Fortuna

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Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » III

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III

El bibliotecario jefe me trae tres cajas de archivo grises que contienen carpetas que a su vez contienen papeles, documentos y en algunos casos unos paquetitos envueltos en papel marrón y atados con cordel que contienen unos frágiles cuadernos y libretas que en ocasiones contienen páginas sueltas y hasta finos diarios o agendas encajados entre las páginas.

Cuando reviso estos materiales, me queda claro que no los ha leído nadie desde que se archivaron. Al desatar los paquetes, el cordel deja una cruz pálida sobre el envoltorio. Mover un recorte de diario que estaba metido dentro de un cuaderno revela debajo una decoloración de varias décadas. Una cinta para marcar la página, intacta durante años, ha dejado una ligera depresión en el papel. Hay páginas pegadas entre ellas. Hay lomos que se resquebrajan. Hay bordes y esquinas quebradizos que se me deshacen sobre el pupitre.

Soy la primera persona en tocar muchos de estos documentos desde que Mildred Bevel los tuvo entre sus manos. Eso me hace sentirme cerca de ella, y paradójicamente la distancia irremontable que nos separa acentúa esa sensación.

Sus primeros archivos tienen fecha de 1920, el año en que Mildred y Andrew se casaron. No hay nada de su vida anterior. Quizás su madre y ella no pudieron traerse de Europa nada más que sus pertenencias indispensables; o quizás quiso empezar de cero en la vida.

Saco la primera agenda de cubiertas color burdeos y bordes jaspeados. «Pusey & Company, calle 123 Oeste, Impresiones y Artículos de Papelería. Catorce imprentas de cilindro y de platina siempre en funcionamiento». Mi padre odiaba las imprentas de cilindro.

A lo largo de ese primer año, parece que Mildred esté intentando llenar las páginas de su agenda, pese a tener pocas actividades y al hecho de que apenas sale. Las páginas están pautadas: una línea para cada día y una hilera para la mañana, el almuerzo, la tarde y la velada. Se limita a escribir «en casa» una y otra vez. Noto su aburrimiento. A veces tiene sesiones de «probar ropa», pero también estas acaban siendo «probar ropa en casa».

Tal como me ha señalado el bibliotecario, su caligrafía resulta casi impenetrable. El hecho de que en esta agenda solo haya unas cuantas palabras que se repiten me ayuda a aprender a leer su escritura. Su «s» es una simple línea en diagonal, apenas distinguible de su «f, su «l» y su «t», que son idénticas entre sí. Su «n» es una «v» invertida. Tomo nota de esto, consciente de que los textos más largos costarán más de descifrar. Su caligrafía tiene un aire rúnico.

Me viene a la cabeza de repente que, en Obligaciones, Vanner describe los diarios en los que Helen escribe día y noche durante su crisis nerviosa, preguntándose si en el futuro reconocerá su propia escritura.

Aunque confío en encontrar la versión real de esos diarios en alguna de las cajas, la mayor parte de los documentos más antiguos no tienen nada destacable. Durante los primeros meses parece que Mildred hace unos cuantos intentos de socializar. Unas tardes con una tal señora Cutting, otras con la señora Bartram, la señora Kimball o la señora Twichell; algunos de estos apellidos son simples conjeturas o aproximaciones. Unas cuantas veces se reúne con grupitos compuestos por estas y otras mujeres. Varios «almuerzos», citas con el dentista. Pero sus esfuerzos se vuelven cada vez más esporádicos, y al final parece que Mildred simplemente ha renunciado tanto a visitar a sus nuevas conocidas como a recibirlas en casa. Calendarios yermos. Agendas anémicas. Aun así, como estas últimas se encuentran ordenadas alfabéticamente, me resultan útiles para familiarizarme con la peculiar grafía de Mildred. Empiezo a hacer un seguimiento de las variaciones de cada letra. Es cierto que su caligrafía cuesta de leer. También es cierto que después de pasar el tiempo suficiente con estas palabras y de mirarlas en su contexto, pueden descifrarse algunas. Pero nadie parece haber pasado ningún tiempo con todos estos documentos. Nadie se ha molestado.

Como conocí a Andrew, me imagino lo sola y asfixiada por el aburrimiento que debió de sentirse Mildred. Al mismo tiempo admiro su firme resistencia. Está claro que debía de tener abiertas todas las puertas de Nueva York. Podría haber visto a quien fuera y haber ido a cualquier parte. Artistas, políticos, todos los grandes nombres de la época. Fiestas, galas, cenas. Veo algo heroico y al mismo tiempo enigmático en su negativa a ceder a ninguna de esas tentaciones obvias. De alguna forma, el suyo no parece un rechazo desdeñoso. Tampoco parece resultado de la timidez ni del miedo.

Por supuesto, soy yo quien le está asignando a Mildred estos atributos. Lo único que tengo para juzgarla son una serie de cuadernos prácticamente vacíos, el testimonio de hace cincuenta años de Bevel y la novela de Vanner.

Sin embargo, a principios de 1921 se produce un cambio radical. Empieza a asistir a conciertos. O, por lo menos, empieza a registrar esas salidas. No siempre está claro cuáles son las piezas musicales; unas veces nombra tanto al compositor como al intérprete y otras se limita a escribir «concierto». Durante los meses posteriores y el año siguiente, noto un desplazamiento de la «ópera» al «recital». Al lado de algunos de esos recitales hay escrito un «87», que debe de indicar que los eventos se celebran aquí, en su casa.

Las filas y columnas antes vacías de sus agendas se empiezan a salpicar (nunca a saturar) de nombres. Aunque muchas semanas permanecen en blanco, ahora parece que Mildred tiene cierta vida social. Pero sus conocidas no son, por lo general, damas de la sociedad neoyorquina. Recibe a hombres (y a veces solo a hombres), muchos de los cuales figuran entre los músicos más prominentes de la época. Solo soy una aficionada sin educación musical formal, pero hasta yo reconozco algunos de los nombres que se mencionan a lo largo de los años. Aparece con cierta frecuencia el director Bruno Walter. También los violinistas Fritz Kreisler y Jascha Heifetz. Los pianistas Artur Schnabel y Moriz Rosenthal. Los compositores Ernest Bloch, Igor Stravinski, Amy Beach, Mary Howe, Raimund Mandl, Ottorino Respighi y Ruth Crawford se cuentan entre los nombres que puedo descifrar. Quizás incluso Charles Ives. Más adelante, en una agenda de 1928, si no lo leo mal, distingo a Maurice Ravel.

Si todos estos nombres ya impresionan, aparece algo todavía más destacado. En otoño de 1923 me encuentro, con mayúsculas bien claras y entusiastas, la anotación «LIGA DE COMPOSITORES: APORTADOS 10 000 $». Es la primera vez que aparece en los documentos de Mildred una suma de dinero asociada con una institución cultural.

Me levanto, camino hasta el fichero situado junto al mostrador del bibliotecario y me pongo a mirar las fichas del catálogo. La biblioteca alberga un panfleto de veintiocho páginas titulado La Liga de Compositores: Memoria de actuaciones y resumen de actividades generales de 1923 a 1935. Solicito ese documento y me llega al cabo de unos minutos.

Cuando leo la introducción al breve informe, descubro que la Liga fue la primera organización de los Estados Unidos dedicada exclusivamente a la música contemporánea. En 1935, doce años después de su fundación, el consejo estaba repleto de luminarias del calibre de Aaron Copland, Serguei Prokofiev, Marion Bauer, Béla Bartók, Martha Graham, Leopold Stokowski y Arthur Honegger, entre muchos otros. De los veintisiete miembros del consejo auxiliar, veinte eran mujeres. En vida de Mildred —y presumiblemente con su apoyo financiero—, la Liga encargó, patrocinó y estrenó piezas de Schönberg, Stravinski, Webern, Ravel, Krenek, Berg, Shostakovich y Bartók, por nombrar solo a unos cuantos. Aun así, pese a la abundancia de compositores europeos, la Liga consideraba «de importancia especial la tarea de introducir a nuevos talentos americanos, principalmente por medio de recitales menos formales». La casa de Mildred debió de ser el escenario de muchos de aquellos conciertos, que seguramente se parecieron a los que describía Vanner en su novela. Aquellas debían de ser las actuaciones «heterodoxas» que «apenas sonaban a música» y que Andrew me pidió que quitara de sus memorias.

En la autobiografía de Bevel, a la dulce, enfermiza y sensible Mildred solo le gustaban las melodías bonitas. Era como una niña con una caja de música. A juzgar por sus descripciones, uno se la imaginaba meneando la cabeza con una media sonrisa y los ojos cerrados, siguiendo el tempo, un poco desacompasada, con las manos sobre el regazo cubierto por una manta. De acuerdo con la caracterización paternalista que hace su marido, Mildred era una adorable diletante a quien le gustaba la música de la misma forma en que a otras mujeres les gusta el ganchillo o coleccionar broches. Siento que se aviva mi vergüenza por haberlo ayudado a crear esa imagen de ella.

De las agendas de Mildred no emerge nada parecido a esa figura inocente, infantil y condescendientemente «femenina». De acuerdo con estos documentos, un año después de su boda Mildred sale de su aislamiento y empieza a pasar tiempo con algunos de los compositores, intérpretes y directores de orquesta más importantes del siglo XX. Por mucho que a Andrew no le interesara la música, o incluso si directamente le desagradaba, ¿acaso eso no era digno de mención? ¿Quién omitiría el hecho de que su esposa acostumbraba a ejercer de anfitriona de músicos de la talla de Pau Casals o Edgard Varèse? ¿Por qué presentarla como una niña con una simple afición?

Parece que Mildred hacía lo posible para no salir en la prensa. Solo encuentro unos pocos recortes en que se la mencione, de pasada, en calidad de benefactora o asistente a algún evento, con su nombre entre otros. Tanto su pasión como sus aportaciones eran asuntos privados. Supongo que la gente de su círculo —la alta sociedad— debía de estar al corriente de su vida cultural, y no puedo evitar pensar que esa es una de las razones de que Bevel me eligiera a mí, una chica de Brooklyn, para el trabajo.

Llegado 1925, la caligrafía de Mildred se deteriora todavía más. Su letra parece a menudo una serie de arañazos. Hay páginas que resulta demasiado difícil intentar descifrar. Es frustrante que sus palabras se vayan volviendo más y más impenetrables justo cuando empieza a dar señales de interés por la política y los asuntos de actualidad.

Abro un álbum de recortes de prensa sin fecha. Muchos de los recortes están rodeados de abundantes apostillas y notas al margen.

«A fin de probar el radioscopio de lado a lado del Atlántico, los alemanes intentarán enviar texto y fotografías por el aire de forma instantánea»; «Emisión de bonos tachada de poco segura: el plan de 100 000 000 $ de Smith es un gesto puramente electoralista para gastar por todo el estado, dice». «Llegan dos millones de dólares en oro del Japón: el cargamento ya suma nueve millones en exportaciones desde septiembre destinados a proteger el libre intercambio». «Nuevo mínimo en los precios del grano: el maíz y la avena ya se venden por debajo de las cifras de 1924-1925». «Nueva bombilla eléctrica reduce costes de lámparas: los fabricantes acuerdan un estándar que reducirá los 45 diseños a 5.»

Me paso un buen rato hojeando el álbum. Igual que las actividades musicales de Mildred, estos recortes no concuerdan con la versión hogareña e infantil de su mujer que describe Andrew. Su encarnación de la señora Bevel es incompatible con alguien que comenta sobre política (aunque sea en privado) o que tiene un interés, por efímero que sea, en los asuntos de actualidad. Y el álbum de recortes parece igualmente fuera de lugar en la versión de Mildred que ofrece Vanner. Helen Rask, la esteta callada, jamás diseccionaría y glosaría las noticias. Y justamente por el hecho de que la imagen de ella que pone de relieve este álbum difiere tan drásticamente del retrato que ofrecen ambos hombres, me da la impresión de que solo ahora vislumbro por primera vez a la Mildred Bevel real.

Cuando termino con la primera caja, decido tomarme un descanso de las runas de Mildred y solicito el último de los archivos de Andrew Bevel del año 1938.

No hay gran cosa que ver, seguramente porque la mayoría de sus registros se los quedaron las secretarias de su oficina. A fin de cuentas, esta es una colección de documentos personales, y Andrew Bevel apenas tenía vida privada. Agendas, libretas de direcciones y listas de regalos, entre cuyos artículos hay candelabros, mesas de billar (para tres personas distintas), gemelos (para dos) y una caña de pescar.

La cuarta carpeta que saco me hace perder la sala de vista.

Aquí está la inconfundible «e» de mi Royal portátil, con su ojo ennegrecido por el exceso de tinta.

Aquí está mi «i», a menudo sin punto.

Aquí están mis esquinas discretamente dobladas.

Aquí está el sistema de símbolos de edición que diseñé por entonces y que todavía uso.

Aquí están mis pulcras notas, más escolares que profesionales.

Aquí estoy, a los veintitrés años, más nítida que en ninguna foto, yo.

Paso las páginas una por una. Son los borradores de la autobiografía de Bevel, incluidas varias de sus notas a mi texto. Sus comentarios suelen carecer de palabras: se limita a suprimir esta línea, tachar aquel párrafo o mover un pasaje rodeado de un círculo a la parte superior o inferior de la página por medio de una flecha abrupta. Desperdigados por las páginas hay asteriscos que indican secciones que hay discutir en persona, a fin de poder señalarme las imprecisiones, corregir el tono o indicar otras revisiones demasiado extensas para ponerlas por escrito.

Me detengo en un pasaje que cuenta cómo su bisabuelo montó su negocio.

William solicitó un préstamo de considerable cuantía usando como aval la propiedad de su padre y a continuación pidió otro rehipotecando la primera suma. Se cargó de deudas para poder comprar a quienes, como sus padres, no conseguían vender sus productos. Pero en lugar de tabaco, que no habría podido almacenar como era debido, adquirió productos no perecederos, en particular algodón de las tierras del sur y azúcar de la recién adquirida Louisiana.

Me acuerdo de mi padre. Siempre decía que todo billete de dólar se había impreso en papel arrancado de la escritura de venta de un esclavo. Todavía lo puedo oír: «¿De dónde sale toda esa riqueza? De la acumulación originaria. Del robo fundacional de tierra, medios de producción y vidas humanas. A lo largo de toda la historia, el capital ha provenido de la esclavitud. Mira este país y el mundo moderno. Sin esclavos, no hay algodón; sin algodón, no hay industria; sin industria, no hay capital financiero». Sigo leyendo el borrador. Por supuesto, no hay mención alguna a la esclavitud.

Sí, por entonces mi padre y yo necesitábamos el dinero; sí, Bevel era intimidante, y yo era joven. Pero nada de todo eso me reconforta.

Llego a la sección que trata de Mildred. Después de revisar sus papeles y hacerme una idea de quién pudo ser en realidad, me dan dentera las escenas triviales que inventé para ella. Me horroriza ver hasta qué punto Andrew expulsó a su mujer de su autobiografía; me avergüenza mi complicidad. Hay varios segmentos, del todo inofensivos en mi opinión, que ha eliminado con firmeza. Por lo que he descubierto al revisar hoy sus papeles, se trata de pasajes que presentaban una versión extremadamente diluida de Mildred. Sin embargo, una vez muerta, su marido creyó necesario reducir todavía más su presencia. La decisión de Bevel de escribir una autobiografía estuvo movida en gran medida por su deseo de limpiar el nombre de su esposa y demostrar que no era la reclusa mentalmente enferma de la novela de Vanner. Leyendo estas páginas, sin embargo, da la sensación de que, más que para reivindicar a Mildred, las escribió para convertirla en un personaje completamente anodino y seguro: igual que las mujeres de las autobiografías de los Prohombres que leí durante la época en que estaba construyendo la voz de Bevel. Para ponerla en su sitio.

Quizás fuera eso lo que intentó hacer también Vanner. ¿Por qué presentar aquella imagen rota de Mildred en su novela? Es una pregunta que no he parado de hacerme desde que leí Obligaciones. A lo largo de los años me he planteado distintas respuestas —celos, venganza, pura malicia—, pero a falta de detalles sobre la vida de Vanner, siempre llego a la misma conclusión: le rompió la mente y el cuerpo simplemente porque eso le daba una historia mejor (una historia que no pudo resistirse a contar, por mucho que la degradara a ella y en última instancia lo destruyera a él). La convirtió a la fuerza en el estereotipo de la heroína trágica que ha existido durante toda la historia, creado para ofrecer el espectáculo de su ruina. Para ponerla en su sitio.

La siguiente caja que me traen contiene los extractos financieros de la obra benéfica de Mildred. Igual que la pasión por la música que resulta tan palpable en sus agendas contradice la imagen de aficionada decididamente conservadora que pintó de ella Andrew, estos documentos cuestionan la idea de Mildred como filántropa pasiva o inconsciente. He aquí alguien que no solo sabe exactamente a quién asignar sus dádivas, sino que también usa sus aportaciones para dar forma a las instituciones a las que apoya. Todos sus donativos parecen estar rigurosamente restringidos, y en cada caso Mildred especifica cómo hay que gastar los dividendos del capital que ha donado.

Todo está escrito en tinta púrpura. Usa un sistema de contabilidad que no consigo entender del todo, en parte porque su caligrafía es difícil de leer (y mis conocimientos de contabilidad se limitan a lo que aprendí por mi cuenta hace cincuenta años), pero sobre todo porque los métodos de Mildred son muy idiosincráticos. No se trata de balances contables ordinarios. Su método me recuerda a mis símbolos de edición, que no puede entender nadie más que yo. Parece que las dos nos vimos obligadas a crear nuestras propias herramientas y sistemas a fin de abordar unas tareas para las que no recibimos ninguna educación formal.

Además de las donaciones de Mildred de las que me habló Bevel (como era de esperar, me habló de donaciones a la ópera y a otras orquestas e instituciones culturales muy conocidas), también patrocina subvenciones para estudiantes de humanidades y ciencias, amplía una biblioteca o crea series de becas. A medida que pasa el tiempo, gana en valentía y tiene más fondos bajo su control. A juzgar por las fechas de sus hojas de balance y de algunas cartas, parece claro que el nacimiento de la Orquesta Sinfónica de Albany debió de ser resultado directo de sus donativos.

Llegado 1926, parece que la mayoría de sus contribuciones se canalizan a través de la Fundación Benéfica Mildred Bevel. Eso puede explicar que sus registros financieros personales se reduzcan alrededor de ese periodo. Recuerdo que Andrew me explicó que había creado la Fundación para ella. Hizo que pareciera que había sido un regalo. En su versión, su meta era inculcar un método a las donaciones impulsivas y caóticas de Mildred. Afirmaba haber financiado y gestionado la Fundación y haberla usado para refrenar los despilfarros benéficos de su mujer. Estos documentos revelan justamente lo contrario: Mildred aparece como una filántropa reflexiva y disciplinada.

Cuando llego a la correspondencia, me doy cuenta de que constituye la mayor parte del archivo de Mildred: dieciséis carpetas llenas de cartas dirigidas a la señora Bevel. Ni una sola escrita por ella. Me dedico a abrir sobres más o menos al azar y a examinar el contenido. La mayoría son cartas de agradecimiento. Músicos de todo el país que le dan las gracias por comprarles pianos, violonchelos y violines; directores de orquestas de pueblo que le dan las gracias por los instrumentos y fondos para sus orquestas; alcaldes y congresistas que le dan las gracias por abrir sucursales de librerías; una carta del gobernador Al Smith que le da las gracias por el ala de humanidades de la Universidad del Estado de Nueva York en Troy.

Después del crac de 1929, cambia el contenido de algunas de las cartas. Además de todo su mecenazgo cultural, está claro que se ha implicado en ayudar a quienes lo han perdido todo durante la crisis. Ahora su énfasis está en la vivienda y en los préstamos a empresas. Los dueños de fábricas, tiendas y granjas le escriben para hacerle saber cuánto ha hecho por ellos y por sus comunidades la ayuda que han recibido. Pero esas cartas se ven superadas en número por un aluvión renovado de gratitud de la misma clase de beneficiarios a los que favoreció en el pasado: bibliotecas, instituciones musicales y universidades.

Solo quedan unas cuantas cajas. Se disipa mi esperanza de encontrar algo parecido a los diarios que menciona Vanner en su novela. Bevel afirmaba que nunca habían existido, y si alguna vez existieron, debieron de ser destruidos o expurgados de esta colección. Pero podría suceder simplemente que Mildred nunca escribiera ningún diario, y que ese hábito simplemente formara parte de su encarnación ficticia.

Se han arrancado páginas de muchas agendas y cuadernos. Conciertos (menos). Fórmulas o cómputos breves e indescifrables. Cenas celebradas en su casa con pequeños grupos. Estoy bastante segura de distinguir el nombre de Harold Vanner en tres de esas listas de invitados.

2

—Ida.

Frente a mi apartamento me estaba esperando un joven con traje de raya fina que, extrañamente, no llevaba ni camisa ni corbata.

—¿Quién es usted?

—Hablemos dentro.

—¿Quién es usted?

—Abre la puerta y hablemos en el vestíbulo. No te conviene que los hombres de Bevel te vean conmigo.

Miré a mi alrededor. Solo había unas pocas caras familiares en mi calle. Me negué a abrir la puerta, así que hablamos escondidos en el pequeño hueco del portal de mi edificio. Sostuve la llave con la punta asomando entre los nudillos, como si fuera una daga.

—Mi padre y mi novio están arriba. Si se acerca más, gritaré.

—Qué dramática. —Se apoyó en la pared y se metió las manos en los bolsillos para demostrar que no tenía intención de tocarme—. Seré breve. Esto es lo que sé. Sé que eres la secretaria de Andrew Bevel. Sé que vas a su casa varias veces por semana, siempre por la tarde, y que te quedas allí hasta que oscurece. A veces hasta tarde. Sé que estás a solas con él. Sé que Bevel te cuenta su vida. Y sé que tomas notas. —Hizo una pausa para ver el efecto de sus palabras en mí; lo miré con expresión neutra—. Eso es lo que sé. Y esto es lo que quiero. Quiero copia de todo lo que escribas. Del texto de verdad. Como ves, tenemos mucha información sobre ti. Y si intentas engañarnos, nos daremos cuenta.

—Váyase.

—Dentro de un momento. Este es el trato: si me das lo que quiero, no denunciaré a tu padre al FBI por su imprenta comunista, su agitación política y sus actividades antiamericanas. Hasta me ha pasado por la cabeza que podrías estar espiando a Bevel para él. Sería una lástima verlo deportado.

—¿Quién es usted?

—Hay una heladería en Metropolitan con Union. Si no estás ahí el miércoles a la 1:30 con mis páginas, hablaré con mi amigo del FBI. ¿Capisce?

Se marchó.

Me temblaban las rodillas. Un vacío asfixiante en los pulmones. Vi la llave que me asomaba del puño. Por debajo del miedo, un agotamiento sin fondo. Recobré la compostura y subí con mi padre.

3

Tachar. Contarle la verdad a Bevel. Era la mejor opción. Un desconocido quería información sobre él. Me había intimidado. Amenazado. Pero ¿qué pasaría si Bevel pensaba, y no era descabellado hacerlo, que yo ya había revelado algo? ¿Cómo podía demostrarle que no había traicionado su confianza? Pensándolo bien, yo no conocía ningún secreto delicado sobre él. Pensándolo bien, nuestras conversaciones habían sido bastante banales; solo habíamos comentado su vida a grandes trazos, habíamos hablado vagamente de algunas de sus operaciones financieras y él me había contado de forma más vaga todavía unas cuantas historias superficiales sobre su mujer. Y nada más. Pero esa no era la cuestión. Yo había firmado aquellos papeles que me había dado Bevel. Sabía lo que les hacía a quienes invadían su intimidad. Mi padre y yo seríamos aplastados y borrados.

—¿La estoy aburriendo?

—Lo siento, señor. ¿Podría repetir usted la última frase?

—No.

—Lo siento mucho.

Tachar. Estaba harta de disculparme.

—Como nos reunimos aquí, en mi casa, a esta hora, y estamos tomando el té, quizás se haya llevado usted la impresión de que este es mi tiempo libre. Yo no tengo tiempo libre.

Miré la moqueta, repasando su patrón laberíntico con la mirada.

—No volverá a pasar.

—Mi rol le tiene que quedar claro al lector medio. Seguramente, de no haber sido por mí ni siquiera habría existido la bonanza de Coolidge. Lo dijo el presidente. Tachar. Tapé agujeros, apuntalé cosas y protegí al público inversor de los especuladores durante todo el tiempo que pude. El resultado fue el mercado al alza más espectacular de la historia. El estímulo más grande de todos los tiempos para la industria y los negocios americanos. Cualquiera que mire con atención la economía después de la recesión de 1920 y hasta 1927 puede ver mi mano ahí. Cómo hice subir ciertas acciones clave para que el mercado entero subiera por imitación. Mire los casos de U. S. Steel, Baldwin, Fisher y Studebaker en 1922. Aquel fue el principio del mercado de la prosperidad. Aquello mismo. Y lo hice yo. Yo. Por supuesto, incluso aquello se percibió como una conspiración. Alexander Dana Noyes, o alguno de sus secuaces del Times, lo llamó «maniobra misteriosa» en vez de reconocer mi mérito. Tachar.

Andrew Bevel no vacilaría. Mi padre y yo seríamos aplastados y borrados. Quizás incluso pensara que todo el plan de chantaje había sido idea mía: que yo me había inventado la historia entera de aquel hombre sin corbata y con traje formal de raya fina para extorsionarlo a él, a Bevel, para mi beneficio. Sí, seguramente sería eso lo que pensaría. Que lo había planeado todo yo.

—Como le digo, ese fue el principio. Pero en realidad deberíamos prestar atención a 1926. ¿Cuándo ha habido, en la historia mundial de las finanzas, un éxito como el mío de 1926? ¿Cuándo? Como era de esperar, hubo acusaciones de fraude, que fue la única forma en que los periodistas ramplones pudieron explicar mis logros, la única forma en que esos aspirantes a novelistas podían explicar mis triunfos sin precedentes. Esto último está bien, pero táchelo. ¿Hace falta decir que mis operaciones de aquel año abarcaron transacciones a través todo el mercado? ¿Cómo podría cualquier estafa englobar un espectro de acciones tan amplio? La mera idea de que cualquiera pudiera manipular o penetrar en todas y cada una de las empresas con acciones en la Bolsa de Nueva York es ridícula. Elevé a la nación entera conmigo. Y en vez de darme gracias, la prensa me vilipendió. Fui yo quien estimuló y en gran medida impulsó la prosperidad de aquellos años. Así que no quiero oír ninguna teoría absurda de que hubo una conspiración para hacer caer la bolsa. Como si yo tuviera tiempo o ganas para confabularme con otros. Tachar.

Pero también podía ser una prueba. Quizás fuera Bevel quien me había mandado al hombre sin corbata para ver con qué facilidad me venía abajo. Una prueba. Para ver cómo gestionaba las cosas. Para ver cómo de leal y segura de mí misma era. Si ese era el caso, ¿cuál era la reacción correcta? Quizás lo mejor fuera no decir nada. Quizás quería que me valiera por mí misma. Que lo solucionara yo sola. Tachar. Era posible que el hombre sin corbata fuera más poderoso de lo que yo había pensado de entrada. Quizás representaba a algún financiero rival. Quizás trabajaba para el gobierno. Quizás había mencionado a aquel amigo ficticio con contactos a modo de señuelo para esconder que era él quien trabajaba para el FBI.

—La gente me reprocha que me deshiciera de mis acciones antes de octubre de 1929. ¿Es culpa mía que lo viera venir? Mire, yo predije que la deflación había tocado fondo en 1921 y que podíamos esperar que empezaran a subir los precios otra vez. Y tuve razón. En aquel caso nadie pareció detectar conspiración alguna. ¿Y por qué? Pues porque les gustó lo que predije. En cambio, en 1929, fui el hombre del saco, el instigador de los hechos vaticinados. ¿Y por qué? Pues simplemente porque no les gustó lo que oían. Así que decidieron que yo había encabezado una conjura para hacer caer la bolsa. Tachar.

¿Qué podía revelar yo? Las bravatas de Bevel. Unas transacciones que la prensa ya había cubierto años atrás. Sus historias nebulosas e incoherentes sobre una esposa a la que no parecía haber conocido. Y todo eso no tardaría en hacerse público igualmente. Estaría en el libro de Bevel. Que era sobre todo una ficción. Bevel me había pedido que creara una voz para él. Me había pedido que rellenara varias lagunas sobre su mujer con historias inventadas por mí. Así pues, ¿por qué no venderle a aquel hombre sin corbata otra ficción, tal como ya había hecho cuando mi padre me había insistido para que le diera detalles sobre mi trabajo? Sí, la solución era esa. Había creado un Bevel ficticio para el Bevel real; había creado un Bevel ficticio para mi padre; podía crear con facilidad otro Bevel ficticio para mi extorsionador.

—Mis acciones permitieron a una multitud de negocios, fabricantes y empresas de América aumentar sus emisiones de acciones y capitalizarse. Mire la United States Steel. Intercambiaron bonos por acciones ordinarias, eliminando de esa forma su deuda por completo. Y fue efecto directo de mis actos. Ese es mi historial. Eso es lo que hice. Ese es el trasfondo con el que debemos mirar la debacle de 1929. Si me vi obligado a asumir una posición corta en el mercado, no fue solo para preservarme a mí mismo, sino también para preservar la salud financiera de nuestra nación, que estaba bajo el ataque tanto de las hordas de especuladores como de los reguladores del gobierno. Pero dejemos todo eso para la siguiente sesión. Espero encontrarla en mejor forma entonces.

—Lo siento mucho.

4

Transcribir y reformular las palabras de Bevel. Inventarme una vida para Mildred. Componer una ficción para el hombre sin corbata. En los días siguientes me dije a mí misma que era el trabajo lo que me mantenía confinada en casa. Pero era el miedo. Aparté el escritorio de la ventana y lo pegué a una esquina, y allí, encorvada sobre mi máquina de escribir, me dediqué a trabajar en aquellas historias.

Hacia el final de aquella semana de reclusión, me di cuenta de que escribir una historia completamente inventada para el extorsionador me iba a inspirar considerablemente de cara a la otra historia que estaba desarrollando para Bevel. Las dos narraciones se daban forma y se nutrían entre sí. Lo que era un callejón sin salida en una demostraba ser un camino abierto en la otra. Tener que inventarme por completo los hechos del informe para el hombre sin corbata me permitió tomar prestado de aquellas páginas para llenar ciertas lagunas que habían constituido obstáculos importantes en la autobiografía de Bevel o en el retrato de Mildred. Asimismo, lo que resultaba inviable en las memorias iba a parar a las páginas para el chantajista. Pasajes que había escrito y me habían gustado, pero cuyo estilo no encajaba con el del resto; largas exposiciones de naturaleza técnica que Bevel había cortado; pequeñas escenas secundarias que había redactado pero no me habían gustado: distorsioné todos aquellos párrafos y páginas y los volví inofensivos —y, con suerte, también imposibles de atribuir a mí— antes de injertarlos en el relato para el extorsionador.

Escribir todos aquellos textos simultáneamente requirió todavía más investigación. Me di cuenta pronto de que mis pinceladas eran demasiado gruesas y mis historias carecían de esos pequeños detalles (un objeto mundano, un lugar específico) y baratijas verbales (el nombre de una marca, algún manierismo) que se usaban a menudo para sobornar a los lectores y que creyeran en la verdad de lo que estaban leyendo. A mi pesar, afronté el hecho de que iba a tener que dejar mi apartamento y regresar a la sede central de la Biblioteca Pública de Nueva York. Eché mano de mi estuche de maquillaje, que casi nunca usaba, para resaltarme las cejas, aplicarme colorete y tratar de añadirle un poco de edad a mi cara. También me cubrí la cabeza con un pañuelo atado por debajo de la barbilla y me puse la gabardina ancha de mi padre, que me ayudó a parecer mayor y más pequeña. Nada de todo aquello consiguió que se me hiciera menos atroz el trayecto en metro. Gracias a todas mis novelas de misterio, sabía que lo peor que puedes hacer cuando sospechas que te están siguiendo es darte la vuelta. Habría estado empapada de sudor incluso sin el pañuelo y la gabardina.

Una vez más, me resultó de gran ayuda mi falta absoluta de método. Saqué cosas de los discursos de Woodrow Wilson, del extravagante tratado sobre la prosperidad de Roger Babson, de la Autobiografía de William Zachary Irving, de El individualismo americano de Herbert Hoover, de la Educación de Henry Adams (quizás el único de todos los libros de los Prohombres que me gustó) y de una serie de volúmenes sobre la historia de las finanzas. De todos estos, el que más me influyó fue Los hombres misteriosos de Wall Street de Earl Sparling. Al haber crecido con historias de detectives, el título me atrajo de inmediato. Era una recopilación de retratos de financieros, escrita en 1929. Jesse Livermore, William Durant, los hermanos Fisher, Arthur Cutten, Andrew Bevel… Estaban todos allí. En aquellas páginas encontré las respuestas a muchas preguntas, y también saqué ideas de ellas cada vez que tenía que describir alguna operación financiera turbia. También busqué cómo habían cubierto a Bevel y sus transacciones el Wall Street Journal, el New York Times, Barron’s, Nation’s Business y otras publicaciones.

Para los detalles que me permitieran dar cuerpo al lado personal de la historia de Bevel que le iba a entregar al chantajista, me pareció más conveniente recurrir a la ficción. Nuevamente, apunté una serie de títulos que más tarde sacaría en préstamo de la Biblioteca Pública de Brooklyn. Intenté leer la Trilogía del deseo de Theodore Dreiser, pero solo pude acabar El financiero y la mitad de El titán. Los banqueros y corredores de bolsa trágicos de Nathan Morrow y sus descripciones de las orgías de despilfarro de los años veinte se colaron en mis páginas. Los cambistas de Upton Sinclair me enseñó a dibujar a Bevel con trazos sombríos de villano, y también me dio la inspiración para los lujos con los que salpiqué las páginas para mi extorsionador: yates, oficinas palaciegas, mansiones.

Como aquellas novelas ya estaban un poco anticuadas, acudí a la prensa. La mayoría de los números de Fortune, Forbes y otras revistas parecidas que encontré en la Biblioteca Pública de Nueva York incluían largos perfiles de financieros, industriales y familias patricias. En aquellos artículos sobre Morris Ledyard, los Gould, Albert H. Wiggin, los Rockefeller, Solomon R. Guggenheim, los Rotschild y James Speyer encontré detalles de transacciones financieras, descripciones de residencias, itinerarios de viajes y crónicas de fiestas suntuosas y de toda una serie de hábitos, idiosincrasias y pasatiempos que adjudiqué a los Bevel. También cité muchos anuncios de los que componían la mayor parte de aquellas revistas y otras parecidas, anuncios que promocionaban artículos de lujo de los que no había oído hablar jamás. A Bevel lo llevaban por la ciudad en un Maybach Zeppelin con motor de aviación de doce cilindros, pero conducía a doscientos kilómetros por hora en un Super Sports Delage cuando iba a Glen Cove, donde tenía anclado su yate transatlántico a diésel de cien metros de eslora, traído recientemente de los diques secos de Bath. A veces iba y venía de la ciudad con su aeroplano Fokker, equipado con un salón y un bar, mientras bebía vinos grand cru de Burdeos.

Me costó mucho más encontrar libros que pudieran ayudarme con la historia de Mildred. Después de leer la reseña de Obligaciones de Vanner que mencionaba a Edith Wharton, a Amanda Gibbons y a Constance Fenimore Woolson, había buscado sus obras de inmediato. Aun así, como eran una generación o dos anteriores a Mildred, sus círculos sociales en Nueva York o sus grupos de expatriados americanos en Europa se veían demasiado antiguos. Después de consultar con unos cuantos bibliotecarios, leí, de forma caótica, todo lo que me pudiera resultar inspirador, desde Etiqueta de Emily Post hasta Chica mala de Viña Delmar. Pero mi objetivo, si es que mi caótica estrategia tenía alguno, eran autoras americanas más o menos contemporáneas cuya obra pudiera resultar pertinente. Entre ellas recuerdo a escritoras tan enormemente dispares como Dawn Powell, Ursula Parrott, Anita Loos, Elizabeth Harland, Dorothy Parker y Nancy Hale. Solo unas pocas de ellas resultaron relevantes para mi trabajo, y ninguna captaba la atmósfera de opulencia discreta que yo quería para Mildred. Aun así, aunque no puedo decir que me gustaran todas, algunas de las autoras que descubrí durante aquella intensa exploración se convirtieron en los cimientos de mi canon personal, tal como he escrito en Ante las palabras; aunque en mi libro no revelaba cómo había llegado a conocerlas.

Escribir sobre Mildred (en cualquiera de aquellas versiones) fue con diferencia el aspecto más difícil de mi trabajo. No tenía nada en que basarme. Si ninguno de los libros que leí me ayudó, la descripción ambigua e intencionadamente vaga de Bevel todavía acrecentaba más el vacío que había en el centro de su retrato. Parecía claro que el rol de Mildred en la escena musical de Nueva York había sido más importante de lo que Bevel estaba dispuesto a admitir. Pero nada sugería que sufriera los problemas mentales graves que destruían a su alter ego, Helen Rask, en la novela de Vanner.

Había dos cosas que me veía obligada a suprimir de cada frase que escribía sobre ella. En primer lugar, la innegable complejidad de su carácter, que me llegaba a través de las ofuscaciones de Bevel y de sus intentos de hacerla más «accesible». En segundo lugar, mi convencimiento de que entendía su difícil situación, por lo menos hasta cierto punto. Vivir con Bevel. La asfixia. La soledad. Calcular todas tus acciones y reprimir todos tus impulsos.

Enfrentada con aquel callejón sin salida, me acordé de Harold Vanner. Me habían gustado muchas cosas de su retrato de Helen Rask, así que quizás pudiera encontrar inspiración en algún otro de sus personajes femeninos.

Aunque el miedo que había sentido al salir de Brooklyn se había disipado después de varias horas entre libros y revistas, regresó convertido en una oleada de terror cuando me puse a hojear las fichas del catálogo en busca de la obra de Vanner. Busqué por todo el cajón correspondiente a los nombres VAM-VAR, deteniéndome todo el tiempo en el mismo lugar y sintiendo un vuelco en el corazón cada vez que confirmaba el vacío.

Vann, William Harvey, Notas sobre la escritura de James Howell, 1924.

Vannereau, Maurice, L’Ornière, pièce sociale en 1 acte, 1926.

Era inconcebible que la Biblioteca Pública de Nueva York tuviera un ensayo ignoto de un crítico desconocido y también una obra de la que no había oído hablar nadie escrita por un autor francés sin fama alguna, y en cambio no tuviera ni un solo libro del autor que debería haber estado entre aquellos dos nombres. Ni rastro de Vanner. Nada. Ni un solo título. Le pregunté a una bibliotecaria. Me dijo que todo lo que tenían estaba en aquellas fichas. Pero yo sabía que era simplemente imposible que una de las colecciones más grandes y completas del mundo no tuviera ningún libro de Harold Vanner. Sus primeras obras habían cosechado cierto éxito, y Obligaciones se había reseñado en muchas partes. Solo había una explicación posible. Bevel, uno de los principales donantes de la biblioteca, había torcido y alineado la realidad.

El caos es un vórtice que aumenta la velocidad de sus giros cada vez que se traga algo nuevo. Como me pasaba los días trabajando sin parar, no me quedaba tiempo para hacerme cargo de la casa. Platos en el fregadero y toallas en el suelo, latas abiertas y números antiguos mohosos de Cronaca Sovversiva, cortezas de pan y corazones de manzana podridos. Moscas y ciempiés, trapos sucios de tinta y la bañera atascada. Nada de todo esto preocupaba en absoluto a mi padre. Despejaba la zona que necesitaba, se limpiaba los utensilios en la camisa, se hacía un bocadillo o trabajaba en los componentes de una página y pasaba a lo siguiente, dejándolo todo tal como estaba. Para él fue una época de dicha. Estaba feliz de que pasáramos tiempo trabajando juntos. Su alegría es el único buen recuerdo que tengo de aquella época.

Jack se presentó una tarde cargado de disculpas, explicaciones y exigencias. Lo dejé hablar y me dediqué a decirle que sí con la cabeza. Cuando terminó, le pedí que echara un vistazo al apartamento, y, luchando por refrenar una ráfaga de cólera que sabía que terminaría en lágrimas, le pregunté si le parecía que tenía tiempo para sus necesidades. Examinó el apartamento con cuidado. Y cuando me pareció que ya estaba a punto de marcharse, se quitó la camisa, se la guardó en la mochila y se puso a limpiar la cocina en camiseta. Era el último regalo que habría esperado de él, y me sentí conmovida. Le dije que no tenía que hacer nada, que no pasaba nada… Todo lo que se espera que digas en esas situaciones.

—No, no. Vamos —dijo con seriedad cariñosa—. Tienes trabajo. Ve. Yo me encargo de esto.

Le di un beso, sin apenas reconocer aquella nueva versión de Jack pero abrumada de gratitud, y regresé a mi habitación cruzando el taller de mi padre. Forcejeaba con su imprenta, tratando de ajustar alguna pieza inaccesible. Le dije que Jack acababa de llegar, pero no me hizo caso y le dirigió un insulto a la máquina mientras insistía en alcanzar la pieza que le daba problemas.

Al cabo de un par de horas ya casi había terminado las páginas falsas. Sonaban creíbles. Había incluido toda la jerga que Bevel solía quitar de su autobiografía (siempre decía que quería llegar a un público amplio, al «hombre común» o al «lector medio») y la había distorsionado hasta generar un galimatías enrevesado pero verosímil que en modo alguno se podía relacionar con ninguna operación financiera real. Pensé que mi chantajista valoraría positivamente algo que no pudiera terminar de entender. Todas aquellas disquisiciones se entretejían para formar una crónica más amplia de la vida de Bevel. Aquella versión cumplía con las expectativas que me parecía que debía de tener de un magnate como Bevel la mayoría de la gente, educada con el cine y las novelas. Había descripciones exuberantes y detalladas de su casa y sus posesiones; había dignatarios extranjeros y limusinas; había viajes improvisados a Europa y a Palm Beach; había actrices y champán, senadores y caviar. Para rematar el conjunto, tomé de la casa de Gatsby unas cuantas salas de música estilo María Antonieta, salones estilo Restauración y baños soterrados. Y también incluí, por supuesto, la dosis adecuada de hastío e incomodidad moral.

Era casi la hora de la cena y yo apenas había desayunado. Se me ocurrió comprar algo especial para el bueno de Jack y para mi padre. Un pollo asado. Quizás incluso una botella de vino. Después de enrollar las páginas terminadas y guardarlas en la manga del impermeable, me preparé para marcharme. Mi padre seguía ocupado con la imprenta. De camino a la salida, me detuve en la cocina. Jack había hecho un trabajo excelente y había pasado al baño, donde ahora estaba de rodillas en el suelo de azulejos, forcejeando en la bañera para desatascarla. Le di un beso en la cabeza y le dije que iba a por la cena.

—Ya sé que no es el mejor momento —dijo, levantando la vista con timidez—. Con lo ocupada que estás y tal. Pero… me preguntaba si me podrías pasar un artículo a máquina. Se lo quiero enseñar a alguien del Sun. Quedaría mucho mejor. Sin prisa. Tengo las páginas aquí, pero si no puedes…

Era la primera vez que Jack me pedía ayuda abiertamente o reconocía mis talentos.

—¡Por supuesto! Lo que necesites. No debería tomarme mucho tiempo.

—Gracias. Quedará mucho mejor —repitió—. Te dejaré las páginas en tu mesa.

Fui de tienda en tienda, repasando mentalmente la autobiografía falsa. Era conveniente borrar ciertos detalles que podían resultar comprometedores. Se reconocían algunos manierismos míos que hacía falta cambiar; un pasaje que había descartado al principio, después de pensarlo, me pareció eficaz y digno de ser rescatado. Volví a toda prisa a casa para no olvidarme de las correcciones.

Jack seguía trabajando en la bañera; mi padre seguía insultando a su imprenta. Dejé las bolsas de la compra sobre la encimera y fui a mi habitación a escribir mis notas. En mi mesa estaba el sobre con el artículo de Jack. Lo dejé sin abrir y volví a la versión para el extorsionador. Corregí unas cuantas frases y taché un párrafo o dos. El pasaje descartado que quería recuperar tenía que estar en una de las bolas de papel arrugado más cercanas a la superficie de mi papelera. Tomé una bola y la alisé. Estaba en blanco. Otra. En blanco. Otra. En blanco. Casi todas mis páginas descartadas habían desaparecido, reemplazadas por papel en blanco.

Aterrada y desconsolada, fingí disfrutar de la cena. Necesité todas mis fuerzas para evitar que se me fuera constantemente la vista a la mochila de Jack.

5

Lo único que me reconfortó tras descubrir el robo de los papeles descartados fue que todos formaban parte de la ficción que estaba escribiendo para mi chantajista. No había nada en aquellas páginas que pudiera comprometer a Andrew Bevel, ni tampoco llevar hasta mí. El alivio que me causó darme cuenta de esto era más intenso que la furia y la tristeza que sentía cuando pensaba en Jack. Una vez más, me resultó descorazonador descubrir que me importaban más Bevel, sus valores y sus amenazas que mis amigos y mi familia. El dolor de que me hubiera traicionado alguien tan próximo a mí parecía irrelevante comparado con las consecuencias de una violación de la confidencialidad. Y lo que lo hacía todo doblemente desalentador era el hecho de que era verdad: perder a un amigo no era nada comparado con afrontar la cólera de Bevel. Tal era la magnitud de su poder. Su fortuna cambiaba la realidad circundante. Y esa realidad incluía a la gente: su percepción del mundo, igual que la mía, también se veía atrapada por la fuerza gravitatoria de la riqueza de Bevel y cambiada por ella.

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