Fortuna

Fortuna


Obligaciones. Harold Vanner » Tres

Página 7 de 45

TRES

La intimidad puede ser una carga insoportable para quienes, al experimentarla por primera vez después de una vida entera de autosuficiencia orgullosa, de pronto descubren que era lo que le faltaba a su mundo. Encontrar la dicha se vuelve indistinguible del miedo a perderla. Cuestionan su derecho a responsabilizar a otro de su felicidad; se preocupan por que su ser amado pueda considerar tediosa su reverencia; temen que su anhelo les pueda haber distorsionado los rasgos de formas que ellos mismos no alcanzan a ver. Y así, vencidos por el peso de todas estas preguntas y preocupaciones, terminan por doblarse sobre sí mismos, y la felicidad que acaban de encontrar en la compañía se convierte en una expresión más profunda de la soledad que creían haber dejado atrás.

Era ese miedo el que Helen notaba en su marido poco después de su boda. Consciente de que la impotencia suele convertirse en rencor —igual que alguien que se infravalora siempre termina culpando a los demás de su depreciación—, hacía lo que podía para disipar las ansiedades de Benjamin. Por mucho que garantizar la paz de su marido significara en última instancia salvaguardar la suya propia, las motivaciones de Helen no eran del todo egoístas. No había tardado en desarrollar un apego genuino por Benjamin y por sus hábitos callados. Pero como ella también era callada, le costaba encontrar el vocabulario correcto, los gestos apropiados, o incluso los escenarios adecuados para expresar su cariño, que no era rival (y ella sabía que ese era el principal obstáculo) para la timidez de su ardor.

Después de un breve compromiso había venido una boda nada convencional en invierno. La señora Brevoort había intentado sin éxito retrasarla por lo menos hasta principios de primavera. Y sus exclamaciones indignadas también habían sido desestimadas en lo tocante a la ceremonia en sí y a la celebración. Benjamin y Helen se casaron en la misma sala de estar donde habían hablado por primera vez, con la única compañía de Catherine Brevoort y Sheldon Lloyd, que parecía ansioso por disipar cualquier rumor sobre su informal cortejo previo de la novia. Los pocos invitados al almuerzo que siguió a la ceremonia eran amigos o bien de Catherine, o bien de Sheldon. Desde el anuncio de su compromiso, Helen había percibido un cambio general de actitud en todos ellos. Quienes en el pasado se habían molestado en intentar salvar la distancia que Helen siempre había interpuesto entre sí misma y el mundo lo habían hecho sin ninguna ceremonia. Ahora, en cambio, aquella misma distancia se había convertido en símbolo literal de su nuevo estatus. La gente cruzaba de puntillas aquella brecha, intentando confirmar con cada paso vacilante que ciertamente tenían permiso para acercarse a ella. Si antes su silencio se había confundido a menudo con timidez o arrogancia, ahora —ella misma se daba cuenta— se interpretaba como la actitud apropiada en alguien de su posición, y su mal disimulado tedio era repentinamente bienvenido como desapego sofisticado: habría resultado vulgar que mostrara interés por nada. Todo el mundo esperaba que resultara intimidadora, y hasta lo deseaba. Pero Helen no había experimentado plenamente la deferencia remilgada que la rodearía durante el resto de su vida hasta el almuerzo de la boda, donde hizo su primera aparición en calidad de señora Rask.

A la mañana siguiente, los recién casados se reunieron para desayunar casi en silencio. Helen echó un vistazo a su marido desde su lado de la mesa, aliviada tras cerciorarse de que podría soportar noches como la anterior sin dolor físico ni moral. Benjamin, sintiéndose observado, fue especialmente cuidadoso al cascar su huevo, intentando disimular el hecho de que estaba igual de desorientado y avergonzado que al salir del dormitorio de su esposa.

No tenían deseo alguno de viajar; aun así, Benjamin se había tomado dos semanas libres para pasar una breve luna de miel en casa, una circunstancia que les resultaba lo bastante ajena a ambos como para convertirla en unas pequeñas vacaciones. Había periodistas merodeando fuera a todas horas, y algunos habían montado sus cámaras en trípodes al otro lado de la calle, por si acaso la pareja se asomaba a alguna ventana. Helen y Benjamin se paseaban por las habitaciones, haciendo planes vagos y desganados para darles uso. Eso los llevó a la tercera planta. Después de examinar un salón, un estudio y unos cuantos dormitorios, se detuvieron en mitad de un pasillo: un túnel de madera y damasco que amplificaba hasta el más pequeño sonido y en cambio amortiguaba sus voces. Intentando alejar a Helen de la puerta del final del pasillo, Benjamin le dijo que era la única habitación en la que no debían entrar. Helen le preguntó por qué entrecerrando los ojos y ladeando la cabeza. Era una puerta lateral de su despacho, explicó él, e hizo una pausa. Helen no reprimió un ligero suspiro de impaciencia. Apartándose de la puerta, Benjamin le contó que, una vez entraba allí, siempre le costaba salir. Helen, sin embargo, lo rodeó y abrió la puerta para revelar uno de los espacios más grandes de la casa, diseñado para impresionar y abrumar, aunque no era ese el efecto que provocaba porque todo en él se veía inerte y en desuso. Era una sala grande, sí, pero no contenía papeles, archivos, máquinas de escribir ni ningún otro indicio de trabajo real. Y no era solo que el lugar se viera limpio, ya que cuando uno lo miraba de cerca le quedaba claro que no había nada que limpiar. Helen no alcanzaba a entender cómo podía aquella ser la oficina de la que Benjamin afirmaba que no era capaz de salir, hasta que, en un discreto recodo del tamaño de un cuartito, divisó una mesa, y sobre ella, junto a un teléfono, una campana de cristal con un artefacto que al principio confundió con un reloj o un barómetro, pero que enseguida se dio cuenta de que era un ticker de cotizaciones bursátiles. El trozo de alfombra de delante estaba desgastado.

Una vez más, Benjamin intentó alejarse de la oficina, alegando que allí no había nada que ver; una vez más, Helen no se movió. Benjamin, sin mirar para nada a su mujer, se permitió preguntarle si no le resultaban opresivos su nuevo hogar y sus circunstancias. Quizás si hacía unos cuantos cambios en la casa para sentirla más suya, le costaría menos adaptarse a su nueva vida. Sí, seguramente tendrían que hacer algunas reformas, confirmó cuando ella no dijo nada. Helen le tocó el hombro, sonrió y le dijo con calidez serena que a ninguno de los dos les interesaban realmente aquellas cosas. Benjamin no supo cómo recibir el regalo inesperado de su afecto. Helen señaló con la cabeza el ticker y, antes de abandonar la sala, dijo que lo vería para la cena.

Durante la guerra, Helen había sido incapaz de ponerse en contacto con su padre en la clínica del doctor Bally en Suiza. En cuanto se restablecieron las comunicaciones, poco después de su boda, se quedó petrificada al enterarse, gracias a una breve carta en alemán recibida en respuesta a su última petición de información, de que el señor Brevoort había abandonado el sanatorio poco después de que lo internaran. No había dejado ningún aviso, simplemente se había esfumado en pleno día, durante las actividades en el jardín. El personal había emprendido una búsqueda exhaustiva por las inmediaciones, pero no lo habían encontrado. El médico que firmaba la carta lamentaba comunicar con tanto retraso aquella triste noticia, y explicaba que, aun en el caso de que la guerra no hubiera interrumpido el servicio de correos, hasta el momento de recibir la carta de la señora Rask no habían tenido la dirección de ningún pariente.

Helen no se acordaba de la última vez que había llorado, y en ese momento lloró por razones que al principio no pudo entender. La parte de ella ajena al dolor comprendía que era natural llorar la pérdida de un padre, y casi pensaba que sus lágrimas eran resultado de un reflejo innato que en realidad no tenía nada que ver con sus emociones. Y a aquella misma parte de ella también le producía una clara sensación de alivio saber que su padre había desaparecido, junto con sus dogmas inflexibles y su molesta locura. Pero ¿adónde había ido? Y cuando se hizo esa pregunta, el dolor la envolvió por completo. Lo podía haber matado el fuego de obuses o una bala perdida; podía haber muerto de frío; podía haber sucumbido al hambre. Pero también podía estar vivo, deambulando como un loco babeante por la campiña o mendigando por ciudades cuyos idiomas no hablaba. O podía haberse recuperado de alguna manera y haber empezado una familia nueva, tomando el recuerdo confuso de su hija por una de las alucinaciones que lo habían atormentado durante su enfermedad. En el sentido más absoluto de la palabra, Helen había perdido a su padre.

En cuanto Benjamin se enteró de que el señor Brevoort había desaparecido, se puso en contacto con sus socios en Europa y les dio instrucciones para que contrataran a investigadores y peinaran el continente entero. Helen sabía que no serviría de nada, pero le dejó proceder como si la estuviera ayudando. Al mismo tiempo que le daba las gracias, también le pidió que no le contara la noticia de la desaparición a su madre, que por fin estaba feliz y a salvo después de tantos años de incertidumbre. La intención oculta de Helen, sin embargo, era ver si la señora Brevoort volvía a sacar a colación a su marido alguna vez. No fue el caso.

Catherine Brevoort se había instalado de forma permanente en el apartamento de Park Avenue, que Benjamin le había comprado a Sheldon Lloyd para ella. Después de la boda de Helen, sus horizontes sociales se habían expandido de forma considerable, y sus fiestas se habían vuelto más exitosas. Estaba claro que la mayoría de los recién llegados a sus veladas asistían a ellas con la esperanza de conocer al esquivo yerno de la señora Brevoort. Y había que reconocerle a Catherine que aquellos invitados seguían frecuentando su salón aun después de que quedara claro que allí nunca iban a ver al señor y la señora Rask. Helen había dejado de ir a las reuniones de su madre tan pronto como se mudó con Benjamin, no solo porque nunca le habían gustado los eventos sociales, sino también porque desde el compromiso el trato con su madre le había resultado cada vez más difícil. Sabía que las excentricidades en las que estaba incurriendo en los últimos tiempos la señora Brevoort, su espléndida frivolidad, su calculada impertinencia y su conducta gratuitamente ostentosa no eran simples manifestaciones de felicidad desatada, sino actos de una especie de agresividad festiva dirigidos de forma directa contra Helen, tanto a modo de desafío como de lección: «Esta es la vida que deberías estar llevando». Las declaraciones más elocuentes de aquel monólogo implícito de su madre llegaban en forma de facturas y recibos. Las fiestas de la señora Brevoort (y su guardarropa, y su mobiliario, y sus arreglos florales, y sus coches de alquiler) se habían vuelto considerablemente extravagantes, y todas las facturas se mandaban a la oficina de Benjamin. Nunca se rechazaban, y ni siquiera se cuestionaban, pero Helen siempre se las reenviaba después de pagarlas, y las guardaba como si fueran una colección de cartas unilaterales de su madre.

En sus primeros años de casado, la fortuna de Rask experimentó un crecimiento inhabitual. Al frente de su compañía emprendió un volumen asombroso de operaciones en una gama amplísima de instrumentos, y haciendo gala de una precisión que a muchos de sus colegas les resultaba inaudita. No es que aquellas transacciones fueran necesariamente unos golpes maestros espectaculares, pero puestas todas juntas, sus márgenes a menudo estrechos de beneficios sumaban unas cifras formidables. Wall Street estaba perpleja ante el ojo clínico de Rask y ante lo sistemático de sus estrategias, que no solo conducían a ganancias continuas, sino que también eran un ejemplo de la elegancia matemática más rigurosa, de una forma impersonal de belleza. Sus colegas lo consideraban clarividente, un sabio provisto de talentos sobrenaturales que simplemente nunca perdía.

Fue en aquella época cuando Helen empezó a entender algo en lo que Benjamin ya había reparado hacía mucho tiempo: que toda privacidad requiere una fachada pública. Como parecía inevitable mantener alguna apariencia de vida social, decidió hacer buen uso de la suya. En vez de seguir los pasos de su madre, muy acordes con el espíritu risueño de aquellos tiempos, se involucró en numerosas iniciativas filantrópicas. Durante los años siguientes, aparecieron por todo el país hospitales, salas de conciertos, bibliotecas, museos, refugios y departamentos universitarios que llevaban el apellido Rask.

Al principio la filantropía solo había formado parte de la fachada social de Helen. Con el tiempo, sin embargo, desarrolló un interés genuino por el mecenazgo cultural. Desde su boda, había gozado de libertad para dedicarse a su amor por la literatura, heredado de su padre y cultivado posteriormente durante sus viajes por Europa. Le interesaban en particular los autores vivos, aunque de entrada se negaba a conocerlos, consciente de que la distancia entre la obra y la persona solo la podía ocupar la decepción. Pero a cambio de su apoyo, muchos de aquellos escritores empezaron a ofrecerle sus consejos y a sugerirle causas dignas de su generosidad. No parecía razonable desoír aquellas recomendaciones. Con su ayuda, sacó el máximo partido de sus iniciativas filantrópicas, y de paso expandió su radio de acción. Le presentaron a los artistas, músicos, novelistas y poetas más destacados de su tiempo. Y para su gran sorpresa, empezó a esperar con ganas sus encuentros con aquellos recién conocidos. La conversación nunca había sido uno de los placeres de Helen. Ahora, en cambio, en presencia de los interlocutores adecuados, disfrutaba del ingenio verbal, de la erudición sagaz y del talento para la improvisación que se desplegaba en sus diálogos, pese a que prefería escuchar a unirse a los debates (para registrar más tarde los momentos más animados e inspiradores en su diario, que para entonces ya abarcaba varios gruesos volúmenes). No le pasaba por alto que, uniendo su pasión por las artes con sus iniciativas benéficas, estaba reconciliando el fervor intelectual de su padre con las habilidades sociales de su madre.

Por mucho que disfrutara trabajando con artistas, la causa que le resultaba más grata era la investigación y el tratamiento de las enfermedades psiquiátricas. Encontraba desconcertante e inexcusable que las ciencias médicas, que tanto habían progresado en todos los terrenos, se hubieran quedado tan negligentemente rezagadas en lo tocante a los desórdenes mentales. A este fin, trabajaba de forma estrecha con su marido, que siempre había manifestado un enorme interés por los sectores químicos y farmacéuticos y había hecho grandes inversiones en ellos durante la guerra. Era el accionista mayoritario de dos compañías farmacéuticas americanas y también poseía una participación importante en la alemana Productos Farmacéuticos Haber, que Sheldon Lloyd le había ayudado a obtener poco antes de conocer a Helen en Zürich. El desarrollo de medicaciones eficaces para el amplio espectro de afecciones psiquiátricas, que hasta entonces se habían tratado con poco más que morfina, hidrato de cloral, bromuro de potasio y barbital, se volvió prioritario para aquellas compañías. La multitud de soldados que regresaban del frente con profundas cicatrices psicológicas y señales claras de trauma mental —y sin terapias adecuadas para tratar sus síntomas— le confería una urgencia especial a esa investigación.

Helen y Benjamin dedicaban un tiempo considerable a leer los informes de sus empresas y a reunirse con científicos. Como ambos poseían mentes depredadoras (ágiles, rápidas, voraces), aprendieron deprisa. Pronto fueron capaces de leer abstrusos trabajos de investigación y tratados académicos y de hablar de ellos con conocimiento de causa. Su deseo de aprender sobre las innovaciones más recientes en el campo de la química era sincero, pero también es cierto que ambos persistían en aquella dirección porque en la farmacología habían encontrado por fin un interés compartido, un tema del que podían conversar apasionadamente, maravillándose al mismo tiempo de la pericia intelectual del otro.

Ya desde los primeros días de su noviazgo, los dos habían admirado recíprocamente su inteligencia y, más todavía, aquel talento que compartían para entender los silencios y espacios vacíos que constituían el elemento natural de ambos. Mientras Benjamin se abstraía con su trabajo, Helen quedaba libre para ensanchar el horizonte de su mundo literario. Todas las semanas recibía cajas y arcas llenas de libros, para los que tuvo que hacer espacio. En una de las dos únicas reformas que hizo en su casa empezó por deshacerse de los libros con encuadernaciones decorativas de cuero marroquí de la biblioteca, cuyos lomos con baño de oro nunca se habían abierto. Helen llenó los estantes de sus volúmenes personales y creó una sala de lectura real. Cuando se le terminó el espacio, derribó dos paredes; cuando su colección se volvió imposible de gestionar, contrató a un bibliotecario. En aquella biblioteca ampliada, empezó a organizar lecturas, conferencias y reuniones informales.

El otro cambio que introdujo en la casa consistió en convertir una de sus salas de estar en un pequeño auditorio. Casi por azar, Helen y Benjamin habían descubierto que a los dos les gustaban los conciertos. Lo que había empezado como solución de compromiso —se habían dado cuenta de que la música en vivo era la estrategia perfecta para que se los viera «en público» sin tener que entablar conversaciones inanes para llenar vacíos incómodos— se transformó en pasión. Mientras ambos empezaban a desarrollar cierto gusto por la música de cámara, tradujeron aquel principio a su propia relación. Organizaban recitales privados en su casa, y en aquellas ocasiones podían estar juntos, en silencio, compartiendo emociones de las que no eran responsables y que no aludían directamente a ellos dos. Y por el hecho mismo de estar tan controlados y mediados, aquellos se convirtieron en los momentos más íntimos de Benjamin y Helen.

Sus conciertos vespertinos se volvieron una especie de leyenda en la comunidad musical y fuera de ella, tanto por el calibre de los intérpretes a los que atraían como por lo limitado y selecto que era el público. A los recitales mensuales nunca se invitaba a más de dos docenas de personas, y sin embargo una gran parte de la sociedad neoyorquina afirmaba asistir a ellos con regularidad. Algunos de los invitados eran hombres de negocios que tenían que soportar a Brahms para que su anfitrión no tuviera que soportar las charlas informales. La mayor parte del público, sin embargo, se componía de las nuevas amistades de Helen: otros músicos y escritores. Durante las primeras temporadas, se desincentivaba claramente la socialización tras las actuaciones. Al apagarse los aplausos, Helen daba gracias a los intérpretes y al público, después de lo cual su marido y ella eran los primeros en marcharse. Sin embargo, a medida que se ampliaba la obra filantrópica de Helen, era inevitable que se solapara con sus series de conciertos. Al terminarse un recital de lieder, algún escritor del público buscaba a Helen para terminar una conversación sobre el programa de una biblioteca; después de un ciclo de sonatas, alguno de los intérpretes la abordaba para hacerle saber que había una orquesta necesitada de mecenazgo; tras un quinteto de clarinete, algún joven compositor, consciente de que era poco probable que fuera a poner un pie en aquella casa nunca más, hacía acopio de valor para pedirle su patrocinio. Con el tiempo, aquellas conversaciones se alargaron hasta integrarse en el programa. Helen empezó a servir jugos de frutas después de las actuaciones —la Prohibición no influía para nada en los hábitos inherentemente sobrios de la casa—, y la gente permanecía allí hasta la medianoche. Benjamin nunca se quedaba a aquellos cócteles abstemios, que llegaron a ser casi igual de míticos que los conciertos en sí, y era siempre el primero en dar las buenas noches a todos.

La disciplina, la creatividad y una regularidad digna de una máquina eran factores esenciales en el nuevo nivel de éxito de Rask, aunque no los únicos. Su prosperidad iba a la par del bullicioso optimismo del momento. El mundo nunca había experimentado nada parecido al crecimiento de la economía americana en la década de 1920. La manufactura había alcanzado su punto culminante en la historia, y también los beneficios. Las cifras de empleo, ya pujantes, iban al alza. La industria automovilística a duras penas podía satisfacer la demanda insaciable de velocidad que se había adueñado de la nación entera. Los prodigios industriales de la época se publicitaban de costa a costa por esas radios que todo el mundo quería tener. A partir de 1922, la tasación de los valores financieros pareció ascender en sentido vertical. Si antes de 1928 poca gente creía posible que cinco millones de acciones cambiaran de manos en un solo día en la Bolsa de Nueva York, al acabar el segundo semestre de aquel año, aquel techo ya casi era el suelo. En septiembre de 1929, el índice Dow cerró con su máximo histórico. Más o menos por entonces, el profesor de Yale Irving Fisher, la mayor autoridad del país en economía, declaró que los precios de las acciones habían «alcanzado […] una estabilidad permanente».

Gracias a la supervisión indulgente del gobierno, y a su reticencia a interrumpir aquel maravilloso sueño colectivo, había oportunidades para todo el que las viera y las deseara. A través de sus bancos, por ejemplo, Rask pedía dinero a la Reserva Federal de Nueva York a un cinco por ciento de interés, solo para prestarlo en los mercados concertados al menos a un diez e incluso a un veinte por ciento. Se daba el caso de que, por entonces, el comercio con márgenes de depósito —comprar acciones con dinero prestado de agencias de corretaje usando aquellos mismos valores como aval— pasó de mil a siete mil millones de dólares, señal obvia de que el público se había puesto a invertir en masa y de que la gente, que en su mayoría no conocía el mercado, estaba especulando con un dinero que no tenía. Pese a todo, de alguna forma Rask parecía ir siempre un paso por delante. Su primer fondo de inversión se constituyó por lo menos media década antes de que proliferara aquella clase de instituciones a finales de los años veinte. Como recompensa a su fama de genio financiero, Rask tenía una cartera valorada muy por encima del precio de mercado de las acciones que contenía. Y no solo eso, sino que, gracias a su doble condición de banquero de inversiones y patrocinador de diversos fondos de inversión, tenía la capacidad de producir una parte de las mismas acciones que vendía, y emitía acciones ordinarias que compraba en su totalidad (o bien distribuía entre sus inversores de confianza) y después vendía al público por precios hasta un ochenta por ciento superiores al original de adquisición. Siempre que quería evitar el escrutinio de la Bolsa de Nueva York, negociaba en San Francisco, Buffalo o Boston.

Todo hombre y mujer se sintió con derecho a ser partícipe de la prosperidad que reinó durante los diez años posteriores a la guerra y a disfrutar de los prodigios tecnológicos que esta trajo. Y Rask contribuyó a fomentar aquella sensación de posibilidades ilimitadas creando nuevas instituciones de crédito y bancos que ofrecían dinero en condiciones tentadoras. Aquellos bancos (entre los cuales a veces se promovía una rivalidad ficticia para atraer clientes) no se parecían en nada a los augustos organismos marmóreos con sus empleados almidonados que llevaban generaciones intimidando a sus clientes. Al contrario, eran espacios acogedores con cajeros amables, y siempre existía una manera de conseguir un préstamo para comprar un automóvil, una nevera o una radio. Rask también experimentaba financiando líneas de crédito y planes de pago a plazos para tiendas, a fin de que estas pudieran ofrecer aquellas opciones de pago directamente a sus clientes. Con todas aquellas deudas incontables y a veces nimias (las de sus servicios de préstamo, pequeños bancos y distintas empresas de crédito) se hacían paquetes que se vendían al por mayor como valores. En suma, Rask vio que la relación con el cliente no se terminaba con la compra del producto: de aquella transacción se podía extraer más beneficio.

También creó un fondo de inversión diseñado exclusivamente para el trabajador. Para empezar bastaba una pequeña cantidad, los pocos cientos de dólares de una humilde cuenta de ahorro. El fondo cubría aquella suma (y a veces la doblaba o la triplicaba) para después invertirla en su cartera y usar aquellas acciones como aval. De aquella manera, cualquier maestro o granjero podía liquidar su deuda en cómodos pagos mensuales. Si todo el mundo tenía el derecho a hacerse rico, sería Rask quien se lo otorgaría.

En lo más alto y lo más bajo de aquel periodo de bonanza, es decir, durante las rachas de negocios frenéticos promovidas o bien por el optimismo, o bien por el pánico, no era infrecuente que los tickers no pudieran seguir el ritmo de los mercados. Si el volumen de compraventa era lo bastante grande, el retraso podía ser de más de dos horas, lo cual provocaba que la cinta de cotizaciones ya estuviera obsoleta cuando salía de la máquina. Pero era en aquellos momentos de oscuridad máxima cuando realmente prosperaba Rask, como si solo pudiera alcanzar las mayores alturas volando a ciegas. Eso contribuyó en buena medida a su condición de leyenda.

La velocidad a la que Benjamin aumentaba su fortuna, y la sabiduría con que Helen la distribuía, se percibían como las manifestaciones públicas del estrecho vínculo que los unía. Esto, junto con su talante esquivo, los convertía en criaturas míticas en la misma sociedad de Nueva York que ellos tanto desdeñaban, y su indiferencia incrementaba todavía más su fantástica estatura. Su vida familiar, sin embargo, no se correspondía con la fábula de una pareja armoniosa. La admiración que sentía Benjamin por Helen bordeaba el temor. La veía tan insondable e intimidatoria que la deseaba con una modalidad mística y en gran medida casta de lujuria. La inseguridad, un sentimiento que antes de su boda jamás lo había visitado, ahora se incrementaba año tras año. Si en el trabajo siempre se mostraba resuelto y lleno de confianza, en casa se volvía indeciso y tímido. Urdía intricadas conjeturas en torno a ella, entretejidas con forzados vínculos causales que enseguida se expandían en forma de enormes redes de suposiciones, que luego deshilaba y volvía a tejer siguiendo patrones distintos. Helen notaba aquella inseguridad y trataba de tranquilizarlo. Pero por mucho que lo intentaba (que no era poco), era incapaz de corresponder plenamente a los sentimientos de Benjamin. Aunque la impresionaban sus logros profesionales y la conmovía su devoción, y aunque siempre se mostraba amable, atenta y hasta cariñosa con él, había una fuerza pequeña pero inevitable, muy parecida a la repulsión entre dos imanes, que la llevaba a apartarse de forma proporcional a los acercamientos de su marido. Jamás se mostraba cruel o despectiva con él; al contrario, era una compañera considerada y afectuosa. Aun así, desde el mismo principio, Benjamin se dio cuenta de que faltaba algo. Y, consciente de que él lo sabía, Helen intentaba compensarlo de muchas formas atentas pero insuficientes. En aquellas ocasiones, Benjamin siempre experimentaba una emoción incompleta.

Alrededor de aquel núcleo de incomodidad silenciosa, lograron construir un matrimonio fuerte. Quizás una parte de aquella fuerza venía precisamente de ese vacío disonante y de la voluntad que mostraban ambos de compensarlo. Los dos sabían que, a pesar de sus diferencias, estaban en gran medida hechos el uno para el otro. Hasta que se encontraron, ninguno de ellos había conocido a nadie dispuesto a aceptar sus idiosincrasias sin cuestionarlas. Todas las interacciones en el mundo exterior habían implicado siempre alguna solución de compromiso. Ahora, por primera vez, experimentaban el alivio de no tener que adaptarse a las exigencias y protocolos inherentes a la mayoría de esos intercambios, ni tampoco dedicar una parte de su atención a la incomodidad que prevalecía siempre que se negaban a seguir aquellas convenciones. Y lo que era más importante, habían descubierto en su relación el placer del aprecio mutuo.

Aunque los Rask nunca dejaron de ser un enigma que cautivaba al círculo inmediato de personas que los rodeaban, la atención pública disminuía a un ritmo proporcional a la distancia a su centro. Las crónicas puramente ficticias de la vida de la pareja que se publicaban en las páginas de sociedad y en la prensa sensacionalista fueron menguando y volviéndose esporádicas y por fin se extinguieron; el enjambre de fotógrafos que merodeaba en torno a la casa familiar se dispersó; las escasas filmaciones llenas de grano de los recién casados, usadas una y otra vez en fantasiosos reportajes, desaparecieron de los noticiarios. Debido a sus intereses mercantiles en perpetua expansión, Benjamin aparecía de forma habitual en la prensa, pero al cabo de un año las menciones a la señora Rask habían desaparecido, excepto por alguna referencia a su obra benéfica. Sola en la casa (las horas que pasaba Benjamin en la oficina se alargaron todavía más), generalmente desapercibida en las calles, y tras encontrar por primera vez a un grupo de gente afín con quien parecía posible la amistad, Helen estaba viviendo por fin la clase de vida que siempre le había parecido inalcanzable.

A pesar de que inicialmente Benjamin había deseado un sucesor, no veían necesidad de cuestionar ni de discutir las razones por las que no tenían hijos.

En general preferimos creer que somos los sujetos activos de nuestras victorias pero solo los objetos pasivos de nuestras derrotas. Triunfamos, pero no somos realmente nosotros quienes fracasamos: nos arruinan unas fuerzas que están fuera de nuestro control.

Durante la última semana de octubre de 1929, la mayoría de los especuladores —desde los poderosos financieros del downtown de Manhattan hasta el ama de casa aficionada que comerciaba con acciones en la Bolsa de San Francisco— tardaron apenas unos días en pasar de ser los agentes de su propio éxito, sin nada a lo que dar gracias más que su propia perspicacia y su voluntad infatigable, a ser víctimas de un sistema profundamente defectuoso y quizás incluso corrupto, el único responsable de su defenestración. Una caída en los índices, una epidemia de miedo, un frenesí de ventas impulsado por el pesimismo, una incapacidad generalizada para responder a las llamadas a reponer la garantía… Sea lo que sea lo que causó el desplome que a su vez se convirtió en pánico, una cosa estaba clara: ninguno de los que habían contribuido a inflar la burbuja se sentía responsable de su estallido. Eran las víctimas inocentes de un desastre que casi parecía natural.

Igual que había pasado en el Pánico de 1907, durante toda la semana del crac de 1929 los directores de los mayores bancos del país, junto con el director de la Reserva Federal de Nueva York y los presidentes y accionistas mayoritarios de los principales fondos de inversión y agencias de corretaje, celebraron reuniones secretas en busca de la mejor estrategia para apuntalar el mercado. Una vez más, como en 1907, la biblioteca de Morgan fue el escenario de noches enteras de conversaciones, esta vez presididas por el hijo de Pierpont, Jack. Una vez más, se convocó a Rask para que prestara su consejo y su ayuda material. Y una vez más, Rask rechazó la invitación.

Pese al apoyo organizado de los banqueros, la intervención de los industriales y las declaraciones de los políticos y académicos que aseguraban una y otra vez que las condiciones del mercado eran «fundamentalmente sólidas», las acciones se siguieron desplomando. El lunes 21 de octubre se vendieron más de seis millones de acciones, un récord absoluto que dejó los tickers del país dos horas desfasados. Aquel volumen histórico se quedaría en nada en comparación con la histeria de los días siguientes. El jueves 24 se vendieron trece millones; el martes 29, más de dieciséis. Los tickers funcionaban con casi tres horas de retraso. Las multitudes abarrotaron Wall Street y se congregaron en las puertas de bancos y corredurías de todo el país. A medida que los fondos de inversión naufragaban y se devoraban a sí mismos, se produjo un maremoto de órdenes de venta sin compradores. Aquella ola rompió de forma inevitable, dejando tras de sí un océano estancado de acciones invendibles y un mercado en ruinas.

Solo un hombre pareció salir indemne de la catástrofe. Los perplejos colegas de Rask tardaron unos días en darse cuenta de la magnitud real de su situación. Pronto les siguió la prensa. Rask no solo había capeado la tormenta sin sufrir daños: de hecho, se había aprovechado colosalmente de ella. De forma discreta y a través de sus subsidiarias, y durante los meses de verano previos al desplome, había empezado a liquidar sus posiciones y a comprar oro, un activo que, atraído y devorado por la especulación, se había vuelto tan escaso en Wall Street como en Londres. Lo que llamaba todavía más la atención era la forma tan precisa en que había estado vendiendo al descubierto cantidades enormes de acciones de las mismas empresas que más tarde se verían especialmente perjudicadas y hasta destruidas por la crisis. Había negociado préstamos fragmentados de acciones a una miríada de agentes de bolsa cuando estaban en sus valores máximos y las había vendido de inmediato, mientras aún seguían en la cúspide. Como si hubiera sabido que el mercado se hundiría, simplemente había esperado a que aquellas mismas acciones tocaran fondo, las había vuelto a comprar a precios irrisorios y se las había devuelto ahora sin valor a los mismos agentes, obteniendo unos beneficios colosales. Había algo escalofriante en el rigor sistemático con que había procedido, desde la elección de las compañías hasta los tiempos y la discreción de sus operaciones. Entretanto, mientras la operación estaba en marcha, se había desvinculado por completo de aquellas deudas convertidas en paquetes y vendidas como valores: todo ello se vendría abajo poco después. Incluso se había deshecho de todos sus fondos de inversión, incluido aquel que había diseñado para los trabajadores. El miércoles 23 de octubre, una avalancha descomunal de órdenes de venta inundó el recinto de la bolsa. Nadie sabía de dónde venía aquel alud, pero al cerrar Wall Street, solo dos horas más tarde, el mercado había caído más de veinte puntos. El día siguiente sería recordado como el Jueves Negro. Cinco días más tarde, el Martes Negro, el índice Dow cayó ochenta puntos; para entonces, las acciones ya se habían devaluado por una cantidad equivalente a la mitad del producto nacional bruto.

En medio de la desolación generalizada, entre los escombros, Rask era el único superviviente. Y más poderoso que nunca, ya que la mayor parte de las pérdidas de los especuladores habían sido ganancias para él. Siempre se había beneficiado del caos y la confusión, tal como había demostrado una y otra vez con sus magistrales operaciones durante los retrasos de los tickers, pero lo sucedido en los últimos meses de 1929 no tenía precedente.

En cuanto quedó clara esta situación, el público no tardó en reaccionar. Era Rask quien había diseñado todo aquel hundimiento, dijo la gente. Con astucia, había fomentado un apetito temerario por unas deudas que él siempre había sabido que no se podrían pagar. Con sutileza, se había quitado de encima sus acciones y había hecho caer el mercado. Con picardía, había filtrado rumores y alimentado la paranoia. Sin piedad, había hundido Wall Street y controlado el hundimiento con su avalancha de ventas en la víspera del Jueves Negro. Todo —las caídas del mercado, la incertidumbre, el pesimismo que había llevado a vender por pánico y en última instancia el desplome que arruinaría a multitudes— había sido orquestado por Rask. La mano tras la mano invisible era la suya.

A pesar de los discursos incendiarios, de las caricaturas en las revistas y periódicos (donde a Rask lo representaban casi siempre como vampiro, buitre o cerdo) y de la proliferación de artículos de investigación turbios o directamente inventados sobre su carrera, nadie en su sano juicio creía que un solo hombre pudiera hundir la economía entera de un país, y de paso, también, la de la mayor parte del mundo. Sin embargo, a todo el mundo le resultaba conveniente tener un chivo expiatorio, y aquel excéntrico ermitaño daba el perfil perfecto. Aun así, aunque la crisis no la hubiera diseñado él, no cabía duda alguna de que Benjamin Rask había obtenido de ella unos beneficios incalculables. En los círculos financieros del mundo entero, e incluso entre las legiones de enemigos que se había ganado, aquello lo elevó hasta unas alturas divinas.

Querida Helen:

Sabes lo ocupada que he estado con el trabajo: charlas, reseñas, artículos et tedious caetera. Todo parece conspirar contra mi escritura. Y necesito terminar este manuscrito. Lo siento muchísimo, pero me voy a tener que retirar del programa de lecturas de tu encantadora biblioteca para el resto de la temporada. Por favor, deséame suerte con esta condenada novela mía.

Un cordial saludo,

WINNIE

Querida señora Rask:

Confío en que estas líneas la encuentren bien de salud. Llevo unos tres años organizando una serie de conciertos para la clase trabajadora de Cataluña, con la intención de llevar a los mejores solistas y directores del mundo hasta los obreros, agricultores y estudiantes. Esa Asociación Obrera de Conciertos la financio dando recitales privados, como el que iba a ofrecer en casa de usted la semana que viene. Tras enterarme recientemente de más detalles de la terrible crisis que ha sacudido en los últimos meses su país, sin embargo, me parece que el silencio es más pertinente que la música. A través de este silencio, confío en rendir homenaje al sufrimiento de los hermanos y hermanas americanos de los obreros catalanes a quienes estaba destinado en última instancia el recital de la semana que viene. Confío en que usted y sus invitados me perdonen esta cancelación de último minuto.

Atentamente,

P. CASALS

Querida señora Rask:

Muchas gracias por su carta. Me encantaría poder pagarle por el apoyo que me ha brindado durante este último par de años. Pero, como ya sabe, mi editorial ha quebrado y en general no hay trabajo. Ahora que lo pienso, quizás a fin de cuentas YA LE HE PAGADO.

No me parece mala idea hacerme granjero y cultivar mi comida. Y si eso falla, albañil. Y si eso falla, me iré a Hollywood y escribiré para el cine. Aunque quizás llegue antes la revolución.

Un saludo cordial a usted y a su marido,

PEP

Señora Rask:

Quizás tenga usted la amabilidad de ayudarme a resolver una disputa que tuve el otro día con unos colegas poetas. ¿Dónde cree usted que habría alojado Dante a los sabios de Wall Street? ¿En el cuarto círculo del Infierno o en el octavo? ¿Codicia o fraude? De hecho, este podría ser un tema interesante para uno de sus próximos salones literarios. Por favor, dígame lo que piensa, si le sobra un momento. Y si no le sobra un momento, aceptaré diez centavos.

Suyo de muchas maneras,

SHELBY WALLACE

Querida H:

Perdón por cancelar en el último momento. Resfriado terrible. Suerte con la lectura de mañana.

Con afecto siempre,

MAUDE

Durante los meses siguientes al crac, todo el aire fue extraído de la casa, dejando tras de sí un vacío tenso y agudo. Era como si la realidad misma, con independencia de las percepciones de la gente, se hubiera quedado aturdida. Los que rodeaban a Helen simplemente se esfumaron. No todos. Quienes siempre habían intentado arrimarse a ella solo para estar más cerca de Benjamin vieron una oportunidad en la indignación pública y se presentaron a sí mismos como partidarios suyos a ultranza, lo bastante valientes y leales como para capear la tormenta del lado de sus difamados amigos. A Helen nunca le había importado aquel contingente servil, y tampoco le importaba ahora. Eran sus conocidos más recientes quienes se habían marchado en masa. Sin los escritores y músicos que habían ampliado su mundo en los últimos años, se volvió a encontrar en el silencioso escondite interior que la había cobijado durante su infancia y primera juventud, y obtuvo consuelo en sus antiguos hábitos solitarios, en sus libros, sus diarios y sus paseos. En el pasado había creído que aquel espacio interior suyo era igual de enorme y serenamente inexplicable que un cosmos. Ahora, en cambio, le parecía estrecho y plano. Ninguno de quienes impartían sus lecturas y conciertos, ni tampoco de quienes asistían a ellos, se había convertido realmente en amigo suyo, pero todos juntos, como grupo, habían llegado a ser una presencia necesaria en su vida. Le había perdido el gusto a la soledad.

Mientras la ciudad se hundía en la depresión posterior al crac, a Helen le empezó a costar cada vez más salir de casa. Sabía que apartar la vista de las familias sumidas en la miseria, las colas del pan, las tiendas cerradas y la desesperación presente en todas las caras demacradas era una forma burda de autocomplacencia, pero también entendía que la angustia que sentía al hacer frente a aquella siniestra realidad era otro de sus privilegios. Helen tenía que reconocer aquella paradoja cada vez que salía a pasear, hasta la que se convirtió en su última excursión al sur del parque. Aquella tarde experimentó algo distinto. Todo empezó con una opresión cóncava en el pecho. Una perturbación en el aire. Fue incapaz de entender qué le estaba provocando aquel terror hasta que se dio cuenta de que se sentía observada. Miradas. Ceños fruncidos. Susurros. Por todas partes. Muecas. Insultos. Palabras masculladas. Por todas partes. Resultaba verosímil, e incluso era de esperar, que hubiera gente que la reconociera y la despreciara. Pero ¿todo el mundo? El odio resonaba en cada ruido: cada bocina, cada silbido y cada grito era un insulto. El odio manaba de cada ventana: sentía miradas de ojos entrecerrados que se clavaban en ella detrás de cada cortina y cada cristal tornasolado por el sol. El odio se retorcía en cada mueca y en cada ademán; todo transeúnte era un juez implacable y obsceno. ¿Acaso la mujer de las maletas de cartón la había escupido al cruzar la calle? ¿Acaso aquel vendedor de periódicos había mascullado aquellas palabras brutales entre un extra y un titular? ¿Acaso aquellos hombres se habían hecho señas para seguirla? Por primera vez, y a plena luz del día, la poseyó la misma clase de terror que tan a menudo había poblado sus noches desde la infancia. Sabía que una parte de la hostilidad que sentía al caminar por la Avenida Lexington debía de existir —como sucedía durante sus noches de insomnio— solo en su mente. Pero estaba claro que casi toda era real. Su incapacidad para distinguir entre ambas era lo que más pánico le causaba. El mundo se volvió borroso; todos los sonidos se tornaron ecos; la sangre se le diluyó; el aire se espesó demasiado. Todo era un hormigueo.

Más tarde tendría el vago recuerdo de haber vuelto a casa a toda prisa, con la falda y los zapatos obligándola a trotar ineficazmente sobre los charcos. Risas.

Helen estaba dispuesta a aceptar las causas reales del ataque de pánico que había estado a punto de pulverizarla aquella tarde, y también a expiarlas. Pagaría por el sufrimiento que había contribuido a enriquecer a su marido de forma desmesurada. Su confinamiento en casa formaba parte de su castigo, aunque era consciente de que aquella reclusión estaba motivada en gran medida por el miedo y la vergüenza, y por tanto le resultaba conveniente. Aun así, pese a que casi nunca salía, trabajaba sin descanso y se entregaba por completo a su obra filantrópica. Creaba incontables puestos de trabajo mediante la construcción de residencias nuevas por todo el país (que luego prácticamente regalaba a familias sin hogar), reabría fábricas y talleres cuya producción entera a veces compraba (y repartía de forma gratuita), concedía créditos sin interés a negocios que prometieran mantener las puertas abiertas (sin exigir nunca su devolución). Y todo esto lo hacía de forma tan anónima como le era posible.

La fortuna de Benjamin era tal que le permitía financiar las iniciativas altruistas de su mujer sin pensarlo demasiado. Completamente impasible a la realidad que lo rodeaba, no sentía necesidad ni tampoco obligación moral alguna de ayudar a nadie. Su vida, siempre circunscrita a su oficina y a su casa, permanecía inalterada. Para él, la recesión no era más que un acceso saludable de fiebre, tras el cual la economía se recuperaría, más fuerte que nunca. Creía que el crac había sido una lanceta aplicada a un absceso. Era necesaria una buena sangría para eliminar la hinchazón y que el mercado pudiera encontrar su verdadero fondo y reconstruirse sobre unos cimientos sólidos. Incluso había declarado públicamente que, dado que no se había producido una sola quiebra bancaria como resultado de la crisis, todo había formado parte de una beneficiosa purga.

Si ayudaba a Helen con sus iniciativas, era solo porque se preocupaba por su bienestar. Su mujer había cambiado, e incluso se había deteriorado, de forma bastante visible en el curso de los meses previos. Helen le aseguraba que su trabajo era su único placer, de manera que él, no sin reticencias, seguía financiando sus empresas, atribuyendo su desmejora a la falta de sueño y de descanso. Y en parte tenía razón. Era cierto que Helen apenas dormía, pero no porque estuviera enfrascada en su obra benéfica. De hecho, el trabajo le suponía una distracción grata de las causas verdaderas de su insomnio. Los miedos que acometían su mente en la oscuridad ya no eran incoherentes ni abstractos. Y tampoco los disipaba la luz del sol. Ni siquiera sus incansables deberes humanitarios, centrados en las fuentes más concretas de su ansiedad, la reconfortaban. Porque lo que temía ahora, después de aquella caminata por la Avenida Lexington, era que pudiera estar afectando también a su cerebro la enfermedad que había poseído, transformado y consumido a su padre. Notaba que pensaba distinto, y sabía que en última instancia no importaba si aquella percepción se basaba en la realidad o en fantasías. Lo importante era que no lograba parar de pensar en sus pensamientos. Sus especulaciones se reflejaban sin cesar entre ellas, como espejos puestos en paralelo, y cada imagen que había dentro de aquel túnel vertiginoso miraba a la siguiente preguntándose si sería el original o una reproducción. Se decía a sí misma que aquello era el inicio de la locura. La mente se convertía en la carne destinada a sus propios dientes.

Dado que se sentía cada vez más perdida en la nueva arquitectura tiránica de su cerebro, y ya no confiaba en sus pensamientos ni en su memoria, empezó a recurrir a su diario, donde seguía escribiendo con tenacidad todos los días. Esperaba que la Helen del futuro, la que leería sus diarios, sería capaz de usar aquellos escritos para determinar cuánto se había adentrado en sus delirios. ¿Se reconocería en la página? En sus anotaciones nunca dejaba de dirigirse a sí misma, y de conminarse a creer que había sido efectivamente ella quien había escrito aquellas palabras en el pasado, por mucho que su futuro yo se negara a creerlo; por mucho que, cuando las leía, fuera incapaz de reconocer su propia caligrafía.

Helen nunca había compartido sus preocupaciones más íntimas con Benjamin, y ciertamente no iba a empezar a hacerlo ahora. Teniendo en cuenta cuán honda era su ansiedad, le resultaba un alivio que su marido se encontrara tan abstraído en sus propias preocupaciones. Después del crac, el Senado celebró audiencias ante la Comisión de Finanzas «a fin de investigar de forma exhaustiva las prácticas de los mercados bursátiles en relación con la compra y venta y el préstamo de valores en bolsa, los precios de dichos valores y los efectos de dichas prácticas». La comparecencia de Benjamin Rask ante los miembros del 72.º Congreso es del dominio público, y la versión impresa de su declaración, incluida en un tomo de 418 páginas, se encuentra a la disposición de cualquiera que desee examinarla. Las sesiones del Senado cumplieron con la función ceremonial de presentarle un puñado de villanos obvios al ciudadano indignado para que pudiera mirar con indignación la portada del periódico, murmurar unas cuantas maldiciones y luego olvidarse de ellos. No se esperaba que nadie leyera las transcripciones en sí. Los pocos que lo hicieron, sin embargo, descubrieron que muchas de las sospechas acerca de las operaciones de Rask no se alejaban demasiado de la realidad. Sus respuestas a las complejas y acusadoras preguntas de los senadores se reducían, en la mayoría de los casos, a «sí, señor» y «no, señor», pero confirmaban que ciertamente se había deshecho de sus vehículos más volátiles en los meses previos al colapso, que había inundado el mercado de órdenes de venta en la víspera del Jueves Negro y que había provocado, de forma espectacular, el desplome subsiguiente. Pese a la retórica inflamada de sus interrogadores, se hizo evidente que ninguna de sus acciones había sido ilegal.

Ir a la siguiente página

Report Page