Fortuna

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Obligaciones. Harold Vanner » Dos

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A Helen y a Catherine las colocaron en extremos opuestos de la mesa, al lado del señor Lloyd y del señor Rask respectivamente. Mientras se sentaban, Sheldon le dijo a Helen que, a sabiendas de las ganas que tenía la señora Brevoort de conocer a su anfitrión, estaba seguro de que agradecería aquella oportunidad única de hablar con él (y disfrutaría de ser envidiada por su codiciado lugar a la derecha del señor Rask). Hasta que llegó el pescado, Sheldon se aseguró atentamente de que la conversación girara en torno a Helen y habló a todos sus vecinos de mesa de sus viajes, su talento para los idiomas y su valentía frente a los peligros de la guerra, que debía de haber heredado de sus ilustres ancestros revolucionarios. Para cuando llegó el asado, sin embargo, ya había vuelto su atención hacia sus amigos y colegas, deseoso de hacerlos reír otra vez, y había liberado a Helen para que se quitara de encima con respuestas breves las preguntas que le hacían las bienintencionadas mujeres que la rodeaban. En la otra punta de la larga mesa, su madre monopolizaba la atención del señor Rask. Helen reconoció perfectamente los ausentes asentimientos con la cabeza de su anfitrión, y por tanto le sorprendió, durante los postres, poder captar indicios de interés genuino en su cara, mientras su madre, que ahora parecía haber bajado la voz, seguía hablando. Por fin llegó el momento de que los caballeros se fumaran sus puros mientras las señoras se reunían en la sala de estar. Helen aprovechó la oportunidad para escabullirse y deambular sola por la casa.

Cuanto más se alejaba del bullicio de la fiesta y de las estridentes disposiciones de Sheldon, más cambiaba la casa. Se estaba adentrando en un mundo ordenado y discreto. El silencio poseía una confianza serena, como si supiera que siempre iba a imponerse sin apenas esfuerzo. La ligera frialdad del aire también era un aroma. No eran las muestras visibles de opulencia lo que la impresionaba: los predecibles óleos holandeses, las constelaciones de lámparas de cristal francesas y los jarrones chinos que brotaban en cada rincón. Le llamaban la atención las cosas pequeñas. El pomo de una puerta. Una humilde silla en un recodo en penumbra. Un sofá y el vacío que lo rodeaba. Todas aquellas cosas la impresionaban con su intensa presencia. Se trataba en todos los casos de objetos comunes y corrientes, pero eran genuinos, los originales a partir de los que se habían fabricado todas las copias defectuosas desparramadas por el mundo.

Una sombra vaciló junto a la de ella en el umbral que daba a una sala de estar. Helen se dio cuenta de que su propia silueta proyectada en el suelo expresaba las mismas vacilaciones: el pesar por haber sido vista, la falta de coraje para marcharse, la poca voluntad de dar un paso adelante. Pareció que las siluetas sin rostro se miraban, como deseosas de resolver aquella situación entre ambas, sin tener que importunar a sus dueños. A Helen no le sorprendió ver emerger a Benjamin Rask de la sala de estar.

Incómodos, cruzaron algunas trivialidades. En el silencio que siguió, cambiaron de postura al mismo tiempo. Benjamin se disculpó y señaló un sofá orientado a una ventana. Se sentaron y parecieron más tensos todavía que cuando estaban de pie. Sus reflejos, hundidos a medias en el estanque oscuro que era la ventana del otro lado de la sala, les devolvieron la mirada. Benjamin le dijo a Helen que la señora Brevoort le había hablado de sus viajes. Lentamente, Helen arrastró la punta de su zapato por el grano de la alfombra de seda, dejando una pequeña estela. Benjamin pareció entender que ella no iba a responderle a menos que fuera necesario. Después de una pausa, empezó a contarle que él nunca había viajado ni había salido de la Costa Este; sin embargo, como sentía que no se expresaba con claridad, empezó a interrumpirse a sí mismo incesantemente y por fin dejó de hablar, como si se diera cuenta de que Helen, cuya mirada se dedicaba a examinar la sala por segmentos, no estaba escuchando su embrollada explicación.

Helen borró la estela que había dejado en la alfombra arrastrando el zapato en la dirección contraria. Benjamin la miró y luego desvió la mirada hacia la ventana.

—Yo.

Cuando la pausa fue lo bastante larga como para ser definitiva, Helen se volvió hacia él, sintiendo curiosidad por el resto de la frase. Su incapacidad para terminarla le había endurecido los rasgos.

Sentada en el crepúsculo de aquella sala en silencio, Helen entendió al instante que su madre había triunfado. Supo con total certidumbre que Benjamin Rask la tomaría como esposa, si ella lo aceptaba. Y decidió en aquel mismo momento que lo iba a aceptar. Porque vio que se encontraba, en esencia, solo. En su inmensa soledad, Helen encontraría la suya propia, y con ella la libertad que sus controladores padres siempre le habían negado. Dependiendo de si la soledad de Benjamin era voluntaria o no, su futuro marido le daría la espalda o se mostraría agradecido por la buena compañía que ella intentaría proporcionarle. De una forma u otra, no le cabía duda de que conseguiría influir sobre él y obtener aquella independencia que tanto anhelaba.

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