Fortuna

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Mi vida. Andrew Bevel » IV. Mildred » El hogar

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EL HOGAR

Años antes de nuestra boda, yo había adquirido una casa en la calle 87 Este, cerca de la Quinta Avenida. Aunque siempre había estado vacía, desde el primer momento tuve planes para ella. Con el tiempo fui comprando una serie de propiedades anexas. Mi intención era ser dueño del tramo occidental restante de mi manzana y también de la sección equivalente al norte, hasta la esquina de la Quinta Avenida. De esa manera, me podría construir una casa con vistas a Central Park.

Se dio el caso de que, poco después de mi boda, me encontré en posesión de la última pieza de aquel rompecabezas. Por fin quedaba consolidada nuestra parcela. ¡Cualquiera que sepa algo de la situación inmobiliaria de Nueva York entenderá que aquella ambición, modesta en comparación con otras, fue uno de los mayores triunfos de mi carrera!

George Calvert Leighton y su firma trazaron los planes arquitectónicos, la hilera de casas adosadas fue demolida rápidamente y empezamos a construir de inmediato. Durante aquella fase del proyecto, Mildred y yo nos mudamos a La Fiesolana. Mi mujer se quedó encantada. Gracias al tiempo que había pasado en la Toscana, apreciaba genuinamente la perfección con que Tommy, mi abuela, había replicado lo mejor de Italia en el condado de Dutchess.

En cuanto Mildred estuvo instalada, infundiendo vida y calidez a cada habitación con sus pequeños toques, reanudé mi trabajo en Manhattan. Fue una época de mucho ajetreo, puesto que me dediqué a ayudar a sacar la economía de la recesión que había estrangulado al país después de la Gran Guerra, y que he descrito en el capítulo III. De lunes a viernes, al salir del trabajo, visitaba las obras de la casa. Y todos los fines de semana emprendía el viaje a La Fiesolana cargado de regalos para compensarla por mi ausencia. Igual que mi padre.

La casa estuvo terminada dos años más tarde. La felicidad de Mildred después de mudarnos fue también la felicidad más abrumadora que he experimentado nunca. Se deleitaba con las pequeñas tareas y encontraba la mayor satisfacción en los placeres simples de la vida. El hecho de que su mayor lujo fuera una taza de chocolate caliente al final de la jornada debería hablar con elocuencia de su naturaleza humilde y sencilla.

Pequeñas anécdotas cotidianas.

El destino cruel quiso que Mildred contrajera su enfermedad poco después de instalarse en nuestra nueva residencia. Una fatiga incesante fue el primer síntoma de lo que terminaría siendo una larga agonía. Los médicos le prescribieron reposo en cama y una dieta enriquecida, pero todo el descanso y la comida del mundo no bastaron para devolverle la salud. Al principio no podía reunir la energía suficiente para seguir el ritmo de nuestros compromisos sociales. Pese a todo, por débil que estuviera, seguía haciendo su vida por toda la casa. Pronto, sin embargo, se vio incapaz de asistir a los recitales musicales que tan gratos le resultaban.

Como no podía ir a las salas de conciertos, trajo la música a casa organizando pequeños recitales en nuestra biblioteca. Eran reuniones informales y sin pretensiones. En el salón de la segunda planta, que tenía una acústica excelente, tocaban solistas o conjuntos de cámara. Con frecuencia se nos unían un puñado de amistades para asistir a aquellos programas vespertinos. Recuerdo perfectamente la sonrisa melancólica de Mildred, su mirada extasiada y la forma en que meneaba suavemente las manos sobre el regazo, como si estuviera dirigiendo una orquesta.

Poco después de empezar a ejercer de anfitriona de nuestras pequeñas veladas musicales se vio obligada a renunciar a sus amados paseos por el parque. Eso, sin embargo, no mitigó su amor a la naturaleza. Empezó a pasar las horas más frescas de la mañana en nuestro invernadero y desarrolló un interés apasionado por las flores. A lo largo del año recibía especímenes exóticos de distintas partes del mundo. Su mirada pictórica encontraba un placer sin fin en componer ramos de todas las formas y tamaños, muchos de ellos inspirados por los cuadros de nuestras paredes.

Una afición particularmente encantadora que tenía consistía en reproducir hasta el último detalle los arreglos florales de algunas de nuestras pinturas. El jarrón del fondo de un Ingres, los jardines de Fragonard, con sus distintos ramilletes, las coloridas guirnaldas y ramos de un Van Thielen, las cascadas florecientes de Boucher… Mildred les dio vida de forma literal. Era tanta su pasión que hasta compré unos cuantos cuadros de De Heem, Ruysch, Van Aelst y otros artistas holandeses especializados en flores solo para consentirle a Mildred su encantador pasatiempo.

Más escenas domésticas. Sus pequeños toques. Anécdotas.

Por culpa del declive de sus fuerzas se vio confinada o bien a sus habitaciones, o bien a un sillón de la galería central, donde le gustaba pasar las tardes y las veladas. Allí se sentaba con un libro y una taza de chocolate caliente, rodeada de música, arte y flores. Era una lectora ávida, a quien le atraían todos los géneros, desde la poesía italiana hasta los grandes clásicos franceses, y ambas cosas las leía en el idioma original. A medida que se deterioraba su salud, sin embargo, empezaron a gustarle las novelas de misterio. Aunque Mildred siempre mostraba una indiferencia absoluta hacia el prestigio establecido de una obra, de entrada, como una niña dulcemente rebelde, me ocultó aquella pasión que acababa de encontrar. Luego la tachó de simple distracción, o de pasatiempo ligeramente embarazoso. Aquellos libros no eran verdadera literatura, dijo. Quizás tuviera razón. Pero lo cierto es que, a medida que se deterioraba, los dos encontramos placer en ellos.

Entre mis recuerdos más gratos de aquellos años se cuentan nuestras cenas juntos, en que me hablaba de los libros que había leído. No me acuerdo muy bien de cómo empezó aquella costumbre, pero con el tiempo la convertimos en una especie de ritual. Cada vez que terminaba de leer una novela que le había gustado, me la contaba durante la cena. Tenía una memoria prodigiosa y la sagacidad de la señorita Marple. No había detalle lo bastante pequeño como para escapar a su atención. Su forma de escrutar hasta la última migaja de información habría avergonzado al detective más meticuloso. Entre el primer plato y el postre me narraba un libro de cabo a rabo, incluyendo las notas a pie de página de sus conjeturas y predicciones. Confieso que aprendí a disfrutar de aquellos pequeños misterios. Pero solo en sus apasionadas versiones. Era maravilloso mirarla, iluminada, perdida en la narración. Tan cautivada se quedaba por la trama, y yo tan cautivado por ella, que se nos enfriaba la comida de los platos. ¡Cómo nos reíamos cuando nos dábamos cuenta! Siempre me pedía que adivinara quién era el asesino, pero yo había estado demasiado distraído mirándola, y nunca eran el mayordomo ni la secretaria que yo le sugería como sospechosos principales. Con eso nos reíamos aún más, mientras yo fingía regañarla por hacer que se nos enfriara la comida.

Ni siquiera en los momentos más duros se quejó ni perdió la alegría. Y jamás dejó de hacerse cargo de una infinidad de detalles invisibles pero maravillosos a mi alrededor. Todos aquellos pequeños gestos cariñosos mejoraban mi vida sin que yo me diera cuenta. Aunque la quise y la aprecié desde el momento mismo de conocernos, solo después de que se fuera me di cuenta de lo trascendental y ubicua que había sido su influencia en mi mundo cotidiano…

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