Fortuna
Mi vida. Andrew Bevel » IV. Mildred » Una nueva vida
Página 23 de 45
UNA NUEVA VIDA
En otoño de 1919, la esposa de un socio comercial mío organizó una cena para presentar en sociedad a la señora Adelaide Howland y a su hija, que acababan de regresar de una larga estancia en Europa. Apenas conocían a nadie en Nueva York, y la velada en su honor estaba destinada a ampliar su círculo social.
Las circunstancias de su viaje eran bastante peculiares. Lo que había empezado como una agradable gira para ampliar la educación de su hija terminó siendo una estancia prolongada y casi permanente en el extranjero. Primero, la larga y fatal enfermedad pulmonar del señor Howard, y después el estallido de la Gran Guerra les habían impedido durante años salir del Viejo Continente.
Originarias de Albany, madre e hija habían desembarcado en Nueva York en la primavera de 1919 y habían decidido quedarse aquí. Apenas tenían un puñado de amistades en la ciudad, pero la señora Howard quería un nuevo comienzo para su hija y pensó que Nueva York sería un entorno más acogedor para una extranjera. Porque en eso se había convertido prácticamente su hija tras pasar en Europa sus años de formación. Incluso tenía un ligero y encantador acento que resultaba imposible de ubicar. Aunque se le atenuó con el tiempo, por fortuna nunca terminó de perderlo.
La tarea de describir los rasgos de Mildred queda muy lejos de mis habilidades verbales. Jamás podría hacer justicia a su delicada elegancia. Sí puedo decir que me fascinó en cuanto nos presentaron. Aquella primera impresión nunca se disipó. Al contrario. Cuanto más la conocí, más se intensificó su belleza, porque su encanto y su desenvoltura eran las manifestaciones externas de su espíritu. Imagen vale más que 1000 palabras: reproducir aquí el retrato de Mildred en La Fiesolana que hizo Birley.
Su madre le dio permiso para pasear conmigo por Central Park. No puedo decir que durante aquellas caminatas nos conociéramos mejor, porque la sensación que nos daba era que nos conocíamos desde siempre. Aun así, durante aquella primavera compartimos detalles de nuestros pasados y esperanzas para el futuro. Pero nunca nos sentimos como dos personas que se presentan el uno ante el otro. Éramos más bien como dos viejos amigos que se reencontraban tras pasar mucho tiempo separados. La sensación de intimidad fue inmediata, igual que mi certidumbre de haber encontrado por fin a mi afectuosa compañera.
Como sus padres se habían visto consumidos por las penurias de la enfermedad y la guerra, Mildred se había hecho cargo en gran medida de su propia educación. Le atraían las artes, y su buen gusto natural había acabado siendo su mejor mentor y maestro. El estatus heredado de una obra no significaba nada para ella. No le importaban las opiniones de los críticos y le traían sin cuidado los dogmas académicos.
Más aún que la pintura amaba la literatura. Era una lectora incansable que seguía sus inclinaciones por encima de las reglas que le dictaban los guardianes del gusto, trazando así su propio camino. Ampliar.
De todas las artes, sin embargo, era la música la que ocupaba el lugar más prominente en su corazón. Sin sus hermosas grabaciones, que nunca dejaban de sonar en el fonógrafo, y sin los pequeños recitales que organizábamos de vez en cuando para un puñado de amistades, nuestro hogar habría sido igual de frío que un museo. La calidez que irradiaba Mildred era su cualidad más maravillosa y también la mayor aportación que hizo a mi vida. Veía la belleza del mundo, y, mientras tuvo fuerzas en su delicado cuerpo, su misión fue ayudar a los demás a verla también.
La estancia demasiado breve de Mildred entre nosotros dejó huellas indelebles. Su amabilidad y su generosidad marcaron a todo el mundo. Ejemplos. Y sé que su amabilidad seguirá alcanzando a las generaciones venideras, mucho después de que yo me vaya.