y deforme, y acabó por morir al cabo de una hora. Tampoco su madre lo sobrevivió mucho: el espantoso parto la había privado de todas sus fuerzas, y el duelo la debilitó más si cabe, por lo que quedó inerme, a merced de la fiebre del parto. A medida que su estado empeoraba, pese a los grandes esfuerzos del joven maestre de Marcaderiva, el príncipe Daemon voló a Rocadragón para regresar con el maestre de la princesa Rhaenyra, un hombre mayor y más experimentado, célebre por sus habilidades sanadoras. Por desgracia, el maestre Gerardys llegó tarde. Tras tres días de delirios, lady Laena abandonó su cuerpo mortal. No contaba sino veintisiete años. Durante sus últimos momentos, se dice, se levantó del lecho, apartó a las septas que rezaban a su alrededor y salió de la alcoba con intención de llegar a Vhagar para volar por vez última. Sin embargo, le fallaron las fuerzas en los escalones de la torre, y allí se desplomó y murió. Su marido, el príncipe Daemon, volvió a llevarla a la cama. Después, nos dice Champiñón, la princesa guardó vigilia con él ante el cadáver de lady Laena y lo reconfortó en su duelo.
La muerte de lady Laena fue la primera tragedia del 120 d. C., aunque no la última, ya que sería un año en que muchas de las tensiones y envidias acumuladas que se habían enseñoreado de los Siete Reinos alcanzaron al fin el punto de ebullición; un año en que muchos tendrían motivos para sollozar, penar y rasgarse las vestiduras; si bien nadie en mayor medida que lord Corlys Velaryon, la Serpiente Marina, y su noble esposa, la princesa Rhaenys, la mujer que pudo reinar.
El Señor de las Mareas y su esposa lloraban aún a su bienamada hija cuando el Desconocido regresó para llevarse a su hijo: ser Laenor Velaryon, marido de la princesa Rhaenyra y padre putativo de sus hijos, murió apuñalado mientras asistía a una feria en Puertoespecia, a mano de su amigo y compañero ser Qarl Correy. Ambos hombres habían discutido a grandes voces antes de que saliesen a relucir los puñales, dijeron los feriantes a lord Velaryon cuando acudió a recoger el cadáver de su hijo. Correy había huido para entonces, tras herir a varios hombres que habían intentado prenderlo. Algunos decían que lo aguardaba un barco en la costa. Jamás volvió a ser visto.
Las circunstancias del homicidio continúan siendo un misterio. El gran maestre Mellos escribe tan solo que ser Laenor murió a manos de uno de los caballeros de su casa en el curso de una riña. El septón Eustace nos proporciona el nombre del matador y declara que los celos fueron su móvil, ya que Laenor Velaryon se había hartado de la compañía de ser Qarl y se había enamorado de un apuesto escudero de dieciséis años. Champiñón, como siempre, se pone a favor de la teoría más siniestra y da a entender que el príncipe Daemon pagó a Qarl Correy para deshacerse del marido de la princesa Rhaenyra, organizó un barco que lo transportase, y luego le rebanó el gaznate y lo arrojó al mar. Correy, caballero de la casa, de cuna relativamente modesta, era célebre por tener gustos de noble y bolsa de campesino, y además era muy dado a las apuestas extravagantes, lo cual otorga cierto crédito a la versión de los hechos del bufón. Sin embargo, no hubo ni un ápice de pruebas, ni entonces ni hoy, pese a que la Serpiente Marina ofreció una recompensa de diez mil dragones de oro a cualquiera que pudiera conducirlo hasta ser Qarl Correy o entregar al asesino para la venganza de un padre.
Ni siquiera esto puso fin a las tragedias que marcarían aquel malhadado año. La siguiente aconteció en Marea Alta tras el funeral de ser Laenor, cuando el monarca y la corte viajaron a Marcaderiva a contemplar su pira funeraria, muchos a lomos de sus dragones. (Hubo tantos dragones presentes, que el septón Eustace escribió que Marcaderiva se había convertido en la nueva Valyria).
La crueldad de los niños es de todos sabida. El príncipe Aegon Targaryen tenía trece años; la princesa Helaena, once; el príncipe Aemond, diez, y el príncipe Daeron, seis. Tanto Aegon como Helaena eran jinetes de dragón. Por entonces, Helaena volaba con Fuegoensueño, la hembra que en tiempos había transportado a Rhaena, la Novia de Negro de Maegor el Cruel, mientras que se dice que el joven Fuegosolar de su hermano Aegon era el dragón más bello jamás visto sobre la faz de la tierra. Hasta el príncipe Daeron tenía un dragón, una preciosa hembra azul llamada Tessarion, aunque aún no había montado a su lomo. Tan solo el hijo mediano, el príncipe Aemond, carecía de dragón, pero su alteza tenía la esperanza de ponerle remedio y propuso que la corte se quedase un tiempo en Rocadragón tras las exequias. Bajo Montedragón había una plétora de huevos, y varias crías también; el príncipe Aemond podría elegir, «si el mozo tiene bastante osadía».
Aun a sus diez años, Aemond Targaryen no andaba corto de audacia. La mofa del rey lo picó, de modo que decidió no aguardar a llegar a Rocadragón. ¿Para qué quería una pobre cría o un dichoso huevo? Allí mismo, en Marea Alta, había una dragona digna de él: Vhagar, la más anciana, la más grande, la más terrible del mundo.
Por más que se sea de linaje Targaryen, aproximarse a un dragón siempre entraña sus peligros, sobre todo tratándose de un dragón viejo y de mal talante que acaba de perder a su jinete. Sus padres jamás le permitirían ni arrimarse a Vhagar, eso bien lo sabía, y mucho menos tratar de montarla, así que procuró que no se enteraran; se levantó al alba mientras aún dormían y salió a hurtadillas al patio, donde Vhagar y los demás dragones comían y estaban estabulados. El príncipe confiaba en montarla en secreto, pero según se le acercaba resonó una voz de niño: «¡Aléjate de ella!».
La voz pertenecía al menor de sus sobrinos, Joffrey Velaryon, de tres años. Siempre madrugador, Joff se había escapado de la cama para ver a Tyraxes, su joven dragón. Temiendo que el pequeño diese la alarma, el príncipe Aemond le gritó que se callara y lo empujó contra una pila de bosta de dragón. Cuando Joff se puso a berrear, Aemond corrió hacia Vhagar y se subió a su lomo. Más tarde diría que tenía tanto miedo de que lo pillaran que se le olvidó que podía morir abrasado y devorado.
Llamadlo audacia, llamadlo necedad, llamadlo suerte, la voluntad de los dioses o el capricho de los dragones. ¿Quién aspira a saber qué pasa por la mente de tales bestias? Lo que sabemos es que Vhagar rugió, se puso en pie, se sacudió violentamente…, se liberó de sus cadenas y voló. Y el joven príncipe Aemond Targaryen se convirtió en jinete de dragón al trazar dos círculos sobre las torres de marea Alta.
Pero al tocar tierra, los hijos de Rhaenyra lo aguardaban.
Joffrey había corrido a buscar a sus hermanos cuando Aemond emprendió el vuelo, y tanto Jace como Luke habían acudido a su llamada. Los principitos Velaryon eran menores que Aemond (Jace tenía seis años; Luke, cinco, y Joff, solo tres), pero eran tres e iban armados con espadas de madera del patio de entrenamiento. Cayeron sobre él con furia. Aemond se revolvió y rompió la nariz a Luke de un puñetazo, luego arrebató a Joff la espada de las manos y la partió contra la nuca de Jace, lo cual lo dejó de rodillas. Cuando los más pequeños huyeron, ensangrentados y maltrechos, el príncipe se empezó a mofar de ellos, a reírse y a decirles que se volvieran corriendo a Harrenhal. Jace, al menos, ya tenía edad para entender el alcance del insulto y arremetió contra Aemond de nuevo, pero este la emprendió a golpes encarnizados con él…, hasta que Luke acudió al rescate de su hermano, sacó el puñal y asestó a Aemond un tajo en el rostro que se le llevó el ojo derecho. Cuando llegaron los palafreneros para separar a los combatientes, el príncipe estaba revolcándose por el suelo, aullando de dolor, y Vhagar rugía asimismo.
Después, el rey Viserys trató de imponer la paz y exigió a todos los pequeños que se disculpasen ante sus rivales, si bien tales cortesías no lograron apaciguar a las madres vengativas. La reina Alicent exigió que se vaciara un ojo a Lucerys Velaryon por el que le había costado a Aemond. La princesa Rhaenyra no se negó en redondo, pero se empeñó en que se interrogase al príncipe Aemond «a conciencia» hasta que revelase dónde había oído que sus hijos tuvieran algo que ver con Harrenhal, la sede de los Strong, ya que aquella chanza equivalía a llamarlos bastardos, privados de cualquier derecho sucesorio, y a acusarla a ella de alta traición. Cuando el soberano lo presionó, el príncipe Aemond dijo que había sido su hermano Aegon quien le había dicho que eran hijos de Strong, a lo que Aegon no dijo sino: «Todo el mundo lo sabe. No hay más que verlos».

El rey Viserys acabó poniendo fin al interrogatorio al declarar que no quería saber nada más del asunto. No se sacaría ojo alguno, decretó…, pero si alguien, «ya sea hombre, mujer o niño; noble, plebeyo o miembro de la realeza» volvía a befarse de sus nietos insinuando algún parentesco con Strong, le arrancaría la lengua con unas tenazas al rojo vivo. Exigió asimismo a su esposa y a su hija que se besaran e intercambiaran votos de amor y afecto, pero sus falsas sonrisas y sus vacuas palabras no engañaron más que al monarca. En cuanto a los zagales, el príncipe Aemond dijo más adelante que aquel día había perdido un ojo pero había ganado un dragón, y lo consideraba un cambio justo.