Fortuna

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Obligaciones. Harold Vanner » Cuatro

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Benjamin no era un hombre supersticioso, pero en la tarde de la tercera inyección de Helen, la última antes de su partida, regresó a su sitio en el banco de al lado de la entrada. Después de tantas semanas de inactividad, le complació experimentar aquella contracción del tiempo que tenía lugar cuando se perdía en el trabajo. Si se lo hubieran preguntado, habría sido incapaz de decir con exactitud en qué pensaba durante aquellos momentos, y sin embargo su proceso mental tenía una claridad imposible de traducir. Durante aquel ensimismamiento distraído que precedía a todas sus grandes ideas empresariales, era como si sus sentidos perdieran de vista el mundo. Incluso su yo se disolvía en la corriente de pensamientos impersonales. Por aquella razón no aceptó de inmediato la presencia del doctor Aftus, pese a que sus ojos lo habían visto acercarse con pasos lentos. Solo cuando se sentó al lado de Benjamin adquirió Aftus la solidez de lo real.

El doctor Aftus juntó las palmas de las manos, asegurándose de que cada dedo fuera un reflejo exacto del otro. Luego separó las manos, respiró hondo y dijo que había ocasiones en que los números y las estadísticas no significaban nada: todas las pérdidas eran absolutas y ni los triunfos del pasado ni los del futuro las podían mitigar.

Benjamin parpadeó en respuesta las palabras del médico.

Después de otro suspiro, el doctor Aftus añadió que el corazón de la señora Rask, que tan bien había respondido hasta entonces, le había fallado. Era consciente de que su pésame siempre sería insuficiente y, por supuesto, estaba a la disposición del señor Rask si este decidía emprender una investigación judicial.

Las montañas, el suelo y el cuerpo de Benjamin quedaron despojados de sustancia y de peso. Todo era hueco.

No se levantó: el planeta se hundió.

Benjamin entró en el edificio y tomó el pasillo que llevaba a la habitación de Helen, sorprendido de ver que sus pies se movían y que su mano giraba el pomo.

Las enfermeras se quedaron petrificadas. Benjamin se acercó a la cama. Ellas se apartaron.

Retiró la sábana como si fuera la piel de una fruta delicada. No había señal alguna de descanso en la cara de Helen. Todo el dolor había quedado sellado en su interior. Su cuerpo parecía distorsionado. Benjamin dio un paso atrás, intentando corregir mentalmente su postura.

Alguien mencionó su clavícula. Benjamin se volvió. Era la enfermera americana que había salido del edificio corriendo y llorando hacía unos días. Dijo que las convulsiones de la señora Rask habían sido tan violentas que se había roto la clavícula.

Cuando Benjamin regresó a Nueva York, ya era demasiado tarde para pésames, mensajes de condolencias y memoriales. Pocos se atrevían a hablar con él; menos todavía tenían valor para darle consejos. Quienes se los daban le dijeron invariablemente que debería vender la casa: estaba abarrotada de recuerdos, y nadie querría vivir con tantos fantasmas, por muy amables o cariñosos que fueran. Él jamás se molestaba en responder. Había dejado intactas todas las habitaciones. No como en un museo. No como si estuviera esperando, desquiciado por el dolor, a que sucediera algo milagroso en ellas. De hecho, casi nunca se aventuraba fuera de su cuarto y su oficina. Las habitaciones habían sido preservadas simplemente porque, sin ellas, el universo sería un lugar más pobre. En su estado actual, contenía las habitaciones de Helen.

La casa, sin embargo, no estaba entre los pensamientos más destacados de Benjamin. Si algo reflejaba su dolor, era el celo redoblado con el que había vuelto a su trabajo. Intentó realizar una de sus discretas pero decisivas intervenciones en el mercado, centrándose principalmente en la manipulación de la moneda. Después de la Ley Bancaria de Emergencia, la Reserva Federal había impreso grandes volúmenes de dinero para satisfacer cualquier demanda posible después del pánico bancario de 1933. De forma casi simultánea, el gobierno había suspendido el estándar del oro, dejando que el dólar flotara sobre los mercados extranjeros. Haciendo uso de las enormes reservas de oro que tenía por el mundo (y en previsión de órdenes ejecutivas que regularan su comercio), Rask hizo una fuerte apuesta contra el dólar, dando por sentado que este se devaluaría como resultado de las cantidades ingentes de moneda que estaba emitiendo el gobierno. Realizó una gran inversión en la libra esterlina, el Reichsmark y monedas más lejanas, como el yen. Por un momento, los mercados respondieron a su influencia. Con el tiempo, sin embargo, la economía reaccionó favorablemente al paquete de políticas gubernamentales, y el beneficio de Benjamin fue solo marginal. También decidió que el New Deal estaba condenado al fracaso, y que Wall Street se resentiría de la serie de regulaciones introducidas en la Ley de Valores. Basándose en esas intuiciones, decidió repetir su jugada de 1929 y orquestar posiciones cortas a una escala gigantesca. En mitad de sus maniobras, tuvo que reconocer que se equivocaba. El mercado estaba respondiendo bien a las acciones gubernamentales, y Benjamin se vio obligado a dar marcha atrás. Sus pérdidas monetarias no fueron tan grandes como el perjuicio que sufrió su reputación. Se decía en Wall Street que sus especulaciones con la moneda habían ido desencaminadas desde el principio, y que su intento fallido de golpe a la bolsa, emprendido a imitación de su éxito anterior, demostraba que solo tenía un truco viejo en la chistera. El público general —o por lo menos el lector medio de la sección de finanzas del periódico— se indignó al ver al señor Rask apostar contra la recuperación del país.

Durante aquel tiempo, la señora Brevoort hizo gala de un dolor exuberante, explorando todas las posibilidades sociales del luto. Encontró un brillo insospechado en los tonos más intensos del negro y se aseguró de rodearse de plañideras a fin de resaltar su propia versión arrogante del duelo, que ella calificaba de «decoroso». No es improbable que tras aquel espectáculo ligeramente bufonesco de pesar que representaba para su círculo de allegados sintiera un dolor genuino. Hay gente que en ciertas circunstancias esconde sus emociones verdaderas detrás de la exageración y la hipérbole, sin darse cuenta de que su caricatura amplificada revela la medida exacta de los sentimientos que pretende ocultar.

Inmediatamente después del regreso de Benjamin, se dedicó a ir a visitarlo a diario, sin importarle si estaba o no. Organizaba las cosas de la casa, tiranizaba al servicio y se daba aires de estar a cargo de todo. Rask, sin embargo, permanecía empantanado en el trabajo, ciego a las exhibiciones de la señora Brevoort y casi nunca disponible para ella. En el curso de las pocas conversaciones que tuvieron en aquel periodo, la señora Brevoort le insinuó más de una vez la posibilidad de irse a vivir a la casa: a Benjamin le irían bien la comodidad y la compañía que solo le podía ofrecer alguien próximo a Helen, alguien que la hubiera conocido y que lo entendiera a él. Benjamin nunca se dio por enterado de aquellas insinuaciones. La señora Brevoort y Benjamin no tardaron en distanciarse, hasta que su única conexión fueron las facturas que ella no paraba de mandarle a su oficina.

Con el paso del tiempo, Benjamin tuvo que admitir un hecho aterrador: la muerte de Helen no había alterado su vida. No había cambiado nada sustancia: la diferencia solo era de grado. Su luto simplemente era una expresión radical de su matrimonio: ambos eran el resultado de una combinación perversa de amor y distancia. En vida de Helen, Benjamin había sido incapaz de salvar el abismo que los separaba. Aquel fracaso nunca se había convertido en resentimiento, ni tampoco le había impedido buscar nuevos puentes. Ahora, en cambio, por mucho que su amor siguiera siendo el mismo, aquella distancia se había vuelto absoluta.

Seguía financiando las organizaciones benéficas de Helen y recurrentemente patrocinaba orquestas, bibliotecas y fundaciones para las artes. Asociado a donaciones y becas, el nombre propio de ella se volvió sinónimo de excelencia: «una Helen» era uno de los honores más prestigiosos a los que podían aspirar compositores o escritores, y eso complacía inmensamente a Benjamin. La obra benéfica de su mujer asociada a la investigación de nuevos métodos psiquiátricos, sin embargo, fue interrumpida. Era un mundo que Benjamin no quería revisitar. Aunque al final no compró Productos Farmacéuticos Haber, sí que conservó sus participaciones en la empresa: sus sentimientos nunca le habían nublado el juicio a la hora de tomar decisiones empresariales, y aquella no era una excepción. Pese al fracaso del doctor Aftus, Benjamin seguía creyendo que la Haber era una inversión beneficiosa, y ciertamente generaba unas ganancias tan regulares como impresionantes. La terapia convulsiva allanó el terreno para lo que al cabo de unos años se convertiría en la terapia de electroshock. Para entonces, sin embargo, Benjamin ya había apartado a la Haber de la farmacia (y la había despojado de las dos primeras palabras de su nombre) para dedicarla a la industria química y a la consecución de contratos gubernamentales en distintos países.

Si Benjamin se hubiera contentado con hacer una gestión conservadora de su patrimonio, aun así su fortuna habría sido comparable con la economía de un país pequeño. Pero en los años que siguieron a la muerte de Helen, su fascinación por las genealogías incestuosas del dinero —capital que engendraba capital que engendraba capital— permaneció inalterada. Aún era un inversor eficaz, y de vez en cuando tenía algún arranque creativo. Aun así, pese al crecimiento continuo de su cartera de acciones, reinaba la percepción generalizada de que se encontraba en franco declive, de que sus métodos tenían algo rancio. Nada se acercaba a los márgenes de su era dorada. A fin de cuentas, todo el mundo estaba de acuerdo en que no hacía falta un gran talento para ganar dinero teniendo tanto. Algunos lo creían desconectado de la nueva realidad política. Otros pensaban que nunca se había recuperado de la pérdida de su mujer. Muchos decían que simplemente era viejo. Pero la mayoría se mostraban de acuerdo en una cosa: había perdido su magia. Su aura mística se había desvanecido. Había desaparecido el genio que encontró beneficios allí donde todo el mundo encontró la ruina. La impresión general era que se había terminado la era de Benjamin Rask.

Aun así, seguía igual de comprometido con sus negocios que siempre. Y sus últimos años se parecieron bastante a los primeros, cuando empezó a operar en la casa de sus padres en la calle 17 Oeste. Lo único que hacía era trabajar y dormir, a menudo en el mismo sitio. No le interesaba el entretenimiento. Solo hablaba cuando era necesario. No tenía amigos ni distracciones. Aparte de un cuerpo más lento y de algunas dolencias menores, quizás solo existiera una diferencia sustancial entre el Benjamin de antaño y la persona en que se había convertido ahora: de joven había creído que renunciaría a todo por su vocación, mientras que de mayor estaba convencido de haberle dado una oportunidad a la vida.

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