Fortuna

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Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » III

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Desde mi primera reunión con él ya había notado que tenía que oponerme a aquella fuerza. No por ningún impulso rebelde. Más bien porque intuía, y no tardaría en confirmar, que la estima que me tuviera dependería en gran medida de la eficacia con que consiguiera resistirme a su enorme influencia. Los dos parecíamos disfrutar más de nuestras reuniones (aunque está claro que «disfrutar» es una palabra excesiva) cuando yo era capaz de vencer mis miedos, mostrar agallas e incluso contradecirlo en relación con alguna cuestión trivial. Las agallas eran igual de importantes que la elegancia, claro. No toleraba la mala educación, pero los pequeños actos de insolencia tenue y ambigua lo divertían o, por lo menos, le picaban la curiosidad. Era paradójicamente en aquellas ocasiones cuando su rígida conducta, que yo había llegado a interpretar como un miedo al ridículo profundamente arraigado, parecía ablandarse un poco. Y era en aquellos momentos cuando me las ingeniaba para darles a nuestras sesiones un rumbo más productivo.

Estaba decidida a recobrar el respeto perdido durante nuestro último encuentro. Entre mi descubrimiento de la traición de Jack y mi cita inminente con el hombre sin corbata, me parecía crucial tener de mi lado a Andrew Bevel y saber cómo reaccionaría a la posible publicación de los papeles robados.

—Debo decir que estoy muy contento con su descripción de la señora Bevel —dijo después de mirar mis páginas nuevas—. Contento de verdad. —Volvió al principio y las ojeó de nuevo—. Recibirá usted mis notas, como de costumbre. —Hizo una pausa—. Ahora que lo pienso, quizás deberíamos inventarnos algún pasatiempo adecuado para Mildred. —Se llevó el índice a los labios y se dedicó a contemplar la habitación hasta que vio un arreglo floral en una mesilla junto a la ventana—. Flores. Su amor por las flores. Cómo las combinaba, hacía arreglos y cosas de esas. Escriba una pequeña escena. Hable con la señora Clifford, el ama de llaves, antes de marcharse. Ella le dirá qué clases de ramos ha de describir. Hasta le podría enseñar el invernadero.

No levanté la vista de mi cuaderno, fingiéndome absorta en mis notas. No era el momento de enseñar mi perplejidad.

—Gracias al poder de su imaginación y a su… empatía femenina, ha conseguido usted captar gran parte de la vida privada de Mildred. Y con lo poco social que era Mildred, eso significa la mayor parte de su vida.

—Gracias. Precisamente para enriquecer los detalles de la vida privada de la señora Bevel, estaba pensando que quizás hoy podríamos caminar por la casa mientras hablamos. Apenas la conozco, y una visita con usted de guía sería inestimable. Podríamos incluir alguna descripción de una habitación o de una pintura… Sería un telón de fondo más nítido para su vida personal. Y para la de la señora Bevel. Al lector medio le gusta asomarse a estas casas majestuosas, ya sabe…

Había conseguido incomodarlo un poco; estaba claro que mi sugerencia era buena, pero también iba en contra de la obsesión que tenía Bevel con la privacidad. E incomodarlo era justamente lo que yo había buscado.

—Por supuesto. Cómo no. —Intentó esconder su vacilación detrás de sus buenos modales. El hecho de que creyera que debía mostrarse cortés conmigo ya suponía un triunfo inesperado—. Por favor, recuerde que no quiero ninguna descripción ostentosa de la casa —dijo antes de que empezáramos—. Es de mal gusto.

Me llevó de regreso al vestíbulo con suelos de mármol para que pudiera experimentar «la progresión de la casa». Nos cruzamos con unos cuantos miembros del servicio. Algunos estaban limpiando; otros pasaban a toda prisa con sus trajes de tres piezas. Con independencia de su rango, ninguno de ellos nos miró. Parecía que tuvieran instrucciones de hacer su trabajo sin más y fingir que no veían a Bevel.

Primero me enseñó sus pinturas. Se detenía brevemente frente a cada una, señalaba la placa del marco dorado, nombraba al artista y seguía adelante: Corot, Turner, Ingres, Holbein, Bellini, Fragonard, Veronese, Boucher, Van Dyck, Gainsborough, Rembrandt. Tomé notas.

Llegamos a un pasillo cuyas ventanas tenían vistas a un invernadero.

—Esa parte se la dejo a la señorita Clifford, cuando la vea usted por las flores. No sé absolutamente nada de plantas —dijo mientras dejábamos atrás el invernadero—. Aquí es donde paso todas las tardes, en la parte trasera de la casa.

Abrió una puerta para revelar una oficina grande con unos cuantos espacios de trabajo pequeños anexos. Las paredes de todas las salas estaban cubiertas de pizarras saturadas de cifras bursátiles y fórmulas matemáticas; sentados a las mesas, una docena de hombres con máquinas calculadoras se abrían paso por entre carpetas, libros, documentos y resmas de papel. El ambiente era más tranquilo que en la sede de Inversiones Bevel del downtown. Casi parecía una biblioteca.

—En cuanto cierra el mercado, empieza el trabajo aquí. De hecho, me gusta pensar que este es el trabajo de verdad. Las conclusiones a las que llegamos aquí dan forma a mis transacciones, operaciones diarias y planes a largo plazo. Lo demás, lo que pasa en el parquet de la Bolsa, solo es la ejecución de las decisiones que se toman en esta oficina. Todos los hombres que ve son estadísticos y matemáticos. Reclutados de universidades de todo el país. Una reunión de cerebros en toda regla. Estudian registros bursátiles y expedientes industriales, predicen tendencias futuras a partir de otras pasadas, detectan patrones de psicología de masas y diseñan modelos para operar de forma más sistemática. Aquí se evalúan informes, estados de cuentas y planes de futuro de todas las corporaciones o empresas que están o pueden ponerse en mi radio de acción.

Me miró a los ojos hasta que me obligó a volverme. Todavía recuerdo su mirada azul. Estaba o bien intentando extraer algo a través de mis pupilas, o bien intentando introducir algo a través de ellas.

—Mire usted, la intuición me ha ayudado mucho a lo largo de mi carrera, y le debo una gran parte de mi reputación a ella. Añadir la ciencia y la interpretación objetiva de grandes volúmenes de datos a mi intuición es lo que me da ventaja. Es esa combinación única lo que siempre me ha permitido adelantarme al ticker. —Hizo una pausa, examinó a sus hombres y se miró el reloj de pulsera—. Normalmente estamos aquí hasta las nueve.

—¿Y estos hombres ya trabajaban aquí cuando la señora Bevel…? —Fui incapaz de terminar aquella pregunta carente de tacto.

—Por supuesto que no.

Salimos de las oficinas y Bevel me guio por la planta baja deshabitada. Hizo una pausa ceremoniosa en un salón donde había montadas la cabeza de un alce y de un bisonte, un oso disecado, la piel de un puma, con la cabeza rugiente incluida, y otros trofeos de caza. Presidían aquellos premios dos retratos al óleo de un hombre robusto y fornido que, por alguna razón, parecía estar haciendo un gran esfuerzo para ocultar que era feliz. La pintura de la izquierda lo mostraba con atuendo de caza, un rifle en una mano y un puñado de faisanes inertes en la otra. En la pintura de la derecha llevaba traje de negocios, tenía una pluma en la mano y estaba levantando la vista de un documento.

—Como ya sabe, me complacen mucho los pasajes que ha escrito sobre mis antepasados —dijo Bevel antes de abandonar la sala—. Ahora seguramente podrá describir la cara de mi padre. Al final, este recorrido por la casa no ha sido tan mala idea. Ahora que lo pienso, para entender realmente la historia de mi familia tiene que visitar usted La Fiesolana. Es ahí donde reside nuestro espíritu. Lo organizaré para que pueda ir.

—Gracias. Sería una ayuda enorme.

Nunca lo llegó a organizar.

Galerías, una salón con ventanales, pasillos, una pequeña biblioteca, estudios, comedores, un cuarto de recreo. Ahora Bevel guardaba un silencio poco propio de él, y sus pasos briosos sugerían que quería terminar de una vez con la visita.

—Tenemos muchas de nuestras pinturas prestadas a distintos museos —dijo, señalando con la cabeza una pared vacía—. La señora Bevel expresó el deseo de que las pudiera disfrutar el público.

—¿Ha hecho algún otro cambio reciente en la casa?

—Aparte de la oficina de la planta baja y de los cuadros en préstamo, como es natural, todo se ha dejado como estaba. En memoria de Mildred.

Subimos a la segunda planta. Un salón de baile, más galerías, dormitorios. Había una sala de música, pero no era más que un salón grande con un piano y un arpa; nada parecido al salón de conciertos privado de la novela de Vanner. La biblioteca, con sus suntuosos volúmenes colocados en estantes a alturas inaccesibles, estaba diseñada para alguien a quien no le interesaban los libros. Y yo seguía sin poder detectar el toque hogareño de la señora Bevel. Quizás Andrew Bevel confundía la docilidad que le atribuía con calidez.

Por fin se detuvo frente a una puerta del lado de un pasillo que daba al parque.

—Estas eran las habitaciones de Mildred —dijo con solemnidad.

Nos quedamos mirando el umbral como si estuviéramos frente a su tumba. Tras respetar una pausa decorosa, me pareció el momento de mostrarme una vez más atrevida y cuidadosamente impertinente.

—Me ayudaría mucho ver cómo vivía. Encontraría mucha inspiración entre sus objetos. Podría captar pequeños detalles y cosas cotidianas que darían mucha vida a la historia. Y la harían más creíble.

—Puede ver toda la casa, pero esta puerta permanecerá cerrada.

—Lo siento. Solo…

—No hace falta disculparse. Entiendo que tenga curiosidad. Pero hay cosas que me gustaría guardarme para mí.

Bevel me llevó por la casa en silencio.

—En uno de nuestros primeros encuentros compartió usted unos recuerdos de infancia de su madre —dije por fin—. Mencionó que lo que Mildred y ella tenían en común, además de su naturaleza cariñosa, era su inteligencia. Dijo usted que las dos eran mujeres brillantes.

Se detuvo para mirarme. En sus ojos se despertó algo que me pareció irritación. Pero no sentí que aquella vez su enfado fuera dirigido a mí. Echó a andar otra vez y lo alcancé.

—¿Cómo diría que se manifestaba la inteligencia de Mildred?

—Oh, ya sabe, en una multitud de pequeños detalles. No es fácil llevar una casa como esta, con todo el servicio y demás. Y en sus gustos musicales, claro. Pero de eso ya hemos hablado y ya hemos cubierto todo lo que podía ser útil para el libro. Además, para ser sinceros, hay que tener un don para seguirme el ritmo a mí. —Se rio a través de la nariz—. No es fácil. No es nada fácil seguirme el ritmo a mí. Quizás pueda incluir eso en el libro. En tono moderadamente humorístico. Y por cierto, usted tampoco lo hace nada mal, ¿sabe?

Sentí que se me ruborizaban las mejillas mientras se esfumaba mi necesidad de interrogar y arrinconar a Bevel.

Llegamos a la tercera y última planta. Toda la parte de atrás eran las habitaciones del servicio; la parte delantera, con vistas al parque, era para invitados.

—Aquí se ha alojado a lo largo de los años bastante gente, alguna de mucho renombre. Quizás deberíamos incluir una pequeña lista en el libro. Imagino que a los lectores les agrada leer sobre esas cosas. Aun así, a decir verdad, ni a Mildred ni a mí nos gustaba tener invitados durante periodos largos. Cuanta más gente forma parte de tu vida diaria, más derecho creen tener a difundir historias sobre ti. Es algo que siempre me ha desconcertado. Lo normal sería que la cercanía generara confianza.

—¿Está diciendo que incluso sus amigos difundieron rumores sobre su mujer y usted?

Sobre todo mis amigos. Es lo que creen que significa la amistad: la libertad para convertirte en tema de conversación.

Aquella era mi oportunidad para averiguar cómo reaccionaría si se publicaran los papeles robados con la versión ficticia de su vida.

—¿Trata usted todos esos rumores y habladurías de la misma forma enérgica con que está se está ocupando de Vanner y su novela?

—Cielos, no. No podría ocuparme de mis negocios si tuviera que responder a cada idiotez que se publica en algún diario vespertino. Seguir la pista de todos los rumores y refutarlos requiere demasiado tiempo. Pero lo de Vanner es distinto. Lo que escribió sobre mi mujer y sobre mí es distinto. Y también lo es su alcance. Pero le agradecería que en adelante evitara pronunciar su nombre.

Se había acabado la visita guiada. Bevel regresó a sus oficinas de la planta baja y a mí me acompañaron a la calle. Ya no me preocupaba el asunto de los papeles robados. A fin de cuentas, era capaz de seguirle el ritmo a Bevel.

6

Llegué a la heladería temprano para garantizarme un lugar seguro, a la vista de todo el mundo y cerca de la puerta. Al entrar, sin embargo, vi al hombre sin corbata con el mismo traje de raya fina. Estaba sentado en la mesa más apartada del local, comiendo una copa helada. El local estaba casi vacío, pero me tranquilizó ver a unos niños bebiendo batidos en el mostrador. No podía pasar nada demasiado malo en presencia de unos niños que bebían batidos. Fui hasta la mesa del hombre sin corbata y me senté frente a él.

—Más te vale haber traído mis páginas —dijo, señalando mi bolso con su cuchara de mango largo.

—¿Cómo sé que con eso ya basta? ¿Cómo sé que después de eso me dejará en paz?

—Bueno, cariño. —Su dicción se vio enturbiada por la cucharada de helado que tenía sobre la lengua—. Vas a tener que confiar en mí.

De pronto, al verlo disfrutar de su copa helada en una heladería, lo entendí todo. Ahora que lo veía en su elemento natural, me quedó claro que aquel tipo no era ningún conspirador a sueldo de ningún periódico sin escrúpulos, del gobierno ni de ningún otro poder superior. No era más que un chico de Brooklyn. Comiendo helado con su único traje bueno.

—Te diré qué haremos. —Metí la mano en el bolso—. Aquí tengo diez dólares.

Dejó de comer y se quedó de piedra al ver el dinero.

—Sé quién te manda —dije—. Di su nombre y los diez dólares son tuyos. En caso contrario, me largo. Y a ver cómo me lo impides.

—Escucha, sabemos que tu padre es un rojo. Si no…

Me levanté y me alejé unos pasos.

—Jack —dijo.

Me detuve. Lo que experimenté en aquel momento aún es, hoy en día, el estándar con el que mido el odio. Volví a la mesa y me quedé de pie, mirándolo.

—¿Cómo te has enterado de lo de Bevel?

—¿Y los diez dólares?

Le di el dinero.

—Te siguió. No le gustaba la idea de que estuvieras a solas con un hombre en su casa, así que se puso a seguirte. Solo para ver quién era. No le costó mucho averiguar quién es el dueño de esa mansión. Luego, en tu casa, leyó un trozo de lo que estabas pasando a máquina para Bevel. Le pareció que estabas escribiendo la historia de su vida. Así que se le ocurrió vendérsela a algún periódico. Al mejor postor. Con esa exclusiva podría conseguir un buen trabajo. —Se mojó la punta del dedo con la lengua e hizo el gesto de contar billetes con las manos, riendo como un idiota.

—Dile a Jack que Bevel sabe que está detrás de esto. Solo me ha mandado aquí para confirmarlo. Dile a Jack que ya se puede ir olvidando de publicar las páginas que me robó. Dile que Bevel lo sabe todo y que va a ir a por él. Y lo va a destruir. He visto cómo hacía lo mismo con otra gente. Dile que se marche de la ciudad. Ya mismo.

7

Siguiendo las instrucciones que me había dado Bevel durante nuestra última reunión, me había citado con la señorita Clifford para que me enseñara las flores del invernadero.

Nos encontramos en el recibidor del servicio y me ofreció una taza de té; la rechacé, pero me la trajeron de todos modos, tal como había pasado en mi primera visita a la casa. Después de intercambiar unas cuantas cortesías, le pregunté por su trabajo, sin saber muy bien cuáles podían ser las tareas de un ama de llaves en una casa como aquella. Me explicó que supervisaba a la mayoría de los sirvientes, y que su responsabilidad principal consistía en asegurarse de que todo pasara «sin sobresaltos» en la casa. Le pregunté si también estaba a cargo del mayordomo. No. Me miró con una cara que sugería que tenía la misma opinión que yo del hombre pero no quería hablar de ello. Cambió de tema con elegancia y me preguntó por mi trabajo. Le impresionaba que me pasara tantas horas conversando con el señor Bevel.

Animada por su cordialidad, decidí poner en práctica un plan que había tramado vagamente en los días anteriores.

—Deberíamos visitar primero la habitación de la señora Bevel, ¿no le parece?

—¿La habitación de la señora Bevel? Creía que tenía que enseñarle las flores.

—Sí, y su habitación también. El señor Bevel está terminando un capítulo sobre la señora Bevel y me ha pedido que describa su entorno, así que creo que lo mejor sería comenzar por su habitación. Eso prepararía el terreno para lo demás, ¿no le parece?

Vaciló un momento.

—Supongo que es lo lógico. —Se acercó para recogerme la taza pero la agarré yo y la dejé en el fregadero—. Ay, gracias, amor. Qué amable eres. ¿Vamos?

Nuestros pasos resonaron con ecos concisos en el recinto de mármol del vestíbulo.

—El señor Bevel quiere que les dé un toque femenino a las páginas sobre la señora Bevel. Me iría bien conocer un poco mejor su rutina. ¿Quizás tenga usted alguna anécdota que contarme? ¿Pequeñas historias de su vida diaria?

—Lo siento mucho. Me encantaría haber tenido el placer de conocer a la señora Bevel, pero me contrataron después de que falleciera.

Subir las escaleras pareció dejarla un poco jadeante.

—Ya veo. Quizás me pueda presentar a la gente que trabaja aquí y que la conoció. Sería una charla muy breve, se lo prometo.

Nos adentramos por un pasillo largo. Las gruesas moquetas y cortinas redujeron nuestras voces a un susurro pudoroso.

—Bueno, es que nos contrataron a todos después de que falleciera la señora. Poco después del funeral, el señor Bevel decidió vender la casa. Demasiados recuerdos. Creo que se mudó una temporada a un hotel. Despidió a todo el servicio y cerró la casa. Se pasó meses cerrada, quizás un año entero. El señor rechazó una oferta tras otra. Y al final, cuando le llegó una oferta aceptable, en fin… Demasiados recuerdos.

Nos detuvimos en mitad del pasillo. La señorita Clifford recobró el aliento.

—Iban a demoler la casa para construir un edificio de apartamentos atroz. El señor Bevel no se vio capaz. No pudo ver desaparecer el hogar que había construido con la señora Bevel. Así que se mudó de vuelta aquí y contrató a un servicio nuevo. —Bajó la voz—. Pero ya conoce usted al señor. No le gustaría que yo estuviera aquí cotorreando sobre sus asuntos.

Me dio un apretón suave en el hombro y me indicó que la siguiera.

—En fin —dijo en su tono normal—. Aquí estamos. —La señorita Clifford señaló la puerta de Mildred—. Tengo entendido que está todo tal como lo dejó la señora Bevel.

Abrió la puerta y entramos.

Nunca había visto nada parecido a aquel espacio. El dormitorio, situado entre una sala de estar y un vestidor, era una nube angular: celeste, gris, sol y, por alguna razón, olor a ozono. Una cama que era un rectángulo. Una mesilla de noche que era un cubo. Una mesilla de café que era un círculo. En una esquina, unas cuantas curvas limpias se transformaban en un sillón. Todos los muebles parecían tan elementales que en mi recuerdo carecían de color. Meras líneas abstractas.

La sala de estar era igual de serena y simple. El escritorio y la silla habían sido diseñados con el mínimo absoluto de elementos necesarios para que un escritorio fuera un escritorio y una silla fuera una silla. Estanterías vacías, salvo por unas cuantas esculturas de pequeño tamaño; todas eran pura forma coagulada. Una modesta librería recorría la pared más corta.

Llamaron suavemente a la puerta abierta. Una doncella necesitaba la ayuda de la señorita Clifford.

—No tardo nada, cariño —me dijo, dejándome con la doncella—. Echa un vistazo y luego te llevo al invernadero.

Recorrí las habitaciones. No eran los espacios «suaves» y «cálidos» de alguien que había «creado un hogar» para su marido. No eran los aposentos de una novia infantil y enfermiza. A diferencia del resto de la casa, allí reinaba una especie de calma monástica. Algo que, visto de forma retrospectiva, reconozco como una atmósfera moderna y austeramente vanguardista. Los pocos muebles extraían su elegancia de su funcionalidad discreta. Y la intensidad del lugar provenía de la sensación de que cada objeto (y su colocación) resultaba lógicamente necesario.

Me paseé, intentando sentirme como Mildred pero sin tener ni idea de qué significaba eso. Ni rastro de los diarios que, según la novela de Vanner, había llevado toda la vida. Había pocos escondites en aquellas habitaciones ascéticas con sus estantes y mesas prácticamente vacíos. Como una tonta, incluso miré dentro de los armarios, donde su ropa seguía en fundas y colgada de las perchas, palpando las mangas y los bolsillos de algunos de sus abrigos, como si Mildred (igual que yo) pudiera haber escondido sus textos allí dentro.

Tal vez la librería contuviera alguna pista, aunque estaba convencida de que me encontraría los libros sin leer, seguramente con las páginas sin cortar. Me equivocaba. Estaban todos abundantemente subrayados a lápiz, con las esquinas dobladas y manchas de té y de café. Algunos estaban en francés, otros en alemán y hasta en italiano, lo cual me hizo sentirme irracionalmente próxima a Mildred. Había muchos autografiados por sus autores, cuyos nombres yo no conocía en aquella época y por tanto no retuve. Harold Vanner no se contaba entre ellos. Hojeé volumen tras volumen, deteniéndome en algún que otro pasaje subrayado, confiando en que me dijeran algo de su lectora.

Fui al escritorio, me senté y contemplé la sección del parque que Mildred debía de haber visto a diario. Vi el banco bajo un árbol donde me había sentado después de mi primera sesión con Bevel para contar mi paga. Los cajones del escritorio no estaban cerrados con llave. Papel de carta, papel secante, lápices. Me llamó la atención el papel secante. Estaba cubierto de infinidad de palabras, números y símbolos trazados y vueltos a trazar caóticamente unos encima de otros con tinta púrpura. Todo del revés, claro. Me acordé de mi padre y de su verdad invertida.

Me guardé el papel secante en el bolsillo justo antes de que la señorita Clifford regresara para llevarme a ver las flores.

8

La carta que me entregaron en mano era escueta y estaba escrita a máquina. Pero todo aquello que buscaba hacerla impersonal tenía el efecto paradójico de poner a su autor de relieve. Solo Andrew Bevel era capaz de mandar a alguien que mecanografiara una invitación a cenar y redactarla de aquella manera. No hay tiempo para reunirnos. Trabajaremos cenando. No se vista para cenar.

El mismo conductor que me había entregado el sobre por la mañana me recogió por la tarde y me llevó a la calle 87. Mientras me subía al asiento trasero de la limusina, pude sentir las miradas al otro lado de las ventanas a oscuras, y casi pude oír los susurros que culebrearían por el barrio al día siguiente.

Una vez, cuando trabajaba en la panadería, había oído una conversación humorísticamente resignada entre dos clientes. «Existe un mundo mejor», dijo un hombre. «Pero es más caro». La broma se me quedó en la cabeza, no solo porque era una perspectiva radicalmente diferente de las visiones utópicas de mi padre sino también porque señalaba la naturaleza ultramundana de la riqueza, que tendría ocasión de confirmar durante mi tiempo con Bevel. Yo nunca había codiciado ninguno de aquellos lujos. Me habían intimidado y enfurecido, sí, pero por encima de todo siempre me habían hecho sentir que molestaba y que estaba fuera de lugar. Como una terrícola desplazada y sola en un mundo distinto; un mundo más caro que también se creía mejor.

Aquella noche en el coche de Bevel, sin embargo, experimenté por primera vez la fría exaltación del lujo. No me limité a verla; la sentí. Y me encantó.

Nunca había estado sola en un automóvil de noche. Al otro lado de las ventanillas, Nueva York iba y venía en completo silencio. Si me reclinaba, la ciudad desaparecía al otro lado de las cortinillas de terciopelo. Los peatones, movidos por la curiosidad de ver quién era el pasajero, se asomaban al interior en todos los semáforos. Eso acentuaba lo extraño de la situación. Me encontraba en la calle y al mismo tiempo en un espacio confinado. Más que los paneles de madera de caoba, los decantadores de cristal tallado, la tapicería bordada y el chofer con gorra y guantes blancos que había al otro lado de la mampara, lo que transmitía una sensación tan grande de opulencia era esa extraña paradoja de estar en privado en público; una sensación que se confundía con la ilusión de haberme vuelto repentinamente intocable e invulnerable, con la fantasía de tener un control total de mí misma, de los demás y del conjunto de la ciudad.

Cuando llegamos, el conductor me dejó a cargo del desagradable mayordomo, que me acompañó a un pequeño comedor que yo no había visto durante mi visita guiada a la casa. La mesa estaba puesta para dos. Bevel había apartado su plato para trabajar en unos documentos, a los que dio la vuelta mientras se ponía de pie para recibirme.

—Le agradezco la amabilidad de venir tan tarde. ¿Le puedo ofrecer algo? ¿Champán?

Reprimí mis dudas. Rechazar el ofrecimiento tenía algo de cobarde, mientras que aceptarlo resultaría incómodo. Y yo nunca había probado el champán.

—Es muy amable, gracias.

—Así me gusta. No hay nada más agotador que un invitado tímido.

Bevel le hizo un gesto con el mentón al mayordomo, que salió, cerrando la puerta tras de sí. Nos sentamos a la mesa y saqué bolígrafo y cuaderno.

—¿Sabe a qué distancia está la luna?

No esperaba respuesta.

—A unos 380 000 kilómetros —dijo—. ¿Y sabe cuáles fueron las pérdidas en valores de garantía durante el crac? Unos cincuenta mil millones de dólares.

Recolocó su plato y su vajilla en la mesa y me miró. Mis rasgos lograron adoptar la expresión perpleja pero fascinada que Bevel esperaba de mí.

—Si pusiera cincuenta mil millones de billetes de un dólar uno detrás de otro, podría hacer diez veces el trayecto a la luna. Contando la ida y la vuelta. Diez viajes de ida y vuelta a la luna. Y aún se quedaría con cambio.

Lo miré con incredulidad genuina.

—Espectacular, ¿verdad? —preguntó, asintiendo con la cabeza—. He hecho los cálculos.

Pero mi perplejidad no la causaba aquel cómputo absurdo. La causaba Bevel. Nunca me había dicho nada tan inane. Y yo nunca había sentido vergüenza por él.

—Cincuenta mil millones de billetes de un dólar pueden dar casi ciento noventa y cinco vueltas a la circunferencia terrestre. —Hizo girar el dedo índice—. Casi ciento noventa y cinco vueltas a la Tierra. Ese es el dinero que se perdió en valores en octubre de 1929.

Regresó el mayordomo y trajo una bandeja con una copa de champán. Bevel no iba a beber, y ahora me tocaba cargar con aquel estúpido accesorio.

—Esa fue la magnitud del crac. ¿Y se supone que fue culpa mía? Esa clase de cataclismos nunca han sido ni pueden ser resultado de los actos de una sola persona.

Entraron dos doncellas con soperas, nos las pusieron delante exactamente al mismo tiempo y salieron.

—La prosperidad de una nación se basa en una simple multitud de intereses propios que se alinean hasta acercarse a eso que se conoce como el bien común. Si se consigue que los suficientes individuos egoístas converjan y actúen en la misma dirección, el resultado se parecerá mucho a una voluntad colectiva o a una causa común. Pero en cuanto se pone en marcha ese interés público ilusorio, la gente se olvida de una distinción crucial: que el hecho de que mis necesidades, deseos y ansias puedan reflejar los tuyos no significa que compartamos una meta. Significa únicamente que tenemos la misma meta. Es una diferencia clave. Solo cooperaré contigo en la medida en que sirva a mis propósitos. Más allá de eso, solo puede haber rivalidad o indiferencia.

Tomó dos o tres cucharadas. Comer sopa lo hacía parecer viejo y débil.

—Defender los intereses de otra gente solo porque se dé el caso de que coincidan con los tuyos no tiene nada de heroico. La cooperación, cuando su objetivo es el beneficio personal, no debería confundirse nunca con la solidaridad. ¿No está de acuerdo?

Bevel no quería mi opinión.

—Creo que sí. —Y creo que pensaba que lo estaba.

—A los verdaderos idealistas, en cambio, les preocupa el bienestar de los demás por encima y sobre todo en contra de sus propios intereses. Si usted disfruta de su trabajo o se beneficia de él, ¿cómo puede estar segura de que lo está haciendo por los demás y no por usted misma? La abnegación es el único camino que lleva al bien común. Pero a usted no le hará falta que le cuente esto. Lo debe de haber aprendido de las doctrinas y del ejemplo de su padre.

Dejé de escribir. Bevel nunca había hecho ninguna alusión a las actividades políticas de mi padre. No podía ser Jack quien nos había traicionado; no después de las amenazas que le había transmitido a través de su cómplice. Bevel debía de habernos estado espiando todo el tiempo, ya desde mi primera entrevista con él. ¿Acaso lo había sabido todo el tiempo? Tomé mi copa para darle a mi cuerpo algo que hacer. De cerca, se podían oír las cadenas de perlas efervescentes que subían, entrelazadas, a la superficie.

—Oh, se equivoca —dije—. La causa de mi padre es su único lujo. Y de su sacrificio viene su arrogancia.

Di un sorbo y dejé la copa en la mesa con una despreocupación mundana que no sentía, inmediatamente consciente de haberme deshonrado a mí misma por haber descrito a mi padre en aquellos términos. Y encima bebiendo champán. Días más tarde me sorprendería murmurando en público, respondiendo a mis palabras. Gimiendo. Arrugando el ceño. Estremeciéndome. Incluso ahora siento vergüenza cuando recuerdo y transcribo mis patéticos aforismos.

Bevel vio la agitación que se escondía tras mi despreocupación tensa y me di cuenta de que la estaba disfrutando.

—Tómese su sopa.

Me tomé mi sopa.

—Ya se imaginará adónde voy con todo esto. Quienes más alto se quejan hoy de la depresión son los mismos que la causaron. Todos esos egoístas que hoy denuncian en la prensa que hubo juego sucio… Todos esos especuladores mezquinos que juegan a la ruleta con los márgenes, convertidos de repente en defensores de la justicia y la ecuanimidad. Ninguno de quienes me atacan por mis actos de 1929 le llega a los talones a su padre. Su padre, un revolucionario entregado y sin tacha, es uno de los pocos que podrían lanzar la primera piedra.

Entraron otra vez las doncellas. Hubo un susurro tenue de tela sobre tela; un tintineo apagado de plata y porcelana. Se llevaron los cuencos y en su lugar dejaron platos de pollo hervido y espárragos, sobre los que vertieron una salsa blanca.

—Me imagino que a alguien tan inflexible como su padre no le parecerá bien que usted trabaje para alguien como yo.

Se marcharon las doncellas.

—Mi padre cree en la dignidad del trabajo —dije, con lo que juzgué que sería la cantidad justa de desafío.

Bevel asintió gravemente con la cabeza mientras se servía, con toque delicado de artista, una cucharada de salsa sobre un trozo de pollo.

—En fin. Tengo que comunicarle que no podemos seguir trabajando así.

Intenté tragar la comida que tenía en la boca. Me fue imposible.

—Estoy demasiado ocupado como para dedicarle un tiempo tan valioso por las tardes. Ya vio usted cuánto hay por hacer en mi oficina de la planta baja.

—Señor, si me permite. Quizás podría grabarse a usted mismo con un dictáfono en los momentos en que le resulte conveniente y luego yo puedo transcribir y editar los…

—Por favor. —Recolocó algunos de los objetos de la mesa moviéndolos una fracción de pulgada hacia un lado y el otro—. He alquilado un apartamento amueblado para usted. Se puede ir a pie desde aquí. —Me miró y después apartó la vista—. Eso nos permitirá trabajar antes de la campana de la bolsa o ya de noche, como hoy. Estamos avanzando demasiado despacio, y el libro se está retrasando. Tenerla a usted cerca nos ayudará.

No encontré respuesta.

—Se la espera en el apartamento antes de que termine la semana. Llame a la oficina si necesita ayuda con sus cosas. Y ahora volvamos a 1929 y a la depresión resultante. La gente quiere a un culpable y a un villano. Y, de hecho, hay un culpable y un villano: el Comité de la Reserva Federal. —Señaló mi cuaderno y mi bolígrafo—. Le conviene apuntar esto.

9

Mi padre abrió la puerta cuando me oyó subir la escalera. Se lo veía muy agitado. Supuse que me habría visto salir de la limusina. Pero lo que me dijo era que Jack había pasado por el apartamento para recoger unos papeles que había dejado en mi habitación. Iba con prisa, me dijo mi padre, porque acababa de recibir una oferta de trabajo de un periódico de Chicago. Pero querían que empezara de inmediato, así que se iba directamente para allí. Me preguntó si estaba al corriente de aquello. Sí, mentí. Todo había sido muy repentino, pero me alegraba por él.

A excepción del sobre que contenía el artículo, en mi habitación no parecía que faltara nada. No solo me alivió saber que se había ido; también hizo que mis nuevas circunstancias resultaran más simples. Si Jack no se hubiera marchado, mudarse al apartamento de Bevel habría provocado ataques de celos, peleas y en última instancia una ruptura melodramática.

Recuerdo que me sentí anhelante, casi excitada, ante la posibilidad de ser independiente, una idea que casi nunca me atrevía a plantearme. Pero había otras sensaciones físicas que interrumpían aquella emoción. Una furia que era como una herida en la garganta. Una indignación que era como un golpe en el pecho. Bevel no me había propuesto aquel nuevo acuerdo. No me había pedido que considerara su sugerencia. Simplemente había alquilado el apartamento y me había dicho que me mudara de inmediato. Y aunque me gustara la idea de vivir sola, era insultante que ni siquiera me hubieran preguntado y me hubieran dado órdenes de aquella manera. Aun así, rechazar aquella oportunidad por la forma objetable en que me la habían presentado parecía al mismo tiempo un gesto vanidoso y poco inteligente.

Sabedora de lo mucho que dependía mi padre de mí, nunca me había permitido fantasear en serio con irme de casa. Cada vez se valía menos por sí mismo. Si me marchaba, tendría que seguir pagando su alquiler, además del mío. Pero no era un simple problema de dinero. Mi padre nunca había sido capaz de lidiar con las responsabilidades diarias básicas: limpiar, hacerse la comida y esas cosas. Si se quedaba solo, el caos lo ahogaría.

Ahora, pese a que me costaba creerlo, el dinero ya no era un problema. Bevel pagaría el apartamento nuevo y mi salario era más que suficiente para el de Brooklyn. Eso me permitió convencerme de que podría cuidar de mi padre y encargarme de sus muchas necesidades, unas necesidades que él no era consciente de tener. Lo visitaría unas cuantas veces por semana para asegurarme de que la cosa no se descontrolara demasiado. Quizás le daría algo de dinero a nuestra casera (a espaldas de mi padre) para que pasara de vez en cuando e hiciera discretamente algunas tareas de la casa. Una oportunidad como aquella no se me presentaría dos veces. Tenía que tragarme mi orgullo, olvidarme de los términos degradantes en que Bevel me había presentado su plan y aceptar su «oferta».

Dejando de lado mis intereses, había una consideración crucial que no podía pasar por alto. Bevel me había pedido que me mudara después de sacar a colación, por primera vez, las actividades políticas de mi padre. No podía ser una coincidencia. Quizás creía poder controlar cualquier amenaza potencial alejándome de mi casa; quizás simplemente quería obligarme a elegir entre mi padre y él. (Ahora entiendo que jamás debí de importarle lo suficiente como para llevar a cabo aquella clase de razonamiento). Y aunque estaba claro que necesitábamos el dinero, volví a sorprenderme poniéndome del lado de Bevel y no del de mi padre. No me consolaba en absoluto decirme a mí misma que en realidad estaba protegiendo a mi padre al complacer a Bevel y someterme a sus exigencias.

Estaba abandonando a mi padre para pasarme al enemigo. Las acusaciones serían inequívocas y después del veredicto no habría apelaciones. Ya me imaginaba lo que me diría. Que se me había subido Wall Street a la cabeza. Que aquel jefe mío me había lavado el cerebro. Pronto me empezarían a interesar la ropa y los peinados, me iría de vacaciones y tendría hobbies. Estaría de camino a convertirme en una señora burguesa. O quizás en algo peor. Porque mi padre se aseguraría de mencionar el hecho de que ningún hombre mayor le alquilaría un apartamento a una jovencita solo para que ella le tomara notas al dictado. Habría una pelea, después de la cual me sentenciaría sumariamente a varios años de cólera silenciosa.

A cualquier otra en mi lugar le habrían preocupado las intenciones de Bevel. Y visto con perspectiva, quizás a mí también deberían haberme preocupado. Pero recuerdo que me planteé la idea de que Bevel me quisiera como amante y la descarté de inmediato. Daba la impresión de que su cuerpo le parecía un accidente desafortunado pero tolerable. No me podía imaginar que quisiera que nadie lo tocara.

Miedos, deseos, sospechas, afrentas. Nada de todo aquello importaba. El plan de Bevel no era negociable. Si quería conservar mi trabajo, tendría que mudarme. Era un alivio darme cuenta de que no tenía opción.

No tenía sentido postergar el enfrentamiento con mi padre. Después de una noche sin apenas dormir, se lo conté todo mientras desayunábamos (salvo el nombre de Bevel y la verdadera naturaleza de mi trabajo). Me escuchó en silencio, con la cabeza gacha. Terminé de hablar. Nos quedamos mirando nuestros cafés. Y justo cuando ya pensaba que la pausa natural se estaba endureciendo para formar uno de sus arranques de cólera gélida, pasó la mano por encima de la mesa y me agarró la mía.

De niña, me fascinaban los callos de sus dedos y de las palmas de sus manos, endurecidos por los años de meter tipos en la imprenta y manejar sustancias químicas abrasivas. El hecho de que formaran parte de su cuerpo pero también fueran cosas. Solía pellizcarle y pincharle aquella piel con textura de caucho y preguntarle si sentía algo. Invariablemente mi padre fingía no inmutarse y me decía que ni siquiera había sentido que lo tocaba. Era la señal para que lo pellizcara más fuerte, lo más fuerte que podía, hasta que los dedos me temblaban y se me ponían blancos del esfuerzo. Él se limitaba a bostezar o a hacer algún comentario sobre el tiempo, como si allí no pasara nada.

—Esto no es lo que me había imaginado —dijo por fin—. No estoy seguro de qué me había imaginado, pero no era esto.

Le agarré la mano con más fuerza.

—Pero ya es hora. Eres inteligente, y confío en tu juicio. Aunque no esté de acuerdo contigo. —Levantó la vista y me miró a los ojos—. Ya es hora. Ya hace tiempo que es hora. Tienes que irte.

Al decir estas últimas palabras, él también me agarró la mano con más fuerza y me atrajo hacia sí. Sin soltarlo, me levanté, di la vuelta a la mesa y lo abracé.

—Ya sabes que siempre puedes volver a este caos —dijo.

Pasamos el día juntos en una atmósfera de cálida melancolía. Aunque sentía que el amor por mi padre era más fuerte después de nuestra breve conversación, también es cierto que en mi presencia en el apartamento había algo desagradablemente incorpóreo, como si ahora que mi partida era inminente me hubiera vuelto bidimensional. Además, sentía la presión de cumplir lo antes posible con la petición de Bevel; y quizás por encima de todo tenía curiosidad por mi nuevo apartamento y ansia por mudarme.

Empecé a hacer las maletas a la mañana siguiente, mientras mi padre estaba fuera entregando unas tarjetas. Se había ofrecido para ayudarme, pero le expliqué que el apartamento estaba amueblado y que solo necesitaba llevarme unas cuantas cosas. Como me iba a pasar una temporada yendo y viniendo, lo mejor sería mudarme por fases, le dije. La verdad era que quería hacer las maletas y marcharme mientras él estuviera fuera, para ahorrarle el dolor de ver como me iba.

No quedó gran cosa por hacer después de doblar mi ropa de trabajo y elegir unos cuantos libros, artículos de aseo y objetos al azar para llevarme en el primer viaje. ¿Me estaba olvidando algo obvio? Quizás debería llevarme uno de los carteles de mi padre. Fuera como fuera el apartamento nuevo, uno de los carteles ridículos y cariñosos que mi padre me imprimía de niña me haría sentir en casa y en su compañía. Fui a su habitación y eché un vistazo a sus ficheros. Había letreros que conmemoraban la matanza de Haymarket, carteles que anunciaban reuniones en el Club Social L’Aquila y ejemplares antiguos de Il Martello y de L’Adunata dei Refrattari, pasquines en italiano que exigían pan y libertad, periódicos dirigidos a obreros de distintas fábricas y números atrasados de algunos de sus diarios anarquistas. E intercalados con aquella propaganda política, encontré algunos de los preciosos carteles que mi padre había impreso para animarme o para celebrar los logros de mi infancia. «¡IDA PARTENZA! ¡DIEZ LEONES SALVAJES! ¡FUNCIÓN ÚNICA! ¡ESTE JUEVES! ¡CARROLL PARK!» «¡EXTRA! ¡LA SEÑORITA PARTENZA EMERGE VICTORIOSA DE TERCERO DE PRIMARIA!». Me acordaba con una nitidez casi táctil de cada una de aquellas veces. Con los ojos húmedos, seguí hojeando aquellas impresiones desordenadas, entre las cuales, al fondo de uno de los cajones inferiores, vi los papeles.

Tamaño carta.

Arrugados.

Escritos a máquina.

A la «e» le sobraba un poco de tinta y tenía el ojo negro.

A la «i» a menudo le faltaba el punto.

10

Un sofá terso en una sala de estar de color ocre de un edificio aséptico de una calle desconocida de un vecindario extranjero de una isla distinta.

Cuando no estaba trabajando con Bevel ni transcribiendo mis notas de nuestras sesiones, me limitaba a quedarme sentada en aquel sofá duro, dibujando mentalmente círculos concéntricos que salían de mi nuevo apartamento y recorrían la ciudad entera. Vacíos que rodeaban vacíos. Y justo fuera del borde exterior del vacío más amplio que contenía todos los demás estaba mi padre. Remoto, pequeño y naufragado.

No me interesaba por qué había robado mis borradores descartados, ni tampoco lo que había hecho o planeaba hacer con ellos; a fin de cuentas eran falsos y no podían ni dañarme ni enfurecer a Bevel, por mucho que los hubiera tomado con intención de mostrar aquella «información del enemigo» a sus camaradas o de imprimir el contenido en uno de sus folletos. Lo único que sabía, lo único que sentía, lo único que me importaba, era que ya no me protegía. Por muy caótico, dictatorial, irresponsable y caprichoso que fuera, siempre me había protegido. Quizás en contra de sus doctrinas y hasta de su propia voluntad, había abarcado mi mundo entero y lo había dotado de significado y de algo que se parecía a la ley, por precario que fuera este término aplicado a él. El suyo era un caos lleno de confianza. Con el tiempo, y por medio de alguna transmutación misteriosa, yo había obtenido una sensación de seguridad de todo lo que era errático e inestable en nuestra vida juntos.

Pese a todo, había elegido siempre respetarlo y admirarlo. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo activa y consciente que había sido aquella elección. A veces me lo ponía fácil y era un placer. Pero lo más habitual era que recayera en mí la tarea de convertirlo en padre. Año tras año, yo había compensado sus defectos. Lo había ayudado a ser mi padre. Y había amado aquella vida dura y complicada que teníamos. Y lo había amado a él por sus principios confusos pero inflexibles, y por sus pasiones, y por sus nociones descabelladas de libertad e independencia. Pero ahora tenía que aprender a amar una idea nueva y todavía difusa de mi padre que aún carecía de forma.

Unos días después de marcharme le mandé a mi padre una breve carta. Había más trabajo del esperado, y Bevel me necesitaba todo el tiempo, fines de semana incluidos. Le dije que iría a Brooklyn al cabo de un par de semanas, en cuanto las cosas se tranquilizaran en la oficina. «Te echo de menos», le escribí al final. Mi padre nunca sabría lo profundamente sinceras que eran aquellas palabras.

A quien no echaba de menos era a Jack. Descubrir que no había sido él quien había robado mis papeles no cambiaba nada. No me sentía orgullosa por haberlo expulsado de la ciudad; aun así, teniendo en cuenta que me había seguido y había mandado a alguien para extorsionarme e intimidarme, me aliviaba saber que ya no estaba.

En mis notas de aquellos días no queda claro cuántas veces nos vimos Bevel y yo después de mudarme a mi nuevo apartamento. ¿Seis? ¿Nueve? Nunca nos reunimos por la mañana, como él había propuesto. Solo para cenar. Con nuestras comidas insulsas me traían sin falta (y sin que yo la pidiera) una copa de champán. Bevel me acompañó dos o tres veces, creando una ilusión de proximidad moderada; una ilusión que yo sabía que él no compartía.

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