Fuego y sangre

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La muerte de los dragones: El dragón rojo y el dorado

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La muerte de los dragones El dragón rojo y el dorado

La Danza de los Dragones entró en una nueva etapa tras la muerte de Lucerys Velaryon en las Tierras de la Tormenta y el asesinato del príncipe Jaehaerys ante los ojos de su madre en la Fortaleza Roja. Negros y verdes clamaban venganza, sangre por sangre. En todo el reino, los señores convocaban a sus banderizos, y los ejércitos se congregaban y marchaban.

En las Tierras de los Ríos, jinetes del Árbol de los Cuervos que enarbolaban estandartes de Rhaenyra[8] se adentraron en el territorio de la casa Bracken e incendiaron las cosechas, espantaron el ganado, saquearon las aldeas y expoliaron cuantos septos encontraron a su paso, porque los Blackwood eran una de las últimas casas adoradoras de los antiguos dioses que quedaban al sur del Cuello.

Cuando los Bracken reunieron un fuerte contingente para responder al ataque, lord Samwell Blackwood los sorprendió en su avance y cayó sobre ellos en el momento en que acampaban junto a un molino a la orilla del río. En el combate que siguió prendieron fuego al molino, y la luz roja de las llamas bañó el escenario de lucha y muerte durante horas. Ser Amos Bracken, que encabezaba la hueste del Seto de Piedra, ensartó a lord Blackwood en combate singular, pero pereció cuando una flecha de madera de arciano le penetró la ranura del yelmo y se le clavó profundamente en el cráneo. Se dice que el proyectil lo disparó Alysanne, la hermana de lord Samwell, a la que luego se conocería como Aly la Negra, que por entonces contaba dieciséis años, aunque no hay modo de saber si es cierto o tan solo una leyenda familiar.

Ambos bandos sufrieron muchas otras pérdidas dolorosas en lo que pasó a conocerse como la batalla del Molino Ardiente. Al final, los Bracken se dispersaron y huyeron a sus tierras guiados por ser Raylon Ríos, el hermano bastardo de ser Amos; pero se encontraron con que el Seto de Piedra había caído. Una gran hueste formada por hombres de los Darry, los Roote, los Piper y los Frey, con el príncipe Daemon a la cabeza montado en Caraxes, se había apoderado del castillo aprovechando la ausencia de tan considerable parte de las fuerzas de la casa Bracken. Habían capturado a lord Humfrey Bracken junto con los hijos que le quedaban, su tercera esposa y su amante de baja cuna. Ser Raylon decidió rendirse para evitar que sufrieran daño. Con la casa Bracken quebrada y vencida, los últimos partidarios ribereños del rey Aegon perdieron las agallas y depusieron las espadas.

Pero no se debe pensar que el consejo verde estaba de brazos cruzados. Ser Otto Hightower había estado ocupado ganando apoyos entre los nobles, contratando mercenarios, reforzando las defensas de Desembarco del Rey y buscando afanosamente otras alianzas. Tras el rechazo de las propuestas de paz del gran maestre Orwyle, la Mano redobló los empeños y envió cuervos a Invernalia, el Nido de Águilas, Aguasdulces, Puerto Blanco, Puerto Gaviota, Puenteamargo, Isla Bella y otro medio centenar de fortalezas y castillos. Se despacharon jinetes nocturnos a los asentamientos cercanos para convocar a los señores y damas a la corte, a fin de que rindieran vasallaje al rey Aegon. Ser Otto también recurrió a Dorne, cuyo príncipe regente, Qoren Martell, había luchado contra el príncipe Daemon en los Peldaños de Piedra, pero Qoren desdeñó la oferta. «Dorne ya ha danzado con dragones, y antes preferiría dormir con escorpiones», dijo.

Sin embargo, ser Otto estaba perdiendo la confianza de su rey, quien confundía sus esfuerzos con inactividad y su cautela con cobardía. El septón Eustace menciona cierta ocasión en que Aegon entró en la Torre de la Mano y encontró a su abuelo ser Otto afanado en escribir otra carta; al verlo, le vertió el tintero en el regazo y le dijo: «Los tronos se ganan con espadas, no con plumas. A ver si derramas sangre en lugar de tinta».

La caída de Harrenhal ante el príncipe Daemon dejó conmocionado a su alteza, según Munkun; hasta aquel momento, Aegon II estaba convencido de que la causa de su hermana no tenía ninguna posibilidad, pero a raíz de la pérdida de la fortaleza comenzó a sentirse expuesto. Los golpes subsiguientes, a saber, las derrotas del Molino Ardiente y el Seto de Piedra, motivaron que el rey se diera cuenta de que su situación era más peligrosa de lo que creía. Su temor se agravó cuando volvieron los cuervos del Dominio, donde los verdes se creían más fuertes: Antigua y la casa Hightower apoyaban firmemente al rey Aegon, así como el Rejo, pero otros señores del Sur se declaraban a favor de Rhaenyra, entre ellos lord Costayne de las Tres Torres, lord Mullendore de Tierras Altas, lord Tarly de Colina Cuerno, lord Rowan de Sotodeoro y lord Grimm del Escudo Gris.

El más enconado de los traidores era ser Alan Beesbury, el heredero de lord Lyman, que exigía que sacaran a su abuelo, el antiguo consejero de la moneda, de la mazmorra en la que, según la creencia general, lo habían encerrado. En Altojardín, de la noche a la mañana, el castellano, el mayordomo y la madre del joven lord Tyrell, que le servían de regentes, retiraron su apoyo al rey Aegon ante la magnitud del clamor de sus banderizos, y decidieron que la casa Tyrell se abstendría de participar en el conflicto. Su alteza comenzó a ahogar los miedos en vino, nos cuenta el septón Eustace. Ser Otto envió un mensaje a su sobrino lord Ormund Hightower para rogarle que sofocara la erupción de rebeliones del Dominio.

Siguieron más decepciones: el Valle, Puerto Blanco, Invernalia. Los Blackwood y el resto de los señores de las Tierras de los Ríos acudieron en masa a Harrenhal para congregarse bajo los estandartes del príncipe Daemon. Las flotas de la Serpiente Marina cerraron la bahía del Aguasnegras, y al rey Aegon le tocó aguantar las quejas de los mercaderes una mañana tras otra. Su alteza no tenía más respuesta que otra copa de vino fuerte. «Haz algo», exigió a ser Otto.

La Mano le aseguró que ya estaba haciendo algo: había concebido un plan para romper el bloqueo de los Velaryon. Uno de los principales pilares que sustentaban las pretensiones de Rhaenyra era el príncipe Daemon, su consorte, pero también encarnaba una de sus principales debilidades: en el curso de sus aventuras se había ganado más enemigos que amigos. Ser Otto Hightower, que se contaba entre los primeros, había decidido recurrir a otro de los rivales del príncipe, en la otra orilla del mar Angosto: el Reino de las Tres Hijas.

La flota real no contaba con fuerzas para romper el cerco de la Serpiente Marina en el Gaznate, y el rey Aegon había fracasado hasta entonces en sus intentos de acercamiento a Dalton Greyjoy de Pyke para ganarse el apoyo de las Islas del Hierro. Sin embargo, las flotas combinadas de Tyrosh, Lys y Myr sí estarían en posición de enfrentarse a los Velaryon con ventaja. Ser Otto envió mensajes a los magísteres con promesas de exclusividad sobre el comercio de Desembarco del Rey a cambio de limpiar el Gaznate de los barcos de lord Corlys y volver a abrir las vías marítimas. Para aderezar la propuesta, también prometió ceder los Peldaños de Piedra a las Tres Hijas, si bien lo cierto era que el Trono de Hierro jamás había reclamado el dominio de esas islas.

Sin embargo, la Triarquía nunca actuaba apresuradamente. Como carecía de un auténtico rey, todas las decisiones importantes del «reino» de tres cabezas estaban en manos del Consejo Supremo, compuesto por once magísteres de cada ciudad que competían entre sí por demostrar su astucia, sagacidad e importancia, y por sacar el mayor provecho posible para sus respectivas ciudades. El gran maestre Greydon, que escribió la historia definitiva del Reino de las Tres Hijas cincuenta años después, lo describe como «treinta y tres caballos que tiraban cada uno en su propia dirección». Hasta los asuntos tan acuciantes como la guerra, la paz y las alianzas eran objeto de eterno debate, y para empeorar las cosas, ni siquiera estaban reunidos cuando llegaron los enviados de ser Otto.

El joven rey no se tomó bien el retraso; había llegado al colmo de su paciencia con las evasivas de su abuelo. A pesar de que su madre, la reina viuda Alicent, habló a favor de ser Otto, su alteza hizo oídos sordos a sus súplicas: lo convocó a la sala del trono, le arrancó del cuello la cadena que simbolizaba su cargo y se la lanzó a ser Criston Cole. «Mi nueva Mano es un puño de acero —se jactó—. Ya está bien de cartas».

Ser Criston no tardó en demostrar su temple. «No es propio de vos rogar apoyo a los señores como un mendigo ruega limosnas —dijo a Aegon—. Sois el legítimo rey de Poniente, y cualquiera que lo niegue es un traidor. Ya va siendo hora de que conozcan el precio de la traición».

Los primeros en averiguarlo fueron los nobles cautivos que se pudrían en las mazmorras de la Fortaleza Roja, aquellos que habían jurado defender los derechos de la princesa Rhaenyra y persistían obstinadamente en negarse a hincar la rodilla ante el rey Aegon. Los sacaron uno por uno al patio del castillo, donde los esperaba la Justicia del Rey con su hacha. A todos se les concedió una última oportunidad de jurar lealtad a su alteza, pero solo la aceptaron lord Butterwell, lord Stokeworth y lord Rosby; lord Hayford, lord Merryweather, lord Harte, lord Buckler, lord Caswell y lady Fell apreciaban su juramento más que su vida y murieron decapitados uno tras otro, junto con ocho caballeros hacendados y casi medio centenar de criados y siervos. Sus cabezas acabaron clavadas en picas sobre las puertas de la ciudad.

El rey Aegon también deseaba vengar el asesinato de su heredero a manos de Sangre y Queso: planeaba atacar Rocadragón, caer sobre la fortaleza isleña montado en su dragón y capturar o matar a su hermana paterna junto con sus «hijos bastardos». Hizo falta la intervención de todo el consejo verde para disuadirlo. Ser Criston Cole propuso una estrategia diferente: ya que la princesa aspirante al trono se había servido del sigilo y la traición para asesinar al príncipe Jaehaerys, ellos podían imitarla. «Le pagaremos con la misma moneda manchada de sangre», dijo al rey. El instrumento que eligió el lord comandante de la Guardia Real para la venganza del rey fue ser Arryn Cargyll, su hermano juramentado.

Ser Arryk se conocía al dedillo la antigua sede de la casa Targaryen, porque la había visitado en muchas ocasiones durante el reinado de Viserys. En la bahía del Aguasnegras seguían faenando muchos pescadores, puesto que Rocadragón dependía del mar para su sustento; llevar a Cargyll al pueblo pesquero que se encontraba al pie del castillo resultaría tarea fácil, y desde allí podría abrirse camino hasta la reina. Además, ser Arryk y su gemelo ser Erryk eran idénticos en todos los aspectos; ni siquiera sus compañeros de la Guardia Real eran capaces de distinguirlos, según aseguran Champiñón y el septón Eustace. Ser Criston creía que, con su armadura blanca, ser Arryk no tendría ningún problema para moverse libremente por Rocadragón, y cualquier guardia con quien se cruzara lo tomaría seguramente por su hermano.

Ser Arryk no aceptó la misión de buen grado: el septón Eustace dejó escrito que el atribulado caballero visitó el septo de la Fortaleza Roja la noche de su partida para suplicar el perdón de la Madre Divina. Pero era un caballero de la Guardia Real que había jurado obediencia a su rey y a su comandante, y no tenía otra alternativa honorable que ir a Rocadragón enfundado en el traje manchado de salitre de un simple pescador.

El verdadero propósito de la misión de ser Arryk sigue siendo objeto de controversia: el gran maestre Munkun afirma que las órdenes de Cargyll eran dar muerte a Rhaenyra y acabar con su rebelión de una estocada, pero Champiñón insiste en que las presas eran sus hijos, pues el deseo de Aegon II era lavar la sangre del asesinato de su hijo con la de «Jacaerys y Joffrey Strong, sus sobrinos bastardos».

Ser Arryk arribó a puerto sin impedimentos, se vistió con la armadura y la capa blanca y no tuvo dificultad para entrar en el castillo haciéndose pasar por su hermano gemelo, tal como había planeado Criston Cole. Sin embargo, en las entrañas de Rocadragón, camino de los aposentos reales, los dioses quisieron que se topara cara a cara con ser Erryk, quien al punto se dio cuenta de lo que significaba su presencia. Los bardos cantan que ser Erryk dijo: «Te quiero, hermano» mientras desenvainaba la espada, y que ser Arryk respondió: «Y yo a ti, hermano» al desenfundar la suya.

El gran maestre Munkun narra que la lucha entre los hermanos duró casi una hora; el choque de los aceros despertó a la mitad de la corte de la reina, pero los espectadores no pudieron sino presenciarla sumidos en la impotencia, puesto que era imposible saber quién era quién. Al final, ser Arryk y ser Erryk se hirieron mortalmente entre sí y murieron uno en los brazos del otro con las mejillas surcadas de lágrimas.

El relato de Champiñón es más breve, más jugoso y mucho más desabrido. Cuenta que la lucha duró tan solo unos instantes y no hubo declaración de amor fraternal alguna; que los Cargyll se abalanzaron el uno contra el otro, acusándose mutuamente de traición. Ser Erryk ocupaba una posición más elevada en la escalera de caracol y fue el primero en asestar un golpe mortal, un bárbaro tajo descendente que estuvo a punto de seccionarle el brazo a su hermano a la altura del hombro, pero mientras caía, ser Arryk aferró la capa blanca de su asesino y lo atrajo hacia sí lo suficiente para hundirle profundamente un puñal en las tripas. Ser Arryk pereció antes de que llegaran los primeros guardias, pero la herida que tenía ser Erryk en el vientre le provocó cuatro días de agonía durante los que no paró de aullar, preso de horribles dolores y sin dejar de maldecir al traidor de su hermano.

Por razones obvias, los bardos y los cuentacuentos muestran una clara preferencia por la narración de Munkun. Los maestres y demás estudiosos deben decidir por sí mismos cuál es la versión más probable. Todo lo que dice el septón Eustace es que los gemelos Cargyll se mataron entre sí, y ahí debemos dejarlo.

Volvamos a Desembarco del Rey. Larys Strong el Patizambo, consejero de los rumores del rey Aegon, había elaborado una lista de todos los señores que acudieron a Rocadragón para presenciar la coronación de la reina Rhaenyra y sentarse en el consejo negro. Las sedes de los Celtigar y los Velaryon eran insulares; puesto que Aegon II carecía de fuerza naval, quedaban fuera del alcance de su ira. No obstante, los señores «negros» cuyas tierras se encontraban en el continente no gozaban de esa protección.

Con un centenar de caballeros, quinientos soldados de la casa real y el apoyo del triple de mercenarios curtidos, ser Criston marchó hacia Rosby y Stokeworth, cuyos señores acababan de arrepentirse de apoyar a la reina, con el fin de ordenarles que unieran sus fuerzas a las de la Corona en prueba de lealtad. Con ese contingente incrementado, la hueste de Cole se dirigió a la localidad portuaria amurallada del Valle Oscuro, donde sorprendió a los defensores. Saquearon la ciudad, prendieron fuego a los barcos anclados en el muelle y decapitaron a lord Darklyn. A sus caballeros y su guarnición les permitieron elegir entre jurar sus espadas al rey Aegon o correr la misma suerte que su señor. Muchos optaron por lo primero.

El siguiente objetivo de ser Criston era Reposo del Grajo. Avisado de su llegada, lord Staunton cerró las puertas y desafió a los atacantes. Parapetado tras la muralla, no pudo sino contemplar sus campos, bosques y aldeas en llamas, y la aniquilación de sus ovejas, vacas y vasallos. Cuando comenzaron a escasear las provisiones del castillo, envió un cuervo a Rocadragón para suplicar socorro.

El ave llegó cuando Rhaenyra y sus negros estaban de duelo por ser Erryk y debatían cuál sería la mejor respuesta al último ataque de Aegon el Usurpador. A pesar de la conmoción que le había provocado la trama contra su persona (o la de sus hijos), la reina seguía reacia a atacar Desembarco del Rey. Munkun —y no olvidemos que escribió muchos años más tarde— asegura que se debía al espanto que le producía matar a la sangre de su sangre. Maegor el Cruel había asesinado a su sobrino Aegon y había quedado maldito por siempre jamás, hasta que se desangró en su trono robado. El septón Eustace afirma que Rhaenyra tenía «corazón de madre» y por eso se resistía a arriesgar la vida de los hijos que le quedaban. Sin embargo, el único que asistió a esas reuniones fue Champiñón, e insiste en que Rhaenyra seguía tan consumida de dolor por la muerte de su hijo Lucerys que se ausentó del consejo de guerra y dejó al mando a la Serpiente Marina y su mujer, la princesa Rhaenys.

En este caso, la versión de Champiñón parece la más probable, puesto que sabemos que nueve días después de que lord Staunton enviase su mensaje de auxilio se oyeron unas alas coriáceas que sobrevolaban el mar, y sobre Reposo del Grajo apareció la dragona Meleys. La llamaban la Reina Roja por las escamas escarlata que la cubrían; las membranas de sus alas eran rosa, y la cresta, los cuernos y las garras arrojaban un resplandor cobrizo en su lomo, con una armadura de cobre y acero que destellaba al sol, iba montada Rhaenys Targaryen, la mujer que pudo reinar.

Ser Criston Cole, la Mano de Aegon, no desfalleció, ya que lo estaba esperando; contaba con ello. Los tambores transmitieron una orden y los arqueros se apresuraron a tomar posiciones; arcos y ballestas llenaron el aire de flechas y saetas. Los escorpiones apuntaron y se prepararon para disparar sus dardos de hierro, similares a los que habían derribado a Meraxes en Dorne. Meleys recibió una veintena de impactos, pero las flechas solo consiguieron enfadarla y que escupiera fuego de izquierda a derecha, con un movimiento de barrido. Los caballeros se abrasaron en las sillas de montar mientras les ardían el pelo, la piel y los arreos de los caballos. Los soldados soltaron las lanzas y se dispersaron; algunos trataron de protegerse con el escudo, pero ni el roble ni el hierro podían aguantar el aliento de un dragón. Ser Criston gritaba: «Apuntad a la jinete» desde su caballo blanco, rodeado de llamas y humaradas. Meleys rugió y echó humo por la nariz; un semental envuelto en llamas coceaba en su boca.

Entonces se oyó un rugido de respuesta y aparecieron otras dos siluetas aladas: el rey, a lomos de Fuegosolar el Dorado, y su hermano Aemond, montado en Vhagar. Criston Cole había preparado la trampa, y Rhaenys había mordido el anzuelo; se había convertido en la presa.

La princesa Rhaenys no intentó huir: con un grito de alegría y un restallido del látigo, encaró a Meleys con el enemigo. Si se hubiera enfrentado únicamente a Vhagar, tal vez habría tenido alguna posibilidad; pero contra Vhagar y Fuegosolar al mismo tiempo estaba condenada a perder. Los dragones chocaron con gran violencia cuatrocientas varas por encima del campo de batalla, y las bolas de fuego florecieron y estallaron con tanto resplandor que más tarde hubo quien juró que el cielo estaba plagado de soles. Las fauces carmesí de Meleys llegaron a cerrarse en torno al cuello dorado de Fuegosolar, hasta que Vhagar cayó sobre ellos desde arriba y las tres bestias se precipitaron al suelo dando vueltas. El impacto fue tan fuerte que desprendió piedras de las almenas de Reposo del Grajo, a media legua de distancia.

Los que se hallaban más cerca de los dragones no vivieron para contarlo, y los que estaban lejos no lo vieron debido al fuego y el humo. Transcurrieron horas hasta que se extinguieron las llamas, y de las cenizas solo salió indemne Vhagar. Meleys había quedado destrozada por la caída, en pedazos dispersos por el suelo; Fuegosolar, la magnífica bestia dorada, tenía un ala medio arrancada, y su real jinete se había roto las costillas y la cadera y tenía medio cuerpo cubierto de quemaduras, pero lo peor era el brazo izquierdo: el intenso calor del fuegodragón le había fundido carne con armadura.

Más adelante encontraron un cadáver que podría pertenecer a Rhaenys Targaryen junto a los despojos de su dragona, pero estaba tan carbonizado que era imposible reconocerlo. Amada hija de lady Jocelyn Baratheon y el príncipe Aemon Targaryen, fiel esposa de lord Corlys Velaryon, madre y abuela, la mujer que pudo reinar vivió sin conocer el miedo y murió entre sangre y fuego. Tenía cincuenta y cinco años.

Ochocientos caballeros, escuderos y hombres corrientes perdieron la vida aquel día asimismo. Un centenar más pereció poco después, cuando el príncipe Aemond y ser Criston Cole tomaron Reposo del Grajo y aniquilaron a la guarnición. La cabeza de lord Staunton se envió a Desembarco del Rey y acabó clavada sobre la Puerta Vieja, pero fue otra cabeza la que dejó mudas de asombro a las multitudes humildes a su paso por la ciudad, transportada en una carreta: la de la dragona Meleys. El septón Eustace narra que miles de personas abandonaron la ciudad después de verla, hasta que la reina viuda Alicent ordenó cerrar y trabar las puertas.

El rey Aegon II no murió, aunque las quemaduras le provocaban tal dolor que algunos aseguran que rezaba suplicando la muerte. Llegó a Desembarco del Rey en un palanquín cerrado para ocultar la gravedad de sus heridas, y estuvo encamado lo que quedaba de año. Los septones rezaban por él, y los maestres le suministraban pócimas y la leche de la amapola, pero pasaba dormido nueve horas de cada diez y solo despertaba para ingerir una exigua comida antes de volver a dormir. No se permitía que nadie perturbara su descanso, a excepción de su madre, la reina viuda, y su Mano, ser Criston Cole. Helaena, su esposa, no hizo ni un intento, tan sumida estaba en su propio dolor y su locura.

Fuegosolar, el dragón del rey, demasiado pesado para transportarlo e incapaz de volar con el ala herida, se quedó en los campos que rodeaban Reposo del Grajo, arrastrándose por la ceniza como un gigantesco gusano de fuego. Los primeros días se alimentó con los despojos carbonizados de la matanza, y cuando se terminaron, con terneros y ovejas que le llevaban los hombres que dejó ser Criston para cuidarlo.

«Ahora te corresponde gobernar el reino hasta que tu hermano tenga fuerzas para volver a ceñirse la corona», le dijo ser Criston Cole al príncipe Aemond. No necesitó repetírselo, asegura Eustace. Así fue como Aemond el Tuerto, el Matasangre, se hizo con la corona de hierro y rubíes de Aegon el Conquistador. «Me queda mejor que a él», proclamó; sin embargo, no se hizo llamar rey, sino que asumió el título de Protector del Reino y príncipe regente. Ser Criston Cole continuó siendo la Mano del Rey.

Entretanto, las semillas que había plantado Jacaerys Velaryon en su viaje al norte comenzaban a germinar, y se estaban reuniendo hombres en Puerto Blanco, Invernalia, Fuerte Túmulo, Villahermana, Puerto Gaviota y las Puertas de la Luna. Ser Criston advirtió al nuevo príncipe regente de que si llegaban a unir sus fuerzas con las de los señores de las Tierras de los Ríos que estaban agrupándose en Harrenhal en torno al príncipe Daemon, ni la sólida muralla de Desembarco del Rey podría resistírseles.

Del sur también llegaban noticias ominosas. Obediente a las súplicas de su tío, lord Ormund Hightower había salido de Antigua con un millar de caballeros y otro de arqueros, tres mil soldados e incontables millares más de seguidores, mercenarios, jinetes libres y chusma, pero tuvo un encontronazo con ser Alan Beesbury y lord Alan Tarly. A pesar de contar con menos efectivos, los dos Alans lo acosaron día y noche, atacaron sus campamentos, mataron a sus exploradores y provocaron incendios que entorpecían su avance. Más al sur, lord Costayne partió de las Tres Torres con intención de caer sobre el séquito que transportaba los pertrechos de Hightower. Y lo peor, lord Ormund recibió informes de que Thaddeus Rowan, señor de Sotodeoro, bajaba por el Mander con una hueste tan numerosa como la suya. A la vista de la situación, decidió que no podía seguir adelante sin apoyo de Desembarco del Rey. «Necesitamos vuestros dragones», escribió.

Extremadamente seguro de sus habilidades guerreras y del poder de la dragona Vhagar, Aemond estaba deseando plantar cara al enemigo. «La amenaza no es la puta de Rocadragón —afirmó—, ni tampoco Rowan, ni esos traidores del Dominio. El peligro es mi tío. Muerto Daemon, todos esos cretinos que portan los estandartes de nuestra hermana volverán corriendo a sus castillos y no nos molestarán más».

En el lado oriental de la bahía del Aguasnegras, las cosas tampoco le iban bien a la reina Rhaenyra. La pérdida de su hijo Lucerys había sido un golpe demoledor para una mujer ya quebrada a causa del embarazo y el alumbramiento malogrado. Cuando en Rocadragón se supo de la caída de la princesa Rhaenys, se produjo un enconado cruce de palabras entre la reina y lord Valerion, quien la acusó de la muerte de su esposa. «Tendrías que haber sido tú —gritó la Serpiente Marina a su alteza—.

Staunton apeló a tu ayuda, pero dejaste que fuera mi mujer quien respondiera y prohibiste a tus hijos unirse a ella». En el castillo, todo el mundo sabía que los príncipes Jace y Joff estaban deseando acompañar a la princesa Rhaenys en su vuelo a Reposo del Grajo con sus dragones.

«Yo era el único capaz de aliviar el corazón de su alteza —asegura Champiñón en su Testimonio—. En aquella hora sombría me convertí en el consuelo de la reina; abandoné la máscara de bufón y el gorro puntiagudo, y le mostré toda mi sabiduría y compasión. Sin que nadie lo supiera, era el comediante quien gobernaba; un rey invisible enfundado en un traje de colores».

Grandes pretensiones para un hombre tan pequeño, y sin más crónicas ni datos que las respalden. Su alteza no estaba sola en modo alguno: aún le quedaban cuatro hijos con vida. «Mi fuerza y mi consuelo», los llamaba. Aegon el Menor y Viserys, los hijos del príncipe Daemon, tenían nueve y siete años; el príncipe Joffrey contaba solo once; pero Jacaerys, príncipe de Rocadragón, estaba en el umbral de su decimoquinto día del nombre.

Fue Jace quien hizo la siguiente jugada, a finales del 129 d. C. Recordando lo que había prometido a la Doncella del Valle, ordenó al príncipe Joffrey volar a Puerto Gaviota con Tyraxes. Munkun da a entender que el deseo de alejar a su hermano de la lucha fue crucial a la hora de tomar esa decisión. Joffrey no la acató de buen grado, decidido como estaba a demostrar su valía en batalla, pero aceptó a regañadientes cuando le argumentaron que su misión era defender el Valle contra los dragones del rey Aegon. Se dispuso que lo acompañaran Rhaena, la hija de trece años habida por el príncipe Daemon y Laena Velaryon. Conocida como Rhaena de Pentos por la ciudad que la había visto nacer, aún no era jinete de dragón; su cría había muerto hacía unos años, pero al marcharse al Valle llevó tres huevos, y todas las noches rezaba para que eclosionaran.

Baela, la gemela de lady Rhaena, se quedó en Rocadragón. Llevaba mucho tiempo prometida al príncipe Jacaerys y se negó a abandonarlo; insistía en que lucharía a su lado montada en su dragona, aunque Bailarina Lunar era demasiado pequeña para cargar con su peso. También anunció su intención de celebrar los esponsales de inmediato, pero no llegó a celebrarse ninguna boda. Según Munkun, el príncipe no quería desposarse hasta que acabara la guerra, si bien Champiñón lo atribuye a que ya estaba casado con Sara Nieve, la misteriosa bastarda de Invernalia.

El príncipe de Rocadragón también estaba preocupado por la seguridad de sus hermanos maternos, Aegon el Menor y Viserys, de nueve y siete años. El príncipe Daemon, padre de estos, había forjado muchas amistades en la ciudad libre de Pentos durante sus visitas, de modo que Jacaerys pidió ayuda al príncipe de esa ciudad de allende el mar Angosto, y este accedió a cuidar de los dos niños hasta que Rhaenyra estuviera establecida en el Trono de Hierro. En las postrimerías del 129 d. C., los jóvenes príncipes se embarcaron rumbo a Essos en la coca Alegre Abandono, Aegon acompañado de Tempestad y Viserys abrazado a su huevo de dragón. La Serpiente Marina envió una escolta de siete buques de guerra para asegurarse de que llegaran a Pentos sanos y salvos.

El príncipe Jacaerys no tardó en devolver al Señor de las Mareas al redil nombrándolo Mano de la Reina, y con su ayuda empezó a planear un asalto a Desembarco del Rey.

Con Fuegosolar en las inmediaciones de Reposo del Grajo, herido e incapaz de volar, y Tessarion en Antigua con el príncipe Daeron, no quedaban más que dos dragones adultos para defender la capital, aparte de que la reina Helaena, la jinete de Fuegoensueño, se pasaba los días sumida en el llanto y la oscuridad y no representaba ninguna amenaza. Eso dejaba solamente a Vhagar; ningún dragón vivo podía comparársele en tamaño ni en ferocidad, pero Jace razonó que, si cayeran sobre Desembarco del Rey con Vermax, Syrax y Caraxes, ni siquiera «esa vieja zorra» podría hacerles frente.

Champiñón no estaba tan convencido. «Tres son más que dos —cuenta que advirtió al príncipe de Rocadragón—, pero cuatro son más que tres y seis son más que cuatro; eso lo sabe hasta un bufón». Cuando Jace señaló que Tempestad nunca había tenido jinete, Bailarina Lunar prácticamente acababa de salir del cascarón y Tyraxes estaba muy lejos, en el Valle con el príncipe Joffrey, y preguntó a Champiñón de dónde pretendía sacar más dragones, dice el enano que soltó una risotada y respondió: «De debajo de las sábanas y de las pilas de leña, de todos esos sitios por donde los Targaryen derramáis vuestra simiente plateada».

Los Targaryen eran los señores de Rocadragón desde hacía más de doscientos años, desde la llegada de lord Aenar Targaryen con sus dragones, procedentes de Valyria. Aunque en su costumbre imperaban las bodas entre hermanos y entre primos, la sangre juvenil es fogosa, y no era nada raro que los hombres buscaran placer con las hijas y hasta las esposas de sus súbditos, los vasallos que vivían al pie de Montedragón, en las aldeas: granjeros que labraban la tierra y pescadores que se afanaban en el mar. Es probable que, antes del reinado de Jaehaerys, el tradicional derecho de pernada se ejerciera más en Rocadragón que en ninguna otra parte de los Siete Reinos, aunque la Bondadosa Reina Alysanne se habría sentido consternada de haberlo sabido.

En otros lugares, el privilegio de la primera noche provocaba hondos rencores, tal como averiguó Alysanne en sus audiencias de mujeres, pero esos sentimientos quedaban mitigados en Rocadragón, donde la creencia general era que los Targaryen estaban más cerca de los dioses que del común de los mortales; se envidiaba a las recién casadas que recibían su bendición en la noche de bodas, y los hijos fruto de esas uniones gozaban de la mayor estima, porque los señores de la isla solían celebrar el nacimiento con fastuosos regalos de oro, sedas y tierras para la madre. Se decía que esos afortunados bastardos eran «semillas de dragón», y con el tiempo pasaron a ser simplemente «semillas». Incluso tras la prohibición del derecho de pernada, algunos Targaryen continuaron cortejando a las hijas de los posaderos y las esposas de los pescadores, de modo que Rocadragón estaba sembrado de semillas y descendientes de semillas.

A ellos se dirigió el príncipe Jacaerys, a instancias de su bufón, con el juramento de que cualquiera capaz de domar un dragón obtendría tierras, riquezas y el nombramiento de caballero; sus hijos serían nobles; sus hijas se casarían con señores, y ellos tendrían el honor de luchar junto al príncipe de Rocadragón contra el usurpador Aegon II Targaryen y sus traidores aliados.

No todos los que respondieron a la llamada del príncipe eran semillas; algunos no eran siquiera hijos ni nietos de semillas. Una veintena de caballeros del servicio de la reina se ofrecieron como jinetes de dragón, incluido ser Steffon Darklyn, el lord comandante de su Guardia Real, además de varios escuderos, ayudantes de cocina, marineros, soldados y titiriteros, y un par de doncellas. A los triunfos y tragedias que se siguieron, Munkun los llama «la Cosecha de las Semillas», y atribuye la idea al propio Jacaerys, no a Champiñón. Otros prefieren llamarlos «la Cosecha Roja».

El más inverosímil de esos aspirantes a jinetes de dragón fue el propio Champiñón, cuyo Testimonio narra con profusión su intento de montar a la veterana Ala de Plata, considerada la más dócil de los dragones sin amo. La anécdota, una de las más divertidas del enano, acaba con él a todo correr por el patio de Rocadragón con la culera de los calzones en llamas, y luego medio ahogado al saltar a un pozo para intentar sofocarlas. Improbable, sin duda, pero proporciona un alivio jocoso en un episodio por lo demás nefasto.

Los dragones no son caballos: no se prestan con facilidad a acarrear a alguien en el lomo y, si se sienten irritados o amenazados, atacan. El Relato verídico de Munkun nos cuenta que dieciséis hombres perdieron la vida durante la Cosecha, cifra que se triplica contando quienes sufrieron quemaduras o mutilaciones. Steffon Darklyn murió carbonizado mientras intentaba montar a Bruma, y lord Gormon Massey corrió la misma suerte al aproximarse a Vermithor. A un hombre llamado Denys Argenta, cuyo cabello y ojos otorgaban veracidad a su pretensión de descender de un bastardo de Maegor el Cruel, le arrancó un brazo el Ladrón de Ovejas, y cuando sus hijos trataban de restañar la herida cayó sobre ellos el Caníbal, que espantó al Ladrón de Ovejas y devoró a padre y progenie por igual.

Sin embargo, Bruma, Vermithor y Ala de Plata estaban acostumbrados a los humanos y toleraban su presencia. Al haber tenido ya jinetes, aceptaban otros con mayor facilidad. Vermithor, el dragón del Viejo Rey, agachó el pescuezo ante el bastardo de un herrero, un hombre descomunal al que llamaban Hugh el Martillo o Hugh el Duro, y un soldado llamado Ulf el Blanco (por su cabello) o Ulf el Piripi (por su afición a la bebida) consiguió montar a Ala de Plata, la querida dragona de la Bondadosa Reina Alysanne. Bruma, que había pertenecido a Laenor Velaryon, permitió que se subiera a su lomo un zagal de quince años llamado Addam de la Quilla, cuyos orígenes siguen sin estar claros para los historiadores.

Addam y su hermano Alyn, un año más joven, eran hijos de Marilda, la bonita hija de un armador de barcos. Era habitual verla por los astilleros de su padre, y se la conocía más por el nombre de Ratona porque era «pequeña y veloz, y siempre andaba atravesada entre los pies». Tenía solo dieciséis años cuando dio a luz a Addam, en el 114 d. C., y acababa de cumplir los dieciocho cuando tuvo a Alyn, en el 115. Menudos y rápidos como su madre, los dos bastardos de la Quilla tenían el cabello plateado y los ojos violeta, y pronto demostraron que también llevaban «salitre en las venas», puesto que crecieron en los astilleros de su abuelo y se enrolaron de grumetes antes de cumplir los ocho años. A la muerte de su abuelo, cuando Addam tenía diez años y Alyn nueve, su madre heredó los astilleros y los vendió, y con el dinero que obtuvo se hizo a la mar como patrona de una coca mercante a la que llamó Ratón. Sagaz mercader y osada capitana, en el 130 d. C., Marilda de la Quilla poseía ya siete barcos, y sus hijos bastardos siempre andaban enrolados en alguno.

Era imposible dudar que Addam y Alyn fueran semillas de dragón; bastaba con mirarlos, pero Marilda se negaba categóricamente a dar el nombre del padre. No fue hasta que el príncipe Jacaerys comenzó su búsqueda de nuevos jinetes de dragón que rompió su silencio y afirmó que los dos eran hijos naturales del difunto ser Laenor Velaryon.

Se parecían a él, ciertamente, y era sabido que ser Laenor visitaba en ocasiones el astillero de la Quilla. No obstante, muchos en Rocadragón y Marcaderiva acogieron el anuncio con escepticismo, porque recordaban bien el desinterés de Laenor Velaryon hacia las mujeres. Sin embargo, nadie osó llamarla mentirosa, ya que el propio lord Corlys, padre de Laenor, llevó a los jóvenes ante el príncipe Jacaerys para la Cosecha. La Serpiente Marina, que había sobrevivido a todos sus hijos y sufrido la traición de sus primos y sobrinos, parecía deseoso de aceptar a esos nietos recién descubiertos. Cuando Addam de la Quilla montó a Bruma, el dragón de ser Laenor, la pretensión de su madre cobró credibilidad.

En consecuencia, no debería sorprendernos que tanto el gran maestre Munkun como el septón Eustace acepten respetuosamente la paternidad de ser Laenor; pero Champiñón, como de costumbre, disiente: en su Testimonio da a entender que el padre de los «ratoncitos» no era el hijo de la Serpiente Marina, sino la propia Serpiente Marina, que no compartía las inclinaciones eróticas de ser Laenor. Señala además que los astilleros de la Quilla eran como un segundo hogar para él, mientras que su hijo los visitaba con menos frecuencia. La princesa Rhaenys, su esposa, tenía el temperamento fogoso tan común entre los Targaryen y no habría aceptado de buen grado que su señor marido anduviera engendrando bastardos con alguien a quien ella doblaba la edad, y para colmo hija de un constructor de barcos; por tanto, según Champiñón, Corlys Velaryon había puesto fin a sus «amoríos de astillero» con Ratona tras el nacimiento de Alyn, en aras de la prudencia, y había ordenado a la madre mantener a los niños apartados de la corte. Hasta la muerte de la princesa Rhaenys no se atrevió lord Corlys a presentar a sus bastardos, ya sin riesgo.

Hay que reconocer que en este caso resulta más verosímil la versión del bufón que las del septón y el maestre. Es probable que muchos compartieran la sospecha en la corte de la reina Rhaenyra, pero cerraron la boca. Poco después de que Addam de la Quilla demostrase su valía montando a Bruma, lord Corlys se atrevió a pedir a la reina que quitase a los dos hermanos el estigma de bastardos; cuando el príncipe Jacaerys secundó la petición, su alteza accedió, y Addam de la Quilla, semilla de dragón y bastardo, se convirtió en Addam Velaryon, heredero de Marcaderiva.

Sin embargo, ese no fue el fin de la Cosecha Roja. Daría otros y más amargos frutos, con consecuencias funestas para los Siete Reinos.

Los tres dragones salvajes de Rocadragón eran más difíciles de dominar que los que ya habían tenido jinete, pero no faltaron intentos. El Ladrón de Ovejas, un dragón llamativamente feo de color «pardo fangoso» que había salido del cascarón cuando el Viejo Rey aún era joven, era aficionado a la carne de cordero y tenía la costumbre de abalanzarse en picado sobre los rebaños que pastaban en las tierras comprendidas entre Marcaderiva y el Rodeo. Rara vez provocaba daño a los pastores, a no ser que trataran de interponerse en su camino, pero de vez en cuando devoraba un perro ovejero. Fantasma Ceniciento vivía en una alta fumarola de la cara oriental de Montedragón, prefería el pescado y se lo avistaba casi siempre en vuelo bajo sobre el mar Angosto, atrapando presas en el agua. Era una bestia de un gris blanquecino, el color de la bruma matutina, y particularmente tímida: evitaba durante años enteros a los humanos y los lugares que habían construido.

El más grande y viejo de los dragones salvajes era el Caníbal, llamado así porque se le había visto devorar los despojos de otros de su especie y saqueaba los criaderos de Rocadragón para comerse los huevos y las crías. Negro como el tizón, de ojos verdes maliciosos, el Caníbal ya había hecho su madriguera en Rocadragón antes de la llegada de los Targaryen, a decir de algunos aldeanos, aunque tanto el gran maestre Munkun como el septón Eustace lo consideraban muy improbable, igual que yo. Los aspirantes a jinetes de dragón habían intentado montarlo una docena de veces; su madriguera estaba alfombrada de huesos.

Ninguna semilla de dragón cometió la imbecilidad de molestar al Caníbal, porque nadie que lo intentara volvía para contarlo. Algunos anduvieron buscando a Fantasma Ceniciento pero fracasaron, ya que era una criatura escurridiza. El Ladrón de Ovejas resultó más fácil de atraer, pero era una bestia feroz e irritable, y mató más semillas de dragón que los tres «dragones del castillo» juntos. Uno de los que intentaron domarlo (tras haber tratado en vano de encontrar a Fantasma Ceniciento) fue Alyn de la Quilla, pero el dragón no lo aceptó. Cuando cayó de la madriguera con la capa incendiada, salvó la vida gracias a la rápida reacción de su hermano; Bruma espantó al dragón salvaje mientras Addam apagaba las llamas con su capa. Alyn Velaryon llevaría en la espalda y las piernas las cicatrices del encuentro durante el resto de su vida, pero se consideraba afortunado por haber sobrevivido; muchos otros aspirantes y semillas que trataron de subirse al lomo del Ladrón de Ovejas acabaron en su estómago.

Al final, al dragón pardo lo domó una «chica menuda y parda» de dieciséis años a base de astucia y persistencia: le llevaba una oveja recién sacrificada cada mañana, hasta que aprendió a aceptarla y esperarla. Munkun dice que el nombre de esa inaudita jinete de dragón era Ortiga; Champiñón nos dice que era una bastarda de origen dudoso llamada Orthy, hija de una ramera portuaria. Se llamara como se llamara, tenía el pelo negro, los ojos marrones y la piel cetrina; era flaca, grosera e intrépida, y no conocía el miedo. Fue la primera y última jinete del dragón Ladrón de Ovejas.

El príncipe Jacaerys ya tenía lo que quería. Al precio de tanto dolor y tanta muerte, tantas viudas, tantos quemados que llevarían las cicatrices hasta el día de su muerte, había conseguido cuatro nuevos jinetes de dragón. En las postrimerías del 129 d. C. se preparó para atacar Desembarco del Rey desde el aire; la fecha elegida fue la primera luna llena del año nuevo.

Pero los planes de los hombres no son sino juguetes para los dioses y, mientras Jace trazaba los suyos, se cernía una nueva amenaza procedente del este. Las conspiraciones de Otto Hightower habían dado sus frutos, y el Consejo Supremo de la Triarquía, reunido en Tyrosh, había aceptado su oferta de alianza. Noventa buques de guerra con banderas de las Tres Hijas partieron de los Peldaños de Piedra rumbo al Gaznate, y la casualidad y los dioses quisieron que la Alegre Abandono, la coca pentoshí donde viajaban los dos príncipes Targaryen, cayera directamente en sus fauces.

Los barcos que escoltaban la coca acabaron hundidos o en manos del enemigo, y la Alegre Abandono, capturada. La noticia llegó a Rocadragón con el príncipe Aegon, quien apareció aferrado con desesperación al cuello de Tempestad, su dragón. Champiñón nos relata que estaba blanco de terror, temblaba violentamente y apestaba a orina. Tenía solo nueve años y nunca había montado en dragón… ni volvería a montar, ya que Tempestad había sufrido espantosas heridas al huir de la Alegre Abandono, y tenía incontables puntas de flecha clavadas en el vientre y una saeta de escorpión atravesada en el cuello. Murió al cabo de una hora, siseando, derramando sangre caliente y negra a borbotones, y echando humo por las heridas.

El príncipe Viserys, el hermano pequeño de Aegon, no contaba con medios para escapar de la coca. El espabilado muchacho había escondido su huevo de dragón y se había vestido de harapos manchados de salitre para hacerse pasar por un vulgar aprendiz, pero lo traicionó uno de los auténticos grumetes y acabó cautivo. El primero en darse cuenta de a quién tenían en su poder fue un capitán tyroshí, según narra Munkun, pero el almirante Sharako Lohar de Lys no tardó en arrebatarle el trofeo.

El almirante lyseno dividió la flota en formación de pinza para el ataque; una facción entraría en el Gaznate por el sur de Rocadragón, y la otra, por el norte. La batalla comenzó en las primeras horas de la mañana del quinto día del año 130 después de la Conquista de Aegon. Los buques de guerra de Sharako se acercaron con el sol naciente a popa, ocultos por el resplandor, y tomaron por sorpresa a muchas galeras de lord Velaryon; embistieron unas y abordaron otras con cabos y arpeos. El escuadrón sur pasó de largo Rocadragón y cayó sobre las costas de Marcaderiva; desembarcó hombres en Puertoespecia y envió barcos en llamas para incendiar las naves que les salían al encuentro. A media mañana, Puertoespecia estaba ardiendo, y las tropas myrienses y tyroshíes arremetían contra las puertas de Marea Alta.

Cuando el príncipe Jacaerys se precipitó sobre una línea de galeras lysenas a lomos de Vermax, lo recibieron con una lluvia de lanzas y flechas. Los marineros de la Triarquía ya se habían enfrentado a dragones en los Peldaños de Piedra, cuando lucharon contra el príncipe Daemon. Nadie puede decir que carecieran de coraje; estaban dispuestos a luchar contra el fuegodragón con las armas que tuvieran. «Matad al jinete y el dragón se irá», les habían dicho sus capitanes y comandantes. Se incendió una nave, y luego otra, pero los hombres de las Ciudades Libres continuaron luchando…, hasta que se oyó un grito, y al levantar la vista encontraron más siluetas aladas que rodeaban Montedragón y se dirigían hacia ellos.

Enfrentarse a un dragón es una cosa, y enfrentarse a cinco, otra. Cuando Ala de Plata, el Ladrón de Ovejas, Bruma y Vermithor se abalanzaron sobre ellos, los hombres de la Triarquía sintieron que el valor los abandonaba. La línea de buques de guerra se quebró; las galeras viraron y se alejaron una por una. Los dragones caían como relámpagos escupiendo bolas de fuego azul, naranja, rojo y dorado, cada una más luminosa que la anterior. Una tras otra, las naves estallaban o acababan consumidas por las llamas; los hombres saltaban al mar profiriendo gritos, envueltos en fuego; del agua se elevaban altas columnas de humo negro. Todo parecía perdido; todo estaba perdido…

Más tarde se relataron varias historias diferentes sobre el cómo y el porqué de la caída del dragón. Algunos aseguraban que un ballestero le había acertado en un ojo con una saeta de hierro, pero esa versión recuerda sospechosamente al final que encontró Meraxes en Dorne, largo tiempo atrás. Según otra narración, un marinero lanzó un arpeo desde la cofa de una galera myriense cuando Vermax se abalanzaba en picado contra la flota; un garfio se le clavó entre dos escamas y penetró profundamente a causa de la velocidad que llevaba el dragón. El marinero había enroscado el otro extremo de la cadena alrededor del mástil, y el peso del barco, unido a la potencia de las alas de Vermax, le abrió un largo tajo irregular en el vientre. El rugido de rabia del dragón se oyó hasta en Puertoespecia pese al estruendo de la batalla. Vermax se precipitó emitiendo humo y alaridos, arañando el agua, tras el brusco final de su vuelo. Los supervivientes contaron que había intentado remontarse, pero solo consiguió chocar de cabeza con una galera en llamas: la madera se astilló; el mástil se vino abajo, y el dragón, con sus sacudidas, quedó enredado en las jarcias. Cuando el barco escoró y se hundió, Vermax fue detrás.

Se dice que Jacaerys Velaryon se liberó y quedó agarrado brevemente a un pecio humeante, hasta que los ballesteros de la nave myriense más próxima descargaron sus saetas sobre él. El príncipe recibió un impacto y luego otro; más y más myrienses dispararon sus ballestas; al final, uno le acertó en el cuello, y se lo tragó el mar.

La batalla del Gaznate se propagó durante la noche al norte y sur de Rocadragón, y fue una de las más sangrientas de la historia naval. Sharako Lohar había llevado una flota combinada de noventa buques de guerra myrienses, lysenos y tyroshíes de los Peldaños de Piedra; veintiocho de ellos sobrevivieron y, salvo tres tripulados por lysenos, el resto consiguió regresar a duras penas. Tras el desastre, las viudas de Myr y Tyrosh acusaron al almirante de haber enviado sus flotas a la destrucción sin arriesgar la suya, y ese fue el comienzo de la disputa que acabaría con la Triarquía dos años después, cuando las tres ciudades se enfrentaron entre sí en la guerra de las Hijas. Pero ese relato es ajeno a esta historia.

Aunque los atacantes perdonaron Rocadragón, pensando sin duda que la vetusta fortaleza de los Targaryen resistiría el asalto, se cobraron un alto precio en Marcaderiva. Puertoespecia sufrió un saqueo brutal; la masacre se cebó con hombres, mujeres y niños, y sus cadáveres quedaron abandonados en las calles para ser pasto de las gaviotas, las ratas y los cuervos carroñeros; los edificios ardieron. La ciudad nunca se reconstruyó. Marea Alta también se incendió; el fuego consumió todos los tesoros del oriente que había llevado hasta allí la Serpiente Marina, y a sus criados los acuchillaron cuando trataban de escapar de las llamas. La flota de los Velaryon perdió casi un tercio de su poder. Murieron millares de personas, pero ninguna de esas pérdidas fue tan lamentada como la de Jacaerys Velaryon, príncipe de Rocadragón y heredero del Trono de Hierro.

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