Fortuna
Obligaciones. Harold Vanner » Dos
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DOS
Los Brevoort eran una familia antigua de Albany cuya fortuna había abandonado al apellido. Habían bastado tres generaciones de novelistas y políticos fracasados para reducirlos a un estado de precariedad decorosa. Su casa en la calle Pearl, una de las primeras que se habían construido en la ciudad, era la encarnación misma de aquel decoro, y la existencia de Leopold y Catherine Brevoort giraba en gran medida en torno a su mantenimiento. En la época en que nació Helen, ya habían cerrado los pisos superiores para asegurarse de poder dedicarle toda su atención a los de abajo, que era donde recibían a sus invitados. Su salón era uno de los centros de la vida social de Albany, y los recursos menguantes de los Brevoort no les impedían tener de invitados a miembros de las familias Schermerhorn, Livingston y Van Rensselaer. Si sus reuniones tenían tanto éxito era porque alcanzaban un poco común equilibrio entre la ligereza (Catherine tenía un don para conseguir que los demás se sintieran conversadores excepcionales) y la gravedad (Leopold era ampliamente reconocido como una de las autoridades intelectuales y morales de la ciudad).
En su círculo social, meterse en política se consideraba algo innoble, mientras que la literatura apestaba a vida bohemia. El señor Brevoort, sin embargo, había combinado el poco caballeresco amor de sus antepasados por el servicio público y la palabra escrita publicando dos volúmenes de filosofía política. Resentido por el silencio total con que se había recibido su obra, se había centrado en su hija de corta edad y había decidido hacerse cargo personalmente de su educación. Los primeros años de vida de la pequeña se los había pasado demasiado ocupado con la quiebra de sus asuntos personales como para atenderla demasiado, pero ahora que había decidido ocuparse de instruirla, empezó a disfrutar de todas las facetas de su personalidad. A los cinco años ya era una ávida lectora, y a su padre le sorprendió descubrir en ella a una interlocutora precoz. Daban largos paseos por el margen del Hudson, a veces hasta entrada la noche, y debatían sobre los fenómenos naturales que los rodeaban: los renacuajos y las constelaciones, la caída de las hojas y los vientos que se las llevaban, el halo de la luna y las astas de los ciervos. Leopold nunca había conocido aquella clase de felicidad.
Todos los libros de texto escolares que había le parecían insuficientes, y cuestionaba tanto su contenido como su método pedagógico. Por consiguiente, cuando no estaba impartiendo lecciones o atendiendo a las obligaciones sociales que su esposa siempre parecía crear para él, el señor Brevoort se mantenía ocupado escribiendo manuales y redactando libros de ejercicios para su hija. Contenían juegos educativos, acertijos y problemas de los que Helen disfrutaba, y que resolvía casi siempre. Junto con la ciencia, la literatura era uno de los elementos destacados de su programa docente. Leían a los trascendentalistas americanos, a los moralistas franceses, a los satíricos irlandeses y a los aforistas alemanes. Con ayuda de diccionarios obsoletos, emprendían la traducción de cuentos y fábulas de Escandinavia, la Roma antigua y Grecia. Alentados por el resultado completamente absurdo de aquellos intentos (a menudo, la señora Brevoort tenía que entrar en su pequeño estudio para pedirles que dejaran de reírse «como caballos» cuando había invitados en casa), iniciaron una colección de mitos inventados y descabellados. Los primeros dos o tres años que Helen pasó estudiando bajo la tutela de su padre siempre serían los más felices de su vida, y aunque con el tiempo se desdibujaron los detalles y contornos de aquellos recuerdos, la sensación general de euforia y plenitud nunca perdió nitidez y luminosidad en su mente.
Siempre intentando ampliar su temario, los caprichosos métodos de investigación del señor Brevoort lo llevaron a encontrar teorías científicas difuntas, edificios filosóficos en ruinas, doctrinas psicológicas demenciales y dogmas teológicos impíos. En su intento de maridar religión y ciencia, se embebió de las doctrinas de Emanuel Swedenborg. Aquel fue un punto de inflexión en su vida, y también en su relación con su hija. Guiado por las enseñanzas de Swedenborg, se convenció de que la razón, y no la penitencia ni el miedo, era el camino a la virtud y quizás incluso a la divinidad. Los tratados matemáticos solo eran superados en importancia por las Escrituras, y el señor Brevoort estaba encantado de la facilidad elegante con que Helen, a los siete u ocho años, resolvía abstrusos problemas algebraicos y ofrecía exégesis detalladas de muchos pasajes bíblicos. También le pedía que escribiera meticulosos diarios de sueños, que luego ambos analizaban con fervor numerológico, en busca de mensajes en clave de los ángeles.
Una parte de la alegría de antaño del señor Brevoort se había marchitado a la sombra de su nueva pasión por la teología. Aun así, durante todo el tiempo que pudo, Helen mantuvo el espíritu jovial de sus años previos. Para aliviar el tedio creciente de sus lecciones diarias, aprendió a jugar con aquel padre cada vez más distante. Cierto: había muchos aspectos del temario mayormente improvisado que le gustaban y a los que se aplicaba —la aritmética, la óptica, la trigonometría, la química y la astronomía—, pero las partes más místicas del programa didáctico del señor Brevoort le resultaban aburridas, hasta que descubrió cómo manipularlas y darles la vuelta para su disfrute. Creaba anagramas con profecías bíblicas para vaticinar el futuro de su familia; diseñaba sus propias interpretaciones cabalísticas de los textos del Antiguo Testamento, respaldadas por esotéricas argumentaciones matemáticas que siempre impresionaban a su padre, sin importar que las entendiera o no; llenaba las páginas de su diario de sueños de entradas escandalosas, muchas de las cuales bordeaban lo indecente. Leopold le había exigido que las crónicas de sus sueños fueran implacablemente sinceras, y a Helen le gustaba ver como a su padre le temblaba la barbilla de horror mal disimulado cuando leía sus invenciones vagamente obscenas.
Si la práctica de inventarse sus sueños había empezado como broma, con el tiempo se convirtió en necesidad. A los nueve o diez años, el insomnio empezó a alargar sus noches, privándola no solo de sus sueños, sino también de la paz. Las esporas heladas de la ansiedad le colonizaban la mente y se la reducían a un páramo de miedo. La sangre, diluida, parecía circularle demasiado deprisa por las venas. A veces le daba la sensación de que su corazón se ahogaba. Aquellas noches en vela llenas de terror se fueron volviendo cada vez más frecuentes, y los días que las seguían eran una neblina. Le resultaba casi imposible contribuir a la tarea de sostener la realidad. Sin embargo, era aquella versión atenuada de Helen la que preferían sus padres: su padre seguía con gran placer su trabajo carente de inspiración; su madre la encontraba más accesible.
Helen no tardó en darse cuenta de que, además de ser la pupila de su padre, también se había convertido en su objeto de estudio. Parecía especialmente interesado en los resultados concretos de sus enseñanzas y se dedicaba a seguir la manera en que daban forma a la mente y la moralidad de su hija. Cuando la examinaba, a Helen le parecía a menudo que había otra persona asomándose a través de los ojos de su padre. Solo con el paso del tiempo comprendió que todas aquellas injerencias la habían llevado a forjar un carácter discreto y modesto, un rol que representaba con fiabilidad impecable en presencia de sus padres y de las amistades de estos: discretamente cortés, nunca hablaba si podía evitarlo, contestaba con asentimientos de la cabeza y monosílabos siempre que le resultaba posible, evitaba que su mirada se encontrara con las de los demás y rehuía a toda costa la compañía de los adultos. El hecho de que nunca dejara de representar a aquel personaje le haría preguntarse, en épocas posteriores de su vida, si no sería aquella la persona que siempre había sido, o, al contrario, si con el paso de los años su espíritu no se habría amoldado a aquella máscara.
Las reuniones sociales en la calle Pearl siguieron bien pobladas pese a la mengua de recursos de la familia, lo cual daba fe del encanto y la habilidad de la señora Brevoort. Ni el descenso de calidad de su té ni las múltiples deserciones entre su servicio doméstico habían disuadido a sus visitas. Ni siquiera su marido, cuya conducta se había vuelto tan errática como crípticas sus palabras, había sido capaz de ahuyentar a sus invitados. A base puramente de encanto —y de unas cuantas maniobras políticas habilidosas—, la señora Brevoort se aseguró de que su salón permaneciera en el corazón de la vida social e intelectual de Albany. Llegó un punto, sin embargo, en que se vieron obligados a reabrir los pisos superiores, amueblarlos lo mejor que pudieron y aceptar inquilinos. La señora Brevoort habría sido capaz de eludir la vergüenza de tener a empleados estatales subiendo y bajando ruidosamente las escaleras, pero a sus invitados regulares les pareció más discreto, por el bien de ella, trasladar sus reuniones a otra parte. Fue más o menos por entonces cuando los Brevoort decidieron que Albany se había vuelto demasiado provinciana para ellos.
Pasaron un mes en Nueva York antes de embarcar rumbo a Europa, alojados en casa de una de las amigas de la señora Brevoort, en la calle 84 Este, esquina con la Avenida Madison, a pocas manzanas de la mansión que nadie sospechaba que se convertiría en el futuro hogar de su hija. De hecho, años más tarde Helen se acordaría a menudo de aquel periodo en Nueva York y se preguntaría si, a los once, quizás había visto, durante uno de sus paseos con su madre, al ya exitoso hombre de negocios que con el tiempo sería su marido. ¿Acaso se habían visto alguna vez la niña y el hombre? Estaba claro, en cualquier caso, que de pequeña había pasado bastantes horas de aburrimiento en compañía de muchas de las personas que competirían por su atención y su amistad cuando estuviera casada. En el curso de aquel mes, su madre se dedicó a llevarla a todos los compromisos diurnos a los que podía asistir: almuerzos, charlas, meriendas, recitales. Lo que tenía ocasión de aprender en aquellos eventos era más esencial para su educación, le decía a menudo la señora Brevoort, que las lecciones de botánica o de griego que recibía de su padre. Tal como era su costumbre, Helen guardaba silencio durante aquellos encuentros: se dedicaba a mirar y escuchar, sin adivinar que una década más tarde reconocería muchas de aquellas caras y voces, y sin imaginarse lo mucho que le serviría a su encarnación adulta saber quién fingía recordarla o haberla olvidado.
Sin la señora Brevoort les habría resultado imposible salir adelante en Europa. Al llegar a Francia, ocuparon unos modestos aposentos en Saint-Cloud, pero Catherine no tardó en descubrir que estaban demasiado alejados del centro de París. Como tenía numerosos recados por hacer, se fue unos días ella sola a visitar a los Lowell, que vivían en la Île Saint-Louis. Una vez allí, visitó a la gente a la que conocía o a la que le habían pedido que viera, llevándoles noticias, cartas y mensajes confidenciales de Nueva York. Antes de que terminara su primera semana allí, ya los habían invitado a alojarse en la casa que tenía Margaret Pullman en Place des Vosges. La situación se repitió casi en todas partes: los Brevoort llegaban a Biarritz, a Montreux o a Roma y se alojaban por un precio razonable en una pension o albergo de algún barrio apartado pero respetable de la ciudad. Luego la señora Brevoort pasaba una semana visitando a sus amistades, entregando mensajes y conociendo a gente entre la comunidad de expatriados americanos, hasta que alguno de ellos los invitaba a su familia y a ella a quedarse en su casa. Con el tiempo, sin embargo, se invirtieron los roles: si al principio había sido la señora Brevoort quien había dependido de la amabilidad de sus compatriotas más prósperos, al cabo de un par de años su compañía andaba tan buscada que tuvo que empezar a rechazar invitaciones, lo cual la hizo todavía más deseable. Allá donde iba su familia, Catherine se convertía en el nodo que conectaba a todos los americanos errantes a los que valía la pena conocer.
No era raro que los americanos residentes en el extranjero se evitaran entre sí. No solo porque era lo que dictaba el tacto, según cierto protocolo implícito, sino también porque nadie quería que lo percibieran como alguien que no tenía amigos en Europa y dependía provincianamente de sus conocidos de América. Consciente de este código, la señora Brevoort se aprovechaba de él y operaba como una especie de mensajera entre los extranjeros voluntariamente aislados, que agradecían de corazón sus servicios, ya que les permitían mantener su altiva simulación de autonomía. Era la persona a la que acudir si se necesitaba una muy codiciada presentación que en otras manos habría resultado incómoda: reparaba vínculos rotos y creaba otros nuevos; se las arreglaba para incluir a gente en círculos selectos y al mismo tiempo, de forma crucial, mantener la impresión de que aquellos círculos permanecían cerrados; todo el mundo estaba de acuerdo en que era una contadora de anécdotas sin par y una casamentera consumada.
Bordeando montañas, recorriendo costas o atravesando ciudades (según la estación del año), y alojándose, demorándose o apresurándose (según resultara conveniente), los Brevoort fueron delineando el mapa de su peculiar Grand Tour. El señor Brevoort dedicaba la mayor parte del tiempo a hacer de tutor de su hija y a explorar distintos círculos místicos: el espiritismo, la alquimia, el mesmerismo, la nigromancia y otras formas de ocultismo se habían convertido en los intereses que lo absorbían por completo. Helen ya llevaba un tiempo apesadumbrada por haber perdido a un amigo y a su único compañero en Europa, su padre, pero fue por aquella época cuando su estado de ánimo cayó a simas todavía más profundas: estaba crecida y bien leída, y era lo bastante culta como para darse cuenta de que Leopold se estaba limitando a coleccionar supercherías, y estaba reemplazando a su hija por una serie de dogmas y credos que hacía unos años habrían sido objeto del ridículo de ambos y habrían servido de inspiración para sus cuentos absurdos. Ya era triste de por sí ver al señor Brevoort a la deriva, pero resultaba devastador descubrir que su respeto por el valor intelectual de su padre se estaba esfumando junto con él.
Pese a todo, Leopold no era completamente ciego a los talentos de su hija. Al cabo de unos años de viaje, se vio obligado a reconocer que la aptitud de Helen para los idiomas, los números, la hermenéutica bíblica y lo que él llamaba sus intuiciones místicas se habían desarrollado más allá de sus propias capacidades, de manera que empezó a planear una parte del itinerario de la familia de acuerdo a la ubicación de diversos académicos que pudieran hacer progresar sus estudios. Eso los llevó a una serie de humildes pensiones en pequeñas aldeas y albergues en los suburbios de ciudades universitarias, donde madre, padre e hija se veían obligados a pasar el tiempo sin compañía alguna. Aislados y fuera de su elemento, el señor y la señora Brevoort se volvieron mezquinos y beligerantes. Helen se retrajo todavía más, y su silencio despejó el terreno para las peleas cada vez más agrias de sus padres. Aun así, cuando por fin llegaba el momento de entrevistarse con algún ilustre profesor o autoridad en ocultismo, siempre se producía una transformación en Helen. De pronto adoptaba una confianza cristalina: algo en ella se endurecía, brillaba y se afilaba.
Ya fuera en el centro de Jena, en los alrededores de Toulouse o en los suburbios de Bolonia, la rutina siempre era, en líneas generales, la misma. Alquilaban habitaciones en una fonda, donde la señora Brevoort alegaba alguna indisposición que requería reposo en cama; entretanto, el señor Brevoort llevaba a su hija a visitar a la eminencia a la que habían ido a ver. Las largas y en su mayor parte ininteligibles presentaciones que llevaba a cabo Leopold Brevoort siempre conseguían que su anfitrión los mirara a su hija y a él con aprensión y arrepentimiento. No solo sus doctrinas se habían vuelto considerablemente arcanas, sino que además las impartía en una mezcolanza de francés, alemán e italiano por lo general inventados. Algunos de aquellos académicos y místicos se quedaban impresionados por el conocimiento íntimo que tenía Helen de las Escrituras, por sus logros académicos y por su dominio de distintos dogmas esotéricos. Notando su interés, el señor Brevoort intentaba decir algo, pero ellos lo detenían levantando la palma de la mano y ya no le hacían más caso durante el resto de la entrevista. Unos cuantos de aquellos tutores incluso le pedían que se ausentara de la sala. Otros, llenos de calidez pedagógica, le tocaban la pierna a Helen, pero enseguida retiraban la mano, asustados por su letal impasibilidad y la firmeza de su mirada.
Helen había dejado su infancia en Albany. Debido a que estaban en constante movimiento, apenas tenía ocasión de conocer a chicas de su edad, y sus encuentros casuales con ellas nunca alcanzaban a florecer en forma de amistades. Para pasar el tiempo, aprendía idiomas por su cuenta con la ayuda de libros que iba trasladando entre las distintas casas y hoteles: tomaba un ejemplar de La Princesse de Clèves de un estante de Niza y lo recolocaba en una biblioteca de Siena, después de sacar de ella I viaggi di Gulliver, con el cual llenaba el hueco que había dejado al tomar prestado Rot und Schwarz en Munich. El insomnio seguía reclamando sus noches, y usaba los libros como escudos para protegerse de las arremetidas de sus terrores abstractos. Cuando resultaban insuficientes, recurría a su diario. Los diarios de sueños que su padre le había hecho llevar durante unos años le habían inculcado el hábito diario de registrar sus pensamientos. Con el paso del tiempo, y a medida que su padre dejaba de leer sus entradas, su escritura se alejó de sus sueños y pasó a incluir reflexiones sobre libros, impresiones sobre las ciudades que visitaba y, durante las noches en blanco, sus miedos y ansias más íntimos.
En su primera juventud había vivido un episodio menor pero decisivo. Sus padres y ella se alojaban en la villa de la señora Osgood, en Lucca. Helen había estado paseando primero por los terrenos y después, aturdida por el calor, por la casa vacía. Eran los únicos invitados. Los sirvientes se escabullían al oír sus pasos. Había un perro despatarrado en el suelo fresco de terracota, que se miraba el interior del cráneo con los ojos entrecerrados y tenía sueños convulsos. Helen observó la sala de estar: su padre y el señor Osgood se habían quedado dormidos en sus sillones. Helen se sintió ligeramente cruel, poseída por un vago deseo de hacer daño. Fue consciente de estar mirando a través del fondo mismo del aburrimiento. Del otro lado había violencia. Dio media vuelta y volvió a salir al jardín. Cuando llegó al lugar a la sombra donde estaban bebiendo limonada su madre y su anfitriona, se limitó a anunciarles que se iba a dar un paseo por el pueblo. Quizás porque usó un tono tan perentorio, o quizás porque su madre estaba intercambiando susurros enfáticos con la señora Osgood, o quizás porque aquella tarde los tonos castaños y dorados de Lucca tenían un brillo tan benévolo, no le pusieron objeción alguna: la señora Brevoort se limitó a mirar de reojo a su hija y decirle que disfrutara de su passeggiata pero que no se alejara demasiado. Así, sin más testigos que ella misma, empezó un capítulo nuevo para Helen. Por primera vez en su vida, estaba saliendo al mundo sola.
Apenas prestó atención al camino rural y sus inmediaciones, perdida como estaba en aquel sueño de independencia hecho realidad, pero sí la despertó el silencio de paredes remozadas que la recibió en el pueblo. El eco áspero de sus zapatos sobre los adoquines era lo único que podía oír en aquellas calles vacías. De tanto en tanto arrastraba ligeramente un pie, solo para sentir el hormigueo en la piel del cuello que le producía oír el murmullo del cuero sobre la piedra. Con cada manzana que recorría, el pueblo iba cobrando un poco más de vida. Intentando prolongar la sensación de euforia que había descubierto en la quietud inicial, siguió caminando, con un aplomo feliz, alejándose de las voces que retumbaban en los cruces de calles lejanos, alejándose del bullicio mercantil que venía de la plaza, alejándose del clop-clop líquido de los cascos de caballos que resonaba a la vuelta de la esquina, alejándose de las mujeres que se gritaban de ventana a ventana mientras recogían la ropa seca de las cuerdas de tender y adentrándose en callejones con las persianas cerradas para proteger las casas del calor, donde podía oír de nuevo sus propios pasos solitarios. Supo entonces que aquella forma solemne de placer, tan pura porque carecía de contenido, tan fiable porque no dependía de nadie más, era el estado que pugnaría por alcanzar en su vida futura.
Intentando eludir el bullicio de la plaza, donde estaba teniendo lugar alguna clase de jubileo o festa religiosa, Helen terminó en una calle donde había unas pocas tiendas. Una de ellas era un anacronismo por partida doble. Un estudio fotográfico solo podía ser una incongruencia en aquella ciudad tan pequeña, con su pasado etrusco que hacía que las iglesias medievales parecieran nuevas. Pero cuando la examinó más de cerca, aquella aparición disonante salida del futuro resultó ser, de hecho, antigua. Los retratos del escaparate, las cámaras en exposición, los servicios que se ofrecían… todo remitía a los albores de la fotografía. Y por alguna razón, Helen experimentó con más intensidad aquellos treinta o cincuenta años de antigüedad que tenía el estudio que los veinte siglos transcurridos desde la fundación de la ciudad. Entró.
La tienda, granulosa bajo la luz que entraba por las ventanas delicadamente sucias, revelaba una modalidad extraña de indecisión. Al principio, Helen pensó que los matraces, tubos de ensayo y vasos con formas extrañas, además de frascos, ampollas y redomas etiquetados, formaban parte del enorme surtido de atrezo fotográfico que abarrotaba el local: bicicletas y cascos romanos, sombrillas y animales de peluche, muñecas y accesorios náuticos. Pero poco a poco comprendió que el lugar estaba atrapado entre los reinos de la ciencia y el arte. ¿Era un laboratorio químico o el estudio de un pintor? Parecía que ambos bandos se hubieran rendido hacía mucho tiempo, dejando la disputa sin resolver.
De detrás de una cortina en la parte trasera de la tienda salió un hombre bajito de rasgos amables o fatigados. Se quedó encantado al descubrir lo bien que hablaba el italiano aquella joven señorita extranjera. Tras una breve conversación, le sacó un álbum de retratos de estudio anticuados montados en cartón, como los que su madre solía coleccionar de niña. Helen reconoció muchos de los objetos que aquellos legionarios, cazadores y marineros sostenían en las fotografías. El hombre le dijo que quedaría imponente caracterizada de Minerva. Desplegó un fondo pintado del Partenón, colocó a Helen delante y hurgó entre la utilería en busca de un casco, una lanza y un búho disecado. Helen declinó el ofrecimiento. Pero antes de que la decepción se pudiera instalar en la cara del fotógrafo, le aseguró que le gustaría mucho que la retratara. Aunque sin disfraz. Sin fondo decorado. Solo ella, de pie, en el estudio. El fotógrafo, complacido y confuso en igual medida, procedió a registrar el primer día de la nueva vida de Helen.
Cuando llegaron a su cuarto año en el Continente, los Brevoort ya habían estado en todas las capitales y destinos de vacaciones que frecuentaban los expatriados americanos, trazando al mismo tiempo lo que sobre el mapa parecía un itinerario demente destinado a impulsar la educación de Helen. Como habían viajado tan extensamente y durante tanto tiempo, en pos de sus metas sociales y también académicas, Helen —muy a pesar de su predisposición reservada, y principalmente debido a los esfuerzos infatigables de su madre para promover los éxitos de su familia— había terminado convertida en una especie de atracción. Siempre que Leopold estaba fuera en uno de sus breves viajes para visitar un salón literario que le interesara particularmente, asistir a una sesión de espiritismo, sumarse a una reunión de la Sociedad Teosófica o ver a unos cuantos de los individuos a los que consideraba sus colegas, la señora Brevoort se llevaba a su hija a alguno de sus compromisos sociales, alegando que ya tenía edad suficiente para empezar a aprender cómo funcionaba de veras el mundo. Pero según los dictados del protocolo, Helen era, por supuesto, demasiado joven para estar en sociedad. Así pues, la señora Brevoort se la llevaba no como una invitada más, sino como espectáculo.
Siguiendo las instrucciones de la señora Brevoort, una serie de hombres que daban vueltas a sus copas de coñac con escepticismo y señoras que bebían vasitos de jerez con perplejidad hacían que Helen leyera sendos pasajes de dos libros escogidos al azar, que a veces estaban en lenguas distintas, pasajes que ella memorizaba en un momento y repetía palabra por palabra a modo de pasatiempo de sobremesa. A los invitados, distraídos, aquello les resultaba moderadamente encantador. Pero cuando la señora Brevoort, después de aquella demostración inicial, le pedía a su hija que alternara frases de ambos libros, y que después hiciera lo mismo pero empezando por el final, las sonrisas petulantes se convertían invariablemente en asombro boquiabierto. Aquella solo era la primera proeza de su número, que incluía toda clase de proezas mentales y siempre terminaba en murmullos de ovación. Pronto se empezó a solicitar la presencia de Helen. Se volvió una especie de moda. No hacía ninguna falta que la señora Brevoort le pidiera a su hija que no le mencionara a su padre aquellas actuaciones, que tanto estaban beneficiando al renombre de su familia.
Pero no existe tal cosa como la publicidad confidencial, y al final, estando la familia de visita en casa de los Edgecomb en París, el señor Brevoort se enfureció al enterarse de que su esposa había estado usando los talentos de su hija como truco de salón. Desde hacía uno o dos años, a medida que sus inclinaciones divergían y su matrimonio se deterioraba en consonancia, Catherine y Leopold habían procurado evitarse el uno al otro siempre que podían, confiando en eludir las peleas con que terminaban la mayoría de sus conversaciones. Cuando salió a la luz la verdad sobre las actuaciones de Helen, sin embargo, la rabia que se había ido solidificando y sedimentando en forma de gruesos estratos de resentimiento sufrió un corrimiento de tierras y se desprendió. La señora Brevoort estaba completamente harta de la jerigonza ensimismada de su marido, de su ciencia cuestionable y de todos los disparates celestiales que le impedían hacer frente a las muy terrenales necesidades de su familia. Si la situación había llegado a un punto en que dependían de la amabilidad de unas amistades cada vez más lejanas, de cuya hospitalidad habían disfrutado gracias a los recursos y el duro trabajo de ella (y la señora Brevoort se señaló el pecho para darle a la palabra «trabajo» todo su peso), y si ahora necesitaba hacer uso de los talentos de Helen para mantener y expandir aquellas amistades, era solo porque no se podía contar con él para asegurar el bienestar de la familia. La señora Brevoort había hablado en un susurro ponzoñoso, consciente de que no debía discutir a gritos mientras se alojaban en la habitación de invitados de los Edgecomb. Pero el señor Brevoort no tenía aquellos reparos. El don que le había dado Dios a su hija para que conversara con Él, gritó, no se iba a convertir en un número circense sacrílego. Su hija no iba a verse arrastrada al fango de la frivolidad en el que tanto le gustaba revolcarse a su mujer. Su hija no iba a verse convertida en una meretriz intelectual.
Helen se pasó toda aquella pelea mirándose los zapatos. No era capaz de mirar a su padre: no quería ver como su boca formaba aquellas palabras absurdas. Sería la confirmación de que ahora había otra persona hablando a través de él. Si no lo miraba, no sería más que una voz que despotricaba, un grito incorpóreo, sin relación alguna con su padre. Más que el tono amenazador, lo que la aterraba era la incoherencia de su diatriba, porque Helen no creía que pudiera haber mayor violencia que la que se ejercía sobre el sentido.
Después de aquella disputa (haría falta una conversación avergonzada entre la señora Brevoort y la señora Edgecomb a la mañana siguiente, seguida de varias semanas de hacer campaña con sumo tacto por todo París en contra de las habladurías, para enmendar parcialmente los daños causados aquella noche), los talentos de Helen seguirían floreciendo, contra todo pronóstico, bajo la vigilancia más estricta. Aunque no le gustaba verse sometida a la rigurosa y errática tutela de su padre, sus restricciones no le resultaban más opresivas que el gregarismo de su madre.
Uno de los pocos rasgos que aunaban a todos los miembros de la familia Brevoort, aunque fuera por razones distintas en cada caso, era su desdeñosa falta de curiosidad hacia los acontecimientos actuales. La señora Brevoort consideraba una afrenta personal la irrupción de los asuntos públicos en su vida privada. Le interesaban los entresijos administrativos, financieros y diplomáticos que mantenían en marcha la sociedad en la misma medida que el motor que había debajo del capó de un automóvil o que la sala de máquinas que se escondía bajo cubierta en un barco de vapor. «Las cosas» debían «funcionar», sin más. No le interesaba que un mecánico le explicara cuál era el problema que tenía cierta válvula de pistón grasienta. En cuanto al señor Brevoort, ¿qué podían significar las noticias diarias para alguien centrado en lo eterno? Y como ambos vivían en los arrabales de la realidad política, no entendieron de inmediato las graves implicaciones del asesinato del archiduque Francisco Fernando.
Todo el mundo les dijo que tenían suerte de encontrarse en Suiza y les aconsejó que no salieran del país hasta que la situación se hubiera aclarado. De camino a Zürich —donde tenían planeado, desde hacía meses, encontrarse con unos amigos para emprender una excursión veraniega—, vieron movilizarse al Ejército Suizo y oyeron que se estaban militarizando las fronteras. Era el punto culminante del verano, lo cual significaba que había miles de americanos dispersos por montañas, valles y balnearios a orillas de lagos: desde convalecientes que se gastaban los ahorros en hospederías anexas a los baños municipales hasta potentados de Nueva York que tomaban las curas en hoteles majestuosos. Orme Wilson, por ejemplo, se encontraba en Berna, Chauncey Thorowgood en Ginebra, el cardenal Farley en Brunnen y Cornelius Vanderbilt en Saint-Moritz. Con independencia de su rango, sin embargo, todos los americanos a los que los Brevoort se encontraban por el camino se mostraban igual de frenéticos. Se hablaba de guerra. De guerra total.
A su llegada a Zürich, los Brevoort se alojaron con los Betterley, que acababan de hablar con el señor Pleasant Stovall, embajador de los Estados Unidos en Suiza. ¿Debían continuar con sus vacaciones o irse a casa? El señor Stovall les había explicado que los augurios de guerra eran bastante comunes en Europa. Sin embargo, todo diplomático experimentado era consciente de las desastrosas consecuencias de un conflicto abierto, así que confiaba en que la razón y las intervenciones amistosas consiguieran evitar un desastre de primer orden como aquel. En cuestión de semanas, Austria, Serbia, Alemania, Rusia y el Reino Unido ya habían hecho declaraciones formales de guerra. Pronto el conflicto englobaría la mayor parte de Europa.
Durante los extraños meses siguientes, la comunidad improvisada de americanos en Suiza se vio arrastrada, en su conjunto, a algo parecido a lo que había sido durante años la realidad cotidiana de los Brevoort. No había ni dinero en metálico ni oro disponibles: los cheques, incluso los emitidos por sólidas entidades bancarias americanas, eran rechazados; las letras de crédito carecían de valor. Los millonarios dependían de la buena voluntad de los hoteleros y se veían obligados a pedirles prestado dinero de bolsillo. La gente se llevaba su propio azúcar cuando iba de visita a tomar el té. Todo el mundo había recibido cartillas de racionamiento, y durante las cenas, los invitados, con sus vestidos de noche y sus fracs, les entregaban las suyas a los anfitriones que servían la comida. Reinaba un estado generalizado de precariedad indigente. Y la señora Brevoort no se había sentido tan aliviada y relajada en toda su vida.
Aun así, la guerra era una realidad que se cernía sobre ellos: una realidad de la cual los aeroplanos beligerantes que pasaban rozando los Alpes de camino al frente eran un recordatorio constante. A la mayoría de las empresas navieras les habían inmovilizado los buques o cancelado las rutas. Obtener pasaje en alguna embarcación pequeña y abarrotada era un lujo que requería tener contactos en lo más alto. Mientras que la señora Brevoort hacía lo posible por conseguir un salvoconducto que sacara a su familia de Europa, el señor Brevoort parecía residir de forma permanente en una tierra remota gobernada por conspiraciones ocultistas, jerarquías místicas y leyes laberínticas. Las tareas cotidianas ya le resultaban imposibles de gestionar, y cada mañana se despertaba más desorientado. Hablaba, día y noche, en una mezcolanza de lenguas cada vez más imaginarias, esforzándose por entender las reglas que había creado para sí mismo y perdiéndose en las antinomias y paradojas que asediaban su mente. Se volvió irascible.
Helen intentaba reunirse con su padre en el territorio inexplorado de sus delirios. Se sentaba con él y lo escuchaba hablar ininterrumpidamente. A veces le hacía preguntas, más para demostrarle que le estaba prestando atención que porque le interesara la respuesta en sí. Sus esfuerzos para entenderlo eran sinceros y se basaban en la esperanza de que, si conseguía encontrar allí alguna pizca de sentido, algún hilo, sería capaz de aferrarse a él y sacar a su padre de su laberinto. Sus intentos, sin embargo, siempre terminaban igual: los pensamientos de Leopold se curvaban y se retorcían sobre sí mismos, formando un círculo en el que Helen no podía entrar y del que él era incapaz de salir. Como para demostrarse la posibilidad del movimiento físico, después de experimentar aquella claustrofobia mental siempre se veía impulsada a dar largos paseos.
El estado del señor Brevoort hizo insostenible que la familia siguiera alojándose en casa de los Betterley, por lo que se vieron obligados a mudarse a una fonda cercana. Leopold llenaba un cuaderno tras otro de fórmulas alquímicas y cálculos expuestos con dígitos y símbolos de su invención. Siempre tenía la cara manchada de tinta, y su monólogo, que su mano obediente parecía dedicarse a transcribir eternamente, no se interrumpía para nada. A la señora Brevoort le quedó claro que le iba a ser imposible atravesar primero el continente infestado por la guerra y después el océano Atlántico con su marido en aquel estado. Gracias al señor y la señora Betterley, que habían presentado una petición en su nombre al embajador Stovall, pudo conseguir plaza para el señor Brevoort en el Instituto Médico-Mecánico del doctor Bally, en Bad Pfäfers, cuyas aguas, ricas en carbonato de calcio y magnesia, en conjunción con los masajes y la actividad física a gran altura, se sabía que eran beneficiosas para los pacientes con problemas nerviosos.
La señora Betterley estuvo encantada de hacerse cargo de Helen mientras la señora Brevoort llevaba a su marido al sanatorio. Helen se despidió de su padre en la fonda. Él ni siquiera levantó la vista del cuaderno en el que transcribía su propio dictado. Era la última vez que Helen lo vería.
Los días que Helen pasó sin sus padres en Zürich confirmaron la intuición que ya había tenido durante su paseo por la Toscana: que por alguna razón se sentía elevada por la soledad. Paseaba, eufórica y serena, por los senderos que bordeaban el lago. Tomaba tranvías al azar hasta el final de la línea y volvía caminando; iba al casco antiguo y visitaba museos y galerías de arte. Y siempre terminaba volviendo al jardín botánico, donde le gustaba sentarse con un libro a la sombra del arboreto. Fue allí donde, una tarde, un americano de modales afectados, atraído por el volumen en inglés que Helen estaba leyendo, se dirigió a ella con alguna vaga excusa hortícola. Se presentaron y al hombre le apareció un destello de interés en la mirada cuando ella mencionó su apellido: una chispa apenas disimulada de reconocimiento que muchos americanos mostraban, como para manifestar de forma discreta que conocían el pedigrí de los Brevoort. El hombre inició una conversación, alentado por el hecho fortuito de haber encontrado a otra neoyorquina en un sitio tan peculiar. Helen, serenamente molesta por la intrusión, respondió con monosílabos a sus cortesías. Durante un remanso de la charla, el hombre arrancó una flor para ponérsela en la solapa y después otra para Helen. Ella se la quedó mirando, pero no la agarró. Reprimiendo un arranque de confusión irritada, el hombre usó la flor para señalar varias partes distintas de la ciudad y explicarle a ella los distintos elementos históricos de cada una de las vistas. No pareció molestarle que Helen apenas prestara atención, o que incluso apartara la mirada del panorama que él comentaba. Simplemente disfrutaba del hecho de explicar cosas, y, usando aquel pretexto, consiguió averiguar dónde vivía Helen e invitarse a sí mismo a acompañarla a casa a fin de poder enseñarle por el camino algunos de los tesoros escondidos de la ciudad. Cuando por fin llegaron, Sheldon Lloyd se presentó a los anfitriones de la señorita Brevoort. El señor Betterley intercambió una mirada cargada de intención con su mujer, invitó a Sheldon a cenar la noche siguiente y por fin lo acompañó a la puerta, donde los dos hombres se quedaron un rato conversando en voz baja.
Y en efecto, el señor Lloyd fue a cenar la noche siguiente, y llevó consigo a un mozo de carga de su hotel con dos cestas llenas de provisiones, y durante los cinco o seis días siguientes continuó presentándose a la hora del almuerzo, la cena o la merienda. Los Betterley se mostraron más que acogedores, y se aseguraron de proporcionarle a su invitado una hora de tiempo relajadamente supervisado con Helen después de cada comida. Lloyd dedicaba la mayoría de aquellos momentos a hablar de sus logros profesionales y del estilo de vida que le reportaban, describiendo hasta el último detalle sus astutos negocios, iniciados antes de la guerra en representación de su compañía, con el Deutsche Bank; de todas las pinturas de maestros europeos que tenía colgadas en su apartamento o prestadas al Metropolitan Museum; de hasta el último aspecto de las inversiones que le habían encargado que hiciera en la Krupp; de su casa en Rhinebeck, parcialmente construida y luego demolida y reconstruida en función de necesidades imprevistas; del hecho de que había sido más listo que su patrón, que a su vez creía haber sido más listo que el consejo de administración de Productos Farmacéuticos Haber; de la colección de caballos que tenía en sus establos y de su picadero con tejado de cristal; de los entresijos diplomáticos intrínsecos a la fundación del banco que su patrón estaba abriendo en Zürich, alentado por la floreciente industria financiera de la ciudad; y de su yate a motor, a bordo del cual navegaba por el Hudson para ir a trabajar en verano a Wall Street. Daba la impresión de que Sheldon confundía el silencio distraído de Helen con admiración muda.
Al cabo de casi dos semanas, la señora Brevoort regresó del sanatorio. La señora Betterley le concedió unos instantes para que mostrara su pesar por el estado de su marido y se lamentara de su futuro incierto antes de hablarle de la nueva amistad de Helen. La señora Brevoort se tomó un momento, como si estuviera rebuscando en su cerebro quién podía ser aquel tal Sheldon Lloyd, antes de preguntar, con un titubeo estudiado, si ese joven no sería por casualidad la mano derecha del señor Rask. La señora Betterley no se dignó a responder a tan pobre actuación, lo que supuso una derrota poco habitual para la señora Brevoort.
Nada más conocerlo, la señora Brevoort ya pudo ver lo impresionado que estaba Sheldon con el linaje de Helen, así como su deseo de unir un apellido antiguo a su dinero nuevo. Y si Sheldon ya se había sentido halagado por el silencio de Helen, ahora le encantó encontrar en la señora Brevoort a alguien que expresaba su admiración de forma inequívoca, profería todas las exclamaciones de asombro esperadas y se sobrecogía en los momentos convenientes. Durante sus banquetes diarios, la mujer no solo se aseguraba de que el joven se sintiera todavía más importante de lo que ya se creía, sino también de que se sintiera a cargo de la situación, concediéndole, por encima de todo, la oportunidad de rescatarlas galantemente de las temibles garras de la guerra. Poco a poco, y por medio de pequeñas y triviales anécdotas, la señora Brevoort se dedicó a hablarle a Sheldon del desorden mental de su marido y de las circunstancias precarias de su hija. Sin embargo, esperó a que faltaran apenas unos días para la partida de Lloyd antes de confiarle, en toda su crudeza lacrimógena, la desesperada situación de la familia. Sheldon, incapaz de sospechar que su caballerosa espontaneidad había sido meticulosamente inducida, se ofreció para llevar a madre e hija hasta Génova y las invitó a embarcarse con él en el Violeta, buque de bandera portuguesa que los transportaría a Nueva York.
La casa de Albany seguía alquilada, y lo cierto era que no tenía sentido someter a Helen a una atmósfera tan provinciana después del tiempo que habían pasado en Europa, ni tampoco subrayar la ausencia del señor Brevoort con la proximidad de sus parientes. Así pues, la señora Brevoort no tuvo problemas para admitir de nuevo a Sheldon en calidad de salvador y aceptar su generosa oferta de permitirles que se quedasen en el apartamento de una difunta tía suya en Park Avenue que no había encontrado el momento de vender.
Las amistades forjadas en el Continente le resultaron ahora muy útiles a la señora Brevoort. No satisfecha con tener abiertas la mayoría de las puertas de Nueva York, también quería abrir las suyas a la ciudad. Las veladas en su nuevo apartamento no tardaron en volverse habituales. Sin darle ninguna relevancia a este hecho, empezó a llevar a Helen a aquellas fiestas. Quienes desconocían sus talentos se preguntaban cómo era posible que alguien con tanto encanto y tan sociable como la señora Brevoort pudiera tener una hija tan reservada, e incluso pensativa: un rumor del que la anfitriona era muy consciente, y que manipulaba para asegurarse de que la inteligencia y complejidad de carácter de Helen causaran una impresión todavía más profunda.
Sheldon Lloyd nunca asistía a aquellos eventos. El hecho de que Catherine y Helen se alojasen en una casa de su familia, añadido a los rumores acerca de la relación estrecha que había desarrollado con madre e hija tanto en Europa como durante su posterior travesía del Atlántico, lo habían llevado a asegurarse —guiado, en parte, por los consejos de la señora Brevoort— de que la gente viera que su auxilio había sido desinteresado. Aun así, durante los paseos intensamente vigilados por chaperones que daban Sheldon y Helen por el parque, la señora Brevoort siempre se aseguraba de mencionar la virtuosa magnanimidad del señor Lloyd y de recordarle que estaban del todo en deuda con él por los actos heroicos con que les había salvado la vida, en el sentido más literal. Durante aquellos paseos, la señora Brevoort tampoco paraba de regresar una y otra vez, de una forma tan casual que su persistencia resultaba bastante imposible de detectar, al esquivo y mítico patrón del señor Lloyd. ¿Era cierto que el señor Rask era rico hasta la omnipotencia? ¿Y de verdad seguía soltero? ¿Cómo era posible? ¿Es que nunca salía? ¿Cuáles eran los gustos y placeres de un hombre tan único? Sheldon estaba encantado de contestar largo y tendido a aquellas preguntas, entendiendo que su propia estatura crecía junto con la leyenda excéntrica y sobredimensionada del financiero. Fue, de hecho, su vanidad la que lo llevó a revelar que el señor Rask era demasiado misántropo (o estaba demasiado inmerso en su trabajo, se corrigió a sí mismo) como para recibir a gente en su casa, de manera que recaía en él, Sheldon, la tarea de organizar suntuosas fiestas de las que el anfitrión casi siempre se ausentaba. Y fue su arrogancia la que lo llevó a invitar a madre e hija a la gala benéfica por la Cruz Roja que se iba a celebrar en casa del señor Rask. Sheldon quería que Helen viera por sí misma la magnificencia con que había organizado la fiesta.
Helen era perfectamente consciente de las maquinaciones de su madre, y se daba cuenta de que, en cuanto esta le encontrara el pretendiente ideal, a ella le iba a tocar aceptarlo. Pese a carecer de ambiciones maritales ni materiales, Helen creía que le debía a su madre un buen matrimonio: era la única oportunidad que tenían de dejar de vivir a expensas de los demás y asentarse de una vez. Sin embargo, aunque no se oponía a las maniobras casamenteras de la señora Brevoort, su aquiescencia laxa dejaba claro que se negaba a formar parte activa de ellas. Su silencio inaccesible, que algunos consideraban una exhibición de petulancia, y su perpetuo ensimismamiento, que se podía confundir con tristeza, no eran formas pasivas de desobediencia, sino manifestaciones de tedio. Era simplemente incapaz de manejar las cortesías y clichés que impulsaban la campaña matrimonial de su madre. Y aquella misma incapacidad la llevaba a darse cuenta de que los fanfarrones como Sheldon Lloyd, que se consumían contemplándose a sí mismos, podían otorgarle de forma paradójica cierto grado de autonomía. Sin embargo, en lugar de darle al obviamente deseoso señor Lloyd el empujón final para que se declarara, la señora Brevoort se dedicaba a mantenerlo a una distancia prudencial, sin dejar de alentarlo de muchas formas sutiles. Helen confiaba en que las argucias de su madre se prolongaran el tiempo suficiente como para acabar produciendo el efecto opuesto al deseado cuando a ella se le pasara la edad de casarse.
Los templos dedicados a la riqueza —con sus liturgias, fetiches y vestiduras— nunca habían conseguido transportar a Helen a un reino más elevado. No la extasiaban. Cuando entró por primera vez en la fastuosa morada del señor Rask, nada le infundió el cosquilleo del deseo, ni tampoco le hizo sentir aquella excitación indirecta y momentánea que producía imaginar una vida desprovista de restricciones materiales. Sheldon las estaba esperando a su madre y a ella junto al sirviente apostado al final de la alfombra roja que bajaba en cascada por las escaleras y discurría de lado a lado de la acera. Envalentonado por su rol de anfitrión por poderes de una de las veladas más espléndidas de la temporada, tomó a Helen del brazo y entró con ella, seguidos por una señora Brevoort molesta por haber sido dejada atrás, y sin acompañante, cuya irritación, sin embargo, no tardó en diluirse en el resplandor de su entorno. Después de que le entregaran sus abrigos a un criado que estaba en la puerta, un mayordomo anunció su llegada, empleando una voz suave pero proyectándola hacia un hombre delgado que permanecía de pie en la orilla de la invisibilidad. La señora Brevoort se las arregló para transmitir una genuflexión por medio de un asentimiento casi imperceptible con la cabeza. Benjamin Rask le devolvió el saludo con la cabeza, o simplemente bajó la vista. Mientras le arreglaba el cabello a su hija en el recibidor de las mujeres, la señora Brevoort le comentó que al señor Rask se lo veía mucho más joven de lo que ella había esperado. ¿Y no era extraño lo incómodo que parecía estar en su propia casa? Supuso que era natural, a fin de cuentas: para llenar un espacio tan enorme hacía falta una personalidad igual de enorme. La llegada de otras invitadas interrumpió su monólogo. Madre e hija pasaron a la sala de estar, donde la señora Brevoort podría haber pasado perfectamente por la anfitriona. Sheldon les estaba contando una historia en voz baja a un grupo de hombres y haciéndolos reír a carcajadas. Helen se retiró a los márgenes en sombras de la sala y allí se quedó hasta que el mayordomo comunicó a Sheldon que la cena estaba servida.