Fuego y sangre
La muerte de los dragones: Rhaenyra destronada
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La muerte de los dragones Rhaenyra destronada
En Desembarco del Rey, la reina Rhaenyra se encontraba más aislada con cada traición. El presunto cambiacapas Addam Velaryon había huido antes de que tuvieran ocasión de interrogarlo, lo que dejaba demostrada su culpabilidad según el Gusano Blanco. Lord Celtigar coincidía, así que propuso un nuevo y sangrante impuesto sobre cualquier niño nacido fuera del matrimonio. Tal tasa no solo reabastecería las arcas de la Corona, sino que también limpiaría el reino de bastardos.
Sin embargo, su alteza tenía inquietudes más apremiantes que el tesoro. Al ordenar el prendimiento de Addam Velaryon, no solo había perdido un dragón y un jinete, sino también a la Mano de la Reina…, y más de la mitad del ejército que había zarpado de Rocadragón a fin de hacerse con el Trono de Hierro estaba compuesto por hombres juramentados de la casa Velaryon. Cuando se supo que lord Corlys languidecía en un calabozo bajo la Fortaleza Roja, comenzaron a abandonar su causa por centenares. Algunos se dirigieron a la plaza de los Zapateros a engrosar las multitudes reunidas en torno al Pastor, mientras que otros se zafaron por los portillos o saltaron la muralla con intención de regresar a Marcaderiva. Ni siquiera los que se quedaron eran de fiar; eso quedó demostrado cuando dos espadas juramentadas de la Serpiente Marina, ser Denys Woodwright y ser Thoron True, se abrieron paso hacia las mazmorras a mandoblazo limpio para liberar a su señor. Reveló aquellos planes a lady Miseria, una meretriz a quien se beneficiaba ser Thoron, de modo que detuvieron y ahorcaron a los chasqueados rescatadores.
Los dos caballeros murieron al amanecer, pateando y retorciéndose contra la muralla de la Fortaleza Roja cuando las sogas se les ciñeron en torno al cuello. Aquel mismo día, no mucho después del ocaso, otro horror visitó la corte de la reina: Helaena Targaryen, hermana, esposa y soberana del rey Aegon, el segundo de su nombre, así como madre de sus hijos, se lanzó desde su ventana del Torreón de Maegor para morir atravesada por las picas de hierro que erizaban el foso seco. Tan solo contaba veintiún años.
Al cabo de medio año de cautiverio, ¿por qué elegiría la reina de Aegon aquella precisa noche para quitarse la vida? Champiñón afirma que había quedado encinta tras pasar tantos días y noches vendida como una puta corriente, pero la verosimilitud de tal explicación es tan escasa como la de su narración sobre las Reinas del Burdel. El gran maestre Munkun cree que el horror de ver morir a ser Thoron y a ser Denys la impelió a cometer tal acto, pero si la joven había conocido a ambos hombres, tan solo pudo ser como carceleros, y no hay prueba alguna de que presenciara su ahorcamiento. Según el septón Eustace, lady Mysaria, el Gusano Blanco, eligió esa misma noche para narrar a Helaena la muerte de su hijo Maelor y las macabras circunstancias del deceso, si bien cuesta concebir el motivo que pudiera haber tenido, más allá de la simple malicia.
Los maestres discutirán la certeza de tales asertos, pero aquella fatídica noche se contaba una historia más siniestra en las calles y callejas de Desembarco del Rey, en posadas, burdeles y cacharrerías, aun en los sacros septos. La reina Helaena había sido asesinada, a decir de las hablillas, igual que sus hijos antes que ella. El príncipe Daeron y sus dragones pronto estarían a las puertas, y con ellos, el fin del reinado de Rhaenyra. La vieja reina estaba decidida a que su joven hermana no sobreviviese para regodearse de su caída, de modo que envió a ser Luthor Largent con la misión de aferrar a Helaena con sus enormes y fuertes manos y defenestrarla para que feneciese atravesada por las picas.
Cabría preguntarse de dónde salió tan ponzoñosa calumnia (porque, sin duda alguna, se trataba de una calumnia). El gran maestre Munkun cree que tiene su origen en el Pastor, ya que millares de personas lo habían oído clamar pronunciando las palabras «crimen» y «reina». Pero ¿concibió él la mentira, o solo se hacía eco de lo oído de otros labios? Champiñón quiere hacernos creer que fue lo segundo; una difamación tan vil no podía ser obra sino de Larys Strong, afirma el enano, ya que el Patizambo jamás había abandonado Desembarco del Rey (como muy pronto se revelaría); tan solo se había ocultado entre las sombras, desde las cuales siguió tramando y difundiendo rumores.
¿Es posible que muriese asesinada? Sí, pero parece improbable que la reina Rhaenyra fuera la artífice. Helaena Targaryen era una criatura destrozada que no suponía peligro alguno para su alteza. Tampoco mencionan nuestras fuentes una especial enemistad entre ambas. Si Rhaenyra hubiera deseado matar a alguien, ¿no habría sido la reina viuda Alicent quien habría aterrizado en las estacas? Es más, contamos con abundantes pruebas de que, en el momento de la muerte de la reina Helaena, ser Luthor Largent, el presunto asesino, estaba cenando con tres centenares de sus capas doradas en los barracones vecinos a la Puerta de los Dioses.
De todos modos, el rumor sobre el «asesinato» de la soberana Helaena pronto estuvo en labios de medio Desembarco del Rey. Que se creyese tan rápidamente demuestra hasta qué punto se había vuelto la ciudad en contra de la, en otros tiempos, bienamada soberana. Odiaban a Rhaenyra y apreciaban a Helaena. Tampoco el pueblo llano de la urbe había olvidado el cruel asesinato del príncipe Jaehaerys a manos de Sangre y Queso, ni el triste destino del príncipe Maelor en Puenteamargo. El fin de Helaena había sido misericordiosamente rápido; una pica se le hundió en el cuello y murió sin emitir un solo sonido. En el momento de su defunción, al otro lado de la ciudad, en la Colina de Rhaenys, su dragona, Fuegoensueño, se alzó de repente con un rugido que sacudió Pozo Dragón y quebró dos de las cadenas que la retenían. Cuando la reina viuda Alicent recibió la noticia del deceso de su hija, se rasgó las vestiduras y lanzó una funesta maldición sobre su rival.
Aquella noche, Desembarco del Rey se alzó en una sangrienta revuelta.
Los disturbios empezaron en los callejones y recovecos del Lecho de Pulgas, donde tanto hombres como mujeres furiosos, ebrios y atemorizados surgieron por centenares de las tabernuchas, los reñideros de ratas y las cacharrerías. Desde allí, los amotinados se extendieron por toda la ciudad, clamando justicia para los príncipes muertos y su madre asesinada. Se volcaron carros y carretas; se saquearon tiendas; se desvalijaron e incendiaron viviendas. Los capas doradas que intentaron poner coto a los disturbios fueron rodeados y linchados con saña. No se libró nadie, ni de alta ni de baja cuna. Lanzaban desperdicios a los señores y desmontaban a los caballeros. Lady Darla Deddings vio como apuñalaban a su hermano en un ojo por tratar de defenderla de tres palafreneros beodos empeñados en violarla. Los marinos, incapaces de regresar a sus navíos, atacaron la Puerta del Río y libraron una enconada batalla contra la Guardia de la Ciudad. Fueron precisos ser Luthor Largent y cuatrocientas lanzas para dispersarlos. Para entonces, la puerta estaba casi hecha pedazos, y un centenar de hombres, capas doradas en una cuarta parte, habían muerto o agonizaban.
Tales rescatadores no auxiliaron a lord Bartimos Celtigar, cuya mansión murada estaba defendida tan solo por seis guardias y unos cuantos criados armados apresuradamente. Cuando los revoltosos treparon en manada por la muralla, los dubitativos defensores depusieron las armas y huyeron, o engrosaron las filas de los atacantes. Arthor Celtigar, un mozo de quince años, se defendió brevemente en una puerta, espada en mano, y contuvo a la turba vociferante mientras pudo, hasta que una criada traicionera dejó entrar a los amotinados por una puerta trasera. El valiente joven murió al atravesarle la espalda una lanza. El propio lord Bartimos se abrió paso a espadazos hasta los establos, donde vio que los caballos que no habían robado estaban muertos. Tras prender al despreciado consejero de la moneda de la reina, lo ataron a un poste y lo torturaron hasta que reveló el escondrijo de sus riquezas. Luego, un curtidor llamado Wat anunció que no había satisfecho su «impuesto sobre la verga» y debía entregar su hombría a la Corona como multa.
El clamor de la revuelta procedente de la plaza de los Zapateros se oía desde todos los barrios. El Pastor se nutrió aún más de la ofuscación reinante e invocó la ira divina para que cayese sobre «esta reina antinatura que se sienta sangrante en el Trono de Hierro, con los labios de ramera relucientes y rojos por la sangre de su dulce hermana». Cuando una septa de la turba le suplicó a gritos que salvara la ciudad, el Pastor dijo: «Tan solo la merced de la Madre puede salvaros, pero la expulsasteis de esta urbe con vuestro orgullo, lujuria y avaricia. Ahora es el Desconocido quien viene. Llega montado en un caballo oscuro de ojos ardientes, con un flagelo de fuego en la mano para purificar esta sentina de pecado, liberándola de los demonios y de quienes se prosternan ante ellos. ¡Escuchad! ¿Oís ya el sonido de los cascos abrasadores? ¡Llega! ¡¡¡Llega!!!».
La multitud hizo suyo el grito y coreó: «¡Llega!, ¡¡¡llega!!!» mientras un millar de antorchas inundaba la plaza de humeante luz amarilla. Pronto se apagó el griterío, y a través de la noche creció el sonido de cascos herrados contra los adoquines. «No un Desconocido, sino quinientos», dice Champiñón en su Testimonio.
La Guardia de la Ciudad irrumpía con brío: quinientos hombres dotados de cota de malla negra, casco de acero y larga capa dorada, armados con espadas cortas, lanzas y garrotes erizados de púas, formaron en el lado sur de la plaza tras un muro de escudos y lanzas. A su cabeza montaba ser Luthor Largent en un caballo acorazado, espada larga en mano. Su simple visión bastó para que centenares de desembarqueños saliesen corriendo por costanillas, pasajes y callejones. Cientos más huyeron cuando ser Luthor dio la orden de avanzar a sus capas doradas.
Diez mil se quedaron, no obstante. Era tal la aglomeración, que muchos que con sumo gusto habrían escapado se hallaban incapaces de moverse y sufrían empujones, apreturas y empellones. Otros se abalanzaron con las armas prestas y se pusieron a gritar y maldecir, mientras las lanzas avanzaban al lento toque de un tambor. «Apartad, malditos necios —rugía ser Luthor a los corderos del Pastor—. Marchaos. No se os hará ningún daño. Marchaos. Tan solo queremos al Pastor».
Hay quien dice que el primer muerto fue un panadero, que gruñó de sorpresa cuando una punta de lanza le atravesó las carnes y se vio el mandil teñido de rojo. Otros afirman que fue una niñita arrollada por el caballo de guerra de ser Luthor. Una piedra partió volando de la turba y alcanzó a un lancero en una ceja. Se oyeron chillidos e imprecaciones; llovieron palos, piedras y bacines desde los tejados; un arquero, en el otro extremo de la plaza, empezó a lanzar flechas. Arrojaron una antorcha a un guardia, y su capa dorada tardó poco en arder.
Al otro lado de la plaza de los Zapateros, el Pastor estaba rodeado de acólitos. «Detenedlo —gritó ser Luthor—. ¡Prendedlo! ¡Detenedlo!». Espoleó a su montura y se abrió paso a través de la muchedumbre, y sus capas doradas lo siguieron dejando a un lado las lanzas para desenvainar espadas y porras. Los seguidores del Pastor gritaban, caían y corrían. Otros blandían armas propias: dagas, puñales, mazos, garrotes, lanzas rotas y espadas oxidadas.
Los capas doradas eran un cuerpo de hombres grandes, jóvenes, fuertes y disciplinados, con buenas armas y armaduras. Durante cincuenta varas o más, su muro de escudos contuvo a la turba y abrió un sangriento camino por la multitud, dejando muertos y moribundos alrededor. Pero no eran sino quinientos, y diez mil almas se habían congregado para escuchar al Pastor. Cayó un guardia; luego, otro. De pronto, el populacho se colaba por los huecos de su línea. Maldiciendo a gritos, los corderos del Pastor atacaron con cuchillos, piedras e incluso dientes; rodearon a la Guardia de la Ciudad por todos los flancos; la atacaron por la retaguardia y le lanzaron tejas desde tejados y balcones.
La batalla convertida en motín se convirtió en matanza. Rodeados por todas partes, los capas doradas se vieron asediados y barridos, sin espacio para maniobrar con las armas. Muchos perdieron la vida por su propia espada. Otros murieron desgarrados, pateados, pisoteados y descuartizados con azadones y hachetas de carnicero. Ni el temible ser Luthor logró escapar de la masacre; le arrancaron la espada, lo desarzonaron, lo apuñalaron en el abdomen y lo mataron a golpes de adoquín. Tenía el yelmo y la cabeza tan aplastados que tan solo lo reconocieron por la talla de su cuerpo cuando, al día siguiente, llegaron los carros para recoger los cadáveres.
Durante la larga noche, nos cuenta el septón Eustace, el Pastor dominó media ciudad, mientras que extraños señores y reyes de la revuelta tomaron el resto. Centenares de hombres se reunieron en torno a Wat el Curtidor, que recorría las calles a lomos de un caballo blanco enarbolando la cabeza segada y los ensangrentados genitales de lord Celtigar, al tiempo que declaraba el final de todos los impuestos. En un burdel de la calle de la Seda, las meretrices coronaron a su propio rey, un niño muy rubio de cuatro años llamado Gaemon, al parecer bastardo del desaparecido rey Aegon, el segundo de su nombre. Para no ser menos, un caballero andante llamado ser Perkin la Pulga coronó a su escudero, Trystane, un mozo de dieciséis años, y lo declaró hijo natural del difunto rey Viserys. Todo caballero puede armar caballeros, y cuando ser Perkin se puso a nombrar a todos los mercenarios, ladrones y aprendices de carnicero que se congregaran bajo la andrajosa bandera de Trystane, hombres y mozos aparecieron por centenares a fin de consagrarse a su causa.
Al alba ardían fuegos por toda la ciudad; la plaza de los Zapateros estaba alfombrada de cadáveres, y bandas de forajidos inundaban el Lecho de Pulgas allanando casas y tiendas, y poniendo sus rudas manos sobre toda persona honrada que se topasen. Los capas doradas supervivientes se habían retirado a su cuartel, mientras los Caballeros del Arroyo, los reyes titiriteros y los profetas locos gobernaban las calles. Como las cucarachas a las que se asemejaban, los peores huyeron con las primeras luces y se retiraron a escondrijos y bodegas para dormir la mona, gozar de su botín y lavarse la sangre de las manos. Los capas doradas de la Puerta Vieja y la Puerta del Dragón realizaron una incursión por orden de sus capitanes, ser Balon Byrch y ser Garth el Leporino, y a mediodía habían logrado restablecer cierta apariencia de orden en las calles del norte y el este de la Colina de Rhaenys. Ser Medrick Manderly, al mando de un centenar de hombres de Puerto Blanco, hizo lo propio en la zona noreste de la Colina Alta de Aegon hasta la Puerta de Hierro.
El resto de Desembarco del Rey estaba sumido en el caos. Cuando ser Torrhen Manderly condujo a sus norteños por el Garfio, encontraron la plaza del Pescado y el callejón del Río plagados de los Caballeros del Arroyo de ser Perkin. En la Puerta del Río, la maltratada bandera del «rey» Trystane ondeaba sobre las almenas, mientras los cadáveres del capitán y tres de sus sargentos colgaban de la torre. El resto del destacamento de «pisamierdas» se había pasado al bando de ser Perkin. Ser Torrhen perdió a la cuarta parte de sus hombres tratando de regresar a la Fortaleza Roja por las bravas, pero salió con bien comparado con ser Lorent Marbrand, que se adentró con un centenar de caballeros y soldados en el Lecho de Pulgas. Regresaron dieciséis. Ser Lorent, lord comandante de la Guardia Real, no se contaba entre ellos.
Para el ocaso, Rhaenyra Targaryen se encontraba asediada por todos los flancos, con su reino en ruinas. «La reina sollozó cuando la informaron de la muerte de ser Lorent —atestigua Champiñón—, pero se enrabietó cuando supo que Poza de la Doncella se había pasado al enemigo, que la joven Ortiga había escapado y que su bienamado consorte la había traicionado, y tembló cuando lady Mysaria la advirtió de la inminente oscuridad, ya que esa noche podía ser peor que la anterior si cabía. Al amanecer, un centenar de hombres la atendían en el salón del trono, pero uno por uno se habían escabullido o licenciado, hasta que tan solo sus hijos y yo quedamos con ella. “Mi fiel Champiñón —me dijo su alteza—, ojalá todos esos hombres fueran tan fieles como tú. Debería nombrarte mi Mano”. Cuando repliqué que prefería ser su consorte, se rio. Ningún sonido fue jamás tan dulce. Me alegró oírla reír».
Nada dice el Relato verídico de Munkun de la risa de la reina; tan solo que pasaba de la ira a la desesperación y viceversa, y se aferraba tan fuertemente al Trono de Hierro que cuando se puso el sol le sangraban ambas manos. Entregó el mando de los capas doradas a ser Balon Byrch, capitán de la Puerta de Hierro; envió cuervos a Invernalia y al Nido de Águilas impetrando más ayuda; ordenó que se redactase un decreto de muerte, proscripción y confiscación contra los Mooton de Poza de la Doncella, y nombró al joven ser Glendon Goode lord comandante de la Guardia Real. (Aunque tan solo contaba veinte años y era miembro de los espadas blancas desde hacía menos de un giro de luna, Goode se había distinguido durante la refriega del Lecho de Pulgas ese mismo día. Fue quien recuperó el cadáver de ser Lorent para evitar que lo profanasen los amotinados).
Aunque el bufón Champiñón no figura en la crónica del septón Eustace del Último Día, ni en el Relato verídico de Munkun, sí que hablan uno y otro de los hijos de la reina. Aegon el Menor siempre estaba a la vera de su madre, si bien raramente decía una palabra. El príncipe Joffrey, de trece años, se revistió con la armadura de escudero y le suplicó que le permitiese ir a Pozo Dragón y montar a Tyraxes. «Quiero luchar por ti, madre, tal como hicieron mis hermanos. Déjame demostrar que soy tan valiente como ellos». No obstante, sus palabras no hicieron sino incrementar la resolución de Rhaenyra. «Valientes eran y muertos están ambos. Mis queridos vástagos». Una vez más, su alteza prohibió al príncipe abandonar el castillo.
Al ponerse el sol, lo peor de Desembarco del Rey emergió de nuevo de cloacas, madrigueras y cuevas hasta alcanzar cifras si cabe mayores que la noche anterior.
En la Colina de Visenya, una hueste de putas regalaba sus favores a cualquier hombre dispuesto a jurar su espada a Gaemon Peloclaro (vulgo, «el Rey Conejito»). En la Puerta del Río, ser Perkin agasajaba a sus Caballeros del Arroyo con comida robada y los conducía por la orilla del río saqueando muelles, almacenes y cualquier nave que no hubiera podido hacerse a la mar, mientras que Wat el Curtidor dirigía a su turba de rufianes aullantes contra la Puerta de los Dioses. Aunque Desembarco del Rey contaba con fortísimas murallas y recias torres, estaban ideadas para repeler ataques procedentes del exterior, no de intramuros. La guarnición de la Puerta de los Dioses era especialmente débil, ya que su capitán y un tercio de sus hombres habían muerto con ser Luthor Largent en la plaza de los Zapateros. Los que quedaban, muchos heridos, resultaron vencidos fácilmente. Los partidarios de Wat salieron en tromba al campo y tomaron el camino Real tras la cabeza putrescente de lord Celtigar, aunque ni siquiera Wat parecía saber a ciencia cierta adónde se dirigían.
Antes de que transcurriese una hora, la Puerta del Rey y la Puerta del León también estaban abiertas de par en par. Los capas doradas de la primera habían huido, mientras que los «leones» de la segunda se habían sumado a los revoltosos. Tres de las siete puertas de Desembarco del Rey quedaban abiertas para los adversarios de Rhaenyra.
Sin embargo, la más grave amenaza para el gobierno de la soberana resultó estar dentro la ciudad. Al caer la noche, el Pastor había vuelto a presentarse para continuar con su prédica en la plaza de los Zapateros. Los cadáveres del combate de la noche anterior ya los habían despejado durante el día, nos dicen, pero no antes de que les saquearan la ropa, los dineros y otros objetos de valor, y en algún caso, hasta la cabeza. Mientras el profeta manco gritaba sus maldiciones contra «la vil reina», en la Fortaleza Roja, un centenar de cabezas cortadas lo miraban desde las puntas de altas lanzas y estacas afiladas. La turba, dice el septón Eustace, era el doble de numerosa y el triple de temible que la noche previa. Como la reina a la que tanto despreciaban, los «corderos» del Pastor miraban al cielo con terror, temiendo que los dragones del rey Aegon llegaran antes de que cayera la noche con un ejército a sus espaldas. No creyendo ya que la reina pudiera protegerlos, recurrían a su Pastor en busca de salvación.
Pero el profeta respondió: «Cuando lleguen los dragones, vuestras carnes arderán, se abrasarán y se transformarán en cenizas. Vuestras esposas bailarán con vestidos de fuego, gritando mientras arden, lúbricas y en cueros bajo las llamas. Y veréis llorar a vuestros hijos, hasta que los ojos se les fundan como gelatina y les chorreen por el rostro, hasta que su carne rosada se despegue de los huesos. El Desconocido viene, ya llega, ya llega, para purgar nuestras transgresiones. La oración no puede detener tal ira; no más que las lágrimas pueden sofocar las llamaradas de los dragones. Tan solo puede la sangre. Vuestra sangre, mi sangre, aun la de los dragones». Luego elevó el brazo derecho y señaló con el muñón de la mano perdida la Colina de Rhaenys, que le quedaba detrás, la negra silueta de Pozo Dragón recortada contra las estrellas. «Allí moran los demonios, allá arriba. Fuego y sangre, sangre y fuego. Esta es su ciudad. Si queréis hacerla vuestra, primero debéis destruirlo. Si queréis purificaros de vuestros pecados, primero debéis bañaros con sangre de dragón. Porque tan solo la sangre puede domeñar los fuegos del averno».
De diez millares de gargantas surgió un grito: «¡Matadlos! ¡Matadlos!». Y como una gran bestia de diez mil pares de patas, los corderos empezaron a avanzar empujándose, sacudiendo las antorchas, blandiendo espadas, puñales y otras armas más toscas, caminando y corriendo por calles y callejones hacia Pozo Dragón. Algunos se lo pensaron mejor y se refugiaron en su casa, pero por cada hombre que se quedaba, aparecían tres más para unirse a los matadragones. Cuando llegaron a la Colina de Rhaenys, su cifra se había duplicado.
En la cima de la Colina Alta de Aegon, al otro lado de la urbe, Champiñón contemplaba el despliegue del ataque desde lo alto del Torreón de Maegor con la reina, sus hijos y unos cuantos cortesanos. La noche era negra y nublada; las antorchas, tan numerosas que «era como si las estrellas se hubieran desplomado del cielo para concentrarse en Pozo Dragón», dice el bufón.
En cuanto se supo que el salvaje rebaño del Pastor emprendía la marcha, Rhaenyra envió jinetes a ser Balon, de la Puerta Vieja, y ser Garth, de la Puerta del Dragón, para ordenarles que dispersaran a los corderos, prendiesen al Pastor y defendiesen los dragones regios; pero con tal caos en la ciudad, distaba mucho de ser seguro que los jinetes hubieran logrado llegar, y aunque así hubiera sido, los capas doradas leales que quedaban eran demasiado escasos para tener garantías de éxito. «Su alteza lo mismo podría haber ordenado detener el flujo del Aguasnegras», dice Champiñón. Cuando el príncipe Joffrey suplicó a su madre que le permitiera salir con sus caballeros y los de Puerto Blanco, la soberana rehusó:
—Si toman esa colina, esta será la siguiente —dijo—. Necesitaremos hasta la última espada para defender el castillo.
—¡Pero van a matar a los dragones! —dijo el príncipe Joffrey, angustiado.
—O los dragones los matarán a ellos —respondió su madre sin conmoverse—. Que ardan. El reino no los echará de menos.
—Madre, ¿y si matan hasta a Tyraxes? —dijo Joffrey; pero la reina no lo creía.
—Son sabandijas. Borrachos, necios y ratas de cloaca. En cuanto prueben el fuegodragón, huirán.
A todo esto, el bufón Champiñón tomó la palabra:
—Serán borrachos, pero un borracho no conoce el miedo. Necios, sí, pero un necio puede matar a un rey. Ratas, también, pero un millar de ratas puede acabar con un oso. Lo vi una vez, allá en el Lecho de Pulgas. —Esta vez, la reina Rhaenyra no rio.
Tras ordenar a su bufón que contuviese la lengua so pena de perderla, su alteza se volvió hacia los parapetos. Tan solo Champiñón vio al príncipe Joffrey, que farfullaba enfurruñado (si su Testimonio es digno de crédito)…, y a Champiñón le habían ordenado contener la lengua.
Hasta que los vigilantes de la azotea oyeron rugir a Syrax, no se reparó en la ausencia del príncipe. Ya era tarde.
—No —se oyó decir a la reina—. Lo prohíbo, lo prohíbo expresamente. —Pero mientras lo decía, su dragona despegaba del patio de armas, se posaba un breve instante en las almenas del castillo y se lanzaba hacia la noche con su hijo, espada en ristre, al lomo—. ¡Tras él! —gritó Rhaenyra—. Todos, hasta el último hombre y mozo, a caballo, a caballo ya, id tras él. Traédmelo, traédmelo, no sabe lo que se hace. Mi hijo, mi querido hijo…
Siete hombres descendieron a caballo de la Fortaleza Roja aquella noche y se adentraron en la delirante ciudad. Munkun nos dice que eran hombres honorables que habían jurado obedecer las órdenes de su reina; el septón Eustace prefiere hacernos creer que su corazón se encontraba conmovido por el amor de una madre hacia su hijo. Champiñón los tacha de bobalicones, viles cobardes ávidos de alguna generosa recompensa y «demasiado atontolinados para comprender que podían morir». Por una vez, puede que nuestros tres cronistas estén en lo cierto, al menos en parte.
Nuestro septón, nuestro maestre y nuestro bufón coinciden en los nombres: los Siete que Cabalgaron eran ser Medrick Manderly, heredero de Puerto Blanco; ser Loreth Lansdale y ser Harrold Darke, caballeros de la Guardia Real; ser Harmon del Cañaveral, llamado el Herrero; ser Gyles Yronwood, un caballero exiliado de Dorne; ser Willam Royce, armado con la afamada espada valyria Lamento, y ser Glendon Goode, lord comandante de la Guardia Real. Seis escuderos, ocho capas doradas y veinte hombres de armas acompañaron asimismo a los siete adalides, aunque sus nombres, ay, no han llegado a nuestros días.
Muchos juglares han trovado sobre la Cabalgada de los Siete, y muchas historias se han narrado sobre los peligros que arrostraron al abrirse camino a brazo partido por Desembarco del Rey mientras ardía en derredor y discurrían ríos de sangre por los callejones del Lecho de Pulgas. Ciertas trovas contienen alguna verdad, pero dar cuenta de ellas sobrepasa nuestro propósito. Se canta también el último vuelo del príncipe Joffrey. Hay trovadores que hallan gloria aun en una letrina, nos dice Champiñón, pero hace falta un bufón para decir la verdad. Aunque no cabe duda del coraje del príncipe, su acto fue una locura.
No vamos a preciarnos de conocer el vínculo que une a un dragón con su jinete, puesto que mentes más preclaras han reflexionado sobre este misterio durante centurias. Sí sabemos, no obstante, que los dragones no son caballos a los que pueda montar cualquiera que se encarame a su lomo. Syrax era la dragona de la reina y no había tenido otro jinete. Aunque el príncipe Joffrey le resultaba conocido por la vista y el olor, y era una presencia que no le causaba alarma alguna cuando hurgaba entre sus cadenas, la gran dragona amarilla no deseaba que la montase. En su ansia por marcharse antes de que lo pudieran detener, el príncipe había montado a Syrax sin silla ni fusta. Su intención, debemos suponer, era entrar en liza a lomos de Syrax, o más probablemente, cruzar la ciudad hasta Pozo Dragón y llegar a Tyraxes. Tal vez pretendiese también liberar a los demás dragones.
Joffrey jamás llegó a la Colina de Rhaenys. En cuanto remontó el vuelo, Syrax se retorció debajo de él y luchó por desembarazarse de su desusado jinete; desde abajo, piedras, lanzas y flechas volaban hacia él de manos de los sanguinarios corderos del Pastor, lo cual enfurecía más si cabe a la dragona. A un centenar de varas sobre el Lecho de Pulgas, el príncipe Joffrey resbaló de su lomo y cayó a tierra.
Junto a un cruce donde se unían cinco callejas, la caída del príncipe alcanzó su sangriento fin. Se estrelló primero contra un tejado muy empinado y luego rodó por él, hasta desmoronarse otras treinta varas con un aluvión de tejas rotas. Nos dicen que se fracturó la espalda, que lajas de teja llovieron sobre él como cuchillos, que se le escapó la espada de la mano y le atravesó el vientre. En el Lecho de Pulgas, los hombres hablan aún de la hija de un cerero, llamada Robin, que acunó al maltrecho príncipe entre los brazos y lo consoló mientras moría, pero hay más de leyenda que de historia en tal narración. «Madre, perdóname», dijo, al parecer, Joffrey con su último aliento; aunque aún se debate si se refería a su madre, la soberana, o rezaba a la Madre Divina.
Así pereció Joffrey Velaryon, príncipe de Rocadragón y heredero del Trono de Hierro, el último hijo de la reina Rhaenyra y Laenor Velaryon… o el último bastardo de ser Harwin Strong, según qué verdad decida creer cada uno.

La turba no tardó en caer sobre su cadáver. A Robin, la hija del cerero, si es que existió, la espantaron. Los saqueadores arrancaron las botas de los pies del príncipe y la espada de su tripa, y lo despojaron de sus finas y ensangrentadas ropas. Otros, si cabe más salvajes, empezaron a desmembrarlo. La escoria callejera le cortó ambas manos para hacerse con las sortijas. Le rebanaron el pie derecho por el tobillo, y un aprendiz de carnicero estaba cortándole el cuello para quedarse con la cabeza cuando los Siete que Cabalgaron llegaron en tropel. Allí, entre los hedores del Lecho de Pulgas, se libró una batalla sobre el fango y la sangre por la posesión del cadáver del príncipe Joffrey.
Los caballeros de la reina, al final, lograron hacerse con los restos, excepción hecha del pie perdido, si bien tres de los siete cayeron en el combate: el dorniense ser Gyles Yronwood fue descabalgado y muerto a porrazos, mientras que a ser Willam Royce lo derribó un hombre que saltó de un tejado para caerle sobre la espalda (su afamada arma, Lamento, se la arrancaron de la mano y se la llevaron; no se ha vuelto a saber de ella). Más gravoso fue el sino de ser Glendon Goode, atacado por la espalda por un hombre que portaba una antorcha y prendió su larga y alba capa. Cuando las llamas le lamieron la espada, su caballo retrocedió aterrado y lo derribó, así que la multitud se arremolinó sobre él y lo despedazó. A sus tan solo veinte años, ser Glendon había sido lord comandante de la Guardia Real durante menos de un día.
Mientras la sangre corría por los callejones del Lecho de Pulgas, otra batalla se desarrollaba en torno a Pozo Dragón, en la Colina de Rhaenys.
Champiñón no andaba errado: un enjambre de ratas hambrientas puede acabar con toros, osos y leones, siempre que haya bastantes. Por muchas que logre matar el toro o el oso, siempre hay más que muerden las grandes patas de la bestia, le trepan al vientre, le corretean por el lomo. Así fue aquella noche. Las ratas del Pastor iban armadas con lanzas, hachas largas, porras con púas y medio centenar de armas de todo tipo, entre ellas, arcos largos y ballestas.
Los capas doradas de la Puerta del Dragón, obedeciendo la orden de la soberana, salieron de su cuartel para defender la colina, si bien se vieron incapaces de atravesar la turba y recularon, mientras que el mensajero enviado a la Puerta Vieja ni logró llegar. Pozo Dragón contaba con su propio contingente, los Guardianes de los Dragones, pero esos bizarros guerreros sumaban tan solo setenta y siete, y menos de cincuenta estaban de guardia esa noche. Aunque sus espadas bebieron gran cantidad de sangre de sus agresores, las cifras obraban en su contra. Cuando los corderos del Pastor echaron abajo las puertas (los imponentes portones principales, recubiertos de bronce y hierro, eran demasiado fuertes para asaltarlos, pero el edificio tenía bastantes portillos) y entraron por los ventanales, los Guardianes de los Dragones se vieron sobrepasados y pronto acabaron masacrados.
Tal vez confiaran los atacantes en acabar con los dragones mientras aún dormían, pero el alboroto del asalto lo imposibilitó. Quienes vivieron para contarlo hablan de gritos y berridos, del olor de la sangre en el aire, de puertas de roble y hierro astilladas por rudimentarios arietes y los golpes de incontables hachas. «Pocas veces tantos hombres han puesto tanto ahínco en meterse por su propio pie en la pira funeraria —escribió el gran maestre Munkun—, pero la locura se había apoderado de ellos». Había cuatro dragones alojados en Pozo Dragón. Cuando los primeros asaltantes llegaron a la arena, los cuatro estaban despiertos, en pie y furiosos.
Las crónicas no coinciden sobre la cantidad de hombres y mujeres muertos aquella noche bajo la gran cúpula de Pozo Dragón; pudieron ser doscientos o pudieron ser dos mil. Por cada uno que perecía, diez sufrían quemaduras y, sin embargo, sobrevivían. Atrapados en el pozo, rodeados de muros y una bóveda y atados por gruesas cadenas, los dragones no podían salir volando ni usar las alas para repeler los ataques o acometer a sus enemigos, por lo que lucharon con cuernos, garras y colmillos, volviéndose hacia uno y otro lado como toros en un reñidero de ratas del Lecho de Pulgas; pero estos toros exhalaban fuego. «Pozo Dragón se vio transformado en un encarnizado infierno, donde hombres en llamas daban tumbos gritando en el humo, mientras la carne se desprendía de sus huesos ennegrecidos —escribe el septón Eustace—, pero por cada hombre que caía, aparecían diez más gritando que los dragones debían morir. Y uno por uno, murieron».
Shrykos fue el primer dragón en sucumbir, a manos de un leñador conocido como Hobb el Talador, que trepó a su cuello y le hincó el hacha en el cráneo mientras la bestia rugía y se retorcía tratando de derribarlo. Siete golpes asestó Hobb con las piernas enroscadas en torno al cuello del dragón, y cada vez que caía el hacha, rugía el nombre de uno de los Siete. Fue el séptimo golpe, el del Desconocido, el que mató al dragón al atravesar escamas y huesos hasta penetrar los sesos…, si es que hemos de creer a Eustace.
A Morghul, está escrito, le dio muerte el Caballero Ardiente, un energúmeno de recia armadura que se lanzó de cabeza a la llamarada del dragón, lanza en mano, y le clavó la punta en un ojo repetidas veces, aun mientras las llamas le derretían la armadura de acero y devoraban la carne de su interior.
Tyraxes, el dragón del príncipe Joffrey, se retiró a su guarida, nos narran, abrasando a tantos aspirantes a matadragones mientras lo acometían, que su entrada quedó pronto taponada por los cadáveres. Pero debe recordarse que todas las cuevas artificiales tenían dos entradas, una frente a las arenas del pozo y la otra abierta a la ladera. Fue el mismísimo Pastor quien ordenó a sus partidarios entrar por la «puerta trasera», y allá fueron cientos, aullando y rodeados de humo, con espadas, lanzas y hachas. Al volverse Tyraxes, las cadenas lo retuvieron y lo envolvieron en una red de acero que limitaba fatalmente sus movimientos. Media docena de hombres (y una mujer) afirmarían después haberle asestado el golpe de gracia. (Como su amo, Tyraxes sufrió aún más indignidades tras morir, ya que los seguidores del Pastor le rajaron las membranas de las alas y desgarraron tiras para hacerse capas de piel de dragón).
La última de los cuatro dragones del pozo no murió tan fácilmente. Cuenta la leyenda que Fuegoensueño se había liberado de dos de sus cadenas a la muerte de la reina Helaena y, cuando la acometió la turba, rompió las que le quedaban al arrancar los soportes de los muros; luego se lanzó contra el gentío con uñas y dientes, destrozando hombres y desmembrándolos a cada exhalación de sus terribles llamaradas. Mientras otros la cercaban, alzó el vuelo, circundó el cavernoso interior de Pozo Dragón y se lanzó al ataque de los hombres que tenía debajo. Tyraxes, Shrykos y Morghul mataron a decenas, de eso cabe poca duda, pero Fuegoensueño acabó con más que los otros tres juntos.
Centenares de atacantes huyeron aterrorizados de sus llamas; pero más centenares, ebrios o locos, o poseídos por el valor del mismísimo Guerrero, prosiguieron. Incluso en la clave de la bóveda, el dragón quedaba aún al alcance de los arqueros y ballesteros, de modo que dardos y flechas de punta cuadrada volaban hacia Fuegoensueño doquiera que fuese, desde tan cerca que algunos le atravesaban las escamas. Cuando aterrizaba, los hombres acudían en masa, la acometían y la hacían volver a despegar. Por dos veces voló la dragona a las grandes puertas broncíneas de Pozo Dragón, pero las hallaba cerradas, atrancadas y defendidas por filas enteras de lanzas.
Incapaz de huir, Fuegoensueño retomó el ataque y se cebó en sus atormentadores hasta que las arenas del pozo quedaron sembradas de cadáveres calcinados y el aire estaba denso por el humo y el olor a carne quemada; pero aun así volaban las lanzas y las flechas. El final llegó cuando una saeta le penetró un ojo. Medio ciega y enloquecida por una decena de heridas menos graves, desplegó las alas y voló hacia la gran cúpula en un último y desesperado intento de irrumpir a cielo abierto. Ya debilitada por las llamaradas, la bóveda se rajó por el impacto; a continuación, la mitad se desplomó y aplastó tanto a la dragona como a los matadragones bajo montañas de piedra y escombros.
El Asalto a Pozo Dragón se había consumado. Cuatro dragones de los Targaryen habían muerto, aunque a un precio inmenso. Sin embargo, el Pastor no cantaba aún victoria, ya que la dragona de la reina seguía viva y libre; y cuando los supervivientes quemados y ensangrentados de la carnicería salieron dando traspiés de las ruinas humeantes, Syrax descendió de los cielos sobre ellos.
Champiñón se encontraba entre quienes observaban con la reina Rhaenyra desde lo alto del Torreón de Maegor. «Un millar de gritos y aullidos resonó por toda la urbe, mezclados con el rugido del dragón —nos narra—. En la cima de la Colina de Rhaenys, Pozo Dragón lucía una corona de fuego amarillo, ardiendo con tal fulgor que parecía que se alzaba el sol. Hasta la reina temblaba al contemplarlo, con las lágrimas corriéndole por las mejillas. Jamás he presenciado una visión más terrible, más gloriosa».
Muchos de cuantos acompañaban a la reina en la azotea huyeron, según nos cuenta el enano, temiendo que los fuegos envolvieran pronto toda la ciudad, incluso la Fortaleza Roja, situada en la cima de la Colina Alta de Aegon. Otros acudieron al septo del castillo para impetrar su salvación. La propia Rhaenyra abrazó a su último hijo vivo, Aegon el Menor, y lo apretó fieramente contra su seno. No aflojaría el abrazo… hasta el aciago momento en que cayó Syrax.
Desencadenada y sin jinete, Syrax muy bien podría haber huido volando de la locura. El cielo era suyo. Podría haber abandonado la ciudad y regresado a la Fortaleza Roja; podría haber volado a Rocadragón. ¿Fueron el ruido y el fuego lo que la atrajeron a la Colina de Rhaenys?, ¿los rugidos y gritos de los dragones moribundos?, ¿el olor de la carne quemada? No podemos saberlo, como no podemos saber por qué decidió descender sobre la turba del Pastor y atacarla con uñas y dientes, devorando a docenas cuando también podría haber exhalado fuego desde el aire, ya que, en el cielo, ningún hombre podría haberle hecho daño. Tan solo podemos dar fe de lo ocurrido, tal como nos lo contaron Champiñón, el septón Eustace y el gran maestre Munkun.
Se narran muchas historias contradictorias sobre la muerte de la dragona de la reina. Munkun se la atribuye a Hobb el Talador y a su hacha, si bien esto, casi con seguridad, es erróneo. ¿De verdad pudo el mismo hombre matar a dos dragones en una sola noche y de la misma manera? Hay quienes hablan de un lancero anónimo, «un gigante sanguinolento» que saltó de la cúpula quebrada al lomo del dragón. Otros relatan que un caballero llamado ser Warrick Wheaton segó un ala a Syrax con una espada de acero valyrio (Lamento, seguramente). Un ballestero llamado Habichuela se adjudicaría la muerte más adelante y alardearía de ello en muchos bebederos y tabernas, hasta que un lealista de la reina se hartó de tan suelta lengua y se la rebanó.
Es posible que todos estos meritorios hombres (salvo Hobb) desempeñaran un papel u otro en la caída del dragón; pero el relato más frecuente en Desembarco del Rey nos presenta al propio Pastor como el matadragones. Mientras los demás huían, narra la historia, el profeta manco resistió sin miedo y solo contra la bestia enfurecida e invocó el socorro de los Siete, hasta que el Guerrero, nada menos, cobró una forma de veinte varas de altura. En la mano portaba una espada negra de humo que se tornó acero al blandirla y separó la cabeza de Syrax de su cuerpo. Así se relató; incluso se hace eco el septón Eustace en su relación de tan aciagos días, y así lo cantan los trovadores muchos años después.
La pérdida de su dragón y su hijo dejaron a Rhaenyra Targaryen descompuesta e inconsolable, nos cuenta Champiñón. Asistida tan solo por el bufón, se retiró a su cámara mientras sus consejeros conferenciaban. Desembarco del Rey estaba perdida, en ello todos coincidían; debían abandonar la ciudad. Con reticencia, su alteza se dejó persuadir para partir al alba. Dado que la Puerta del Lodazal estaba en manos del enemigo y que todas las naves de la orilla estaba quemadas o zozobradas, Rhaenyra y un pequeño grupo de seguidores salieron a hurtadillas por la Puerta del Dragón con intención de remontar la costa hasta el Valle Oscuro. Con ella marchaban los hermanos Manderly, cuatro supervivientes de la Guardia Real, ser Balon Byrch con veinte capas doradas, cuatro damas de compañía de la soberana y su último hijo superviviente, Aegon el Menor.
Champiñón se quedó, así como otros cortesanos; entre ellos, lady Miseria y el septón Eustace. Ser Garth el Leporino, capitán de los capas doradas de la Puerta del Dragón, recibió el encargo de defender el alcázar, una tarea para la cual demostró tener poco apetito. Su alteza no llevaba fuera ni medio día cuando ser Perkin la Pulga y sus Caballeros del Arroyo aparecieron frente a las puertas y exigieron la rendición del castillo. Aunque se encontraba en una inferioridad numérica de diez a uno, la guarnición de la reina podría haber resistido, pero ser Garth decidió que resultaba más conveniente arriar los pendones de Rhaenyra, abrir las puertas y confiar en la misericordia del enemigo.
La Pulga no demostró la esperada misericordia. Garth el Leporino fue arrastrado ante él y decapitado, así como otros veinte caballeros aún leales a la reina, como ser Harmon del Cañaveral, apodado el Herrero, uno de los Siete que Cabalgaron. Ni siquiera se libró la consejera de los rumores, lady Mysaria de Lys, en atención a su sexo. La atraparon cuando intentaba huir y la flagelaron desnuda por toda la ciudad, desde la Fortaleza Roja hasta la Puerta de los Dioses. Si aún vivía cuando alcanzaran la puerta, prometió ser Perkin, se la perdonaría y podría marcharse. Tan solo recorrió la mitad de la distancia; cuando murió sobre los adoquines, apenas conservaba un palmo de su blanca y fina piel en la espalda.
El septón Eustace temía por su vida. «Tan solo la clemencia de la Madre me salvó», escribe, si bien parece más probable que ser Perkin no desease enemistarse con la Fe. La Pulga también liberó a todos los presos hallados en las mazmorras de los sótanos del castillo; entre ellos, el gran maestre Orwyle y a lord Corlys Velaryon, la Serpiente Marina. Ambos andaban cerca al día siguiente y fueron testigos de como Trystane, el larguirucho escudero de ser Perkin, ascendía al Trono de Hierro. También estaba la reina viuda Alicent de la casa Hightower. En las celdas negras, los hombres de ser Perkin encontraron a ser Tyland Lannister, el antiguo consejero de la moneda del rey Aegon, aún con vida; si bien los sayones de Rhaenyra lo habían cegado, le habían arrancado las uñas de manos y pies, le habían segado las orejas y lo habían librado del peso de su hombría.
A Larys Strong el Patizambo, señor de Harrenhal y consejero de los rumores del rey Aegon, le fue mucho mejor. Reapareció ileso de dondequiera que estuviese oculto; a semejanza de un hombre que se levanta de la tumba, llegó recorriendo a grandes zancadas los salones de la Fortaleza Roja, como si nunca la hubiera abandonado, para recibir el afectuoso saludo de ser Perkin la Pulga y asumir un lugar de honor al lado del nuevo «rey».
La huida de la soberana no aportó paz a Desembarco del Rey. «Tres reyes hubo en la ciudad, cada uno en su propia colina, aunque para sus infortunados súbditos no hubo ley, justicia ni protección —dice el Relato verídico—. Ningún hogar estaba a salvo, ni la virtud de doncella alguna». Tal caos se prolongó durante más de un giro de luna.
Los maestres y otros eruditos que escriben sobre estos tiempos suelen fijarse en Munkun y hablar de la Luna de los Tres Reyes (otros estudiosos prefieren llamarla la Luna de la Demencia), pero es una denominación engañosa, ya que el Pastor jamás llegó a reivindicar la condición de rey y se hacía pasar por un simple hijo de los Siete. Sin embargo, es innegable que regía sobre decenas de millares de personas desde las ruinas de Pozo Dragón.
Las cabezas de los cinco dragones que sus seguidores habían abatido se habían clavado en postes, y todas las noches, el Pastor aparecía entre ellas para predicar. Muertos los dragones y alejada de momento la amenaza de la inmolación, el profeta volvió su ira contra los nobles y los pudientes. Tan solo los pobres y los humildes alcanzarían a ver los salones de los dioses, declaraba; señores, caballeros y ricos caerían en los pozos del averno por su soberbia y avaricia. «Despojaos de sedas y satenes y cubrid vuestra desnudez con bastas túnicas —decía a sus partidarios—. Deshaceos de vuestro calzado y caminad descalzos por el mundo, tal como os creó el Padre». Millares de hombres obedecieron, pero otros millares lo rechazaron; noche tras noche menguaban las multitudes que acudían a escuchar al profeta.
En el otro extremo de la calle de las Hermanas, en la cima de la Colina de Visenya, florecía el estrambótico reinado de Gaemon Peloclaro. La corte del bastardo real de cuatro años estaba compuesta por putas, titiriteros y ladrones, mientras bandas de rufianes, mercenarios y borrachos defendían su «reino». Un decreto tras otro dimanaba de la Casa de los Besos, donde el niño rey tenía su sede, cada uno más ultrajante que el anterior. Gaemon dictó que, a partir de entonces, las hijas serían iguales que los hijos en cuestiones de herencias; que los pobres recibirían pan y cerveza en tiempos de hambruna; que los hombres que hubieran perdido miembros en la guerra debían en lo sucesivo ser alimentados y albergados por el señor por el que lucharan al producirse la mutilación. Gaemon legisló también que los maridos que pegasen a sus mujeres debían recibir una paliza asimismo, independientemente de lo que hubieran hecho sus esposas para ser acreedoras del castigo. Tales edictos, casi con total certeza, eran obra de una ramera dorniense llamada Sylvenna Arena, al parecer célebre por ser la querindonga de Essie, la madre del pequeño rey, si es que debemos dar crédito a Champiñón.
También se dictaban regios decretos en la cima de la Colina Alta de Aegon, donde Trystane, el títere de Perkin, se sentaba en el férreo trono, si bien estos eran de una naturaleza muy diversa. El caballero rey empezó por revocar los impolíticos impuestos de la reina Rhaenyra y repartir el tesoro real entre sus seguidores. Continuó con una cancelación general de la deuda, ennobleció a una sesentena de sus Caballeros del Arroyo y cumplió la promesa del «rey» Gaemon de proporcionar pan y cerveza a los hambrientos y conceder a los pobres el derecho de cazar en el bosque Real conejos, liebres y ciervos (si bien no alces ni jabalíes). Entretanto, ser Perkin la Pulga reclutaba veintenas de capas doradas supervivientes para las filas de Trystane. Mediante sus espadas se hizo con el control de la Puerta del Dragón, la Real y la del León, domeñando así cuatro de las siete puertas de la ciudad y más de la mitad de las torres que jalonaban sus murallas.