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WILLIAM
Mis antepasados ya hacían de bancos a título personal en muchos sentidos antes de que los bancos propiamente dichos se establecieran por todo el país. Esa estirpe de hombres de negocios arrancó en mi familia poco después de la Declaración de Independencia, en un momento en que, además del First Bank of United States, constituido en 1791, solo existían cuatro instituciones financieras privadas. Es un honor para mí seguir los pasos de mis antepasados y cumplir humildemente con el deber de salvaguardar su nombre.
Mi bisabuelo Wiliam Trevor Bevel se mudó de su Virginia natal a Nueva York con la intención de expandir el negocio familiar. Su padre cultivaba tabaco a una escala modesta. Se ganaban la vida bien, pero William le veía más potencial a la empresa. ¿Por qué debía limitarse a exportar artículos producidos en América? ¿Por qué no abastecer también la demanda creciente que los prósperos terratenientes locales tenían de productos europeos de importación?
Los planes de William se vieron momentáneamente trastornados por el embargo de Thomas Jefferson de 1807, que puso de rodillas a nuestra economía, y no a la británica, que había sido su objetivo. En mitad de su guerra con Francia, Inglaterra había recurrido a incautar mercantes americanos, confiscar su cargamento y obligar a sus tripulaciones a ponerse al servicio de la Marina Británica. A modo de respuesta Jefferson decidió librar una guerra comercial. No se importarían productos ingleses a América. Y lo que era más importante, no se permitiría que ningún artículo americano abandonara nuestras costas rumbo a las suyas. La meta era paralizar la industria británica, tan dependiente de nuestras materias primas. Pero fue nuestra nación la que más sufrió. Se echaron a perder cosechas enteras. Se obligó a los plantadores a dejar que el fruto de su esfuerzo se quedara acumulando polvo en los almacenes.
La impopularidad de aquella forma burda de intervención gubernamental se hizo patente. Sus efectos se discutían en todas las calles y se sentían en todos los hogares. William entendió que era una situación insostenible. Y sabía que se iba a tener que levantar el embargo a tiempo para las elecciones presidenciales de 1808. Para aquello, no obstante, aún faltaba un año. Por consiguiente, urdió un plan.
William solicitó un préstamo de considerable cuantía usando como aval la propiedad de su padre y a continuación pidió otro rehipotecando la primera suma. Se cargó de deudas para poder comprar a quienes, como sus padres, no conseguían vender sus productos. Pero en lugar de tabaco, que no habría podido almacenar como era debido, adquirió productos no perecederos, en particular algodón de las tierras del sur y azúcar de la recién adquirida Louisiana. Su operación se basaba en el supuesto de que podría vender las mercancías en Europa cuando se levantara el embargo y liquidar sus deudas al tiempo que obtenía un beneficio.
En todas partes los productores se las veían y se las deseaban únicamente para conservar sus patrimonios en manos de sus familias. William, que solo tenía veintiséis años, fue recibido como un salvador. Los precios cayeron en picado mientras los dueños de plantaciones competían unos con otros para cerrar tratos con él. Y mientras pudo, hizo lo que estaba en su mano para ayudar al máximo número de gente, proporcionando ayuda a incontables familias muy necesitadas.
Todo esto sucedió deprisa y dejó de ser un buen negocio en cuestión de meses. Otros compradores lo imitaron y pronto ya fue imposible conseguir gangas. Para entonces, sin embargo, William ya estaba en posesión de unas existencias impresionantes. Poco después concluyó el embargo. Para cuando terminó de vender su inventario en Europa, ya había amasado un capital sustancioso.
Casi de la noche a la mañana, mi bisabuelo se convirtió en una autoridad financiera. La gente acudía a él para pedirle consejo y dinero prestado. Sus tarifas siempre eran mucho más bajas que las de los pocos bancos que existían. Y a medida que se multiplicaban aquellos préstamos, se le ocurrió que podía empezar a realizar transacciones con ellos, creando así, casi a solas, un próspero mercado secundario. De este surgieron nuevas asociaciones provechosas y oportunidades de inversión.
Era un innovador y un visionario. Sus experimentos con las divisas para sus transacciones europeas, sin ir más lejos, se adelantaron a su época. Fue pionero con los contratos de futuros (por medio de los cuales comprador y vendedor fijaban un precio, inmune a las fluctuaciones del mercado, para unos productos que todavía no existían, como por ejemplo cosechas que ni siquiera se habían plantado), cuando estos todavía eran unos instrumentos financieros exóticos que muy poca gente había probado. Respaldó, para gran beneficio suyo y del país, los billetes del Tesoro que el gobierno hizo circular para sufragar la Guerra de 1812, y que llevarían al primer papel moneda de nuestra nación, emitido en 1815.
Más ejemplos de su visión para los negocios.
Mostrar su espíritu pionero.
Aunque por entonces ya existía una clase mercantil en Nueva York, y la ciudad giraba en gran medida en torno a los negocios, también se consideraba de mal gusto hablar de dinero. Es más: estaba mal visto involucrarse en cualquier clase de industria. Se suponía que un caballero de verdad era alguien dedicado al ocio. De las operaciones financieras que hacían ese ocio posible, sin embargo, no se hablaba en sociedad. Aquello colocaba a mi bisabuelo en una posición incómoda. Aunque sus servicios eran muy apreciados, quienes se beneficiaban de ellos le hacían el vacío. Harían falta tres generaciones para empezar a corregir aquella tendencia hipócrita, sin terminar de suprimirla.
A lo largo de su carrera empresarial, William siempre se aseguró de recordar sus inicios durante el embargo de Jefferson. Aquella experiencia le había impartido dos lecciones que se tomaba muy en serio. La primera era que las condiciones ideales para los negocios nunca se daban espontáneamente. Había que crearlas. Aunque al principio el embargo había hecho trizas sus sueños, había terminado encontrando la manera de darle la vuelta a la situación para su beneficio. Y su segundo y principal descubrimiento era que el interés propio, si se encauzaba correctamente, no tenía por qué estar divorciado del bien común, tal como demostraban de forma elocuente todas las transacciones que había llevado a cabo en su vida. También yo me he esforzado siempre por seguir esos dos principios: uno debe crear su propio clima favorable y el beneficio personal tiene que ser un bien público.
Y no es el único rasgo que me asemeja a mi antepasado. Se da el caso de que mi bisabuelo tenía inclinaciones artísticas. Fue, de hecho, el único miembro de la familia que dio señales de tal disposición, además de mí. Sin haber recibido jamás educación formal en el terreno de las bellas artes, era un dibujante consumado. Aunque carezco de destreza con el carboncillo o la tinta, me gusta creer que he heredado su buen ojo. Y confío en que mi colección de arte, de la que hablaré más tarde, dé testimonio de esto. Pero hay un parecido más, y más literal, entre nosotros. Entre los muchos dibujos de William, hay unos cuantos autorretratos. Tengo uno de ellos delante ahora mismo. Mirarlo es como mirarme al espejo.