Fortuna

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Mi vida. Andrew Bevel » IV. Mildred » Despedida

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DESPEDIDA

Gestionar la enfermedad de Mildred fue quizás el mayor desafío de toda mi vida. A medida que su estado empeoraba, empecé a traerle a los mejores médicos del país. Después de cada nuevo examen médico, departía con ellos en privado, solo para ver confirmados los hallazgos del reconocimiento anterior. Con unanimidad, los médicos comentaban lo sorprendente que les parecía que se la viera tan relativamente fuerte, teniendo en cuenta el estado avanzado de la malignidad. Todos lo atribuíamos a su espíritu positivo y a su visión optimista de la vida.

Por esta razón le escondí el pronóstico durante todo el tiempo que pude, mostrando una actitud jovial y asegurándome de que siguieran intactos todos los pequeños rituales y placeres que componían su existencia. Simplemente temía que no fuera lo bastante fuerte como para soportar la verdad. La dura realidad destruiría la disposición alegre que la había sostenido hasta entonces. Me duele decir que no me equivocaba. Cuando por fin le revelé el diagnóstico, la palabra misma la llenó de un terror que a su vez aceleró su declive.

Crónica breve y decorosa del rápido deterioro de Mildred.

Después de consultarlo largo y tendido con médicos tanto de Nueva York como de Europa, encontré un sanatorio en Suiza donde algunos pacientes con enfermedades supuestamente incurables habían experimentado recuperaciones casi milagrosas. El lugar, un centro apartado y situado entre Zürich y Saint-Moritz, me despertó la curiosidad. Pero del mismo modo que no había querido compartir las malas noticias con Mildred si no era necesario, ahora tampoco me sentí inclinado a darle falsas esperanzas. No hay nada más dañino para un enfermo que las decepciones.

Pronto el viaje sería imposible para Mildred.

Sus recelos. Carrera contra el tiempo.

Arreglos finales de los asuntos de Mildred en Nueva York. Dejar la oficina de Nueva York en marcha durante la ausencia.

Despedida de amigos. Breve crónica del viaje.

El sanatorio estaba en un lugar resguardado, rodeado de un entorno exuberantemente boscoso. En un valle sito en mitad de la ladera de una montaña, ofrecía vistas encantadoras de las praderas y colinas. El aire fuerte y vigorizante hacía de tónico, y desde el primer momento ya pude ver su efecto fortalecedor sobre Mildred. Su cara recuperó el color y sus pasos ganaron confianza.

La campiña europea le recordó su infancia a Mildred. Pasaje breve sobre el tiempo que pasó en Europa con sus padres.

Se adaptó de forma inmediata. Médicos y enfermeras cautivados con ella, etc.

Pruebas. Rutina diaria. Tomar las aguas. Dieta, ejercicio, paseos modestos, etc. Dolor.

Poco después de nuestra llegada, y en cuanto los médicos terminaron de hacerle pruebas, el director del establecimiento pidió verme. No hizo falta que hablara. Sé perfectamente la cara que tiene un hombre con malas noticias. Después de los circunloquios y los graves preámbulos esperables, tuvo la cortesía de no andarse con rodeos. No había cura. Me gustaría poder decir que la noticia me sorprendió. El director me aseguró, sin embargo, que mi decisión de poner a Mildred en sus manos había sido acertada. El sanatorio y su entorno ofrecerían las mejores condiciones posibles durante aquel difícil periodo. Y resultó ser verdad.

Mildred debió de notar o adivinar que su enfermedad era incurable. Siguió mostrándose igual de dulce que siempre, pero su jovialidad y alegría dieron paso a una serenidad y un aplomo nuevos. Parte de ella ya había ascendido a un reino superior.

Ejemplos de la sabiduría inocente de Mildred durante aquella época. Sus ideas sobre la naturaleza y Dios. Último paseo por el bosque. Incidente tierno con un animal.

Solo una vez me atreví a interrumpir la tranquilidad de su rutina, cuando conseguí llevarle el cuarteto de cuerda del Grand Hotel Saint-Moritz al sanatorio para que le dedicaran un concierto privado. El director y algunos de los médicos se nos unieron para celebrar aquella velada inolvidable. Yo le había pedido al cuarteto que tocara algunas de las piezas favoritas de Mildred. Nombrar algunas. No sería exagerado decir que se vio transportada. Al terminar el recital se la veía llena de vida y de vigor, casi como si hubiera sido curada mágicamente. Tal era el poder que ejercía la música sobre ella.

Aquella ligera mejoría me animó a emprender, reticentemente, un viaje de un solo día para hacerme cargo de una situación crítica que se me había presentado. Zürich, a sesenta millas del sanatorio, es la sede de la bolsa suiza, y también, no hace falta decirlo, una de las capitales bancarias del mundo. Unos asuntos urgentes exigían mi presencia allí. Fue el único momento en que me alejé de su lado, y ahora desearía no haber acudido a aquella cita.

Siempre recordaré cómo me puso el dorso de la mano en la frente antes de que me marchara. Y nunca me perdonaré no haberme darme cuenta de que aquel gesto tan inusual era su despedida. Cuando regresé de la ciudad, ya no estaba con nosotros.

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