Fortuna
Obligaciones. Harold Vanner » Tres
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Con simetría perversa, mientras Benjamin se elevaba a nuevas alturas, el estado de Helen empeoraba. Incapaz de dormir, se pasaba las noches deambulando por la casa. Benjamin intentaba hacerle compañía durante aquellos paseos, pero ella se lo negaba. Puso al servicio entero de la casa a trabajar por las noches, pero ella los hacía marcharse. Le trajo cajas llenas de libros de Europa, pero ella ni siquiera cortó las páginas. Las instrucciones que Helen impartía en relación con sus obras benéficas se volvieron erráticas y contradictorias. Solo había una tónica que no parecía cambiar: todas sus conversaciones llenas de impaciencia con sus ayudantes terminaban con la conclusión de que lo que hacían no bastaba. Empezó a firmar cheques por cifras extravagantes y a autorizar gastos que no tenían conexión alguna con la realidad. Benjamin interceptaba todas aquellas transacciones y dejaba que Helen siguiera impartiendo órdenes sin consecuencias a sus asistentes. Al final, sin embargo, parecía abrumada. Casi aplastada por las gigantescas cifras y las complejas operaciones que había inventado para sí misma, se retiró de su trabajo imaginario. La paralizó una especie de agotamiento excitado y empezó a hacerse llevar las comidas a su habitación. Pero no había día en que no le recogieran los carros del servicio con los platos todavía cubiertos. Se limitaba a beberse los mismos jugos de frutas que habían sido la marca de la casa de sus cócteles.
Benjamin y Helen llevaban mucho tiempo trabajando con médicos y químicos farmacéuticos en busca de mejores tratamientos para los desórdenes psiquiátricos. Ahora él entendió que quizás a su mujer no la habían movido únicamente el altruismo o el recuerdo de su padre. Aun así, no quiso implicar a nadie de fuera de la familia, sobre todo porque la forma callada de manía que sufría Helen no se correspondía con ninguno de los síntomas sobre los que había leído en el pasado. A veces escuchaba frente a la puerta de su esposa. El silencio activo del otro lado resultaba aterrador. Solo lo interrumpía un susurro esporádico de papeles, que confirmaba que Helen no estaba dormida sino escribiendo en su diario, llenando página tras página de un grueso cuaderno tras otro. Benjamin respetaba demasiado su privacidad para fisgar, pero en una ocasión, sabiendo que estaba en la otra punta de la casa, sí que examinó sus diarios. En todas las frases se entretejían el alemán, el francés, el italiano y quizás otros idiomas (se preguntó si serían realmente idiomas de verdad), formando unas trenzas que Benjamin, limitado al inglés, no podía desenredar. En uno de los cuadernos encontró una fotografía de Helen de joven que no había visto nunca. La mostraba de pie en medio de un desorden de piezas de atrezo y animales disecados, mirando directamente a cámara, con el desafío temblándole en los ojos. Benjamin se quedó observando la foto durante un momento peculiarmente largo. Nunca había mirado tanto tiempo a los ojos de su mujer. Ni ella a los de él. Por fin salió del trance, se guardó la imagen en el bolsillo, se aseguró de que todos los papeles estuvieran tal como los había encontrado y salió de la habitación. Pero mientras cerraba la puerta tras de sí, se detuvo, la volvió a abrir y regresó al escritorio. Devolvió la foto al diario donde la había encontrado y, ahora sí, salió con pasos rápidos y silenciosos.
Fue más o menos por entonces —y Benjamin no podía evitar pensar que era porque había notado que él había hurgado entre sus papeles— cuando Helen escondió todos sus diarios y empezó a escribir mientras caminaba. A veces parecía murmurar, como si se estuviera dictando a sí misma. Su deambular por la casa se fue circunscribiendo a unos perímetros cada vez más estrechos, que terminaron limitándose a la planta de su dormitorio. Una mañana, Benjamin la vio asomarse hacia arriba por el hueco de las escaleras. Parecía que estuviera mirando a través del techo y viendo el cielo. Con cautela, tocó el primer peldaño y retiró el pie de inmediato, como si acabara de mojarse los dedos con agua helada o hirviendo. Esperó un momento y lo volvió a hacer. Esperó y lo volvió a hacer. Luego probó la escalera que bajaba al comedor. Su mirada se perdió en las profundidades de más allá del rellano de la planta baja. Por mucho que lo intentara, la punta de su zapatilla no consiguió pasar del borde del primer peldaño.
Si a Benjamin ya le había costado dirigirse a Helen durante sus años de mayor felicidad, ahora estaba completamente perdido. Cuanto más intentaba, tartamudeando, conectar con su mujer, más se retraía ella. Y si insistía demasiado o mostraba cualquier señal de preocupación, ella se retiraba a sus habitaciones y solo se la podía persuadir para que saliera dejándola absolutamente en paz durante varios días. Después de uno de aquellos intentos —Benjamin había venido con libros nuevos que se había ofrecido a leerle—, Helen se recluyó durante un periodo especialmente largo. El zumo permanecía intacto junto a su puerta. Se negaba a contestar a las súplicas de sus sirvientas. En el interior se oían pasos y un susurro de papeles.
Helen llevaba dos días enteros sin sustento alguno cuando Benjamin decidió pasar a la acción. A través de la puerta le dijo que, si no abría de inmediato, forzaría la cerradura. Tras algunas muestras audibles de vacilación, Helen abrió. Benjamin dio un paso atrás, aturdido en un primer momento por el olor y por la visión que tenía delante. Y peor que el tufo a podredumbre era el hedor floral y dulzón de los muchos perfumes que Helen había rociado en un intento de camuflarlo. Benjamin parpadeó para sobreponerse al olor y por fin, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la habitación, vio que Helen tenía sangre en los brazos y en el pecho. No había duda acerca del origen de las heridas. Allí estaba plantada su mujer, demacrada y abstraída, sin parar de rascarse las ampollas purulentas. Las escamas y vesículas del eccema le subían por el cuello y el liquen rojo ya le había colonizado el mentón.
Aquello hundió a Benjamin. Solo entonces, viendo la violencia en la superficie, entendió el tumulto interior. Rompió a llorar, a solas, en su despacho.
El mejor rumbo que podía seguir, decidió, sería hablar con la señora Brevoort, que estaba en una posición inmejorable para comparar el estado de su hija con el de su marido y así determinar si la enfermedad de Helen era de naturaleza hereditaria.
Con el paso de los años, madre e hija se habían distanciado. Tras enterarse de la desaparición de su padre, Helen había dejado de esforzarse por soportar la bulliciosa forma de vida de la señora Brevoort. Apenas visitaba el apartamento de su madre y nunca la invitaba a la casa. Lo que hacía era llamarla por teléfono aproximadamente una vez por semana, y en aquellas conversaciones la señora Brevoort siempre se mostraba risueña, desenfadada y rebosante de anécdotas. Pero nunca le respondía, de manera que Helen, a modo de experimento, dejó de llamarla. Hacía casi un año de la última vez que habían hablado. En aquella ocasión, la señora Brevoort había descrito con gran detalle, y con la interrupción de sus propias risas, una broma que sus amigas y ella le habían gastado a un sombrerero. Esta vez, sin embargo, cuando Benjamin la llamó para hablarle de la situación en la casa, la mujer adoptó un tono trágico, decidió que tenía que ver a su hija de inmediato y no se dejó convencer de que su presencia podía trastornar todavía más a Helen. La señora Brevoort le colgó el teléfono a un suplicante Benjamin y al cabo de unos minutos ya estaba en su puerta, excitada por todo aquel dramatismo y visiblemente contenta de encontrarse agitada y un tanto jadeante.
Una vez más, Benjamin cuestionó que fuera buena idea enfrentarse a Helen: él solo había querido describirle los síntomas y confirmar si le recordaban a la afección de su marido. La señora Brevoort no quiso saber nada de aquello. Sin quitarse el abrigo ni el sombrero, subió corriendo, con aflicción resuelta, las escaleras que llevaban a las habitaciones de su hija. Benjamin le iba pisando los talones. La señora Brevoort ni siquiera se detuvo un momento ante la puerta: la abrió sin llamar, con un solo movimiento abrupto. Catherine y Benjamin se quedaron petrificados, estupefactos por la figura que tenían delante.
Helen estaba plantada en mitad de la habitación, mirando hacia la puerta. Había algo regio en la simplicidad griega de su camisa de dormir, algo marcial en su pelo alborotado y sus cicatrices y algo angelical en su inmovilidad victoriosa.
Al cabo de un momento dio un paso adelante, buscó su reflejo en los ojos de su madre y le ofreció una hoja de papel. La señora Brevoort miró primero las manchas que le había dejado la tinta fresca en los guantes de piel de cabrito y por fin leyó las líneas garabateadas en la página.
He olido tu aroma.
He oído tus andares afectados.
Instituto Médico-Mecánico.
Me has de depositar en Suiza.