Fuego y sangre

Fuego y sangre


La muerte de los dragones: El dragón rojo y el dorado

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El príncipe Viserys, el hijo menor de Rhaenyra, también parecía perdido; en la confusión de la batalla, ninguno de los supervivientes supo identificar con seguridad el barco que lo transportaba. Ambos bandos lo dieron por muerto, ahogado, quemado o descuartizado. Aegon el Menor, su hermano mayor, había escapado volando, pero la alegría lo había abandonado por completo: nunca se perdonaría el haberse montado en Tempestad y haber abandonado a su hermano pequeño en manos del enemigo. Está escrito que cuando felicitaron a la Serpiente Marina, este dijo: «Si esto es la victoria, rezo por no cosechar otra en la vida».

Champiñón nos cuenta que esa noche, en Rocadragón, dos hombres brindaron por la matanza en una taberna llena de humo que había bajo el castillo: los jinetes de dragón Hugh el Martillo y Ulf el Blanco, que habían participado en la batalla montados en Vermithor y Ala de Plata, y vivido para jactarse.

«Ahora somos caballeros de verdad», declaró Hugh el Duro. Y Ulf se echó a reír y dijo: «A los siete infiernos con eso: señores deberíamos ser».

Ortiga no se unió a la celebración. Había volado con los demás, luchado con la misma bravura, y quemado y matado tanto como cualquiera, pero cuando regresó a Rocadragón, las lágrimas le surcaban el rostro ennegrecido de humo. Addam Velaryon, antes Addam de la Quilla, fue a ver a la Serpiente Marina después de la batalla, pero ni siquiera Champiñón nos cuenta de qué hablaron.

Una quincena más tarde, en el Dominio, Ormund Hightower se encontró atrapado entre dos ejércitos. Thaddeus Rowan, señor de Sotodeoro, y Tom Flores, el Bastardo de Puenteamargo, lo estaban presionando desde el noreste con un gran ejército de caballería, mientras que ser Alan Beesbury, lord Alan Tarly y lord Owen Costayne habían unido fuerzas para cortarle la retirada a Antigua. Cuando sus ejércitos lo acorralaron en las orillas del río Vinomiel y lo atacaron a la vez por la vanguardia y la retaguardia, lord Hightower vio desmoronarse sus filas. La derrota parecía inminente; pero entonces, una sombra cruzó el campo de batalla, y un terrible rugido procedente del cielo se alzó sobre el choque de los aceros. Había llegado un dragón.

Era Tessarion, la Reina Azul, la dragona cobre y cobalto. Llevaba al lomo a Daeron Targaryen, de quince años, el menor de los tres hijos de la reina Alicent, escudero de lord Ormund, el niño amable y de voz suave que había sido hermano de leche del príncipe Jacaerys.

La llegada del príncipe Daeron y su dragón cambió las tornas de la batalla: los hombres de lord Ormund atacaron al enemigo profiriendo maldiciones, mientras que a los de la reina les llegó el turno de huir. Al final del día, lord Rowan se batía en retirada hacia el norte con lo que quedaba de su hueste, Tom Flores yacía carbonizado entre los juncos; los dos Alans habían caído prisioneros, y lord Costayne agonizaba a causa de una herida que le había infligido Jon Roxton el Osado con su hoja negra, la Hacedora de Huérfanos. Mientras los lobos y los cuervos devoraban los cadáveres de la matanza, Ormund Hightower agasajó al príncipe Daeron con carne de uro y vino fuerte; lo nombró caballero con la célebre espada larga de acero valyrio Vigilancia y le otorgó el sobrenombre de ser Daeron el Audaz. El príncipe respondió con modestia: «Sois muy amable, mi señor, pero la victoria pertenece a Tessarion».

En Rocadragón, el abatimiento y la derrota se cernieron sobre la corte negra cuando se supo del desastre del Vinomiel. Lord Bar Emmon llegó a insinuar que tal vez hubiera llegado el momento de postrernarse ante Aegon II. Sin embargo, la reina no quiso ni oírlo mencionar. Solo los dioses conocen el corazón de los hombres, y las mujeres son aún más enigmáticas; destrozada por la pérdida de un hijo, Rhaenyra Targaryen pareció cobrar nuevas fuerzas con la muerte del segundo. La caída de Jace la endureció, consumió sus miedos y solo le dejó el odio y la ira. Seguía teniendo más dragones que su hermano y estaba dispuesta a usarlos a cualquier precio. Anunció al consejo negro que iba a descargar una tormenta de fuego y muerte sobre Aegon y todos sus seguidores, y a arrancarlo del Trono de Hierro, o morir en el intento.

Al otro lado de la bahía, una determinación similar había hecho presa en el pecho de Aemond Targaryen, quien gobernaba en nombre de su hermano Aegon, postrado en cama. Aemond el Tuerto desdeñaba a su hermana Rhaenyra; para él, la amenaza era su tío, el príncipe Daemon, así como la gran hueste que había reunido en Harrenhal. Convocó a los banderizos y al consejo, y anunció su intención de presentar batalla a su tío y castigar a los señores rebeldes de los Ríos.

Propuso atacar las Tierras de los Ríos desde el este y el oeste, para obligar a los señores del Tridente a luchar en dos frentes. Jason Lannister había congregado un gran ejército en las colinas occidentales: un millar de caballeros de armadura y siete veces más arqueros y soldados; descendería del terreno elevado y cruzaría a hierro el Forca Roja mientras ser Criston Cole partía de Desembarco del Rey acompañado por el príncipe Aemond en persona, montado en Vhagar. Los dos ejércitos coincidirían en Harrenhal y pinzarían a los «traidores del Tridente». Si su tío abandonaba los muros del castillo para plantarles cara, como sin duda haría, Vhagar prevalecería sobre Caraxes y Aemond volvería a la ciudad con la cabeza de Daemon.

No todos los miembros del consejo estaban de acuerdo con la osada estrategia del príncipe. Aemond contaba con el apoyo de ser Criston Cole, la Mano, y el de ser Tyland Lannister, pero el gran maestre Orwyle le rogó que enviase un mensaje a Bastión de Tormentas para obtener el respaldo de la casa Baratheon con todo su poder antes de actuar, y lord Jasper Wylde, Vara de Hierro, declaró que era necesario convocar a lord Hightower y al príncipe Daeron para que acudiesen desde el sur, con el argumento de que «dos dragones son mejores que uno». La reina viuda también recomendó prudencia, y exhortó a su hijo a esperar al restablecimiento de su hermano el rey y su dragón Fuegosolar el Dorado, para que pudiesen unirse al ataque.

Al príncipe Aemond, no obstante, no le placía el retraso y declaró que no necesitaba a sus hermanos ni a los dragones de estos; Aegon estaba gravemente herido y Daeron era muy joven. Caraxes era una bestia temible, sí: fiero, astuto y curtido en batalla; pero Vhagar era más vieja, más feroz y el doble de grande. El septón Eustace narra que el Matasangre estaba decidido a que aquella fuera su victoria; no deseaba compartir la gloria con sus hermanos ni con ningún otro.

No podían llevarle la contraria, pues hasta que Aegon II se levantara del lecho y volviese a esgrimir la espada, la regencia y el gobierno estaban en manos de Aemond. Fiel a su determinación, el príncipe salió por la Puerta de los Dioses al cabo de una quincena, a la cabeza de una hueste de cuatro mil efectivos. «Dieciséis días de marcha a Harrenhal —proclamó—. El decimoséptimo nos regalaremos un banquete en el salón de Harren el Negro, mientras la cabeza de mi tío nos mira desde mi lanza». Al otro lado del reino, Jason Lannister, señor de Roca Casterly, acató sus órdenes y descendió de las colinas occidentales para descargar toda su fuerza sobre el Forca Roja y el corazón de las Tierras de los Ríos. Los señores del Tridente no tenían más remedio que ir a su encuentro.

Daemon Targaryen era un guerrero demasiado veterano y curtido para quedarse cruzado de brazos, recluido entre paredes, por mucho que fuera la gigantesca muralla de Harrenhal. Seguía teniendo amigos en Desembarco del Rey, y supo de los planes de su sobrino antes incluso de que partiera. Cuando se enteró de que Aemond y ser Criston Cole habían salido de Desembarco del Rey, se dice que soltó una risotada y dijo: «Ya era hora», porque llevaba mucho esperando ese momento. Una parvada de cuervos remontó el vuelo desde las retorcidas torres de Harrenhal.

En el Forca Roja, lord Jason Lannister se encontró frente al anciano Petyr Piper, señor de la Princesa Rosada, y Tristan Vance, señor de Descanso del Caminante. Aunque los occidentales superaban en número al enemigo, los señores de los Ríos conocían el terreno. Tres veces intentaron cruzar los Lannister, y tres veces los rechazaron; en el último intento, lord Jason recibió una herida mortal a manos de un escudero encanecido, Pate de Hojaluenga. Lord Piper en persona lo armó caballero y le dio el nombre de Hojaluenga el Mataleones. En el cuarto ataque, sin embargo, los Lannister consiguieron llegar a los vados; fue el turno de lord Vance de caer ante ser Adrian Tarbeck, que se había puesto al mando de la hueste occidental. Tarbeck y un centenar de caballeros selectos se quitaron las pesadas armaduras, remontaron el río a nado hasta dejar atrás la batalla y volvieron dando un rodeo para sorprender a los hombres de lord Vance por la retaguardia. Las filas de los señores de los Ríos se desmembraron, y los occidentales cruzaron el Forca Roja en tropel e irrumpieron a millares.

Mientras tanto, sin que el moribundo lord Jason ni sus banderizos llegaran a enterarse, flotas de barcoluengos de las Islas del Hierro cayeron sobre las costas de las tierras de los Lannister con Dalton Greyjoy de Pyke al frente. Cortejado por ambos aspirantes al Trono de Hierro, el Kraken Rojo ya había tomado una decisión. Sus hombres del hierro no serían capaces de entrar en Roca Casterly en el momento en que lady Johanna asegurara las puertas, pero se apoderaron de tres cuartas partes de los barcos que había en el puerto, hundieron el resto, cruzaron la muralla de Lannisport como un enjambre y saquearon la ciudad; se hicieron con incontables riquezas y se llevaron a más de seiscientas mujeres y niñas, incluidas la amante favorita de lord Jason y sus hijas naturales.

En otra parte del reino, lord Walys Mooton, al frente de un centenar de caballeros de Poza de la Doncella, se unió a los Crabb y los Brune, las casas medio salvajes de Punta Zarpa Rota, y a los Celtigar de Isla Zarpa. Cruzaron bosques de pinos y colinas brumosas a toda prisa con destino a Reposo del Grajo, donde su repentina llegada tomó por sorpresa a la guarnición. Tras reconquistar el castillo, lord Mooton condujo a sus hombres más valientes al campo de cenizas que se extendía al oeste para acabar con el dragón Fuegosolar.

Los aspirantes a matadragones sortearon con facilidad el cordón de guardias que lo alimentaban, atendían y protegían, pero Fuegosolar resultó más duro de roer de lo que esperaban. Los dragones son criaturas torpes en tierra, y el desgarrón del ala impedía a la gran bestia dorada alzar el vuelo. Los atacantes confiaban en hallarlo moribundo; lo encontraron dormido, pero el choque de espadas y el estampido de caballos lo despertaron enseguida, y la primera lanza que lo atacó lo puso furioso. Resbaladizo de fango, retorciéndose entre los huesos de incontables ovejas, Fuegosolar se enroscó como una serpiente, al tiempo que asestaba latigazos con la cola y lanzaba ráfagas de fuego dorado a sus atacantes, sin dejar de intentar remontarse. Tres veces se elevó y tres veces volvió a caer a tierra. Los hombres de Mooton se arracimaron a su alrededor con espadas, lanzas y hachas, y le infligieron abundantes y dolorosas heridas, pero el único efecto parecía ser encolerizarlo más. Ya había más de medio centenar de muertos cuando el resto huyó.

Entre los caídos estaba Walys Mooton, señor de Poza de la Doncella. Cuando su hermano Manfyrd encontró su cadáver una quincena después, en la armadura fundida no quedaba sino carne carbonizada repleta de gusanos. Sin embargo, en aquel campo de cenizas alfombrado con huesos de valientes y los despojos quemados e hinchados de un centenar de caballos, lord Manfyrd no encontró ni rastro del dragón de Aegon. No había huellas, como cabría esperar si se hubiera marchado a rastras. Aparentemente, Fuegosolar el Dorado había vuelto a volar, si bien no quedaba con vida nadie que pudiera decir en qué dirección.

Entretanto, el príncipe Daemon Targaryen se dirigía al sur a toda prisa a lomos de Caraxes, su dragón. Sobrevoló la orilla occidental del Ojo de Dioses, bien apartado de la línea de avance de ser Criston; esquivó la hueste enemiga, cruzó el Aguasnegras, giró al este y siguió el curso del río hacia Desembarco del Rey. En Rocadragón, Rhaenyra Targaryen se puso una armadura de relucientes escamas negras, montó en Syrax y alzó el vuelo en medio de una tormenta que azotaba las aguas de la bahía del Aguasnegras. La reina y su príncipe consorte se reunieron muy por encima de la ciudad, trazando círculos sobre la Colina Alta de Aegon.

La visión desató el pánico en las calles, ya que el pueblo comprendió enseguida que había llegado el tan temido ataque. El príncipe Aemond y ser Criston habían despojado a Desembarco del Rey de sus defensas cuando partieron a reconquistar Harrenhal, y el Matasangre se había llevado a Vhagar, la temible bestia, dejando solo a Fuegoensueño y un puñado de crías inmaduras para hacer frente a los dragones de la reina. Los dragones jóvenes nunca habían tenido jinete, y la de Fuegoensueño, la reina Helaena, era una mujer destrozada; podría decirse que la ciudad no contaba con dragones.

Millares de personas salieron como una riada por las puertas de la ciudad, con sus hijos y sus posesiones mundanas a la espalda, en busca de la seguridad de la campiña. Otros cavaron pozos y túneles bajo sus casuchas, agujeros lóbregos, fríos y húmedos donde confiaban guarecerse cuando ardiera la ciudad (el gran maestre Munkun nos informa de que muchos de los pasadizos y sótanos secretos del subsuelo de Desembarco del Rey datan de esa fecha). En el Lecho de Pulgas se desencadenaron disturbios. Cuando por el este se avistaron las velas de los barcos de la Serpiente Marina, que surcaban la bahía del Aguasnegras rumbo al río, sonaron las campanas de todos los septos de la ciudad y las muchedumbres tomaron las calles, entregadas al saqueo. Cuando los capas doradas lograron restablecer la paz, los muertos se contaban por decenas.

Con el lord Protector y la Mano del Rey ausentes, y el rey Aegon lleno de quemaduras, postrado en el lecho y perdido en sueños de amapola, le tocó a su madre, la reina viuda Alicent, organizar la defensa de la ciudad. La reina estuvo a la altura: cerró las puertas del castillo y la ciudad, envió a los capas doradas a la muralla y mandó jinetes en caballos veloces a buscar al príncipe Aemond para que regresara.

También ordenó al gran maestre Orwyle enviar cuervos a «todos los señores que nos son leales» para que acudieran a defender a su verdadero rey. Sin embargo, cuando el apresurado Orwyle llegó a sus aposentos, se encontró con cuatro capas doradas que lo esperaban. Uno ahogó sus gritos mientras los demás lo golpeaban y ataban; luego le cubrieron la cabeza con un saco y lo escoltaron a las celdas negras.

Los jinetes de la reina Alicent no pasaron de las puertas, donde los capturaron otros capas doradas. A espaldas de la reina, los siete capitanes que guardaban las puertas, elegidos por su lealtad al rey Aegon, habían caído prisioneros o muertos en el momento en que Caraxes apareció en el cielo sobrevolando la Fortaleza Roja, porque los miembros rasos de la Guardia de la Ciudad seguían teniendo en alta estima a Daemon Targaryen, el Príncipe de la Ciudad, su antiguo comandante.

Ser Gwayne Hightower, hermano de la reina Alicent y segundo al mando de los capas doradas, corrió a los establos a dar la alarma, pero lo capturaron, lo desarmaron y lo llevaron a rastras ante el comandante, Luthor Largent. Cuando Hightower lo acusó de cambiacapas, ser Luthor se rio. «Estas capas nos las dio Daemon —dijo—, y no cambian; son doradas por los dos lados». Entonces atravesó el vientre de ser Gwayne con la espada y ordenó que abrieran las puertas de la ciudad para que entraran los hombres que desembarcaban de las naves de la Serpiente Marina.

A pesar de la tan proclamada fuerza de su muralla, Desembarco del Rey cayó en menos de un día. Se produjo una batalla corta y sangrienta en la Puerta del Río, donde trece caballeros de los Hightower y un centenar de soldados rechazaron a los capas doradas y resistieron casi ocho horas contra los ataques procedentes de dentro y fuera de la ciudad. Pero su heroicidad fue en vano, porque los soldados de Rhaenyra entraron en tropel por las otras seis puertas, sin impedimento alguno. La visión de los dragones de la reina surcando el cielo descorazonó a los defensores, y los leales al rey Aegon que quedaban se escondieron, huyeron o hincaron la rodilla.

Uno por uno, los dragones descendieron. El Ladrón de Ovejas aterrizó en la Colina de Visenya, y Ala de Plata y Vermithor, en la de Rhaenys, delante de Pozo Dragón. El príncipe Daemon trazó un círculo alrededor de las torres de la Fortaleza Roja antes de bajar con Caraxes al patio exterior, y esperó a tener la certeza de que los defensores no le infligirían daño alguno para indicar por señas a su esposa, la reina, que Syrax y ella podían bajar. Addam Velaryon se quedó en el aire, volando con Bruma en torno a la muralla, para que el aleteo de las amplias alas coriáceas de su dragón sirviese de advertencia a los de abajo de que cualquier desafío se cortaría con fuego.

Al comprender que era inútil resistirse, la reina viuda Alicent salió del Torreón de Maegor con ser Otto Hightower, su padre, en compañía de ser Tyland Lannister y lord Jasper Wylde, Vara de Hierro. (Lord Larys Strong, el consejero de los rumores, no estaba con ellos; se las había ingeniado para desaparecer). El septón Eustace, que presenció aquella escena, nos dice que la reina Alicent intentó llegar a un acuerdo con su hijastra. «Convoquemos un Gran Consejo, como hizo antaño el Viejo Rey, y planteemos la cuestión de la sucesión ante los señores del reino». Pero la reina Rhaenyra se burló de la propuesta: «¿Me tomas por Champiñón? Las dos sabemos qué decidiría ese consejo». Entonces ofreció dos opciones a su madrastra: rendirse o morir quemada.

Con la cabeza gacha por la derrota, la reina Alicent entregó las llaves del castillo y ordenó a sus caballeros y soldados deponer las espadas. «La ciudad es vuestra, princesa —se cuenta que dijo—, pero no la conservaréis mucho tiempo. Cuando el gato no está, los ratones bailan, pero mi hijo Aemond volverá con fuego y sangre».

Los hombres de Rhaenyra encontraron a la reina loca Helaena, la esposa de su rival, encerrada en su cámara, pero cuando derribaron las puertas de los aposentos del rey solo vieron «la cama vacía y la bacinilla llena». Aegon II había escapado, así como sus hijos menores, la princesa Jaehaera, de seis años, y el príncipe Maelor, de dos, junto con Willis Fell y Rickard Thorne, de la Guardia Real. Ni la reina viuda parecía saber adónde habían ido, y Luthor Largent juró que nadie había cruzado las puertas de la ciudad.

Pero no había manera de escamotear el Trono de Hierro, y Rhaenyra no pegaría ojo hasta haber reclamado el asiento de su padre, de modo que se encendieron las antorchas del salón del trono, y la reina subió los escalones de hierro para sentarse donde antes se había sentado el rey Viserys, y el Viejo Rey antes que él, y Maegor, Aenys y Aegon el Dragón en días pretéritos. Ocupó su lugar elevado con semblante adusto, vestida aún de armadura, y todos los hombres y mujeres de la Fortaleza Roja fueron llevados ante ella y obligados a arrodillarse, suplicar su perdón, jurarle sus espadas y sus vidas, y rendirle homenaje como soberana.

El septón Eustace narra que la ceremonia se prolongó toda la noche. Ya hacía tiempo que había amanecido cuando Rhaenyra Targaryen se levantó y bajó los escalones. «Cuando el príncipe Daemon, su esposo, la acompañó para salir de la estancia, pudo verse que su alteza tenía cortes en las piernas y en la palma de la mano izquierda —escribió Eustace—. Fue dejando un reguero de sangre a su paso, y las personas juiciosas cruzaron miradas, aunque nadie osó decir la verdad en voz alta: el Trono de Hierro la había rechazado y sus días en él serían breves».

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