Fortuna

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Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » I

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I

Cerradas durante décadas a casi todo el mundo, ahora las puertas de paneles están abiertas al público de martes a domingo entre las 10 a. m. y las 6 p. m.

Me pasé años evitando la entrada principal de la Bevel House, en la calle 87 entre Madison y la Quinta Avenida. De vez en cuando, al cruzar el parque, divisaba la planta superior del edificio a través del follaje. La piedra caliza que se oscurecía con el paso de las estaciones; las persianas cerradas sin importar la época del año.

Hace unos seis años, sin embargo, encontré abiertos los postigos. Al cabo de unas semanas apareció un artículo en el Times que informaba de que, tras un largo litigio por la mansión, por fin iban a empezar las obras para convertir la casa en el museo en que debería haberse convertido después de la muerte de Andrew Bevel. Poco después, el edificio quedó cubierto de andamios y envuelto en malla. Empezaron las reformas. Al cabo de un par de años, en la primavera de 1981, no había publicación de Nueva York que no incluyera artículos sobre Bevel House, la última «joya» de la ciudad, un «tesoro» histórico, una «reliquia» cultural. The New Yorker me pidió que escribiera algo sobre la reapertura de la casa, sin conocer mi conexión previa con ella. Rechacé el encargo.

Pasaron cuatro años. Se acabó la oleada de atención que había recibido Bevel House y el edificio se convirtió en una simple parada obligada más de la Ruta de los Museos. También yo me olvidé de ella. Como vivía en el downtown, me resultaba fácil evitarla e incluso desterrar su imagen de mi mente. A veces una cadena arbitraria de asociaciones devolvía mis pensamientos a la casa y despertaba una vez más mi curiosidad. Siempre que estaba visitando a alguna amiga o haciendo algún encargo en el Upper East Side y el azar me llevaba a aquel tramo de la Quinta Avenida, me detenía un momento junto a la elaborada verja que separaba la acera del jardín apartado de la calle y me asomaba a las ventanas. Pese a todo, movida por una superstición muda, siempre guardaba las distancias con la entrada de la calle 87 Este.

Pero después, hace unos meses, más o menos cuando cumplí setenta años, leí por casualidad en la Smithsonian Magazine que la Fundación Bevel acababa de añadir a su colección los documentos personales de Andrew y Mildred Bevel. «Los archivos incluyen correspondencia, agendas de compromisos, álbumes de recortes, inventarios y cuadernos que documentan las vidas del señor y la señora Bevel», declaraba el breve artículo. «Estos materiales ofrecen una perspectiva única de la historia de una pareja cuyo legado filantrópico sigue dando forma hoy en día a la vida pública y cultural de América».

Quizás debido a que acababa de cumplir setenta, aquella noticia —enterarme de que aquellos documentos estaban a disposición del público— tuvo un profundo efecto en mí. Nunca me han importado demasiado los aniversarios ni los fetiches decimales de ninguna clase. Aun así, no podía dejar de pensar en los acontecimientos que habían dado forma a mi vida de escritora a lo largo de casi cinco décadas. Y los documentos de la familia Bevel están al principio de todo.

La misma fuerza que me había impedido acercarme a la Bevel House durante tanto tiempo ahora tiraba de mí hacia ella. Como un eco invertido, regresaron las preguntas que se me habían borrado de la mente, obstinadas, escapando del silencio y aumentando en intensidad con cada repetición. Toda una serie de acontecimientos, escenas y personas que ya había olvidado regresaron a mí con una nitidez que desafiaba la realidad física que me rodeaba. Y quizás porque venían de tan lejos y a tanta velocidad, aquellas preguntas y recuerdos impactaban en la imagen de mí misma que se había solidificado a lo largo de los años, a veces hasta atravesarla.

En más de un sentido, les debo el hecho de ser escritora a los Bevel, por mucho que Mildred ya llevara años muerta cuando conocí a Andrew. Pero nunca me he permitido contar la historia que me vincula a ellos. Quizás porque todavía tenía miedo de la venganza de Andrew, aunque fuera desde la tumba. Pero es más probable que fuera porque siempre he tenido la sensación, aunque inexpresable, de que mi relación con el señor y la señora Bevel es una de las dos o tres fuentes de las que brota mi escritura; otra de esas fuentes, más predecible, es mi padre. Mucho de lo que he escrito en las últimas décadas es una versión en clave de la historia de esa relación. A veces, cuando estoy en mitad de un proyecto —una novela sobre un fotógrafo callejero, un artículo sobre observatorios astronómicos o un ensayo sobre Marguerite Duras—, me doy cuenta de que trata una vez más de los Bevel. Nadie aparte de mí repararía jamás en esa conexión, por supuesto. Aun así, esas alusiones encriptadas y a menudo involuntarias han alimentado mi obra desde sus mismos inicios. Así pues, aunque de forma imprecisa, todos estos años he creído que, si acudía directamente a ese manantial, lo encontraría contaminado o incluso agotado. Pero ahora que tengo setenta años es distinto. Ahora me siento lo bastante fuerte.

Y por eso mismo me encuentro esta mañana de otoño frente a esas puertas inverosímilmente abiertas. Para revisitar el lugar donde me hice escritora. Para buscar las respuestas a los enigmas que creí que debía dejar sin resolver a fin de que pudieran alimentar mi obra. Y para conocer finalmente, aunque solo sea a través de sus papeles, a Mildred Bevel.

El interior de la casa está en penumbra. Dos mujeres vacilan en el margen de la oscuridad, examinan un mapa y por fin desaparecen.

Después de contemplar un rato la fachada, me doy cuenta de que no es el edificio lo que estoy mirando, sino mis recuerdos, que lo cubren como papel de calco.

Trabajé un tiempo en esta casa. Pero nunca entré por la puerta principal. Siempre me hacían pasar por la de servicio.

Eso fue ya hace casi medio siglo.

Lo único que veo al otro lado de las puertas de paneles son sombras.

Entro.

2

No había necesidad de confirmar la dirección exacta del anuncio del periódico. Aunque llegaba con casi una hora de adelanto, cuando me presenté en Exchange Place la cola de mujeres jóvenes que había frente al edificio ya doblaba la esquina de Broad y casi llegaba a Wall Street. Varios hombres aminoraban la marcha al pasar y, sin llegar a detenerse del todo, hacían algún chiste o comentario. Casi todos se ajustaban la corbata o se enderezaban las chaquetas, asegurándose de tener un aspecto pulcro y formal antes de hacer sus comentarios lascivos.

El rascacielos de color ceniciento ocupaba casi toda la manzana. Como yo solo había divisado su corona piramidal desde la ribera de Brooklyn, no pude evitar pararme y levantar la vista. Las líneas severas y limpias ascendían por los paneles de piedra caliza solo para ser interrumpidas por cornisas de cobre con tracerías recargadas, arcos góticos y bustos de gladiadores de aspecto futurista. En un gesto codicioso y cómico, el edificio reclamaba para sí la historia entera, no solo el pasado sino también el mundo por venir.

A la vuelta de la esquina se estaba levantando un nuevo rascacielos. Su esqueleto anguloso parecía agazapado para saltar sobre todos los edificios vecinos. De alguna forma, el vacío de su estructura lo hacía más grandioso. Como canoas fantásticas, las vigas de acero surcaban el cielo colgando de cables invisibles. Más abajo, sus sombras magnificadas se deslizaban por las calles, haciendo que algunos transeúntes confusos levantaran la vista para mirar aquel breve eclipse. Tuve un momento repentino de mareo cuando vi que una de las vigas que flotaban en las alturas estaba salpicada de hombres.

Sentí algo en el cuello y me volví para ver que las mujeres que esperaban a lo largo de la pared me estaban mirando, pensando seguramente que debía de ser una forastera impresionada.

Ocupé mi lugar al final de la cola: reconocí unas cuantas caras de haberlas visto en otras colas parecidas. Y, igual que en aquellas ocasiones, todas llevábamos nuestras mejores ropas. En algunos casos, eso significaba un traje de tweed de espiguilla, en otros un vestido de noche, aunque fuera una mañana de verano. A mí la falda me iba un poco pequeña. No se notaba, pero era incómodo. Tenía que llevar la chaqueta desabotonada. Ambas prendas, lo bastante simples como para ser inmunes a los cambios de la moda, habían pertenecido a mi madre.

A excepción de los grupos de amigas que charlaban animadamente, la mayoría no hablábamos con nadie. Me saqué el espejo de la polvera y me arreglé el pintalabios. Por el espejo vi hacer lo mismo a la mujer que tenía detrás. Para cuando volví a guardar mis cosas en el bolso, ya se habían sumado a la cola por lo menos cinco mujeres más. Releí el periódico que traía el anuncio. Había una reseña de Brighton Rock de Graham Greene, un libro del que yo no había oído hablar, y que todavía no he leído. Solo me acuerdo porque, según la reseña, la heroína se llamaba Ida. Me pareció un buen presagio.

Décadas después, cuando revisara las bobinas de microfilmes del New York Times, aquel detalle me permitiría establecer la fecha de aquella mañana. 26 de junio de 1938.

Tenía veintitrés años y vivía con mi padre en el barrio en el sur de Brooklyn hoy conocido como Carroll Gardens, en un pequeño apartamento donde todas las habitaciones estaban conectadas como los vagones de un tren. Íbamos peligrosamente atrasados en el pago del alquiler y le debíamos dinero a todo el mundo a quien conocíamos. Aunque había un fuerte sentimiento de solidaridad entre los vecinos de nuestro pequeño enclave italiano vecino al río, entre las calles Congress y Carroll (de solo ocho manzanas por tres), muchos de nuestros amigos y conocidos estaban pasando los mismos apuros que nosotros, y prácticamente habíamos agotado nuestro crédito en el vecindario. Tras darme cuenta a una edad temprana de que el dinero que ganaba mi padre como impresor nunca nos alcanzaría para cubrir nuestros gastos básicos, había empezado a trabajar en las tiendas cercanas: limpiando, organizando las existencias, haciendo recados y, cuando fui mayor, atendiendo el mostrador. Pero eran todos trabajos temporales, y mi paga apenas complementaba los magros ingresos que le daba a mi padre la composición tipográfica.

Igual que muchas mujeres jóvenes de por entonces, creí que hacerme secretaria me permitiría «alcanzar tecla a tecla la independencia económica», como rezaba un popular anuncio de la Remington de aquella época. Con ayuda de unos cuantos libros de la biblioteca y una máquina de escribir prestada, aprendí los fundamentos de la contabilidad, la estenografía y la mecanografía al mismo tiempo que me presentaba a ofertas de trabajo por toda la ciudad. Al principio jamás pasaba de la primera ronda de pruebas. Sin embargo, cada una de aquellas entrevistas fallidas era una lección impagable, y, a medida que pasaba el tiempo, cada vez quedaba más cerca de que alguien me contratara. Pasé un año trabajando para una agencia de empleo temporal, y fue al final de aquel periodo cuando me encontré esperando en la cola inmóvil que llevaba al rascacielos de Exchange Place.

3

Mi primer libro, una recopilación de cuentos, se publicó cuando yo tenía nueve años. Uno de los relatos trataba de una conspiración de peces y de sus planes fallidos para deponer a la humanidad y conquistar la tierra firme. La infeliz heroína de otra de las historias era una niña que se moría por partes, una extremidad por vez, hasta quedar reducida a un ojo. También había un cuento que trataba de una niña de nueve años que vivía en lo alto de una montaña con su padre, un ladrón de joyas al que la niña ayudaba todo el tiempo a escapar de la cárcel.

Tengo aquí conmigo el único ejemplar existente de ese libro. Es muy delgado, en formato octavilla. Más bien un pliego, en realidad. El azul de la cubierta se ha descolorido con los años, haciendo que el negro de las palabras destaque más de lo que había buscado el diseño original. Creo que la fuente debe de ser alguna variante de la Bodoni. Las palabras están muy separadas entre sí sobre ese horizonte pequeño y apagado:

Siete cuentos

IDA PARTENZA

Lo imprimió y lo encuadernó mi padre. Una tirada de un ejemplar.

También componía e imprimía pósteres de felicitación, a menudo decorados con ilustraciones xilográficas rudimentarias, para conmemorar mis cumpleaños o el final del curso escolar. A veces, sin razón alguna, me hacía tarjetas de visita con títulos extravagantes: «Ida Partenza, Mezzosoprano»; «Ida Partenza, Meteoróloga»; «Ida Partenza, Directora General de Correos». Más o menos por la misma época, algunos de los ejercicios que yo escribía para la escuela fueron subrepticiamente recopilados y reunidos en un volumen titulado Ensayos.

En la misma época, mi padre y yo editamos e imprimimos durante una temporada un periódico, The Carroll Gardens Weekly, un pliego doblado que pese al nombre no tenía nada de semanal. Yo entrevistaba a tenderos, policías y vecinos en busca de historias, normalmente relacionadas con nacimientos, mascotas perdidas, gente que se venía a vivir a los edificios circundantes o se marchaba y cosas por el estilo. El periódico también incluía temas destacados de las noticias (entre número y número yo recogía recortes en un álbum), una novela por entregas (que yo escribía con el seudónimo Caroline Kincaid), un horóscopo (completamente inventado) y otras secciones misceláneas e inconstantes. De aquel efímero periódico no han sobrevivido ejemplares.

Hojeando Siete cuentos, siempre me surge la misma pregunta. ¿Conservó mi padre mis numerosas faltas de ortografía por respeto a mi escritura o porque le resultaban invisibles? Como sospechaba esto último, nunca me atreví a preguntárselo. Después de su muerte he tenido la sensación inexplicable de que aquellos errores ortográficos nos unen más. De que nos encontramos en ellos.

En torno a 1966, varios años después de su muerte, escribí un texto sobre mi padre que saldría recopilado en mi cuarto libro, Flecha en el vendaval, título que tomé prestado (adaptándolo un poco) de una colección de poemas de Arturo Giovannitti. Tal como explico en aquel texto, aquel poeta nos ayudó a mi padre y a mí a conectar. A los diez o doce años, tuvimos una fase en la que leíamos juntos su obra, normalmente después de cenar, y nos reíamos juntos hasta las lágrimas. Mi padre odiaba con todas sus fuerzas a Giovannitti, pese al buen corazón y las todavía mejores intenciones del poeta. Y es que la peor literatura, decía mi padre, se escribe siempre con las mejores intenciones. Y así es como aprendí también yo a odiar aquellos poemas.

La última estrofa de «Utopía», dirigida a cierto «amo», ofrece una idea precisa del estilo de Giovannitti:

Llegará el día en que no os esclavizará el oro,

en que vuestro gobierno no se basará en el robo;

y así yo, que ahora amigo te llamo, podré llamarte,

cuando seas recto y honrado, «¡tunante!».

A petición de mi padre, yo le recitaba versos como estos en un estilo apasionado y declamatorio, lleno de énfasis histriónicos, asegurándome de subrayar todas las palabras arcaicas y las rimas cuestionables con un acento italiano bufonesco y gestos ampulosos. Y nos moríamos de la risa.

Ahora, años después de la publicación de aquel texto sobre mi padre, me sorprendo a mí misma revisando una vez más mi vida con él. Pero hay algo que ha cambiado. Nuestras parodias domésticas aparecen bajo otra luz. Mis risas frenéticas y casi violentas tienen una resonancia distinta. Me doy cuenta ahora de que no era del poeta de quien me estaba riendo.

Giovannitti había nacido en 1884 (cinco años antes que mi padre) en la región de Molise (al lado mismo de la Campania natal de mi padre), y se había marchado de Italia en 1900 (no mucho antes que mi padre), primero a Canadá, donde trabajaría, brevemente, en una mina de carbón (mi padre había pasado una temporada en una cantera de mármol del norte de Italia), y después a los Estados Unidos, donde empezó a colaborar de inmediato con un periódico político para inmigrantes, que en breve pasó a corregir (mi padre componía los tipos para un periódico parecido). Se hizo activista y no tardó en adquirir prominencia a escala nacional tras ser injustamente encarcelado en Massachusetts por ayudar a organizar la huelga del sector textil de 1912, una huelga que respondía a las condiciones brutales a las que la American Woolen Company sometía a los trabajadores de sus fábricas, la mayoría italianos: en la fábrica de Lawrence, los turnos de trece horas seguidas terminaban a menudo con dedos y brazos amputados; el trabajo infantil era una práctica común; las mujeres eran víctimas de abusos por parte de sus superiores y, cuando estaban embarazadas, a veces trabajaban hasta el momento mismo de dar a luz, en algunos casos pariendo entre los telares. La esperanza de vida era de veinticinco años. Durante aquella larga huelga, Giovannitti pronunció apasionados discursos y les recitó su poesía a los obreros. Algunos de aquellos poemas adoptaban la forma de homilías religiosas, la más famosa de las cuales, «El sermón del parque público», terminaría recopilada en el libro del que solíamos burlarnos mi padre y yo.

Cuando ya llevaban casi un mes de huelga, un agente de policía mató a Anna LoPizzo, trabajadora fabril. A Giovannitti lo acusaron de haber incitado las protestas que habían provocado aquel derramamiento de sangre, pese al hecho de encontrarse a millas de distancia del lugar donde LoPizzo había recibido el disparo mortal. Se celebró un juicio de dos meses, durante el cual se lo exhibió, junto con dos de sus camaradas, dentro de una jaula. Sobre esta experiencia escribiría un largo poema en prosa, «La jaula». «Como águilas lisiadas y caídas eran los tres hombres de la jaula […] Nunca más se elevarían a sus altos nidos […] Extraño les parecía tener que estar allí por lo que habían escrito unos hombres muertos en libros de antaño». Después de que obreros de toda América hicieran una colecta de fondos para su defensa legal y adoptaran su causa como estandarte de los derechos laborales y la libertad de expresión, fue absuelto. Al cabo de un año publicó Flechas en el vendaval, con un prólogo enardecido de Helen Keller.

En mi libro yo admitía que, ya de adulta, había entendido que mi padre tenía razón: los poemas eran, en su gran mayoría, tan horrorosos como bienintencionados. Y es un juicio que sigo manteniendo. Sin embargo, ahora, años más tarde, he descubierto algo. Cuando me acuerdo de las representaciones infantiles que hacía en la cocina familiar, me quedo horrorizada. Porque me doy cuenta de que en realidad mi padre estaba celoso. Nunca le había gustado la poesía, y tampoco tenía criterio ni marco de referencia para juzgar obras líricas de ninguna clase. Entonces, ¿por qué obsesionarse con aquel libro en concreto? No era por ninguna razón literaria, ni tampoco porque Giovannitti fuera «tan solo un socialista». Simplemente, no soportaba que Giovannitti, que era casi de su edad y había llevado una vida muy parecida a la suya, hubiera alcanzado esa posición tan destacada.

Eran casi dobles, pero mientras que uno de ellos prosperaba y brillaba, el otro trabajaba en el anonimato. Giovannitti era una figura pública, un combatiente eficaz que organizaba huelgas, hablaba con elocuencia desde la cárcel, pronunciaba discursos públicos y escribía libros. Tenía una voz. Y de eso quería mi padre que yo me mofara. Él era el director de aquel vodevil y yo la actriz: una caricatura viviente de Giovannitti, representado como un italiano grotescamente pretencioso que intentaba compensar su condición de extranjero y su fuerte acento exhibiendo palabras inglesas arcaicas y pomposas. La voz que creamos para parodiar al poeta se acompañaba de gestos ostentosos de las manos y de toda clase de manierismos, y era tan caricaturesca que por comparación el personaje de Chico Marx o la forma en que Paul Muni interpretaba a Tony Camonte en Scarface parecían retratos sutiles de los italianos americanos. Pero he llegado a entender que, a través de aquella caricatura, mi padre —con sus ambiciones imposibles, sus nobles proclamas y su acento imborrable— me estaba pidiendo que me burlara de él. Era de sí mismo de quien se estaba riendo. Y ahora, tanto tiempo después de su muerte, eso me hace sentir un cariño que a él le habría resultado detestable.

Mi padre no tenía nada que invitara a la compasión. Hasta su cara era dura de una forma que, de niña, me parecía romana en un sentido imperial: su nariz, un triángulo; sus labios, una línea severa; su ceño, a menudo agarrotado por la determinación. Su cuerpo esbelto tenía algo soldadesco.

Si jamás admitía debilidad alguna, ¿cómo podía solicitar compasión? Incluso sus fracasos eran prueba de su espíritu heroico. Demostraban que el mundo lo había tratado con injusticia, y su mera presencia ya era testimonio de su resiliencia. Por eso sus opiniones rígidas y a menudo mal informadas se convertían en dogmas irrefutables, sobre todo cuando la razón y el sentido común las cuestionaban al unísono.

Tal como escribí en Flecha en el vendaval, la crónica que hacía mi padre de los años previos a su viaje a América abunda en contradicciones. Son pocos los datos más o menos indiscutibles. Nació en el pueblecito de Oliveto Citra, en la Campania, cerca de Santa Maria Capua Vetere, el pueblo natal de Errico Malatesta, uno de los padres fundadores del anarquismo. De no ser por un joven sacerdote que se hizo cargo de él, seguramente habría sido igual de analfabeto que sus padres y que la mayoría de sus amigos (hasta el final de sus días escondió su ortografía vacilante y su caligrafía insegura detrás de una escritura teatralmente briosa). En su primera adolescencia se apartó de la iglesia para acercarse a la política, coincidiendo con una temporada en que su padre y él estuvieron trabajando en una cantera de mármol de Carrara. Regresó al sur completamente cambiado: distanciado de su padre, de su fe y de su patria. Había adquirido un odio profundo al Estado italiano creado por el Risorgimento. La misma palabra «Italia», decía a menudo con desdén, solo aludía a un poder burgués centralizado. Después de visitar algunos pueblos y aldeas vecinos, se puso en contacto con varios grupos anarquistas de la zona de Oliveto Citra. La política conquistó su vida. Afirmaba haberse pasado noches enteras inmerso en sus libros y días enteros caminando por los campos, hablando de tierra y libertad con campesinos y jornaleros. Durante la producción de materiales propagandísticos quedó claro que tenía un don para la tipografía.

El cerco en torno a su grupo no tardó en estrecharse. Encarcelaron a varios de sus camaradas, y pareció que con cada redada las autoridades se estaban acercando más a mi padre. También lo habían puesto en una lista negra, y le resultaba imposible encontrar trabajo. Por esa razón decidió en última instancia emigrar a América con uno de sus amigos más próximos del círculo anarquista.

El alcance y la profundidad de la militancia política de mi padre me siguen resultando un misterio hoy en día. Dado que sus camaradas están muertos y la documentación es escasa, a menudo mi única fuente de información son las historias que contaba, pero era un narrador tan apasionado que casi nunca vacilaba en sacrificar la verdad en aras del espectáculo. De cada una de sus historias podía incluso haber varias versiones, que creaba a la medida de su público. En algunas de sus crónicas, su participación política se limitaba a su trabajo con la prensa y a ayudar a repartir los periódicos y panfletos clandestinos que imprimía. En otras versiones afirmaba haber estado implicado, siempre de forma poco clara, en «acciones» contra las «instituciones burguesas». A veces era un don nadie, una mera herramienta para la causa, igual que su imprenta de tipos; otras veces parecía haber sido una figura bastante prominente, tanto en Italia como aquí, en Nueva York, donde afirmaba haber estado próximo a Carlo Tresca y haber pronunciado discursos recibidos con ovaciones de pie en el Circolo Volontà de la calle Troutman o en los famosos pícnics celebrados en Ulmer Park. Algunas versiones contadas en voz baja incluían vagas insinuaciones de violencia.

Jamás se aventuró más allá de las costas de la vida insular que se había construido en Brooklyn. El racismo y la discriminación contra los italianos, a quienes se percibía a menudo como forajidos de piel oscura, eran muy reales y trascendían los simples estereotipos y burlas. El flujo de inmigrantes de Italia a los Estados Unidos durante el cambio de siglo constituyó en su tiempo el mayor éxodo del planeta. Y las reacciones en su contra podían ser igualmente enormes. El linchamiento de once italianos americanos en Nueva Orleans en 1891; las Redadas de Palmer de 1919, dirigidas contra activistas de izquierdas y cargadas de una virulencia especial contra los italianos; la Ley de Cuotas de Emergencia, aprobada con la firma del presidente Harding en 1921, que en la práctica limitaba la llegada de inmigrantes italianos a la vez que seguía dando la bienvenida a gente del norte de Europa, seguida por la todavía más severa Ley de Inmigración de 1924, firmada por Coolidge; el asesinato judicial de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti en 1927; estos fueron algunos de los acontecimientos que moldearon, en parte, las vidas de los italianos americanos de la época. Mi padre nunca me lo confesó, pero sé que los insultos que tenía que soportar a menudo (a veces delante de mí) lo hicieron retraerse más a la pequeña sección italiana de Carroll Gardens y al seno de su grupo anarquista. Si no contamos a sus clientes, sus conversaciones con gente de fuera de su comunidad inmediata eran muy limitadas. Era un náufrago en su isleta gris y resentida, atrapado entre el país objeto de su rencor que había dejado atrás y la tierra que lo había acogido sin aceptarlo del todo.

No cabe duda de que aquel aislamiento también era resultado de la tozudez de mi padre. Se había creado a sí mismo una situación marginal y desplazada en varios órdenes de la vida. Su trabajo era el ejemplo perfecto. Mi padre se enorgullecía de la obsolescencia de su oficio. Era un tipógrafo manual a quien le resultaban ofensivos los nuevos sistemas automatizados. Decía que se había perdido el toque humano. La linotipia y todas las demás máquinas le habían robado el alma a la página. Antes las líneas de texto se componían, decía siempre, moviendo las manos como un director de orquesta. Eran unas líneas melódicas, añadía invariablemente, por si acaso su oyente no había captado el paralelismo con la música. Ahora ya no hacía falta talento alguno. Solo pulsar letras y palabras en un teclado. Él era lo bastante joven cuando se introdujo aquella nueva tecnología y la podría haber aprendido con facilidad. Pero se había negado. El hombre se había convertido en la máquina de la máquina. Él presentaría batalla.

El poco dinero que ganaba venía de imprimir elaboradas invitaciones en cartulina gruesa para bodas, bautizos, graduaciones, memoriales y otras ocasiones. Pero odiaba aquella clase de trabajo. Basura burguesa frívola. Y su antipatía iba más allá de la gente que lo contrataba. Se extendía a las instituciones que había detrás de aquellas ceremonias y celebraciones. Iglesia. Familia. Estado.

Aun así, pese a sus diatribas, siempre se apasionaba con su trabajo y estaba encantado cuando una tarjeta o un sobre que había impreso le quedaban especialmente elegantes. Su perfeccionismo inflexible le había granjeado una sólida reputación por todo Nueva York y más allá. Pero había poco trabajo. En los años treinta había poca gente que tuviera los medios y la inclinación necesarios para dar fiestas.

Cuando estaba sin trabajo, imprimía pasquines y panfletos para su grupo anarquista. Con el tiempo, aquellos panfletos se volvieron más frecuentes que sus elegantes invitaciones impresas en intaglio rilevato. Así pues, mientras trabajaba a tiempo parcial en una panadería de la calle Court, llevándoles la contabilidad y ayudando en el mostrador los fines de semana, estudié estenografía con un manual y aprendí mecanografía por mi cuenta con una Smith Corona a la que le faltaba la «M» y que había tomado prestada de la panadería con la esperanza de encontrar un trabajo que diera más dinero.

Mi padre no lo aprobaba. Decía que ser secretaria era una ocupación degradante. Prometía independencia, pero no era más que un nudo más en el sometimiento milenario de las mujeres al dominio de los hombres.

4

La cola empezó a moverse. Como nos admitían en grupos, en vez de ir avanzando lentamente cada cinco o diez minutos dábamos varios pasos. Había algo exageradamente liberador en aquellas breves caminatas. A medida que llegábamos a la entrada, vi que varias candidatas entraban en el edificio pero ya no volvían a salir. Di por sentado (y más tarde confirmé) que las debían de hacer salir por una puerta trasera, seguramente para evitar que las que ya habían terminado nos contaran algo.

Si la mayoría ya habíamos estado calladas durante la espera, cuanto más nos acercábamos a la puerta, más extremo era el silencio. Estábamos solas. Y aunque en el aire no flotaba sensación alguna de hostilidad, nos enfrentábamos las unas con las otras.

El portero, que llevaba un emblema de hojalata de Inversiones Bevel como si fuera una medalla, contó hasta doce señalándonos las cabezas con el índice mientras nos dejaban entrar en recepción. Nos dijeron que esperáramos junto a un escritorio. Las paredes de mármol verde desaparecían en dirección a un techo remoto. Lo que no estaba hecho de piedra estaba hecho de bronce. Nada brillaba pero todo emitía un resplandor pálido. Los sonidos tenían una cualidad táctil, y todas hacíamos lo posible para no contaminar aquel espacio con nuestros objetos audibles. Detrás del escritorio apareció un hombre y, tal como había hecho el portero, nos fue señalando una por una con su bolígrafo. Entendimos que quería saber cómo nos llamábamos. «Ida Prentice», dije, sintiendo que se me ruborizaban las mejillas como siempre que usaba aquel nombre falso.

A las dos mujeres de más edad de nuestro grupo, y también a una chica joven y regordeta, les enseñaron una salida lateral; a las demás nos llevaron a un ascensor.

Nos dejaron salir en la planta quince o diecisiete. Al contemplar la cuadrícula de calles llenas de coches diminutos y silenciosos, el río con sus remolcadores y, más allá, los muelles y el humilde perfil de Brooklyn, me di cuenta de que nunca había estado a aquella altura. Desde allí arriba la ciudad se veía limpia y silenciosa. Más tarde me enteraría de que el edificio tenía setenta y un pisos.

Se abrieron unas puertas dobles que había al fondo de la recepción para revelar un recinto amplio, saturado del traqueteo furioso y preciso de las máquinas de escribir y de un olor oscuro y oleoso a tinta. Todas las empleadas eran mujeres. Aunque yo había trabajado en algunas salas de secretarias, ninguna se acercaba en envergadura a la que ahora tenía delante. Cuesta recordar las cifras exactas, pero debía de haber por lo menos seis hileras de unos ocho escritorios cada una. Y en cada uno de ellos, una chica más o menos de mi edad, con la cabeza ligeramente ladeada para ver mejor la página que estaba copiando. De hecho, el tronco entero estaba ladeado hacia la derecha, disociado de las manos, que permanecían centradas. El centro era la máquina de escribir.

Nunca había visto a tantas mujeres trabajando bajo el mismo techo.

Nos llevaron por el pasillo, que quedaba entre dos hileras de mesas, y doblamos la esquina para encontrarnos nuevamente con seis hileras de ocho escritorios cada una. Y una vez más, en cada mesa, una secretaria absorta en su trabajo. Estas, sin embargo, no tenían máquinas de escribir, sino calculadoras. Me dio un vuelco el corazón. Solo había visto aquellas máquinas en libros y en anuncios de revistas, y no tenía ni idea de cómo operarlas. Las mujeres de aquí parecían trabajar más despacio que las mecanógrafas. Tecleaban cada número con gran determinación y luego tiraban de la palanca para añadir la cifra al total provisional. Como siempre había varias mujeres tirando de palancas, el efecto era un bramido mecánico constante. Una vez más nos llevaron por un pasillo. Sentí alivio cuando llegamos al final sin detenernos.

Doblamos la esquina para encontrarnos, por tercera vez, con las mismas hileras de escritorios. Por suerte, era otra sala de máquinas de escribir, pero esta estaba vacía. Nos asignaron una máquina a cada una. Al lado había una página vuelta del revés. Nos avisarían de cuándo debíamos darle la vuelta a la página y empezar a teclear.

La prueba empezó y terminó en un minuto. Supe que era un minuto porque me había puesto a prueba a mí misma una y otra vez hasta interiorizar aquel segmento de tiempo. También supe que había mecanografiado unas ciento veinte palabras y que había cometido unos cuantos errores de poca importancia.

Después nos dieron bolígrafo y papel y nos pidieron que nos preparáramos para una prueba de dictado. Nos dijeron que era uno de los aspectos más importantes del puesto, y que para pasar a la siguiente fase había que ser una estenógrafa impecable. Una mujer leyó un texto deliberadamente laberíntico, diseñado para hacer que nos equivocáramos. Me he olvidado de qué decía, pero era, en esencia, un galimatías del estilo: «Las obligaciones contractuales asumidas por las partes contratantes estipulan, dentro de las limitaciones y estipulaciones manifiestas en la cláusula precedente, que, hasta donde alcance su conocimiento, las partes previamente mencionadas procederán de acuerdo con sus deberes anteriormente prescritos». Lo leyeron deprisa.

Nada más empezar, la chica que estaba a mi lado cometió una equivocación, rompió la página y empezó desde cero con una nueva. Le pidieron que se marchara de inmediato.

La prueba continuó durante unos minutos más. Al terminar, entregamos nuestras páginas y nos acompañaron de regreso a la recepción, donde nos indicaron que esperáramos mientras calificaban nuestras transcripciones.

5

Mi padre nunca se consideró un inmigrante. Era un exiliado. Para él, existía una distinción trascendental. No había elegido marcharse; lo habían echado. No había venido a los Estados Unidos para prosperar; era justamente su rebelión contra la idea misma de la prosperidad lo que lo había desterrado a América. Las visiones de calles pavimentadas con oro nunca habían iluminado sus sueños, y era sordo al evangelio del ahorro y el trabajo duro; de hecho, predicaba que toda propiedad era un robo. No tenía nada en común con sus compatriotas con ambiciones más mercantiles, y se aseguraba de recalcarlo en todo momento.

En calidad de exiliado, sus puntos de vista tanto sobre su patria como sobre su país de adopción eran a menudo contradictorios: una amalgama de resentimiento y añoranza, de gratitud y antipatía. Aseguraba detestar a la nación que había matado y perseguido a sus camaradas y lo había expulsado. Sin embargo, los Estados Unidos no podían ofrecer nada que se acercara siquiera a las canciones, los platos y las tradiciones de la Campania, todo lo cual formaba parte de nuestra vida diaria a través de lo que mi padre tarareaba, de lo que cocinaba y de las historias que contaba. Declaraba su desdén por el pueblo imbécil que se había rendido ante Mussolini y sus matones de camisas negras. Pero trataba a los americanos con esa condescendencia paternal que a menudo se dedica a los estudiantes lentos y a las mascotas obedientes. Estaba resentido con sus padres por no haber conservado el dialecto de sus antepasados y haberse sometido de forma voluntaria al toscano, que representaba la opresión del Estado centralizado. Pero, aunque a modo de protesta contra el «italiano» se había pasado, no sin dificultades, al inglés, aun así este le resultaba un idioma expresivamente deficiente, de vocabulario limitado y construcciones rústicas, sin que jamás le pasara por la cabeza que aquellos defectos eran, de hecho, suyos. De forma invariable, aquellas contradicciones personales se resolvían con declaraciones universales de gran envergadura: «No tengo país. No quiero tenerlo. La raíz de todos los males, la causa de todas las guerras: Dios y la patria».

Aunque agradecía la idea americana de libertad, recelaba de ella, viéndola como sinónimo estricto de conformismo o, peor todavía, de la mera posibilidad de elegir entre versiones distintas de una misma mercancía. No hace falta decir que estaba en contra del consumismo y de la alienación que lo alimentaba. Era un ciclo perverso: los obreros desempeñaban trabajos deshumanizadores a fin de producir productos superfluos que compraban ellos mismos. Por eso había celebrado la Gran Depresión, convencido de que, gracias a ella, las masas explotadas por fin despertarían a sus verdaderas circunstancias históricas y condiciones materiales, lo cual precipitaría la revolución.

Por encima de todo, detestaba el capital financiero, que veía como la causa de todas las injusticias sociales. Siempre que acabábamos caminando por los muelles, me señalaba el bajo Manhattan, trazando el perfil con el dedo y explicando que nada de aquello existía en realidad. «Un espejismo», lo llamó. A pesar de todos aquellos edificios tan altos, y a pesar de tanto acero y cemento, me decía, Wall Street era una ficción. Yo había oído aquel discurso tantas veces que me sabía de memoria todas sus frases centrales, motivos, crescendos, cadencias y el gran final.

—El dinero. ¿Qué es el dinero? Bienes de consumo en forma de pura fantasía. —Un asentimiento solemne de la cabeza, el ceño repentinamente fruncido, un suspiro—. No me gustan los marxistas, ya lo sabes. Ni su Estado ni su dictadura. Ni su forma de hablar, con esas explicaciones en bloque, reduciendo el mundo a un argumento único. Igual que la religión. No, no me gustan los marxistas. Pero Marx… —Y volvía a poner aquella cara, como si lo estuviera torturando una visión demasiado hermosa—. Tenía razón en una cosa. El dinero es una mercancía fantástica. Una fantasía. Ni lo puedes comer ni te abriga, pero representa toda la comida y toda la ropa del mundo. Por eso es una ficción. Y eso mismo lo convierte en el patrón con el que valoramos todas las mercancías. ¿Qué comporta eso? Pues que el dinero se convierte en el bien de consumo universal. Pero recuerda: el dinero es una ficción; bienes de consumo en forma de pura fantasía, ¿entiendes? Y eso es doblemente cierto en el caso del capital financiero. Las acciones, los valores, los bonos. ¿Crees que alguna de las cosas que compran y venden esos bandidos del otro lado del río representan algún valor real y concreto? No, para nada. Las acciones, los valores bursátiles y toda esa porquería no son más que promesas de un valor futuro. Así pues, si el dinero es una ficción, el capital financiero es la ficción de una ficción. Con eso comercian todos esos criminales: con ficciones.

En mi adolescencia, un impulso extraño se adueñó de mí y se negó a soltarme hasta bien entrada mi vida adulta: el deseo de provocarle a mi padre las mismas reacciones que me habían aterrado de niña. Cuando estaba en plena diatriba, nunca se lo podía contradecir. Jamás le pasaba por la cabeza la posibilidad de equivocarse; nunca se planteaba perspectivas distintas; tampoco pensaba que una cuestión pudiera tener más de una faceta. Los desacuerdos y diferencias normales que constituyen cualquier intercambio animado de ideas se los tomaba como afrentas personales. Sus argumentos no estaban abiertos a debate; eran hechos. Aunque afirmaba ser anarquista, en aquel sentido era un autoritario: no había espacio para la disensión en lo tocante a sus creencias, que se presentaban siempre como leyes matemáticas. Cuestionar cualquiera de aquellos principios daba lugar a una furia desproporcionada. Insistir en aquel cuestionamiento suscitaba un silencio testarudo, que era su argumento último e irrefutable. En parte porque, con el paso del tiempo, sus reacciones se habían vuelto más cansinas que amenazadoras, y en parte porque era una forma de rebelión fácil y entretenida, durante un tiempo provocar a mi padre se convirtió en mi principal pasatiempo. No siempre era intencionado (a menudo me encontraba a mí misma en mitad de una pelea sin saber cómo había empezado), y la cosa podía volverse desagradable, pero a veces era incapaz de evitarlo. Necesitaba llevarle la contraria, aunque a cambio me tocara soportar su fría hostilidad durante días

—Pero si lo que venden son ficciones, ¿cómo pueden ser criminales? Se supone que las ficciones son inofensivas, ¿no? —Era la clase de objeción que yo le planteaba solo para enfadarlo. Podía incluso rematarla con una pregunta retórica condescendiente—. Ves la contradicción, ¿no?

—¿Inofensiva, la ficción? Mira la religión. ¿Inofensiva, la ficción? Mira a las masas oprimidas, satisfechas con la suerte que les ha tocado porque se han creído las mentiras que les imponen. La historia misma es una pura ficción; una ficción provista de ejército. ¿Y la realidad? La realidad es una ficción con presupuesto ilimitado. Nada más. ¿Y cómo se financia la realidad? Pues con otra ficción: el dinero. El dinero está en el centro de todo. Una ilusión que todos hemos acordado sostener. De forma unánime. Podemos discrepar en otros asuntos, como los credos o las afiliaciones políticas, pero todos estamos de acuerdo en la ficción del dinero y en que esa abstracción representa unas mercancías concretas. Todas las mercancías. Míralo. Está todo en Marx. El dinero no es una sola cosa, nos dice. Es, potencialmente, todas las cosas. Y por esa razón no está conectado con nada.

—Un momento. ¿En qué quedamos? ¿El dinero es todas las cosas o no es nada? Porque si…

—Por eso —me decía medio gritando— el dinero no dice nada de la gente que lo tiene. Nada. El dinero no dice nada de sus dueños. A diferencia de tener, no sé, talento, que sí define a una persona. La relación del dinero con el individuo es completamente accidental.

—¿Qué posesión o qué cualidad individual no sería accidental para ti? ¿Dónde trazas tú (o Marx) la línea divisoria? Pongamos por caso que tengo un talento particular. Pongamos por caso que ese talento es tocar el violín. Se podría decir que mi talento me define porque lo tengo de nacimiento. Pero ¿acaso mi nacimiento no es un puro resultado accidental del encuentro entre mamá y tú? ¿Qué tiene eso de esencial?

Mencionar a mi madre (y asegurar que su relación, lejos de ser un evento predestinado, había sido un simple accidente) siempre era un ataque calculado, y el silencio subsiguiente de mi padre demostraba que había sido eficaz.

Silencio.

Más silencio.

—¿Has terminado? —me preguntaba después de un momento incómodo—. ¿Puedo terminar yo ahora? ¿O quieres añadir algo? Puedo esperar.

—Papá, no es así como funcionan las conversaciones. Cuando la gente tiene una conversación…

—Muy bien. Házmelo saber cuando hayas terminado. Te escucho. Adelante.

—He terminado.

Nada.

—Por favor, sigue, papá.

—Y justamente porque el dinero es todas las cosas (o puede ser todas las cosas), a la persona que lo tiene le pasa algo extraño. Como dice Marx, es como si alguien encontrara por puro azar la piedra filosofal. ¿Sabes qué es la piedra filosofal?

—Sí, sé qué es la piedra filosofal.

—La piedra filosofal te otorga todo el conocimiento. Todo. Todo el conocimiento de todas las ciencias. Imagina que alguien encuentra esa piedra. Por pura suerte. De pronto tendrá todo el conocimiento, con independencia de sus características individuales. Aunque sea un idiota de remate. Todo. Todo el conocimiento.

—Sí, sí. Entiendo.

—Pues tener dinero te pone en la misma situación respecto a la riqueza social que la piedra respecto al conocimiento. ¿Y sabes por qué?

—¿No es una comparación un poco forzada? O sea, si…

—Te diré por qué. Y estoy citando a Marx. Porque el dinero representa la existencia divina de los bienes de consumo. Los bienes reales y concretos (estos zapatos, esta hogaza de pan) no son más que la manifestación terrenal de esa idea divina (todos los zapatos posibles, el pan que ni siquiera ha sido cocido todavía). El dinero es, como dijo Marx, el dios de los bienes de consumo. Y esa —con la palma vuelta hacia arriba trazó un arco que abarcaba todo el downtown de Manhattan— es su ciudad santa.

Después de tener incontables veces aquella misma conversación con mi padre, decidí hablarle sin tapujos de mi prueba para el puesto en Inversiones Bevel. Sí, debíamos varios meses de alquiler y teníamos deudas con la mayoría de las tiendas del barrio, pero admito que me producía cierta satisfacción la idea de trabajar en una firma financiera. Disfrutaba de aquella provocación. Y como necesitábamos el dinero, pensé que mi padre simplemente se tendría que tragar sus principios.

La mañana de mi primera entrevista llevaba la ropa de mi madre. Aquello siempre hacía que los dos nos sintiéramos visiblemente extraños, así que no me sorprendió que al verme entrar volviera la mirada hacia su imprenta. Me había guardado mi anuncio para el último momento posible, justo antes de salir de casa. Iba a ser directa y concisa.

—Me voy a presentar para un trabajo en Wall Street —le dije.

Mi intención había sido dejarlo ahí. Dejar que lo aturdiera la fuerza de aquella breve declaración. Quizás incluso lo hiciera abrir los ojos ante el hecho de que necesitábamos el dinero desesperadamente. Pero fui incapaz de seguir mi plan. Mi padre se limitó a continuar cargando la bandeja de los tipos móviles.

—El salario está muy bien, si lo consigo —recuerdo que añadí, dándome cuenta de inmediato de que, por el mero hecho de justificarme antes de que él me contestara, ya había perdido.

También él debió de darse cuenta de esto, y seguramente por eso no se molestó en contestar ni levantó la vista de la bandeja de los tipos.

Y tampoco contestó al cabo de unas horas, cuando volví y le dije que había sido la única de mi grupo de doce que había pasado a la ronda siguiente, una entrevista personal.

Fui a la cocina y lavé los platos, que se habían pasado la mañana en el fregadero.

6

Dos días más tarde volví a Exchange Place. Esa vez no había cola. Me limité a entrar por la puerta, me acerqué al mostrador de mármol verde, me anuncié y me entregaron un papel, que a continuación yo tenía que darle al ascensorista. El ascensorista ya debía de haber llevado a varias candidatas a aquella planta, porque en vez de desdoblar el papel se limitó a mirarme la ropa y pulsó un botón.

Me dejó salir en una planta baja con aspecto de archivo o de oficina de registros. Las paredes estaban cubiertas de cajas y de carpetas hasta el techo. Reinaba una atmósfera académica. Por fin una mujer levantó la vista de su libro de contabilidad y vino a recibirme mientras me susurraba una disculpa. Cuando la vi acercarse sonriendo, me di cuenta de que era la mujer de más edad que había visto en aquel edificio. Aparentaba unos cuarenta y cinco años. Después de confirmar que estaba allí por la oferta de empleo, me llevó a una mesa de la parte de atrás y me hizo unas cuantas preguntas triviales para ayudarme a relajarme. La máquina de escribir ya tenía puesta una hoja de papel de color crema con el membrete verde oscuro de Inversiones Bevel. Era un papel visiblemente caro, grueso, con marca de agua y un grano precioso. A mi lado había otra candidata escribiendo a máquina en el mismo tipo de papel. La mujer amable me explicó que tenía que escribir una breve autobiografía. Un autorretrato, lo llamó. Una página nada más. En media hora. Me deseó buena suerte y volvió a su mesa.

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