Fortuna
Mi vida. Andrew Bevel » V.La prosperidad y sus enemigos » Destino realizado
Página 28 de 45
DESTINO REALIZADO
Después de que el Viejo Mundo se llevara a sí mismo al borde de la destrucción, quedó claro que el futuro pertenecía a América. Mientras Europa permanecía cargada de deudas y desgarrada por unas animadversiones nacionalistas que la Gran Guerra solo había profundizado, los Estados Unidos entraron en una década de gran prosperidad.
Fue una era rebosante de invenciones, un nuevo Renacimiento. Al terminarse la guerra, la electricidad solo alimentaba una cuarta parte de las fábricas de América. Diez años más tarde, las máquinas de vapor ya casi habían desaparecido y prácticamente toda nuestra producción era eléctrica. Las lámparas incandescentes se volvieron ubicuas. Las lavadoras, aspiradoras y otros electrodomésticos acudieron en ayuda de tres cuartas partes de las amas de casa americanas. El cine y la radio trajeron disfrutes nuevos a millones de personas durante sus horas de ocio.
La producción en masa de automóviles creó un círculo fenomenal de prosperidad, donde el consumo y el empleo se alimentaban entre sí. En torno a la automoción floreció una serie de industrias adyacentes, desde las refinerías de petróleo hasta las fábricas de caucho. Se pavimentaron miles de millones de carreteras. Las flotas de camiones aceleraron el comercio. A principios de siglo había 8000 coches registrados en los Estados Unidos. Al llegar 1929, la cifra se había elevado a casi 30 000 000.
Pero la mayor industria americana de la época eran las finanzas. Después de la deflación de 1920, explicada en el capítulo III, arrancó un periodo de crecimiento económico sin precedentes. Con la inflación general a cero, los tipos de interés se mantuvieron bajos. Las acciones se cotizaban a la baja y los dividendos eran buenos. Nunca en nuestra historia se había invertido una parte tan grande de la renta nacional. Durante la primera mitad de la década los beneficios subieron un 75 por ciento, y la mayor parte de aquel superávit fue a parar a la bolsa, causando un incremento enorme de las cotizaciones. Para dar algo de perspectiva, en 1921, justo después de la recesión, el índice Dow alcanzó su mínimo histórico de 67 puntos. En 1927 pasó de los 200 por primera vez. Esto fue lo que impulsó la producción en América. Esto fue lo que financió todas las aquellas innovaciones tecnológicas vertiginosas y también su consumo. El presidente Coolidge no lo podría haber dicho mejor: «El negocio de América son los negocios».
¿Cómo empezó aquella época de abundancia? Tras la recesión de 1921, y a fin de apoyar el plan de prosperidad, sentí el deber de hacer todo lo que estuviera a mi alcance para impulsar el mercado y restaurar la confianza que había borrado la recesión. A finales de marzo de 1922 adquirí de forma sucesiva acciones de una serie de compañías automovilísticas, ferroviarias y también de caucho y acero. En el curso de los días siguientes hice subir la cotización de la United Steel hasta un valor récord de 97 5/8. Las acciones de las siderúrgicas independientes subieron por imitación, igual que las de Baldwin Locomotive, International Nickel, Studebaker y otras.
El nivel de crecimiento del mercado a 3 de abril de 1922 solo se había «alcanzado una vez en toda la historia previa de la Bolsa», como admitiría incluso el New York Times al día siguiente. Reacio como siempre a concederme ningún mérito, el Times llamó «movimiento misterioso» a la fuerza que estaba impulsando el mercado.
Si cito estas transacciones particulares de principios de 1922 es solo porque constituyen un hito histórico. Aquel día de abril inauguró una época que no tuvo nada de «burbuja», sino que asentó los cimientos de un futuro de gran abundancia. A lo largo de los años siguientes llevé a cabo muchas operaciones similares, que permitieron que una multitud de empresas americanas, fabricantes y corporaciones aumentaran sus emisiones de valores y se capitalizaran. Ese es mi historial. Y esos son los antecedentes que el lector necesita para entender 1929.
Solidez financiera: más datos y cifras contrastados. Que sea accesible para el lector medio.
Siempre he evitado la política y he rechazado todos los cargos que se me ofrecieron. Pero me enorgullece decir que durante aquella época contribuí a guiar las políticas monetarias y comerciales en la dirección adecuada, ofreciendo asesoramiento informal cuando se me solicitaba. La relación amigable con el gobierno se inició en 1922, cuando el presidente Warren G. Harding nos convocó a mí y a otros hombres de negocios a la Casa Blanca para ayudarlo a cumplir su promesa electoral de traer prosperidad a nuestra población poniendo «América en primer lugar».
Gracias a la implantación de los recortes fiscales y las tarifas proteccionistas que llevábamos tanto tiempo reclamando, la producción alcanzó un máximo histórico y las cifras de empleo subieron sin parar por todo el país. En 1921, el tipo impositivo marginal máximo era del 77 por ciento. Al llegar 1929, ya habíamos conseguido bajarlo al 22 por ciento. En vez de llenar las arcas de Washington, aquel dinero regresó a las empresas, y generó nuevos empleos para los trabajadores americanos. Me alegra haber podido echar una mano a la hora de dar forma a aquellas políticas monetarias y fiscales, y de haber ayudado a que el mercado discurriera por el camino adecuado.
Éxito fabuloso de 1926. Triunfos incomparables. Histórico.
Durante aquel tiempo no solo vi realizado el destino de nuestra gran nación, sino también el mío. Hacía apenas unos años que Mildred y yo nos habíamos mudado a nuestra nueva casa de la calle 87. Durante un breve periodo, antes de que la alcanzara la fatiga que se convertiría en el primer síntoma de su enfermedad, la vida fue
Párrafo breve Mildred, placeres domésticos. Hogar es un bálsamo en esos días felizmente frenéticos.