Fuego y sangre

Fuego y sangre


La muerte de los dragones: Rhaenyra triunfante

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Las palabras de la reina viuda no hicieron sino avivar el fuego de la cólera de Rhaenyra.

—No pienso escuchar más mentiras —advirtió—. Habla de nuevo de bastardía y te arranco la lengua. —O así lo narra el septón Eustace. Munkun dice lo mismo en su Relato verídico.

Aquí vuelve a diferir Champiñón; quiere que creamos que Rhaenyra ordenó cortar la lengua a su madrastra de inmediato en vez de limitarse a amenazarla. No fue sino una palabra de lady Miseria, el Gusano Blanco, lo que detuvo su mano (en eso insiste el bufón), ya que propuso otra pena más atroz. La esposa y la madre del rey Aegon, cargadas de cadenas, fueron trasladadas a cierto lupanar, donde las venderían a cualquier hombre que deseara complacerse con ellas. El precio era elevado: un dragón de oro por la reina Alicent y tres por la reina Healena, más joven y hermosa.

Sin embargo, dice Champiñón que hubo muchos en la ciudad que lo juzgaron barato por tener conocimiento carnal con una reina. «Que sigan allí hasta quedar preñadas —dijo al parecer lady Miseria—. Ya que hablan de bastardos con tanta ligereza, que tengan uno cada una».

Aunque nunca pueden descartarse la lujuria de los hombres ni la crueldad de las mujeres, no concedemos crédito a Champiñón sobre este particular. De que tal historia se narraba en los bebederos y cacharrerías de Desembarco del Rey no cabe duda alguna, pero puede que su procedencia sea posterior, de cuando el rey Aegon II pretendía justificar la crueldad de sus propios actos. Conviene recordar que el enano redactó sus memorias muchos años después de los sucesos narrados, y cabe la posibilidad de que no los recordase bien. No hablemos más de las Reinas del Burdel, por tanto, y regresemos a los dragones que volaban para batallar. Caraxes y el Ladrón de Ovejas fueron al norte; Vermithor y Ala de Plata, al suroeste.

En las fuentes del caudaloso Mander se hallaba Ladera, una pujante población mercantil, sede de la casa Footly. El castillo que dominaba la ciudad era recio pero pequeño; contaba tan solo con una guarnición de una cuarentena de hombres, pero millares más habían remontado el río desde Puenteamargo, Granmesa y más al sur. La llegada de una nutrida fuerza de señores de los ríos incrementó aún más sus cifras y avivó su resolución. Recientemente victoriosos en el Baile de los Carniceros llegaban ser Garibald Grey y Hojaluenga el Mataleones con la cabeza de ser Criston Cole clavada en una lanza, así como Robb Ríos el Rojo y sus arqueros, los postreros Lobos de Invierno y una veintena de caballeros terratenientes y señores menores cuyas haciendas bordeaban las orillas del Aguasnegras, entre ellos algunos tan notables como Moslander de Yore, ser Garrick Hall de Middleton, ser Merrell el Osado y lord Owain Bourney.

En total, las fuerzas reunidas en Ladera bajo el estandarte de la soberana Rhaenyra sumaban casi nueve mil hombres, según el Relato verídico. Otros cronistas elevan la cifra a doce mil o la rebajan a seis mil, pero en todo caso, parece evidente que los hombres de la reina se encontraban en gran inferioridad numérica contra los de lord Hightower. No cabe duda de que el arribo de los dragones Vermithor y Ala de Plata con sus jinetes fue muy bien recibido por los defensores de Ladera. Poco se imaginaban los horrores que les esperaban.

El cómo, el cuándo y el porqué de lo que se ha dado en llamar las Traiciones de Ladera continúan siendo cuestiones de infinita disputa, y no es probable que llegue a saberse lo cierto de cuanto pasó. Sí que parece seguro que algunos de quienes atestaron la ciudad huyendo ante las huestes de lord Hightower formaban parte de ese ejército y fueron enviados como avanzadilla, a fin de infiltrarse en las filas de los defensores. Más allá de toda duda, lord Owain Bourney y ser Roger Corne, dos hombres del Aguasnegras que se habían unido a los señores de los Ríos en su marcha hacia el sur, apoyaban en secreto al rey Aegon II. Sin embargo, de poco habría servido su traición de no ser porque ser Ulf el Blanco y ser Hugh Martillo también escogieron ese preciso momento para cambiar de bando.

Casi todo lo que sabemos de esos hombres procede de Champiñón, nada reticente en su valoración del vil carácter de esos dos jinetes de dragones, ya que retrata al primero como a un borrachuzo y al segundo como a un energúmeno. Ambos eran unos cobardes, nos dice; solo con ver la hueste de lord Ormund, con sus puntas de lanza que brillaban al sol y su columna que se extendía varias leguas, decidieron unirse a él en lugar de oponérsele. Sin embargo, ninguno de ellos había dudado en arrostrar tormentas de lanzas y flechas en Marcaderiva. Quizá fuera la idea de atacar a Tessarion lo que les dio que pensar; en el Gaznate, todos los dragones estaban en su bando. Muy bien podría ser, si bien tanto Vermithor como Ala de Plata eran de mayor edad y tamaño que el dragón del príncipe Daeron y, por tanto, les habría resultado más fácil imponerse en cualquier batalla.

Otros afirman que fue la avaricia y no la cobardía lo que condujo al Blanco y a Martillo a la traición. El honor significaba poco o nada para ellos; eran riquezas y poder lo que ansiaban. Tras el Gaznate y la caída de Desembarco del Rey los habían armado caballeros, pero aspiraban a ser señores y se mofaban de las modestas heredades que les había otorgado la reina Rhaenyra. Cuando se ejecutó a lord Rosby y lord Stokeworth, se propuso que el Blanco y Martillo recibieran sus tierras y castillos matrimoniando con sus hijas, pero su alteza permitió que las heredasen los hijos varones de los muertos. Luego les fueron ofrecidos como incentivo Bastión de Tormentas y Roca Casterly, pero tales recompensas también se las había denegado la desagradecida reina.

No cabe duda de que esperaban que el rey Aegon II los premiase mejor si lo ayudaban a recuperar el Trono de Hierro. Cabe incluso que se les hiciesen promesas a tal respecto, quizá a través de lord Larys el Patizambo o alguno de sus agentes, aunque no está demostrado ni es demostrable. Puesto que ninguno de los dos sabía leer ni escribir, jamás sabremos qué llevó a los Dos Traidores (según los motejó la historiografía) a actuar de tal modo.

No obstante, de la batalla de Ladera tenemos muchos datos. Seis mil hombres de la reina formaron para encararse con lord Hightower en el campo de batalla, bajo el mando de ser Garibald Grey. Combatieron bravamente durante un tiempo, pero una copiosa lluvia de flechas de los arqueros de lord Ormund mermó sus filas y una fiera carga de su caballería acorazada las destrozó, por lo que los supervivientes recularon a toda prisa hacia la muralla de la ciudad, donde Robb Ríos el Rojo y sus arqueros cubrían la retirada con sus arcos largos.

Cuando la mayor parte de los supervivientes estuvo a salvo intramuros, Roddy el Ruinoso y sus Lobos de Invierno salieron por un portillo profiriendo sus aterradores gritos de guerra norteños, mientras rodeaban el flanco izquierdo de la hueste de asedio. En el caos subsiguiente, los norteños se abrieron paso a través de un enemigo que los decuplicaba hasta llegar adonde se encontraba lord Ormund Hightower a lomos de su caballo de guerra, al pie del dragón dorado del rey Aegon y los pendones de Antigua y de los Hightower.

Cantan los trovadores que lord Roderick estaba ensangrentado de pies a cabeza, con el escudo astillado y el yelmo partido —si bien tan ebrio de batalla que ni siquiera parecía sentir las heridas—, cuando ser Bryndon Hightower, primo de lord Ormund, se interpuso entre el norteño y su señor feudal y le rebanó el brazo del escudo por el hombro con un solo y terrible tajo de su alabarda; sin embargo, el indómito señor de Fuerte Túmulo se revolvió y mató tanto a ser Bryndon como a lord Ormund antes de fenecer. Cuando se arriaron los estandartes de lord Hightower, la plebe prorrumpió en vítores, creyendo que habían cambiado las tornas de la batalla. Ni la aparición de Tessarion los descorazonó, ya que sabían que contaban con dos dragones; pero cuando Vermithor y Ala de Plata alzaron el vuelo y lanzaron sus llamaradas sobre Ladera, los gritos de entusiasmo se convirtieron en chillidos.

Fue el Campo de Fuego en miniatura, como escribió el gran maestre Munkun.

Ladera era pasto de las llamas: boticas, casas, septos, gente…, todo. Caían hombres ardiendo de la torre de la puerta y de las almenas, o bien daban tumbos gritando por las calles como antorchas vivientes. Extramuros, el príncipe Daeron montó a Tessarion. Descabalgaron a Pate de Hojaluenga, que murió pisoteado; ser Garibald Grey recibió una saeta y luego lo envolvió una llamarada de fuegodragón. Los Dos Traidores flagelaron la ciudad con latigazos de fuego del uno al otro confín.

Ser Roger Corne y sus hombres escogieron aquel preciso momento para mostrar su auténtica lealtad: cortaron el paso a los defensores en las puertas de la ciudad y los lanzaron contra los atacantes. Lord Owain Bourney hizo lo propio dentro del castillo, al atravesar con una lanza la espalda de ser Merrell el Osado.

El saqueo que se produjo a continuación fue tan encarnizado como el que más en la historia de Poniente. La próspera ciudad comercial de Ladera quedó reducida a brasas y cenizas. Miles de personas ardieron y otras tantas murieron ahogadas al tratar de vadear el río a nado. Algunos dirían después que esos fueron los afortunados, ya que no se tuvo compasión con los supervivientes. Los hombres de lord Footly arrojaron las espadas y se rindieron, tan solo para acabar atados y descabezados. Se violó repetidamente a las lugareñas que no habían ardido, incluso a niñas de ocho y diez años. Se pasó a viejos y mozos por la espada mientras los dragones devoraban los cadáveres retorcidos y humeantes de sus víctimas. Ladera no se recuperó jamás; aunque, más adelante, Footly trató de reconstruirla sobre sus ruinas, la «nueva ciudad» jamás alcanzaría ni una decena del tamaño de la antigua, ya que el populacho afirmaba que el mismísimo terreno estaba embrujado.

Ciento sesenta leguas al norte, otros dragones sobrevolaban el Tridente, donde el príncipe Daemon Targaryen y la diminuta y cetrina Ortiga trataban infructuosamente de dar caza a Aemond el Tuerto. Tenían su base establecida en Poza de la Doncella por invitación de lord Manfryd Mooton, que vivía aterrado ante la idea de que Vhagar descendiese sobre su ciudad. En cambio, el príncipe Aemond atacó en Cabeza de Piedra, en las estribaciones de las Montañas de la Luna; en Sauce Dulce, en el Forca Verde, y en Danza de Sally, en el Forca Roja; redujo a brasas Puente del Flechazo, Barcoviejo y el Molino de la Vieja, y destruyó la casa madre de Bechester; siempre desaparecía en los cielos antes de que llegaran los cazadores. Vhagar nunca se entretenía, y los supervivientes no solían ponerse de acuerdo sobre la dirección en que había volado.

Todos los días, al amanecer, Caraxes y el Ladrón de Ovejas levantaban el vuelo en Poza de la Doncella y trazaban círculos cada vez más amplios sobre las Tierras de los Ríos con la esperanza de divisar a Vhagar más abajo, pero acababan regresando derrotados al ocaso. Según las Crónicas de Poza de la Doncella, lord Mooton tuvo la osadía de sugerir que los jinetes de dragones se dividieran en su búsqueda a fin de cubrir el doble de terreno, pero el príncipe Daemon se negó y le recordó que Vhagar era la última de los tres dragones llegados a Poniente con Aegon el Conquistador y sus hermanas; aunque era más lenta que un siglo atrás, había crecido tanto como el Terror Negro de antaño. Su fuego era tan abrasador que derretía la piedra, y ni Caraxes ni el Ladrón de Ovejas podían igualar su ferocidad; tan solo juntos tendrían ocasión de enfrentarse a ella. Por tanto, conservó a su lado a la joven Ortiga, día y noche, en el cielo y en el castillo.

No obstante, cabe preguntarse si el miedo a Vhagar era el único motivo por el que el príncipe Daemon no se separaba nunca de Ortiga. No era eso lo que opinaba Champiñón; según su relato, Daemon Targaryen se había enamorado de la diminuta y cetrina bastarda y se había encamado con ella.

¿Cuánto crédito podemos dar al testimonio del bufón? Ortiga no tenía más que diecisiete años; el príncipe Daemon, cuarenta y nueve, aunque bien conocido es el poder que ejercen las jóvenes doncellas sobre los hombres talludos. Daemon Targaryen no era un consorte fiel a la reina, eso lo sabemos. Aun nuestro habitualmente remiso septón Eustace escribe sobre sus visitas nocturnas a lady Mysaria, cuyo lecho compartía cuando estaba en la corte, al parecer con el beneplácito de la reina. Tampoco debe olvidarse que, cuando era joven, no había un alcahuete en Desembarco del Rey que no supiera que el Señor del Lecho de Pulgas era especialmente aficionado a las doncellas ni le reservara a las más jóvenes, guapas e inocentes de sus chicas nuevas para que las desflorase.

Ortiga era joven, eso es seguro (aunque quizá no tanto como las que el príncipe había deshonrado en otros tiempos), pero parece dudoso que fuera doncella. Dado que se había criado sin hogar, sin madre y sin un cobre en las calles de Puertoespecia y la Quilla, seguramente había rendido la inocencia poco después de su primera floración, si no antes, a cambio de una moneda o un mendrugo. En cuanto a la oveja que entregó al Ladrón de Ovejas para ganárselo, ¿de dónde pudo sacarla, sino levantándose la saya para algún pastor? Tampoco es que Ortiga pudiera considerarse guapa. «Una chica morena y flacucha sobre un dragón moreno y flacucho», escribe Munkun en su Relato verídico (si bien jamás la vio). El septón Eustace nos dice que tenía los dientes descolocados, y la nariz, con una cicatriz debida a un corte que le propinaron por ladrona. No era la querida que cabría esperar para un príncipe.

En contra tenemos El testimonio de Champiñón y, en este caso, las Crónicas de Poza de la Doncella, redactadas por Norren, el maestre de lord Mooton, quien escribe que «el príncipe y su chica bastarda» cenaban juntos todas las noches, desayunaban juntos todas las mañanas y dormían en cámaras adyacentes; que el príncipe «mimaba a la cetrina joven como un hombre podría mimar a su hija», la instruía en las «normas de cortesía» y sobre cómo vestirse, sentarse y cepillarse el pelo; que le hacía regalos como «un cepillo con mango de marfil, un espejo de plata, una capa de terciopelo marrón con ribete de raso, unas botas de montar de gamuza blanda como la mantequilla». El príncipe enseñó a la moza a lavarse, dice Norren, y las doncellas que le llevaban el agua para el baño decían que muchas veces compartía la tina con ella; «le enjabonaba la espalda o le quitaba la peste a dragón del pelo, ambos como en el día de su nombre».

Nada de esto demuestra que Daemon Targaryen tuviese coyunda con la bastarda, pero a la luz de los acontecimientos posteriores, seguramente debamos juzgar estas narraciones más veraces que la mayoría de las de Champiñón. Sin embargo, pasaran como pasaran las noches estos jinetes de dragones, tenemos por cierto que pasaban los días recorriendo los cielos en pos del príncipe Aemond y de Vhagar. Así pues, dejémoslos a un lado por el momento y fijémonos brevemente en la otra orilla de la bahía del Aguasnegras.

En torno a aquella época, un baqueteado navío mercante llamado Nessaria arribó a duras penas al puerto de Rocadragón, a fin de realizar reparaciones y reaprovisionarse. Regresaba de Pentos a la antigua Volantis cuando una galerna desvió su curso, según decía su tripulación; pero a tan común peligro en la mar, los volantinos añadieron un detalle extraño: cuando el Nessaria se dirigía a occidente, Montedragón se alzaba ante ellos, enorme contra el sol poniente, y los marineros vieron luchar a dos dragones, con rugidos que resonaban en los escarpados y negros acantilados de la ladera este de las montañas humeantes. En todas las tabernas, posadas y lupanares de la costa se narraba la historia y se volvía a narrar, adornada, hasta que no quedó en Rocadragón nadie que no la hubiera oído.

Los dragones eran una leyenda para los hombres de la antigua Volantis, y la visión de dos batallando era algo que los tripulantes del Nessaria jamás olvidarían. Los nacidos y criados en Rocadragón estaban acostumbrados a tales bestias; aun así, la anécdota de los marineros suscitó interés. A la mañana siguiente, unos pescadores lugareños rodearon Montedragón y, al regresar, dieron fe de que habían visto los restos abrasados y destrozados de un dragón al pie de la montaña. Por el color de sus alas y escamas, el cadáver pertenecía a Fantasma Ceniciento. Estaba partido en dos pedazos, descuartizado y parcialmente devorado.

Al oír la noticia, ser Robert Quince, el amigable y notablemente obeso caballero a quien la reina había nombrado castellano de Rocadragón tras su partida, pronto identificó al Caníbal como el asesino. La mayoría coincidió, ya que el Caníbal tenía por costumbre atacar a dragones más pequeños, si bien raramente de modo tan enconado. Algunos pescadores, temerosos de que fuese a por ellos después, exigieron a Quince que enviase caballeros a la guarida de la bestia para darle fin, pero el castellano se negó. «Si no lo importunamos, el Caníbal no nos importunará», declaró. Para procurarlo, prohibió la pesca en las aguas dominadas por la cara este de Montedragón, donde aún se pudría el dragón vencido.

Aquel decreto no satisfizo a su inquieta pupila Baela Targaryen, hija del príncipe Daemon y su primera esposa, Laena Velaryon. A sus catorce años, era una doncella asilvestrada y caprichosa, más hombruna que femenina y muy hija de su padre. Aunque delgada y corta de talla, no conocía el peligro y vivía para el baile, la cetrería y la monta. De más pequeña había recibido numerosos castigos por pelear con los escuderos en el patio de armas, pero últimamente le había dado más bien por jugar a los besos con ellos. Poco después de que la corte de la reina se trasladase a Desembarco del Rey (dejando a lady Baela en Rocadragón), habían pillado a Baela dejando que un pinche de cocina la tocase por debajo de las faldas. Ser Robert, enojadísimo, envió al chico al cadalso para que le rebanaran la mano ofensora; tan solo la llorosa intercesión de la joven lo salvó.

«Es en demasía aficionada a los mozos —escribió el castellano al padre de Baela, el príncipe Daemon, tras el incidente—. Y debería casarse pronto, no vaya a ser que rinda su virtud a alguien indigno de ella». Aún más que los mozos, a lady Baela le encantaba volar. Desde la primera vez que subió a lomos de Bailarina Lunar, ni medio año antes, había volado a diario, libremente, a todas partes de Rocadragón, e incluso al otro lado del mar, hasta Marcaderiva.

Siempre sedienta de aventuras, se propuso averiguar por sí misma la verdad de lo sucedido al otro lado de la montaña. No le daba miedo el Caníbal, según dijo a ser Robert; Bailarina Lunar era más joven y veloz, de modo que podría dejar atrás al otro dragón. Pero el castellano le prohibió asumir tales riesgos, y la guarnición recibió instrucciones estrictas: lady Baela no debía abandonar el alcázar. Cuando la atraparon tratando de desobedecer su orden aquella misma noche, la airada damisela quedó confinada en su cámara.

Si bien era comprensible, en retrospectiva resultó un castigo infortunado, ya que si se hubiera permitido volar a lady Baela, quizá habría divisado el pesquero que entonces rodeaba la ínsula. Lo tripulaban un añejo pescador llamado Tom Tanglebeard; su hijo, Tom Lenguatrabada, y dos «primos» de Marcaderiva que se habían quedado sin casa a raíz de la destrucción de Puertoespecia. El Tom más joven, tan diestro con la jarra de cerveza como desmañado con la red, había pasado bastante tiempo invitando a beber a los marinos volantinos y escuchando sus historias sobre la batalla de dragones que habían presenciado. «Gris y dorado eran, brillantes al sol», dijo un hombre; y entonces, incumpliendo la prohibición de ser Robert, los dos Toms se empeñaron en llevar a sus «primos» al roquedal donde yacía el dragón muerto, quemado y desventrado, en busca de su matador.

Entretanto, en la costa oeste de la bahía del Aguasnegras, las nuevas de la batalla y la traición de Ladera habían llegado a Desembarco del Rey. Se dijo que la reina viuda Alicent se echó a reír al oírlas. «Ahora han de cosechar lo que sembraron», prometió. En el Trono de Hierro, la reina Rhaenyra palideció y ordenó que se cerrasen y atrancasen las puertas de la ciudad; nadie entraría en Desembarco del Rey ni saldría. «No permitiré que los cambiacapas se cuelen en mi ciudad para abrir mis puertas a los rebeldes», proclamó. El ejército de lord Ormund podía llegar a sus muros por la mañana o a lo largo del día siguiente; los traidores, a lomos de dragón, podían arribar antes incluso.

Tal perspectiva entusiasmó al príncipe Joffrey. «Que vengan —pregonó enrojecido, con la arrogancia de la juventud y deseoso de vengar a sus hermanos caídos—. Los recibiré a lomos de Tyraxes». Tales palabras alarmaron a su madre: «Nada de eso harás —declaró—. Eres demasiado pequeño para batallar». Aun así, permitió quedarse al joven cuando el consejo negro debatía el mejor modo de lidiar con el adversario que se aproximaba.

Seis dragones quedaban en Desembarco del Rey, aunque tan solo uno intramuros de la Fortaleza Roja: Syrax, la hembra de la mismísima reina. Se había vaciado de caballos un establo del patio exterior a fin de albergarla, y fuertes cadenas la anclaban al suelo. Aunque eran bastante largas para que pudiera trasladarse del establo al patio, le impedían volar sin jinete. Ya se había habituado a estar encadenada; la alimentaban sumamente bien y no la montaban desde hacía años.

Los otros dragones se encontraban en Pozo Dragón. Bajo su inmensa cúpula se había excavado en las entrañas de la Colina de Rhaenys un anillo compuesto por cuarenta grandísimas cámaras abovedadas. Gruesas puertas de hierro cerraban estas cuevas artificiales por los extremos: las interiores daban al pozo enarenado, y las exteriores, a la ladera de la colina. Caraxes, Vermithor, Ala de Plata y el Ladrón de Ovejas habían anidado ahí antes de salir volando a la batalla. Quedaban cinco dragones: Tyraxes, del príncipe Joffrey; el gris claro Bruma, de Addam Velaryon; los jóvenes Morghul y Shrykos, ligados a la princesa Jaehaera (huida) y a su mellizo el príncipe Jaehaerys (muerto)… y Fuegoensueño, la bienamada de la reina Helaena. Era una arraigada costumbre que al menos un jinete de dragones residiera en Pozo Dragón, para poder despegar en defensa de la ciudad llegado el caso. Puesto que Rhaenyra prefería estar al lado de sus hijos, tal deber recayó sobre Addam Velaryon.

Pero entonces, ciertas voces del consejo negro pusieron en duda la lealtad de ser Addam. Dos semillas de dragón, Ulf el Blanco y Hugh Martillo, se habían pasado al enemigo, pero ¿eran los únicos traidores que había en su seno? ¿Y Addam de la Quilla y la joven Ortiga? Habían nacido bastardos asimismo; ¿eran de fiar?

Lord Bartimos Celtigar no lo creía. «Los bastardos son traicioneros de por sí. Lo llevan en la sangre. La traición es inherente al bastardo, así como la lealtad al biennacido». Pidió a su alteza que hiciera prender de inmediato a los dos jinetes de extracción humilde, antes de que también se pasaran al enemigo con sus dragones. Otros se hicieron eco de su punto de vista; entre ellos, ser Luthor Largent, comandante de la Guardia de la Ciudad de Rhaenyra, y ser Lorent Marbrand, lord comandante de la Guardia Real. Hasta los dos hombres de Puerto Blanco, el temible caballero ser Medrick Manderly y su agudo y corpulento hermano ser Torrhen, apremiaron a la reina a desconfiar. «Es mejor no arriesgarse —dijo ser Torrhen—. Si el enemigo se hace con dos dragones más, estamos perdidos».

Tan solo lord Corlys y el gran maestre Gerardys hablaron en favor de las semillas de dragón. El gran maestre dijo que no se habían observado indicios de deslealtad por parte de Ortiga y ser Addam; lo más prudente era recabar pruebas antes de formular acusación alguna. Lord Corlys fue mucho más allá al declarar que ser Addam y su hermano Alyn eran «auténticos Velaryon» y dignos herederos de Marcaderiva. En cuanto a la chica, si bien era sucia y desfavorecida, había luchado valientemente en la batalla del Gaznate. «Del mismo modo que los dos traidores», replicó lord Celtigar.

Las apasionadas protestas de la Mano y la fría precaución del gran maestre resultaron vanas; ya se habían despertado las sospechas de la reina. «Su alteza había sufrido tantas traiciones, por parte de tantos, que estaba bien presta a creer lo peor sobre cualquiera —escribe el septón Eustace—. La traición ya no podía sorprenderla; había llegado a esperarla, aun de quienes más amaba».

Así podría ser. Sin embargo, la reina Rhaenyra no actuó enseguida, sino que convocó a Mysaria, la puta y bailarina que en la práctica desempeñaba el puesto de consejera de los rumores. Con su piel pálida como la leche, lady Miseria compareció ante el consejo con una túnica de terciopelo negro con capucha, ribeteada de seda roja como la sangre, y se mantuvo con la cabeza humillada mientras su alteza le preguntaba si pensaba que ser Addam y Ortiga podían tramar traicionarlos. Entonces, el Gusano Blanco alzó los ojos y dijo en voz baja: «La moza ya os ha traicionado, mi reina. Comparte el lecho de vuestro esposo, y pronto llevará su bastardo en el vientre».

Entonces, la reina Rhaenyra se airó más si cabe, escribe el septón Eustace. Con una voz fría como el hielo, ordenó a ser Luthor Largent que tomara veinte capas doradas y fuera a Pozo Dragón a prender a ser Addam Velaryon. «Interrogadlo a fondo y averiguaremos sin duda alguna si es leal o falsario».

En cuanto a la joven Ortiga, «es una criatura del común con tufo a hechicería —declaró la reina—. Mi príncipe jamás se encamaría con tan vil ser. No hay más que verla para saber que no tiene ni una gota de la sangre del dragón; si logró quedar ligada a la bestia, fue con sus conjuros, y lo mismo ha hecho con mi señor esposo». Mientras estuviera embrujado por la joven, el príncipe Daemon no era de fiar, continuó su alteza; por tanto, ordenó que se enviara un comando inmediatamente a Poza de la Doncella, pero que el secreto se confiara tan solo a lord Mooton. «Que la lleve a la mesa o al lecho y la descabece. Tan solo así quedará liberado mi príncipe».

Y así fue como la traición engendró más traición, para la perdición de la reina. Mientras ser Luthor Largent y sus capas doradas se encaramaban a la Colina de Rhaenys a cumplir las órdenes de la soberana, las puertas de Pozo Dragón se abrieron de golpe ante ellos, y Bruma extendió sus alas gris claro y emprendió el vuelo, exhalando fuego por el hocico; habían avisado a ser Addam Velaryon a tiempo para que huyera. Ser Luthor regresó furioso a la Fortaleza Roja, donde irrumpió en la Torre de la Mano, prendió al anciano lord Corlys y lo acusó de traición. El viejo tampoco lo negó. Atado y traqueteado, pero aún silente, lo condujeron a las mazmorras y lo arrojaron a una celda negra para aguardar el juicio y la ejecución.

Las sospechas de la monarca recayeron asimismo sobre el gran maestre Gerardys, ya que, como la Serpiente Marina, había defendido a las semillas de dragón. Gerardys negó haber participado en la traición de lord Corlys. Consciente de su largo y leal servicio para con ella, Rhaenyra no lo encerró en los calabozos; prefirió expulsarlo de su consejo y enviarlo a Rocadragón de inmediato. «No creo que me mintierais a la cara —dijo a Gerardys—, pero no puedo tener alrededor a hombres en los que no confíe sin reservas, y cuando os miro ahora, no recuerdo más que el modo en que me hablasteis de la joven Ortiga».

Entretanto, las anécdotas sobre la matanza de Ladera se propagaban por toda la ciudad, y con ellas, el terror. Desembarco del Rey sería la próxima, se decía la gente. Los dragones lucharían entre sí, y seguro que en aquella ocasión ardía la ciudad. Temerosos del enemigo que se aproximaba, centenares de desembarqueños trataron de huir, pero se vieron rechazados en las puertas por los capas doradas. Atrapados intramuros, algunos buscaron refugio en las bodegas, a fin de guarecerse de la tormenta de fuego que temían inminente, mientras que otros recurrieron a la oración, la bebida y los placeres que se hallan entre los muslos de una mujer. Al caer la noche, las tabernas, los burdeles y los septos de la ciudad estaban a rebosar de hombres y mujeres que buscaban solaz y evasión e intercambiaban historias de terror.

A tan negra hora apareció en la plaza de los Zapateros cierto hermano itinerante, un espantapájaros descalzo más que hombre, con cilicio y bastos bombachos, sucio, desaliñado y hediente a cuadra, con un cuenco de mendicante colgado al cuello mediante una correa de cuero. Había sido ladrón, ya que en vez de mano derecha lucía un muñón cubierto de cuero raído. El gran maestre Munkun dice que se debía de tratar de un clérigo humilde; pese a que la orden estaba proscrita hacía tiempo, los Estrellas errantes recorrían aún las sendas de los Siete Reinos. Su procedencia no podemos conocerla; ni siquiera su nombre consta para la historia. Quienes lo oyeron predicar, igual que quienes más adelante darían fe de su infamia, lo conocían tan solo como el Pastor. Champiñón lo denomina «el Pastor Muerto», ya que afirma que estaba tan pálido y apestaba tanto como un cadáver resurgido de la tumba.

Quienquiera o lo que quiera que fuese, el manco Pastor se alzó como un espíritu maligno y proclamó maldición y destrucción sobre la reina Rhaenyra ante quienes acudieron a escucharlo. Tan incansable como carente de temor, predicó toda la noche y continuó hasta bien entrado el día. Su voz resonaba por toda la plaza de los Zapateros.

Los dragones eran criaturas antinaturales, declaraba el Pastor, demonios convocados de los pozos de los siete infiernos por las fenecidas hechicerías de Valyria, «esa vil cloaca donde hermanos yacían con hermanas y madres con hijos, donde los hombres montaban demonios y entraban en batalla mientras sus mujeres se abrían de piernas para los perros». Los Targaryen habían escapado a la Maldición y habían atravesado el mar hasta Rocadragón, pero «no se puede burlar a los dioses», y se avecinaba una segunda maldición. «El falso rey y la reina puta caerán con toda su obra, y sus bestias demoníacas perecerán en toda la tierra», clamó como el trueno. Quienes los apoyasen morirían asimismo; tan solo con la purificación de Desembarco del Rey, tras deshacerse de los dragones y sus amos, podía esperar Poniente escapar al sino de Valyria.

Hora tras hora, la multitud crecía. Una decena de asistentes se convirtió en una veintena y luego en una centena; al rayar el alba, millares de personas se arremolinaban en la plaza, empujando y bregando por acercarse a escuchar. Muchos portaban antorchas, y al caer la noche, el Pastor estaba plantado en el centro de un anillo de fuego. La multitud linchó a quienes trataron de acallarlo; incluso, expulsaron a los capas doradas cuando una cuarentena de ellos intentó evacuar la plaza a punta de lanza.

Un caos diferente reinaba en Ladera, sesenta leguas al suroeste. Mientras Desembarco del Rey se encontraba sumida en el terror, los enemigos a los que temía aún debían avanzar a pie hacia la ciudad, ya que los leales al rey Aegon se encontraban descabezados, asolados por la división, el conflicto y la duda. Ormund Hightower había muerto, así como su primo ser Bryndon, el principal caballero de Antigua. Sus hijos seguían en Torrealta, a un millar de leguas, y había muchos mozos aún muy verdes. Aunque lord Ormund había otorgado a Daeron Targaryen el apodo de «Daeron el Audaz» y alababa su coraje en el campo de batalla, aún era tan solo un crío; hijo menor de la reina Alicent, se había criado a la sombra de sus hermanos mayores y estaba más acostumbrado a obedecer órdenes que a darlas. El Hightower más veterano que quedaba con la hueste era ser Hobert, otro primo de lord Ormund, cuya única misión hasta el momento había sido la de ocuparse de la caravana de provisiones. Hobert Hightower, «tan retaco como lento», había vivido sesenta años sin distinguirse, si bien de pronto aspiraba a hacerse con el mando del ejército por el derecho que le confería su parentesco con la reina Alicent.

Lord Unwin Peake, ser Jon Roxton el Osado y lord Owain Bourney se postularon asimismo. Lord Peake podía jactarse de descender de un rancio abolengo de famosos guerreros, y contaba con un centenar de caballeros y novecientos peones bajo sus estandartes. Jon Roxton era tan temido por su negro temperamento como por su negra arma, la espada de acero valyrio Hacedora de Huérfanos. Lord Owain el Traidor estaba empeñado en que su astucia les había valido Ladera y que tan solo él podía tomar Desembarco del Rey. Ninguno de los aspirantes era bastante poderoso ni respetado para apaciguar la sed de sangre y la codicia de la soldadesca; mientras discutían sobre el orden de la preferencia y el botín, sus hombres se entregaron con alegría a una orgía de pillaje, violaciones y destrucción.

Los horrores de aquellos días son innegables. Raramente ha sido objeto un pueblo o ciudad de la historia de los Siete Reinos de un saqueo tan largo, cruel y enconado como el de Ladera tras las Traiciones. Sin un señor pujante que los refrene, hasta los hombres buenos pueden transformarse en bestias; así ocurrió allí. Bandas de soldados vagaban borrachos por las calles, robando en todas las casas y tiendas y asesinando a cualquier hombre que tratase de impedírselo. Toda mujer era presa válida de su lujuria, aun las viejas y las niñas. A los ricos los torturaron hasta la muerte para que revelaran el escondrijo de su oro y sus gemas. Se arrancaron niños del pecho de sus madres y se los empaló en lanzas. Sagradas septas corrían desnudas, perseguidas por las calles, y no las violaba un hombre, sino ciento. Deshonraban a las Hermanas Silenciosas. No respetaban ni los cadáveres; en lugar de darles un entierro digno, los dejaban pudriéndose para servir de alimento a las aves carroñeras y los perros salvajes.

El septón Eustace y el gran maestre Munkun afirman ambos que el príncipe Daeron se sintió enfermar ante lo que vio, y ordenó a ser Hobert Hightower que le pusiese coto, pero sus esfuerzos resultaron tan ineficaces como el propio hombre. Está en la naturaleza del populacho seguir a sus señores adonde los lleve, y los aspirantes a sucesores de lord Ormund habían caído víctimas de la avaricia, la sed de sangre y el orgullo. Jon Roxton el Osado se prendó de la hermosa lady Sharis Footly, la esposa del señor de Ladera, y la reclamó como «botín de guerra». Cuando protestó su señor esposo, ser Jon lo partió por la mitad con Hacedora de Huérfanos y dijo: «Puede hacer viudas también» mientras desgarraba el vestido de la llorosa lady Sharis. Tan solo dos días después, lord Peake y lord Bourney discutieron acremente en un consejo de guerra, hasta que Peake desenvainó el puñal, se lo clavó a Bourney en un ojo y declaró: «Quien cambiacapas nace, cambiacapas muere», mientras el príncipe Daeron y ser Hobert observaban horrorizados.

Sin embargo, los peores crímenes fueron los perpetrados por los Dos Traidores, los jinetes de dragones de baja extracción Hugh Martillo y Ulf el Blanco. Ser Ulf se entregó totalmente a la ebriedad, «ahogándose en vino y carne». Dice Champiñón que violaba a tres doncellas cada noche. Quienes no lo complacían eran pasto de su dragón. No le bastaba la condición de caballero que la reina Rhaenyra le había otorgado; tampoco quedó satisfecho cuando el príncipe Daeron lo nombró señor de Puenteamargo. El Blanco tenía puestas las miras en una recompensa mayor: deseaba una sede equiparable como mínimo a Altojardín, ya que afirmaba que los Tyrell no habían desempeñado papel alguno en la Danza y, por tanto, debía considerárselos traidores.

Las ambiciones de ser Ulf resultaban modestas en comparación con las del otro cambiacapas, Hugh Martillo; hijo de un herrero del montón, era un hombre grandullón con unas manos tan fuertes que podían retorcer barras de acero. Aunque carecía de formación en el arte de la guerra, su talla y su fuerza hacían de él un adversario terrible. Su arma preferida era el martillo de guerra, con el que asestaba golpes asesinos y aplastantes. En batalla montaba sobre Vermithor, otrora el dragón del mismísimo Viejo Rey; en todo Poniente, tan solo Vhagar tenía más edad y talla.

Por todos esos motivos, lord Martillo (como se hacía llamar por aquellos tiempos) comenzó a soñar con coronas. «¿Por qué conformarse con ser señor pudiendo ser rey?», decía a los hombres que empezaban a rodearlo. En el campamento se lo oyó referirse a una profecía de antaño que decía: «Cuando el martillo caiga sobre el dragón, se alzará un nuevo rey y nadie se interpondrá ante él». La procedencia de esas palabras sigue siendo un misterio (no salieron del propio Martillo, ya que no sabía leer ni escribir), pero al cabo de unos días, todos los hombres de Ladera las habían oído.

Ninguno de los Dos Traidores parecía dispuesto a ayudar al príncipe Daeron a acelerar el ataque a Desembarco del Rey. Tenían una hueste magnífica y tres dragones; sin embargo, la reina contaba con otros tres, que ellos supieran, y serían cinco en cuanto el príncipe Daemon regresara con Ortiga. Lord Peake prefería retrasar cualquier avance hasta que lord Baratheon pudiera aportar sus fuerzas desde Bastión de Tormentas, mientras que ser Hobert deseaba replegarse al Dominio a fin de reabastecerse, ya que sus vituallas menguaban rápidamente. Ninguno parecía preocupado por que su ejército decreciese a cada día que pasaba, evaporándose como el rocío matutino, ya que cada vez desertaban más hombres, cargados con todo el botín que pudieran transportar.

Muchas leguas hacia septentrión, en un alcázar que dominaba la bahía de los Cangrejos, otro señor se encontraba también en el filo de la espada. De Desembarco del Rey había arribado un cuervo con una misiva de la reina para Manfryd Mooton, señor de Poza de la Doncella. Debía entregarle la cabeza de la bastarda Ortiga, a quien habían declarado culpable de alta traición. «Ningún daño debe hacérsele a mi señor esposo, el príncipe Daemon de la casa Targaryen —ordenaba su alteza—. Enviádmelo en cuanto se cumpla la misión, ya que lo necesitamos urgentemente».

El maestre Norren, redactor de las Crónicas de Poza de la Doncella, dice que cuando lord Mooton leyó la carta de la reina, se quedó tan descompuesto que perdió la voz, y no la recobró hasta haberse bebido tres copas de vino. Después hizo llamar al capitán de su guardia, a su hermano y a su adalid, ser Florian Greysteel, y pidió a su maestre que se quedase también. Cuando estuvieron todos reunidos, les leyó la misiva y les pidió consejo.

—Es muy fácil —dijo el capitán de su guardia—. El príncipe duerme junto a ella, pero ya está viejo; tres hombres bastarían para domeñarlo si tratara de interferir, pero harán falta seis por si acaso. ¿Mi señor desea que se haga esta misma noche?

—Sean seis hombres o sesenta, no deja de ser Daemon Targaryen —objetó el hermano de lord Mooton—. Una droga narcótica en su vino vespertino sería lo aconsejable. Que se despierte y la encuentre muerta.

—No es sino una niña, por muy nefandas que sean sus traiciones —dijo ser Florian, un viejo caballero cano y adusto—. El Viejo Rey jamás habría solicitado nada semejante a un hombre honorable.

—Corren tiempos hediondos —dijo lord Mooton—, y es un dilema hediondo el que me plantea la reina. La joven es una huésped que vive bajo mi techo. Si obedezco, Poza de la Doncella quedará maldita para siempre; si rehúso, quedaremos mancillados y destruidos.

—Muy bien pudiera ser que nos destruyeran hagamos lo que hagamos —respondió su hermano—. El príncipe es más que aficionado a esa chica castaña, y tiene el dragón al alcance de la mano. Un señor sabio los mataría a ambos, no fuera que el príncipe, llevado por la ira, quemase Poza de la Doncella.

—La reina ha prohibido que se le inflija daño alguno —les recordó lord Mooton—, y asesinar a dos invitados en el lecho es el doble de grave que matar a uno solo. Quedaría doblemente maldito. —Suspiró—. Ojalá no hubiera leído la carta.

—Tal vez no la hayáis leído —intervino el maestre Norren.

Lo que se dijo a continuación no nos lo narran las Crónicas de Poza de la Doncella; tan solo sabemos que el maestre, un joven de veintidós años, halló al príncipe Daemon y a Ortiga cenando esa noche y les mostró la misiva de la reina. «Cuando entré, fatigados tras una larga jornada de infructuoso vuelo, compartían una frugal comida consistente en carne de vacuno hervida con remolacha. Hablaban quedamente; de qué, no sabría decirlo. El príncipe me saludó con cortesía, pero cuando leyó la carta vi que la dicha se desvanecía de sus ojos y la tristeza caía sobre él como un peso demasiado arduo de soportar. Cuando la joven preguntó qué decía la nota, respondió: “Palabras de una reina, obra de una puta”. Luego desenvainó la espada y preguntó si los hombres de lord Mooton aguardaban fuera para hacerlo cautivo. “He venido solo”, le contesté, y luego me envilecí declarando falsamente que ni su señoría ni ningún otro hombre de Poza de la Doncella conocía el contenido del pergamino. “Perdonadme, mi príncipe —dije—, porque he conculcado mis votos de maestre”. El príncipe Daemon envainó la espada y dijo: “Sois un mal maestre, pero un buen hombre”, tras lo cual me pidió que los abandonase y me ordenó que no dijese ni una palabra a nadie hasta el día siguiente».

De cómo pasaron su última noche el príncipe y su moza bastarda bajo el techo de lord Mooton, no queda constancia, pero al rayar el alba aparecieron juntos en el patio, y el príncipe Daemon ayudó a Ortiga a ensillar al Ladrón de Ovejas por vez última. Era costumbre de la joven darle de comer a diario antes de volar; los dragones se pliegan más fácilmente a la voluntad del jinete cuando tienen el estómago lleno. Esa mañana le dio un carnero negro, el mayor de toda Poza de la Doncella, tras degollarlo ella misma. Tenía teñida de sangre la ropa de montar cuando se subió al dragón, cuenta el maestre Norren, y «las mejillas surcadas de lágrimas». Ni una palabra de despedida intercambiaron el hombre y la doncella, pero cuando el Ladrón de Ovejas sacudió las pardas alas coriáceas y ascendió a los cielos del alba, Caraxes alzó la cabeza y emitió un grito que estremeció todas las ventanas de la Torre de Jonquil. Muy arriba, sobre la ciudad, Ortiga hizo girar el dragón hacia la bahía de los Cangrejos y desapareció en la bruma matutina para no volver a ser vista ni en la corte ni en castillo alguno.

Daemon Targaryen regresó al castillo el tiempo justo para desayunar con lord Mooton. «Será la última vez que me veáis —le dijo—. Os agradezco tanta hospitalidad. Que se sepa por toda vuestra hacienda que vuelo a Harrenhal. Si mi sobrino Aemond se atreve a encarárseme, allí me encontrará, solo».

Así fue como el príncipe Daemon partió de Poza de la Doncella por vez postrera. Cuando se marchó, el maestre Norren acudió a su señor para decirle: «Quitadme la cadena del cuello y atadme las manos con ella; debéis entregarme a la reina. Al prevenir a una traidora y permitirle escapar, me he convertido en traidor a mi vez». Lord Mooton se negó. «Conservad vuestra cadena —dijo—. Todos somos traidores aquí». Aquella noche, los estandartes acuartelados de la reina Rhaenyra se arriaron de donde ondeaban, sobre las puertas de Poza de la Doncella, y se izaron los dragones de oro del rey Aegon II en su lugar.

Ningún pendón flameaba sobre las torres renegridas y los bastiones en ruinas de Harrenhal cuando el príncipe Daemon descendió de los cielos para apoderarse del castillo. Unos cuantos pordioseros habían hallado refugio en las bóvedas y sótanos del alcázar, pero el sonido de las alas de Caraxes los ahuyentó. Cuando se fue el último, Daemon Targaryen recorrió los inmensos salones vacíos de la sede de Harren sin más compañía que su dragón. Todos los días, al anochecer, hacía una muesca en el árbol corazón del bosque de dioses para señalar el paso de otra jornada. Trece marcas se pueden ver todavía en el arciano, viejas heridas, profundas y oscuras, si bien los señores que han gobernado Harrenhal desde los tiempos de Daemon dicen que sangran de nuevo cada primavera.

Al cuarto día de la vigilia del príncipe, una sombra pasó sobre el castillo, más negra que ninguna nube de paso. Todas las aves del bosque de dioses alzaron el vuelo atemorizadas, y un viento cálido flageló las hojas caídas del patio. Vhagar había acudido al fin, y sobre su lomo cabalgaba el príncipe tuerto Aemond Targaryen ataviado con una armadura negra como la noche, con incrustaciones de oro.

No había ido solo. Alys Ríos lo acompañaba, con sus luengos cabellos revoloteando tras ella, con el vientre inflamado y portador de un vástago. El príncipe Aemond circundó dos veces las torres de Harrenhal y luego hizo aterrizar a Vhagar en el patio exterior, con Caraxes a tan solo doscientas varas de distancia. Los dragones cruzaron torvas miradas de furia, y Caraxes extendió las alas y silbó; las llamas danzaban entre sus colmillos.

El príncipe ayudó a su mujer a desmontar de Vhagar y volvió el rostro hacia Daemon.

—Tío mío, tengo entendido que nos buscabas.

—Solo a ti —replicó el príncipe—. ¿Quién te ha revelado mi paradero?

—Mi señora. Te vio en una nube de tormenta, en una laguna montañosa en la oscuridad, en el fuego en que nos hicimos la cena. Ve muchísimas cosas, mi Alys. Has sido un necio por venir solo.

—De no haber venido solo, no habrías acudido.

—Y, sin embargo, aquí estás y aquí estoy yo. Has vivido demasiado, tío mío.

—En eso coincidimos —replicó el viejo príncipe.

Entonces hizo que Caraxes humillara la cerviz y trepó con rigidez a su lomo mientras el joven príncipe besaba a su mujer, montaba con agilidad sobre Vhagar y se cuidaba de abrochar las cuatro cadenas cortas que unían su cinto a la silla. Daemon dejó colgando sus cadenas. Caraxes silbó de nuevo y llenó el aire de llamaradas, y Vhagar respondió con un rugido. Ambos ascendieron como un solo dragón.

El príncipe Daemon conducía a Caraxes ágilmente, fustigándolo con un látigo de punta de acero, hasta que desaparecieron entre unas nubes. Vhagar, más vieja y mucho más grande, también era más lenta; le pesaba su enorme tamaño, así que ascendió más gradualmente, trazando círculos cada vez más amplios, que hicieron que dragona y jinete sobrevolasen las aguas del Ojo de Dioses. La hora era tardía, el sol estaba a punto de ponerse y el lago estaba calmo, con la superficie lisa como el cobre bruñido. Más y más se remontó en busca de Caraxes, mientras Alys Ríos observaba desde lo alto de la torre de la Pira Real de Harrenhal.

El ataque fue repentino como un rayo. Caraxes cayó en picado sobre Vhagar con un grito agudo que se oyó a una decena de leguas, envuelto en la luz del sol poniente, por el punto ciego del príncipe Aemond. El Guiverno Sanguíneo golpeó al dragón mayor con terrible fuerza. Los rugidos resonaron por todo el Ojo de Dioses mientras ambos se daban tarascadas y se destrozaban, con las siluetas negras recortadas contra el cielo rojo como la sangre. Tan intensas eran las llamaradas que los pescadores de abajo temían que las mismísimas nubes se incendiasen. Entrelazados, los dragones se desplomaron sobre el lago. Las mandíbulas del Guiverno Sanguíneo se cerraron alrededor del cuello de Vhagar, y sus negros dientes se le hincaron en la carne. Aun mientras las garras de Vhagar le abrían el abdomen en canal y sus dientes le desgarraban un ala, Caraxes mordió más hondamente mientras se acercaban al lago a terrible velocidad.

Y fue entonces, nos narran las leyendas, cuando el príncipe Daemon Targaryen desmontó y saltó de un dragón a otro. Empuñaba a Hermana Oscura, la espada de la reina Visenya. Mientras Aemond el Tuerto miraba aterrado, sacudiendo las cadenas que lo ataban a la silla, Daemon arrancó el yelmo a su sobrino y le introdujo la hoja por el ojo ciego, tan fuertemente que la punta salió por la garganta del joven príncipe. Un instante después, los dragones cayeron al lago, levantando una ola que, se decía, llegó a la altura de la torre de la Pira Real.

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