Fortuna
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DESTINO TRAICIONADO
El mercado siempre tiene razón. Nunca la tienen quienes lo intentan controlar. Aun así, durante la segunda mitad de la década de 1920, en pleno apogeo del éxito legítimo y denodado de América, dos fuerzas desencaminadas irrumpieron en escena con la intención de hacer justamente eso. Por un lado, los especuladores y los bucaneros que buscaban ganar dinero rápido inflando los precios de forma temeraria con dinero prestado. Por otro lado, la torpe maquinaria de la Reserva Federal, que intentó de forma ineficiente frenar a aquellos tahúres por medio de una serie de intervenciones artificiales, mal concebidas y nada oportunas que solo consiguieron perjudicar a los inversores legítimos. La confluencia de aquellos aficionados codiciosos y de los torpes burócratas conseguiría finalmente destruir el mercado de la prosperidad.
Los acontecimientos que condujeron a la debacle de 1929 no fueron sino la perversión de todo lo que había sido magnífico en los años anteriores. El crédito flexible, las cifras elevadas de empleo y la oferta amplia de productos novedosos estaban inextricablemente ligados entre sí. Animada por sus salarios regulares y por la abundancia de la primera mitad de la década, la gente perdió el miedo a endeudarse y empezó a comprar automóviles y electrodomésticos a plazos. La resultante sobreexpansión del crédito no detuvo a nadie.
Los trabajadores se convirtieron en consumidores. Y pronto los consumidores se convirtieron en «inversores». Debido a que la deuda ya no conllevaba el estigma de otros tiempos, las masas no vacilaron en poner en juego un dinero que en realidad no les pertenecía. Aquellos nuevos operadores no eran dueños de los valores a los que estaban apostando. El grueso de sus transacciones se realizaba con márgenes, a través de préstamos a la vista. Con unos tipos de redescuento bajos, las entidades de crédito menos escrupulosas atrajeron a la población general ofreciéndole dinero barato. Individuos que antes de 1924 nunca habían visto un ticker se convirtieron en expertos financieros de la noche a la mañana. A nadie le preocupaba que aquella especulación temeraria socavara los cimientos de la prosperidad que tanto nos había costado ganar.
La bolsa se convirtió en el pasatiempo favorito de América. El desenfreno de la especulación apalancada atrajo a un sinfín de don nadies con sueños de grandeza, que eran siempre los actores más irresponsables del mercado. Los millonarios menores se engañaban a sí mismos diciéndose que se habían «hecho de oro» y que podían multiplicar su botín de forma indefinida. Las bandas de arribistas sin disciplina, turistas bursátiles y otra chusma animada por crupieres inescrupulosos abusaron del éxito de los empresarios esforzados.
Todo el mundo estaba jugando a las finanzas con dinero de juguete. ¡Hasta las mujeres entraron en el mercado! En las páginas de la prensa sensacionalista se mezclaban los «consejos» y «trucos» para invertir con los patrones de costura, las recetas y los cotilleos sobre los rompecorazones de Hollywood. La revista Ladies’ Home Journal publicaba editoriales firmados por financieros. Viudas y empleadas domésticas, jovencitas descocadas y madres «jugaban a la bolsa» por igual. Aunque la mayoría de agencias de corretaje respetables seguían una política estricta de no aceptar mujeres, por todo Nueva York aparecieron salones de inversión para señoras, y en las poblaciones más pequeñas algunas amas de casa guiadas por «corazonadas» abandonaban sus deberes domésticos para seguir el mercado en las oficinas locales de telégrafos y dictar por teléfono sus transacciones al final de la jornada. Al principio de la década, las mujeres solo representaban un 1,5 por ciento del total de especuladores ociosos. Al final se acercaban al 40 por ciento. ¿Podía haber algún indicador más claro del desastre que se avecinaba? El descenso de la ilusión colectiva a la histeria solo era cuestión de tiempo. Yo sabía que era mi deber hacer lo posible para rectificar aquella situación.
Sin embargo, como ya he indicado antes, en aquellos años hubo una segunda fuerza en juego: la Reserva Federal. Ya he dejado abundantemente claro en el capítulo III que siempre me opuse a la creación de ese organismo regulador, pero dado que es una carga que tenemos que soportar, lo normal habría sido esperar que por lo menos frenara aquella orgía de especulación. Sin embargo, el Comité de la Reserva Federal fue demasiado tímido a la hora de tomar las riendas, y después, en un intento desesperado de corregir sus errores previos, tiró de ellas con demasiada fuerza. Entre enero y julio de 1928, el Comité elevó el tipo de redescuento del 3,5 por ciento al 5 por ciento. Fue una maniobra demasiado débil como para refrenar el uso del crédito en la distribución de valores, pero demasiado asfixiante para la salud económica del país. Un ejemplo clásico de los intentos estatales de corregir de forma artificial una situación que el mercado habría rectificado de forma natural, si se le hubiera dejado operar libremente.
Los indicios de estancamiento y de colapso inminente estaban a la vista de todos. Hacía un tiempo que se percibían evidencias de recesión económica, como por ejemplo un cierto abatimiento en la industria automovilística y la sobreproducción de otros bienes duraderos. Todo el que se podía permitir un automóvil, un frigorífico o una radio ya los había comprado. Los precios de los bienes de mercado estaban cayendo. Y, más aún, los tipos altos que había impuesto el Comité solo podían desestabilizar las condiciones monetarias en Europa y perjudicar el comercio exterior americano. Era inevitable una corrección del precio de los valores.
Pese a todo, en 1929 la bacanal especulativa alcanzó unos niveles sin precedentes. Aquel verano, el Dow casi se duplicó, pasando de 200 a un máximo histórico de 381,17. Aquello no era crecimiento. Era locura. El 3 de septiembre de 1929 Wall Street alcanzó su máximo de préstamos de corretaje. Justo entonces, en un intento desesperado de ejercer más presión, el Comité subió el tipo de interés un punto adicional más, hasta llegar al 6 por ciento.
También: La Res. Fed. ordena a los bancos que dejen de suministrar dinero para préstamos a la vista, acabando con la demanda de valores. ¿Acaso la Res. Fed. creía sinceramente que el volumen enorme de acciones recién emitidas se iba a comprar con efectivo?
A la vista de estas condiciones, el 5 de septiembre empecé a deshacerme de mis activos. El Times informó de que «totalmente de improviso, se desató una tormenta de ventas en Wall Street», que resultó en «una de las horas más frenéticas de la historia de la bolsa». En una ironía amarga que se remontaba a 1922, empecé por las acciones de United Steel, que arrastraron en su caída a General Motors y General Electric, y luego a Radio, Westinghouse y American Telephone. La caída repentina no tardó en ir más allá de los valores de primer orden. El ticker no paró hasta las cinco de la tarde para poder transmitir los 2 500 000 de acciones que se habían liquidado aquel día.
Lamento decir que mis acciones no consiguieron serenar el mercado. Hacían falta medidas más drásticas. Siempre he sido un defensor del interés público, aun cuando pueda parecer que mis acciones van en su contra. El historial de las inversiones a largo plazo que realicé en empresas y que llevaron al crecimiento de América habla por sí mismo. En 1929, sin embargo, asqueado por un lado por la codicia depravada que estaba trastornando los asuntos bursátiles y mortificado por el otro por el intervencionismo desatado de la Reserva Federal, me sentí obligado a adoptar una posición corta. No solo porque fuera la estrategia más razonable como hombre de negocios. También fue mi intento, en calidad de ciudadano preocupado, de corregir y purgar el mercado. Y tal como habían hecho mis antepasados, demostré que el beneficio, cuando se obtiene de forma responsable, coincide con el bien común.
Tal como yo había previsto, las intervenciones de la Reserva Federal terminaron por provocar el pánico entre bancos y entidades de crédito. Se reclamó la devolución de los préstamos al corretaje. De la noche a la mañana, los mercados que hasta hacía unas horas iban al alza empezaron a caer. Pronto, las acciones que servían de avales de los préstamos al descubierto valieron menos que el papel en el que estaban impresas.
La tasa de interés mínima se vino abajo el 23 de octubre. Durante las dos horas previas a la campana del cierre, el Dow perdió casi el 7 por ciento de su valor del día previo. Se hicieron una cantidad vertiginosa de demandas de margen adicional. La mañana siguiente, el New York Times declaró que la ola repentina de liquidaciones la había causado «la necesidad de reajustar los niveles de precios, resultantes de las compras públicas excesivamente entusiastas». Hasta ahí, todo correcto. A continuación, sin embargo, el artículo empezaba a incurrir en falsedades y conspiraciones. No contento con aislar la causa verdadera de la debacle, también necesitaba añadir un toque de intriga. A fin de aplacar a aquel publico «demasiado entusiasta» al que acababa de denunciar, el Times se dedicaba a continuación a mencionar una supuesta «manipulación planificada» y operaciones furtivas consistentes en «ventas estratégicas para hundir las cotizaciones por parte de operadores poderosos, que eligieron sectores vulnerables para vender al por mayor».
No hacía falta ser Sherlock Holmes para deducir que aquellas frases iban dirigidas a mí. Pero tal como confirmará cualquier profesional genuino, es imposible que una sola persona o grupo de personas controlen el mercado. La idea de unos cuantos conspiradores que mueven los hilos de Wall Street mientras fuman puros en un salón es ridícula. El 24 de octubre, conocido como el Jueves Negro, se vendió la increíble cifra de 12 894 650 de acciones en la Bolsa de Nueva York. El lunes 28, los precios siguieron desplomándose. El Dow experimentó la caída más drástica de su historia, al hundirse un 13 por ciento, 38,33 puntos, en una sola sesión de operaciones. Al día siguiente, el Martes Negro, todos los récords quedaron pulverizados cuando se vendieron en el parquet 16 410 030 acciones. Al llegar la hora del cierre, la cinta de cotizaciones ya llevaba dos horas y media de retraso. Aquellas cifras enormes confirmaron que el mercado estaba haciendo frente a unas fuerzas más poderosas que un solo hombre, grupo o consorcio.
Al final de todo, el Dow había caído 180 puntos, que era casi exactamente lo que había ganado durante los desquiciados meses del verano. Se habían retirado más de la mitad de los préstamos al corretaje. Durante aquella avalancha de liquidación no hubo compradores, a pesar de los precios. Para entonces yo ya había cerrado todas mis posiciones, y me produce cierta satisfacción decir que al comprar mis coberturas pude proporcionar por lo menos cierto alivio a una multitud de vendedores desesperados por encontrar comprador.
Mis acciones salvaguardaron la industria y los negocios de América. Alejé de nuestra economía a los operadores inmorales y los destructores de la confianza. También protegí a la libre empresa de la presencia dictatorial del Gobierno Federal. ¿Obtuve algún beneficio de esos actos? Sin duda. Pero a largo plazo, también lo obtendrá nuestra nación, liberada tanto de la piratería bursátil como del intervencionismo estatal.