Fuego y sangre

Fuego y sangre


La muerte de los dragones: Rhaenyra triunfante

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Ningún hombre ni dragón podría haber sobrevivido a tal impacto, dijeron los pescadores que lo presenciaron. Y así fue. Caraxes vivió lo justo para arrastrarse hasta la orilla. Destripado, con un ala mutilada y las aguas del lago humeando a su alrededor, el Guiverno Sanguíneo halló aún fuerzas para expirar al pie de la muralla de Harrenhal. El cadáver de Vhagar se hundió hasta el lecho del lago e hizo hervir el agua de su último lugar de reposo con la sangre que le brotaba de la herida del cuello. Cuando la encontraron años después, tras el fin de la Danza de los Dragones, los huesos aún con armadura del príncipe Aemond seguían encadenados a la silla, con Hermana Oscura bien hundida en la órbita ocular.

Es indudable que el príncipe Daemon también perdió la vida. Jamás se hallaron sus restos, pero en ese lago había corrientes caprichosas y peces hambrientos. Dicen los trovadores que el viejo príncipe sobrevivió a la caída y regresó con su Ortiga para pasar el resto de sus días a su vera. Tales leyendas son material de preciosas trovas, así como de pésima historia. Ni siquiera Champiñón da crédito al relato, ni nosotros.

Fue el vigesimosegundo día de la quinta luna del año 130 d. C. cuando los dragones danzaron y murieron sobre el Ojo de Dioses. Daemon Targaryen tenía cuarenta y nueve años; el príncipe Aemond tan solo había cumplido los veinte. Vhagar, el mayor dragón de los Targaryen desde el fallecimiento de Balerion, el Terror Negro, había vivido ciento ochenta y un años en esta tierra. Así murió la última criatura de los tiempos de la Conquista de Aegon, tal como el ocaso y la oscuridad engulleron la sede maldita de Harren el Negro. Sin embargo, cerca hubo tan pocos testigos que pasaría algún tiempo hasta que se difundiese la noticia de la batalla final del príncipe Daemon.

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