Fortuna
Obligaciones. Harold Vanner » Cuatro
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CUATRO
En efecto, Helen ingresó en el Instituto Médico-Mecánico, pero su madre no tuvo nada que ver con los preparativos del viaje a Suiza. De hecho, tras ver a su hija tan deteriorada, se marchó a toda prisa de la casa y ya fue incapaz de volver a visitarla: era simplemente demasiado doloroso, alegaba, sin secarse las lágrimas de la cara, y ella estaba simplemente demasiado desconsolada.
Fue Benjamin en persona quien se ocupó de los preparativos. De entrada, supuso que la petición que había hecho Helen de que la llevaran a Bad Pfäfers era una respuesta a la repentina aparición de su madre, que debió de agudizar el dolor que le causaba el que a su padre se lo hubiera llevado la misma enfermedad que ahora la estaba reclamando a ella. También sospechaba que solo había efectuado la demanda para atacar a la señora Brevoort, y de hecho como ataque había sido muy eficaz. A lo largo de las semanas siguientes, sin embargo, Helen se mostró inflexible en su petición. Era en Bad Pfäfers donde encontraría la paz y donde sabía que se curaría.
Benjamin hizo que sus socios de Productos Farmacéuticos Haber, en Berlín, examinaran hasta el último aspecto del Instituto: desde sus estados de cuentas y su infraestructura hasta los registros de todos los empleados y los perfiles de sus pacientes. Al principio su idea era llevar allí a Helen solo durante un periodo breve para satisfacer su capricho (pese a albergar en secreto la esperanza infundada de que el shock que le produciría visitar aquel lugar tan traumático para ella la curaría milagrosamente), pero tras recibir el informe de Haber se convenció de que, a fin de cuentas, Bad Pfäfers quizás fuera el lugar indicado para su mujer.
El doctor Bally, el director que había admitido al padre de Helen, había muerto unos cinco años después de la guerra, y ahora estaba a cargo del establecimiento el doctor Helmut Frahm. De acuerdo con los hombres de Benjamin, bajo la dirección del doctor Frahm el Instituto se había ganado una reputación excelente gracias al tratamiento de las enfermedades mentales, y en particular de los desórdenes emocionales: las distintas formas de neurosis, fobias, variedades agudas de melancolía y demás. Antes de la guerra, la clínica había sido más bien un balneario, con un acercamiento global y un tanto vago a las aflicciones nerviosas, basado en las curas de descanso y la hidropatía. Ahora, sin embargo, ofrecía tratamientos clínicos más específicos, y estaba llevando a cabo un estudio pionero sobre las aplicaciones psiquiátricas de las sales de litio, que Productos Farmacéuticos Haber seguía con gran interés. En suma, las credenciales del doctor Frahm eran impecables, y se podían encontrar descripciones de sus modernos métodos y de su línea de investigación farmacológica en los muchos textos académicos que había publicado en alemán en toda una serie de revistas médicas revisadas por pares, varios ejemplares de las cuales se incluían en el informe. En suma, los informadores de Benjamin concluían que el Instituto Médico-Mecánico era un establecimiento que gozaba de buena reputación. Aun así, planteaban objeciones al sesgo ligeramente psicoanalítico del doctor Frahm y se tomaban la libertad de recomendar en su lugar al doctor Ladislas Aftus, de Berlín, cuyo trabajo conocían de primera mano. El doctor Aftus estaba desarrollando un prometedor fármaco nuevo para Productos Farmacéuticos Haber, y la señora Rask parecía ser exactamente el tipo de paciente que se podría beneficiar de su innovador tratamiento.
A Benjamin le resultó alentador el informe sobre Frahm y el Instituto. Por un momento se planteó recurrir al doctor Aftus y a su nuevo fármaco: habría sido conveniente mantener la enfermedad de Helen bajo el dominio de la Farmacéutica Haber, un entorno que él controlaba. Pero era reticente a mezclar aquella situación tan delicada con sus negocios. Y Helen se mostraba muy enfática acerca de Bad Pfäfers y el Instituto. Quizás también poseyera cierto valor terapéutico la ubicación misma, que apelaba a Benjamin por razones distintas. Bad Pfäfers estaba lejos de cualquier ciudad importante, y resultaba lo bastante inconveniente para cualesquiera conocidos con buenas intenciones que se pudieran plantear una visita mientras veraneaban en la región, y de acceso decididamente incómodo para la prensa.
Siempre a través de sus intermediarios alemanes, Benjamin pidió un ala entera del Instituto Médico-Mecánico. Tras estudiar los planos del sanatorio, llegó a la conclusión de que la sección norte del complejo, situada lejos de la capilla y de los baños, les concedería una mayor intimidad. Los representantes de Benjamin trazaron una propuesta para el Instituto que incluyera todas sus peticiones. El señor Rask deseaba se vaciara el pabellón de pacientes de inmediato, y prometía pagar el equivalente al alojamiento, la manutención y los tratamientos completos correspondientes a todas las habitaciones vacías durante el tiempo que fuera necesario. El edificio, sin embargo, debía mantener a todo su personal, y el señor Rask se reservaba el derecho a traer a médicos de fuera en cualquier momento para supervisar el estado de su mujer. Habría que llevar a cabo rápidamente unas cuantas renovaciones menores para que el pabellón fuera del todo autónomo respecto al resto del Instituto, y también para garantizar la comodidad de la señora Rask. Todas las modificaciones, que (no hacía falta decirlo) serían financiadas por el señor Rask, venían marcadas y descritas en los planos. El documento concluía ofreciendo al director una cantidad sustancial a modo de compensación por cualesquiera trastornos que aquellas disposiciones pudieran causar.
El doctor Frahm rechazó la oferta de los agentes de Benjamin con unas pocas frases escuetamente corteses. El instituto no requería renovaciones, no buscaba el respaldo de médicos externos y, por suerte, tampoco necesitaba asistencia financiera. Benjamin, a su vez, respondió con una carta personal donde intentaba transmitirle al doctor Frahm la urgencia del caso y las connotaciones personales que tenía Bad Pfäfers para su mujer. A modo de conclusión, prometía una donación libre de restricciones de lo más generosa, así como la financiación de un edificio completamente nuevo destinado a cualquier rama de investigación que al director le pareciera adecuada. El doctor Frahm no contestó. Dos semanas después de que llegara la carta de Benjamin, apareció un artículo breve en la Deutsche Medizinische Wochenschrift donde se cuestionaba el protocolo de investigación desarrollado por el doctor Frahm en relación con las aplicaciones clínicas de las sales de litio y de otras sustancias nuevas sobre las que la comunidad científica disponía de información escasa y poco concluyente. La revista aseguraba que estaba llevándose a cabo una investigación sobre los métodos del doctor Frahm y prometía seguir el caso a medida que fuera habiendo informes disponibles. Poco después de la publicación del artículo, el Instituto experimentó escasez de muchos de los fármacos cruciales para los tratamientos que ofrecía. Todos estaban patentados por Productos Farmacéuticos Haber.
Antes de final de mes, el ala norte había sido vaciada de pacientes y ya estaban en marcha las reformas.
Igual que su mujer había intentado distraerse de sus síntomas iniciales trabajando sin tregua en sus obras benéficas, Benjamin huyó ahora de su pena obsesionándose con todos y cada uno de los detalles relativos al Instituto. Renovar el mobiliario del pabellón, conseguir al mejor personal disponible y preparar a Helen para el viaje se convirtieron en sus únicas preocupaciones. Por primera vez en su vida, sus negocios eran algo que estaba de más, una obligación tediosa: las operaciones diarias se las había delegado a Sheldon Lloyd, y se irritaba cuando alguien le venía con consultas relacionadas con el trabajo. Lo único que le proporcionaba cierto consuelo era su gestión activa de la enfermedad de su mujer. Siempre había tenido miedo de perder a Helen: de perder su interés, de que se la robara alguien. Y ahora había sucedido. Ella se había ido, lo había abandonado por algo que la llamaba con una vehemencia irresistible. Se descubrió a sí mismo celoso de la enfermedad, que exigía y obtenía toda la atención y energía de su mujer, y le avergonzaba admitir que estaba furioso con Helen por hacer todo lo que le ordenaba su oscuro amo.
Benjamin intentó no ceder a aquel resentimiento irracional y más bien informe, reprimiéndolo en cuanto emergía e impidiendo que afectara para nada a su relación con Helen. Era un enfermero cariñoso que entendía que su amor se manifestaría mejor si lo inhibía: estaba presente pero de forma discreta; se mostraba solícito pero distante. Debilitada por su largo ayuno y por su incansable manía, Helen permanecía confinada en cama la mayor parte del tiempo. El implacable monstruo rojo y plano que le roía la piel la reducía constantemente al llanto. Ahora había médicos y enfermeras comprometidos con su cuidado, principalmente para tratar su malnutrición, vendarle el eccema con compresas y administrarle morfina, que le concedía cierta calma. Estaba aturdida, siempre a punto de dormirse o recién despierta, y aun así demasiado excitada y locuaz como para descansar de verdad. En las pocas ocasiones en que Helen solicitaba su presencia o se mostraba consciente de ella, Benjamin demostró cierto talento para seguir el hilo de sus incoherentes monólogos, sonriendo en los momentos indicados, mostrando indignación comprensiva cuando era pertinente y respondiendo a sus preguntas sin asomo de condescendencia. Siempre le tomaba la mano cuando hablaban. Y a veces Helen, aunque su mirada estuviera clavada en visiones lejanas, le acariciaba el pulgar con el suyo.
La mañana reveló una blancura todavía más intensa en las nieves inmutables que coronaban las cimas de ambos lados del valle; una blancura que más tarde, bajo el sol de mediodía, se convertiría en esquirlas cegadoras. Por el cielo salpicado de pequeñas nubes sólidas resonó una bucólica campana, mientras que los pájaros invisibles se mostraron, una vez más, incapaces de romper su sometimiento a sus dos o cuatro notas. El aire traía un aroma a agua, piedra y cosas largo tiempo muertas que ahora encontraban oscuramente el camino de regreso a la vida en las profundidades de la tierra empapada de rocío. Durante aquella hora despoblada, los edificios dejaban de ser objetos artificiales e industriales para revelar la naturaleza fosilizada en ellos y manifestar su presencia mineral. La brisa se disolvió en un aire más inmóvil; las copas de los árboles, tan verdes que se veían negras sobre el fondo azul, dejaron de mecerse. Por un momento no hubo conflicto y todo quedó en paz, como si el tiempo hubiera llegado a su destino.
Luego una enfermera con una compresa, un jardinero con un rastrillo, un médico con sus notas y una sirvienta con una infusión lo volvieron a poner todo en marcha. El picor, el agotamiento, las palabras, los pensamientos que había tras ellas y el ruido de su misma existencia, mucho más intenso que el mundo.
En cuanto ingresó en el Instituto Médico-Mecánico, Helen había visitado la habitación de su padre. A fin de que pudiera recorrer las instalaciones acompañada de su marido y del doctor Frahm, se hizo salir al jardín a todos los pacientes alojados en el mucho más modesto pabellón este, siempre húmedo y cubierto de musgo por estar a la sombra perenne de dos escarpados barrancos. En la angosta habitación parecía poner siempre su mirada distraída un poco más allá de cada objeto. Eran sus dedos los que exploraban el espacio, deslizándose con suavidad por encima de las superficies o palpando de forma dubitativa una jofaina o el respaldo de una silla, como si no estuviera segura de su consistencia ni de su temperatura.
El doctor Frahm le hizo una seña a Benjamin para que saliera. Rask no pudo disimular la indignación y le dio la espalda al médico, fingiendo que no había visto su gesto. Pero no pudo pasar por alto la mano que le puso Frahm en el hombro, ni la petición expresada con su fuerte acento de que los dejara a solas un instante. Benjamin miró la mano blanda que tenía en el hombro; el doctor Frahm la retiró para mostrarle la puerta; Benjamin bajó la mirada indignada y anunció que esperaría fuera.
En cuanto estuvieron a solas, Frahm invitó a Helen a tumbarse en la cama, puso una silla detrás del cabezal de hierro, se sentó y le preguntó en alemán qué imagen de su padre le evocaba aquella habitación. ¿El hombre que había presidido su infancia o el inválido de su adolescencia?
Helen aparentaba más serenidad en alemán. Aunque lo hablaba con una naturalidad notable, también tenía unas lagunas enormes, como suele suceder con quienes han aprendido un idioma por su cuenta y de cualquier manera. Como se veía obligada a menudo a hacer pausas y encontrar circunloquios para salvar vacíos gramaticales y ausencias léxicas, daba la impresión de que lograba aplacar su ansiedad, o de que cierta medida la controlaba. Pero su alemán, como todos los idiomas extranjeros que hablaba, procedía de unas fuentes inusuales, desconectadas del habla cotidiana: libros pasados de moda y el parloteo afectado de aristócratas desposeídos y diplomáticos de salón. Eso les daba a sus palabras una cualidad barroca y teatral que, hasta cierto punto, deshacía la ilusión de cordura creada por su ritmo más lento, puesto que, a pesar de su elegancia innata, sonaba como una mala actriz con demasiado maquillaje.
La pregunta del médico la hizo reírse por lo bajo. Había que ser tonto para hacer aquella distinción entre pasado y presente. El futuro irrumpe en todos los momentos, con el deseo de hacerse realidad en todas las decisiones que tomamos: siempre intentando, a toda costa, convertirse en pasado. Es eso lo que distingue el futuro de las simples fantasías. El futuro sucede. El Señor no arroja a nadie al infierno: los espíritus se arrojan a sí mismos, de acuerdo con Swedenborg. Los espíritus se arrojan ellos solos al infierno por elección propia. ¿Y qué es una elección sino una rama del futuro que se injerta en el tallo del presente? ¿Padre pasado? ¿Padre futuro? Helen se volvió a reír y pasó a hablar del tema de la jardinería en relación con la alquimia. El doctor Frahm, sin embargo, sabía que Swedenborg había jugado un papel importante en la educación de Helen, e insistió cortésmente en aquella vía de acceso a su infancia, retomando al mismo tiempo la insinuación que había hecho Helen de que su padre había elegido el infierno para sí mismo. Ella siguió hablando, con la mirada clavada en una mancha de moho que había en el techo y que parecía una peonía negra.
El doctor Frahm empezó a quitarle la medicación a su paciente poco después de que llegara al Instituto. Quería observar sus síntomas en su forma más pura, sin interferencias, dijo, y después probar una dosis mínima de sales de litio. Tras reducírsela gradualmente, y cuando ya estaba a punto de quitarle los sedantes, la manía de Helen alcanzó un punto crítico. Benjamin exigió que a su mujer se le restituyera la medicación. El psiquiatra, sin dejarse amedrentar por su tono, dijo que necesitaba unos días más. Al cabo de una semana, y desmintiendo los peores miedos de Benjamin, hubo signos de una ligera mejoría. Helen seguía mostrándose incoherente y locuaz, sí, pero su incapacidad para encontrar jamás la salida de sus laberintos verbales la dejaba agotada, lo cual, a su vez, la tranquilizaba un poco. El doctor Frahm explicó que la paciente estaba revirtiendo su estado maníaco contra sí mismo: su insomnio y su actividad mental frenética, junto con la disminución natural de ciertas hormonas y su régimen físico, terminarían ejerciendo un efecto narcótico. Necesitaba vaciarse de energía; necesitaba ejercicio; necesitaba aire.
Y así fue como a Helen, después de cada una de esas noches de insomnio que se pasaba hablando con enfermeras silenciosas, empezaron a llevarle al jardín con las primeras luces del alba y dejarla a solas en una otomana orientada a las montañas. Quitándose de encima las mantas cuidadosamente remetidas, continuaba con su soliloquio. A medida que salía el sol, sin embargo, sus monólogos se reducían a murmullos esporádicos, que a su vez se disolvían en el silencio. Durante una hora más o menos, disfrutaba del éxtasis de la impersonalidad, de convertirse en percepción pura, de existir solo como algo que veía las cimas de las montañas, oía la campana y olía el aire.
Benjamin estaba fuera de lugar, separado de su elemento natural por varias capas de extrañeza. Por primera vez en su vida era un extranjero, y aunque había reproducido su rutina en América de forma casi perfecta, tras haberse llevado con él a sus sirvientes más cercanos (junto con su chef y sus muebles y la mayoría de los accesorios que lo rodeaban en Nueva York), lo irritaban y hasta lo ofendían todas las peculiaridades «europeas» que conseguían infiltrarse en su entorno. El idioma alemán, con sus sonidos serrados e indescifrables, formaba parte de una conspiración generalizada en su contra. Las colinas deshabitadas, el horizonte vertical de los Alpes y la naturaleza a duras penas domesticada que rodeaba el Instituto le hacían sentirse náufrago. Y aunque su mujer seguía siendo su principal preocupación, estar lejos de su negocio le había empezado a pasar factura físicamente, provocándole una mezcla de aturdimiento y asfixia leve. Las líneas telefónicas todavía no llegaban al Instituto, las señales de radio eran demasiado débiles en aquel valle profundo rodeado de montañas altas y el sistema de repetidores que Rask había diseñado para transmitir la información de Nueva York y Londres a Bad Pfäfers resultaba demasiado lento. La evolución del mercado solo le llegaba en forma de «noticias», que es como la prensa se refiere a las decisiones tomadas por otra gente en un pasado reciente.
Reducido a espectador ocioso del mundo de los negocios, Rask centró toda su atención en el tratamiento de su mujer. Desde las negociaciones iniciales, cuando Benjamin había intentado conseguir un pabellón entero del instituto, el director le había dejado claro que no le intimidaba la riqueza del financiero. Por entonces, a Rask, harto de la aquiescencia servil de los lacayos y de los aduladores, aquella reacción le había resultado refrescante e incluso halagüeña. Respetaba la pasión que mostraba el doctor Frahm por su arte, su negativa a someterse a las exigencias externas y su indiferencia a las seducciones vulgares del dinero. Todo eso le había hecho creer que Helen estaba en buenas manos. Ahora, en cambio, cuando no tenía nada más en que ocupar la mente que la evolución diaria del tratamiento, aquella firmeza y aquella rectitud moral que antes había admirado en el médico se habían convertido en motivo constante de frustración y resentimiento. Frahm lo evitaba y solo le ofrecía informes breves y esquivos durante sus reuniones, que eran invariablemente interrumpidas por alguna enfermera o colega que requería la atención de Herr Direktor, una artimaña patética que se les enseñaba a todas las secretarias de Nueva York. Se limitaba a rechazar sus sugerencias, sus referencias y sus contactos en el mundo farmacéutico con algo que Benjamin estaba seguro de que era desdén. A fin de que su mujer pudiera obtener el suficiente «aire», le habían reducido al mínimo el contacto con ella. ¿Y cuáles eran los métodos de aquel médico, a fin de cuentas? ¿No administraba fármacos? ¿Qué eran aquellas sales? Y todas aquellas conversaciones, ¿de qué trataban?
No había nada en los métodos del doctor Frahm que pareciera regular ni predecible. A veces tenía muchas reuniones con Helen en una misma tarde y otras veces suspendía sus sesiones durante varios días sin razón aparente. Las consultas podían tener lugar en cualquier parte —en la habitación de ella, en los jardines, en su despacho o en el gimnasio—, y podían terminar de golpe al cabo de pocos minutos. Todas aquellas anomalías desconcertaban a Benjamin, que las atribuía a una actitud caprichosa y poco profesional y a una ausencia generalizada de método. Frustrado, plantó cara al doctor Frahm y le exigió una explicación.
El doctor Frahm le habló en un inglés académico, imperfecto y brusco. En vez de reprimir las diatribas incontenibles de la señora Rask y redirigirlas al terreno de la normalidad (o bien amordazarla con sedantes), le explicó, deseaba promover sus monólogos. Si Helen no podía parar de hablar era porque no podía parar de intentar explicar su enfermedad: su deseo de entender su propia enfermedad era, en gran medida, la enfermedad misma. Si Frahm la escuchaba y la enseñaba a escuchar, pronto descubrirían que sus peroratas interminables estaban llenas de instrucciones en clave. Cada vez que se encontraba con uno de aquellos momentos reveladores del discurso de la señora Rask en los que su enfermedad arrojaba luz sobre sí misma, interrumpirla repentinamente servía para subrayar la epifanía y obligabarla a escucharse. Por eso había muchas sesiones que eran tan cortas. Y si tenían lugar en cualquier parte (y en cualquier momento), era para inculcarle a la paciente la idea de que su examen de sí misma no debía limitarse a una oficina, sino que era un proceso continuo. Por medio de aquellas sesiones «por sorpresa», Frahm quería enseñarle a tenderse emboscadas a sí misma.
Rask acusó al médico de freudismo y le dijo que no pensaba tolerar que se expusiera a su mujer a semejantes charlatanerías. Frahm se rio y descartó aquella acusación con un gesto de la mano. Había conocido al profesor Freud, sí, y había aprendido un par de cosas de su método de terapia oral. Pero lo que el señor Rask estaba pasando por alto, explicó el director mientras lo reclamaba una enfermera, era el énfasis que hacía su Instituto en el cuerpo. Baños termales, calistenia, reposo inducido, caminatas, tratamientos con corrientes galvánicas y farádicas, Luftliegekur, dieta vegetariana estricta, contrología, homeopatía y, por encima de todo, las sales. Como seguramente Herr Rask podía ver, en el Instituto Médico-Mecánico no reducían el cuerpo a una simple metáfora. Bad Pfäfers no era Viena.
Aparte de su hábito de dar largos paseos, Helen nunca había realizado ninguna clase de ejercicio físico regular. En cuanto le quitaron todos los tranquilizantes, sin embargo, su rutina diaria empezó a girar en torno a las actividades que Frahm le había enumerado a su marido, y ella las acometió con ganas. Cuanto más cansaba a su cuerpo, más tranquila estaba su mente. Disfrutaba en particular de las lecciones de boxeo que seguían a su calistenia. Cuando peleaba, sentía destellos de su antiguo yo en su confusa oscuridad interior. Todas las tardes antes de la cena, tomaba los baños y se quedaba adormilada mientras los músculos calientes se le derretían en las cálidas aguas curativas. Poco a poco, su cuerpo le estaba enseñando a guardar silencio de nuevo. A veces, después de un buen día, solo quedaba un silencio jadeante. Hasta la piel se le había tranquilizado. Quizás como resultado de las aguas, su eccema, que le había convertido hasta el último poro en una pequeña boca vociferante, había remitido. Ya no necesitaba que le pusieran cataplasmas y gasas todo el tiempo, y hasta se podía aplicar ella sola el alcanfor y el ungüento de caléndula.
El ajetreado horario de Helen incluía dos horas de visitas, una después del desayuno y otra durante la merienda, y ambas las pasaba con su marido. Al principio la presencia de Benjamin no parecía afectarla de ninguna manera. Apenas reparaba en él y se dedicaba a hablar sola, normalmente mientras escribía: el doctor Frahm se había enterado de la existencia de sus diarios y la había animado a retomarlos. A medida que pasaba el tiempo y la mente parecía asentársele, Helen empezó a sentirse segura sin necesidad de rodearse de un parapeto de palabras. Sus frases todavía tenían tendencia a convertirse en torrentes de asociaciones libres, pero ahora nacían de fuentes razonables, y a menudo llegaban a alguna clase de conclusión, a veces incluso seguida de una pausa. Empezó a ser posible tener algo parecido a una conversación con ella. Y junto con esa mejora, se restableció, y quizás incluso aumentó, la distancia que siempre había separado a Helen de Benjamin. Ella lo reconocía, sí, e incluso era cortés con él, pero de una forma que a su marido le resultaba escalofriante. Los esfuerzos que había hecho Helen antaño por intentar cerrar el espacio que los separaba ahora habían cesado. Aquellos intentos afectuosos habían estado en la base de su matrimonio, y a lo largo de los años a Benjamin lo habían conmovido sus esfuerzos, a los que atribuía aún más valor que al amor espontáneo (que, creía él, no era una cuestión de elección, ni tampoco el resultado de ningún esfuerzo, sino simplemente una especie de hechizo fatídico que reducía a su víctima a un trance pasivo). Ahora, en cambio, lo que veía en los momentos más lúcidos de su mujer eran buenos modales y consideración cortés. Quizás le estuviera pidiendo demasiado a su precaria convalecencia, pero la corriente de su enfermedad parecía habérsela llevado lejos, y ahora Helen estaba emergiendo en una costa nueva y remota desde la que él solo era visible como contorno.
Si su apatía hubiera sido universal, Benjamin habría estado dispuesto a aceptar la lejanía de Helen como parte de su proceso de curación, o incluso como la circunstancia permanente bajo la cual había recuperado la cordura. A medida que mejoraba, sin embargo, su frialdad parecía estar reservada únicamente para él. En los últimos tiempos la había visto sonreír durante sus conversaciones en alemán con las enfermeras. Su tono con ellas, a pesar de la dureza del idioma, era más gentil. Las miraba a los ojos. Los gestos daban vida a sus palabras. Una vez, al volver de un breve paseo, la vio sentada en la hierba con el doctor Frahm. Se estaba riendo.
Con discreción, los criados americanos de Rask empezaron a meter las cosas en los baúles y cajas que habían traído del otro lado del Atlántico. Benjamin decidió que ya había atendido la petición de su mujer con los dos meses que habían pasado en Bad Pfäfers: ahora le había llegado el momento de volver a tomar el mando y determinar la dirección de su tratamiento. Consciente de que Helen se opondría a su partida (y de que el doctor Frahm les aconsejaría que no se marcharan), continuó con sus preparativos en secreto. No revelaría su decisión a nadie hasta la misma víspera de su viaje. Ya se había puesto en contacto con sus socios de Productos Farmacéuticos Haber con la idea de llevarse a Helen a Alemania para que la examinaran y la diagnosticaran los médicos de su recomendación. Todo estaba casi listo: una casa amueblada en Berlín, las pocas cosas que se llevarían y las disposiciones para que la mayor parte de sus pertenencias fueran enviadas en barco de vuelta a Nueva York. Faltaban pocos días para marcharse cuando se enteró de que Helen había desaparecido.
Durante la media hora que quedaba entre su primer baño y el desayuno, se había producido un problema de comunicación entre la enfermera de guardia, que no hablaba inglés, y la sirvienta, que no hablaba alemán. Cada una de ellas había creído que la otra estaba a cargo de Helen. Pronto se hizo evidente que la señora Rask había creado aquella confusión de forma deliberada para poder escabullirse. En cuanto le notificaron lo sucedido al doctor Frahm, mandó a varios escuadrones de enfermeras, camilleros y camareras para que registraran el ala norte. Luego amplió la búsqueda al resto de los edificios y a los terrenos. Cuando estuvo seguro de que la paciente había abandonado las instalaciones, llamó al señor Rask.
Benjamin sabía que no le convenía perder la compostura cuando más la necesitaba. Con aquella voz contenida que tanta gente había intentado imitar sin éxito en los círculos empresariales de Nueva York, mandó sus coches a las aldeas situadas al norte y al sur del Instituto con instrucciones (y dinero) para alistar a sus habitantes en la búsqueda. Helen no podía haber escalado las escarpadas montañas que se elevaban al este y al oeste: debía de haber seguido alguna de las carreteras y después deambulado por las colinas menos abruptas que las rodeaban. Si los aldeanos peinaban las inmediaciones de las dos carreteras que llevaban al Instituto, la encontrarían. En cuestión de horas, se desplegó un ejército de labradores, lecheras y pastores por las laderas, los bosques y las cañadas.
Mientras esperaba noticias, Benjamin convocó al doctor Frahm en sus aposentos para comunicarle que se marchaban. El director entró, contempló el equipaje listo y dijo que lamentaba comprobar que eran ciertos los rumores de su partida. Benjamin se indignó al enterarse de que los habían espiado y convertido en objeto de habladurías. Los rumores debían de haber llegado hasta su mujer, provocando su huida. Benjamin culpó de su desaparición a la indiscreción del personal y a la negligencia del director.
El doctor Frahm hizo caso omiso de aquellas acusaciones y con unas pocas frases apasionadas pero frías intentó explicarle que Helen había realizado progresos considerables, que había respondido bien a las sales y que ahora entendía mucho mejor su enfermedad gracias a sus sesiones con él. Era absolutamente necesario, le dijo, que Helen se quedara y terminara su tratamiento. Por extraño que pareciera, había que interpretar el hecho de que estuviera recreando la fuga de su padre como un signo de mejora.
Benjamin tachó al doctor Frahm de fabulista y charlatán. Justo cuando el director estaba diciendo que la antipatía que Benjamin y él sentían el uno por el otro no tenía que ser un obstáculo para el bienestar de la señora Rask, alguien llamó a la puerta. Entró en la habitación uno de los conductores. Habían encontrado a la señora Rask. Un jornalero la había divisado bebiendo de un arroyo. Mientras Benjamin salía a toda prisa, el chofer lo puso sobre aviso de que las ampollas que su mujer tenía en la cara eran feas, muy feas.
El ala norte cortó sus lazos con el Instituto. Las puertas que daban al resto de las instalaciones se cerraron con llave: se despidió a todas las enfermeras y todo el personal de apoyo locales, desde los cocineros hasta los conserjes. Benjamin había reunido a sus empleados americanos en unas cuantas habitaciones de la otra punta del edificio. Después volvió a su sitio al lado de la cama de Helen, para ayudar a las enfermeras y doncellas que se había traído de Nueva York. Pero había poco que hacer, dado que Helen estaba fuertemente sedada. Benjamin había establecido la dosis que, basándose en su experiencia previa, le parecía la más fuerte dentro de los parámetros seguros. Cuando la habían traído de vuelta, había sido imposible calmarla. Oyendo su desesperada mezcla de alemán e inglés, lo único que estaba claro era que sus palabras no podían seguir el ritmo de sus pensamientos. No permitió que nadie la tocara y, por primera vez durante su enfermedad, se mostró agresiva. Le sangraba la cara de rascarse compulsivamente, y se negó a dejar que le vendaran las heridas. La tuvieron que inmovilizar para sedarla.
Desde que habían traído a Helen de vuelta, al doctor Frahm no se le había permitido verla; ni siquiera podía pisar el Pabellón Norte. Si Benjamin ya había empezado a tomar el control de la situación al hacer las maletas y organizar el viaje a Alemania, la última tanda de incidentes había restablecido su lado más inflexible. No habría más tratamientos basados en supersticiones ni en conjeturas no cuantificables; no habría «sesiones» privadas; no habría espionaje ni habladurías; no habría nada que no le pareciera sensato a él, ni nada que escapara a su autoridad. Ahora que volvía a estar al mando, rememoró las últimas semanas, durante las cuales había aceptado con docilidad las decisiones de su mujer enferma y se había sometido a la charlatanería de Frahm, como si fueran parte de un sueño desorganizado. Se habría marchado de Suiza de inmediato, pero el estado de Helen no le permitía viajar. Por consiguiente, mandó un mensajero a Berlín con instrucciones para sus socios de la Haber. No debían reparar en gastos ni escatimar esfuerzos para encontrar a los mejores especialistas y mandárselos —con equipamiento y suministros— de inmediato a Bad Pfäfers.
Durante la mayor parte del día, Helen parecía flotar boca arriba, sumergida a medias en la inconsciencia, murmurando para sus adentros. Parecía que le hubieran quedado los ojos abiertos por accidente. Al final se le terminaban cerrando, poco a poco, y se iba adormilando, sin dejar de murmurar, hasta caer dormida por un instante. Siempre se despertaba ahogando una exclamación, como si se hubiera quedado sin aire en su oscuridad interior y hubiera subido pataleando hasta la superficie para regresar al mundo. En vez de concederle reposo, su estupor narcotizado solo parecía intensificar su cansancio extremo. Su cara apenas era visible bajo la máscara inflada de los medicamentos, salpicada por las ampollas y las escamas del eccema. Las compresas solo le proporcionaban un alivio temporal. Benjamin entendía que todo aquello —su confusión, su deterioro físico— se arreglaría cuando llegara la ayuda de Berlín. Lo que lo angustiaba, y sabía que ya no se lo podría quitar nunca más de la cabeza, eran las muñecas de Helen. Su mujer se quitaba las compresas de la cara y se rascaba las costras con gran violencia hasta arrancárselas, como si estuviera escarbando para llegar a su interior. Las enfermeras le ponían guantes y trataban de limitar sus movimientos con sábanas bien prietas y fajas improvisadas, pero no servía de nada. Al final, Benjamin desgarró uno de los camisones de Helen y, tragándose las lágrimas, le ató las muñecas a la barandilla de la cama con los jirones de seda. Cada vez que se despertaba y veía sus ataduras, Helen se mostraba primero sorprendida, después furiosa y por fin inconsolable. En cuanto conseguía tranquilizarse, empezaba a mascullar hasta quedarse adormilada y el ciclo empezaba de nuevo.
El tiempo apenas hacía mella en aquella monotonía incansable. Las únicas huellas que dejaba el paso de los días eran los indicios acumulados de abandono, consecuencia del encierro de Benjamin. A fin de optimizar sus recursos limitados, las doncellas americanas trasladaban en silla de ruedas a Helen a una habitación nueva cada día, dejando atrás sábanas, vendas y palanganas sucias. Los choferes hacían trayectos diarios a las aldeas vecinas en busca de frutas y hortalizas, lácteos y otros productos esenciales. Pero Benjamin apenas comía. Por primera vez en su vida, se dejó barba. La odiaba, pero de alguna manera pensaba que debía estar allí. Era una especie de calendario. Se la afeitaría cuando llegaran los alemanes.
Y los alemanes llegaron. Benjamin salió a recibir al pequeño convoy: dos camiones de color gris pizarra y un sedán negro. Los camiones contenían suministros, equipamiento médico y a seis enfermeras; del sedán salió el doctor Aftus. Mientras las enfermeras descargaban las cajas y baúles y los metían en el edificio, Benjamin llevó al médico a su habitación. Después de unos cuantos comentarios corteses, el doctor Aftus le entregó a Benjamin una carta firmada por los miembros del consejo de administración de Productos Farmacéuticos Haber.
Estimado señor Rask:
Confiamos en que esta misiva lo encuentre bien de salud.
Nos alegramos de presentarle en esta carta al doctor Ladislas Aftus. Como podrá apreciar en su curriculum vitae (adjunto), viene avalado por las mejores credenciales académicas.
La actual línea de investigación del doctor Aftus se centra en el uso del pentilenotetrazol para tratar la esquizofrenia. Este fármaco es conocido por sus beneficios como estimulante que afecta a ciertos trastornos respiratorios y circulatorios. Pero el doctor Aftus le ha encontrado aplicaciones nuevas. Después de una meticulosa investigación estadística, el doctor Aftus ha descubierto que la epilepsia es antagónica a y prácticamente incompatible con la esquizofrenia. Y ha concluido que la concentración elevada de células gliales en los cerebros epilépticos debe de ser la causa de la baja incidencia de esquizofrenia. También ha concluido que inducir de forma artificial ataques epilépticos aumenta la presencia de glía en el cerebro esquizofrénico, y por tanto lo cura. Y se ha dado cuenta de que puede inducir esas convulsiones por medio de un compuesto especial basado en el pentilenotetrazol, que, usado en dosis grandes, provoca convulsiones parecidas a las del gran mal. Nuestros experimentos clínicos, llevados a cabo recientemente en una clínica psiquiátrica de Budapest, han mostrado un alto índice de éxitos.
La terapia convulsiva, que Productos Farmacéuticos Haber está en pleno proceso de patentar, es el futuro de la psiquiatría. Y creemos que la señora Rask es la candidata ideal para recibirla. Como es natural, el doctor Aftus le podrá suministrar todos los detalles mejor que nosotros y responder a cualquier preocupación que usted tenga.
Nuestros pensamientos están con usted y su mujer durante estos momentos difíciles.
Un cordial saludo,
LORENZ RANTZAU
WILHELM VON BÜLTZINGSLÖWEN
DIETER ELZ
JULIUS BIRK
REINHARDT LIEBEZEIT
Hubo un periodo de espera en el que a Helen le volvieron a quitar los sedantes para que el doctor Aftus pudiera ver «el pleno florecimiento» de sus síntomas. Durante aquel tiempo, Aftus y Rask tuvieron ocasión de conocerse. Quizás porque había recibido instrucciones del consejo directivo de Productos Farmacéuticos Haber para mostrarse especialmente atento con su inversor principal, el doctor Aftus estuvo a su disposición en todo momento para contestar preguntas y discutir en detalle hasta el último aspecto del tratamiento. Benjamin se quedó encantado del contraste con el esquivo doctor Frahm y su críptica palabrería. Comía siempre con Aftus y escuchaba sus explicaciones acerca de la composición química del fármaco y su metabolismo. En su inglés fluido pero laborioso y falsamente patricio, el doctor Aftus habló a Benjamin de sus primeros experimentos con alcanfor y le explicó que había abandonado aquel convulsivo por su acción lenta, que resultaba aterradora tanto para los pacientes como para los médicos. Su nuevo compuesto era rápido y por tanto más humano, un aspecto central de aquel procedimiento en concreto y de su filosofía médica en general. A Benjamin lo impresionó aquel énfasis en la compasión y la amabilidad, ya que le recordó al ardor ético con el que Helen se había dedicado antaño al desarrollo de nuevas terapias psiquiátricas. El doctor Aftus también le ofreció estadísticas exhaustivas de sus experimentos clínicos y le suministró tablas, gráficas y diagramas. Aquellos cálculos derivados de datos empíricos —aquellas cifras— infundieron en Benjamin una sensación de seguridad: se trataba de un tratamiento basado en la observación, la experimentación y las leyes inflexibles de la naturaleza, un trabajo científico que se podía medir con estándares objetivos.
Llegó el día de la primera inyección y Benjamin se quedó desconcertado cuando se le negó el acceso a la habitación de Helen. Pidió a una de las enfermeras que fuera a buscar al doctor Aftus. Al cabo de unos minutos, estaban conversando en voz baja en una de las salas vecinas vacías. Antes de que Benjamin pudiera decir nada, Aftus le presentó una súplica levantando las manos y cerrando los ojos. No le había querido comentar aquello antes al señor Rask, pero las convulsiones no eran un espectáculo fácil de presenciar, sobre todo para un profano. Sería deplorable que ver la parte más desagradable del tratamiento lo llevara a cuestionar sus enormes beneficios. Y por encima de todo, ¿no sería razonable ahorrarle a la señora Rask la ansiedad y la preocupación de su marido? El procedimiento sería breve, y el señor Rask podría visitarla en cuanto se terminara y su mujer hubiera descansado.
Benjamin se pasó la mañana supervisando los detalles relativos al viaje de vuelta a los Estados Unidos. El doctor Aftus le había garantizado que se podrían marchar pronto, posiblemente en menos de diez días. El efecto de su terapia convulsiva era casi instantáneo. La señora Rask estaría débil, sí, pero el doctor Aftus se había ofrecido voluntario para acompañarlos y cuidar de ella durante el viaje a través del Atlántico, y también para continuar el tratamiento en Nueva York, ya en la comodidad de su hogar. Nada podía complacer más a Benjamin. Estaba ansioso por regresar a su oficina y volver a hacerse cargo de sus negocios. Entre sus muchos proyectos, el más importante era una absorción completa de Productos Farmacéuticos Haber, que, a la vista de los hallazgos revolucionarios del doctor Aftus, parecía una inversión de lo más prometedora.
Una enfermera llamó a la puerta, anunció que la señora Rask estaba lista para recibirlo y se marchó. Mientras se ajustaba la corbata, Benjamin se dio cuenta de que todavía llevaba la barba. Se quitó la camisa y se afeitó para su mujer.
El señor Aftus se reunió con él en el pasillo y le hizo un breve informe mientras caminaban hasta la habitación de Helen. Su mujer había reaccionado de forma más que favorable al tratamiento. Habían empezado con una dosis baja para medir su tolerancia. Había sido un éxito tan grande que ahora se estaba planteando aumentar la dosis considerablemente para aprovechar al máximo cada sesión y acortar el proceso. Cuando llegaron a el cuarto, Aftus hizo una pausa antes de girar el pomo. El señor Rask debía tener en cuenta que su mujer estaría bajo los efectos del fenobarbital, que se usaba para controlar los ataques epilépticos, y por tanto algo confusa. Quizás ni siquiera pudiera hablar. Y por encima de todo, debía recordar lo que le habían dicho en numerosas ocasiones: que la terapia convulsiva se basaba en el shock, y que por tanto la señora Rask, en fin, había recibido un shock.
Benjamin se acercó a la cama con cautela reverente. Helen miraba la pared. El pecho le subía y le bajaba débilmente y un poco demasiado deprisa. Benjamin hizo un poco de ruido con los zapatos sobre las baldosas, intentando anunciarse. Helen se volvió hacia él. Su cara era una ruina desolada. Una cosa rota y abandonada, agotada de ser. Sus ojos no miraban a Benjamin, sino que parecían estar allí solo para que su marido pudiera asomarse a los escombros de su interior. Él se inclinó sobre ella, le besó la frente chamuscada y le dijo que había sido muy valiente y lo había hecho muy bien. Confió en estar sonriendo.
Un vacío sin sonido. Nadie, en aquel mutismo hermético, se atrevía a perturbar la postración silenciosa de Helen. Como no hablaba, todo el mundo guardaba silencio; como no se movía, todo el mundo permanecía inmóvil. Las enfermeras y las doncellas se convirtieron en sombras blancas. Benjamin tomaba sus frugales comidas a solas en su habitación, donde pasaba todo su tiempo. Los sonidos que llegaban flotando por el aire desde las demás partes del Instituto tenían un tono subacuático: los pacientes que bromeaban en idiomas distintos de camino a los baños termales, el retumbar de los pies coordinados que seguían a un instructor de calistenia, la música ocasional, el estrépito de los conserjes. El concierto disonante de la vida parecía ser interpretado a modo de provocación para los retraídos habitantes del pabellón norte y sus votos de silencio.
El doctor Aftus le había descrito a Benjamin con todo detalle (aunque no hasta que se volvió estrictamente necesario comunicárselo) las secuelas de la primera inyección de pentilenotetrazol. La explicación había sido clara e incluso brutal. También le había mencionado el hecho deplorable de que había gente en la comunidad médica que confundía su tratamiento con un acto punitivo de violencia contra el demente: tal era la intensidad de esas convulsiones que, por desgracia, resultaban esenciales para su terapia. Aun así, nada de lo que le pudieran haber contado a Benjamin lo habría preparado para el estado de trance catatónico en el que se encontró a Helen después de su primera sesión. Nunca se había negado a afrontar ninguna de las facetas de su mujer, por dolorosas o confusas que le resultaran. Había mirado a los ojos a la tierna falta de amor que había mostrado por él durante todo su matrimonio; había presenciado como se apartaba de él para acercarse a sus escritores y músicos; había hecho frente sin pestañear al nuevo yo de Helen, poseído y desfigurado por la enfermedad. Pero aquel cadáver viviente que había quedado después del tratamiento era más de lo que podía soportar. Aquella ausencia —pese al hecho de estar, físicamente, allí— era la encarnación más siniestra y literal del miedo de Benjamin a que Helen lo abandonara. Apenas lo consolaba el hecho de que el doctor Aftus hubiera predicho el estado actual de su mujer y le hubiera asegurado que aquella era la reacción estándar y esperada a la terapia convulsiva, una reacción que, en el futuro, sería considerada «de libro de texto». Por lo general hacían falta tres inyecciones para ver unos resultados claros, que, según le volvió a garantizar, eran prácticamente milagrosos. Tal como le solía decir, sería como si Helen se despertara de repente de un largo sueño. A veces incluso podía percibirse una ligera mejora con la segunda inyección. Desconsolado, pero con su fe en Aftus intacta, Benjamin autorizó la sesión siguiente.
Benjamin esperó en un banco situado junto a la entrada principal del edificio. Una débil media luna hacía una muesca en el cielo diurno; las murallas de los Alpes parecían más formidables; el aire enrarecido y eléctrico lo mareaba. A excepción de sus años de estudiante, nunca había pasado tanto tiempo lejos de Nueva York. Estaba cansado de sentirse extranjero: cansado de la naturaleza, de Suiza, de la ociosidad, de los médicos, de recibir explicaciones y de someterse a aquellas explicaciones a la vez que las negaba. Saber que estaría de camino a casa dentro de aproximadamente una semana lo hacía todavía más intolerante a su entorno. Volvió a levantar la vista, ofendido, para mirar aquella luna fuera de lugar.
Se abrió la puerta y salió una de las enfermeras americanas, dando tumbos y sollozando. Se detuvo de golpe y se inclinó hacia delante, apoyando las palmas de las manos en las rodillas, llorando y tratando de recobrar el aliento. Estaba negando con la cabeza, diciéndole que no al suelo, cuando lo divisó. Benjamin habría podido jurar que, en el mismo instante en que la mujer se impuso a su sorpresa y su vergüenza, hubo un centelleo de odio en sus ojos. Pero todo había pasado demasiado deprisa. Casi de inmediato, la mujer le dio la espalda y se marchó corriendo a los aposentos de las enfermeras. Poco después Benjamin fue convocado a la habitación de Helen.
Llevaba dos días sin ver a su esposa. Se detuvo frente a la puerta, preguntándose si quizás debería esperar a la inyección siguiente y a la mejoría que supuestamente había de acompañarla. Por fin entró. Al abrir la puerta esta vez, se encontró a Helen sentada en cama y apoyada en unas almohadas, de cara a él. ¿Había un tenue matiz de triunfo en sus rasgos agotados? Sin quererlo, pensó que aquella debía de ser la expresión que tenían las mujeres después de dar a luz. ¿Vio también un asomo de sonrisa? Se adentró unos pasos en la habitación y, sin de duda, vio que su mujer articulaba su nombre en silencio. De rodillas junto a la cama, la abrazó (clavícula, omóplato, columna) y lloró, creyendo, por primera vez desde que la enfermedad la había reclamado, que se iba a curar.
Durante los tres días siguientes, Helen permaneció inmóvil y callada. Su silencio tenía algo incuestionable, muy parecido a la mudez de los animales. Aun así, Benjamin no albergaba dudas sobre su mejoría. Incluso en pleno agotamiento aturdido, su mujer se encontraba más presente, y aunque no interactuara de forma plena con su entorno, por lo menos era tenuemente consciente de él. Durante sus breves horas de visita —el doctor Aftus era inflexible en su exigencia de descanso—, Helen miraba a Benjamin, daba la impresión de reconocerlo y hasta parecía transmitirle indicios tenues de afecto con la mirada. Cuando cerraba los ojos para descansar, le daba un apretón suave en la mano, como si se despidiera de él durante un rato.
La mayor parte de sus pertenencias ya habían sido empaquetadas y enviadas en camiones de alquiler mientras les preparaban la casa de Nueva York para Helen según las especificaciones del doctor Aftus. Ahora que su fe en la recuperación de su esposa había quedado plenamente restablecida, la atención de Benjamin regresó a su trabajo. Aunque carecía de información de fuentes directas (todavía sufría la ignominia de tener que leer periódicos), veía muchas oportunidades en la remodelación de las prácticas financieras que tenía lugar en los Estados Unidos. Era el momento perfecto para introducirse en el nuevo orden que estaba surgiendo después del crac. Y por supuesto, seguía adelante con la adquisición de Productos Farmacéuticos Haber. Ya había mandado un mensajero a Berlín con una carta donde manifestaba sus intenciones.