Fortuna

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Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » IV

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IV

La sala de lectura se ha vaciado y se ha quedado a oscuras. Solo hay unas pocas isletas de luz aquí y allá. Veo que todos los visitantes que quedan son mujeres. Están estudiando libros de arte. A juzgar por los movimientos amplios y sueltos de su mano, parece que una de ellas está copiando una ilustración del volumen que tiene en la mesa. Soy, sin duda, la persona de más edad de la sala.

Eso me hace recordar mis años de juventud posteriores a la muerte de Bevel. El breve periodo que pasé trabajando para el señor Shakespear mientras ahorraba para la universidad. Mis años en el City College. Mi apartamento barato y encantador en la calle Thompson. Mi primer trabajo de escritora (redactora publicitaria para la tienda Bonwit Teller). Mi primer relato publicado, un cuento olvidable de realismo social que salió en The Parallel Review. Mi primer reportaje, para la revista Today, sobre cuatro chicas de orígenes distintos a quienes la guerra había dejado huérfanas. La muerte de Harold Vanner, que pasó casi desapercibida. Mi trabajo en Mademoiselle. Mi primer libro.

Durante aquellos primeros pasos de mi vida de escritora, seguí en contacto estrecho con mi padre. Murió unos doce años después de Bevel. Hacia el final ya dependía de mí por completo. Ahora, después de pasar tantas horas revisando la vida de Mildred, mi padre me vuelve a recordar al señor Brevoort, el atormentado padre de Helen Rask, la encarnación ficticia de Mildred Bevel en la novela de Vanner. Y aunque soy consciente de que no podemos estar emparentadas por medio de un personaje literario, esa conexión me acerca a Mildred.

La cuestión de quién debió de ser Mildred nunca ha dejado de perseguirme. No pudo ser la mujer desesperada de los capítulos finales de Vanner. Y siempre supe que no era la sombra insustancial de las memorias inacabadas de Bevel. Pero después de examinar sus papeles y descubrir lo profundamente distinta que era del personaje «accesible» que su marido me pidió que creara, me cuesta perdonarme por haberlo ayudado a perpetrar aquella ficción, por mucho que quedara incompleta y sin publicar.

Ojeo los documentos de la última caja. Más cartas dirigidas a la señora Bevel. Más cuentas. Estoy distraída. Cansada. Abro un libro de contabilidad. Sus pocas entradas parecen guardar relación con la Fundación Benéfica. No tengo fuerzas para descifrar la caligrafía, ni paciencia para entender el hermético sistema contable. Lo único que puedo hacer es hojearlo. Hasta que encuentro un fino cuaderno metido en la parte intermedia. Cuando lo saco, queda un rectángulo descolorido sobre la página que hay debajo. En la portada, escrita con la letra de Mildred, está la palabra «Futuros». Las primeras páginas han sido arrancadas. Las que quedan contienen párrafos breves y líneas sueltas escritas con tinta púrpura. Hacia la mitad del cuaderno hay una hoja de árbol prensada. Más bien el fantasma de una hoja: venas traslúcidas dentro de un marco de color rojo pálido.

Distintas horas del día seguidas de texto. No me hace falta leerlo para ver que es un diario. La escritura es mucho más pequeña, más apretada y todavía menos legible que en los demás documentos. Harán falta días enteros, quizás incluso semanas, para descifrar el diario, si es que eso es posible.

Me escandalizo a mí misma cuando escondo el diario entre mis cuadernos y me lo guardo en la bolsa. La única otra vez que recuerdo haber robado en mi vida fue cuando me llevé el papel secante de Mildred de su habitación. Por tanto, es la segunda vez que robo algo escrito por Mildred, casi medio siglo más tarde. Me pregunto vagamente si el papel secante se corresponderá con alguna página del diario.

Pero esto no es robar, me digo a mí misma. Es una conversación que comienza con varias décadas de retraso. Un mensaje que por fin llega a su destinataria. Estas páginas han esperado una vida entera para ser leídas. Si es que pueden ser leídas.

Aun así, me molesta mi arrogancia, la sensación de que las palabras escritas ahí me están dirigidas. Me molesta la facilidad con que me convenzo a mí misma de que este cuaderno me corresponde por derecho. (¿Quién conoce a Mildred mejor que yo? ¿Acaso no le forjé yo un pasado a partir del mío? ¿Acaso eso no significa que estamos, de alguna manera indirecta, conectadas?). Me molesta estar tan segura de que Mildred habría querido que yo tuviera estos papeles. Y aun así me levanto, les doy las gracias a los bibliotecarios y salgo del edificio al frío de la calle con el diario de Mildred Bevel en el bolso, pensando en lo maravilloso que sería poder oír por fin su voz.

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