Fuego y sangre

Fuego y sangre


La muerte de los dragones: Rhaenyra destronada

Página 35 de 47

En los primeros días siguientes a la huida de la monarca, el Pastor era, con mucho, el más poderoso de los tres «reyes», pero al ir pasando las noches, el número de sus partidarios continuaba menguando. «La plebe de la urbe despertó como de una pesadilla —escribió el septón Eustace— y, como pecadores que despiertan sobrios tras una noche de bacanal alcohólica, se alejaron avergonzados, ocultándose el rostro mutuamente con la esperanza de olvidar». Aunque los dragones habían muerto y la reina había escapado, tal era el poderío del Trono de Hierro que el común aún miraba a la Fortaleza Roja cuando tenía hambre o miedo. Así que mientras el poder del Pastor se desvanecía en la Colina de Rhaenys, el del rey Trystane Fuegoeterno (como había dado en llamarse) se acrecentaba en la cima de la Colina Alta de Aegon.

Muchos acontecimientos tenían lugar también en Ladera, y es allí adonde debemos volver la mirada a continuación. Cuando llegó noticia de las revueltas de Desembarco del Rey a las huestes del príncipe Daeron, muchos jóvenes señores se impacientaron por avanzar sobre la ciudad de inmediato. Los más destacados eran ser Jon Roxton, ser Roger Corne y lord Unwin Peake; pero ser Hobert Hightower aconsejó cautela, y los Dos Traidores se negaron a participar en una acometida a no ser que se satisficieran sus exigencias. Ulf el Blanco, como se recordará, deseaba que le otorgasen el gran castillo de Altojardín con todas sus heredades y rentas, mientras que Hugh Martillo pretendía nada más y nada menos que una corona para sí.

Tales conflictos alcanzaron el punto de ebullición cuando se supo tardíamente en Ladera de la muerte de Aemond Targaryen en Harrenhal. El rey Aegon II no había dado señales de vida desde que su hermana Rhaenyra heredara Desembarco del Rey, y había muchos que temían que la reina lo hubiera ejecutado en secreto y hubiera ocultado el cadáver para evitar que la condenasen por matasangre. Dado que su hermano Aemond había muerto, asesinado asimismo, los verdes se encontraron sin rey ni cabeza visible. El príncipe Daeron era el siguiente en la línea de sucesión. Lord Peake declaró que debía proclamarse príncipe de Rocadragón inmediatamente; otros, creyendo muerto a Aegon II, deseaban entronizarlo.

Los Dos Traidores sentían también la necesidad de contar con un rey…, pero Daeron Targaryen no era el soberano que deseaban. «Necesitamos un hombre fuerte que nos guíe, no un rapaz —declaró Hugh Martillo—. El trono debe ser mío». Cuando Jon Roxton el Osado exigió saber con qué derecho se postulaba como aspirante al trono, lord Martillo respondió: «Con el mismo derecho que el Conquistador: un dragón». Y, verdaderamente, con Vhagar muerta al fin, el más grande y añoso dragón de todo Poniente era Vermithor, en otros tiempos montura del Viejo Rey y ahora del bastardo Hugh el Duro. Vermithor triplicaba el tamaño de la dragona Tessarion del príncipe Daeron; ningún hombre que las hubiera visto juntas había podido dejar de reparar en que Vermithor era, con mucho, una bestia más temible.

Aunque la ambición de Martillo parecía inusitada en un hombre de tan modesta cuna, el bastardo poseía, indudablemente, algo de sangre Targaryen, y había demostrado ser fiero en batalla y desprendido para con sus partisanos, ya que hacía gala de esa clase de largueza que atrae a los hombres hacia los cabecillas como un cadáver atrae las moscas. Eran escoria, no cabe duda: mercenarios, caballeros rapiñadores y gentuza, hombres de sangre impura e incierto nacimiento que amaban la batalla como tal y vivían para el saqueo y el pillaje. Muchos habían oído la profecía según la cual el martillo aplastaría el dragón, y pensaron que significaba que el triunfo de Hugh el Duro estaba predestinado.

No obstante, los señores y caballeros de Antigua y del Dominio se ofendieron ante la arrogancia de la pretensión del Traidor, y ninguno más que el príncipe Daeron Targaryen, que se airó tantísimo que lanzó una copa de vino al rostro de Hugh el Duro. Mientras el Blanco se lamentaba del desperdicio de un gran caldo, Martillo dijo: «Los niños deben observar mejores modales cuando hablan los hombres. Creo que vuestro padre no os dio bastantes palizas; procurad que no compense yo tal carencia». Los Dos Traidores pidieron venia para marcharse juntos y emprendieron los planes para la coronación de Martillo. Cuando apareció al día siguiente, Hugh el Duro lucía una corona de hierro negro, para gran furia del príncipe Daeron y de sus legítimos señores y caballeros.

Uno de ellos, ser Roger Corne, tuvo la osadía de derribar la diadema de las sienes de Martillo. «La corona no hace al rey —dijo—. Deberíais llevar más bien una herradura en la cabeza, herrero». Resultó ser una temeridad; a lord Hugh no le hizo la menor gracia y, por orden suya, sus hombres derribaron a ser Roger y el bastardo del herrero le clavó no una, sino tres herraduras en el cráneo. Cuando los amigos de Corne trataron de intervenir, salieron a relucir los puñales y se desenvainaron las espadas; quedó un saldo de tres muertos y una decena de heridos.

Eso ya era más de lo que estaban dispuestos a soportar los señores leales al príncipe Daeron. Lord Unwin Peake y Hobert Hightower, si bien este último a regañadientes, convocaron a otros once señores y caballeros terratenientes en un concilio secreto, celebrado en la bodega de una posada de Ladera, a fin de debatir qué hacer para poner coto a la arrogancia de los plebeyos jinetes de dragones. Los conjurados coincidieron en que resultaría más sencillo deshacerse del Blanco, ya que era más habitual encontrarlo beodo que sobrio y jamás había demostrado estar muy ducho en el empleo de las armas. Hugh Martillo oponía un peligro mayor, ya que, desde tiempos recientes, iba rodeado día y noche de lameculos, vivanderas y mercenarios ansiosos por ganarse sus favores. «De poco nos serviría matar al Blanco y dejar vivo a Martillo», señaló lord Peake. Hugh el Duro debía morir antes. Larga y reñida fue la polémica en la hospedería que lucía el rótulo de Los Abrojos Sangrientos, donde los señores buscaban el modo de mejor cumplir su misión.

—Se puede matar a cualquier hombre —declaró ser Hobert Hightower—, pero ¿qué pasa con los dragones?

—Dados los tumultos de Desembarco del Rey —dijo ser Tyler Norcross—, solo con Tessarion nos bastaría para retomar el Trono de Hierro.

Lord Peake replicó que la victoria sería mucho más segura con Vermithor y Ala de Plata; Marq Ambrose sugirió que empezaran por tomar la ciudad y se ocuparan del Blanco y de Martillo tras asegurarse la victoria, pero Richard Rodden insistió en que tal proceder sería deshonroso:

—No podemos pedir a esos hombres que viertan su sangre con nosotros y luego matarlos.

—Matamos a los bastardos ya mismo —dijo Jon Roxton el Osado, y así zanjó la disputa—. Después, que los más valientes de los nuestros reclamen sus dragones y vuelen con ellos para entrar en liza. —Ni un solo hombre de aquella cueva dudaba de que Roxton no se refería sino a sí mismo.

Aunque el príncipe Daeron no se encontraba presente en el consejo, los Abrojos (como se acabaría conociendo a los conspiradores) eran remisos a actuar sin su consentimiento ni bendición. Owen Fossoway, señor de La Sidra, recibió el encargo de partir al abrigo de la oscuridad a despertar al príncipe y llevarlo a la bodega para que los juramentados lo informasen de sus planes. El en tiempos amable príncipe no dudó ni un momento cuando lord Unwin Peake le presentó las órdenes de ejecución de Hugh Martillo y Ulf el Blanco; más bien las lacró con impaciencia.

Los hombres pueden tramar, planear y conspirar, pero más les valdría orar también, ya que ningún plan trazado por el hombre ha resistido jamás los caprichos de los dioses del cielo. Dos días después, la misma noche en que los Abrojos pensaban actuar, Ladera despertó en la negrura de la noche con gritos y alaridos. Extramuros, los campamentos ardían. Ríos de caballeros acorazados fluían desde el norte y el oeste provocando una masacre; de las nubes llovían flechas, y un fiero y terrible dragón se cernía sobre ellos.

Así comenzó la segunda batalla de Ladera.

El dragón era Bruma; su jinete, ser Addam Velaryon, decidido a demostrar que no todos los bastardos tenían por qué ser cambiacapas, y ¿qué mejor modo que recuperar Ladera de las manos de los Dos Traidores, cuyo delito lo había deshonrado? Los trovadores dicen que ser Addam había volado desde Desembarco del Rey hasta el Ojo de Dioses, donde aterrizó en la sacra Isla de los Rostros y recibió el consejo de los hombres verdes. Los eruditos deben ceñirse a datos sabidos, y lo que sabemos es que ser Addam voló lejos y deprisa, y descendió en castillos grandes y pequeños, cuyos señores eran leales a la reina, a fin de levar una hueste.

Ya se habían librado muchas batallas y escaramuzas en las tierras regadas por el Tridente, y no había prácticamente ninguna aldea ni fortaleza que no hubiera pagado su justiprecio en sangre; pero Addam Velaryon era incansable y de verbo ágil, y los señores de los Ríos conocían muy bien los horrores que habían caído sobre Ladera. Cuando ser Addam estuvo listo para descender sobre la ciudad, ya lo seguían cerca de cuatro mil hombres.

Benjicot Blackwood, el señor de doce años del Árbol de los Cuervos, había colaborado, así como la viuda Sabitha Frey, señora de Los Gemelos, con su padre y sus hermanos de la casa Vypren. Los señores Stanton Piper, Joseth Smallwood, Derrick Darry y Lyonel Deddings habían reclutado a hombres de barba cana y jóvenes muy verdes, si bien todos habían sufrido gravosas pérdidas en las batallas otoñales. Hugo Vance, el joven señor de Descanso del Caminante, había acudido con trescientos de sus hombres, más los mercenarios myrienses de Trombo el Negro.

Y lo más notable de todo: la casa Tully se había unido a la guerra. El descenso de Bruma sobre Aguasdulces había persuadido, al fin, al reticente guerrero ser Elmo Tully para que convocase a sus banderizos y lucharan por la reina, contraviniendo así los deseos de lord Grover, su enfermo y encamado abuelo. «Un dragón en un patio hace maravillas para resolver las dudas», parece ser que dijo ser Elmo.

La gran hueste que acampaba junto a la muralla de Ladera superaba en número a la de los atacantes, pero llevaba demasiado tiempo detenida. Su disciplina se había vuelto laxa (la ebriedad era endémica en el campamento, nos dice el gran maestre Munkun, y la enfermedad había arraigado asimismo); la muerte de lord Ormund Hightower los había dejado sin comandante, y los señores que deseaban asumir el mando en su lugar se encontraban enfrentados entre sí. Tan inmersos estaban en sus rencillas y rivalidades que se habían olvidado de sus auténticos adversarios. El ataque nocturno de ser Addam les llegó por sorpresa. Antes de que los hombres del príncipe Daeron se enterasen siquiera de que habían entrado en liza, el enemigo ya estaba entre ellos y los masacraba mientras salían de las tiendas, mientras ensillaban los caballos, mientras bregaban por ponerse la armadura y ceñirse el cinto de la espada.

Los mayores estragos los provocó el dragón. Bruma descendió una, otra y otra vez escupiendo fuego; pronto ardía un centenar de tiendas, incluso los espléndidos pabellones de seda de ser Hobart Hightower, lord Unwin Peake y el mismísimo príncipe Daeron. Tampoco salió bien parada la ciudad de Ladera: las tiendas, viviendas y septos que se habían salvado la primera vez quedaron engullidos por el fuegodragón.

Daeron Targaryen estaba durmiendo en su tienda cuando empezó el ataque. Ulf el Blanco se había quedado en Ladera a dormir la mona de una noche de juerga, en una posada llamada El Tejón Putañero de la que se había apropiado. Hugh Martillo estaba intramuros también, encamado con la viuda de un caballero muerto durante la primera batalla. Los tres dragones estaban fuera de la ciudad, en los prados de más allá del campamento.

Si bien se intentó despertar a Ulf el Blanco de su sueño etílico, resultó imposible; el muy infame se metió bajo una mesa y se pasó toda la batalla roncando. Hugh Martillo fue más rápido en reaccionar. A medio vestir, corrió escaleras abajo hacia el patio pidiendo a gritos su martillo, su armadura y un caballo para ir a montar sobre Vermithor. Sus hombres se apresuraron a obedecerlo mientras Bruma incendiaba los establos. Pero lord Jon Roxton, que había reclamado los aposentos de lord Footly junto con la esposa de lord Footly, ya estaba en el patio.

Al ver a Hugh el Duro, Roxton identificó la ocasión, y dijo:

—Lord Martillo, mi más sentido pésame.

Martillo se volvió echando chispas por los ojos.

—¿Por qué? —preguntó.

—Por vuestra muerte en batalla —replicó Jon el Osado mientras desenvainaba la Hacedora de Huérfanos y la hincaba en la barriga del bastardo, antes de abrirlo en canal de la entrepierna al gaznate.

Una decena de hombres de Hugh el Duro acudieron apresuradamente, si bien solo llegaron a tiempo para verlo morir. Ni siquiera una hoja de acero valyrio como la Hacedora de Huérfanos sirve de mucho a un hombre que se ve solo ante diez contrincantes. Jon Roxton el Osado acabó con tres antes de caer. Se dice que murió al resbalar con las entrañas de Hugh Martillo, pero quizá este detalle sea demasiado irónico para ser cierto.

Existen tres narraciones contradictorias sobre la muerte del príncipe Daeron Targaryen. La más conocida afirma que salió dando tumbos de su pabellón con el camisón incendiado y lo interceptó el mercenario myriense Trombo el Negro, que le machacó el rostro con un golpe de mangual. Esta versión era la favorita de Trombo el Negro, que la narraba por doquier. La segunda versión es más o menos igual, salvo en que el príncipe murió por una espada, no un mangual, empuñada no por Trombo el Negro, sino por un soldado anónimo que ni siquiera se dio cuenta de a quién había matado. En la tercera alternativa, el valeroso joven conocido como Daeron el Audaz ni siquiera logró salir; murió al desplomarse sobre él su pabellón incendiado. Esta es la versión preferida por el Relato verídico de Munkun, y por nosotros[9].

Desde el cielo, Addam Velaryon veía como la batalla se convertía en victoria. Dos de los tres jinetes de dragones enemigos habían muerto, pero él no tenía modo de saberlo, aunque sin duda podía ver a los dragones más allá de la muralla de la ciudad, desencadenados y libres para volar y cazar. Ala de Plata y Vermithor solían enroscarse juntos en los campos del sur de Ladera, mientras que Tessarion dormía y comía en el campamento del príncipe Daeron, al oeste de la ciudad, ni a cien varas de su pabellón.

Los dragones son criaturas de fuego y sangre, y los tres se alzaron al rugir la batalla a su alrededor. Un ballestero lanzó una saeta a Ala de Plata, nos narran, y dos veintenas de caballeros cercaron a Vermithor con espadas, lanzas y hachas, con la esperanza de despacharlo mientras aún se encontrase soñoliento y en el suelo; pagaron tal locura con la vida. En otro lugar del campo, Tessarion se elevó por los aires emitiendo gritos y escupiendo fuego, y Addam Velaryon giró con Bruma para enfrentarse a ella.

Las escamas de dragón son sumamente (aunque no completamente) ignífugas; protegen la carne y la musculatura que cubren. A medida que un dragón envejece, sus escamas engrosan y se endurecen, lo cual le brinda aún más protección, al tiempo que sus llamaradas son cada vez más abrasadoras (mientras que el fuegodragón de una cría apenas puede prender la paja, el de Balerion o el de Vhagar, en el cénit de su poder, podían derretir acero y piedra). Cuando dos dragones se enzarzan en combate mortal, por tanto, suelen emplear otras armas aparte de las llamas: las uñas negras como el hierro, largas como espadas y afiladas como navajas de barbero; unas mandíbulas tan potentes que pueden aplastar hasta el peto de acero de un caballero; una cola como un látigo, cuyos golpes han llegado a hacer astillas un carro, quebrar el lomo de fuertes caballos de guerra y lanzar a hombres por los aires a casi veinte varas de altura.

La batalla entre Tessarion y Bruma fue diferente.

La historia denomina Danza de los Dragones a la lucha entre el rey Aegon II y su hermana paterna Rhaenyra, pero tan solo en Ladera danzaron verdaderamente los dragones. Tessarion y Bruma eran jóvenes, más ágiles en el aire que sus congéneres de mayor edad. Una y otra vez se acometieron, tan solo para apartarse en el último instante. Remontándose como águilas, precipitándose como halcones, trazaron círculos lanzando tarascadas y rugiendo, exhalando fuego, pero sin acercarse jamás. En una ocasión, la Reina Azul se desvaneció en un banco de nubes y reapareció un instante después para lanzarse sobre Bruma por detrás y abrasarle la cola con una llamarada cobalto. Entretanto, Bruma giraba, se ladeaba y volaba en bucles. Tan pronto estaba bajo su enemiga como, de repente, se retorcía en el cielo y aparecía por detrás. Más y más arriba volaron ambos dragones mientras centenares de personas observaban desde los tejados de Ladera. Alguien dijo que el vuelo de Tessarion y Bruma parecía más una danza nupcial que un combate. Tal vez lo fuera.

La danza acabó cuando Vermithor, rugiente, subió a los cielos.

Con sus casi cien años y tan grande como los dos dragones jóvenes juntos, el dragón broncíneo de grandes alas pardas estaba airado al alzar el vuelo, y le brotaba sangre humeante de una decena de llagas. Sin jinete, no distinguía amigo de enemigo, de modo que lanzó su ira contra todos; escupió fuego a diestro y siniestro y atacó enconadamente a cualquier hombre que osara apuntar una lanza en su dirección. Un caballero intentó huir, pero Vermithor lo atrapó con las fauces mientras su caballo seguía galopando. Los señores Piper y Deddings, sentados juntos en una pequeña elevación del terreno, ardieron con sus escuderos, sirvientes y espadas juramentadas cuando la Furia de Bronce reparó en ellos por casualidad.

Al instante, Bruma cayó sobre él.

De los cuatro dragones que había en el campo aquella jornada, el único con jinete era Bruma. Ser Addam Velaryon había acudido a fin de acabar con los Dos Traidores y sus dragones para así demostrar su lealtad, y ahí tenía uno debajo, atacando a los hombres que se le habían unido para la batalla. Debió de sentir el deber de protegerlos, aunque sin duda sabía en su fuero interno que su Bruma no era rival para el dragón más viejo.

No era una danza, sino una lucha a muerte. Vermithor no volaba a más de diez varas por encima de la batalla cuando Bruma lo golpeó desde arriba y lo lanzó gritando al fango. Hombres y mozos huyeron aterrorizados o quedaron aplastados cuando rodaron ambos dragones, despedazándose mutuamente. Las colas chasquearon y las alas batieron en el aire, pero las bestias estaban tan entrelazadas que ninguna podía liberarse. Benjicot Blackwood observaba la lucha desde su caballo, a cincuenta varas de distancia. La talla y el peso de Vermithor eran excesivos para que pudiera vencer Bruma, dijo lord Blackwood al gran maestre Munkun muchos años después, y seguramente habría reducido a pedazos al dragón gris plateado…, si Tessarion no hubiera caído del cielo en aquel momento para unirse a la lucha.

¿Quién puede conocer el corazón de un dragón? ¿Fue la simple sed de sangre lo que impelió a la Reina Azul a acometer? ¿Acudía en auxilio de uno de los combatientes? De ser así, ¿de cuál? Hay quienes afirman que el vínculo entre un dragón y su jinete es tan profundo que la bestia comparte los amores y los odios de su amo. Pero ¿quién era el aliado y quién el enemigo? ¿Un dragón sin jinete puede distinguirlos?

Jamás conoceremos la respuesta a tales preguntas; todo cuanto nos narra la historia es que los tres dragones lucharon entre el fango, la sangre y el humo de la segunda batalla de Ladera. Bruma fue el primero en morir, cuando Vermithor le clavó los dientes en el cuello y lo decapitó. A continuación, el dragón de bronce trató de emprender el vuelo con su botín aún en las fauces, pero las alas hechas jirones no lograron levantar su peso. Poco después, se desplomó y murió. Tessarion, la Reina Azul, resistió hasta el ocaso. Tres veces trató de volver a ascender a los cielos y tres veces fracasó. Hacia el final de la tarde parecía sufrir, de modo que lord Blackwood mandó llamar a su mejor arquero, un hombre conocido como Billy Burley, que tomó posición a cien varas, más allá del alcance de las llamaradas de la dragona moribunda, y le clavó tres flechas en un ojo mientras yacía inerme en el suelo.

Para el ocaso ya había concluido el combate. Aunque los señores de los Ríos perdieron menos de cien hombres, mientras que habían matado a un millar de soldados de Antigua y del Dominio, la segunda batalla de Ladera no pudo considerarse una victoria completa para los atacantes, ya que no lograron tomar la ciudad. La muralla de Ladera seguía intacta, y cuando los hombres del rey se replegaron en su interior y cerraron las puertas, las fuerzas de la reina no hallaron modo alguno de abrir una brecha, ya que carecían de material de asedio y de dragones. Aun así, habían provocado una gran carnicería entre sus confundidos y desorganizados enemigos; les incendiaron las tiendas; quemaron o capturaron la mayor parte de sus carromatos, alimentos y provisiones; se hicieron con tres cuartas partes de sus caballos de guerra y dieron muerte a su príncipe y a dos dragones del rey.

Cuando se levantó la luna, los señores de las Tierras de los Ríos abandonaron el campo a los carroñeros y se perdieron en los cerros. Uno de ellos, el joven Ben Blackwood, transportaba el cadáver destrozado de ser Addam Velaryon, hallado muerto junto a su dragón. Su osamenta descansaría en el Árbol de los Cuervos durante ocho años, pero en el 138 d. C., su hermano Alyn se lo llevó a Marcaderiva y lo inhumó en la Quilla, su ciudad natal. En su tumba se ve grabada una sola palabra: «LEAL», con ornamentadas letras apoyadas en las tallas de un hipocampo y un ratón.

A la mañana siguiente a la batalla, los conquistadores de la Ladera se asomaron a la muralla y vieron que sus enemigos se habían marchado. Había muertos desperdigados alrededor de toda la ciudad, y entre ellos se encontraban los cadáveres de tres dragones. Quedaba uno: Ala de Plata, la antigua montura de la Bondadosa Reina Alysanne, había ascendido al cielo nada más comenzar la carnicería, había circundado el campo de batalla durante horas y había remontado las corrientes cálidas que ascendían desde los fuegos del suelo. No descendió hasta que reinó la oscuridad, para aterrizar junto a sus primos muertos. Más adelante, los trovadores cantarían la historia de cómo por tres veces levantó el ala de Vermithor con el morro, como si quisiera que volviese a volar, pero lo más probable es que se trate de una fábula. El sol naciente la encontró aleteando sin energías por el campo, comiendo los restos quemados de caballos, hombres y bueyes.

Ocho de los trece Abrojos habían muerto; entre otros, lord Owen Fossoway, Marq Ambrose y Jon Roxton el Osado. Richard Rodden había recibido un flechazo en el cuello y moriría al día siguiente. Entre los cuatro conjurados que quedaban estaban ser Hobert Hightower y lord Unwin Peake. Y aunque Hugh Martillo había muerto, y con él sus sueños de realeza, el segundo Traidor seguía vivo. Al despertar de su borrachera, Ulf el Blanco descubrió que era el último jinete y poseedor de un dragón.

«Martillo ha muerto y vuestro joven también —se refiere que dijo a lord Peake—. Tan solo os quedo yo». Cuando lord Peake le preguntó por sus intenciones, el Blanco replicó: «Marchamos, tal como deseabais. Tomad la ciudad, que yo tomaré el maldito trono, ¿qué os parece?».

A la mañana siguiente, ser Hobert Hightower lo convocó para esbozar los detalles de su ataque a Desembarco del Rey. Llevaba dos barriles de vino como obsequio, uno de tinto dorniense y otro de dorado vino del Rejo. Aunque Ulf el Piripi jamás había catado un vino que no le gustara, era sabido que era más aficionado a los vinos añejos y dulces. No cabe duda de que ser Hobert esperaba tomar el recio tinto, mientras que lord Ulf empinaría el codo con el vino dorado. Pero hubo algo en los modos de Hightower (sudaba, farfullaba y estaba excesivamente cordial, declaró más adelante el escudero que los sirvió) que suscitó las sospechas del Blanco. Preocupado, ordenó que se reservase el tinto dorniense para después e insistió en que ser Robert compartiera con él el vino dorado del Rejo.

No tiene la historia muchas cosas buenas que decir de ser Hobert Hightower, pero nadie puede poner en duda la entereza con que murió. Por no traicionar a los otros Abrojos, permitió que el escudero le llenase la copa, bebió copiosamente y pidió más. En cuanto vio beber a Hightower, Ulf el Piripi hizo honor a su sobrenombre y se metió tres copas entre pecho y espalda antes de empezar a bostezar. El veneno del vino era indulgente; cuando lord Ulf se durmió y ya jamás despertó, ser Hobert se incorporó y trató de vomitar, pero era tarde. Se le detuvo el corazón menos de una hora después. «Ningún hombre temió jamás la espada de ser Hobert —dice de él Champiñón—, pero su copa de vino fue más mortífera que el acero valyrio».

A continuación, lord Unwin Peake ofreció mil dragones de oro a cualquier caballero de noble cuna que fuese capaz de reclamar a Ala de Plata. Tres hombres salieron a la palestra. Cuando el primero perdió un brazo y el segundo murió abrasado, el tercero se lo pensó mejor. Para entonces, la hueste de Peake, los restos del gran ejército que habían conducido el príncipe Daeron y lord Ormund Hightower desde Antigua, se hacía pedazos, ya que los desertores huían de Ladera por decenas con todo el botín que podían transportar. Rindiéndose a la derrota, lord Unwin convocó a sus señores y sargentos y ordenó la retirada.

Addam Velaryon, nacido Addam de la Quilla, había sido acusado de traición, pero había salvado Desembarco del Rey de los adversarios de la soberana, pagando con su propia vida.

Sin embargo, la reina nada sabía de su valor. La huida de Rhaenyra de Desembarco del Rey había estado plagada de dificultades. Al aproximarse a Rosby halló atrancadas las puertas del castillo por orden de la joven cuyos derechos había arrumbado en favor de un hermano menor. El castellano del joven lord Stokeworth le brindó hospitalidad, pero tan solo por una jornada. «Vendrán tras vos —advirtió a la reina—, y no cuento con fuerzas para resistir». La mitad de sus capas doradas desertaron por el camino y, una noche, su campamento recibió el ataque de unos malhechores. Aunque sus caballeros repelieron a los agresores, ser Balon Byrch cayó de un flechazo, y ser Lyonel Bentley, un joven caballero de la Guardia Real, sufrió en la cabeza un golpe que le quebró el yelmo; pereció delirando al día siguiente. La reina se apresuró a continuar, camino del Valle Oscuro.

La casa Darklyn se había contado entre los más firmes defensores de Rhaenyra, pero tal lealtad había resultado gravosa. Lord Gunthor había perdido la vida al servicio de la reina, así como su tío Steffon, y el propio Valle Oscuro había sufrido el saqueo de ser Criston Cole. Poco es de extrañar que la viuda de lord Gunthor se mostrase menos que alborozada cuando su alteza se presentó ante sus puertas. Tan solo la intercesión de ser Harrold Darke convenció a lady Meredyth para que permitiese a la reina traspasar su muralla (los Darke eran familia lejana de los Darklyn y ser Harrold había servido en otros tiempos como escudero del difunto ser Steffon), y con la condición de que no se quedaría mucho tiempo.

Ya a salvo tras la muralla del Fuerte Pardo, que domina el puerto, Rhaenyra ordenó al maestre de lady Darklyn que escribiese al gran maestre Gerardys de Rocadragón y le pidiera que enviase de inmediato un barco para conducirla a su hogar. Tres cuervos volaron, aseguran las crónicas de la ciudad; pero pasaron los días y ningún barco aparecía. Tampoco se recibía respuesta alguna de Gerardys, lo cual enfurecía a la soberana. Una vez más, empezó a cuestionarse la lealtad del gran maestre.

La reina tuvo mejor suerte en otros lugares. Desde Invernalia, Cregan Stark escribió para decir que aportaría un ejército en cuanto le fuera posible, pero dejó claro que requeriría cierto tiempo reunir sus hombres, «ya que mis dominios son vastos, y con el invierno ya encima, debemos almacenar nuestra última cosecha para no pasar hambre cuando lleguen las nevadas». El norteño prometió a la reina diez mil hombres, «más jóvenes y fieros que mis Lobos de Invierno». La Doncella del Valle le prometió asistencia asimismo, cuando le contestó desde las Puertas de la Luna, sus cuarteles de invierno; pero con los puertos de montaña cegados por la nieve, sus caballeros deberían arribar por mar. Si la casa Velaryon enviase sus naves a Puerto Gaviota, escribió lady Jeyne, ella mandaría un ejército al Valle Oscuro inmediatamente. Si no, debía contratar barcos de Braavos y Pentos, y para ello precisaba dinero.

La reina Rhaenyra no tenía oro ni barcos. Cuando mandó a lord Corlys a las mazmorras perdió su flota, y había abandonado Desembarco del Rey temiendo por su vida sin llevarse ni una sola moneda. Desesperada y temerosa, vagaba por las almenas del castillo del Valle Oscuro sollozando, cada vez más hundida y ojerosa. No podía dormir y no deseaba comer, ni quería sufrir la separación del príncipe Aegon, su último hijo vivo; día y noche, el niño iba a su lado «como una pequeña y pálida sombra».

Cuando lady Meredith le dejó bien claro que ya había abusado bastante de su hospitalidad, Rhaenyra se vio obligada a vender la corona para recabar el pago de los pasajes en un mercante braavosí, el Violande. Ser Harrold Darke la apremió a buscar refugio con lady Arryn en el Valle, mientras que ser Medrick Manderly trató de persuadirla para que los acompañara a él y a su hermano ser Torrhen a Puerto Blanco, pero su alteza se negó a todo ello; estaba empeñada en regresar a Rocadragón. Allí hallaría huevos de dragón, dijo a sus leales. Debía contar con otro dragón, o todo estaría perdido.

Pujantes vientos impulsaron el Violande más cerca de las orillas de Marcaderiva de lo que la reina habría deseado, y tres veces pasó a escasa distancia de los navíos de guerra de la Serpiente Marina, pero tuvo buen cuidado de no ser vista. Al final, al anochecer, los braavosíes la dejaron en el puerto que hay al pie de Rocadragón. La reina había enviado un cuervo desde el Valle Oscuro para avisar de su llegada, y halló una escolta que la aguardaba al desembarcar con su hijo Aegon, sus damas de compañía y tres caballeros de la Guardia Real (ya que los capas doradas que habían huido de Desembarco del Rey con ella se habían quedado en el Valle Oscuro, mientras que los Manderly se quedaron a bordo del Violande para continuar la travesía hasta Puerto Blanco).

Llovía cuando la reina y los suyos llegaron a la orilla, y apenas se veía ya a nadie en el puerto. Hasta los lupanares parecían oscuros y desiertos, pero su alteza no se fijó en nada de eso. Enferma de cuerpo y espíritu, destrozada por la traición, Rhaenyra Targaryen no deseaba más que regresar a su sede, donde imaginaba que su hijo y ella estarían a salvo. Poco sospechaba que estaba a punto de sufrir su última y más grave traición.

Su escolta, compuesta por cuarenta espadas, estaba comandada por ser Alfred Broome, uno de los hombres que se habían quedado en Rocadragón cuando Rhaenyra lanzó su ataque sobre Desembarco del Rey. Broome era el más veterano de los caballeros de Rocadragón, ya que había entrado en la guarnición durante el reinado del Viejo Rey. Como tal, esperaba recibir el nombramiento de castellano cuando Rhaenyra partió en pos del Trono de Hierro; pero su disposición taciturna y sus modales acres no inspiraban ni afecto ni confianza, nos dice Champiñón, de modo que la reina no quiso saber nada de él y favoreció al más afable ser Robert Quince. Cuando Rhaenyra preguntó por qué no había acudido ser Robert a recibirla, ser Alfred replicó que la reina se reuniría con «nuestro orondo amigo» en el alcázar.

Y así fue, si bien el cadáver de Quince estaba tan achicharrado que resultó irreconocible cuando llegaron a él. Tan solo por su tamaño lograron distinguirlo, ya que estaba enormemente grueso. Lo hallaron colgado de las almenas de la atalaya junto al mayordomo de Rocadragón, el capitán de la guardia, el maestro armero… y la cabeza y el torso del gran maestre Gerardys. Todo cuanto hubo bajo sus costillas había desaparecido, y las entrañas colgaban del vientre rajado como negras serpientes abrasadas.

La sangre se retiró de las mejillas de la soberana ante la visión de los cadáveres, pero el joven príncipe Aegon fue el primero en comprender su significado. «Madre, huye», gritó, aunque ya era tarde.

Los hombres de ser Alfred cayeron sobre los protectores de la reina. Un hacha segó la cabeza de ser Harrold Darke antes de que pudiera desenvainar la espada, y ser Adrian Redfort recibió un lanzazo por la espalda. Tan solo ser Loreth Lansdale fue suficientemente rápido para asestar algún golpe en defensa de la reina, ya que hirió a los dos primeros hombres que lo acometieron antes de caer muerto. Con él fenecía la Guardia Real. Cuando el príncipe Aegon se hizo con la espada de ser Harrold, ser Alfred le arrancó la hoja con sumo desdén.

El mozo, la reina y dos damas atravesaron a punta de lanza las puertas de Rocadragón hasta el patio de armas (tal como Champiñón lo expuso tan memorablemente muchos años después) y se hallaron cara a cara con «un hombre muerto y un dragón moribundo».

Las escamas de Fuegosolar aún brillaban como el oro bruñido a la luz del sol, pero al verlo sobre el negro empedrado valyrio del patio, se hizo bien evidente que el más magnífico dragón que hubiera surcado los cielos de Poniente estaba destrozado. Meleys le había dejado un ala casi desprendida del cuerpo, con el que formaba un extraño ángulo, mientras que las llagas recientes del lomo aún humeaban y sangraban con cada movimiento. Estaba encadenado a una bola cuando la reina y su comitiva lo contemplaron por vez primera; cuando alzó la cabeza se le vieron tremendas lesiones en el cuello, de donde algún dragón le había arrancado varios pedazos de carne. En el vientre había lugares en que las costras sustituían las escamas, y donde estuvo el ojo derecho ya no había más que una oquedad cuajada de sangre renegrida.

Cabe preguntarse, como seguramente se preguntó Rhaenyra, cómo había llegado a acontecer aquello.

Ahora sabemos muchas cosas que la reina ignoraba entonces. Debemos agradecérselo al gran maestre Munkun, ya que fue su Relato verídico, basado en gran parte en la crónica del gran maestre Orwyle, el que reveló cómo llegó Aegon II a Rocadragón.

Fue lord Larys Strong el Patizambo quien evacuó al rey y a sus hijos de la ciudad cuando aparecieron por vez primera los dragones de la reina en los cielos de Desembarco del Rey. A fin de no tener que atravesar ninguna puerta, donde podían verlos y acordarse de ellos, lord Larys los sacó por algún pasadizo secreto de Maegor el Cruel, del cual tan solo él tenía conocimiento.

Decidió lord Larys que los fugitivos debían separarse también, de tal modo que si prendían a alguno, los otros pudieran alcanzar la libertad. Ser Rickard Thorne recibió la orden de entregar al príncipe Maelor, de dos años a la sazón, a lord Hightower. La princesa Jaehaera, una encantadora y sencilla niña de seis años, se quedaría al cuidado de ser Willis Fell, que juró ponerla a salvo en Bastión de Tormentas. Ninguno sabía adónde se dirigirían los demás para que nadie pudiera traicionar a nadie si lo capturaban.

Tan solo el propio Larys sabía que el rey, privado de sus ricos ropajes y envuelto en un manto de pescador cuajado de sal, se había ocultado con un cargamento de bacalao en un esquife pesquero, al cuidado de un caballero bastardo con familia en Rocadragón. Cuando supo que el rey se había marchado, el Patizambo razonó que, con toda seguridad, Rhaenyra enviaría hombres en su pos; pero un barco no deja rastro en el oleaje, y a pocos cazadores se les ocurriría jamás buscar a Aegon en la isla de su hermana, a la mismísima sombra de su fortaleza. Todo esto lo oyó el gran maestre Orwyle de labios de lord Strong, nos dice Munkun.

Y allí debería haberse quedado Aegon, oculto pero indemne, apaciguando su dolor con vino y disimulando sus quemaduras bajo una tupida capa, de no haber acudido Fuegosolar a Rocadragón. Podemos preguntarnos, como tantos otros, qué lo atrajo allí. ¿Se vio impulsado el dragón herido, con un ala medio sanada, por algún instinto que lo compelía a regresar a su lugar de nacimiento, la humeante montaña donde había emergido de un huevo? ¿O detectó como fuera la presencia del rey Aegon en la isla, a largas leguas y a través de tormentosos mares, y voló allí para reunirse con su jinete? El septón Eustace llega al punto de afirmar que Fuegosolar percibía la desesperación de Aegon. Pero ¿quién puede presumir de conocer el corazón de un dragón?

Después de que el malhadado ataque de lord Walys Mooton lo hiciera huir del campo de cenizas y huesos de Reposo del Grajo, la historia pierde de vista a Fuegosolar durante más de medio año (ciertas anécdotas narradas en los salones de los Crabb y los Brune indican que el dragón pudo buscar refugio en los oscuros pinares y cavernas de Punta Zarpa Rota durante parte del tiempo). Aunque el ala quebrada se le había curado lo bastante para permitirle volar, había sanado en un ángulo muy feo y estaba débil. Fuegosolar ya no podía subir demasiado ni pasar mucho tiempo en el aire, y le costaba volar incluso a corta distancia. El bufón Champiñón dice con crueldad que, mientras que la mayoría de los dragones evolucionan por el cielo como águilas, Fuegosolar se había convertido en poco más que «un gran pollo dorado que exhala fuego, da saltitos y revolotea de colina en colina».

Sin embargo, aquel «pollo dorado que exhala fuego» había cruzado las aguas de la bahía del Aguasnegras; porque fue a Fuegosolar a quien los marinos del Nessaria habían visto atacar a Fantasma Ceniciento. Ser Robert Quince había culpado al Caníbal, pero Tom Lenguatrabada, un tartamudo que sabía más de lo que contaba, había sobornado a los volantinos con cerveza y había tomado debida nota de todas las veces que mencionaban las escamas doradas del atacante. El Caníbal, como él bien sabía, era negro como el tizón.

Así, los dos Toms y sus «primos» (una verdad a medias, puesto que tan solo ser Marston compartía su sangre, ya que era el hijo bastardo de la hermana de Tom Tanglebeard y el caballero que le había arrebatado la doncellez) zarparon en su barquichuela en busca del matador de Fantasma Ceniciento.

El rey quemado y el dragón mutilado hallaron un nuevo propósito el uno en el otro. Desde una guarida oculta en la desolada ladera de Montedragón, Aegon se aventuraba diariamente al alba y volvió a surcar los cielos por primera vez desde lo acontecido en Reposo del Grajo, mientras los dos Toms y su primo Marston Mares regresaban al otro lado de la isla en busca de hombres dispuestos a ayudarlos a tomar el castillo. Incluso en Rocadragón, sede y bastión desde siempre de la reina Rhaenyra, hallaron a muchos a quienes disgustaba la reina, tanto por buenos como por malos motivos. Algunos se quejaban de la muerte de sus hermanos, hijos y padres durante la Cosecha Roja o en la batalla del Gaznate; otros esperaban un botín o un anticipo, y otros creían que un hijo debe anteceder a una hija, por lo que Aegon era el candidato idóneo.

La reina se había llevado a sus mejores hombres a Desembarco del Rey. En su isla, protegido por los navíos de la Serpiente Marina y su alta muralla valyria, Rocadragón parecía inexpugnable, de modo que el destacamento que había dejado la reina para defenderla era más bien escaso y estaba compuesto mayoritariamente por hombres que se consideraban de nula utilidad para otra cosa, soldados de barba cana, jóvenes muy verdes, tullidos, torpes y mutilados; hombres que se recuperaban de heridas, otros de dudosa lealtad y unos cuantos sospechosos de cobardía. Al frente situó Rhaenyra a ser Robert Quince, un hombre diestro aunque grueso y envejecido.

Quince era acérrimo partidario de la reina, en ello coinciden todos, pero algunos de sus subordinados eran menos leales y albergaban ciertos resentimientos e inquina por antiguos entuertos, ya reales, ya imaginarios. El más destacado era ser Alfred Broome; había dejado claro que estaba más que dispuesto a traicionar a su reina a cambio de una promesa de señorío, haciendas y oro si Aegon II recuperaba el trono. Su largo servicio con la guarnición le permitía asesorar a los hombres del rey sobre las debilidades y los puntos fuertes de Rocadragón, qué guardias eran fáciles de sobornar o domeñar y a cuáles habría que matar o aprisionar.

A la hora de la verdad, la caída de Rocadragón se resolvió en menos de una hora. Los hombres denigrados por Broome abrieron un portillo a la hora de los espectros para permitir que ser Marston Mares, Tom Lenguatrabada y sus secuaces se colasen en el castillo. Mientras una banda se apoderaba de la armería y otra prendía a los guardias leales de Rocadragón y al maestro armero, ser Marston sorprendió al gran maestre Gerardys en la sala de los cuervos, para evitar que las aves transmitieran una sola palabra del ataque. El mismo ser Alfred capitaneó a los hombres que irrumpieron en los aposentos de ser Robert Quince, el castellano. Cuando este bregaba para levantarse del lecho, Broome le clavó una lanza en la grandiosa y pálida barriga. Champiñón, que los conocía bien a ambos, nos dice que a ser Alfred no le caía nada bien ser Robert y sentía un gran resentimiento. Muy bien podría creerse, ya que la lanzada fue tan briosa que le sobresalió por la espalda, atravesó el colchón de plumas y paja y se hincó en el suelo.

El plan tan solo salió mal en un aspecto: cuando Tom Lenguatrabada y sus rufianes echaron abajo la puerta de la cámara de lady Baela para cautivarla, la joven escapó por el ventanal, corrió por los tejados y descendió por los muros hasta llegar al patio de armas. Los hombres del rey se habían ocupado de enviar guardias para hacerse con el establo donde se encontraban los dragones del castillo, pero Baela se había criado en Rocadragón y conocía más entradas y salidas que ellos. Cuando la alcanzaron sus perseguidores, ya había liberado de sus cadenas a Bailarina Lunar y la había ensillado.

Así fue como el rey Aegon, el segundo de su nombre, sobrevoló con Fuegosolar la cima humeante de Montedragón y bajó, esperándose una entrada triunfal en un castillo controlado por sus hombres y con los leales a la reina usurpadora muertos o capturados, pero lo recibió Baela Targaryen, hija del príncipe Daemon y lady Laena, tan intrépida como su padre.

Bailarina Lunar era una hembra joven, verde claro, con cuernos, cresta y alas del color de las perlas. Al margen de las grandes alas, no era mucho mayor que un caballo de guerra, y pesaba menos; no obstante, era muy rápida, y Fuegosolar, si bien mucho más grande, aún padecía el lastre del ala deformada y había sufrido heridas recientes causadas por Fantasma Ceniciento.

En la oscuridad que precede al alba se encontraron cual sombras en el cielo e iluminaron la noche con sus fuegos. Bailarina Lunar eludió las llamas de Fuegosolar, así como sus quijadas; rehuyó sus ávidas garras y después dio media vuelta; atacó al dragón mayor desde arriba, le abrió una herida larga y humeante en el lomo y le rasgó el ala dañada. Los testigos del suelo decían que Fuegosolar daba tumbos como ebrio, bregando por mantenerse en el aire, mientras Bailarina Lunar se volvía y lo acometía escupiendo fuego. Fuegosolar respondió con una llamarada dorada, tan intensa que iluminó el patio de armas como un segundo sol; una ráfaga que dio a Bailarina Lunar de lleno en los ojos. Con toda probabilidad, la joven dragona quedó cegada en aquel instante, si bien continuó volando y acometiendo a Fuegosolar en un amasijo de alas y zarpas. Al caer, Bailarina Lunar lanzó repetidas dentelladas al cuello de Fuegosolar y le arrancó varios pedazos de carne mientras el dragón mayor le hundía las fauces en el vientre. Envuelta en fuego, cegada y ensangrentada, Bailarina Lunar batió las alas desesperadamente para tratar de zafarse, pero sus esfuerzos no hicieron más que demorar la caída.

Los observadores del patio corrieron para ponerse a salvo cuando los dos dragones se estrellaron contra la dura piedra, aún combatiendo. En el suelo, la rapidez de Bailarina Lunar resultó ser de poca utilidad contra el tamaño y el peso de Fuegosolar. El dragón verde pronto quedó inmóvil, y el dorado rugió victorioso y trató de volver a alzarse, si bien acabó derrumbándose en el suelo mientras le brotaba sangre humeante a borbotones de las heridas.

El rey Aegon, que había saltado de la silla cuando los dragones aún se encontraban a diez varas del suelo, se rompió ambas piernas al caer; lady Baela acompañó al suelo a Bailarina Lunar. Quemada y baqueteada, la joven aún halló fuerzas para desencadenarse de la silla y apartarse a rastras de su dragón, que se enroscaba en sus últimos estertores. Cuando Alfred Broome desenvainó la espada para matarla, Marston Mares se la arrebató de la mano, y Tom Lenguatrabada se la llevó al maestre.

Así fue como el rey Aegon, el segundo de su nombre, se hizo con la sede ancestral de la casa Targaryen, si bien el precio fue muy caro. Fuegosolar jamás volvería a volar. Se quedó en el patio donde había caído y se alimentó del cadáver de Bailarina Lunar y, más tarde, de las ovejas que le mataba la guarnición. En cuanto a Aegon II, vivió el resto de sus días con gran dolor; aunque debemos atribuirle el mérito de haber rechazado la leche de la amapola que le ofreció el gran maestre Gerardys. «No volveré a tropezar con la misma piedra; no soy tan necio como para tomar cualquier pócima que vos me preparéis. Sois obra de mi hermana».

Por orden del soberano, la cadena que la princesa Rhaenyra había arrebatado del cuello al gran maestre Orwyle para entregársela a Gerardys se utilizó para ahorcarlo. No se le brindó el rápido final de una caída brusca y un cuello fracturado; se lo sometió a un lento estrangulamiento durante el que pateó tratando de respirar. Tres veces, cuando ya estaba casi muerto, auparon a Gerardys para que tomase aliento y después volvieron a soltarlo. Tras la tercera vez, lo evisceraron y se lo ofrecieron a Fuegosolar para que se diese un banquete con sus piernas y entrañas, pero el rey ordenó que se guardase un pedazo suficientemente grande «para que reciba a mi querida hermana a su regreso».

No mucho después, cuando el rey se encontraba en el gran salón del Tambor de Piedra con las piernas rotas vendadas y entablilladas, el primero de los cuervos de la reina Rhaenyra llegó del Valle Oscuro. Cuando Aegon supo que su hermana viajaba a bordo del Violande, ordenó a ser Alfred Broome que preparase «un recibimiento acorde» para su regreso al hogar.

Todo esto lo sabemos hoy; nada sabía la reina cuando desembarcó y cayó en la trampa de su hermano.

El septón Eustace, que tenía en poquísima estima a la reina, nos cuenta que Rhaenyra rio al contemplar la ruina de Fuegosolar el Dorado. «¿Quién ha sido? —dice que dijo—. Debemos agradecérselo». Champiñón, que tenía en altísima estima a la reina, narra una versión diferente, en la que Rhaenyra dice: «¿Cómo ha llegado a acontecer esto?». Ambos coinciden en que las siguientes palabras las pronunció el rey.

—Hermana —gritó desde un balcón.

Incapaz de caminar, e incluso de ponerse en pie, lo habían transportado en una silla. La cadera destrozada en Reposo del Grajo lo había dejado deforme y contrahecho; sus facciones otrora agraciadas se habían ablandado por la leche de la amapola, y las quemaduras le cubrían la mitad del cuerpo. Sin embargo, Rhaenyra lo reconoció enseguida y dijo:

—Querido hermano, esperaba que estuvieras ya muerto.

—Tú primero —contestó Aegon—. Eres la mayor.

—Me complace saber que lo recuerdas —respondió Rhaenyra—. Parece que somos tus prisioneros, pero no te creas que nos retendrás mucho tiempo. Mis señores leales darán conmigo.

—Si te buscan en los siete infiernos, tal vez —respondió el monarca mientras sus hombres arrancaban a Rhaenyra de los brazos de su hijo.

Hay quienes dicen que fue ser Alfred Broome quien la agarró; otros, que fueron los dos Toms, Tanglebeard, el padre, y Lenguatrabada, el hijo. Ser Marston Mares fue testigo asimismo, revestido con su blanca capa, pues el rey Aegon lo había nombrado guardia real en atención a su valor.

Ir a la siguiente página

Report Page