Fortuna
Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » III
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Quizás porque estaba cansado, y por tanto tenía la guardia un poco más baja, nuestras sesiones vespertinas resultaron mucho más productivas que las reuniones que habíamos mantenido de día. También parecía más receptivo a mi trabajo, y leía por encima las páginas que le entregaba antes del primer plato mientras hacía breves asentimientos de aprobación y alguna que otra apostilla de poca importancia. Por lo general, corregía errores relacionados con sus transacciones financieras y seguía editando los pasajes que hablaban de Mildred. Su preocupación principal era conseguir que tanto sus operaciones financieras como el retrato de su mujer fueran todo lo accesibles que se pudiera para el «lector común». También me señaló la importancia de hacer hincapié en su don para las matemáticas, que tan crucial había resultado para su carrera. Los prodigios y las dificultades de ser un «niño prodigio», sus años bajo la tutela del profesor Keene de Yale, el desarrollo de sus modelos financieros: todo eso tenía que mostrarlo con gran detalle, pero asegurándome también de que al público general le resultara lo suficientemente claro.
Quizás el hecho de reunirnos durante la cena lo predispusiera de manera más favorable, pero también es cierto que, a esas alturas, yo ya dominaba la voz que había creado para él y era capaz de escribir con fluidez en estilo beveliano sin necesidad de pensarlo. Mi trabajo en la versión apócrifa había liberado mi escritura y había ampliado el margen que me concedía a mí misma para inventar. En consecuencia, mi estilo, y las memorias en conjunto, ganaron en confianza, que era lo que Bevel siempre había pedido. Al ritmo que llevábamos, podríamos haber terminado el libro a finales de año, que era la fecha límite que Bevel se había impuesto.
Nuestra última cena careció de esa solemnidad que tienen los finales, ya que ninguno de los dos sabía que no nos íbamos a volver a ver. Lo encontré, como siempre, trabajando en la mesa, y cuando entré, como siempre, dio la vuelta a las páginas.
—Creo que esta noche me uniré a la señorita Partenza —le dijo al mayordomo cuando se iba a buscarme mi habitual copa de champán. Luego se dirigió a mí—. Debo admitir que estoy satisfecho con la forma que está tomando el libro. Resulta gratificante ver los propios logros desplegados claramente uno tras otro. —Como tenía por costumbre, recolocó algunos de los objetos de la mesa con dedos milimétricos—. Estoy convencido de que mis memorias ayudarán al público general a entender mis logros y su lugar en la historia reciente de nuestra nación. Pese a lo mucho que se me vilipendió después de 1929, ahora ciertamente verán que con mis actos defendí el mismo orden por cuya salvación ahora aplauden a otros.
—¿A otros?
—No hace falta decir que al presidente no hay que nombrarlo para nada. Jamás me rebajo a las rencillas, pero en el libro la insinuación tiene que quedar meridianamente clara. —Barrió la mesa con el dorso de la mano—. De lo que hablo es de la resistencia del individuo. La fortaleza. Hay un hecho central que se tiene que entender: todo lo que he hecho, lo he hecho por mi cuenta. Solo. Sin ayuda de nadie. Y eso es en parte lo que le demostré a todo el mundo durante el crac. Que, mas allá de las circunstancias, siempre queda espacio para la acción individual.
—Bueno… No estaba del todo solo. Estaban sus antepasados… y su esposa. Me dijo usted que la señora Bevel lo había salvado.
—Sí. —Hizo rotar el salero entre los dedos—. Y qué cierto es. Nada me produce una satisfacción mayor que rehabilitar su imagen. Gracias otra vez por ese encantador párrafo donde aparecen los ramos de Gainsborough y Boucher.
El mayordomo llegó con nuestras copas y se marchó.
—A su salud —dijo Bevel, sin apenas levantar la copa en mi dirección, y bebió—. ¿Por qué no me permito esto más a menudo? —Parecía hablarle al vino.
—¿Qué me dice de su mujer? ¿Le gustaba el champán?
Se rio a través de la nariz.
—El chocolate a la taza. Era la única gratificación que se permitía. Sin importar la época del año. —Dobló los labios hacia dentro en una sonrisa reprimida—. Aquellos placeres suyos tan sencillos… —Asintió con la cabeza—. Aquel entusiasmo… Siempre conservó esa excitación desvergonzada que nos enseñan a refrenar en la primera infancia.
Acerqué el bolígrafo al cuaderno, ansiosa por recoger cualquier migaja relacionada con la vida y el carácter de Mildred.
—Ya sabe que no me gustan demasiado los libros, pero qué placer me producía oírle contarme alguna de las novelas que acababa de disfrutar. —Regresó a su salero—. Novelas de asesinatos. Un simple pasatiempo, claro. Pero siempre trataba de anticiparse a los detectives. Se acordaba de todos los detalles, de la información más insignificante, y me contaba la trama entera. Un libro podía ocupar toda la cena. Y lo confieso: a través de ella llegué a disfrutar también de aquellos pequeños misterios. Así de grande era su pasión. Se iluminaba al contarme aquellas historias. A veces me quedaba tan embobado mirándola que se me enfriaba la comida del plato. Cómo nos reíamos cuando nos dábamos cuenta…
Sabía que no estaba borracha. Pero era la primera explicación que me había venido a la cabeza. Dejé el bolígrafo y miré a Bevel, que aún hacía girar el salero. Aquella era mi historia. Lo de contar novelas de detectives durante la cena. Bevel la había leído en mis páginas. Era una de las escenas que yo me había inventado para Mildred, obedeciendo a su petición de crear episodios hogareños usando mi «toque femenino». Se basaba en mis cenas con mi padre, que siempre escuchaba cautivado como yo le contaba el último libro de Dorothy Sayers o de Margery Allingham que había sacado en préstamo de la sucursal de la calle Clinton de la Biblioteca Pública de Brooklyn. Y allí estaba ahora Bevel, repitiéndome mi propia historia a la cara.
Más adelante, con el paso de los años, tanto en el trabajo como en mi vida personal, ha habido muchos hombres que me han repetido mis ideas como si fueran de ellos; como si yo no me acordara de haber tenido aquellos pensamientos. (Es posible que en algunos casos su vanidad hubiera eclipsado a su recuerdo, y que de esa manera, gracias a aquella amnesia selectiva, pudieran reivindicar su epifanía con la conciencia limpia). Y ya entonces, en mi juventud, estaba familiarizada con aquella forma parasitaria de reescribir la realidad. Pero que alguien me presentara una de mis historias familiares como si fuera suya…
—La mayoría de las veces, yo resolvía el crimen con las pistas que ella me había dado pero me aseguraba de no decírselo. —Bevel levantó su copa, pareció sonreír para sí mismo otra vez y dio un trago más largo—. Siempre le echaba la culpa a alguna secretaria o al mayordomo, y fingía sorprenderme cuando Mildred me revelaba quién era realmente el asesino.
Aquello no estaba sacado de mis memorias de Bevel. Fingir no saber quién era el culpable y señalar con un dedo condescendiente al sospechoso evidentemente incorrecto no era algo que yo hubiera incluido en mi relato sobre Mildred y él. Sin embargo, era justo lo que hacía mi padre cada vez que yo le contaba alguna de las novelas que acababa de leer. El asesino, me decía invariablemente después de seguir con diligencia mis pistas falsas, tenía que ser el hijastro malcriado o la heredera natural desairada. Resultaba embarazoso no haberme dado cuenta hasta entonces de que solo me había estado siguiendo la corriente. Y me deprimía por partida doble comprobar que la mente de Bevel funcionaba igual que la de mi padre: sin salir del mundo ficticio que había creado para él, Bevel añadido una escena de su propia cosecha donde trataba a su mujer exactamente igual que mi padre me había tratado a mí en la vida real.
Terminamos de comer y, por primera y última vez, bebimos una segunda copa de champán. Como hacía a menudo, Bevel criticó a quienes afirmaban que sus mejores tiempos ya habían pasado y que su estrategia financiera había quedado obsoleta, pese a todos sus éxitos recientes. Luego revisitó varios momentos de su vida que ya habíamos cubierto, haciendo hincapié siempre en el hecho de que sus intereses personales habían convergido con el bienestar de la nación. Su recapitulación giraba en torno al extraordinario éxito que había tenido a partir de 1922 y a su premonición casi sobrehumana de 1926, y alcanzó, por supuesto, los acontecimientos de 1929. Era una «paradoja perversa» que su mayor arranque de genialidad (el que lo había convertido en uno de los hombres más ricos del mundo, a la vez que corregía las tendencias nocivas del mercado) también hubiera dañado tanto su imagen pública. Era la cruz que le tocaba llevar, y la llevaría con dignidad hasta que la historia se diera cuenta de que se la estaban haciendo cargar de forma injusta.
A esas alturas, todo esto parecía redundante, y me marché de la casa convencida de que había sido nuestra sesión menos productiva hasta el momento. Solo había destacado su anécdota falsa sobre las novelas de detectives de Mildred. Qué violento y extraño fue ver mis propios recuerdos plagiados.
Pronto, sin embargo, incluso los aspectos más triviales y repetitivos de aquella cena se cargarían de significado. Aquella segunda copa de champán sería recordada como un brindis de despedida. La revisión tediosa de unos acontecimientos que Bevel ya había comentado varias veces adquiriría visos de coda: los temas centrales de sus memorias engarzados en una última frase.
Me pasé los días siguientes mecanografiando y editando mis notas, como siempre. Habían pasado un par de semanas desde mi mudanza, y todavía era una visitante en mi propio apartamento. Me despertaba en mitad de la noche sin saber hacia dónde estaba mirando. Me intimidaban los porteros y los vecinos. Intentaba no usar ni desordenar nada porque nada era mío. En un intento de reconciliarme con mi padre, colgué uno de sus carteles. «¡IDA PARTENZA! ¡DIEZ LEONES SALVAJES!»
11
Unos cinco días después de nuestra última cena (Bevel había mandado un mensaje para cancelar nuestra habitual reunión de media semana) estaba saliendo de una tienda de la Tercera Avenida donde le acababa de comprar una navaja a mi padre. La había visto muchas veces en el escaparate y, por razones misteriosas, siempre me había atraído. Su hoja recta y su mango de asta le conferían un aspecto falsamente rústico; el diseño sencillo ocultaba una gran elegancia. Sabía que le encantaría a mi padre, así que aquella mañana por fin entré en la tienda. Nunca habíamos pasado tanto tiempo separados, y pensé que nos facilitaría las cosas tener aquel objeto del que hablar cuando nos juntáramos. Quizás ver su entusiasmo por la navaja me haría olvidar lo furiosa y dolida que estaba.
El dueño de la tienda (que vendía utensilios de cocina, artículos de ferretería y baratijas) era italiano, y me alegré cuando me informó de que la navaja era, de hecho, un estilete de Calabria. El hombre insistió en que no era ninguna coincidencia: una parte de mí lo había sabido. La navaja me había llamado y mi instinto italiano había respondido.
Los últimos estertores del verano se mezclaban con los primeros alientos del otoño. En vez de meterme directamente en el metro, pensé que sería agradable caminar por el margen del parque y tomar el tren a Brooklyn en la 59. Crucé Lexington y eché un vistazo al quiosco de la esquina.
«MUERE DE UN ATAQUE AL CORAZÓN EL FINANCIERO NEOYORQUINO ANDREW BEVEL».
Solo después de dar tres o cuatro pasos entendí la frase. Caminé de vuelta hasta el quiosco. Salía en portada en el New York Times. Salía en portada en toda la prensa.
The Sun: «LA MUERTE SE LLEVA A ANDREW BEVEL»
The American: «MUERE A LOS 62 AÑOS ANDREW BEVEL, FINANCIERO COLOSAL»
The Post: «MUERE ANDREW BEVEL, LÍDER DE UN FORMIDABLE IMPERIO BANCARIO»
Il Progresso: «ANDREW BEVEL È MORTO»
The Wall Street Journal: «MUERE ANDREW BEVEL A LOS 62 AÑOS»
The Herald: «MUERE BEVEL»
Sin decidirlo, eché a andar a toda prisa hacia la casa de Bevel. Recuerdo que pensé absurdamente que confirmaría la noticia de su muerte en el quiosco siguiente. Mi paso ligero se convertía en trote un par de veces por manzana. No era dolor lo que sentía, sino una urgencia inexplicable.
Al torcer por la calle 87, quedó claro que algo pasaba. Había un poco más de gente de lo habitual, moviéndose un poco más deprisa de lo habitual. Después de cruzar Park y llegar a Madison, comprendí que me iba a ser imposible completar mi urgente y difusa misión. Reporteros apremiados, transeúntes curiosos y agentes de policía, todos se dirigían a la Quinta Avenida y se congregaban en forma de multitud desordenada al final de la calle, frente a la entrada de la casa de Bevel, a la cual ya supe que no me dejarían entrar.
Una confusión silenciosa desfiguró los días siguientes. Seguí trabajando en las memorias de Bevel, cambiando de lugar diversas secciones, corrigiendo pasajes al azar y creando y descartando escenas nuevas, imaginándome qué cambios habría introducido él. Tenía el papel secante de Mildred apoyado contra la pared de detrás de mi máquina de escribir. La escritura invertida de color púrpura se negaba a revelar ninguna respuesta.
Entretanto, aunque la historia de la muerte de Bevel seguía saliendo en la prensa, los artículos eran cada vez más breves y aparecían en páginas más interiores. Aunque nadie cuestionaba la causa de la muerte (paro cardiaco repentino; lo habían encontrado en su habitación tres o cuatro horas después del episodio; probablemente podría haberse salvado de haber tenido a alguien cerca cuando sufrió el ataque), ya había desacuerdos sobre su herencia. Al no tener familia inmediata, había legado la mayor parte de su patrimonio a obras benéficas. Yo sabía por nuestras conversaciones que aquello era de suma importancia para él: el sello que de una vez por todas haría que la gente lo recordara como filántropo y benefactor. Su testamento era la piedra angular de lo que él llamaba su «legado», que también era el título del capítulo final de sus memorias. Pero tal como había descubierto durante mis sesiones con Bevel y confirmaría más adelante leyendo sobre las disputas por su dinero, las fortunas casi nunca tienen un solo dueño. Hay muchos intereses y partes ligados a ellas. Más que a un bloque de granito, la riqueza se parece a una cuenca fluvial con muchos afluentes y ramales. El aluvión de reclamaciones y pleitos por parte de socios, acreedores e inversores provocó la congelación de los bienes de Bevel. Gran parte de estos permanecieron décadas en aquel limbo, hasta finales de la década de 1970, que es cuando empezó la renovación que convertiría la casa de Bevel en un museo.
Todos los días esperaba una llamada de la oficina pidiéndome que entregara todas mis notas y documentos y me marchara del apartamento de inmediato. La llamada nunca llegó. Bevel había sufrido una muerte tan repentina que no debía de haber hecho estipulación alguna en aquel sentido. Sin embargo, sí me llamó el señor Shakespear, el hombre que me había entrevistado antes de conocer a Bevel. Los dos expresamos brevemente nuestro estupor y nuestra tristeza por medio de unos cuantos lugares comunes. Hubo una pausa, después de la cual estaba segura de que sacaría el tema del apartamento. Pero lo que hizo fue hablar de nuestra entrevista. Se acordaba de mis cualificaciones y de mi elocuencia y me quería contratar de inmediato. Le pregunté por su secretaria, la que trabajaba allí cuando lo conocí. Me dijo que no me preocupara por eso. Que mi nuevo cargo no me decepcionaría. Y que él estaría encantado si aceptaba. Después de un periodo adecuado de duelo, claro. De pronto detecté un matiz de respeto en su tono. No me había llamado por mis cualificaciones ni por mi elocuencia. Solo quería a la secretaria privada de Bevel.
Acepté el trabajo, básicamente porque me era del todo imposible volverme a vivir con mi padre.
La visita a mi padre ya era impostergable. Caminar por la Avenida Lexington con la navaja que le había comprado me pareció una recreación superficial de los hechos de la semana anterior; el trayecto en metro estuvo cargado de ansiedad. Mi gran esperanza era que mi padre sacara a colación la muerte de Bevel. Como en circunstancias normales nunca habría mencionado un acontecimiento así, cualquier comentario al respecto sería una admisión tácita de culpa; un reconocimiento de que, gracias a los papeles que me había robado, conocía mi asociación con Andrew Bevel. Lo cual ya habría sido un gesto considerable para un hombre que no se disculpaba jamás.
Me recibió con pompa humorística.
—¡El retorno de la hija pródiga! ¡Ah, creía que te habías olvidado de tu viejo padre! ¡Casi había perdido la esperanza!
Abrazos de oso, besos ásperos. Vació una silla de herramientas y basura y me la ofreció.
—Estoy seguro de que no está al nivel de tu nuevo apartamento. Si me hubieras dicho que venías, habría limpiado.
La casa daba miedo. La suciedad había alcanzado un nivel peligroso e irreversible. Olía a locura. Pero todo eso intensificó todavía más el amor que sentí en aquel momento por él. Un amor tan intrincadamente entretejido de lástima que a partir de aquel día fui incapaz de distinguir una emoción de la otra.
Le di su regalo y lo desenvolvió.
—¡Ah! ¡No, no, no, no! —Tiró la caja sobre un montón de cortezas de queso, clavos y hojas marchitas mientras daba un paso atrás—. ¿Es que no lo sabes? Lo deberías saber. Muy mala suerte. La peor.
—¿Mala suerte? —Tuve miedo de no ser capaz de reprimir mi irritación, así que la enmascaré detrás de una risilla—. ¿En serio? ¿Mala suerte? ¿Qué clase de anarquista eres?
Fue un alivio decir por fin aquello. La satisfacción de reventar sus finas burbujas dogmáticas. Me di cuenta, ya entonces, de que era una forma mezquina (e insuficiente) de vengarme por el robo de los papeles, pero aun así me resultó grata. También era un desafío: ¿sería mi padre capaz, pese a lo que me había hecho, de hacerse la víctima y sumirse en un silencio huraño?
—No, no, no, no. —Lo sorprendente era que no había enfado ni resentimiento en su voz; solo una preocupación grave—. Cuando le regalas un cuchillo a alguien, estás cortando tus lazos con ese alguien.
—¿Qué?
—Sí. Si acepto esta navaja, traerá mala suerte. Nos pelearemos. Cortará los lazos que nos unen.
Siempre había creído que sus pequeñas supersticiones eran simples reliquias de su pueblo natal, igual que las leyendas, anécdotas y recetas que se había traído de allí. Pero parecía tomarse aquello extrañamente en serio. Me encogí de hombros e hice el gesto de agarrar la caja.
—Espera —dijo—. Hay una solución. Dinero.
Lo miré.
—Dinero —repitió—. Te compro el cuchillo. Así es como se soluciona. Porque entonces ya no será un regalo. —Se hurgó en los bolsillos y me ofreció un centavo—. Ten. ¿Me venderías esa hermosa navaja por un centavo?
Acepté la moneda y él tomó la caja en sus manos.
—¡Ah, mira esto! —Sonriendo, examinó el filo con el pulgar—. Teníamos uno como este, ¿te acuerdas? Lo usabas para tallar flechas. Hace una eternidad. Pero este es mucho mejor. Una obra de arte. Debe de haberte costado una fortuna. Muchas gracias, querida.
Usamos la navaja para cortar salami y queso, que comimos de pie mientras charlábamos como en los viejos tiempos. Solo llevaba un par de semanas fuera, pero mi tiempo con mi padre ya se había convertido en los viejos tiempos. No se mencionó a Bevel ni una sola vez. Ni ese día ni nunca.
Todavía tengo el centavo que nos salvó.