Fuego y sangre

Fuego y sangre


La muerte de los dragones: Rhaenyra destronada

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Pero ni Mares ni ninguno de los caballeros presentes en el patio de armas protestó cuando el rey Aegon II entregó a su hermana al dragón. Se dice que, al principio, Fuegosolar no pareció interesarse en demasía por la ofrenda, hasta que Broome hizo un corte con el puñal en el pecho de la reina. El aroma de la sangre revivió al dragón, que olisqueó a su alteza y luego la bañó en una descarga de llamaradas tan repentina, que a ser Alfred se le incendió la capa mientras se apartaba. Rhaenyra Targaryen tuvo tan solo tiempo para alzar la cabeza al cielo y proferir a gritos una última maldición contra su hermano, antes de que las fauces de Fuegosolar la acometieran y le arrancasen un hombro con brazo incluido.

Dice el septón Eustace que el dragón dorado devoró a la reina de seis bocados; tan solo dejó parte de la pierna izquierda «para el Desconocido». Elinda Massey, la más joven y gentil de las damas de compañía de Rhaenyra, al parecer, se arrancó los ojos ante la truculenta visión, mientras que el hijo de la reina, Aegon el Menor, observaba horrorizado, incapaz de moverse. Rhaenyra Targaryen, la Delicia del Reino y la Reina del Medio Año, abandonó este valle de lágrimas el vigesimosegundo día de la décima luna del año 130 después de la Conquista de Aegon. Contaba treinta y tres años.

Ser Alfred Broome abogaba por matar también al príncipe Aegon, pero el rey Aegon lo impidió; con tan solo diez años, aún podía tener cierta utilidad como rehén, declaró. Aunque su hermana hubiera muerto, seguía teniendo partidarios con quienes convenía lidiar antes de que su alteza pudiese ocupar de nuevo el Trono de Hierro. De modo que pusieron al príncipe Aegon grilletes en cuello, muñecas y tobillos, y lo condujeron a las mazmorras del subsuelo de Rocadragón. A las damas de compañía de la reina difunta, por ser de alta cuna, las confinaron en sendas celdas de la Torre del Dragón Marino, de donde serían liberadas al pago de su rescate.

«Ya basta de ocultarse —declaró el rey Aegon, el segundo de su nombre—. Que vuelen los cuervos, para que todo el reino sepa que la usurpadora ha muerto y que su legítimo rey vuelve a casa, a reclamar el trono de su padre».

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