Fuego y sangre
La muerte de los dragones: El breve y triste reinado de Aegon II
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La muerte de los dragones El breve y triste reinado de Aegon II
«Ya basta de ocultarse —declaró el rey Aegon II en Rocadragón, después de que Fuegosolar se sustentase con su hermana—. Que vuelen los cuervos, para que todo el reino sepa que la usurpadora ha muerto y que su legítimo rey vuelve a casa, a reclamar el trono de su padre».
Pero hay cosas que, incluso para los reyes legítimos, resultan más fáciles de proclamar que de hacer. La luna crecería, desaparecería y volvería a crecer antes de que Aegon II abandonase Rocadragón.
Entre Desembarco del Rey y su persona se interponían la isla de Marcaderiva y toda la bahía del Aguasnegras, así como los numerosos buques de guerra de los Velaryon que rondaban por el camino. Puesto que la Serpiente Marina estaba en Desembarco en calidad de «huésped» de Trystane Fuegoeterno, y ser Addam había caído en Ladera, el mando de las flotas de los Velaryon había recaído en Alyn, hermano de Addam e hijo menor de Ratona, la hija del armador. Era un zagal de quince años, pero ¿sería aliado o enemigo? Su hermano había muerto luchando por la reina, pero esa misma reina, fallecida a su vez, había apresado a su señor. Se enviaron cuervos a Marcaderiva para ofrecer a la casa Velaryon el indulto por todas las afrentas pretéritas, siempre y cuando Alyn de la Quilla acudiera a Rocadragón para jurar lealtad; pero si no se recibía respuesta, o hasta entonces, sumamente imprudente sería Aegon II si intentara cruzar en barco la bahía y se arriesgase a ser capturado.
Además, su alteza no deseaba trasladarse por mar a Desembarco del Rey. En los días siguientes a la muerte de su hermana paterna continuó aferrado a la esperanza de que Fuegosolar recuperase las fuerzas suficientes para alzar de nuevo el vuelo; pero solo parecía debilitarse más aún, y pronto empezaron a heder las heridas que tenía en el cuello. Hasta el humo que exhalaba tenía un olor purulento, y hacia el final dejó de comer.
El noveno día de la duodécima luna del 130 d. C., el magnífico dragón dorado que fue el orgullo del rey Aegon moría en el patio exterior de Rocadragón, donde había caído. Su alteza lo lloró, y ordenó sacar de los calabozos a su prima lady Baela y darle muerte. No se echó atrás hasta ver su cabeza en el tocón, cuando el maestre le recordó que era hija de una Velaryon, descendiente a su vez de la mismísima Serpiente Marina. Otro cuervo voló hacia Marcaderiva, esta vez con una amenaza: si Alyn de la Quilla no se presentaba en una quincena para rendir tributo a su señor por derecho, su prima lady Baela perdería la cabeza.
Mientras tanto, en la orilla occidental de la bahía del Aguasnegras, la Luna de los Tres Reyes terminó abruptamente con la llegada de un ejército a la muralla de Desembarco del Rey. Durante más de medio año, la ciudad había vivido con miedo al avance de la hueste de Ormund Hightower; pero cuando llegó el ataque no fue desde Antigua, pasando por Puenteamargo y Ladera, sino desde Bastión de Tormentas, por el camino Real. Borros Baratheon, al saber de la muerte de la reina, dejó a sus cuatro hijas y a su recién encinta esposa para lanzarse al norte a través del bosque Real, con seiscientos caballeros y cuatro mil soldados de infantería.
Cuando se divisó la vanguardia de los Baratheon al otro lado del Aguasnegras, el Pastor ordenó a sus seguidores que corrieran al río para impedir que lord Borros lo cruzara; pero ya eran solo unos pocos centenares los que escuchaban a aquel mendigo que había predicado ante cientos de miles, y pocos obedecieron. En las almenas de la cima de la Colina Alta de Aegon, el escudero que por entonces se hacía llamar rey Trystane Fuegoeterno, junto a Larys Strong y ser Perkin la Pulga, observaba las crecientes filas de tormenteños. «No tenemos fuerzas para enfrentarnos a semejante hueste, mi señor —dijo lord Larys al muchacho—, pero quizá las palabras triunfen donde por fuerza fracasarán las espadas. Enviadme a parlamentar con ellos». Así, el Patizambo cruzó el río bajo bandera de tregua, acompañado por el gran maestre Orwyle y la reina viuda Alicent.
Los recibió el señor de Bastión de Tormentas en un pabellón erigido en la linde del bosque Real, mientras sus hombres talaban árboles para construir balsas con que cruzar el río. La reina Alicent derramó lágrimas de dicha al recibir la buena nueva de que Willis Fell, de la Guardia Real, había depositado sana y salva en Bastión de Tormentas a su nieta Jaehaera, único vástago superviviente de sus hijos Aegon y Helaena.
Se sucedieron traiciones y alianzas hasta que lord Borros, lord Larys y la reina Alicent alcanzaron un acuerdo, del que fue testigo el gran maestre Orwyle. El Patizambo prometió que ser Perkin y sus Caballeros del Arroyo se unirían a los tormenteños para reinstaurar al rey Aegon II en el Trono de Hierro, a condición de que se indultara a todos ellos, salvo al aspirante Trystane, por cualquier ofensa, incluidas las de alta traición, rebelión, robo, asesinato y violación. La reina Alicent convino en que su hijo, el rey Aegon, convirtiera en su reina a lady Cassandra, hija mayor de lord Borros. Lady Floris, otra de sus hijas, sería la prometida de Larys Strong.
El problema que planteaba la flota de los Velaryon se debatió largo y tendido.
—Tenemos que involucrar a la Serpiente Marina —cuentan que dijo lord Baratheon—. Puede que el viejo quiera una esposa joven; aún tengo dos hijas por apalabrar.
—Es un traidor y tres veces traidor —repuso la reina Alicent—. De no ser por él, Rhaenyra jamás habría logrado tomar Desembarco del Rey. Mi hijo no lo habrá olvidado; quiero su cabeza.
—Tardará poco en morir, en cualquier caso —respondió lord Larys Strong—. Vamos a hacer las paces con él y emplearlo en lo que podamos. Cuando todo esté atado y bien atado, si la casa Velaryon ya no nos resulta de utilidad, siempre podemos echar una mano al Desconocido.
Así se convino, muy vergonzantemente. Los heraldos volvieron a Desembarco del Rey, y los tormenteños tardaron poco en seguirlos y cruzar el Aguasnegras sin percances. Lord Borros encontró la muralla de la ciudad sin vigías; las puertas, sin defensores; las calles y plazas, solo pobladas por cadáveres. Cuando subió a la Colina Alta de Aegon con su portaestandartes y los escudos de su casa, vio como bajaban de las almenas de la torre de entrada los pendones rasgados del escudero Trystane, para izar en su lugar el dragón dorado del rey Aegon II. La reina Alicent en persona salió de la Fortaleza Roja a recibirlo, acompañada de ser Perkin la Pulga. «¿Dónde está el aspirante?», preguntó lord Borros mientras desmontaba del palenque. «Apresado y encadenado», respondió ser Perkin.
Curtido en innumerables altercados fronterizos con los dornienses, y en sus recientes campañas victoriosas contra un nuevo Rey Buitre, lord Borros Baratheon no perdió tiempo en restablecer el orden en Desembarco del Rey; tras una noche de celebración circunspecta en la Fortaleza Roja, al día siguiente montó para cargar por la Colina de Visenya contra Gaemon Peloclaro, el Rey Conejito. Columnas de caballeros de armadura escalaron la colina por tres direcciones, barriendo sin obstáculo a los pordioseros, mercenarios y beodos que se apelotonaban en torno al reyezuelo, que tan solo dos días atrás había celebrado su quinto día del nombre. Volvieron a la Fortaleza Roja con el infante a caballo, tendido de través en la silla, envuelto en cadenas y lágrimas. Su madre caminaba detrás, aferrada a la mano de la dorniense Sylvenna Arena, al frente de una larga fila de putas, brujas, mangantes, descuideros y enajenados, únicos supervivientes de la «corte» de Peloclaro.
A la noche siguiente llegó el turno del Pastor. Prevenido por el destino de las putas y su pequeño rey, había convocado a su Ejército Descalzo alrededor de Pozo Dragón, a fin de defender la Colina de Rhaenys «a sangre y hierro». Pero su buena estrella se había apagado; poco menos de trescientas personas respondieron a su llamada, y de ellas, muchas huyeron en cuanto empezó el asalto. Lord Borros condujo a sus caballeros colina arriba desde el oeste, mientras ser Perkin y sus Caballeros del Arroyo escalaban la abrupta ladera sur desde el Lecho de Pulgas. Cuando se abrieron paso a través de las débiles filas defensoras y llegaron a las ruinas de Pozo Dragón, se encontraron al profeta entre las cabezas de los dragones (ya en avanzado estado de putrefacción), rodeado de un anillo de antorchas, aún predicando sobre la condena y la aniquilación. Cuando atisbó a lord Borros, a lomos de su caballo de batalla, lo señaló con el muñón y lo maldijo: «Nos veremos en el infierno antes de que concluya este año», proclamó el hermano mendicante. Igual que a Gaemon Peloclaro, lo prendieron con vida y lo transportaron a la Fortaleza Roja cargado de cadenas.
Así regresó la paz, en cierto modo, a Desembarco del Rey. En nombre de su hijo, «nuestro legítimo rey Aegon, el segundo de su nombre», la reina Alicent declaró el toque de queda; no se podían transitar las calles tras el crepúsculo. Se cuidaba de su cumplimiento la Guardia de la Ciudad, rehecha bajo el mando de ser Perkin la Pulga, mientras que lord Borros y los tormenteños custodiaban puertas y almenas. Bajados a rastras de sus tres colinas, los tres «reyes» pasaban penurias en los calabozos en espera del regreso del rey verdadero; regreso que, no obstante, pendía del hilo de los Velaryon de Marcaderiva. Al otro lado de la muralla de la Fortaleza Roja, la reina viuda Alicent y lord Larys Strong habían ofrecido la libertad a la Serpiente Marina, junto con el indulto de sus traiciones y un puesto en el consejo privado, a condición de que hincara la rodilla ante Aegon II como su rey y le entregara las espadas y velas de Marcaderiva; pero el anciano lord Corlys resultó ser un hueso duro de roer: «Tengo las rodillas viejas y anquilosadas; no se hincan fácilmente», respondió antes de establecer sus propias condiciones. No satisfecho con su propio indulto, quería la amnistía de todos los hombres que habían luchado por la reina Rhaenyra, y que se concediera a Aegon el Menor la mano de la princesa Jaehaera, para que se proclamara a los dos indivisiblemente herederos del rey Aegon. «El reino está desmembrado —dijo—; tenemos la misión de reconstruirlo». No le interesaban las hijas de lord Baratheon, pero exigía la libertad inmediata de lady Baela.
La reina Alicent se declaró indignada por la «arrogancia» de lord Velaryon, nos relata Munkun, en especial en lo tocante al nombramiento del Aegon de la reina Rhaenyra como heredero del suyo. Había sufrido la pérdida de dos de sus tres hijos y su única hija durante la Danza, y le resultaba intolerable que perviviese ningún hijo de su rival. Airada, recordó a lord Corlys que en dos ocasiones había presentado condiciones de paz a Rhaenyra y en dos ocasiones se habían recibido con cajas destempladas. Correspondió a lord Larys el Patizambo serenar las aguas turbulentas, aplacar a la reina con una comedida alusión a cuanto habían debatido en la tienda de lord Baratheon y persuadirla de acceder a las propuestas de la Serpiente Marina.
Al día siguiente, lord Corlys Velaryon, la Serpiente Marina, se prosternó ante la reina Alicent, sentada en los peldaños inferiores del Trono de Hierro en representación de su hijo, para jurar al rey su lealtad y la de su casa. Ante los ojos de los dioses y los hombres, la reina viuda les concedió a él y a los suyos el real indulto, además de devolverle su antiguo puesto de lord almirante y consejero naval en el consejo privado. Despacharon cuervos a Marcaderiva y Rocadragón para anunciar el acuerdo, y justo a tiempo, pues encontraron al joven Alyn Velaryon reuniendo sus naves para atacar Rocadragón, y al rey Aegon II, disponiéndose de nuevo a decapitar a su prima Baela.
En los postreros días del 130 d. C., el rey Aegon II volvió al fin a Desembarco del Rey, acompañado de ser Marston Mares, ser Alfred Broome, los dos Toms y lady Baela Targaryen (aún encadenada, por miedo a que atacara al rey si la liberaban). Escoltados por doce galeras de combate de los Velaryon, alzaron velas a bordo de una baqueteada coca mercante llamada Ratón, cuya propietaria y capitana era Marilda de la Quilla. Si hemos de dar crédito a Champiñón, la embarcación se escogió deliberadamente: «Lord Alyn podría haber enviado al rey a casa a bordo del Gloria de Lord Aethan, el Marea Matutina o incluso el Moza de Puertoespecia, pero quería que lo vieran arribar a la ciudad a lomos de un ratón. Lord Alyn era un joven insolente y no apreciaba a su soberano».
El regreso del rey distó mucho de ser triunfante. Aún incapaz de caminar, cruzó la Puerta del Río en un palanquín cerrado, en el que lo transportaron, Colina Alta de Aegon arriba, hasta la Fortaleza Roja, a través de una ciudad silenciosa de calles desiertas, hogares abandonados y comercios saqueados. Los estrechos y empinados escalones del Trono de Hierro le resultaron asimismo infranqueables; por ello tuvo el rey repuesto que conceder audiencias desde un asiento acolchado de madera tallada, en la base del verdadero trono, con una manta sobre las piernas deformes y deshechas.
Aunque preso de fuertes dolores, el rey no se retiró a sus aposentos; no se concedió el vino del sueño ni la leche de la amapola, sino que se apresuró a pronunciar sentencia contra los tres «reyes efímeros» que habían gobernado Desembarco del Rey durante la Luna de la Demencia. El escudero Trystane, el primero en enfrentarse a su destino, fue condenado a muerte por alta traición. Era un joven bizarro que al principio se mostró desafiante cuando lo arrastraban hacia el Trono de Hierro, hasta que vio a ser Perkin la Pulga junto al rey. Eso lo dejó descorazonado, relata Champiñón, pero ni siquiera entonces intentó afirmar su inocencia ni impetrar misericordia; tan solo pidió que lo armasen caballero antes de morir. El rey Aegon le concedió el deseo, a lo que ser Marston Mares otorgó al zagal, su combastardo, el nombre de ser Trystane Fuego, ya que Fuegoeterno, apellido elegido por su portador, se le antojaba presuntuoso. A continuación, ser Alfred Broome le rebanó la cabeza con Fuegoscuro, la espada de Aegon el Conquistador.
El destino de Gaemon Peloclaro, el Rey Conejito, fue menos funesto. Se le perdonó la vida a cuenta de su corta edad, ya que acababa de cumplir los cinco años, y recibió el nombramiento de guardián de la Corona. Essie, su madre, que se había hecho llamar lady Esselyn durante el breve reinado de su retoño, confesó bajo tortura que el padre de Gaemon no era el rey, como afirmaba previamente, sino un remero de pelo plateado de una galera mercante de Lys. Por ser de baja cuna e inmerecedoras de la espada, a Essie y a la puta dorniense Sylvenna Arena las colgaron de las almenas de la Fortaleza Roja, junto con otros veintisiete miembros de la corte del «rey» Gaemon, una malhadada congregación de ladrones, borrachuzos, titiriteros, pedigüeños, putas y proxenetas.
En último lugar, el rey Aegon II se ocupó del Pastor. Cuando lo presentaron para el juicio ante el Trono de Hierro, el profeta, lejos de mostrar arrepentimiento o reconocer la traición, apuntó al rey con la mano ausente y le dijo: «Nos veremos en el infierno antes de que concluya este año». Eran las mismas palabras que había proferido a Borros Baratheon cuando lo capturó; por tamaña insolencia, Aegon ordenó que le arrancaran la lengua con unas tenazas al rojo, y después los condenó a él y a sus «traicioneros seguidores» a morir en la hoguera.
El día en que concluía el año, embrearon y encadenaron a postes a doscientos cuarenta y un «corderos descalzos», los más fervientes y devotos acólitos del Pastor, a lo largo de la anchurosa vía adoquinada que transcurría hacia el este desde la plaza de los Zapateros hasta Pozo Dragón. Mientras en los septos de la ciudad repicaban las campanas para anunciar el final de un año y el principio de otro, el rey Aegon recorría la avenida (conocida desde entonces como la vía del Pastor; anteriormente había sido la vía de la Colina) en su palanquín, flanqueado por caballeros que, antorcha en mano, le alumbraban el camino prendiendo las piras de los corderos cautivos. De este modo ascendió su alteza la colina hasta llegar a la cima, donde aguardaba amarrado el Pastor con las cinco cabezas de dragón en torno. Con ayuda de dos miembros de su Guardia Real, Aegon II se levantó de los cojines, avanzó a duras penas hasta el poste al que estaba encadenado el profeta y le prendió fuego con su propia mano.
«La aspirante Rhaenyra había muerto, igual que sus dragones; todos los reyes titiriteros habían caído, pero el reino seguía sin conocer la paz», escribió poco después el septón Eustace. Con su hermana muerta y su único hijo superviviente cautivo en su propia corte, el rey Aegon II tenía motivos para esperar que se disgregaran los restos de la oposición a su gobierno. Y quizá hubiera sido así de haber seguido su alteza los consejos de lord Velaryon de amnistiar a los señores y caballeros adscritos a la causa de la reina.
El monarca, por desgracia, no era de talante proclive al perdón. A instancias de su madre, la reina viuda Alicent, estaba decidido a vengarse de quienes lo habían traicionado y desposeído. Empezó por las Tierras de la Corona, enviando a sus propios hombres y a los tormenteños de Borros Baratheon contra Rosby, Stokeworth, el Valle Oscuro, y los pueblos y aldeas circundantes. Aunque los señores que recibieron estas visitas se apresuraron a ordenar a sus mayordomos y castellanos que arriasen los estandartes acuartelados de Rhaenyra e izasen el dragón dorado de Aegon en su lugar, los encadenaron a todos y los transportaron a Desembarco del Rey para que jurasen pleitesía a su alteza. No los liberaron hasta que aceptaron pagar un rescate considerable y proporcionar rehenes adecuados a la Corona.
Esta campaña resultó ser un funesto error, pues solo sirvió para cerrar al rey el corazón de los hombres de la difunta reina. Tardaron poco en llegar a la capital informes de guerreros que se congregaban en gran número en Invernalia, Fuerte Túmulo y Puerto Blanco. En las Tierras de los Ríos, el anciano y encamado lord Grover Tully había acabado por fallecer (de la apoplejía que le provocó que su casa combatiera al rey legítimo en la segunda batalla de Ladera, a decir de Champiñón), y su nieto Elmo, por fin señor de Aguasdulces, había llamado a la guerra una vez más a los señores del Tridente, poco inclinados a sufrir el destino de lord Rosby, lord Stokeworth y lord Darklyn. Se le unieron Benjicot Blackwood del Árbol de los Cuervos, quien con trece años ya era un curtido guerrero; su joven y fiera tía Aly la Negra, con trescientos arqueros; lady Sabitha Frey, la despiadada y ambiciosa señora de Los Gemelos; lord Hugo Vance de Descanso del Caminante; lord Jorah Mallister de Varamar; lord Roland Darry de Darry, e incluso Humfrey Bracken, señor de Seto de Piedra, cuya casa había apoyado hasta entonces al rey Aegon.
Más preocupantes aún fueron las nuevas procedentes del Valle, donde lady Jeyne Arryn había reunido a mil quinientos caballeros y ocho mil soldados, además de enviar legados a los braavosíes para contratar las naves que los transportarían a Desembarco del Rey. Llegarían con un dragón: lady Rhaena de la casa Targaryen, gemela de la valerosa Baela, había ido al Valle con un huevo de dragón, que resultó ser fértil y del que eclosionó una cría de color rosa claro con cuernos y cresta negros. Rhaena le puso Aurora.
Aunque tendrían que pasar años antes de que Aurora alcanzara el tamaño suficiente para ir a la guerra con un jinete en el lomo, la noticia de su nacimiento despertó una gran preocupación en el consejo verde; si los rebeldes contaban con un dragón del que carecían los leales, señaló la reina Alicent, el vulgo podría otorgar mayor legitimidad a sus enemigos. «Necesito un dragón», dijo Aegon II al enterarse.
Al margen de la cría de lady Rhaena, en todo Poniente quedaban tan solo tres dragones vivos. El Ladrón de Ovejas se había desvanecido con la joven Ortiga; se pensaba que andarían por algún lugar de Punta Zarpa Rota o las Montañas de la Luna. El Caníbal seguía asolando las laderas orientales de Montedragón. Según los últimos informes, Ala de Plata había abandonado la desolación de Ladera y se había dirigido al Dominio, donde al parecer había establecido su guarida en un islote rocoso del lago Rojo.
La dragona argéntea de la reina Alysanne había aceptado un segundo jinete, señaló Borros Baratheon. «¿Por qué no un tercero? Haceos con el animal y tendréis la corona asegurada». Pero Aegon II no podía aún caminar ni ponerse en pie; mucho menos, montar un dragón. Tampoco tenía fuerzas para emprender el largo viaje al lago Rojo, al otro lado del reino, a través de regiones plagadas de traidores, rebeldes y hombres quebrados.
Tal respuesta, simplemente, no tenía nada de respuesta. «Ala de Plata, no —declaró su alteza—. Tendré un nuevo Fuegosolar, más impresionante y fiero que el último». Así pues, se enviaron cuervos a Rocadragón, donde se custodiaban en cámaras acorazadas subterráneas los huevos de dragón de los Targaryen, algunos tan antiguos que se habían convertido en piedra. El maestre escogió los siete (en honor de los dioses) que consideró más prometedores y los mandó a Desembarco del Rey. Aegon II los guardó en sus propios aposentos, pero de ninguno surgió un dragón. Nos cuenta Champiñón que su alteza se pasó un día y una noche sentado sobre «un gran huevo violeta y dorado» con la esperanza de incubarlo, «pero para lo que sirvió, bien podría haber sido un zurullo violeta y dorado».
El gran maestre Orwyle, libre de la mazmorra y de nuevo portador de la cadena de su cargo, nos proporciona una vista detallada del consejo verde restaurado en estos tiempos turbulentos, cuando hasta por la Fortaleza Roja campaban el miedo y las sospechas. Justo cuando más falta hacía la unidad, los señores que rodeaban al rey Aegon II estaban profundamente divididos, incapaces de alcanzar un acuerdo sobre la mejor forma de capear la tormenta que se aproximaba.
La Serpiente Marina era partidario de la reconciliación, el indulto y la paz.
Borros Baratheon tachaba tales métodos de debilidad; él derrotaría a esos traidores en el campo de batalla, declaró al rey y al consejo. Lo único que necesitaba eran hombres; se debía imponer una leva inmediata en Roca Casterly y Antigua.
Ser Tyland Lannister, el ciego consejero de la moneda, propuso navegar a Lys o a Tyrosh y contratar una o varias compañías de mercenarios. (Aegon II no andaba escaso de fondos, ya que ser Tyland había puesto a salvo tres cuartas partes de las riquezas de la Corona en Roca Casterly, Antigua y el Banco de Hierro de Braavos antes de que la reina Rhaenyra se apropiase de la ciudad y del tesoro).
Lord Velaryon consideraba fútiles tales esfuerzos. «No tenemos tiempo. Los asientos del poder de Antigua y Roca Casterly sostienen nalgas infantiles; ahí no encontraremos más ayuda. Las mejores compañías libres están vinculadas por contrato a Lys, Myr o Tyrosh, e incluso aunque ser Tyland lograra rescindir dichos acuerdos, cuando vinieran ya sería tarde. Mis barcos pueden impedir que los Arryn alcancen nuestras puertas, pero ¿quién detendrá a los norteños y a los señores del Tridente, que ya se encuentran en marcha? Tenemos que elaborar unas condiciones. Su alteza debería absolverlos de todos sus crímenes y traiciones, proclamar heredero al Aegon de Rhaenyra y casarlo de inmediato con la princesa Jaehaera. No existe otra solución».
Las palabras del anciano, sin embargo, cayeron en oídos sordos. La reina Alicent había accedido a regañadientes a conceder al hijo de Rhaenyra la mano de su nieta, aunque sin el consentimiento del soberano, que tenía otros planes: deseaba desposarse cuanto antes con Cassandra Baratheon, ya que «me dará hijos fuertes, dignos del Trono de Hierro». Tampoco estaba dispuesto a permitir que el príncipe Aegon se casara con su hija y, quizá, engendrara vástagos que pudieran empañar la línea sucesoria. «Que vista el negro y pase el resto de sus días en el Muro —decretó su alteza—, o de lo contrario, que renuncie a su hombría y me sirva como eunuco. Él decide, pero en ningún caso tendrá descendencia que perpetúe la estirpe de mi hermana».
Incluso esa medida resultaba por demás clemente en opinión de ser Tyland Lannister, quien abogaba por la ejecución inmediata del príncipe Aegon el Menor. «El chico será una amenaza mientras le quede un soplo de aliento —declaró—. Decapitadlo y esos traidores quedarán sin rey, reina ni príncipe.
Cuanto antes muera, antes terminará esta rebelión». Sus palabras, así como las del rey, horrorizaron al viejo lord Velaryon, la Serpiente Marina, quien, «con cólera tempestuosa», acusó al rey y al consejo de «necios, mentirosos y perjuros» antes de abandonar la cámara como una exhalación.
Borros Baratheon se ofreció entonces a presentar al rey la cabeza del anciano, y a punto estaba Aegon II de darle venia cuando tomó la palabra lord Larys Strong y le recordó que el joven Alyn Velaryon, heredero de la Serpiente Marina, estaba en Marcaderiva, fuera de su alcance.
«Matad a la vieja serpiente y perderemos a la nueva —dijo el Patizambo—, junto con sus excelentes y veloces navíos». Lo que debían hacer, afirmó, era congraciarse cuanto antes con lord Corlys, para conservar la casa Velaryon de su lado. «Concededle ese compromiso, alteza —instó al rey—; un compromiso no es una boda. Nombrad heredero al joven Aegon; un príncipe no es un rey. Recapitulad y pensad en cuántos herederos, a lo largo de la historia, no vivieron para sentarse en el trono. Ocupaos de Marcaderiva a su debido tiempo, cuando hayáis eliminado a vuestros enemigos y vuestra buena estrella alcance el cénit. Ese día no ha llegado aún; debemos tratarlo con deferencia en espera del momento oportuno».
Esas son, al menos, las palabras que nos han llegado, transmitidas por Orwyle y consignadas por Munkun. Ni el septón Eustace ni el bufón Champiñón estuvieron presentes en el consejo, aunque eso no impide a Champiñón hablar de él: «¿Habrá existido alguna vez un hombre más taimado que el Patizambo? Oh, cuán buen bufón habría sido. Las palabras caían de sus labios como la miel de un panal, y ningún veneno tuvo jamás sabor tan dulce».
El enigma que constituye Larys Strong, el Patizambo, ha dejado perplejas a varias generaciones de historiadores y no podemos aspirar a desentrañarlo en estas páginas. ¿Cuáles eran sus verdaderas lealtades? ¿Cuál era su intención? Había sorteado diestramente la Danza de los Dragones, ora en un bando, ora en el otro; se desvanecía y reaparecía, y siempre se las arreglaba para sobrevivir. ¿Cuánto de lo que decía era una artimaña y en cuánto había sinceridad? ¿Era, simplemente, un hombre que se arrimaba al sol que más calienta, o seguía un plan trazado minuciosamente? Podemos plantear muchas preguntas, pero nadie responderá. El último Strong guarda sus secretos.
Sabemos que era intrigante y reservado, pero también franco y amable cuando le era menester. Sus palabras viraron el rumbo del rey y el consejo. Cuando la reina Alicent objetó, preguntándose en voz alta cómo podrían recuperar el favor de lord Corlys tras todo lo dicho aquel día, lord Strong repuso: «Dejad esa tarea en mis manos, alteza. Me atrevo a afirmar que a mí me escuchará».

Y así fue. Aunque nadie se enteró en su momento, el Patizambo acudió a la Serpiente Marina nada más cerrarse la sesión del consejo y le reveló la intención del rey de concederle cuanto había solicitado para darle muerte más adelante, cuando acabase la guerra. Después, visto que el anciano estaba pronto a salir, espada en mano, para ejercer una sangrienta venganza, lord Larys lo apaciguó con palabras consideradas y sonrisas. «Hay una forma mejor», le dijo para aconsejarle paciencia, y así tejió sus redes de engaños y traición para enfrentarlos mutuamente.
Mientras conjuras y contubernios se tejían a su alrededor y los enemigos se aproximaban por los cuatro costados, Aegon II seguía ajeno a todo, centrado en sus problemas de salud. Las quemaduras que había sufrido en Reposo del Grajo le habían dejado medio cuerpo cubierto de cicatrices; Champiñón afirma que lo dejaron impotente asimismo. Tampoco podía caminar. En Rocadragón, al saltar de Fuegosolar se había fracturado doblemente la pierna derecha y se había pulverizado los huesos de la izquierda. La primera había curado bien, según los registros del gran maestre Orwyle; no así la otra. Los músculos se habían atrofiado y la rodilla había perdido la movilidad, por lo que la carne fue menguando hasta quedar la pierna convertida en un palo, tan contrahecho que, en opinión de Orwyle, a su alteza le convendría más una amputación. El rey, no obstante, no quería ni oír hablar de ello, de modo que lo transportaban a todas partes en su palanquín. No fue sino hacia el final que recuperó la fuerza suficiente para caminar apoyado en unas muletas, arrastrando tras sí la pierna inútil.
Aegon, aquejado de dolores constantes durante el medio año postrero de su existencia, tan solo parecía hallar solaz en la contemplación de su inminente matrimonio. Ni las chanzas de sus bufones le provocaban ya la menor hilaridad, nos dice Champiñón, el principal de sus histriones; si bien añade: «Mis bufas arrancaban alguna que otra sonrisa a su alteza, quien gustaba de tenerme cerca para que aliviara su melancolía y lo ayudara a vestirse». Aunque, según el bufón, ya no podía realizar el acto sexual a causa de sus quemaduras, Aegon sentía aún apetitos carnales y muchas veces observaba tras una cortina mientras uno de sus favoritos se refocilaba con una criada o una dama de la corte. Quien con más frecuencia realizaba esta tarea era Tom Lenguatrabada, según nos cuentan; otras veces correspondió tal deshonor a determinados caballeros de la casa, y en tres ocasiones fue el propio Champiñón quien tuvo que realizar el servicio. Tras aquellas sesiones, dice el bufón, el rey lloraba de vergüenza y convocaba al septón Eustace para que le otorgase la absolución. (Eustace no relata nada semejante en su crónica de los últimos días de Aegon).
Durante este tiempo, el rey Aegon II ordenó también la restauración y reconstrucción de Pozo Dragón, encargó dos ciclópeas estatuas de sus hermanos Aemond y Daeron (decretó que fueran mayores que el Titán de Braavos y se recubrieran de pan de oro) y organizó una quema pública de todos los decretos y proclamas emitidos por los reyes efímeros Trystane Fuegoeterno y Gaemon Peloclaro.
Mientras tanto, sus enemigos avanzaban. Por el Cuello llegó Cregan Stark, señor de Invernalia, seguido de una numerosa hueste (el septón Eustace habla de «veinte mil salvajes aullantes enfundados en pieles andrajosas», aunque Munkun reduce la cifra a ocho mil en su Relato verídico), al tiempo que la Doncella del Valle enviaba a su propio ejército desde Puerto Gaviota: diez mil hombres bajo el mando de lord Leowyn Corbray y su hermano ser Corwyn, que blandía la famosa espada valyria conocida como Dama Desesperada.
Sin embargo, la amenaza más acuciante era la que planteaban los hombres del Tridente. Casi seis mil se habían congregado en Aguasdulces cuando Elmo Tully llamó a sus banderizos. Por desgracia, el propio lord Elmo había muerto por el camino tras beber agua en mal estado, después de tan solo cuarenta y nueve días como señor de Aguasdulces, pero el cargo había pasado a ser Kermit Tully, su hijo mayor, un joven indómito y obstinado deseoso de probar su valía como guerrero. Estaban a seis días de marcha de Desembarco del Rey y avanzaban por el camino Real cuando lord Borros Baratheon envió a su encuentro a los tormenteños, reforzados con levas de Stokeworth, Rosby, Hayford y el Valle Oscuro, junto con dos mil hombres y muchachos de las cloacas del Lecho de Pulgas, equipados apresuradamente con lanzas y yelmos de hierro.
Los dos ejércitos chocaron a dos días de la ciudad, en un paraje en el que el camino Real discurría entre un bosque y una colina baja. Había llovido fuertemente durante días; la hierba estaba húmeda, y la tierra, blanda y embarrada. Lord Borros confiaba en resultar victorioso, ya que sus exploradores le habían dicho que al frente de los ribereños marchaban mancebos y mujeres. Faltaba poco para el ocaso cuando atisbó al enemigo, pero ordenó un ataque inmediato, aunque frente a ellos, la carretera era un muro inexpugnable de escudos, y a su derecha, la colina bullía de arqueros. Lord Borros encabezó el ataque personalmente; dispuso a sus caballeros en formación de cuña y se precipitó hacia el corazón del enemigo, donde la trucha plateada de Aguasdulces flotaba en su estandarte de azur y plata junto al blasón acuartelado de la reina difunta. Tras los caballeros de Borros marchaba la infantería, bajo el dragón dorado del rey Aegon.
La Ciudadela ha dado en denominar al enfrentamiento subsiguiente «batalla del Camino Real», aunque los hombres que la libraron la conocían como «la Masacre Embarrada». Llámese como se llame, la última batalla de la Danza de los Dragones resultó ser unilateral. Los arcos largos de la colina acabaron con los caballos sobre los que marchaban los caballeros de lord Borros; desmontaron a tantos que menos de la mitad alcanzó el muro de escudos, con las filas rotas, la cuña desmantelada y los caballos resbalando en el barro reciente. Los tormenteños causaron estragos con sus lanzas, espadas y alabardas, pero los ribereños se mantuvieron firmes, sustituyendo con premura a los caídos. Cuando la infantería de lord Baratheon arribó a la trifulca, el muro de escudos osciló y retrocedió levemente; parecía ir a romperse…, hasta que el bosque de la izquierda cobró vida con gritos de guerra y cientos de ribereños surgieron de entre los árboles, encabezados por el loco de Benjicot Blackwood; aquel día se ganó el sobrenombre de Ben el Sanguinario, por el que fue conocido a partir de entonces durante el resto de su larga vida.
Lord Borros seguía montado en medio de la matanza. Cuando vio que llevaba las de perder, ordenó a su escudero que hiciera sonar el cuerno para indicar que avanzaran las tropas de reserva; no obstante, al oír el toque, los hombres de Rosby, Stokeworth y Hayford soltaron los dragones dorados del rey y se quedaron donde estaban; la chusma de Desembarco del Rey emprendió la desbandada, y los caballeros del Valle Oscuro se pasaron al enemigo, atacando a los tormenteños por la retaguardia. La batalla se encarnizó en cuestión de instantes, y el último ejército del rey Aegon quedó desmantelado.
Borros Baratheon pereció en el combate. Descabalgado cuando las flechas de Aly la Negra y sus arqueros alcanzaron su destrero, prosiguió batallando a pie y abatió a numerosos soldados, a una docena de caballeros y a los señores Mallister y Darry, pero cuando Kermit Tully llegó a él lo encontró más muerto que vivo, con la cabeza descubierta pues se había arrancado el yelmo abollado, sangrando por una miríada de heridas y casi incapaz de tenerse en pie. «Rendíos, mi señor —dijo el señor de Aguasdulces al de Bastión de Tormentas—. La victoria es nuestra ya». A modo de respuesta, lord Baratheon profirió una maldición y dijo: «Prefiero bailar en el infierno a portar vuestras cadenas». Entonces cargó… directamente contra la bola del mangual de lord Kermit, cuyas púas lo alcanzaron en plena cara y lanzaron una lluvia de sangre, huesos y sesos. El señor de Bastión de Tormentas murió en el barro del camino Real, aún con la espada en la mano[10].
Cuando los cuervos llegaron a la Fortaleza Roja con nuevas sobre la batalla, el consejo verde se reunió a toda prisa. Todas las advertencias de la Serpiente Marina habían resultado fundadas. Roca Casterly, Altojardín y Antigua habían tardado en reaccionar a la petición de ejércitos por parte del soberano, y cuando respondieron fue con excusas y demoras en vez de promesas; los Lannister estaban embarcados en su guerra contra el Kraken Rojo; los Hightower habían perdido demasiados hombres y no tenían comandantes diestros; la madre del pequeño lord Tyrell escribió para decir que tenía motivos para dudar de la lealtad de los abanderados de su hijo, y «siendo tan solo una mujer, no soy quién para conducir una hueste a la guerra». Ser Tyland Lannister, ser Marston Mares y ser Julian Wormwood habían cruzado el mar Angosto para buscar mercenarios en Pentos, Tyrosh y Myr, pero ninguno de ellos había regresado aún.
El rey Aegon II tardaría poco en verse desvalido ante sus adversarios; lo sabían todos sus hombres. Ben Blackwood el Sanguinario, Kermit Tully, Sabitha Frey y sus compañeros de victoria se disponían a reanudar el avance hacia la ciudad, y lord Cregan Stark y sus norteños les pisaban los talones, rezagados apenas unos días de marcha. La flota braavosí que transportaba a la hueste de los Arryn había partido de Puerto Gaviota y navegaba hacia el Gaznate, donde tan solo el joven Alyn Velaryon se interponía en su camino, y no se podía confiar en la lealtad de Marcaderiva.
—Alteza —dijo la Serpiente Marina cuando estuvieron congregados los despojos del otrora eminente consejo verde—, debéis capitular. La ciudad no puede resistir otro ataque. Salvad a los vuestros y salvaos vos. Si abdicáis a favor del príncipe Aegon, os permitirá vestir el negro y pasar el resto de vuestros días honorablemente, en el Muro.
—Ah, ¿sí? —repuso el rey Aegon, esperanzado según Munkun.
Pero la reina viuda no albergaba tales perspectivas.
—Entregaste a su madre a tu dragón como sustento —le recordó—. El niño lo vio todo.
—¿Qué crees que debería hacer? —preguntó el rey, volviéndose hacia ella, desmoralizado.
—Tienes rehenes —replicó Alicent—. Córtale una oreja al chico, mándasela a lord Tully y adviértelo de que le cortarás otra parte del cuerpo por cada dos mil pasos que avance.
—Sí —dijo Aegon II—. Bien. Que así se haga.
Hizo llamar a ser Alfred Broome, que tan buen servicio le había prestado en Rocadragón, y le ordenó que se encargara de ello. Cuando se marchó el caballero, el rey se volvió hacia Corlys Velaryon y le dijo:
—Dad instrucciones a vuestro bastardo de luchar con valentía. Si me falla, si alguno de esos braavosíes pasa el Gaznate, vuestra preciosa lady Baela también perderá algún trozo.
La Serpiente Marina, por supuesto, no rogó, maldijo ni amenazó. Asintió escuetamente, se puso en pie y se marchó. Champiñón dice que por el camino cruzó una mirada con el Patizambo, pero Champiñón no estaba presente, y parece improbable que un hombre tan curtido como Corlys Velaryon actuara con semejante torpeza en un momento como aquel.
Pues Aegon estaba acabado, aunque aún no lo hubiera entendido. Los cambiacapas de su séquito habían puesto en marcha sus maquinaciones nada más enterarse de la derrota de lord Baratheon en el camino Real.
Cuando ser Alfred Broome cruzó el puente levadizo hacia el Torreón de Maegor, donde se custodiaba al príncipe Aegon, se encontró a ser Perkin la Pulga y a seis de sus Caballeros del Arroyo cortándole el camino.
—Apartad, en nombre del rey —exigió.
—Ahora tenemos un nuevo rey —respondió ser Perkin. Puso una mano en el hombro de ser Alfred… y empujó tan fuertemente que lo tiró del puente levadizo al foso erizado de púas de hierro, donde pasó dos días contorsionándose antes de morir.
En aquel mismo momento, agentes de lord Larys el Patizambo se llevaban a lady Baela Targaryen para ponerla a salvo. A Tom Lenguatrabada lo descubrieron en el patio del alcázar, mientras abandonaba los establos, y lo decapitaron directamente. «Murió como había vivido: tartamudeando», escribió Champiñón. Su padre, Tom Tanglebeard, estaba ausente del castillo, pero lo encontraron en una taberna del callejón de la Anguila. Cuando alegó que era «un simple pescador que viene a tomarse una cerveza», sus captores lo ahogaron en un barril de dicho líquido.
Todo esto se hizo tan pulcra, rápida y silenciosamente, que las gentes de Desembarco del Rey supieron poco o nada de cuanto acontecía tras la muralla de la Fortaleza Roja; ni siquiera saltó ninguna alarma en el propio castillo. Los condenados a muerte fueron ajusticiados mientras el resto de la corte, ajeno al lance, seguía a lo suyo sin obstáculo alguno. El septón Eustace nos dice que murieron veinticuatro hombres, mientras que el Relato verídico de Munkun afirma que fueron veintiuno. Champiñón sostiene haber presenciado la ejecución del catador real, un hombre obscenamente obeso llamado Ummet, y que para no sufrir el mismo destino se vio obligado a ocultarse en un tonel, del que emergió a la noche siguiente «enharinado de pies a cabeza, tan blanco que la primera criada que me vio me tomó por el fantasma de Champiñón». (Esto huele a fabulación; ¿qué interés podrían tener los conjurados en deshacerse de un bufón?).
Apresaron a la reina Alicent en la escalera de caracol mientras se dirigía a sus aposentos; los hombres que la prendieron llevaban en el jubón el hipocampo de la casa Velaryon, y aunque dieron muerte a los dos escoltas de la reina viuda, no les hicieron mal alguno ni a ella ni a sus damas de compañía. Condujeron a la Reina Encadenada, una vez más cubierta de cadenas, a los calabozos, donde aguardaría el veredicto del nuevo rey. Por aquel entonces ya había perdido al último de sus hijos.
Tras la reunión del consejo, dos fuertes escuderos habían trasladado al rey Aegon II al patio, donde, como de costumbre, esperaba su palanquín; la pierna debilitada hacía que le resultara difícil caminar incluso con muletas. Ser Gyles Belgrave, el caballero de la Guardia Real que comandaba a sus acompañantes, declaró posteriormente que su alteza parecía inusitadamente fatigado cuando lo ayudaron a encaramarse al palanquín, «tambaleante, con el rostro cerúleo y ceniciento», pero en vez de pedir que lo llevaran a sus aposentos, expresó a ser Gyles su deseo de ir al septo del castillo. «Quizá presintiera la cercanía de su fin —escribió el septón Eustace— y deseara rezar por el perdón de sus pecados».
Soplaba un viento frío. Cuando levantaron el palanquín, el rey corrió las cortinas para resguardarse. Dentro, como siempre, había una frasca de tinto dulce del Rejo, su favorito. Mientras la litera cruzaba el patio, Aegon se sirvió una copa.
Ni ser Gyles ni los porteadores sospecharon que nada marchara mal hasta que llegaron al septo y no se abrieron las cortinas. «Ya estamos aquí, alteza», dijo el caballero, pero no obtuvo más respuesta que el silencio. Como la segunda advertencia y la tercera produjeron el mismo resultado, ser Gyles Belgrave descorrió las cortinas y se encontró al rey muerto entre sus cojines. «Tenía sangre en los labios —declaró el caballero—. De lo contrario, podría haberse dicho que dormía».
Tanto los maestres como el pueblo llano siguen debatiendo qué veneno se empleó y quién lo puso en el vino del rey. (Hay quien afirma que solo podría haber estado al alcance del propio ser Gyles, pero resulta inconcebible que un caballero de la Guardia Real se cobrara la vida del soberano al que había jurado proteger; es más probable que fuera Ummet, el catador real cuya muerte afirma haber presenciado Champiñón). Pero aunque nunca se sabrá qué mano emponzoñó el tinto del Rejo, no nos cabe duda alguna de que obraba a instancias de Larys Strong.
Así falleció Aegon de la casa Targaryen, el segundo de su nombre, primogénito del rey Viserys I Targaryen y la reina Alicent de la casa Hightower, cuyo reinado resultó tan breve como amargo. Había vivido veinticuatro años y reinado durante dos.
Cuando, dos días después, la vanguardia del ejército de lord Tully apareció a las puertas de Desembarco del Rey, Corlys Velaryon se acercó a caballo a recibirla, con un sombrío príncipe Aegon a su lado.
—El rey ha muerto —anunció la Serpiente Marina, circunspecto—. Viva el rey.
Al otro lado de la bahía del Aguasnegras, en el Gaznate, lord Leowyn Corbray, desde la proa de una coca braavosí, observaba como una hilera de buques de guerra de los Velaryon arriaban el dragón dorado del segundo Aegon e izaban en su lugar el dragón rojo del primero, el estandarte que habían hecho ondear todos los reyes Targaryen hasta el estallido de la Danza de los Dragones.

La guerra había terminado, aunque la paz que se sucedió tardó poco en revelar cuánto distaba de ser pacífica.
El séptimo día de la séptima luna del centésimo trigésimo primer año después de la Conquista de Aegon, una fecha que se considera consagrada a los dioses, el Septón Supremo de Antigua pronunció los votos matrimoniales cuando el príncipe Aegon el Menor, hijo mayor de la princesa Rhaenyra y su tío, el príncipe Daemon, se desposó con la princesa Jaehaera, hija de la reina Helaena y su hermano, el rey Aegon II, con lo que volvieron a unirse las dos ramas rivales de la casa Targaryen y se puso fin a dos años de traiciones y masacres.
La Danza de los Dragones había concluido; empezaba el melancólico reinado del rey Aegon III Targaryen.