Fuego y sangre
Postrimerías: La hora del lobo
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Postrimerías La hora del lobo
El pueblo llano de los Siete Reinos se refiere al rey Aegon III Targaryen, cuando se molesta en acordarse de él, como Aegon el Desafortunado, Aegon el Infeliz o, lo más frecuente, el Veneno de Dragón. Todos ellos eran nombres apropiados. El gran maestre Munkun, que estuvo a su servicio durante buena parte de su reinado, lo llamaba el Rey Quebrado, lo que le ajusta aún mejor. De todos los hombres que se sentaron alguna vez en el Trono de Hierro sigue siendo, quizá, el más enigmático: un monarca sombrío, que hablaba poco y hacía aún menos, y que vivió una vida inmersa en la pesadumbre y la melancolía.
Aegon, cuarto hijo de Rhaenyra Targaryen y mayor de los tenidos por esta con el príncipe Daemon Targaryen, su tío y segundo esposo, subió al Trono de Hierro en el 131 d. C. y reinó durante veintiséis años, hasta su muerte por tisis en el 157 d. C. Tuvo dos esposas y fue padre de cinco vástagos (dos varones y tres hijas), pero ni el matrimonio ni la paternidad parecieron darle muchas alegrías. De hecho, era notoriamente taciturno. No cazaba ni practicaba la cetrería; solo cabalgaba si tenía que viajar; no bebía vino, y le interesaban tan poco los placeres de la mesa que en ocasiones debían recordarle que tenía que comer. Aunque permitía que se celebrasen torneos, jamás participaba en ellos, ni compitiendo ni como espectador. De adulto vestía de forma austera, a menudo de negro, y se sabía que llevaba una camisa de fieltro bajo el terciopelo y la seda exigidos a un rey.
Pero todo ello fue muchos años más tarde, después de que Aegon III alcanzase la mayoría de edad y tomase en sus manos el gobierno de los Siete Reinos. En el 131 d. C., al comenzar su reinado, era un muchacho de diez años; alto para su edad y del que se decía que tenía «un pelo plateado tan claro que era casi blanco, y unos ojos de un violeta tan oscuro que eran casi negros». Incluso de adolescente, Aegon sonreía rara vez y reía aún menos, según cuenta Champiñón, y aunque podía mostrarse elegante y cortés cuando era necesario, en su interior albergaba una oscuridad que nunca desapareció.
Las circunstancias en las que empezó el reinado del joven rey no fueron precisamente de buen agüero. Los señores de los Ríos que habían destrozado el último ejército de Aegon II en la batalla del Camino Real se dirigían hacia Desembarco del Rey, dispuestos a combatir. En esa tesitura, lord Corlys Velaryon y el príncipe Aegon salieron a su encuentro enarbolando bandera de tregua. «El rey ha muerto, ¡viva el rey!», les dijo lord Corlys, y rindió la ciudad a su merced.
En aquel entonces, al igual que ahora, los señores de los Ríos formaban un grupo dividido y pendenciero. Eran vasallos de Kermit Tully, señor de Aguasdulces, quien en teoría comandaba la horda; pero cabe recordar que apenas contaba diecinueve años y estaba «verde como la hierba del verano», como decían los norteños. Su hermano Oscar, que había matado a tres hombres en la Masacre Embarrada, tras lo cual lo habían armado caballero en el campo de batalla, estaba aún más verde, y maldijo con el orgullo puntilloso tan habitual en los segundones.
La casa Tully constituía un caso único entre las grandes casas de Poniente. Aegon el Conquistador los había nombrado señores supremos del Tridente, pero en muchos aspectos, gran parte de sus abanderados les seguían haciendo sombra. Los Bracken, los Blackwood y los Vance gobernaban territorios más amplios y podían reunir ejércitos mucho mayores, al igual que los advenedizos Frey de Los Gemelos. Los Mallister de Varamar eran de más rancio abolengo; los Mooton de Poza de la Doncella eran mucho más ricos, y Harrenhal, incluso maldito, fundido y en ruinas, seguía siendo un castillo más inexpugnable que Aguasdulces, y además diez veces más grande. La mediocre historia de la casa Tully no había hecho más que agravarse a causa del carácter de sus dos últimos señores. Pero ahora, los dioses habían puesto en vanguardia a otra generación de Tully, dos ufanos jóvenes decididos a demostrar su valía: lord Kermit como gobernante y ser Oscar como guerrero.
Desde las orillas del Tridente hasta las puertas de Desembarco del Rey cabalgaba junto a ellos un hombre más joven todavía: Benjicot Blackwood, señor del Árbol de los Cuervos. Ben el Sanguinario, como habían empezado a llamarlo sus hombres, solo tenía trece años, una edad a la que la mayoría de los muchachos de noble cuna son aún escuderos y se dedican a atender a los caballos de su señor y limpiarle la herrumbre de la cota de malla. El señorío le había caído encima temprano, cuando ser Amos Bracken mató a su padre, lord Samwell Blackwood, en la batalla de Molino Ardiente. A pesar de su juventud, el muchacho se había negado a delegar la autoridad en hombres de más experiencia. En la Carnada para Peces había llorado al contemplar tantos muertos, pero aquello no lo había hecho flaquear más tarde ante el combate; al contrario, lo buscaba. Sus hombres habían ayudado a expulsar de Harrenhal a Criston Cole al cazar a sus forrajeros, había comandado el centro en la segunda batalla de Ladera y en la Masacre Embarrada había encabezado el ataque lateral desde los bosques, gracias a lo cual habían dispersado a los tormenteños de lord Baratheon y conseguido la victoria. Se decía que, ataviado para la corte, lord Benjicot era claramente un muchacho, alto para su edad pero de complexión delgada, con rasgos delicados y de modales tímidos y recatados; pero con cota de malla y coraza, Ben el Sanguinario era un hombre completamente diferente, que a sus trece años había visto más cosas en el campo de batalla que muchos otros en toda la vida.
Ciertamente había otros señores y caballeros famosos en la hueste a la que se encaró Corlys Velaryon frente a la Puerta de los Dioses aquel día del año 131 d. C., todos ellos de más edad y algunos más sabios que Ben Blackwood el Sanguinario y los hermanos Tully; pero de algún modo, los tres jóvenes habían salido de la Masacre Embarrada como los cabecillas indiscutidos. Los tres, ligados por la batalla, se habían hecho tan inseparables que sus hombres empezaban a referirse a ellos en conjunto como «los Muchachos».
Entre quienes los apoyaban había dos mujeres extraordinarias: Alysanne Blackwood, apodada Aly la Negra, hermana del fallecido lord Samwell Blackwood y por tanto tía de Ben el Sanguinario, y Sabitha Frey, señora de Los Gemelos, viuda de lord Forrest Frey y madre de su heredero, una «bruja de rasgos y lengua afilados de la casa Vypren, que prefería cabalgar a bailar y vestir cota de malla en vez de seda, y que gustaba de matar hombres y besar mujeres», según Champiñón.
Los Muchachos solo conocían de oídas a lord Corlys Velaryon, pero lo precedía una reputación temible. Habían llegado a Desembarco del Rey temiendo tener que asediar la ciudad o tomarla por asalto, por lo que quedaron encantados, aunque sorprendidos, al ver que se la ofrecían en bandeja de plata… y al saber que Aegon II había muerto (aunque Benjicot Blackwood y su tía quedaron desazonados por las circunstancias de la muerte, pues consideraban el veneno un arma de cobardes y carente de honor). Por todo el terreno corrieron gritos de contento según se extendía la noticia de la muerte del rey, y uno por uno, el señor del Tridente y sus aliados salieron al frente, se prosternaron ante el príncipe Aegon y le rindieron pleitesía como su rey.
Mientras los señores de los Ríos atravesaban la ciudad a caballo, la gente los vitoreaba desde tejados y terrazas, y muchachas hermosas se acercaban corriendo y cubrían de besos a sus salvadores (como titiriteros en una pantomima, decía Champiñón, dando a entender que todo estaba orquestado por Larys Strong). Los capas doradas, alineados a lo largo de las calles, bajaban las lanzas al paso de los Muchachos. Dentro de la Fortaleza Roja, estos se encontraron con el cadáver del rey en un féretro dispuesto al pie del Trono de Hierro; a su lado lloraba la reina madre Alicent. En la estancia se había reunido lo que quedaba de la corte de Aegon, incluidos lord Larys Strong el Patizambo, el gran maestre Orwyle, ser Perkin la Pulga, Champiñón, el septón Eustace, ser Gyles Belgrave con otros cuatro guardias reales, y varios señores y caballeros de menor categoría. Orwyle habló por todos y saludó a los señores de los Ríos como libertadores.
Por todas las Tierras de la Corona y la costa del mar Angosto, el resto de los leales al rey muerto se rendía también. Los braavosíes, con lord Leowyn Corbray y la mitad de las fuerzas que había enviado lady Arryn desde el Valle, desembarcaron en el Valle Oscuro; la otra mitad desembarcó en Poza de la Doncella bajo el mando de ser Corwyn Corbray, hermano del primero. Las dos ciudades recibieron a las huestes de Arryn con flores y fiestas. Stokeworth y Rosby cayeron sin derramamiento de sangre, y arriaron el dragón dorado de Aegon II para izar en su lugar el dragón rojo de Aegon III. La guarnición de Rocadragón resultó ser más testaruda: bloqueó las puertas y juró rebeldía. Resistieron durante tres días y dos noches. A la tercera, los palafreneros, cocineros y criados del castillo empuñaron armas y se alzaron contra los hombres del rey; mataron a muchos mientras dormían y entregaron a los demás, cargados de cadenas, al joven Alyn Velaryon.
El septón Eustace cuenta que una «extraña euforia» se adueñó de Desembarco del Rey; Champiñón dice simplemente que «media ciudad estaba borracha». El cadáver del rey Aegon II se entregó a las llamas con la esperanza de que todos los males y odios de su reinado ardieran junto con sus restos. Miles de personas subieron a la Colina Alta de Aegon para oír como el príncipe Aegon declaraba la paz. Se programó una coronación por todo lo alto para el muchacho, a la que deberían seguir sus nupcias con la princesa Jaehaera. De la Fortaleza Roja se elevó una nube de cuervos para convocar a los leales que quedaran al rey envenenado para que desde Antigua, el Dominio, Roca Casterly y Bastión de Tormentas acudieran a Desembarco del Rey para rendir homenaje al nuevo monarca. Se entregaron salvoconductos; se prometieron amnistías. Los nuevos gobernantes del reino tenían opiniones divididas sobre qué hacer con la reina viuda Alicent, pero por lo demás parecían de acuerdo en todo, y reinó la camaradería… durante casi toda una quincena.
En su Relato verídico, el gran maestre Munkun lo llama «el Falso Amanecer». Fue un período emocionante, sin duda, pero breve, pues cuando lord Cregan Stark llegó con sus norteños a Desembarco del Rey, se acabó el jolgorio y los planes felices se hicieron pedazos. El señor de Invernalia tenía veintitrés años, pocos más que los señores del Árbol de los Cuervos y Aguasdulces, pero Stark era un hombre y ellos eran niños, como parecieron pensar todos los que los vieron juntos. Los Muchachos se encogían en su presencia, afirmaba Champiñón. «Cada vez que el lobo del Norte entraba en una sala, Ben el Sanguinario parecía recordar que solo tenía trece años, mientras que lord Tully y su hermano fanfarroneaban, tartamudeaban y se ponían tan rojos como su cabellera».
Desembarco del Rey había recibido a los señores de los Ríos y a sus ejércitos con fiestas, flores y honores. No fue el caso de los norteños. Para empezar, eran más: un ejército dos veces mayor que el que habían encabezado los Muchachos, y con una fama temible. Ataviados con cota de malla y grandes capas de piel, con los rasgos ocultos tras espesas barbas, recorrían la ciudad con arrogancia como una multitud de osos armados, a decir de Champiñón. Casi todo lo que se sabía de los norteños en Desembarco del Rey procedía de ser Medric Manderly y de su hermano ser Torrhen; los dos eran cortesanos bien hablados, elegantes en el vestir, bien disciplinados y piadosos. Los hombres de Invernalia no honraban siquiera a los dioses verdaderos, señaló con horror el septón Eustace. Desdeñaban a los Siete, hacían caso omiso de los días festivos, se burlaban de los libros sagrados, no mostraban respeto a septas ni a septones y adoraban a los árboles.
Dos años antes, Cregan Stark había hecho una promesa al príncipe Jacaerys y acudía a cumplirla, a pesar de que Jace y su madre, la reina, habían muerto. «El Norte recuerda», declaró lord Stark cuando el príncipe Aegon, lord Corlys y los Muchachos le dieron la bienvenida. «Llegáis tarde, mi señor —le dijo la Serpiente Marina—. La guerra ha acabado y el rey está muerto». El septón Eustace, presente como testigo de la reunión, relata que el señor de Invernalia «miró al Señor de las Mareas con ojos tan grises y fríos como una tormenta de invierno y dijo: “¿A manos de quién y por orden de quién habrá sido?”. Pues los salvajes habían acudido en busca de sangre y batalla, como todos descubriríamos muy pronto para nuestro pesar».
El buen septón no se equivocaba. Otros habían empezado esta guerra, se oyó decir a lord Cregan, pero él tenía intención de terminarla, de seguir hacia el sur y destruir todo cuanto quedase de los verdes que habían colocado a Aegon II en el Trono de Hierro y habían luchado por mantenerlo allí. Primero tomaría Bastión de Tormentas, y después cruzaría el Dominio para conquistar Antigua. Cuando hubiera caído Torrealta, llevaría a sus lobos al Norte a lo largo de la costa del mar del Ocaso para hacer una visita a Roca Casterly.
«Un plan audaz», dijo con cautela el gran maestre Orwyle cuando lo oyó. Champiñón prefiere tacharlo de locura, pero añade: «También llamaron loco a Aegon el Dragón cuando habló de conquistar todo Poniente». Cuando Kermit Tully señaló que Bastión de Tormentas, Antigua y Roca Casterly eran tan fuertes como la propia Invernalia de Stark, si no más, y no caerían con facilidad, si acaso caían, y cuando el joven Ben Blackwood le hizo coro y añadió: «La mitad de vuestros hombres morirá, lord Stark», el lobo de ojos grises de Invernalia replicó: «Murieron el día en que emprendimos la marcha, chico».
Al igual que los Lobos de Invierno antes que ellos, la mayoría de los hombres que habían marchado al sur con lord Cregan Stark no esperaba volver a ver su hogar. La nieve ya era profunda más allá del Cuello; arreciaban los vientos fríos; por todo el Norte, en fortalezas, castillos y poblados humildes, grandes y pequeños rogaban a sus dioses árbol de madera tallada que aquel invierno fuera breve. A aquellos que tenían menos bocas que alimentar les iba mejor en los días oscuros, por lo que, desde hacía mucho, era costumbre en el Norte que los ancianos, los niños, los solteros, los que no tenían hijos, los vagabundos y los desesperados abandonasen el hogar con la caída de las primeras nieves, a fin de que su familia pudiera vivir para ver otra primavera. Para los hombres de aquellos ejércitos del invierno, la victoria era algo secundario; marchaban en busca de gloria, aventura, botín y, sobre todo, un final digno.
De nuevo correspondió a Corlys Velaryon, Señor de las Mareas, abogar por la paz, el perdón y la reconciliación.
—La matanza ha durado demasiado —dijo el anciano—. Rhaenyra y Aegon han muerto. Que su disputa muera con ellos. Habláis de tomar Bastión de Tormentas, Antigua y Roca Casterly, mi señor, pero los hombres que ocupaban esos tronos han caído todos en la batalla. En su lugar se sientan ahora niños pequeños, algunos de teta, y no son una amenaza para nosotros. Si se les ofrecen condiciones honorables, hincarán la rodilla.
Pero lord Stark no era más propenso a escuchar palabras como aquellas de lo que habían sido Aegon II y la reina Alicent.
—Con el tiempo, los niños pequeños se hacen hombres grandes —replicó—, y los rorros maman de su madre el odio a la vez que la leche. Hay que acabar ahora con estos enemigos, o los que no estemos en la tumba dentro de veinte años lamentaremos nuestra estupidez cuando esos niños se aten al cinto la espada de su padre y acudan en busca de venganza.
—El rey Aegon dijo lo mismo —respondió lord Velaryon, sin dejarse impresionar— y murió por ello. Si hubiera seguido nuestro consejo y hubiera ofrecido la paz y el indulto a sus enemigos, hoy podría estar sentado con nosotros.
—¿Por eso lo envenenaste? —preguntó el señor de Invernalia. Aunque Cregan Stark no había tenido trato previo con la Serpiente Marina, para bien o para mal sabía que lord Corlys había servido a Rhaenyra como Mano de la Reina, que esta lo había encarcelado por sospechas de traición, que Aegon II lo había liberado y le había concedido un asiento en su consejo…, al parecer únicamente para provocar su propia muerte por envenenamiento—. No me extraña que te llamen Serpiente Marina —prosiguió—; te puedes escurrir aquí y allá, pero, oh, tus colmillos son ponzoñosos. Aegon era un perjuro, un matasangre y un usurpador, pero seguía siendo rey. Como no acató tus consejos de cobarde, te lo quitaste de en medio como haría un cobarde: con deshonor, con veneno… Y ahora responderás por ello.
En aquel momento, los hombres de Stark entraron en la sala del consejo, desarmaron a los guardias de la puerta, levantaron al anciano Serpiente Marina del asiento y lo llevaron a rastras a las mazmorras. Pronto se le unirían Larys Strong el Patizambo, el gran maestre Orwyle, ser Perkin la Pulga y el septón Eustace, junto con otro medio centenar de hombres de alta y de baja cuna de los que Stark encontró motivos para desconfiar. «Me sentí tentado de volver a mi barril de harina —cuenta Champiñón—, pero por fortuna resulté ser demasiado pequeño para que el lobo se fijase en mí».
Ni siquiera los Muchachos se libraron de la ira de lord Cregan, aunque eran claramente sus aliados. «¿Acaso estáis aún envueltos en pañales para que os arrullen con flores, fiestas y palabras suaves? —increpó Stark—. ¿Quién os ha dicho que haya terminado la guerra? ¿El Patizambo? ¿La Serpiente? ¿Por qué? ¿Porque querían que así fuera? ¿Porque conseguisteis vuestra pequeña victoria en el barro? Las guerras se acaban cuando el vencido hinca la rodilla, no antes. ¿Antigua se ha rendido? ¿Roca Casterly ha devuelto el oro de la Corona? Decís que tenéis la intención de casar al príncipe con la hija del rey, pero ella sigue en Bastión de Tormentas, fuera de vuestro alcance. Y mientras siga allí, libre y soltera, ¿qué impide a la viuda de Baratheon coronarla como reina y heredera de Aegon?».
Cuando lord Tully protestó y dijo que los tormenteños habían quedado derrotados y no tenían fuerzas para reunir otro ejército, lord Cregan les recordó que Aegon II había enviado tres emisarios al otro lado del mar Angosto, «y cualquiera de ellos puede regresar mañana con miles de mercenarios». La reina Rhaenyra creyó haber logrado la victoria tras conquistar Desembarco del Rey, dijo el norteño, y Aegon II pensaba que había acabado la guerra al echar a su hermana a las fauces de un dragón. Pero los hombres de la reina habían seguido ahí incluso después de que la propia reina hubiera muerto, y «Aegon no es más que huesos y cenizas».
Los Muchachos se vieron superados. Se encogieron y cedieron, y acordaron unir sus fuerzas a las de lord Stark cuando este marchase contra Bastión de Tormentas. Munkun dice que lo decidieron ellos mismos, convencidos de que el lobo tenía razón. «Enaltecidos por la victoria, querían más —escribe en el Relato verídico—. Ansiaban más gloria, la fama que sueñan los jóvenes que solo se puede conseguir en el campo de batalla». Champiñón adopta un punto de vista más negativo y apunta a que, simplemente, los jóvenes señores tenían un miedo atroz a Cregan Stark.
El resultado fue el mismo. «La ciudad estaba enteramente a su merced —dice el septón Eustace—. Los norteños la habían tomado sin desenvainar una espada ni disparar una flecha. Fueran hombres del rey o de la reina, tormenteños o marinos, señores de los Ríos o Caballeros del Arroyo, de alta o de baja cuna, todos los soldados se le sometían como si hubieran nacido a su servicio».
Durante seis días, Desembarco del Rey tembló en el filo de una espada. En los tenderetes de calderos y las tabernas del Lecho de Pulgas se cruzaban apuestas sobre el tiempo que el Patizambo, la Serpiente Marina, la Pulga y la reina viuda conservarían la cabeza. Los rumores barrían la ciudad, uno tras otro. Algunos afirmaban que lord Stark planeaba llevarse al príncipe Aegon de vuelta a Invernalia y casarlo con una de sus hijas (un embuste evidente, pues en aquella época, Cregan Stark aún no tenía hijas legítimas); otros, que pretendía matar al muchacho para poder casarse con la princesa Jaehaera y reclamar para sí el Trono de Hierro. Los norteños iban a incendiar los septos de la ciudad y a obligar a Desembarco del Rey a volver a adorar a los antiguos dioses, declaraban los septones. Otros murmuraban que el señor de Invernalia tenía una esposa salvaje, que arrojaba a sus enemigos a un pozo lleno de lobos para ver cómo los devoraban.
El ambiente de euforia se había desvanecido; el miedo volvía a gobernar las calles de la ciudad. Un hombre que afirmaba ser el Pastor redivivo se alzó desde las cloacas e instó a destruir a los impíos norteños. Aunque no se parecía en nada al primer Pastor (para empezar, tenía dos manos), acudieron por centenares a escucharlo. Un burdel de la calle de la Seda fue pasto de las llamas, cuando una pelea por una puta entre un hombre de lord Tully y otro de lord Stark desencadenó una sangrienta batalla campal entre sus amigos y hermanos de armas. Ni siquiera los nobles estaban a salvo en las zonas más desabridas de la ciudad. El hijo menor de lord Hornwood, un abanderado de lord Stark, desapareció junto con dos acompañantes mientras andaban de juerga en el Lecho de Pulgas. Nunca los encontraron, y de creer a Champiñón, quizá acabaran en un cuenco de estofado.
No tardó en llegar a la ciudad la noticia de que Leowyn Corbray había salido de Poza de la Doncella y se dirigía a Desembarco del Rey acompañado de lord Mooton, lord Brune y ser Rennifer Crabb. Ser Corwyn Corbray partió a la vez del Valle Oscuro para unirse a su hermano por el camino. Con él cabalgaban Clement Celtigar, hijo y heredero del anciano lord Bartimos, y lady Staunton, la viuda de Reposo del Grajo. En Rocadragón, el joven Alyn Velaryon exigía la liberación de lord Corlys (aquello era cierto) y amenazaba con caer sobre Desembarco del Rey con sus naves si el anciano sufría daño (cierto a medias). Otros rumores afirmaban que los Lannister se habían puesto en marcha, que los Hightower también, que ser Marston Mares había desembarcado con diez mil mercenarios de Lys y la antigua Volantis (todo falso). Y que la Doncella del Valle había soltado amarras en Puerto Gaviota, acompañada de lady Rhaena Targaryen y su dragón (cierto).
Mientras marchaban los ejércitos y se afilaban las espadas, lord Cregan Stark seguía en la Fortaleza Roja, dirigiendo su investigación sobre el asesinato del rey Aegon II incluso mientras planeaba la campaña contra los partidarios restantes del rey muerto. Entretanto, el príncipe Aegon se vio confinado por lord Cregan en el Torreón de Maegor sin más compañía que el niño Gaemon Peloclaro. Cuando el príncipe exigió saber por qué no era libre de ir y venir a voluntad, Stark respondió que era por su seguridad. «La ciudad es un nido de víboras —le dijo—. En esta corte hay mentirosos, renegados y envenenadores que te matarían tan deprisa como a tu tío para asegurarse el poder». Cuando Aegon protestó afirmando que lord Corlys, lord Larys y ser Perkin eran amigos, el señor de Invernalia replicó que para un rey, los falsos amigos eran más peligrosos que ningún enemigo; que la Serpiente, el Patizambo y la Pulga lo habían salvado únicamente para utilizarlo y poder gobernar Poniente en su nombre.
Con la infalibilidad que otorga la perspectiva, podemos observarlo ahora, siglos después, y afirmar que la Danza había terminado; pero esto era más incierto para aquellos que vivieron aquellas postrimerías oscuras y azarosas. Con el septón Eustace y el gran maestre Orwyle languideciendo en la mazmorra (donde Orwyle había empezado a escribir sus confesiones, el texto que proporcionaría a Munkun la base sobre la que construyó su monumental Relato verídico), solo queda Champiñón para llevarnos más allá de las crónicas de la corte y los edictos reales. «Los grandes señores nos habrían dado otros dos años de guerra —declara el bufón en su Testimonio—; fueron las mujeres quienes forjaron la paz.
Aly la Negra, la Doncella del Valle, las Tres Viudas, las Gemelas Dragón… Fueron ellas las que acabaron con el baño de sangre, y no con espadas ni veneno, sino con cuervos, palabras y besos».

Las semillas lanzadas al viento por lord Corlys Velaryon durante el Falso Amanecer habían arraigado y dado frutos dulces. Los cuervos volvieron uno por uno con respuestas a los ofrecimientos de paz del anciano.
Roca Casterly fue la primera en responder. Lord Jason Lannister había dejado seis vástagos tras su muerte en batalla: cinco hijas y el pequeño Loreon, de cuatro años. Por tanto, el gobierno del oeste había pasado a su viuda, lady Johanna, y al padre de esta, Roland Westerling, señor del Risco. Con los barcoluengos del Kraken Rojo aún amenazando sus costas, los Lannister estaban más preocupados por defender Kayce y recuperar Isla Bella que por volver a la lucha por el Trono de Hierro. Lady Johanna aceptó todas las condiciones de la Serpiente Marina y prometió acudir en persona a Desembarco del Rey a rendir pleitesía al nuevo rey en la coronación, así como llevar a dos de sus hijas a la Fortaleza Roja como acompañantes de la nueva reina (y como rehenes que garantizasen la lealtad en el futuro). También aceptó devolver la parte del tesoro real que había enviado Tyland Lannister en custodia al oeste, a condición de que se indultase a ser Tyland. A cambio, lo único que pedía era que el Trono de Hierro «ordene a lord Greyjoy que se retire a sus islas, devuelva Isla Bella a sus legítimos señores y libere a todas las mujeres a las que ha secuestrado, o al menos a las de noble cuna».
Muchos de los hombres que habían sobrevivido a la batalla del Camino Real habían regresado después a Bastión de Tormentas. Hambrientos, cansados y heridos, habían ido llegando a casa solos o en grupos pequeños, y lady Elenda, la viuda de lord Borros Baratheon, no había tenido más que mirarlos para darse cuenta de que habían perdido el interés por combatir. Tampoco deseaba poner en peligro a Olyver, su hijo recién nacido, pues el pequeño señor que tenía al pecho era el futuro de la casa Baratheon. Aunque se dice que su hija mayor, lady Cassandra, derramó amargas lágrimas cuando supo que no sería reina, lady Elenda también aceptó rápidamente las condiciones. Aún débil tras el parto, no podía acudir en persona a la coronación, escribió, pero en su lugar enviaría a su propio padre para rendir pleitesía en su nombre, y a tres de sus hijas para que quedasen como rehenes. Los acompañaría ser Willis Fell con un «cargamento precioso»: la princesa Jaehaera, de ocho años, última descendiente viva del rey Aegon II y prometida del nuevo rey.
La última en responder fue Antigua. Al ser la más rica de las grandes casas que se habían puesto de parte del rey Aegon II, los Hightower seguían siendo en cierto modo los más peligrosos, pues eran capaces de reunir con rapidez un nuevo ejército en las calles de Antigua, y con sus buques de guerra y los de sus parientes cercanos, los Redwyne del Rejo, también podían armar una flota nada desdeñable. Además, la cuarta parte del oro de la Corona seguía en las profundas criptas de debajo del faro de Torrealta, y ese oro podría usarse con facilidad para comprar nuevas alianzas y contratar compañías de mercenarios. Antigua tenía el poder para renovar la guerra; lo único que le faltaba era la voluntad.
Lord Ormund acababa de contraer nupcias por segunda vez cuando empezó la Danza; su primera esposa había muerto de parto unos años antes. Cuando Ormund murió en Ladera, sus tierras y su título pasaron a su hijo mayor, Lyonel, un joven de quince años en la cúspide de la virilidad. El segundogénito, Martyn, era escudero de lord Redwyne en el Rejo. El tercero estaba acogido en Altojardín como acompañante de lord Tyrell y copero de la madre de este. Los tres eran hijos del primer matrimonio de lord Ormund. Cuando presentaron al joven Lyonel Hightower las condiciones de lord Velaryon, se dice que arrancó el pergamino de las manos de su maestre, lo rompió en pedazos y juró que escribiría su respuesta con la sangre de la Serpiente Marina.
Sin embargo, lady Samantha, viuda del padre de Lyonel, tenía otras ideas. Era la hija de lord Donald Tarly de Colina Cuerno y lady Jeyne Rowan de Sotodeoro; las dos casas se habían alzado en armas a favor de la reina durante la Danza. Fiera, ardiente y hermosa, aquella joven de voluntad férrea no tenía intención de ceder su lugar como señora de Antigua y gobernante de los Hightower. Lyonel era apenas dos años más joven, y (según dice Champiñón) había estado obsesionado con ella desde que llegó a Antigua para casarse con su padre. Aunque lady Sam (como se la conocería durante muchos años) había cortado hasta entonces los avances irresolutos del muchacho, entonces cedió a ellos y se dejó seducir; después le prometió que se casaría con él…, pero solo si aceptaba la paz, «pues sin duda moriré de pena si pierdo otro esposo».
Enfrentado a la elección «entre un padre muerto, frío y enterrado, y una mujer viva, cálida y dispuesta en sus brazos, el muchacho mostró una sensatez sorprendente para alguien de tan alta cuna y eligió el amor sobre el honor», cuenta Champiñón. Lyonel Hightower se rindió, aceptó todas las condiciones de lord Corlys, incluida la devolución del oro de la Corona (para indignación de su primo ser Myles Hightower, que había robado una buena parte de aquel oro, aunque esa historia no nos incumbe). Cuando el joven señor anunció su intención de casarse con la viuda de su padre, provocó un gran escándalo, y el Septón Supremo acabó prohibiendo el matrimonio por considerarlo en cierta forma incestuoso, pero ni aquello pudo mantener apartados a los jóvenes amantes. El señor de Torrealta y defensor de Antigua renunció a casarse y mantuvo a su lado a lady Sam durante los trece años siguientes; tuvo seis hijos con ella y al fin la tomó como esposa cuando se eligió a un nuevo Septón Supremo en el Septo Estrellado que revocó la sentencia de su predecesor[11].
Pero dejemos por ahora a los Hightower y volvamos a Desembarco del Rey, donde lord Cregan Stark descubrió que las Tres Viudas habían desbaratado todos sus planes de guerra. «Otras voces se hacían oír asimismo; voces más amables que resonaban quedamente por las salas de la Fortaleza Roja», cuenta Champiñón. La Doncella del Valle había llegado desde Puerto Gaviota acompañada de su pupila, lady Rhaena Targaryen, que llevaba un dragón en el hombro. El populacho de Desembarco del Rey, que apenas un año antes había matado a todos los dragones de la ciudad, se quedó extasiado al ver uno. Lady Rhaena y su gemela Baela se convirtieron de la noche a la mañana en las favoritas del lugar. Lord Stark no pudo confinarlas al castillo, como había hecho con el príncipe Aegon, y pronto descubrió que tampoco podía controlarlas. Cuando le exigieron que les permitiera ver a «nuestro querido hermano», lady Arryn las apoyó, y el Lobo de Invernalia tuvo que ceder («a regañadientes», dice Champiñón[12]).
El Falso Amanecer había llegado y se había ido, y la Hora del Lobo (como la llama el gran maestre Munkun) estaba también llegando a su fin. A Cregan Stark se le estaban escapando de las manos la situación y la ciudad. Cuando lord Leowyn Corbray y su hermano llegaron a Desembarco del Rey, y se unieron al consejo de gobierno y sumaron sus voces a las de lady Arryn y los Muchachos, el Lobo de Invernalia se encontró a menudo en desacuerdo con todos ellos. Por todo el reino aparecían aquí y allá lealistas testarudos que izaban el dragón dorado de Aegon II, pero su relevancia era escasa. La Danza había terminado, acordaron todos los demás; era hora de hacer las paces y enderezar el reino.
Sin embargo, había un detalle en el que lord Cregan no daba su brazo a torcer: los asesinos del rey no podían quedar sin castigo. Por indigno que hubiera sido el rey Aegon II, su asesinato era alta traición, y los responsables debían responder por ello. Su actitud era tan fiera, tan inflexible, que los demás cedieron. «Que caiga sobre tu cabeza, Stark —dijo Kermit Tully—. No quiero tener que ver con esto, pero no dejaré que se diga que Aguasdulces se atravesó en el camino de la justicia».
Ningún señor tenía derecho a ordenar la muerte de otro señor, por lo que antes era necesario que el príncipe Aegon nombrase Mano del Rey a lord Stark, con plena autoridad para actuar en su nombre. Así se hizo. Lord Cregan se encargó del resto, mientras que los demás se quitaron de en medio. El señor de Invernalia no se sentó en el Trono de Hierro, sino al pie, en un sencillo banco de madera. Uno por uno, llevaron ante él a los sospechosos de haber intervenido en el envenenamiento del rey Aegon II.
El septón Eustace fue el primero en aparecer y el primero al que se liberó; no había pruebas contra él. El gran maestre Orwyle no tuvo tanta suerte, pues había confesado bajo tortura haber proporcionado el veneno al Patizambo.
—No sabía para qué era, mi señor —protestó Orwyle.
—Tampoco lo preguntaste —replicó lord Stark—. No querías saberlo.
Se juzgó que el gran maestre había sido cómplice y se lo condenó a muerte.
La misma condena recibió ser Gyles Belgrave; aunque no había puesto el veneno en el vino del rey personalmente, había permitido que ocurriese, ya fuera por negligencia o por ceguera voluntaria. «Ningún caballero de la Guardia Real debe sobrevivir a su rey cuando este muere de forma violenta», declaró Stark. Tres hermanos juramentados de Belgrave habían estado presentes en la muerte del rey Aegon y fueron condenados igualmente, aunque no se pudo demostrar su complicidad en la trama (a los tres miembros de la Guardia Real que estaban fuera de la ciudad se los declaró inocentes).
Se dictaminó que otras veintidós personas de menor importancia habían desempeñado algún papel en el asesinato del rey Aegon. Entre ellos estaban los porteadores y el heraldo de su alteza, el custodio de la bodega real y el camarero cuya tarea era asegurarse de que la jarra del rey siempre estuviera llena. Todos ellos fueron al verdugo, al igual que los dos hombres que habían matado a Ummet, el catador real (el propio Champiñón declaró contra ellos), así como los que dieron muerte a Tom Lenguatrabada y ahogaron en cerveza a su padre. Eran en su mayoría caballeros de baja estofa, mercenarios, soldados sin señor y escoria de las calles a la que ser Perkin la Pulga había conferido cuestionables títulos de caballero durante la confusión. Todos ellos insistieron en que se habían limitado a cumplir las órdenes de ser Perkin.
En cuanto a la Pulga, no cabía duda de su culpabilidad. «Un cambiacapas no deja de serlo nunca —dijo lord Cregan—. Te rebelaste contra tu reina legítima y ayudaste a expulsarla de esta ciudad y enviarla a la muerte; pusiste a tu propio escudero en su lugar y después lo abandonaste para salvar tu despreciable pellejo. El reino será un lugar mejor cuando no estés». Cuando ser Perkin adujo que lo habían indultado por aquellos crímenes, lord Stark replicó: «No fui yo».
Los hombres que habían prendido a la reina viuda en la escalera de caracol lucían la insignia del hipocampo de la casa Velaryon, mientras que los que habían liberado de su prisión a lady Baela Targaryen estaban al servicio de lord Larys Strong. Los captores de la reina Alicent habían matado a sus escoltas, por lo que fueron condenados a muerte, pero la emotiva súplica de lady Baela libró a sus rescatadores de sufrir el mismo destino, aunque también tuvieran la espada manchada de la sangre de los hombres del rey que guardaban la puerta. «Ni siquiera las lágrimas de un dragón podían fundir el gélido corazón de Cregan Stark, se afirma con certeza —dice Champiñón—, pero cuando lady Baela empuñó una espada y declaró que cortaría la mano de cualquiera que intentase hacer daño a los hombres que la habían salvado, el Lobo de Invernalia sonrió a la vista de todos y dijo que, si la dama tenía tanto cariño a aquellos perros, le permitiría conservarlos».
Los últimos que se enfrentaron al Juicio del Lobo (como llama Munkun al proceso en el Relato verídico) fueron los dos grandes señores que estaban en el centro de la conspiración: Larys Strong el Patizambo, señor de Harrenhal, y Corlys Velaryon, la Serpiente Marina, amo de Marcaderiva y Señor de las Mareas.
Lord Velaryon no intentó negar su culpa. «Lo que hice, lo hice por el bien del reino —dijo el anciano—. Volvería a hacerlo. La locura tenía que acabar». Lord Strong no colaboró de tan buen grado. El gran maestre Orwyle había declarado que él mismo le dio el veneno, y ser Perkin la Pulga juró que había actuado siguiendo en todo momento las órdenes del Patizambo, pero este no confirmó ni negó las acusaciones. Cuando lord Stark le preguntó si tenía algo que alegar en su defensa, se limitó a decir: «¿Desde cuándo a un lobo lo han conmovido las palabras?». De este modo, lord Cregan Stark, Mano del Rey aún incoronado, declaró a lord Velaryon y lord Strong culpables de asesinato, regicidio y alta traición, y sentenció que pagaran sus crímenes con la muerte.
Larys Strong siempre había procurado por sí mismo; se guardaba su opinión y cambiaba de alianza como otros cambian de capa. Una vez condenado, se quedó sin amigos; no se alzó voz alguna en su defensa. Sin embargo, el caso de Corlys Velaryon fue bastante distinto. La vieja Serpiente Marina tenía muchos amigos y admiradores; incluso hombres que habían luchado contra él durante la Danza hablaron en su favor: algunos por cariño al anciano, sin duda; otros, preocupados por lo que podría hacer Alyn, su joven heredero, si se ejecutaba a su querido abuelo (o padre). Cuando lord Stark se mostró inflexible, algunos intentaron esquivarlo y apelar directamente al futuro rey, el príncipe Aegon. Entre ellos destacaban sus hermanastras Baela y Rhaena, que le recordaron que habría perdido una oreja y quizá algo más si lord Corlys hubiera actuado de otra forma. «Las palabras se las lleva el viento —dice El testimonio de Champiñón—, pero un viento fuerte puede hacer caer fuertes robles, y la brisa de unas jóvenes hermosas puede cambiar el destino de reinos enteros». Aegon no solo accedió a perdonar la vida a la Serpiente Marina, sino que llegó más lejos y le restituyó sus cargos y honores, incluido el puesto en el consejo privado.
Sin embargo, el príncipe no tenía sino diez años, y aún no era rey. Los decretos de su alteza, todavía sin coronar ni ungir como monarca, no tenían peso legal. Incluso después de la coronación seguiría estando sujeto a un regente o a un consejo de regencia hasta cumplir los dieciséis años. Por ello, lord Stark habría estado en su derecho de hacer caso omiso de la orden del príncipe y seguir adelante con la ejecución de Corlys Velaryon, aunque optó por obedecer, decisión que desde entonces ha intrigado a los eruditos. El septón Eustace escribe: «la Madre le insufló compasión aquella noche», aunque lord Cregan no veneraba a los Siete. También plantea la posibilidad de que el norteño fuera reacio a provocar a Alyn Velaryon, temeroso de su poder en el mar, pero esto no parece encajar con lo que sabemos del carácter de Stark. Una nueva guerra no lo habría angustiado; de hecho, a veces parecía buscarla.
Es Champiñón quien ofrece la explicación más lúcida de aquella clemencia sorprendente por parte del Lobo de Invernalia. No fue el príncipe quien lo hizo cambiar de opinión, afirma el bufón, ni la amenaza inminente de la flota de Velaryon, ni siquiera las súplicas de las gemelas, sino un trato con lady Alysanne de la casa Blackwood.
«Esta moza era una criatura alta y esbelta —dice el enano—, delgada como un junco y con el pecho plano como un muchacho, pero de piernas largas y brazos fuertes, con una melena de espesos rizos negros que le caían por debajo de la cintura cuando se los soltaba». Cazadora, domadora de caballos y arquera sin igual, Aly la Negra tenía muy poco de la delicadeza de una mujer. Muchos creían que era de la misma calaña que Sabitha Frey, pues a menudo estaban juntas, y se sabía que durante la marcha habían compartido tienda. Pero en Desembarco del Rey, mientras acompañaba a su joven sobrino Benjicot en la corte y en el consejo, había conocido al adusto norteño Cregan Stark y había sentido cierta atracción por él.
Lord Cregan, viudo desde hacía tres años, respondió en consecuencia. Aunque ningún hombre consideraría a Aly la Negra una reina del amor y la belleza, su audacia, su fuerza pertinaz y su lengua descarada tocaron una fibra sensible en el señor de Invernalia, que pronto empezó a buscar la compañía de la joven en salas y patios. «Huele a humo de leña, no a flores», comentó Stark a lord Cerwyn, de quien se decía que era su mejor amigo.
De este modo, cuando lady Alysanne acudió a pedirle que respetase el edicto del príncipe, lord Stark escuchó.
—¿Por qué debería hacerlo? —se supone que preguntó cuando la joven hizo la petición.
—Por el reino —contestó ella.
—Lo mejor para el reino es que mueran los traidores.
—Por el honor de nuestro príncipe.
—El príncipe es un niño. No debería haberse metido en esto. Velaryon lo ha cargado de deshonra, pues hasta el fin de los tiempos dirán que subió al trono gracias a un asesinato.
—Por el bien de la paz —dijo lady Alysanne—. Por todos los que sin duda morirán si Alyn Velaryon busca venganza.
—Hay peores formas de morir. Ha llegado el invierno, mi señora.
—Por mí, entonces —dijo Aly la Negra—. Concédeme esto y nunca te pediré nada más. Hazlo y sabré que eres tan sabio como fuerte, tan amable como feroz. Concédeme esto y te daré cualquier cosa que me pidas. —Champiñón dice que lord Cregan frunció el ceño al escucharlo.
—¿Y si te pido la virginidad?
—No puedo darte lo que no poseo, mi señor; la perdí a los trece años en la silla de montar.
—Algunos dirían que desperdiciaste en un caballo un don que por derecho debería pertenecer a tu futuro esposo.
—Algunos son idiotas —respondió Aly la Negra—. Y era un buen caballo, mejor que la mayoría de los maridos que he visto.
Aquella respuesta agradó a lord Cregan, que se echó a reír a carcajadas y dijo:
—Intentaré recordarlo, mi señora. Está bien, te concederé tu petición.
—¿Y a cambio?
—Todo lo que quiero es a ti, toda tú, para siempre —dijo solemnemente el señor de Invernalia—. Quiero tu mano en matrimonio.
—Una mano por una cabeza —dijo Aly la Negra, sonriendo…, pues nos dice Champiñón que era su intención desde el principio—. De acuerdo.
Y aquel fue el trato.
El día de las ejecuciones amaneció gris y húmedo. Transportaron a todos los condenados a muerte, cargados de cadenas, de las mazmorras al pabellón exterior de la Fortaleza Roja, donde los obligaron a arrodillarse a la vista del príncipe Aegon y la corte.
Mientras el septón Eustace dirigía las oraciones de los reos y rogaba a la Madre que tuviera piedad de sus almas, empezó a llover. «Llovió con tanta fuerza, y Eustace divagó tanto tiempo, que empezamos a temer que los prisioneros se ahogarían antes de que pudieran cortarles la cabeza», dice Champiñón. Por fin terminaron los rezos y lord Cregan Stark desenvainó a Hielo, el mandoble valyrio que era el orgullo de su casa, pues la costumbre del salvaje Norte imponía que el hombre que dictaba la sentencia empuñara también la espada, de modo que la sangre de los condenados quedase únicamente en sus manos.

Ya sea un gran noble o un verdugo vulgar, rara vez ha habido un hombre que afrontase tantas ejecuciones como Cregan Stark aquella mañana bajo la lluvia, y aun así acabó en un santiamén. Los condenados habían echado a suertes quién sería el primero en morir, y la fortuna había deparado que lo fuese ser Perkin la Pulga. Cuando lord Cregan preguntó al astuto canalla si quería pronunciar unas últimas palabras, ser Perkin declaró que deseaba vestir el negro. Un señor del sur podría no haber honrado aquella petición, pero los Stark son del Norte, donde las necesidades de la Guardia de la Noche se toman muy en serio.
Cuando lord Cregan indicó a sus hombres que pusieran en pie a la Pulga, los demás prisioneros vieron el camino a la salvación y plantearon la misma solicitud. «Todos empezaron a gritar a la vez —dice Champiñón—, como un coro de borrachos que vociferan la letra de una canción que recuerdan a medias». Caballeros del Arroyo, soldados, porteadores, camareros, heraldos, el custodio de la bodega, tres espadas blancas de la Guardia Real… De repente, todos ellos sentían un profundo deseo de defender el Muro. Incluso el gran maestre Orwyle se unió al desesperado coro. También a él lo indultaron, pues la Guardia de la Noche necesita hombres de pluma tanto como hombres de espada.
Solo dos murieron aquel día. Uno fue ser Gyles Belgrave, de la Guardia Real. A diferencia de sus hermanos juramentados, rechazó la oportunidad de cambiar la capa blanca por la negra. «No os equivocáis, lord Stark —dijo cuando le llegó el turno—. Un caballero de la Guardia Real no debe sobrevivir a su rey». Lord Cregan le cortó la cabeza con un rápido giro de Hielo, de un solo tajo.
El siguiente, y el último en morir, fue lord Larys Strong. Cuando le preguntaron si deseaba vestir el negro, respondió: «No, mi señor. Iré a un infierno más cálido, si os place. Pero tengo una última petición: cuando muera, cortadme el pie contrahecho con esa gran espada vuestra. Lo he arrastrado toda la vida; permitid que al menos me deshaga de él en la muerte». Lord Stark se lo concedió.
Así murió el último Strong, y una casa antigua y altiva llegó a su fin. Entregaron los restos de lord Larys a las Hermanas Silenciosas; años más tarde, sus huesos (con la excepción del pie lisiado) encontraron un lugar de descanso definitivo en Harrenhal. Lord Stark había decretado que lo enterrasen por separado en alguna fosa común, pero antes de que se cumpliera la orden, el pie desapareció. Dice Champiñón que lo robaron y se lo vendieron a algún hechicero, que lo usó para sus conjuros. (Se dice lo mismo del pie arrancado de la pierna del príncipe Joffrey en el Lecho de Pulgas, lo que pone en entredicho la veracidad de ambas historias, a menos que atribuyamos poderes malignos a todos los pies).
Las cabezas de lord Larys Strong y ser Gyles Belgrave se clavaron en picas, a los lados de las puertas de la Fortaleza Roja. Los demás condenados regresaron a sus celdas, donde languidecerían hasta que se pudiera organizar su marcha al Muro. Se había escrito la última línea de la historia del lamentable reinado de Aegon II Targaryen.

El breve servicio de Cregan Stark como Mano del Rey sin corona concluyó al día siguiente, cuando devolvió la cadena del cargo al príncipe Aegon. No le habría costado seguir siendo la Mano del Rey durante años, o incluso reclamar la regencia hasta que el joven Aegon fuese mayor de edad, pero el sur no le interesaba en absoluto. «Las nieves están cayendo en el Norte —anunció—, y mi lugar está en Invernalia».