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Mi vida. Andrew Bevel » I. Antepasados » Edward

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EDWARD

Después de la guerra de Secesión, el negocio familiar afrontó el momento más difícil de su historia. Clarence vio la necesidad de dar un giro drástico. Se deshizo del algodón, del tabaco y del azúcar, no porque hubieran caído los precios ni porque las plantaciones hubieran sido arrasadas por la guerra o confiscadas por el gobierno federal, sino porque era lo correcto. En este sentido, siguió las enseñanzas de su padre, según las cuales el beneficio personal debía coincidir con el bien del país. Después dimitió y le cedió el mando a su hijo, mi padre.

Edward era un reflejo invertido de su padre en casi todos los sentidos. Mientras que Clarence era retraído, Edward era sociable. Si uno solo actuaba después de efectuar cálculos minuciosos, el otro se comportaba de forma impulsiva y tenía una intuición infalible. El padre era de baja estatura y sus rasgos delicados parecían reflejar la amabilidad de su espíritu, mientras que el hijo tenía una constitución alta y fornida que evidenciaba su fortaleza de carácter.

Ni ayas ni tutores podían contener a Edward, y se lo calificó casi unánimemente de niño rebelde. Corría de arriba abajo por las escaleras de la casa de la calle 23, ocupaba todas las habitaciones con sus juegos, pintaba escenas extravagantes en las paredes y desmantelaba el mobiliario para construir fuertes. Líder nato, reclutaba a otros niños e incluso a adultos para que siguieran sus órdenes. Lo que todo esto demuestra es que desde la más tierna edad ya tenía la capacidad de moldear el mundo a su voluntad.

Tommy, siempre intuitiva, entendía que el problema no era la conducta de su hijo. Era simplemente que su entorno le venía pequeño. Así pues, se hizo construir una casa de veraneo en el condado de Dutchess. En La Fiesolana, una magnífica villa de estilo florentino a orillas del río Hudson, Edward estaba en su elemento. Allí no se reprimían sus juegos salvajes y se le daba rienda suelta para que agotara sus energías. Aprendió todos los deportes imaginables y destacó en todos ellos. Ya en la infancia demostró ser un jinete natural, y durante su primera juventud descubrió la caza, que se terminaría convirtiendo en su gran pasión. Sigo conservando las cabezas de las piezas que se cobró por todo el país. Pronto La Fiesolana pasó a ser más que una simple casa de veraneo. Fue, hasta el final, el verdadero hogar de mi padre.

Clarence mandó a su reticente hijo a Yale. Atlético, imponente y provisto de un encanto rústico, mi padre no tardó en convertirse en el centro de atención de todos los encuentros deportivos y sociales. Era uno de esos hombres poco frecuentes que, sin intención alguna, quebrantaban las normas del protocolo y la etiqueta pero de alguna forma conseguían que todo el mundo se sintiese aún más cómodo. Sin embargo, aunque le iba bien en los estudios con un esfuerzo mínimo, estaba impaciente por salir al mundo real y dejar su marca. Y, a decir verdad, mi padre no necesitaba una educación formal. Había nacido con sus talentos ya plenamente formados.

A Clarence lo decepcionó pero no le sorprendió que su hijo anunciara que al terminarse el verano no iba a regresar de La Fiesolana a New Haven para comenzar el tercer año de carrera. Se llegó a una solución de compromiso. Mi abuelo exigió a Edward que lo acompañara a diario a su despacho. Mi padre se quejó, pero no tardó en encontrarle el gusto a la situación.

La naturaleza competitiva del trabajo y su éxito inmediato satisfacían al deportista que llevaba dentro. Resultó que Edward era un hombre de negocios nato, tal como demostrarán mis páginas dedicadas a su vida y su legado. No tardó en convertirse en la cara visible del negocio familiar y conducirlo por rutas todavía más exitosas. Detalles.

En uno de los muchos eventos sociales a los que ahora le tocaba asistir le presentaron a Grace Cox. Muchos la consideraban el mejor «partido» de su quinta. Y había quien pensaba lo mismo de Edward. A nadie le sorprendió, por tanto, ver que su primer encuentro terminaba en noviazgo. El noviazgo no tardó en llevar al compromiso, y poco después a la boda.

Más sobre madre.

Grace completó la nueva vida de Edward. La pareja pasó varias temporadas ocupando el centro de la vida social de Nueva York. Y en los veranos se llevaban Nueva York con ellos a La Fiesolana. Si aquel tramo del Hudson ha florecido hasta convertirse en lo que es hoy, se debe en parte a que sus amistades y socios se construyeron casas en las parcelas vecinas para estar cerca de mis padres.

Más sobre las maravillosas cualidades de madre en el capítulo siguiente. De momento baste con decir que Grace hacía honor a su nombre. Su belleza, su elegancia y su desenvoltura le conferían un aire de autoridad amable. Se la admiraba universalmente. Y en los momentos de oscuridad, era el faro al que la gente acudía para que les recordara sus mejores cualidades y sus aspiraciones más nobles.

Uno de aquellos momentos llegó en 1873, cuatro años después de que mis padres se casaran. Aquella primavera se desplomaron todos los mercados de Europa. Poco después quebró la Jay Cooke & Company, la mayor sociedad de inversión de la época. Hubo una estampida bancaria. Entretanto, la escasez en la oferta de moneda, combinada con la sobreabundancia de productos generada por el boom de la manufactura posterior a la guerra de Secesión, llevó a una caída sin precedentes de los precios. Los años siguientes, y hasta el final de la década, se conocerían como la Gran Depresión. Un puñado de periodistas nada imaginativos ha robado recientemente este nombre para describir nuestra recesión más reciente, una inconveniencia que parece casi benigna en comparación con el original de 1873.

Fue durante esa difícil época cuando Grace se convirtió en el corazón mismo no solo del círculo de amistades de mis padres, sino también de varias asociaciones benéficas que habían nacido para mitigar el golpe de la crisis. Dueña de sí misma y sobriamente jovial, tranquilizaba y animaba incluso a los más ansiosos de sus allegados. Algunas anécdotas.

Entretanto Edward, con su intuición infalible, había reclamado la devolución de sus préstamos antes del pánico y había negociado con éxito una partida de bonos de la New York Central Railroad. Esto, junto con otras decisiones arriesgadas pero astutas que contaré más adelante, le proporcionó a mi padre una reserva disponible de dinero en metálico en un momento en que este escaseaba. Ahora se encontraba en una posición única para ayudar a paliar la contracción de la economía. Y una vez más demostró, tal como habían hecho sus antepasados, que el beneficio personal y el bien común no eran conceptos antagónicos, sino que en manos capaces se podían convertir en las dos caras de la misma moneda.

Nací en 1876, pocos años después de aquellos acontecimientos. Todas las versiones concuerdan en que aquel fue el inicio de la época más feliz de mis padres. Descubrieron los placeres domésticos y se entregaron a la vida familiar. Al cabo de unos meses, nos mudamos a La Fiesolana con mis abuelos Clarence y Tommy. Mi padre venía del trabajo los fines de semana y se marchaba abatido todos los lunes, y su forma de compensarnos por su ausencia era irse de compras compulsivas por la ciudad a fin de poder volver con regalos para mi madre y para mí. Me entristece no poder acordarme de aquellos días, pero me consuela saber que los últimos años de mi padre también fueron los más felices.

La aflicción que acabaría con su vida ya llevaba un tiempo gestándose, inadvertida. Un aneurisma roto se lo llevó una tarde mientras se preparaba para marcharse de la oficina. Nunca he dejado de preguntarme cómo le pudo pasar aquello a semejante ejemplo de salud. Mi familia quedó despojada en un solo instante de la felicidad que había alcanzado hacía tan poco. Yo tenía cuatro años.

La tragedia no tardó en golpear otra vez. Clarence, mi abuelo, sucumbió a la pena por la muerte repentina de su hijo. Siempre retraído, empezó a rechazar toda interacción. Se pasaba los días debajo de un roble, contemplando el río. Fue allí donde su corazón, roto, se detuvo.

Poco a poco, mi madre superó lo bastante la pena como para llevar la casa y convertirse en la presencia cariñosa que daría forma a mi existencia. Adoptó un rol activo en mi primera educación, supervisando a mi aya y a mis tutores y siguiendo de cerca sus programas de estudio. Fue durante aquella época cuando empecé a mostrar una aptitud poco usual para las matemáticas.

Mi madre encontró a los mejores instructores posibles para fomentar aquellos talentos y contrató a profesores con las mejores credenciales de la ciudad. Su fe en mis dones, sin duda magnificada por su amor de madre, era tal que hasta me trajo a un joven académico de Cambridge para que me impartiera lecciones. Pero también esto le pareció insuficiente, y poco después de mi octavo cumpleaños me mandó a una escuela en New Hampshire.

En la mayoría de los sentidos, fue la decisión más adecuada, dado que mi facilidad aparentemente espontánea con los números se la debo a la rigurosa formación que recibí durante mis primeros años. Solo hay una razón por la que desearía no haberme ido de casa. En mitad de mi tercer año de escuela, mi madre contrajo una grave enfermedad. No conseguí volver a casa a tiempo para que nos despidiéramos. Es una de las grandes penas de mi vida. Leal como siempre, Tommy permaneció cariñosamente a mi lado hasta que empecé la universidad. Creo que esperó a verme ya encaminado en la vida para permitirse a sí misma descansar por fin.

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