Fortuna

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Mi vida. Andrew Bevel » V.La prosperidad y sus enemigos » Método

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MÉTODO

Se ha escrito mucha ficción sobre mi rol en el mercado. Y el público se ha pasado demasiado tiempo hablando de mi «premonición» de las fluctuaciones de la bolsa, sobre todo durante mis logros históricos de 1926 y los acontecimientos que tendrían lugar tres años más tarde. Espero que se me disculpe, pues, por hacer una breve pausa para establecer los hechos.

Dicen que la educación de un niño empieza varias generaciones antes de que nazca. Esto es cierto, y en mi caso mi educación financiera empezó hace más de un siglo, con mi bisabuelo William, de quien heredé el sentido de la audacia empresarial. Esa instrucción siguió con mi abuelo, que me legó su cabeza para las matemáticas. Y concluyó con mi padre, que me transmitió una parte de su intuición infalible. Hacia 1922, organicé toda aquella rica herencia intelectual en torno a un método diseñado por mí mismo.

Mi trabajo real empieza después de la campana del cierre, que es cuando llevo a cabo mi investigación y mi análisis. Llevo años creando registros y diagramas de los movimientos financieros e industriales del mundo entero. Tal como escribí en el capítulo II, un verdadero hombre de negocios ha de dominar múltiples disciplinas. El espectro de mis intereses, sin embargo, es tal que jamás sería capaz de gestionar el volumen de información acumulado. Por consiguiente, ya hace tiempo que recluté a un equipo de estadísticos y matemáticos para que formaran una verdadera mente colectiva. Bajo mi supervisión directa, esos investigadores estudian extractos bursátiles, evalúan registros industriales, predicen tendencias futuras a partir de las dinámicas del pasado y detectan patrones en la psicología de masas.

A continuación, someto todos estos datos a un riguroso análisis matemático y los contrasto con toda una serie de patrones estadísticos y probabilísticos que he desarrollado con el paso de los años. Mi punto de partida para este sistema fue el trabajo que realicé en mi juventud bajo la tutela del profesor Keene en Yale, descrito en un capítulo previo. A lo largo de mi carrera, fui ampliando y ajustando aquellos descubrimientos a las exigencias específicas de las finanzas. El resultado fue una red radicalmente nueva de cálculos y algoritmos, adaptable a una amplia variedad de contingencias mercantiles.

El lector entenderá la necesidad de discreción y me perdonará por no entrar en detalles acerca de este aspecto en particular. Baste con decir que las conclusiones alcanzadas al final de este proceso son las que dan forma a mis transacciones, operaciones diarias y planes a largo plazo. El resto, lo que pasa en el parquet de la Bolsa, solo es la ejecución de esas decisiones.

Se ha hablado mucho de mi capacidad para «volar a ciegas» durante los momentos en que el ticker no podía seguir el ritmo del volumen de transacciones. La intuición me ha ayudado mucho durante mi carrera, y le debo gran parte de mi reputación a ella. Pero para tener un éxito continuado como inversor hay que seguir ciertas reglas. Mi ventaja nace del hecho de añadir la ciencia y la interpretación objetiva de grandes volúmenes de datos a mi intuición es lo que me da ventaja. El resultado es lo que tantas veces se ha confundido con «adivinación». Es esa combinación única de instinto y método lo que siempre me ha permitido adelantarme a la cinta de cotizaciones. Incluso en estos tiempos presentes de más calma, obstaculizados por unas restricciones asfixiantes, todavía consigo prosperar gracias a mi fórmula. Pero hablaré de mis logros presentes en el último capítulo de este libro.

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