Fuego y sangre
La muerte de los dragones: Hijo por hijo
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La muerte de los dragones Hijo por hijo
Aegon se había proclamado rey en Pozo Dragón; Rhaenyra, reina en Rocadragón. Tras el fracaso de todos los esfuerzos por reconciliarlos, se desencadenó definitivamente la Danza de los Dragones.
En Marcaderiva, los barcos de la Serpiente Marina habían zarpado de la Quilla y Puertoespecia para cerrar el Gaznate y cortar la entrada y salida de mercancías de Desembarco del Rey. Poco después, Jacaerys Velaryon voló hacia el norte a lomos de su dragón Vermax; su hermano Lucerys se dirigió al sur montado en Arrax, y el príncipe Daemon fue al Tridente con Caraxes.
Empecemos por Harrenhal.
Aunque grandes partes de la descabellada construcción de Harren se hallaban en ruinas, la altísima muralla hacía de él un castillo tan inexpugnable como cualquier fortaleza de las Tierras de los Ríos, pero Aegon el Dragón ya había demostrado que quedaba expuesto a un ataque desde el cielo. Dado que su señor, Larys Strong, se encontraba en Desembarco del Rey, el castillo no contaba sino con una guarnición ligera. Deseoso de evitar el destino de Harren el Negro, su anciano castellano, ser Simon Strong, tío del difunto lord Lyonel y tío abuelo de lord Larys, arrió raudamente sus estandartes cuando Caraxes aterrizó en la Torre de la Pira Real. Aparte del castillo, el príncipe Daemon se había hecho de un plumazo con la nada desdeñable fortuna de la casa Strong y una docena de valiosos rehenes, entre ellos ser Simon y sus nietos. También se convirtieron en sus prisioneros los plebeyos del castillo, entre los cuales se encontraba una nodriza llamada Alys Ríos.
¿Quién era esta mujer? Una moza que coqueteaba con pócimas y hechizos, dice Munkun. Una bruja de los bosques, asegura el septón Eustace. Una hechicera maligna que se bañaba en sangre de vírgenes para conservar su belleza, quiere hacernos creer Champiñón. Su apellido indica que nació bastarda, pero sabemos muy poco de su padre y aún menos de su madre. Munkun y Eustace cuentan que fue concebida por lord Lyonel Strong en sus años mozos, lo que la convertiría en hermana natural de sus hijos Harwin el Quebrantahuesos y Larys el Patizambo. Pero Champiñón insiste en que era mucho mayor, que había amamantado a ambos señores de niños, y puede que incluso al padre de estos una generación atrás.
Pese a que todos sus hijos habían nacido muertos, la leche que tan abundantemente manaba de los pechos de Alys Ríos había alimentado a innumerables neonatos de otras mujeres en Harrenhal. ¿Era en verdad una bruja que se acostaba con demonios y paría niños muertos como pago por los conocimientos que le proporcionaban? ¿Era una calientacamas simplona, como cree Eustace? ¿Una ramera que se valía de venenos y pócimas para hacer que los hombres se rindieran ante ella en cuerpo y alma?
De lo que podemos estar seguros es de que Alys Ríos tenía al menos cuarenta años durante la Danza de los Dragones, aunque Champiñón le atribuye bastantes más. Todos coinciden en que aparentaba ser más joven, pero si era una simple coincidencia o se debía a su práctica de las artes oscuras sigue siendo motivo de debate. Fueran cuales fuesen sus poderes, parece ser que Daemon Targaryen era inmune a ellos, pues prácticamente no existen crónicas sobre esta supuesta hechicera durante el tiempo que el príncipe ocupó Harrenhal.
La repentina y pacífica caída de la sede de Harren el Negro se recibió como una gran victoria por la reina Rhaenyra y los negros: sirvió como recordatorio de la pericia militar del príncipe Daemon y el poder de Caraxes, el Guiverno Sanguíneo, y proporcionó a la reina una fortaleza en el corazón de Poniente, a la que podrían acudir sus partidarios, numerosos en las tierras regadas por el Tridente. Cuando el príncipe Daemon los convocó, se alzaron en toda la región: caballeros, soldados y humildes campesinos que todavía recordaban a la Delicia del Reino, tan amada por su padre, y su manera de sonreír y encandilarlos cuando, de joven, visitaba las Tierras de los Ríos. Cientos, y después miles, se abrocharon el cinto de la espada y se pusieron la cota de malla, o echaron mano de una horquilla o una azada y un rudimentario escudo de madera, y se dirigieron a Harrenhal para pelear por la hijita de Viserys.
Los señores del Tridente, con más que perder, no se mostraron tan raudos en acudir, pero pronto empezaron a unirse a la reina. Bajó de Los Gemelos ser Forrest Frey, el Frey Necio que había suplicado la mano de Rhaenyra, ya convertido en un caballero de armas tomar. Lord Samwell Blackwood, que había perdido un duelo por el favor de la reina, alzó los estandartes de esta en el Árbol de los Cuervos (ser Amos Bracken, que ganó dicho duelo, apoyó a su señor padre cuando la casa Bracken se pronunció a favor de Aegon). Los Mooton de Poza de la Doncella, los Piper de la Princesa Rosada, los Roote de Harroway, los Darry de Darry, los Mallister de Varamar y los Vance de Descanso del Caminante proclamaron su apoyo a Rhaenyra (los Vance de Atranta siguieron otro camino y anunciaron su lealtad al joven rey). Petyr Piper, el entrecano señor de la Princesa Rosada, habló por muchos cuando dijo: «Le juré mi espada. Ahora ya soy viejo, pero no tanto como para olvidar lo que dije, y da la casualidad de que conservo esa misma espada».
El señor supremo del Tridente, Grover Tully, ya era anciano en el Gran Consejo del 101, en el que apoyó al príncipe Viserys; pese a estar débil, no se mostró menos testarudo: había defendido los derechos del aspirante masculino en el 101 y no había cambiado de opinión con los años. Lord Grover insistía en que Aguasdulces lucharía por el joven rey Aegon, pero no se envió ninguna confirmación. El viejo señor se encontraba postrado en la cama y le quedaba poco de vida, declaró el maestre del castillo. «Preferiría que no lo acompañásemos todos a la muerte», afirmó ser Elmo Tully, su nieto. Aguasdulces carecía de defensas contra el fuegodragón, señaló a sus hijos, y ambos bandos de la contienda montaban en dragones. Así, mientras lord Grover bramaba y maldecía desde su lecho de muerte, Aguasdulces atrancó las puertas, puso hombres en la muralla y guardó silencio.
Mientras tanto, las cosas habían tomado un derrotero muy diverso en el este. Jacaerys Velaryon aterrizó en el Nido de Águilas montado en Vermax, su joven dragón, para atraer al Valle de Arryn a la causa de su madre. Lady Jeyne Arryn, la Doncella del Valle, contaba treinta y cinco años, veinte más que él; sin perder la soltería, había gobernado el Valle desde la muerte de su padre y sus hermanos mayores en las colinas, a manos de los Grajos de Piedra, cuando tenía tres años.
Champiñón asegura que la afamada doncella era en realidad una ramera de alta cuna con un apetito insaciable por los hombres, y relata procazmente cómo ofreció a Jacaerys la lealtad del Valle a condición de que consiguiera hacerle alcanzar el éxtasis con la lengua. El septón Eustace repite el extendido rumor de que Jeyne Arryn prefería la compañía íntima de las mujeres, pero más adelante afirma que era falso. En este caso debemos dar las gracias al Relato verídico del gran maestre Munkun, que se ciñe a la Sala Alta del Nido de Águilas y no a sus alcobas.
«En tres ocasiones han intentado sustituirme mis propios parientes —relató lady Jeyne al príncipe Jacaerys—. Mi primo ser Arnold gusta de decir que las mujeres somos demasiado débiles para gobernar. Lo tengo en una de mis celdas del cielo, si queréis hablar con él del asunto. Cierto es que el príncipe Daemon trató cruelmente a su primera mujer; pero al margen del pésimo gusto de vuestra madre por sus consortes, sigue siendo nuestra reina legítima, además de sangre de mi sangre, una Arryn por parte de madre. En este mundo de hombres, las mujeres debemos cerrar filas. El Valle y sus caballeros se unirán a ella… si su alteza me concede una petición. —Cuando el príncipe preguntó cuál, respondió—: Dragones. No temo a los ejércitos; muchos conocieron su final al atacar mi Puerta de la Sangre, y es bien sabido que el Nido de Águilas es inexpugnable. Pero vos habéis descendido desde el cielo, al igual que la reina Visenya durante la Conquista, y no habría podido hacer nada para deteneros. No me gusta sentirme indefensa. Enviadme jinetes de dragón».
El príncipe accedió, y lady Jeyne se prosternó ante él y ordenó a sus caballeros que la imitaran; todos pusieron la espada a su servicio.
Tras ello, Jacaerys se dirigió al norte cruzando los Dedos y las aguas del Mordisco. Reposó brevemente en Villahermana, donde lord Borrell y lord Sunderland le rindieron pleitesía y le juraron que las Tres Hermanas apoyarían su causa, y después voló hasta Puerto Blanco, donde lord Desmond Manderly se reunió con él en la sala de justicia del Tritón.
En esta ocasión, el príncipe se encontró con un negociador más hábil. «Puerto Blanco no se muestra indiferente ante la situación de vuestra madre —declaró Manderly—. Mis antepasados se vieron despojados de su derecho de nacimiento cuando nuestros enemigos nos exiliaron a estas frías costas norteñas. Cuando recibimos la visita del Viejo Rey, hace tanto tiempo, habló de la injusticia que habíamos sufrido y nos prometió un desagravio. Fiel a su palabra, su alteza ofreció a mi bisabuelo la mano de su hija, la princesa Viserra, para así juntar nuestras dos casas como una, pero la muchacha murió y la promesa cayó en el olvido».
El príncipe Jacaerys sabía qué le estaba pidiendo. Antes de abandonar Puerto Blanco había firmado un acuerdo redactado para la ocasión, según el cual la hija más joven de lord Manderly se casaría con Joffrey, el hermano del príncipe, al terminar la guerra.
Por último, Vermax llevó a Jacaerys Velaryon a Invernalia, donde trataría con su joven y temible señor, Cregan Stark.
Con el paso de los años, Cregan Stark llegaría a ser conocido como el Viejo del Norte, pero tan solo tenía veintiún años cuando el príncipe Jacaerys llegó a su castillo en el año 129 d. C. Cregan había sido nombrado señor a los trece años, tras la muerte de su padre, lord Rickon, en el 121 d. C. Durante su minoría de edad, su tío Bennard gobernó el Norte como regente, pero en el 124 Cregan cumplió los dieciséis años y descubrió que su tío no tenía ninguna prisa por renunciar al poder. La relación entre los dos se volvió tensa, ya que al joven señor le irritaban los límites impuestos por el hermano de su padre. Al final, en el 126 d. C., Cregan Stark se rebeló, encarceló a Bennard y a sus tres hijos, y se hizo con el control directo del Norte. Poco después se casó con lady Arra Norrey, una estimada compañera de juventud, pero esta murió en el 128 tras dar a luz a su hijo y heredero, al que Cregan llamó Rickon en honor de su padre.
El príncipe de Rocadragón llegó a Invernalia con el otoño bastante avanzado. Las nieves cubrían copiosamente los campos, un viento frío aullaba desde el norte y lord Stark llevaba a cabo los preparativos para el invierno venidero, pero pese a todo proporcionó a Jacaerys una cálida bienvenida. Se dice que la nieve, el viento y el frío sulfuraban a Vermax, por lo que el príncipe no se demoró allí, pero aquella breve estancia dio lugar a más de una anécdota curiosa.
El Relato verídico de Munkun dice que Cregan y Jacaerys congeniaron de inmediato, pues al señor de Invernalia el joven príncipe le recordaba a su hermano menor, muerto diez años atrás. Bebieron juntos, cazaron juntos, se entrenaron juntos y sellaron un juramento de lealtad con sangre. Esta versión parece más verosímil que la del septón Eustace, en la que el príncipe pasa la mayor parte de su visita intentando convencer a lord Cregan de que renuncie a sus falsos dioses y acepte venerar a los Siete.
Pero para los relatos que otras crónicas omiten necesitamos recurrir a Champiñón, y en esta ocasión tampoco nos falla. Su Testimonio incluye a una joven doncella, o «niña lobo» como la llama él, de nombre Sara Nieve. Tan prendado quedó el príncipe Jacaerys de esta criatura, una hija bastarda del difunto lord Rickon Stark, que yació con ella una noche. Al descubrir que su invitado había arrebatado la doncellez a su hermana bastarda, lord Cregan montó en cólera, y no se calmó hasta que Sara Nieve le dijo que el príncipe la había tomado por esposa. Habían pronunciado los votos en el bosque de dioses de Invernalia ante un árbol corazón, y no fue hasta entonces que se entregó a él, envueltos en pieles sobre la nieve y bajo la mirada de los antiguos dioses.
Una historia cautivadora, sin lugar a dudas, pero como muchas de las fabulaciones de Champiñón, parece beber más de la imaginación febril del bufón que de hechos históricos. Jacaerys Velaryon se hallaba prometido con su prima Baela desde que él tenía cuatro años y ella dos, y por lo que conocemos de su carácter, resulta altamente improbable que rompiese tan solemne acuerdo para proteger la dudosa virtud de una bastarda norteña desaseada y medio salvaje. Si alguna vez existió la tal Sara Nieve, y si el príncipe de Rocadragón decidió retozar con ella, no habría hecho más que lo que otros príncipes han hecho en el pasado y harán en el futuro, pero es absurdo hablar de matrimonio.
(Champiñón asegura también que Vermax dejó una nidada de huevos en Invernalia, lo que no resulta menos ridículo. Aunque es cierto que sexar a un dragón vivo es una tarea casi imposible, ninguna otra fuente menciona que Vermax pusiese un solo huevo, por lo que debemos asumir que era macho. La conjetura del septón Barth de que los dragones cambian de sexo a conveniencia, por ser «mutables como la llama», es demasiado descabellada para considerarla siquiera).
Lo que sí sabemos es que Cregan Stark y Jacaerys Velaryon alcanzaron un acuerdo, y firmaron y sellaron el compromiso que el gran maestre Munkun llama el Tratado de Hielo y Fuego en su Relato verídico. Al igual que muchos pactos, habría de sellarse con un matrimonio. Rickon, el hijo de lord Cregan, tenía un año; el príncipe Jacaerys estaba soltero y sin hijos, pero se esperaba que engendrase vástagos de su propia sangre en cuanto su madre se sentase en el Trono de Hierro. Según las condiciones del acuerdo, la primera hija del príncipe viajaría al Norte al cumplir los siete años para educarse como pupila de Invernalia hasta que tuviera la edad necesaria para casarse con el heredero de lord Cregan.
Cuando el príncipe de Rocadragón volvió a surcar el frío cielo otoñal a lomos de su dragón era consciente de haber conseguido a tres poderosos señores, con todos sus banderizos, para el bando de su madre. Aunque aún quedara medio año para su decimoquinto día del nombre, el príncipe Jacaerys había demostrado ser un hombre, además de un digno heredero del Trono de Hierro.
De haber ido igual de bien la misión «más breve y segura» de su hermano, se habrían evitado muchas desgracias y derramamientos de sangre.
La tragedia que sufrió Lucerys Velaryon no estaba planeada; en esto concuerdan todas nuestras fuentes. Las primeras batallas de la Danza de los Dragones se libraron con plumas y cuervos, amenazas y promesas, decretos y lisonjas. El asesinato de lord Beesbury en el consejo verde no era todavía del conocimiento público; casi todos creían que estaba pudriéndose en una mazmorra. Aunque por la corte no aparecieran tantos rostros conocidos, ninguna cabeza adornaba las puertas del castillo y muchos esperaban aún que la cuestión sucesoria se resolviera pacíficamente.
El Desconocido tenía otros planes, pues sin lugar a dudas fue su temida mano la que hizo que los dos príncipes coincidiesen en Bastión de Tormentas, cuando el dragón Arrax, adelantándose a la tempestad que se avecinaba, llevó a Lucerys Velaryon a la seguridad del patio del castillo, donde se encontró frente a frente con Aemond Targaryen.
La personalidad de Borros Baratheon era muy distinta de la de su padre. «Lord Boremund era como una roca: duro, fuerte e inamovible —nos cuenta Eustace—. Lord Borros era como el viento furioso y rugiente, que hoy sopla de un lado y mañana de otro». Cuando emprendió el camino, el príncipe Aemond desconocía el recibimiento que le darían, pero Bastión de Tormentas lo acogió con festines, cacerías y justas.
Lord Borros se mostró más que dispuesto a entretener a su peticionario. «Tengo cuatro hijas —dijo al príncipe—. Escoged a la que queráis. Cass es la mayor, pero Floris es la más bella. Y si lo que buscáis es una esposa inteligente, tomad a Maris». También le dijo que Rhaenyra llevaba demasiado tiempo dando por sentado el apoyo de la casa Baratheon. «Sí, la princesa Rhaenys es pariente mía y de los míos; una tía abuela a la que nunca conocí se casó con su padre, pero ya murieron los dos, y Rhaenyra… no es Rhaenys, ¿verdad?». No tenía nada contra las mujeres, añadió: adoraba a sus niñas, y una hija es un tesoro; pero un hijo… Ay, si los dioses le concedieran un hijo de su propia sangre, Bastión de Tormentas sería para él, no para sus hermanas. «¿Por qué habría de ser diferente el Trono de Hierro?». Y con un matrimonio real en el horizonte… La causa de Rhaenyra estaba abocada al fracaso; ya se daría cuenta cuando se enterase de que había perdido Bastión de Tormentas; se lo diría él mismo: «Arrodíllate ante tu hermano, será lo mejor». Sus hijas se peleaban de vez en cuando, como todas las niñas, pero siempre se aseguraba de que hicieran las paces después.
No nos consta qué hija acabó por escoger el príncipe Aemond (aunque Champiñón nos dice que besó a las cuatro a fin de «catar el néctar de sus labios»); solo que no fue Maris. Munkun escribe que el príncipe y lord Borros regateaban sobre fechas y dotes la mañana en que apareció Lucerys Velaryon. Vhagar fue el primero en percibir su presencia. Los guardias que patrullaban las almenas de la sólida muralla del castillo asieron sus lanzas aterrorizados cuando se despertó, con un rugido que hizo que temblaran hasta los cimientos del Desafío de Durran. Se dice que incluso Arrax se estremeció al oírlo, y Luke tuvo que echar mano del látigo varias veces para obligarlo a aterrizar.
Si hemos de dar crédito a Champiñón, caían relámpagos por el este y llovía copiosamente cuando Lucerys saltó de su dragón, con la carta de su madre en la mano. Sin duda supo qué significaba la presencia de Vhagar, por lo que no se sorprendió cuando Aemond Targaryen se le enfrentó en la Sala Circular, ante la mirada de lord Borros, sus cuatro hijas, su septón, su maestre y cuarenta caballeros, guardias y sirvientes. (Entre los que presenciaron la reunión se encontraba ser Byron Swann, segundo hijo del señor de Yelmo de Piedra, en las Marcas de Dorne, que más tarde desempeñaría un pequeño papel en la Danza). Por eso aquí, y por primera vez, no tenemos que depender únicamente del gran maestre Munkun, Champiñón y el septón Eustace. Ninguno de los tres se encontraba presente en Bastión de Tormentas, pero muchos otros sí, por lo que no faltan los testimonios directos.
—Contemplad a este ser lastimoso, mi señor —gritó el príncipe Aemond—. El pequeño Luke Strong, el bastardo. —Luego se dirigió hacia este—. Veo que estás empapado, bastardo. ¿Es por la lluvia, o es que te has meado encima del miedo?
—Lord Borros —dijo Lucerys Velaryon, mirando únicamente a lord Baratheon—, os traigo un mensaje de mi madre, la reina.
—La puta de Rocadragón, querrá decir. —El príncipe Aemond avanzó con intención de quitarle la carta a Lucerys, pero lord Borros bramó una orden y sus caballeros intervinieron para separar a los príncipes. Lucerys llevó la carta de Rhaenyra al estrado, donde se encontraba el señor, sentado en el trono de los antiguos reyes de la Tormenta.
Nadie puede saber con seguridad qué sentía Borros Baratheon en aquel momento. Los testimonios de los presentes difieren considerablemente: algunos aseguran que estaba avergonzado y ruborizado, como si su legítima esposa lo hubiese sorprendido encamado con otra mujer. Otros declaran que parecía disfrutar de la situación, pues su vanidad se veía complacida por tener tanto al rey como a la reina buscando su apoyo. Champiñón (que no estaba allí) dice que estaba borracho. El septón Eustace (que tampoco estaba allí) dice que estaba atemorizado.
Sin embargo, todos los testigos concuerdan en lo que hizo y dijo lord Borros. Como nunca había sido un hombre de letras, entregó la carta de la reina a su maestre, quien rompió el lacre y le susurró su contenido. Lord Borros frunció el ceño, se acarició la barba, miró con acritud a Lucerys Velaryon y dijo:
—Y si cumplo las órdenes de tu madre, ¿con cuál de mis hijas te casarás, muchacho? —Señaló a las cuatro—. Escoge a la que quieras.
—No soy libre de contraer matrimonio, mi señor —respondió el príncipe Lucerys, que no pudo sino sonrojarse—. Estoy comprometido con mi prima Rhaena.
—Lo suponía —observó lord Borros—. Vete a casa, cachorrito, y dile a la zorra de tu madre que el señor de Bastión de Tormentas no es un perro al que pueda azuzar contra sus enemigos cuando le plazca.
El príncipe Lucerys dio media vuelta, dispuesto a abandonar la Sala Circular, pero el príncipe Aemond desenfundó la espada y gritó:
—¡Quieto, Strong! Antes tienes que pagarme una deuda pendiente. —Se quitó el parche del ojo y lo tiró al suelo para mostrar el zafiro que ocultaba—. Tienes un cuchillo, igual que entonces. Sácate un ojo y te dejaré marchar. Con uno me basta; no necesito cegarte.
—No pienso luchar contra ti —respondió el príncipe Lucerys, recordando la promesa que había hecho a su madre—. He venido como portavoz, no como caballero.
—Has venido como cobarde y traidor —replicó el príncipe Aemond—. Si no te quito el ojo, te quitaré la vida, Strong.
—Aquí no —gruñó lord Borros, incómodo—. Ha venido como portavoz y no toleraré ningún derramamiento de sangre bajo mi techo.
Así pues, sus guardias se interpusieron entre los príncipes y escoltaron a Lucerys Velaryon de la Sala Circular al patio del castillo, donde Arrax, encogido bajo la lluvia, esperaba su regreso.
Y ahí podría haber terminado la cosa de no haber sido por la joven Maris. La segunda hija de lord Borros, menos agraciada que sus hermanas, se había enfadado con Aemond por preferirlas a ellas.
—¿Os quitó un ojo o una de vuestras pelotas? —preguntó Maris al príncipe, en tono meloso—. Me alegro de que hayáis elegido a mi hermana; quiero un marido con sus partes intactas.
Aemond Targaryen contrajo el rostro en un rictus de ira y se giró de nuevo para pedir permiso a lord Borros para partir, a lo que este se encogió de hombros y respondió:
—No me corresponde deciros qué hacer si no os encontráis bajo mi techo. —Sus caballeros se apartaron a medida que el príncipe Aemond corría hacia las puertas.
Se había desencadenado una tormenta. Los truenos sacudían el castillo; llovía a cántaros, y de vez en cuando, enormes relámpagos de un blanco azulado iluminaban el mundo como si fuera de día. Era un mal clima para volar, hasta para un dragón, y Arrax luchaba por mantenerse en el aire cuando el príncipe Aemond montó en Vhagar y partió en su pos. De haber estado el cielo más calmado, el príncipe Lucerys podría haber huido de su perseguidor, pues Arrax era más joven y rápido, pero «aquel día era tan negro como el corazón del príncipe Aemond», dice Champiñón, por lo que los dragones convergieron en la bahía de los Naufragios. Los que observaban desde la muralla vieron ráfagas de fuego a lo lejos, y oyeron un grito por encima de los truenos. A continuación, las dos bestias se enzarzaron en el cielo hendido de relámpagos. Vhagar era cinco veces mayor que su rival, además de una veterana curtida en cien batallas; si hubo pelea, no debió de ser muy larga.
Arrax cayó destrozado y lo engulleron las aguas azotadas por la tormenta de la bahía.
Su cabeza y cuello llegaron a la orilla, bajo los acantilados de Bastión de Tormentas, tres días después, convertidos en banquete para cangrejos y gaviotas. Champiñón asegura que el mar también arrastró el cadáver del príncipe Lucerys a la costa, y que el príncipe Aemond le arrancó los ojos y se los presentó a lady Maris sobre un lecho de algas, aunque parece demasiado excesivo para ser verdad. Hay quien dice que Vhagar arrancó a Lucerys del lomo de su dragón y se lo tragó de un bocado, y hasta hay otros que afirman que el príncipe sobrevivió a la caída y huyó a nado a un lugar seguro, pero perdió cualquier recuerdo de quién era y pasó el resto de sus días como un pescador corto de entendederas.
El Relato verídico concede a estas versiones el respeto que merecen: ninguno. Munkun insiste en que Lucerys Velaryon murió junto con su dragón, y sin lugar a dudas está en lo cierto. El príncipe tenía trece años; nunca encontraron su cadáver, y con su muerte terminó la guerra de cuervos, emisarios y pactos matrimoniales, lo que dio comienzo a la guerra de fuego y sangre propiamente dicha.
Aemond Targaryen, que desde entonces sería conocido por sus enemigos como Aemond el Matasangre, regresó a Desembarco del Rey, habiendo conseguido el apoyo de Bastión de Tormentas para su hermano Aegon y la enemistad eterna de la reina Rhaenyra. Si esperaba recibir la bienvenida de un héroe, quedaría decepcionado. La reina Alicent palideció al enterarse y gritó: «¡Que la Madre se apiade de todos nosotros!». Ser Otto tampoco se sintió complacido. «¿Cómo pudiste estar tan ciego habiendo perdido un solo ojo?», se dice que preguntó.
El rey Aegon II, sin embargo, no compartía sus preocupaciones. Recibió al príncipe Aemond con un banquete, proclamó que pertenecía «a la legítima sangre del dragón» y anunció que había sido «un gran comienzo».
En Rocadragón, la reina Rhaenyra se desmayó al enterarse de la muerte de Luke. El hermano menor de este, Joffrey (Jace todavía se encontraba en su misión en el Norte), hizo un terrible juramento de venganza contra el príncipe Aemond y lord Borros. Solo la intervención de la Serpiente Marina y la princesa Rhaenys impidió que el chico montara en su dragón de inmediato (Champiñón asegura que él también tuvo algo que ver). Mientras el consejo negro debatía cómo responder, llegó un cuervo de Harrenhal. «Ojo por ojo, hijo por hijo. Lucerys será vengado», escribió el príncipe Daemon.
No olvidemos que, de joven, Daemon Targaryen era el Príncipe de la Ciudad; todos los rateros, putas y apostadores conocían su rostro y su risa. Seguía teniendo amigos en los bajos fondos de Desembarco del Rey y seguidores entre los capas doradas. También tenía aliados en la corte, incluso en el consejo verde, cosa que desconocían el rey Aegon, la Mano y la reina viuda. Contaba asimismo con una intermediaria, una gran amiga en la que confiaba ciegamente, tan conocedora de las tabernas y los reñideros de ratas que proliferaban a la sombra de la Fortaleza Roja como lo había sido el príncipe Daemon, y que se movía con soltura entre las penumbras de la ciudad. Por medios secretos, se puso en contacto con esta pálida desconocida para ejercer su terrible venganza.
La intermediaria del príncipe Daemon encontró a los hombres adecuados en los tenderetes de calderos del Lecho de Pulgas. Uno había sido sargento de la Guardia de la Ciudad; enorme y fiero, perdió la capa dorada tras matar a golpes a una prostituta mientras estaba borracho. El otro era un cazador de ratas de la Fortaleza Roja. Sus verdaderos nombres no han pasado a la historia; se los recuerda únicamente (aunque muchos preferirían no recordarlos) como Sangre y Queso.
«Queso se conocía la Fortaleza Roja mejor que su polla», asegura Champiñón. El cazador de ratas estaba tan familiarizado con las puertas ocultas y los túneles secretos construidos por Maegor el Cruel como las ratas que cazaba. Haciendo uso de un pasadizo secreto, llevó a Sangre hasta el centro del castillo sin que ningún guardia los atisbara. Algunos dicen que su objetivo era el mismísimo rey, pero la Guardia Real lo acompañaba siempre, y ni siquiera Queso sabía de ninguna manera de entrar y salir del Torreón de Maegor que no fuera el puente levadizo que salvaba el foso seco y sus temibles estacas de hierro.
La Torre de la Mano no era tan segura. Los dos hombres treparon por los muros, evitando a los guardias de las puertas. No tenían ningún interés en los aposentos de ser Otto, por lo que fueron directamente a los de su hija, un piso más abajo. La reina Alicent se había trasladado allí tras la muerte del rey Viserys, cuando su hijo Aegon estableció el Torreón de Maegor como residencia, junto con su esposa. Ya dentro, Queso ató y amordazó a la reina viuda mientras Sangre estrangulaba a su doncella. Después se sentaron a esperar, pues sabían que la reina Helaena tenía por costumbre llevar a sus hijos a ver a su abuela antes de dormir.
Ajena al peligro que corría, la reina apareció mientras la penumbra se adueñaba del castillo, acompañada por sus tres hijos. Jaehaerys y Jaehaera tenían seis años; Maelor, dos. Cuando entraron en los aposentos, Helaena llamó a su madre mientras sostenía la diminuta mano de su retoño. Sangre atrancó la puerta y mató al Guardia Real mientras Queso le arrebataba a Maelor.
—Gritad y moriréis todos —le dijo Sangre a su alteza.
Cuentan las crónicas que la reina Helaena conservó la calma.
—¿Quiénes sois? —exigió saber.
—Cobradores de deudas —respondió Queso—. Ojo por ojo, hijo por hijo. Solo queremos a uno, para igualar las cosas. Al resto no os tocaremos un pelo de vuestras cabecitas. ¿A cuál preferís perder, alteza?
Cuando comprendió aquellas palabras, la reina Helaena les rogó que la mataran a ella en su lugar.
—Una esposa no es un hijo —contestó Sangre—. Tiene que ser un muchacho.
Queso le advirtió que más le valía decidirse pronto, antes de que Sangre se aburriera y decidiera violar a su hijita.
—Escoged, o los matamos a todos —añadió.
De rodillas, llorando, Helaena dijo el nombre de su pequeño, Maelor. A lo mejor pensaba que no tenía edad para comprender, o quizá lo eligió porque el mayor, Jaehaerys, era el primogénito y heredero del rey Aegon, el siguiente en la línea sucesoria del Trono de Hierro.
—¿La has oído, pequeñín? —susurró Queso a Maelor—. Tu mamá quiere tu muerte.
A continuación dirigió una sonrisa a Sangre, y el corpulento espadachín arrancó la cabeza del príncipe Jaehaerys de un solo tajo. La reina se puso a gritar.
Por extraño que parezca, el cazador de ratas y el carnicero mantuvieron su palabra. No hirieron de ninguna otra manera a la reina Helaena ni a sus hijos restantes; simplemente se fugaron con la cabeza del príncipe. Se dio la voz de alarma, pero Queso conocía más pasadizos secretos que los guardias, y consiguieron escapar. A Sangre lo aprehendieron dos días después en la Puerta de los Dioses, cuando intentaba abandonar Desembarco del Rey con la cabeza del príncipe Jaehaerys en una alforja del caballo. Bajo tortura, confesó que pretendía llevarla a Harrenhal para cobrar la recompensa del príncipe Daemon. También facilitó una descripción de la prostituta que los había contratado: una mujer mayor, extranjera a juzgar por el acento; llevaba capa y capucha, y era muy pálida. Las otras fulanas la llamaban Miseria.
Tras trece días de tormento, permitieron morir a Sangre. La reina Alicent ordenó a Larys el Patizambo que averiguase su verdadero nombre, para así poder bañarse en la sangre de su mujer e hijos, pero nuestras fuentes no revelan si esto ocurrió. Ser Luthor Largent y sus capas doradas rastrearon la calle de la Seda de principio a fin, desvistiendo a todas las rameras de Desembarco del Rey, pero no encontraron ni rastro de Queso ni del Gusano Blanco. Dolorido e iracundo, el rey Aegon II decretó que se prendiera y ahorcara a todos los cazadores de ratas de la ciudad, y así se hizo. (Ser Otto Hightower llevó cien gatos a la Fortaleza Roja para remplazarlos).
Aunque Sangre y Queso le perdonaron la vida, no puede decirse que la reina Helaena sobreviviera a aquel fatídico anochecer. No comía, no se bañaba, no abandonaba sus aposentos y no soportaba mirar a su hijo Maelor, a sabiendas de que lo había condenado a morir. El rey no pudo hacer nada salvo apartar al niño de su lado y confiárselo a su propia madre, la reina viuda Alicent, para que lo criara como si fuera suyo. Desde entonces, Aegon y Helaena dormirían en habitaciones separadas; la reina se sumergía cada vez más en la locura y el rey se encolerizaba, bebía y se volvía a encolerizar.