Fuego y sangre

Fuego y sangre


La muerte de los dragones: Rhaenyra triunfante

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La muerte de los dragones Rhaenyra triunfante

Mientras Desembarco del Rey caía ante Rhaenyra Targaryen y sus dragones, el príncipe Aemond y ser Criston Cole avanzaban sobre Harrenhal al tiempo que la hueste de los Lannister, comandada por Adrian Tarbeck, se desplazaba hacia oriente.

En Torreón Bellota, los ponientíes quedaron inmovilizados brevemente cuando lord Joseth Smallwood avanzó para unirse a lord Piper y al resto de su derrotada hueste; pero Piper murió en la batalla subsiguiente (le estalló el corazón ante la vista de la cabeza de su nieto favorito hincada en una pica, nos dice Champiñón), y Smallwood se replegó en su castillo. Una segunda batalla se siguió tres días después, cuando los ribereños se reagruparon bajo el mando de un caballero andante llamado ser Harry Penny. Tan inverosímil héroe falleció poco después mientras mataba a Adrian Tarbeck. Una vez más, los Lannister se impusieron al cortar la huida a los ribereños. Cuando las huestes occidentales prosiguieron su marcha sobre Harrenhal iban comandadas por el anciano lord Humfrey Lefford, que había padecido tantas heridas que daba las órdenes desde un palanquín.

Lejos estaba lord Lefford de sospechar que pronto padecería una prueba si cabe más ardua, ya que un ejército de enemigos de refresco descendía sobre ellos desde septentrión: dos millares de norteños salvajes que enarbolaban el pendón acuartelado de la reina Rhaenyra. A su cabeza marchaba Roderick Dustin, señor de Fuerte Túmulo, un soldado tan cano y decrépito que los hombres lo motejaban Roddy el Ruinoso. Su ejército estaba compuesto por canosos barbudos con viejas cotas de malla y pieles harapientas, todos ellos guerreros sumamente experimentados, todos a caballo. Se hacían llamar los Lobos de Invierno. «Hemos venido a morir por la reina dragón», anunció lord Roderick en Los Gemelos, cuando lady Sabitha Frey salió a caballo a recibirlos.

Entretanto, las carreteras enlodadas y los aguaceros retrasaban el avance de Aemond, ya que su ejército estaba compuesto en su mayor parte por peones y una larga caravana de vituallas. La vanguardia de ser Criston libró y ganó una breve y enconada batalla contra ser Oswald Wode y los señores Darry y Roote a la orilla del lago, pero no halló más oposición. Tras diecinueve días de marcha, llegaron a Harrenhal… y se encontraron abiertas las puertas del castillo, ya que el príncipe Daemon y toda su gente se habían marchado.

El príncipe Aemond había llevado a Vhagar con la columna principal a lo largo de toda la andadura, ya que pensaba que su tío podía tratar de atacarlos a lomos de Caraxes. Alcanzó Harrenhal un día después que Cole, y aquella noche celebró una gran victoria. Daemon y su «escoria ribereña» habían huido en vez de plantar cara a su ira, según proclamó Aemond. Poco es de extrañar que, cuando le llegaron las nuevas de la caída de Desembarco del Rey, el príncipe se sintiera triplemente necio. Su furia fue terrible de presenciar.

El primero en sufrirla fue ser Simon Strong. El príncipe Aemond no sentía aprecio alguno por los suyos, y la prisa con que el viejo castellano había rendido Harrenhal a Daemon Targaryen lo convenció de que era un traidor. Ser Simon protestó clamando inocencia e insistió en que era un auténtico y leal servidor de la Corona. Su sobrino nieto, Larys Strong, era el señor de Harrenhal y había sido consejero de los rumores del rey Aegon, recordó al príncipe regente. Tales negativas no lograron sino inflamar las sospechas de Aemond, quien decidió que el Patizambo también era un traidor. ¿Cómo, si no, pudieron saber Daemon y Rhaenyra cuándo iba a resultar más fácil tomar Desembarco del Rey? Alguien del consejo privado los había avisado, y Larys el Patizambo era hermano del Quebrantahuesos y, por tanto, tío de los bastardos de Rhaenyra.

Aemond ordenó que se entregase una espada a ser Simon. «Que los dioses decidan si decís la verdad —dijo—. Si sois inocente, el Guerrero os infundirá fuerzas para derrotarme». En el duelo subsiguiente no hubo sino un combatiente, en ello coinciden todas las relaciones. El príncipe hizo pedazos al anciano y luego entregó su cadáver a Vhagar para que lo devorase. Tampoco sobrevivieron mucho más los nietos de ser Simon. Uno por uno, todo hombre y mozo con sangre Strong en sus venas fue arrastrado y muerto, hasta que la pila de cabezas superó los dos codos de altura.

Y así fue como la flor y nata de la casa Strong, un antiguo linaje de nobles guerreros que se jactaban de descender de los primeros hombres, encontró su infausto final en el patio de armas de Harrenhal. No se perdonó a ningún Strong de pura cepa, ni a ningún bastardo, salvo, curiosamente, Alys Ríos. Aunque el ama de cría duplicaba su edad (o la triplicaba, si confiamos en Champiñón), el príncipe Aemond se la llevó al catre como trofeo de guerra poco después de la toma de Harrenhal, ya que, al parecer, la prefirió a las demás mujeres del alcázar, entre ellas, muchas guapas doncellas de su edad.

A occidente de Harrenhal, la lucha continuó en las Tierras de los Ríos a medida que el ejército de los Lannister iba abriéndose paso. A causa de la edad y la precaria salud, lord Lefford, su comandante, se arrastraba más que avanzar, pero al aproximarse a las costas occidentales del Ojo de Dioses se topó con un gran ejército.

Roddy el Ruinoso y sus Lobos de Invierno se habían unido a Forrest Frey, señor del Cruce, y a Robb Ríos el Rojo, conocido como el Arquero del Árbol de los Cuervos. Los norteños sumaban dos mil hombres; Frey comandaba doscientos caballeros y el triple de infantes; Ríos había llevado trescientos arqueros al combate. Apenas se había detenido lord Lefford para afrontar al adversario cuando aparecieron más enemigos por el sur, donde los lores Bigglestone, Chambers y Perryn se habían unido a Hojaluenga el Mataleones y una baqueteada banda de supervivientes de las primeras batallas.

Atrapado entre ambas fuerzas enemigas, Lefford dudaba sobre a cuál acometer, por miedo a que la otra los atacara por la retaguardia. Así, se puso de espaldas al lago, se atrincheró y envió cuervos al príncipe Aemond, que se encontraba en Harrenhal, para pedirle ayuda. Aunque una decena de aves alzó el vuelo, ni una sola llegó al príncipe: Robb Ríos el Rojo, considerado el mejor arquero de todo Poniente, las derribó una por una.

Más ribereños aparecieron al día siguiente, bajo el mando de ser Garibald Grey, lord Jon Charlton y el nuevo señor del Árbol de los Cuervos, Benjicot Blackwood, de once años. Con sus cifras incrementadas por la reciente leva, los hombres de la reina acordaron que ya era hora de acometer. «Más vale acabar con esos leones antes de que lleguen los dragones», dijo Roddy el Ruinoso.

La batalla en tierra más sangrienta de la Danza de los Dragones comenzó al día siguiente, nada más salir el sol. En los anales de la Ciudadela se conoce como la batalla de la Orilla del Lago, pero para los que vivieron para contarla fue siempre la Carnada para Peces.

Acometidos por tres lados, los occidentales se vieron empujados vara a vara hacia las aguas del Ojo de Dioses. Centenares murieron por la espada mientras bregaban en los cañizares; cientos más se ahogaron tratando de huir. Al caer la noche ya habían muerto dos mil hombres, entre ellos muchos notables como lord Frey, lord Lefford, lord Bigglestone, lord Charlton, lord Swyft, lord Reyne, ser Clarent Crakehall y ser Emory Colina, el Bastardo de Lannisport. Las huestes de los Lannister resultaron destrozadas y masacradas, pero a tal precio que el joven Ben Blackwood, señor del Árbol de los Cuervos, sollozó al ver las pilas de cadáveres. Las pérdidas más gravosas las sufrieron los norteños Lobos de Invierno, ya que habían suplicado el honor de encabezar la acometida y habían cargado cinco veces contra las filas de lanzas de los Lannister. Más de dos terceras partes de los hombres que habían bajado al sur con lord Dustin fueron muertos o heridos.

Los combates prosiguieron también por el resto del reino, si bien tales encuentros fueron de menor importancia que la gran batalla de la Ribera del Ojo de Dioses. En el Dominio, lord Hightower y su pupilo, el príncipe Daeron el Audaz, continuaron cosechando victorias y sometieron a los Rowan de Sotodeoro, los Oakheart de Roble Viejo y los señores de las Islas Escudo, ya que nadie osaba oponerse a Tessarion, la Reina Azul. Lord Borros Baratheon convocó a sus banderizos y agrupó cerca de seis mil hombres en Bastión de Tormentas, con el ánimo declarado de marchar sobre Desembarco del Rey; si bien luego acabó marchando hacia el sur sirviéndose del pretexto de las incursiones dornienses en las Tierras de la Tormenta, aunque muchos murmuraban que fueron los dragones de delante, y no los dornienses de detrás, los que lo hicieron cambiar de parecer. En el mar del Ocaso, los barcoluengos del Kraken Rojo cayeron sobre Isla Bella y la barrieron de cabo a rabo, mientras lord Farman se cobijaba intramuros e impetraba una ayuda que jamás llegó.

En Harrenhal, Aemond Targaryen y Criston Cole debatían cómo responder ante los ataques de la soberana. Aunque la sede de Harren el Negro era demasiado fuerte para tomarse al asalto, y los señores de los Ríos no se atrevían a sitiarla por miedo a Vhagar, los hombres del rey se quedaban ya sin víveres, y perdían hombres y caballos a mansalva por la hambruna y las enfermedades. Tan solo campos renegridos y aldeas abrasadas se divisaban desde la enorme muralla del alcázar, y las partidas de forrajeros que se aventuraban a salir no regresaban jamás. Ser Criston solicitó una retirada hacia el sur, donde Aegon contaba con más apoyo, pero el príncipe se negó diciendo que «tan solo un cuervo huye de los traidores». La caída de Desembarco del Rey y la pérdida del Trono de Hierro lo habían enfurecido, y cuando la noticia de la Carnada para Peces llegó a Harrenhal, el lord Protector estuvo a punto de estrangular al escudero que se la comunicó; la intercesión de su compañera de lecho, Alys Ríos, salvó la vida del mozo. El príncipe Aemond abogaba por un ataque inmediato a Desembarco del Rey, insistiendo en que ningún dragón de la reina era comparable a Vhagar.

Ser Criston lo consideró una locura. «Uno contra seis es una lucha propia de necios, mi príncipe», declaró. Volvió a solicitar que marchasen al sur y unieran sus fuerzas a las de lord Hightower; el príncipe Aemond podía reunirse con su hermano Daeron y su dragón. El rey Aegon había escapado del control de Rhaenyra, eso lo sabía; seguramente podría reclamar a Fuegosolar y unirse a sus hermanos, y quizá sus amigos del interior de la ciudad hallasen un modo de liberar también a la reina Helaena para que pudiera entrar en batalla con Fuegoensueño. Cuatro dragones, tal vez, podrían prevalecer contra seis si uno de ellos era Vhagar.

El príncipe Aemond se negó a considerar tal «patochada». Como regente de su hermano, podría haber exigido obediencia a la Mano, pero se abstuvo. Munkun dice que fue por mor de su respeto por el anciano, mientras que Champiñón afirma que rivalizaban por el afecto del ama de cría Alys Ríos, que había usado pócimas y filtros amorosos para inflamar la pasión de ambos. El septón Eustace se hace en parte eco del enano, pero dice que era Aemond el único enamoriscado de la tal Ríos, hasta el punto de que no soportaba la idea de abandonarla.

Fuera cual fuera el motivo, ser Criston y el príncipe Aemond decidieron separarse. Cole comandaría su hueste y la dirigiría al sur para reunirse con Ormund Hightower y el príncipe Daeron, pero el príncipe regente no lo acompañaría, sino que libraría su propia guerra y haría llover fuego sobre los traidores. Más tarde o más temprano, «la reina puta» enviaría un dragón o dos para detenerlo, y Vhagar acabaría con ellos. «No osará enviar todos sus dragones —insistía Aemond—, ya que eso dejaría Desembarco del Rey desnuda y desprotegida. Tampoco arriesgará a Syrax ni a su querido hijo último, ya que las mujeres son de corazón débil y albergan miedos de madre».

Y así fue como el Hacedor de Reyes y el Matasangre se separaron y arrostraron cada uno su destino, mientras en la Fortaleza Roja, la reina Rhaenyra Targaryen se disponía a recompensar a sus amigos e infligir despiadados castigos a quienes habían servido a su hermano. Ser Luthor Largent, comandante de los capas doradas, fue ennoblecido. A ser Lorent Marbrand lo nombró lord comandante de la Guardia Real y le encargó dar con seis caballeros dignos de servirla a su lado. El gran maestre Orwyle acabó en las mazmorras, y su alteza escribió a la Ciudadela para informar de que su «leal servidor» Gerardys sería, en adelante, «el único auténtico gran maestre». Liberados de esos calabozos que se tragaron a Orwyle, los señores y caballeros «negros» supervivientes recibieron haciendas, cargos y honores como retribución.

Se ofrecieron recompensas considerables por cualquier información que facilitase la captura del «usurpador que se hace llamar Aegon II»; su hija Jaehaera; su hijo Maelor, y los «falsos caballeros» Willis Fell, Rickard Thorne y Larys Strong, el Patizambo. Al ver que esto no producía el resultado esperado, su alteza continuó enviando partidas de «caballeros inquisidores» en busca de los «traidores y villanos» que se le habían escapado y para castigar a todo hombre de quien se descubriera que les había prestado ayuda.

A la reina Alicent le pusieron grilletes de oro en muñecas y tobillos, si bien su hijastra le perdonó la vida «en honor a nuestro padre, que te amó». Su padre tuvo menos suerte: ser Otto Hightower, que había servido a tres reyes como Mano, fue el primer traidor decapitado. Vara de Hierro lo siguió en el cadalso, sin dejar de insistir en que, por ley, el hijo de un rey debe preceder a su hija. Ser Tyland Lannister fue en cambio entregado al tormento, con la esperanza de recuperar parte del tesoro de la Corona.

Lord Rosby y lord Stokeworth, negros que se habían tornado verdes para escapar de los calabozos, intentaron volverse negros de nuevo, pero la reina declaró que los amigos sin fe eran peores que los enemigos y ordenó que les rebanaran la «mendaz lengua» antes de ejecutarlos. No obstante, sus muertes la sumieron en un irritante problema sucesorio. Cada uno de los «amigos sin fe» dejaba una hija. La de Rosby era una doncella de doce años; la de Stokeworth, una niña de seis. El príncipe Daemon propuso que se casara a la primera con Hugh el Duro, el hijo del herrero (que había dado en hacerse llamar Hugh Martillo), y a la segunda, con Ulf el Piripi (ya simplemente Ulf el Blanco), para que sus tierras siguiesen siendo «negras» y a la vez se recompensara de modo acorde a las «semillas» por su valor en la lid.

Pero la Mano del Rey arguyó en contra, ya que ambas jóvenes tenían hermanos menores. Que Rhaenyra reclamase el Trono de Hierro era un caso extraordinario, insistía la Serpiente Marina, ya que su padre la había nombrado heredera expresamente, mientras que ni lord Rosby ni lord Stokeworth habían hecho tal cosa, y desheredar a sus hijos en favor de sus hijas dejaría patas arriba centurias de leyes y precedentes, y pondría en duda los derechos de multitud de señores de todo Poniente, cuyas reivindicaciones podían considerarse inferiores a las de sus hermanas mayores.

Fue el miedo de perder el apoyo de tales señores, afirma Munkun en su Relato verídico, lo que condujo a la reina a dictaminar en favor de lord Corlys en vez del príncipe Daemon. Las heredades, los castillos y los caudales de las casas Rosby y Stokeworth se otorgaron a los hijos de los dos señores ejecutados, mientras que se armó caballeros a Hugh Martillo y Ulf el Blanco y se les concedieron sendas fincas en la isla de Marcaderiva.

Champiñón nos narra que Martillo lo celebró matando de una paliza a un caballero de la casa de la reina en un burdel de la calle de la Seda, a raíz de una discusión sobre la doncellez de una joven, mientras que el Blanco cabalgaba beodo por las callejas del Lecho de Pulgas sin más indumentaria que sus espuelas de oro. Tales son las historias que a Champiñón le encanta narrar, y su veracidad no puede comprobarse; aunque, sin duda alguna, el pueblo de Desembarco del Rey llegó pronto a detestar a los nuevos caballeros de la soberana.

Menos amado si cabe era el hombre a quien su alteza escogió como lord tesorero y consejero de la moneda: su impertérrito partidario Bartimos Celtigar, señor de Isla Zarpa, que parecía bien dotado para el cargo. El acérrimo y firme defensor de la reina era implacable, incorruptible e ingenioso, en eso coincidían todos, y muy acaudalado por si fuera poco. Rhaenyra necesitaba grandemente un hombre así, ya que su situación monetaria era desesperada. Aunque la Corona había nadado en oro tras el fallecimiento del rey Viserys, Aegon II se había hecho con el tesoro al mismo tiempo que con la corona, y Tyland Lannister, su consejero de la moneda, había despachado tres cuartas partes de las riquezas del difunto rey «para su custodia». El rey Aegon había gastado hasta el último cobre de cuanto había quedado en Desembarco del Rey; su hermana no encontró sino cámaras vacías cuando tomó la ciudad. El resto del tesoro de Viserys se había confiado a los Hightower de Antigua, los Lannister de Roca Casterly y el Banco de Hierro de Braavos, por lo que no estaba al alcance de la reina.

Lord Celtigar se puso manos a la obra inmediatamente para atajar el problema. Para ello reinstauró los mismísimos impuestos que su antecesor lord Edwell había aplicado en tiempos de la regencia de Jaehaerys, el primero de su nombre, y añadió una buena cantidad de tasas nuevas. El gravamen por el vino y la cerveza se duplicó; los aranceles portuarios se triplicaron. Todo tendero de intramuros debía pagar una tarifa por el derecho de abrir sus puertas; las posadas tenían la obligación de pagar un venado de plata por cada cama; se recuperaron y triplicaron los portazgos que había implantado el Señor del Aire, y se decretó un impuesto sobre la propiedad. Desde los ricos mercaderes de las mansiones hasta los pordioseros de las chabolas, todos debían pagar, según cuánto terreno ocupasen. «Ni las putas están a salvo —se decían los plebeyos—. Pronto llegará el impuesto sobre el coño, y luego sobre el rabo. Las ratas deben pagar su parte».

Lo cierto es que las exacciones de lord Celtigar cayeron más pesadamente sobre los mercaderes y los comerciantes. Cuando la flota de Velaryon cerró el Gaznate, muchos barcos se vieron atrapados en Desembarco del Rey; el nuevo consejero de la moneda de la monarca les exigía fuertes tasas por poder zarpar. Algunos capitanes protestaron alegando que ya habían pagado los impuestos, tasas y tarifas requeridos, e incluso mostraron documentos fehacientes, pero lord Celtigar desestimó sus quejas. «Haber pagado al usurpador no es prueba sino de traición —dijo—. No disminuye los deberes para con nuestra graciosa majestad». Quienes se negaron a pagar o carecían de medios vieron incautados y vendidos en almoneda sus barcos y mercancías.

Hasta las ejecuciones se convirtieron en fuente de ingresos. En adelante, decretó Celtigar, los traidores, rebeldes y asesinos serían descabezados en Pozo Dragón, y sus cadáveres servirían de alimento a los dragones de la reina. Todos podían asistir al sino que aguarda a tan malvados hombres, pero deberían abonar tres cobres como entrada.

Así rellenó sus arcas la reina Rhaenyra, a un precio elevadísimo. Ni Aegon ni su hermano Aemond habían gozado de gran aceptación entre los pobladores de la urbe, y muchos habían recibido bien el regreso de la reina; pero el amor y el odio son distintas caras de la misma moneda, y cuando empezaron a aparecer cabezas clavadas en las picas de las puertas de la ciudad, acompañadas por exacciones adicionales, se volvieron las tornas. La joven a la que en tiempos habían aclamado como la Delicia del Reino se había convertido en una mujer ávida y vengativa, se decía, una reina tan cruel como cualquier rey anterior. Alguien motejó con sorna a Rhaenyra «Rey Maegor con Tetas», y durante los cien años posteriores, «por las tetas de Maegor» se convirtió en un exabrupto muy común entre los desembarqueños.

Con la urbe, el castillo y el trono en sus manos, defendida por no menos de seis dragones, Rhaenyra se sentía suficientemente segura para mandar a buscar a sus hijos. Una docena de navíos zarpó de Rocadragón llevando a bordo a las damas de la reina, a su «bienamado bufón» Champiñón y a su hijo Aegon el Menor. Rhaenyra nombró al mozo su copero para que nunca se apartase de su vera. Otra flota zarpó de Puerto Gaviota con el príncipe Joffrey, el último de los tres hijos tenidos por la reina con Laenor Velaryon, así como su dragón Tyraxes (Rhaena, la hija del príncipe Daemon, se quedó en el Valle como pupila de lady Arryn, mientras que su gemela, la jinete de dragón Baela, repartía sus días entre Marcaderiva y Rocadragón). Su alteza comenzó a planear una lujosa celebración para conmemorar el nombramiento oficial de Joffrey como príncipe de Rocadragón y heredero del Trono de Hierro.

Hasta el Gusano Blanco acudió a la corte; la ramera lysena Mysaria emergió de entre las sombras para establecer su residencia en la Fortaleza Roja. Aunque jamás se sentó oficialmente en el consejo privado de la reina, la mujer conocida como lady Miseria se convirtió de hecho en la consejera de los rumores, con ojos y oídos en cada burdel, cervecería y cacharrería de Desembarco del Rey, así como en los salones y cámaras de los poderosos. Aunque los años habían engrosado el cuerpo que tan ágil y flexible había sido, el príncipe Daemon seguía encandilado con ella y la convocaba todas las noches, al parecer con la bendición de la reina Rhaenyra. «Que Daemon calme sus apetitos donde desee —dicen que dijo—, y nos haremos lo propio». (El septón Eustace apunta, mordazmente, que los apetitos de su alteza se saciaban sobre todo con asados, bollos y empanadas de lamprea, ya que se puso más gruesa si cabe durante la temporada que pasó en Desembarco del Rey).

En la cúspide de su victoria, Rhaenyra Targaryen no sospechaba cuán pocos días le restaban. Cada vez que se sentaba en el férreo trono, sus inmisericordes hojas le sacaban sangre fresca de manos, brazos y piernas, una señal que todos comprendían bien. El septón Eustace afirma que la caída de la soberana comenzó en una posada llamada La Cabeza de Cerdo, en Puenteamargo, en la orilla norte del Mander, al pie del viejo puente de piedra que daba nombre a la población.

Mientras Ormund Hightower asediaba Granmesa, a unas treinta leguas al suroeste, Puenteamargo estaba plagado de hombres y mujeres que huían ante el avance de sus huestes. La viuda lady Caswell, a cuyo señor esposo había descabezado Aegon II en Desembarco del Rey cuando se negó a renegar de la reina, había cerrado las puertas de su castillo y había rechazado a todos los caballeros y señores que habían acudido a ella en busca de refugio. Al sur del río, las fogatas de los refugiados se veían entre los árboles por las noches, mientras que el septo de la ciudad albergaba a centenares de heridos. Todas las fondas estaban llenas, incluso La Cabeza de Cerdo, una lúgubre pocilga que pasaba por hostería. Así pues, cuando apareció un norteño con un báculo en la mano y un niño a sus espaldas, el posadero no tenía hueco que ofrecerle; hasta que el viajero se sacó un venado de plata de la faltriquera. Entonces, el hostelero permitió que su hijo y él se acostasen en las cuadras, siempre y cuando las limpiase antes de estiércol. El peregrino accedió; dejó a un lado su zurrón y su capa y se fue a trabajar con la pala y el rastrillo en medio de los caballos.

La avaricia de posaderos, caseros y gente de esa ralea es bien conocida. El propietario de La Cabeza de Cerdo, un canalla llamado Ben Buttercakes, pensó que el viajero muy bien podía tener más venados de plata. Mientras el caminante se afanaba sudoroso, Buttercakes le ofreció aplacar la sed con una jarra de cerveza. El hombre aceptó, de modo que acompañó a su anfitrión al salón de La Cabeza de Cerdo sin sospechar que había dado instrucciones a un mozo de cuadra, a quien tan solo conocemos como Taimado, para que le registrase el petate en busca de plata. Taimado no halló monedas dentro, pero sí algo mucho más precioso: una tupida capa de fina lana blanca con reborde de satén nevado, que envolvía un huevo de dragón de color verde claro con vetas plateadas. Porque el «hijo» del peregrino era Maelor Targaryen, vástago menor del rey Aegon II, y el viajero era ser Rickard Thorne, de la Guardia Real, su escudo juramentado y protector.

Ben Buttercakes no llegó a gozar de su engaño. Cuando Taimado irrumpió en el salón con la capa y el huevo en las manos, proclamando lo que había descubierto, el viajero vertió las sobras de la jarra en el rostro del ventero, desenvainó la espada larga y lo abrió en canal, del gaznate a la entrepierna.

Unos cuantos parroquianos tiraron a su vez de espada y puñal, pero ninguno era caballero, así que ser Rickard se abrió paso entre ellos a espadazos. Abandonando los tesoros robados, recogió a su «hijo», corrió a los establos, robó un caballo y salió a toda velocidad de la posada hacia el antiguo puente de piedra, para cruzar a la orilla sur del Mander. Había llegado hasta el puente, y sin duda sabía que estaría a salvo a tan solo treinta leguas, donde había acampado lord Hightower al pie de la muralla de Granmesa.

Treinta leguas que, ay, muy bien podrían haber sido treinta mil, porque la calzada que cruzaba el Mander estaba cortada y el Puenteamargo pertenecía a la reina Rhaenyra. Se siguió una algarabía. Varios hombres persiguieron a Rickard Thorne a caballo, al grito de «¡Asesino, traidor, asesino!».

Al oír el griterío, los guardias que se hallaban al pie del puente dieron el alto a ser Rickard, pero este trató de arrollarlos. Cuando un hombre tomó su caballo por la brida, Thorne le segó el brazo por el hombro y continuó. Pero también había guardias en la orilla sur, y formaron un muro contra él. Desde ambos lados, los hombres se aproximaban con el rostro congestionado, chillando, blandiendo espadas y hachas, y acometiendo con largas lanzas, mientras Thorne se volvía a uno y otro lado, trazando círculos con su montura robada en busca de una salida entre las filas. El príncipe Maelor se aferraba a él, aterrado.

Fueron las ballestas las que al fin lo abatieron. Una saeta le dio en un brazo; la siguiente le atravesó el cuello. Ser Rickard cayó de la silla y murió en el puente, expulsando por la boca unos borbotones de sangre que ahogaron sus últimas palabras. Al final se agarró al niño a quien había jurado defender, hasta que una lavandera llamada Willow de las Piedras arrancó al lloroso príncipe de sus brazos.

Sin embargo, tras dar muerte al caballero y hacerse con el niño, la turba no supo qué hacer con su botín. La reina Rhaenyra había ofrecido una gran recompensa por su devolución, recordaban algunos, pero Desembarco del Rey quedaba a muchísimas leguas. El ejército de lord Hightower estaba mucho más cerca, y quizá él pagara más incluso. Cuando alguien preguntó si la recompensa era la misma tanto por el niño vivo como por su cadáver, Willow de las Piedras agarró más fuertemente a Maelor y dijo que nadie iba a hacer daño a su nuevo hijo. (Champiñón nos la describe como un monstruo de quince arrobas de peso, simplona y medio orate que se había ganado el sobrenombre aporreando la colada con piedras en el río). Entonces, Taimado se abrió paso a través de la multitud, cubierto por la sangre de su amo, para declarar que el príncipe era suyo, ya que él había sido quien había hallado el huevo. Los ballesteros que habían matado a ser Rickard también reivindicaron sus derechos. Y así discutieron a gritos y empellones sobre el cadáver del caballero.

Con tanta gente presente en el puente, no es de extrañar que las diversas crónicas difieran sobre el destino de Maelor Targaryen. Champiñón nos dice que Willow de las Piedras abrazaba al niño tan fuertemente que le quebró la espalda y lo mató por aplastamiento. Sin embargo, el septón Eustace no la menciona tan siquiera. En su relato, el carnicero de la población cortó al príncipe en seis pedazos con la hachuela de su oficio para que todos los que pugnaban pudieran quedarse con un trozo. Según el Relato verídico del gran maestre Munkun, lo desmembró la turba, pero no da nombre alguno.

Lo único que sabemos con certeza es que cuando lady Caswell y sus caballeros aparecieron para espantar a la multitud, el príncipe ya había muerto. La señora palideció ante su vista, nos dice Champiñón. Por orden suya, al palafrenero Taimado y a Willow de las Piedras los colgaron de la clave del viejo puente, junto con el propietario del caballo que ser Rickard había robado en la hostería, del que se pensó (erróneamente) que había ayudado a Thorne a huir. Lady Caswell envió el cadáver de ser Rickard, envuelto en su capa blanca, a Desembarco del Rey, junto con la cabeza del príncipe Maelor. El huevo de dragón se lo envió a lord Hightower a Granmesa, con la esperanza de aplacar su ira.

Champiñón, que quería bien a la reina, nos dice que Rhaenyra lloró cuando pusieron ante ella la cabecita de Maelor mientras se hallaba sentada en el Trono de Hierro. Lo que nos dice el septón Eustace, que no la tenía en gran estima, es que sonrió y ordenó que incinerasen la cabeza, «porque era de la sangre del dragón». Aunque no se anunció el deceso del niño, la nueva se extendió de todos modos por la ciudad y pronto se narró otra historia, según la cual, la reina Rhaenyra envió la cabeza del príncipe metida en un orinal a su madre, la reina Helaena. Aunque fuera una burda calumnia, pronto circuló de boca en boca por Desembarco del Rey. Champiñón se la achaca al Patizambo: «Un hombre que recaba rumores puede muy bien propalarlos».

Extramuros, los combates continuaban a lo largo y ancho de los Siete Reinos. Torrelabella cayó ante Dalton Greyjoy, y con ella, la última resistencia de los hijos del hierro en Isla Bella. El Kraken Rojo reclamó a cuatro hijas de lord Farman como esposas de sal y entregó la quinta («la modestilla») a su hermano Veron. En Roca Casterly, Farman y sus hijos recibieron su peso en plata como recompensa. En el Dominio, lady Merryweather rindió Granmesa a lord Ormund Hightower, quien, fiel a su palabra, no les hizo daño alguno a ella ni a los suyos, aunque saqueó las riquezas y los víveres del castillo para dar de comer a sus millares de hombres con el grano de la señora, antes de levantar el campamento y marchar sobre Puenteamargo.

Cuando lady Caswell apareció en la muralla de su fortaleza para solicitar idénticas condiciones a las brindadas a lady Merryweather, Hightower dejó la respuesta en manos del príncipe Daeron: «Obtendréis las mismas condiciones que ofrecisteis a mi sobrino Maelor». La señora no pudo sino contemplar el saqueo de Puenteamargo. La Cabeza de Cerdo fue el primer edificio pasto de la antorcha. Posadas, casas gremiales, almacenes, hogares de míseros y poderosos: todos fueron consumidos por el fuegodragón. Aun el septo fue incendiado, con centenares de heridos dentro. Tan solo el puente quedó intacto, ya que era preciso para vadear el Mander. Se pasaba por la espada a los moradores que trataban de huir o se los arrojaba al río para que se ahogasen.

Lady Caswell observó desde su muralla y luego ordenó que se abrieran las puertas. «Ningún castillo puede resistir un dragón», dijo a su guarnición. Cuando llegó lord Hightower, se la encontró en lo alto de la torre de la puerta con una soga en torno al cuello. «Tened piedad de mis hijos, mi señor», suplicó antes de arrojarse al vacío para ahorcarse. Tal vez eso conmoviese a lord Ormund, ya que se perdonó tanto a la hija como a los hijos pequeños de lady Caswell; los cargaron de cadenas y los enviaron a Antigua. Los hombres de la guarnición del castillo no recibieron más merced que la espada.

En las Tierras de los Ríos, ser Criston Cole abandonó Harrenhal para dirigirse al sur, bordeando la costa occidental del Ojo de Dioses con tres mil seiscientos hombres tras él (la muerte, la enfermedad y la deserción habían mermado las filas que habían partido de Desembarco del Rey). El príncipe Aemond ya había salido, a lomos de Vhagar.

El castillo no pasó más de tres días vacío, hasta que lady Sabitha Frey se apresuró a ocuparlo. Dentro halló tan solo a Alys Ríos, el ama de cría y presunta bruja que había calentado el lecho del príncipe Aemond durante su estancia en Harrenhal y afirmaba gestar su hijo. «Tengo en mi interior al bastardo del dragón —dijo desnuda en el bosque de dioses con una mano sobre el inflamado vientre—. Siento como sus fuegos me lamen la matriz».

No era aquel retoño el único fuego prendido por Aemond Targaryen. Puesto que ya no se encontraba atado al castillo ni a su anfitriona, el tuerto príncipe era libre de volar adonde le pluguiera. Fue una guerra semejante a la que habían librado Aegon el Conquistador y sus hermanas, con fuegodragón, ya que Vhagar descendió una y otra vez del cielo otoñal para arrasar las tierras, las aldeas y los castillos de los señores de los Ríos. La casa Darry fue la primera en conocer la ira del príncipe. Los hombres que cosechaban ardieron o huyeron mientras ardían los cultivos, y el castillo de los Darry quedó consumido por una tormenta de fuego. Lady Darry y sus hijos menores sobrevivieron guareciéndose en las bóvedas del subsuelo de la fortaleza, pero su señor esposo y su heredero murieron en las almenas junto con dos veintenas de arqueros y espadas juramentadas. Tres días después fue Aldea de Lord Harroway la que quedó humeante. Molino del Señor, Hebillanegra, la Hebilla, Lagobarro, Vadopuerco, Bosquearaña… La furia de Vhagar cayó sobre ellos hasta que la mitad de las Tierras de los Ríos parecía abrasada.

Ser Criston Cole se enfrentó asimismo a incendios. Mientras conducía a su hueste hacia el sur a través de las Tierras de los Ríos, se alzaba el humo por delante y por detrás. Todas las aldeas con las que se topaba estaban quemadas y abandonadas. Su columna cruzó bosques de árboles muertos, frondosos tan solo unos días antes, ya que los señores de los Ríos fueron incendiándolo todo sobre la marcha. En cada arroyo, charca y pozo de aldea halló muerte: caballos muertos, vacas muertas, hombres muertos, hinchados y hediondos, que emponzoñaban las aguas. En otros lugares, sus exploradores se toparon con siniestros retablos de cadáveres de armadura sentados bajo los árboles con pútrida vestimenta, en una grotesca parodia de festín. Los convidados eran hombres que habían caído en la Carnada para Peces, calaveras sonrientes bajo yelmos oxidados, cuya carne verde y podrida se desprendía de los huesos.

A cuatro días de Harrenhal comenzaron los ataques. Los arqueros se ocultaban en la arboleda y derribaban a los hombres de vanguardia y a los rezagados con sus arcos largos. Algunos hombres murieron; otros se quedaron en la retaguardia y jamás volvieron a ser vistos; otros huyeron, abandonando escudos y lanzas para desaparecer en los bosques; otros se entregaron al enemigo. En las tierras comunales de Olmos Cruzados hallaron otro de los morbosos banquetes. Puesto que ya iban acostumbrándose, los hombres de la vanguardia de ser Criston torcieron el gesto y continuaron sin hacer mucho caso de los cadáveres putrescentes…, hasta que se incorporaron y cayeron sobre ellos. Una decena murió antes de comprender que era una treta, obra, como se supo más adelante, del mercenario myriense y antiguo titiritero Trombo el Negro, al servicio de lord Vance.

Todo esto no fue sino un preludio, ya que los señores del Tridente habían agrupado sus fuerzas. Cuando ser Criston dejó atrás el lago para marchar hacia el Aguasnegras, los encontró esperando entre las rocas de una cadena montañosa: trescientos caballeros con armadura, otros tantos hombres con arco largo, tres mil arqueros, tres mil ribereños andrajosos con lanzas, centenares de norteños que blandían hachas, mazos, manguales y antiguas espadas de hierro. Sobre ellos ondeaban los pendones de la reina Rhaenyra.

—¿Quiénes son? —preguntó un escudero al presentarse el adversario, ya que no portaban más blasones que los de la soberana.

—Nuestra muerte —respondió ser Criston Cole, pues el enemigo estaba descansado y bien alimentado, contaba con mejores monturas y armas y se encontraba en terreno más elevado, mientras que sus hombres ya daban traspiés, enfermos y descorazonados.

La Mano del rey Aegon pidió una bandera de tregua y se adelantó, a fin de parlamentar. Tres hombres descendieron de los riscos para reunirse con él. Los encabezaba ser Garibald Grey, con su peto abollado y su cota de malla. Se encontraban con él Pate de Hojaluenga el Mataleones, que había abatido a Jason Lannister, así como Roddy el Ruinoso, que portaba las cicatrices sufridas en la Carnada para Peces.

—Si rindo mis pendones, ¿nos prometéis nuestras vidas? —preguntó ser Criston a los tres.

—Hice una promesa a los muertos —replicó ser Garibald—. Les dije que les erigiría un septo con los huesos de los traidores. Aún no cuento con bastantes, de modo que…

—Si debe haber batalla aquí —respondió ser Criston—, muchos de los vuestros morirán asimismo.

El norteño Roderick Dustin se rio ante tales palabras, y luego repuso:

—A eso venimos. Ha llegado el invierno. Es hora de irnos. No hay mejor modo de morir que espada en mano.

—Como os plazca —dijo ser Criston, desenvainando la espada larga—. Podemos empezar aquí, los cuatro. Yo solo contra los tres. ¿Creéis ser bastantes para que haya combate?

—Quiero tres más —dijo Hojaluenga el Mataleones; y en las montañas, Robb Ríos el Rojo y dos de sus arqueros alzaron los arcos largos. Tres flechas volaron atravesando el campo y alcanzaron a Cole en el abdomen, el cuello y el pecho—. No oiré trovas sobre lo valeroso de vuestra muerte, Hacedor de Reyes. Contáis decenas de miles de muertos en vuestro haber. —Se dirigía a un cadáver.

La batalla subsiguiente fue de las más desequilibradas de la Danza. Lord Roderick se llevó un cuerno a los labios y tocó a carga, y los hombres de la reina descendieron gritando de los riscos, encabezados por los Lobos de Invierno, con sus melenudos caballos norteños, y los caballeros, con sus destreros acorazados. Al ver a ser Criston muerto en el suelo, los hombres que lo habían seguido desde Harrenhal perdieron la presencia de ánimo y huyeron, abandonado los escudos en su estampida. Sus adversarios les dieron caza y los masacraron por centenares. Después se oyó decir a ser Garibald: «Lo de hoy ha sido una carnicería, no una batalla». Champiñón, tras enterarse, denominó el combate «el Baile de los Carniceros», y así se conoce desde entonces.

Fue más o menos por entonces cuando tuvo lugar uno de los incidentes más curiosos de la Danza de los Dragones. Conforme a la leyenda, durante la Edad de los Héroes, Serwyn del Escudo Espejo mató al dragón Urrax apostándose tras un escudo tan pulido que la bestia no veía más que su reflejo. Con tal artimaña, el héroe logró acercarse lo suficiente para clavarle una lanza en un ojo, y así se ganó el sobrenombre por el que aún lo conocemos. Es indudable que ser Byron Swann, segundogénito del señor de Yelmo de Piedra, había oído tal historia. Armado con una lanza y un escudo de acero plateado, y acompañado tan solo por su escudero, se propuso matar un dragón tal como lo había hecho Serwyn.

Pero aquí surge la confusión, ya que Munkun afirma que era a Vhagar al que quería matar Swann, con el ánimo de poner fin a las incursiones del príncipe Aemond; pero es menester recordar que la versión de Munkun se basa principalmente en la del gran maestre Orwyle, que estaba encarcelado cuando todo esto aconteció. Champiñón, que se encontraba junto a la reina en la Fortaleza Roja, afirma que ser Byron iba a por Syrax, el dragón de Rhaenyra. El septón Eustace no da cuenta del altercado en su crónica, si bien años más tarde, en una carta, comentó que el matadragones esperaba acabar con Fuegosolar; aunque, desde luego, se trata de un error, ya que por aquel entonces se ignoraba su paradero. Las tres relaciones coinciden en que la trama que inmortalizó a Serwyn del Escudo Espejo no atrajo sino la muerte sobre ser Byron Swann, pues el dragón, fuera cual fuera, se revolvió al aproximarse el caballero y escupió su fuego, con el que fundió el escudo espejado y tostó al hombre acuclillado detrás. Ser Byron murió gritando.

El Día de la Doncella del año 130 d. C., la Ciudadela de Antigua envió trescientos cuervos blancos para anunciar la llegada del invierno, pero Champiñón y el septón Eustace coinciden en que, para la reina Rhaenyra Targaryen, estaban en pleno verano. Pese al desafecto de los desembarqueños, la ciudad y la Corona eran suyas. Al otro lado del mar Angosto, la Triarquía había empezado a hacerse pedazos por sí sola. Los mares estaban en poder de la casa Velaryon. Aunque la nieve había cegado los pasos de las Montañas de la Luna, la Doncella del Valle había cumplido su palabra y había enviado hombres por mar para incrementar las huestes de la soberana. Otras flotas llevaron soldados de Puerto Blanco, comandados por Medrick y Torrhen, hijos de lord Manderly. El poder acumulado por la reina Rhaenyra se acrecentaba, mientras que el del rey Aegon menguaba.

Sin embargo, ninguna guerra puede darse por ganada mientras queden enemigos por conquistar. Ser Criston Cole, el Hacedor de Reyes, había perecido, pero en otro lugar del reino, el rey que había creado seguía vivo y en libertad. Jaehaera, la hija de Aegon, también andaba suelta. Larys Strong el Patizambo, el más enigmático y astuto miembro del consejo verde, había desaparecido. Bastión de Tormentas estaba aún en manos de lord Borros Baratheon, nada amigo de la reina. Los Lannister debían contarse asimismo entre los adversarios de Rhaenyra, si bien, con lord Jason muerto, la mayor parte de los caballeros de occidente abatida o dispersada tras la Carnada para Peces, y el Kraken Rojo acosando Isla Bella y la costa oeste, Roca Casterly se encontraba sumida en un desbarajuste considerable.

El príncipe Aemond se había convertido en el terror del Tridente, ya que descendía de los cielos para hacer llover fuego y muerte sobre las Tierras de los Ríos y se desvanecía, para reaparecer al día siguiente a cincuenta leguas de distancia. Las llamaradas de Vhagar redujeron Sauce Viejo y Sauce Blanco a cenizas, y el Torreón de Hogg, a piedra ennegrecida. En Merrydown Dell, treinta hombres y trescientas ovejas murieron abrasados por el fuegodragón. El Matasangre regresó entonces inesperadamente a Harrenhal, donde quemó todas las construcciones de madera del castillo. Seis caballeros y una cuarentena de hombres de armas perecieron intentando matar el dragón, mientras que lady Sabitha Frey se salvó de las llamas ocultándose en una letrina. Poco después huyó precipitadamente a Los Gemelos, pero su preciada cautiva, la hechicera Alys Ríos, escapó con el príncipe Aemond. Al difundirse la noticia de tales ataques, otros señores miraron al cielo con temor y se preguntaron quién sería el siguiente. Lord Mooton de Poza de la Doncella, lady Darklyn del Valle Oscuro y lord Blackwood del Árbol de los Cuervos enviaron mensajes urgentes a la soberana para suplicarle que les enviase dragones, a fin de defender sus haciendas.

Sin embargo, la mayor amenaza para el reinado de Rhaenyra no era Aemond el Tuerto, sino su hermano menor, el príncipe Daeron el Audaz, y el gran ejército sureño comandado por lord Ormund Hightower.

Las huestes de Hightower habían cruzado el Mander y avanzaban lentamente hacia Desembarco del Rey, aplastando a los leales a la reina donde y cuando se topaban con ellos y obligando a sumar sus fuerzas a todo señor que hincase la rodilla. Volando con Tessarion por delante de la columna principal, el príncipe Daeron había demostrado ser un explorador sumamente valioso, ya que advertía a lord Ormund de todo movimiento enemigo. Era frecuente que los hombres de la reina se dieran por vencidos ante la simple visión de las alas de la Reina Azul. El gran maestre Munkun nos dice que, al remontar el río, la hueste sureña contaba con más de veinte mil hombres, casi una décima parte, caballeros.

Conocedor de tantos peligros, el viejo lord Corlys Velaryon, la Mano de la reina Rhaenyra, comunicó a su alteza que había llegado el momento de negociar y la apremió a ofrecer el indulto a lord Baratheon, lord Hightower y lord Lannister si se prosternaban ante ella, le juraban lealtad y ofrecían rehenes al Trono de Hierro. Propuso también que la Fe se encargase de la reina viuda Alicent y de la reina Helaena, para que pasaran el resto de su vida en oración y contemplación. Jaehaera, la hija de Helaena, podía ser su pupila y, llegado el momento, casarse con el príncipe Aegon el Menor, lo que volvería a unir las dos mitades de la casa Targaryen.

—¿Y qué pasa con mis hermanos? —preguntó Rhaenyra cuando la Serpiente Marina le expuso el plan—. ¿Qué hay del falso rey Aegon y de Aemond el Matasangre? ¿Tendría que indultarlos también después de que me hayan arrebatado el trono y hayan matado a mis hijos?

—Perdonadles la vida y enviadlos al Muro —respondió lord Corlys—. Que vistan el negro y vivan como hombres de la Guardia de la Noche, acatando sus sacros votos.

—¿Qué significa eso para unos perjuros? Sus votos no les impidieron hacerse con mi trono.

El príncipe Daemon se hizo eco de los recelos de la soberana. Otorgar el indulto a rebeldes y traidores tan solo abonaría el campo para nuevas revueltas, según insistía: «La guerra acabará cuando las cabezas de los traidores estén clavadas en picas sobre la Puerta del Rey, y no antes». Aegon II aparecería a su debido momento, «oculto bajo alguna roca», pero podían y debían atacar a Aemond y a Daeron. También era menester acabar con los Lannister y los Baratheon, para que sus heredades y castillos pasasen a hombres que habían demostrado ser más leales. Propuso entregar Bastión de Tormentas a Ulf el Blanco, y Roca Casterly, a Hugh Martillo, lo cual horrorizó a la Serpiente Marina.

—La mitad de los señores de Poniente se volverán contra nosotros si somos tan crueles como para destruir dos casas de tan rancio y noble abolengo —dijo lord Corlys.

Recayó en la reina la disyuntiva de escoger entre su consorte y su Mano, a lo que decidió tomar la calle de en medio. Enviaría legados a Bastión de Tormentas y a Roca Casterly, ofreciendo indultos y condiciones justas; pero no antes de poner fin a los hermanos del usurpador, que estaban en liza con ella.

—Cuando hayan muerto, el resto hincará la rodilla. Mataremos a sus dragones, y puede que cuelgue las cabezas en mi salón del trono para que los hombres las miren en los años venideros y conozcan el precio de la traición.

Desembarco del Rey no debe quedar desprotegida, claro está. La reina Rhaenyra se quedaría en la ciudad con Syrax y sus hijos Aegon y Joffrey para que no corrieran riesgo alguno. Joffrey, que aún no había cumplido los trece años, estaba impaciente por demostrar su valía guerrera, y cuando le dijeron que necesitaban a Tyraxes para ayudar a su madre a preservar la Fortaleza Roja en caso de acometida, juró solemnemente ocuparse de ello. Addam Velaryon, heredero de la Serpiente Marina, también se quedaría en la urbe con Bruma. Tres dragones bastarían para la defensa de Desembarco del Rey; el resto podría entrar en liza.

El propio príncipe Daemon llevaría a Caraxes al Tridente, junto con Ortiga y el Ladrón de Ovejas, para acabar con el príncipe Aemond y con Vhagar. Ulf el Blanco y Hugh Martillo volarían a Ladera, sita a unas cincuenta leguas al suroeste de Desembarco del Rey, el último bastión leal entre lord Hightower y la urbe, para contribuir a la defensa de la ciudad y del castillo y aniquilar al príncipe Daeron y a Tessarion. Lord Corlys sugirió prender con vida al príncipe y hacerlo rehén, pero la reina Rhaenyra se mostró inflexible: «No será un niño eternamente. Si le dejamos alcanzar la hombría, más tarde o más temprano querrá vengarse de mis hijos».

Los planes no tardaron en llegar a oídos de la reina viuda Alicent y llenarla de terror. Temiendo por sus hijos, se postró ante el Trono de Hierro y suplicó la paz. Esta vez, la Reina Encadenada propuso dividir el reino: Rhaenyra conservaría Desembarco del Rey, las Tierras de la Corona, el Norte, el Valle de Arryn y las tierras regadas por el Tridente, así como las islas. Para Aegon II serían las Tierras de la Tormenta, las Tierras de Occidente y el Dominio, con la capital en Antigua. Pero Rhaenyra desdeñó la propuesta de su madrastra.

—Tus hijos gozarían de posiciones honrosas en mi corte de haber conservado la fe —declaró—, pero quisieron privarme de mis derechos y se mancharon las manos con la sangre de mis queridos hijos.

—Sangre de bastardos, vertida en una guerra —replicó Alicent—. Los hijos del mío eran niños inocentes y los asesinaron cruelmente. ¿Cuántos más deben morir para apaciguar tu sed de venganza?

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