Fortuna
Futuros. Mildred Bevel
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Futuros
MILDRED BEVEL
AM
Por alguna razón, el fuerte acento de Enfermera me hace sentir que mi inglés no es correcto. «¿La puedo tocar?». En cuanto me toca, se muestra firme. Sus manos tienen la autoridad que le falta a su voz. ¿Puede alguien tan tímido ser tan fuerte? Acostada boca abajo, con la frente apoyada en los antebrazos, me pregunto si Enfermera se transforma cuando no la veo. Por lo menos, el esfuerzo debe de cambiarle la cara. Cuando termina, me cubre con una sábana que primero se infla con una ráfaga de alcanfor y después cae con una vaharada de algo que supongo que serán hierbas alpinas. Carne de gallina. «Ya», susurra siempre antes de salir casi en silencio, dejándome sobre la mesa, donde intento, y a veces logro, convertirme en una cosa.
PM
Me calientan la ropa antes de vestirme. Ojalá hubiera conocido antes este lujo.
AM
El tormento discreto pero implacable de una cama llena de migas.
Dolor de cabeza.
AM
Contenta de retomar el diario después de tanto tiempo. Aunque echo de menos mis gruesos cuadernos Tisseur.
Caja de libros de Londres. Entusiasmo efímero: incapaz de leer. Como si las palabras tuvieran que deshacerse de su significado para hacer el trayecto de la página a mis ojos.
PM
Campanas de la iglesia. Re-fa#-mi-la. Y luego la respuesta retrógrada: la-mi-fa#-re. El tañido convencional. (¿Igual que el del Big Ben?). Con su simplicidad pentatónica arcaica, condensa la mayor parte de nuestro pasado musical: jerarquías tonales, simetría, tensión, resolución. Pero aquí la campana del mi suena más fuerte y más sostenida que las otras. Y un poco abemolada, aunque de forma exquisita. Si el motivo de la llamada/respuesta contiene nuestra historia, esa extraña 9.ª que queda flotando es el sonido de nuestro futuro musical. Se roza contra el re y hace oscilar el aire. Lo siento en el vello de los antebrazos.
Nunca he visto la iglesia.
AM
Ha llamado Andrew desde Zürich, escondiendo sus pregs. de trabajo detrás de un gran despliegue de interés por mi salud. Sé que está preocupado por mí de verdad, así que no me importa su pequeña estratagema.
Ha vuelto a llamar una hora más tarde. Intento de instrucciones y atenciones paternales, órdenes severas que supuestamente me han de ayudar a superar su ausencia.
Ya cansada de la dieta de leche y carne.
AM
Dolor nuevo, desapasionadamente firme. Mis órganos quieren salir de mi cuerpo, escapar.
No se lo diré a Enfermera. No quiero morf.
NOCHE
Ahora puedo leer. Revisada caja de libros nuevos.
Empecé «Voyage in the Dark». La autora (¿galesa?) parece haber crecido en las Indias Occidentales. Se lee como una especie de memorias.
«Una planta hecha de goma con hojas rojas relucientes, de cinco puntas. No le podía quitar la vista de encima. Parecía orgullosa de sí misma, como si supiera que iba a durar eternamente».
«La orquesta tocó a Puccini y más música de esa donde siempre sabes lo que viene a continuación; lo puedes escuchar por adelantado, por así decirlo».
Qué bien explicado. Así se define la forma clásica. Una música que casi no necesita que la escuches, porque todo su desarrollo ya está implicado en la forma. Como dice Rhys en su pasaje, «siempre sabes lo que viene a continuación». Es música que crea para sí misma un futuro inevitable. No tiene libre albedrío. Solo un destino que hay que cumplir. Es música fatídica. Igual que el tañido que escucho a diario. El re-fa#-mi-la planta y cultiva la semilla del la-mi-fa#-re en la mente antes de que llegue al oído.
AM
Morf.
NOCHE
Morf.: La narcosis puede ser agradable (me gusta la sedación, aunque salgo de ella melancólica e irritada), pero está claro que crea relatos aburridos. Nunca he querido leer sobre ninguna clase de paradis artificiel y ciertamente no me interesa escribir acerca de mi propio estupor.
PM
A ha vuelto de Z esta AM, cansado. Organizó un pícnic sorpresa. Carpa junto al bosque. Al pícnic le sobraban sirvientes y mobiliario, pero aun así él estaba incómodo. No paraba de mirar el sol que se filtraba por entre las ramas como si le ofendiera y de aplastar bichos inexistentes. Pero me ha cuidado amablemente. Hasta ha intentado bromear. Tras revisar los detalles de mi tratamiento y las intrigas diplomáticas del mostrador de las enfermeras, ha pasado a lo que le preocupa de los negocios de Zürich. Tiene la costumbre de presentar sus preguntas como si fueran declaraciones categóricas. Le he hecho ver que no era buena idea conservar las acciones de K, G y T. Ha llegado a la conclusión de que tenía que llamar por la AM para cambiar la estrategia.
Después de comer se ha quedado dormido en la carpa. Me he escapado para dar un pequeño paseo. Casi nunca estoy sola.
La imagen de roca recortada contra cielo crea la ilusión de que el orbe entero está en el orbe del ojo.
Los dedos hábiles de la ardilla, los colores fragantes de los pétalos, el pico de piedra incrustado en la cara del pájaro y la hermosa inverosimilitud de su vuelo. Todas las peculiaridades de la vida son resultado de una larga serie de mutaciones. Me pregunto en qué me convertirían las células que están mutando dentro de mi cuerpo, si no me mataran antes.
NOCHE
«Desde una gran distancia vi escribir a la pluma».
AM
Malestar
PM
He salido. Hasta el borde del bosque.
Naturaleza siempre menos chabacana de lo que la recuerdo. Mucho mejor gusto que yo.
AM
Apenas he dormido.
A otra vez de camino a Z. En parte es por trabajo; en parte es porque mi enfermedad le resulta insoportable. A menudo se enfurece con ella (y ella, por supuesto, está en mí). Me doy cuenta ahora de lo mal que lo he llevado todo. Tendría que haber hecho lo mismo que tantas otras veces: empujarlo en la dirección correcta para que crea que es él quien manda. Al enterarme del tumor, le tendría que haber dicho que algo me pasaba, dejar que sus médicos «descubrieran» la enfermedad y permitirle que se ocupara (de todas formas, no había nada que hacer). Fue un error presentarle la verdad sin solución, apoyada por pruebas y exámenes realizados a sus espaldas. Más que triste, parecía desorientado. Y luego le dije que veníamos aquí. Me siguió, obediente. Nunca lo dejé ayudar.
Menú absurdo:
Caldo de carne espesado con tapioca
Gelatina de carne
Leche
PM
Hablo alemán imperfecto con Enfermera. Ella persiste en su inglés imperfecto. Las dos fingimos que esto es perfectamente natural.
AM
A los baños y de vuelta. Dos veces al día, da igual el tiempo que haga, con un séquito excesivo.
Me he enterado de que Paracelso fue el 1er médico de este balneario en 1535 y escribió un tratado sobre las propiedades curativas del agua. No sé nada de Paracelso, pero recuerdo que Padre mencionaba su nombre en relación con sus herméticos, rosacruces, etc.
Me pregunto si me enteré de la conexión entre Paracelso y este sanatorio por mi padre durante nuestros años en Suiza y luego reprimí el recuerdo. ¿Razón inconsciente que me hizo decidirme por este sitio? ¿O simple coincidencia? Imposible saberlo. Pero ¡qué apropiado resulta que el Misterio Último de la Naturaleza vaya a serme revelado aquí!
Masaje. «Ya».
Llamada de Andrew desde Zürich. Preguntando por la mejor estrategia con Kolbe. Le he dicho que solo podemos llegar a él a través de Lenbach. He oído como le encajaban todas las piezas en la cabeza mientras se lo explicaba.
Ahora que estamos aislados aquí, me doy cuenta de lo solos que hemos estado él y yo.
No es que esté cansada de él. Estoy cansada de la persona en que me convierto cuando estoy con él.
Hemicránea
NOCHE
AM
Nuit sans fin
AM
Llamada de A desde Z. Más preguntas sobre K y L. Le he pedido que me traiga un ejemplar de «Zauberberg». Sería divertido leerlo por fin aquí. Debería haber un ejemplar en el cajón de la mesilla de noche de todo balneario suizo que se precie.
Baño largo.
PM
Nada más privado que el dolor. Solo puede afectar a una persona.
Pero ¿a quién?
Cuando digo «dolor», ¿soy yo quien lo sufre o quien lo causa?
AM
Morf.
NOCHE
Cruel. Me gustaría echar la culpa a la morf. y a sus agrias secuelas. A, de vuelta de Z, ha venido a tomar el té. Le ha costado encontrar tema de conv. Ha terminado hablando de La Fiesolana. Me ha dicho que le habría gustado que pasáramos más tiempo juntos allí. Muchas cosas de la finca que habría querido enseñarme. Historia fam., etc. Ojalá hubiéramos ido más a menudo, ha dicho.
Kitsch. No se me ocurre trad. de esta palabra. Una copia tan orgullosa de lo mucho que se parece al original que termina creyendo que tiene más valor ese parecido que la propia originalidad. «¡Es idéntico a…!» Sentimiento impostado por encima de emoción real; sentimentalismo por encima de sentimiento. El kitsch puede estar en la mirada misma: «¡La puesta de sol parece una pintura!». Como ahora el artificio es el estándar supremo, el original (puesta de sol) se tiene que convertir en falsificación (pintura), para que esta pueda ser la medida de la belleza de aquella. El kitsch siempre es una forma de platonismo invertido, que valora la imitación por encima del arquetipo. Y siempre obedece a una inflación del valor estético, tal como se ve en la peor clase de kitch: el kitsch «con clase». Solemne, ornamental, majestuoso. Anunciando con arrogancia su divorcio de la autenticidad.
Por eso, le dije a A, solo fui un puñado de veces a La Fiesolana. Porque esa incongruencia «toscana» es una catedral del kitsch.
Me avergüenzo de la ráfaga de vitalidad que me ha recorrido al decírselo.
Tras escribir esto, he ido a disculparme a las habitaciones de A. Me ha dicho que no sabía de qué le estaba hablando y se ha mostrado muy amable. Hemos pasado un rato sentados en silencio. Después de reunir el coraje necesario, me ha preguntado si me molestaría que me regalara una pulsera. Teniendo en cuenta lo que acababa de pasar hacía un rato, me ha parecido insensible adoptar mi postura de costumbre sobre el tema de las joyas. Le he sonreído. Se ha animado y ha sacado una caja del bolsillo. «¡Bien! ¡Porque ya la he comprado!». Es una pulsera fina de oro blanco. Será encantadora cuando pierda brillo.
PM
A en Z.
Hoy es un esfuerzo enorme convencerme de que estoy aquí.
Cuerpo masajeado, bañado, alimentado, acostado.
AM
Cabeza. Vientre.
Masaje.
PM
Correo. Emocionada de encontrar cartas de amigos. Todos con mucho tacto y se disculpan por escribirme, porque no les dije dónde iba a estar. (Por una vez me alegro de no haber sabido guardar uno de mis secretos). Paquete reenviado de casa. Buenas noticias sobre Fundación Benéfica. Varias cartas de negocios, que destruyo después de leer. Dos largas de HV, manda deliciosos cotilleos neoyorquinos. (¡Debería hablarle de los personajes de aquí!). Feliz de encontrar carta de TW y luego triste por su contenido. Me dice que Berg lo está pasando mal, se ha visto obligado a venderse partituras de Wozz. (3 vol., 250 £) y de la Suite Lír. (125 £). Lamentable e indignante que se tenga que ver en esa posición. He dado instrucciones a TW para que compre las partituras inmediatamente por el 4x de precio y las done a la Bib. del Cong. Se despide como «tu viejo y leal plomazo», lo cual por lo menos me hace sonreír. Madre. Responder a su despliegue de preocupación me ocuparía una PM entera. Debería escribirle tras una dosis contundente de morf.
AM
Vuelvo de tomar las aguas. Un poco de asco bañarse a temp. corporal. Como meterse en la bañera de otra persona. Intento imaginarme corrientes milenarias atravesando estratos de roca resplandeciente, erosionando minerales curativos cuyas partículas se filtran a través de mis poros, pero no puedo. Quizás deje de venir.
Zumo de frutas. Frambuesas y ruibarbo.
PM
Descanso obligatorio de 90 min., arrebujada en el diván bajo un sol templado, el momento más agradable del día.
Aire suena a cornos franceses.
AM
La soledad de los animales.
A ella aspiro.
PM
Dolor de muelas. Muela suelta.
Oído al pasar: «La basura más encantadora».
NOCHE
Intento cenar en el restaurante por 1a vez. Por supuesto, miradas y murmullos cuando entro. Miradas que son como lenguas. Siempre. Me siento con Cocteau. Me encuentro mejor al cabo de unas páginas. Pero cuando llega el consomé, una mujer francesa, más o menos de mi edad, se levanta y recita un poema empalagoso sobre la amistad (rimando «amitié» con «chocolatier»). Inmediatamente después, otro paciente, acompañándose a sí mismo al piano, procede a desescamar, destripar y decapitar la trucha de Schubert. Qué gracia. Una niña (¿paciente?, ¿visita?) se pone a cantar a capela en ruso. De golpe me ciega la exasperación. Me enfurece lo cautivado que está todo el mundo. Me enfurece hasta un punto sorprendente y desproporcionado. A la niña la sigue alguien que toca una especie de mandolina trémula. Furia en aumento. Comensales o bien transportados por este «momento artístico» o bien encantados por lo chistoso que resulta. Rabia y angustia en mi esternón. Imposible salir sin ser vista. Sudo, me falta el aire, me fallan las fuerzas. Me levanto tan discretamente como puedo y me marcho. Las lenguas.
Incluso en pleno frenesí he podido entender, con claridad diáfana, lo que me pasaba. Estaba viviendo una versión distorsionada de una escena recurrente de mi infancia. De mi época aquí, en Suiza, con mis padres. Cenas con viajeros y emigrantes de todo el mundo. Y las actuaciones de después. A veces, algún artista mediocre. Más a menudo, diletantes de un fervor bochornoso. Uno tras otro, hasta llegar a la atracción principal.
Mi madre atenuaba las luces y les pedía a los invitados que leyeran frases de libros distintos. Yo las repetía cambiando el orden. A veces traía una baraja de cartas para que yo pudiera hacer otros trucos mnemotécnicos. El número central siempre eran las mats. Madre les pedía a los invitados que me plantearan preg. y problemas. La gente no tiene imaginación para las matemáticas, así que los cálc. solían ser tediosos y falsamente complejos. A lo largo del interrogatorio siempre se daba un cambio en el público. Pasaban de distraídos a sedientos de sangre. Por algún motivo, sentían que debían destruirme. Las caras desfiguradas por las muecas que les provocaba el esfuerzo imposible de resolver problemas que rebasaban sus mentes. No paraban hasta derrotarme con sus absurdidades. Después me pellizcaban las mejillas y me daban palmaditas en la cabeza, felicitándome por mis esfuerzos, como vencedores magnánimos.
Yo tenía once. Aquello duró un año. Terminó porque ya no parecía una niña.
Nunca le he contado esta historia entera a nadie. Sobre todo después de casarme con A.
AM
Releer la «confesión» de más arriba me ha hecho pensar en los diarios. Hay diarios que se escriben con la esperanza implícita de que se descubran mucho después de la muerte del autor, como el fósil de una especie extinta de un solo individuo. Otros son posibles gracias a la convicción de que cada palabra evanescente solo será leída mientras se está escribiendo. Y otros se dirigen a la encarnación futura del autor: un testamento para que se abra durante la propia resurrección. Los tres tipos declaran, respectivamente: «Fui», «soy» y «seré».
A lo largo de los años, mi diario ha ido vacilando entre estas categorías. Y así sigue, por mucho que mi futuro sea breve.
Masaje
PM
Enfermera me mete manos y pies en agua hirviendo mientras me pasa la esponja por la cabeza. También moja un paño en agua hirviendo, lo escurre con unos palos y me lo aplica en el cuello. En cuanto se enfría, pone en su lugar una hoja de mostaza. Por primitivo que sea todo, me alivia un poco el dolor de cabeza. Durante un rato.
NOCHE
Apática
Sueño irregular
Apática
AM
He dormido poco.
Se me niega el jugo de fruta por razones dietéticas inescrutables.
PM
Andrew de vuelta. Contento de cómo le ha ido en Z, atribuye los resultados (como de costumbre) a su «intuición». Me he tenido que controlar para no ladrarle. Despertándome de la morf. Huraña.
AM
Noche en blanco.
A ha conseguido que me levanten prohibición de la fruta. Jugo glorioso de naranjas, chinotti y melocotones que ha traído de Z.
Escribo cartas. Me distraen esos pájaros invisibles incapaces de romper su sometimiento a sus 2 o 4 notas. Me gustaría saber algo de ornit.
PM
He mandado cartas. Madre. PL, Fran, HV, G. Las respuestas a cartas de negocios las he mandado escondidas en el sobre a D.
Cuando se lo he dado a Enfermera, me he imaginado que me moría mientras mis cartas estaban todavía de camino. Cada página un fantasma.
AM
Sé que tengo los días contados, pero no todos los días son números reales.
Entre mis libros nuevos, «Le chant du monde». Lo dejo después de 2 caps. La simplicidad de Giono resulta un poco simplista. Su nostalgia por la naturaleza y el estado primitivo resulta algo deshonesta. Casi como si se alegrara de que hayamos perdido la naturaleza, porque eso le permite exhibir lo mucho que lamenta esa pérdida. Me recuerda, de forma indirecta, a «Bunte Steine», de Stifter. Me gustaría que me gustara.
Hay muchas cosas que me gustaría que me gustaran. Scriabin, las ostras, Nueva York…
PM
Desganada
Masaje
NOCHE
A acaba de hacer algo encantador. Ha contratado a un cuarteto de cuerdas de un hotel de Z y ha montado un pequeño recital en la biblioteca. También ha traído a camareros de hotel, refrigerios y zumo, igual que en casa. Ha invitado al director, a médicos y otra gente que no conozco. Programa breve y predecible. Versión abreviada de la «Primavera» de Vivaldi, seguida de «Kleine Nachtmusik», J. Strauss y otras viennoiseries. Aun así, muy conmovida por el gesto de A.
A pesar de lo manido de la selección, ha quedado claro que los músicos eran de 1a. Se las han arreglado para «encontrar» algo incluso en ese répert. tan trillado. Después del rec., me he acercado a ellos para charlar. Violista estudió con Hindemith. Chelista ha tocado en la Verein. Segundo violín colabora regularmente con Barcz. Se conocieron todos en Berlín, pero se marcharon después de que a Hitler lo nombraran canciller. ¡Es maravilloso hablar con artistas de verdad! Les he dicho que pueden acudir a mí para lo que necesiten. El chelista ha sugerido, con humor tímido, billetes solo de ida a América y visados para todos. Les he dicho que cuenten con ello.
Mientras hablaba con los músicos, A se ha dedicado a mirarme desde el fondo de la sala. Estoicamente malhumorado. Igual que en casa.
AM
A en Z.
Vientre
He caminado con Enfermera hasta el borde del bosque. Árboles que crujen de viejos. Un verde delicioso. He pegado la mano a una pila cálida de musgo y mirado como volvía a inflarse despacio, borrando mi huella.
Me ha atacado el dolor. He tenido que tumbarme bajo un árbol. No me acuerdo de la última vez que me tumbé en la hierba, en las hojas, en el liquen. He apoyado la cabeza en el regazo de Enfermera. Me ha acariciado el pelo. Sonidos dulces, húmedos y aromas de la tierra. Bancos de nubes sobre el cielo liso. Debe de haber pensado que mis lágrimas eran de dolor.
NOCHE
Cabeza
Cada vez me cuesta más aguantar el masaje. El contacto. No quiero ofender a Enfermera negándoselo.
AM
La música nació del ruido. Después de un largo viaje, está volviendo a casa.
PM
He perdido muela problemática. No creo que el agujero vaya a tener tiempo de cerrarse.
NOCHE
Leyendo lo último de Arduini. Un poemita encantador sobre Tales de Mileto:
Il greco che fece entrate tutta Cheope nella propria ombra
AM
Jugo. Ruibarbo, frambuesas, menta.
Oído al pasar: «Todo el mundo sabe que estoy aquí de incógnito».
Lasitud
PM
Acaba de llamar A desde Z (otra vez) para pedir consejo. Kolbe, Lenbach, Londres, Nueva York, etc., etc., etc., etc. Como siempre, confunde duda con profundidad, vacilación con análisis.
Dejo de escuchar.
«¿Estás ahí?»
Ha creído que se había perdido la conexión durante mi largo silencio después de su larga pregunta.
«No», le he dicho.
Qué alivio me ha producido decir esa palabra. Más que todo el opio del mundo.
«¿Hola?»
Era cierto. Yo no estaba.
«Soy un desconsiderado», ha dicho. «Necesitas descansar».
«Llevo demasiado tiempo haciendo esto. Se acabó».
El silencio entre 2 siempre es compartido. Pero 1 de los 2 es su dueño y lo comparte con el otro.
«Pero si tú vives para esto», dijo por fin. «Eres…»
Se arrepintió de sus palabras.
—Exacto. Y se ha acabado.
Colgué, suavemente, para evitar quedar atrapados en otro silencio, que no diría nada salvo que no había nada más que decir.
NOCHE
Insomnio tras la conv. con A. Releo lo escrito. Demasiado tiempo. Todo empezó en 1922, cuando Andrew vio por 1.ª vez que la pequeña cantidad que me había dado para la Fil. había generado más que sus fondos. Miró mis libros de contabilidad. Me hizo explicárselos. Semanas más tarde, me dijo que había probado mi método con resultados decepcionantes. Me enseñó lo que había hecho. Se había limitado a replicar mis operaciones pero a una escala mucho mayor. Había tenido en cuenta el impacto en el mercado, sí, pero lo había hecho aplicando una simetría artificial y estéril. Las notas correctas, pero sin sentido del ritmo. Como una pianola. Le hice un esquema nuevo adaptado a su volumen. Y funcionó.
En aquel momento llevábamos 2 años casados. Un periodo amigable, respetuoso y agotador. Pocos momentos sin esfuerzos. Nos llevábamos bien, pero llevarse bien requiere trabajo. Hacíamos lo que podíamos para cumplir con lo que imaginábamos que eran las expectativas del otro, reprimíamos nuestra frustración cuando no lo conseguíamos y nunca nos permitíamos mostrarnos complacidos cuando éramos los destinatarios de aquellos mismos esfuerzos. No sorprende que pronto cayéramos en la pura cortesía. No hay forma elegante de abandonar los buenos modales.
Me ayudaba mantenerme ocupada con la música y la obra benéfica. Reuniones de la junta y donaciones. Recitales en casa. Amistades nuevas. Todo eso me iba alejando de A, pero él lo alentaba, consciente de que el tiempo que pasábamos separados mejoraba el tiempo que pasábamos juntos.
En cuanto encontramos aquel equilibrio, la vida nos fue bien. Acaso podríamos haber seguido así para siempre.
Pero después de que viera mi contabilidad, iniciamos una especie de colaboración. Me enseñó las reglas de la inversión y yo le enseñé a llevarlas más allá de sus límites. El trabajo me resultaba muy grato.
Por 1.ª vez fuimos verdaderos compañeros. Y también, lo reconozco, felices.
Con pleno acceso a sus fondos, los resultados fueron casi instantáneos.
Unas cifras tan grandes que había pocas cosas fuera del reino natural a las que se pudieran aplicar.
La gente, maravillada, empezó a hablar de Andrew y «su toque».
Nos complementábamos. A entendía que sin mi ayuda no sería capaz de sostener el mito que se estaba formando en torno a él. Yo entendía que, si no era a través de él, nunca se me permitiría operar a aquellos niveles. Durante un tiempo los dos disfrutamos de nuestra alianza.
Pero pronto se hizo obvio un desequilibrio: lo que él me podía enseñar (naturaleza de los instrumentos, procedimientos, análisis de balances, etc.) era finito, mientras que mi dominio era inagotable. Las reglas y las def. son fijas; las condiciones y nuestras reacciones a ellas cambian a cada hora. Cierto, A me había proporcionado capital. Pero al cabo de un año más o menos, yo ya se lo había devuelto con creces y podría, en teoría, haberme establecido por mi cuenta.
Sucumbimos a nuestros rôles. Donde hay un ventrílocuo, hay un muñeco. La segunda palabra suena peor que la primera, pero no lo es. A él no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer. Y a mí no me gustaba que me relegaran todavía más a la sombra y poder hablar solo a través de él.
Todo se vino abajo en 1926. Por entonces creí que aquel era el final de nuestro matrimonio. Con el tiempo entendí que en realidad fue cuando empezó. Porque he llegado a pensar que uno solo está casado de verdad cuando está más comprometido con sus votos que con la persona a quien aluden.
Igual que muchas otras veces, he subestimado los efectos saludables de la confesión. Es posible que después de esta sea capaz de dormir.
PM
A junto a mí, dormido en el sofá, todavía con la ropa de viaje. Debo de llevar dormida desde ayer AM, cuando me desperté con un dolor increíble y me dieron morf.
Al verlo, lo 1.º que me ha venido a la cabeza ha sido este cuaderno. Parecía intacto, en la misma posición en que lo había dejado en el cajón, con bolígrafo encima en el mismo ángulo. Ahora escondido en un libro de contabilidad. De todos modos, A nunca ha logrado entender mi caligrafía.
El sol mancha la manta a mis pies. Primero agradable y después molesto.
Huelo.
NOCHE
Caldo de ternera. Bicarb.
Masaje insoportable. Pido a Enfermera que lo suspenda. No. Dice que los músculos lo necesitan.
AM
A encantado de verme llevar la pulsera. No hay mención a Z etc.
Bajo la vista para mirarlo desde mi silla de ruedas. Qué frase tan extraña.
Parece satisfecho, recostado en su diván a mi lado, ojeando «The Times».
Yo no quería la silla de ruedas. Enfermera ha insistido. Tenía razón.
Susurro encantador y sin forma del periódico.
Riscos escarpados cubiertos de nieve eterna, crestas azules, bordes serrados y picos incisivos cierran el valle por todos sus lados. Sin carreteras a la vista. Cuesta de creer que haya alguna entrada/salida. ¿Debería pedirle a A que me entierren aquí? ¿Quizás en el cementerio de la iglesia con la campana?
PM
Oído al pasar: «El juego no justifica la vela».
NOCHE
¿Está viva la fresa que tengo en la boca?
¿O su carne, punteada de fresas futuras, ya está muerta?
AM
Otra noche sin dormir y hojeo lo último de Colette. Admirable, como siempre, pero no tengo fuerzas para leer sobre el matrimonio. Tomo uno nuevo de Woolf. ¡Una biografía del cocker spaniel de Elizabeth Barrett Browning!
NOCHE
A ha traído un fonógrafo. He fingido que me encantaba. Nada suena como debería.
¡O, dolorosa vida! Dádivas: oro, lodo.
Re-fa#-mi-la / la-mi-fa#-re.
PM
Leyendo «Flush». Estupenda, aunque la perspectiva del perro es inconsistente, lo cual me distrae. La sumisión cariñosa del perro a su ama confinada en cama resulta maravillosamente asfixiante.
NOCHE
Woolf cita carta de Barrett a Browning: «Es usted Paracelso y yo una reclusa, cuyos nervios me rompieron en el potro y ahora cuelgan sueltos, temblando con cada paso y aliento». ¿Cómo es que de pronto Paracelso está en todas partes?
«The Waves», «Flush»… Siento curiosidad por el próximo título de VW. ¡Los de sus 3 últimos libros juntos podrían formar una frase!
AM
Malestar. Pero tiempo es clemente, sin embargo.
Especie de calistenia pasiva en lugar de masaje. Enfermera me mueve extremidades en vez de hacerlo yo.
Eso me hace darme cuenta de lo poco que conozco «mi voluntad». Quiero mover una pierna. Luego soy consciente de que se mueve. Pero ¿qué la ha movido? ¿En qué momento la suma de impulsos eléctricos anónimos + espasmos musculares se convierte en mí? ¿Puedo llamar legítimamente a esa fuerza «yo»? ¿Qué diferencia hay, en términos de mi participación, entre que Enfermera me mueva la pierna y que la pierna se mueva «sola»?
Hemicránea. Agua caliente, esponja, emplastos.
PM
A ha vuelto de Z. Intenta ser otra persona conmigo. Sus esfuerzos solo subrayan el poco tiempo que me queda.
Su gentileza tensa es tierna. Pero me da la sensación de que está (sin saberlo) intentando construirse un banco de recuerdos futuros. Las escenas a las que regresará cuando yo no esté. Verá su propia mano arreglándome la almohada y acariciándome la mejilla.
NOCHE
Insomnio. Mis pensamientos de antes sobre A dicen más de mí que de él.
Quizás nos absuelva a los dos terminar la confesión que empecé hace unos días.
O por lo menos me permitirá dormir esta noche.
Entre 1922 y 1926 tejí la tela de araña. Gracias al descubrimiento de las «adherencias» en mats., los nodos de la tela se pudieron propagar en todas direcciones. Los resultados eran repetibles. Era un modelo aplicable que atraía todo hacia sí. Hasta se volvió tridimensional.
A seguía mis instrucciones.
Nuestras ganancias durante aquellos años hicieron palidecer la fortuna Bevel original.
Le expliqué incontables veces a A el principio de adherencia y la arquitectura de la tela de araña. O bien fingía seguir mis indicaciones, o bien perdía la paciencia. Culpa mía. Nunca se me ha dado bien explicar las matemáticas. Pero eso aumentó el resentimiento.
Cuanto más prosperábamos, más nos alejábamos y más se envenenaba nuestra relación.
Se sentía emasculado, me dijo una vez.
Su vanidad era repugnante.
Aun así, nuestra extraña colaboración continuó. A mí me obsesionaba el proceso; él era adicto a los resultados. Pero sería insincero afirmar que para mí era un simple ejercicio intelectual. Dentro de mí, había descubierto una reserva cuantiosa de ambición. De ella extraía un combustible oscuro.
Hacia el final de este periodo (¿principios del 26?) dirigí mi atención a un problema creciente de la bolsa, un problema que se volvía más pronunciado a medida que crecían nuestras transacciones y beneficios: el tráfico.
Durante los repuntes y las caídas, el ticker siempre se retrasaba. Podía haber una diferencia de hasta 10 puntos entre el precio de venta en el parquet y las cifras de la cinta de cotizaciones.
Decidí apropiarme de aquellos retrasos.
Operando con cifras enormes y provocando estallidos de frenesí generalizado, empecé a crear demoras. El ticker no podía seguirme el ritmo y durante unos minutos era dueña del futuro.
Andrew se volvió una leyenda. Todo el mundo lo tenía por clarividente, por un místico.
La verdad era que todo aquello lo permitía una maquinaria obsoleta y sobrepasada:
los corredores no daban abasto con la avalancha de órdenes;
los secretarios no alcanzaban a transmitir las órdenes acumuladas de los corredores al recinto;
cada orden tenía que esperar su turno para ser ejecutada;
luego las cifras actualizadas llegaban a las operadoras de consola de los tickers, que también estaban embotellados:
luego transcurría más tiempo entre la publicación de la cifra ya obsoleta y una nueva orden basada en aquella cifra:
y por fin el círculo de retrasos empezaba de nuevo, aumentado.
Aquel mecanismo deficiente creaba oportunidades de arbitraje.
Era extraño que a nadie se le hubiera ocurrido nunca aprovecharse de aquellas demoras.
Yo les saqué todo el partido que pude.
Una vez le dije de pasada a A que todo nuestro sistema financiero dependía de cuatro personas: los operadores de consola que tecleaban todas las cifras en el ticker de la Bolsa de Nueva York. Uno solo de ellos bastaría para poner al mercado entero de rodillas.
Imagínate, le dije, que pudieras sobornar a 1 de los 4 operadores de consola para que te diera todas las cifras antes de teclearlas en la máquina. Los retrasos harían posible actuar conociendo aquella información sin que nadie se enterara.
Y fue justamente eso lo que hizo Andrew al cabo de unas semanas.
Viendo la cinta de cotizaciones, era obvio.
La trampa solo duró unos meses. Pero ganó una fortuna incalculable. Y el mito de Bevel creció hasta que se convirtió en un dios.
Le dije que era un criminal. Él me dijo que no soportaba su éxito.
Pasamos 2 años sin apenas hablarnos.
AM
A en Z.
Calistenia inerte.
PM
Dolor fuera de mí, como las montañas circundantes, elevándose en oleadas de crestas furiosas, que se petrifican justo antes de romper.
AM
Despierta después de morf.
Este sitio parece lleno de simulacros.
PM
A ha vuelto de Z. Me dice que hay alguien ocupándose de los visados de los músicos del cuarteto.
NOCHE
Insomnio. Siempre capaz de encontrar algún ruido exasperante, algún recuerdo incómodo, algún foco de dolor, algún agravio.
AM
Oído al pasar: «Un visage comme une brioche».
PM
Ejemplos de campanas en la música:
Zauberf. (aunque la celesta del foso nunca me sonó a campanas).
¿Parsifal?
Tosca (matins).
Sinf. Fant.
¿Mahler en casi todas las sinf.? Encantadores cascabeles de la 4.ª.
El salto de la percusión a la melodía sacó a la música de su prehistoria y la llevó a su historia.
Campanas de hueso.
Un fémur debe de sonar más grave que una tibia.
NOCHE
Efecto Doppler de la memoria. El tono de los acontecimientos pasados cambia a medida que se alejan a toda velocidad de nosotros.
AM
Descanso nocturno sin morf. Extraño orgullo de producir mi propio sueño.
Cartas.
Un poco mejor. Pero eso solo me hace darme cuenta de que he olvidado la sensación de encontrarme bien del todo.
PM
Nunca he oído la campana de la bolsa.
AM
Hoy el lenguaje me molesta.
PM
Todo diarista es un monstruo: la mano que escribe y el ojo que lee proceden de cuerpos distintos.
NOCHE
Oído al pasar: «Solo finge que está fingiendo».
Leyendo estas páginas, da la impresión de que me apasionan las campanas. Nunca había pensado en ellas antes de venir aquí. Ni siquiera estoy segura de que me interesen ahora. Simplemente no paran de sonar.
Fruta y poco más
Hemicránea
No consigo hacer gran cosa
PM
A Quasimodo, ensordecido por las campanas, le encantaba tañerlas.
AM
Mal
Confinada en cama
PM
A ha vuelto de Z con regalos. No me había dado cuenta de que se había ido.
Unas cuantas frambuesas.
NOCHE
El jugo no me da placer
AM
Mal
Cabeza
AM
Mal
AM
Mal
AM
Mejor. He salido. Piedra encierra el valle bajo una concha de cielo de nácar. Interior de un molusco.
He encontrado un ejemplar ajado de Heine.
Oído al pasar: «Se olvidó de nadar».
PM
Enfermera nunca simula alegría. Nunca da muestras de compasión. Nunca finge saber cómo me siento. Llamarla amiga sería un insulto a la dignidad de sus cuidados impersonales. Aun así…
NOCHE
Leo a Heine en voz alta en mi habitación, oyendo a Schumann en cada sílaba.
AM
Mal
Mareada
PM
Apenas aguanto la violencia de comer.
AM
Le he pedido a Enfermera que me corte el pelo, siempre mojado de las esponjas, los paños húmedos y los apósitos. Se ha negado. He empezado a cortármelo yo, con unas tijeritas que tengo en el estuche del abrecartas. Nunca había visto a Enfermera tan asustada, así que he parado. No estoy segura de qué ha visto en mis ojos al mirarnos, pero me ha dicho que me espere y ha salido. Ha vuelto con unas tijeras apropiadas. No me ha pedido instrucciones ni ha tratado de aplacarme cortándome las puntas. He sentido los tijeretazos cerca del cráneo.
PM
Acabo de leer lo último de Harland. Novela perfecta para la morf. Me ha gustado no ser capaz de seguirla del todo.
El vaso de la mesa tiene algo milagroso y triste. Agua obligada a someterse a la disciplina de un cilindro vertical. El espectáculo deprimente de nuestro triunfo sobre los elementos.
NOCHE
La campanella.
Una ventaja que tiene mi situación: no hay riesgo de verme sometida nunca más a Paganini, Hummel, Berlioz, Paderewski, Quilter, Saint-Saëns, Tosti, Franck, Lindner, Offenbach, Elgar, Dubochet a Rachmaninov.
AM
Oído al pasar: «No, no: Odessa, Texas».
PM
A ha vuelto de Z. Escandalizado por el corte de pelo. Ha intentado enfadarse. Me ha mirado sobrecogido.
NOCHE
A ha tomado café conmigo. Se va mañana a Z. Ha mostrado un autocontrol encomiable y no me ha hecho ni una sola pregunta de trabajo. Conmovida y agradecida. Le he pedido que se acostara a mi lado. Nos hemos tomado de la mano y hemos mirado el techo sumidos en una plácida soledad à deux.
Desconfío de la oleada de bienestar que me inunda cuando lo hago sentirse bien.
PM
He conseguido leer lo último de Clouvel. Breve. Quizás perfecto.
En libros, música y arte siempre he buscado emoción + elegancia.
AM
Cambio de plumín. A se ha ido a Z, alardeando de autosuficiencia con esa agitación contenida de los hombres muy ocupados.
Me ha recordado a su conducta durante nuestro largo distanciamiento después de la pelea del ticker. Entonces, como ahora, me aparté de los negocios. Entonces, como ahora, él se escondió tras una fachada de diligencia solemne. Nunca nos cruzábamos en la casa. Solo nos hablábamos en público. Se pasaba la mayor parte del tiempo en la oficina y La Fiesolana.
Me volqué en la música y la filantropía. Al principio, por curiosidad, seguí su trabajo. Seguro, razonable, sin nada destacado. No tardé en perder el interés. Mi única relación con los negocios era la gestión de la Fundación Benéfica.
Mirando atrás, me di cuenta de que en realidad nunca habíamos pasado tiempo juntos, salvo durante nuestra colaboración profesional. Sabíamos muy poco del otro, casi nada.
En muchos sentidos, pareció que habíamos regresado a los primeros años de nuestro matrimonio, previos a nuestra colaboración, cuando aprendimos a estar juntos desde la distancia. Pero el espacio entre nosotros se había expandido, lo cual no era malo. Las cosas volvieron a encontrar su sitio. Aquel distanciamiento cortés sería nuestra vida a partir de entonces, o eso me pareció.
Pero luego descendió sobre mí un manto de agotamiento. Lo más extraño de todo: me aplastó bajo su peso al mismo tiempo que me proporcionaba una curiosa sensación de comodidad.
No me podía levantar. Cada vez que estaba erguida sentía que me iba a romper. Miedo constante a las fracturas. A partirme.
Rendirme a aquella pesada fatiga era lo único que me aliviaba.
A se terminó enterando de que estaba confinada en cama. Durante sus primeras y breves visitas, se mostró despectivo e irritado. No paraba de preguntarme por mis «nervios». Más que transmitir preocupación por mí, sus preguntas parecían desafiarme a que le dijera que estaba enferma.
Tuvo que llegar el dolor para obligarlo a prestar atención. Y solo cuando vio todo el peso que había perdido se preocupó de verdad.
El primer dr. no encontró nada. También dijo neurastenia. Sedantes que no tomé.
Mi debilidad le permitió a A mostrar, después de tanto tiempo, los sentimientos que la amargura y los celos no habían conseguido extinguir. Y eso me permitió ver que el perdón que le había negado había cristalizado, dentro de mi puño, en forma de orgullo rencoroso.
Puede que aquella fuera nuestra mejor época juntos.
A principios de 1929, 2 acontecimientos coincidieron para trastornar aquella armonía precaria. En realidad no fueron acontecimientos, ya que ambos estaban en el futuro. Debería llamarlas 2 predicciones.
1.º, mi descubrimiento de que el mercado se iba a desplomar antes de fin de año.
2.º, el diagnóstico de mi cáncer, según el cual iba a morir poco después.
PM
Vino el sacerdote a ofrecerme con consuelos empalagosos.
Dios es la respuesta menos interesante a las preguntas más interesantes.
Campanas, campanas, campanas.
El sol mancha la manta. Cada partícula de luz ha viajado del sol a mis pies. ¿Cómo puede haber venido de tan lejos algo tan pequeño? Visto de cerca, el flujo de fotones parecería una lluvia de meteoritos. Mis pies juegan con ellos. El vértigo de la escala (el espacio entre un fotón y yo y una estrella) es un anticipo de la muerte.
Sin revelar mi diagnóstico, gradualmente volví a empezar a darle consejos financieros a Andrew. Y como demostré ser eficaz, me volvió a aceptar. Pero con un aire de cautela. A veces me hacía falta encontrar fórmulas nuevas para que adoptara mis ideas. Tenían que convertirse primero en pensamientos suyos. Llamada y respuesta: yo le daba el re-fa#-mi-la para que a él se le pudiera ocurrir por sí mismo el la-mi-fa#-re.
A pesar de la débâcle inminente, se mostraba escéptico respecto a mi plan y no paraba de decir que el mercado era inmune a las sacudidas. Pero yo sabía que era cuestión de tiempo. Empecé a crear posiciones cortas.
A principios de sept., después de casi un mes de maniobras, liquidé, creando una caída brusca de los precios.
A fin de preservar el valor, los inversores se pusieron a vender sus participaciones durante el declive, con las consecuencias obvias, que llevaron a la última semana de oct. de 1929.
No hace falta decir mucho más. La mayoría de las crónicas del crac son, en líneas generales, correctas, salvo por la omisión de mi nombre. Doy gracias por ese único error.