Fortuna

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Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » I

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Yo había hecho incontables pruebas para trabajar de secretaria. Todas habían incluido transcribir o escribir al dictado. Pero nunca me habían pedido que escribiera nada original, mucho menos sobre mí misma. La sorpresa, sin embargo, no me duró mucho. El asombro enseguida cedió el paso al terror, una sequedad efervescente que siempre me ha cubierto como espuma en situaciones de peligro. La hija autodidacta de un anarquista italiano no tenía nada que hacer en Inversiones Bevel.

Casi sin pensarlo, me puse a teclear con una confianza en mí misma inexplicable. Dije que vivía en Turtle Bay, un barrio que no había pisado nunca (aunque el nombre siempre me había gustado), y que no estaba en Brooklyn. Mi padre, el señor Prentice, trabajaba de dependiente en una mercería. Con unas cuantas pinceladas melodramáticas pero dignas, conté la muerte de mi madre. Había encontrado consuelo haciendo de voluntaria en la iglesia (me las apañé para mencionar que mi familia era de linaje episcopal) y en la literatura. Después de aquellas breves frases, y sabiendo que todas las demás chicas harían una crónica lineal de sus vidas, decidí adoptar una estrategia atrevida. Expliqué que, como la mayor parte de mi vida todavía estaba por venir, me sentía movida a escribir una autobiografía prospectiva. El resto del texto fue una combinación de mis deseos más sinceros (viajar y escribir) y de lo que creía que se esperaba de las ambiciones de una mujer (ser esposa y madre). El estilo era lo bastante florido como para hacerlo destacar pero sin pasarme. Concluí con una reflexión sobre el tiempo y sobre cómo nos correspondía a cada uno de nosotros tallar nuestro presente a partir del bloque informe del futuro; o algo por el estilo.

En cuanto terminé, la sala quedó en silencio. Ninguno de los archivistas usaba máquina de escribir. Y hasta entonces no me di cuenta de que la candidata que estaba a mi lado ya se había marchado. La mujer amable reparó en el silencio y se me acercó. Me agarró del hombro y se puso otra vez a hacerme preguntas reconfortantes al mismo tiempo que me conducía de vuelta al ascensor. Mientras esperábamos, me pidió que le enseñara mi texto. Lo leí con ella, sin apenas creer lo que había escrito. Sus asentimientos con la cabeza mientras lo leía me subieron los ánimos. Me devolvió la página haciéndome comentarios de aprobación. Llegó el ascensor y le dijo al ascensorista que me llevara a una planta situada en la parte intermedia del edificio. Antes de que se cerraran las puertas, se despidió de mí con los dedos cruzados.

Cuando se volvieron a abrir las puertas del ascensor, fue para revelar una sala de estar ficticia, mucho más cómoda que ninguna de las de verdad que yo había visitado en mi vida. Había cuatro o cinco candidatas más con sus páginas de color crema, la mayoría de las cuales me saludaron con un gesto de la cabeza y una media sonrisa (una de ellas era la chica que había estado tecleando a mi lado). Todavía me acuerdo de lo que sentí al sentarme en el borde de la butaca de terciopelo, contemplando la sobria decoración que me rodeaba, sintiendo el aire delicadamente refrigerado en las pantorrillas y escuchando los ruidos efímeros de la sala antes de que los absorbieran la gruesa moqueta y la mullida tapicería: tuve la sensación de no conocer mi ciudad.

Mientras evitábamos mirarnos y corregíamos imperfecciones inevitables o invisibles de nuestra ropa, creo que todas sentíamos algo parecido. Todas salvo una. Era la única que llevaba un atuendo apropiado, no solo adecuado a la estación del año y con los colores a juego, sino también de confección impecable. Su expresión no conseguía ser del todo desdeñosa. Después de un rato me di cuenta de que era porque casi no tenía cejas. Se levantó y se paseó varias veces por la sala, aparentemente sin más propósito que demostrar que podía levantarse y pasearse por la sala, que no la intimidaba el espacio y que ese era su lugar natural. Una de aquellas pequeñas caminatas la llevó hasta la mesa de la secretaria. Le comentó algo en voz baja, curvando los labios para formar algo que no era una sonrisa. Las dos soltaron una risilla por lo bajo.

Al otro lado de la ventana dos grúas en movimiento parecían a punto de estrellarse la una contra la otra: un engaño de la perspectiva. Empezó a sonar un martillo neumático y después otro. Un chirrido de sierras circulares. El retumbar de los escombros arrastrados por una excavadora. Los ruidos llegaban a la sala de espera convertidos en poco más que un zumbido, como si la zona en obras fuera un parque infantil y todas las herramientas y camiones fueran de juguete.

Se abrió una puerta. Salió una candidata con traje marrón. Aunque tenía las manos vacías, por su postura daba la impresión de estar abrazándose algo muy valioso contra el pecho. Parecía afligida. Caminó hasta el ascensor cabizbaja y se quedó esperándolo cabizbaja. La secretaria le dijo a la mujer bien vestida que ya podía entrar en la oficina. La mujer se quedó rebuscando en su bolso, fingiendo que no la había oído. La secretaria le repitió que la esperaban dentro. Esta vez la mujer le dedicó una mirada irritada. Cerró el bolso y entró en la oficina. Por fin llegó el ascensor y la chica del traje marrón entró a toda prisa y se pegó a una de las paredes, donde se volvió invisible.

A diferencia de la chica de la entrevista anterior, a la mujer bien vestida la podíamos oír desde donde estábamos, por mucho que no se distinguieran palabras concretas. Hablaba deprisa y en tono animado, y se interrumpía de vez en cuando para reírse. Solo hubo unas cuantas pausas durante las cuales, presumiblemente, habló la otra persona. La secretaria se puso a doblar papeles y a meterlos dentro de sobres. Las demás fingimos que no nos dábamos cuenta de nada, completamente entregadas a nuestra incomodidad.

De pronto se detuvo el parloteo de la mujer. Una pausa. Volvió a hablar, pero pareció que la interrumpían. A continuación habló en voz más baja, tanto en términos de volumen como de registro. Una última pausa y la puerta se abrió tan de golpe que el aire agitó el montón de sobres que la secretaria tenía en la mesa. La mujer salió.

—En fin, espero que le parezca más adecuada una de estas —dijo, señalándonos con un gesto despectivo del mentón—. A mi tío le va a encantar enterarse de esto.

Llamó al ascensor y ahora le tocó a ella quedarse allí esperando, indignada y herida en su orgullo. El ascensor llegó bastante rato después de que hicieran entrar a la candidata siguiente.

Media hora más tarde me llegó el turno a mí.

Yo solo había visto ejemplos tan magníficos y austeros de art déco en el cine: en oficinas estereotipadas de capitanes de la industria, financieros y magnates de la prensa, todos los cuales solían ser presentados como déspotas despiadados. Las líneas paralelas se perseguían entre sí, trazando trayectorias angulosas que iban desde el mobiliario cromado hasta los patrones del suelo de piedra, y subiendo por los paneles de madera de las paredes hasta llegar a los marcos de la ventana y al exterior de la ciudad, continuando en las fachadas de los edificios circundantes y siguiendo las calles que se entrecruzaban hasta el horizonte.

Un hombre atildado y medio calvo, con gafas y aspecto de brujo —cara chupada, ojos amarillos y un lunar en el mentón curvado—, señaló una silla mientras se sentaba a su lado de la mesa. Al lado de un encendedor enorme de latón tenía una placa con su nombre. Shakespear. «Sin e final», tal como lo oiría repetir más adelante, todo el tiempo. Solo entonces noté el fuerte olor a cigarrillos y menta que flotaba en el aire refrigerado.

—Por favor, siéntese, señorita… —hojeó sus papeles, hizo una marca de verificación y escribió unas palabras— Prentice. Hizo usted una prueba de mecanografía impresionante.

—Gracias.

Los martillos neumáticos volvieron a arrancar.

—Y su estenografía… Sí, impresionante.

—Gracias.

—¿Me permite? —Señaló mi «autobiografía» escrita a máquina y se la entregué.

Tardó un rato exageradamente largo en leerla. Cuando terminó, la archivó con mis demás pruebas, garabateó unas notas en un cuaderno que tenía abierto sobre la mesa y me miró.

—Aunque entendemos que corren tiempos muy difíciles, y que la mayoría de las chicas se presentan prácticamente a todas las ofertas de trabajo que se abren, también queremos asegurarnos de que estamos contratando a alguien que no solo necesite este trabajo, sino que también quiera este trabajo. ¿Usted lo quiere?

—Sí, señor.

—¿Por qué?

Nunca habría esperado contestar como contesté. No formaba parte de ningún plan. No lo llevaba preparado. Simplemente me salieron las palabras:

—¿Para qué trabajar en un sitio que fabrica una sola cosa cuando puedo trabajar para una compañía que fabrica todas las cosas? Porque el dinero es eso: todas las cosas. O por lo menos se puede convertir en todas las cosas. Es el bien universal con el que medimos todos los demás bienes de consumo. Y si el dinero es el dios de los bienes de consumo, esto —con la palma de la mano vuelta hacia arriba, tracé un arco que abarcaba la oficina y sugería el edificio que la rodeaba es su gran templo.

Una larga pausa.

—Me gustaría que volviera el lunes por la tarde para hacer una última entrevista. Anúnciese abajo a las cinco en punto. Le dirán adónde tiene que ir.

7

Esta es la única foto que existe de mi madre, tomada antes de que se casara. Debía de tener la misma edad que yo cuando hice mis entrevistas para Inversiones Bevel. Quizás fuera un poco más joven. Lleva un vestido de cuello alto con una hilera de botones pequeños en el medio, tan sencillo que irradia confianza, y que yo imagino de color azul marino. El pelo recogido informalmente sobre la coronilla. Una gentileza atrevida define su rostro. La misma amabilidad decidida se encuentra en sus ojos grises. Siempre me ha apenado que su cara no haya perdurado en la mía.

Esta única foto ha colonizado los pocos recuerdos que tengo de ella. Con el tiempo, me he dado cuenta de que, en casi todas las escenas de las que me acordaba, mi madre aparecía con aquel mismo vestido y peinado. Era imposible detener aquella simplificación de la imagen de mi madre, que ahora se ha vuelto básicamente lo único que tengo. Da igual que esté paseando por Carroll Park, bañándome, caminando por la calle Sackett o acostándome: siempre lleva el vestido de botones de color azul marino hipotético y el pelo recogido. Me resulta devastador que una mujer pueda desaparecer hasta ese punto, sin dejar más rastro que una hija que apenas se acuerda de ella.

Durante años, entre un libro y el siguiente, trabajé en una novela sobre ella. Sigue siendo un proyecto inacabado, y también la peor equivocación de mi vida de escritora. Como pasé tanto tiempo trabajando sin éxito en aquel libro, mi madre adquirió ya para siempre la textura y el peso de un personaje a medio formar en mi mente. Incluso he llegado a desconfiar de mi amor por ella.

Los datos conocidos son escasos. Nació en un pueblecito de Umbria y llegó a América con su hermano mayor y su primo. Mi padre contaba que tenía un don para los idiomas y que aprendió inglés deprisa y lo hablaba con gran elegancia. Era una costurera consumada y tenía muchos clientes en el barrio, donde le caía bien a todo el mundo.

Empezó a verse con un joven, Mattia. Su hermano y su primo no aprobaban la relación: Mattia era anarquista, y lo último que necesitaban en América eran problemas. No estoy seguro de cómo pasó (me enteré de esto casi por accidente y fui atando cabos a lo largo de los años), pero mi madre no tardó en enamorarse del mejor amigo de Mattia, el camarada con el que había cruzado el Atlántico y afrontado las primeras penurias en Nueva York.

Pronto se quedó embarazada de mí y se fue a vivir con mi padre. Mattia desapareció de escena; mi tío y su primo se mudaron a un pueblo del Medio Oeste. Es poco probable que la negativa de mi padre a someterse a la institución burguesa del matrimonio hiciera feliz ni a madre ni a sus parientes. Aun así, creo que tuvieron una buena vida juntos. Mi padre siempre afirmaba que no existió pareja más feliz. Es posible que sea verdad. La mayoría de mis recuerdos, reales o ficticios, son de una familia alegre. Cuando estábamos las dos solas, me hablaba en italiano. He olvidado la mayoría de aquellas palabras y, junto con ellas, el sonido de su voz.

Murió de la misma manera que muchas otras mujeres a lo largo de la historia, dando a luz. El bebé, un niño, nació muerto.

Yo tenía siete años y la tristeza me desorientó. Me pasé meses experimentando incesantemente esa forma demoledora y desolada de nostalgia que solo conocen los niños.

Me resultaría difícil determinar lo que hice en aquella época. Durante un año, simplemente dejé de ir a la escuela. Me pasaba los días holgazaneando y merodeando por el vecindario. Jugaba a las damas con mi padre. Lo ayudaba en la imprenta. Con el tiempo descubrí la sucursal de la Biblioteca Pública de Brooklyn de la calle Clinton. No puedo determinar el momento en que me hice cliente habitual, pero debía de tener nueve o diez años cuando empecé a pasar las tardes en la sala de lectura y a sacar libros en préstamo. La novela detectivesca se convirtió en una obsesión para mí. Primero fueron Arthur Conan Doyle, S. S. Van Dine y Agatha Christie. Aquellos libros (y una bibliotecaria amable) me llevaron a otros. Dorothy Sayers, Carolyn Wells, Mary Rinehart, Margery Allingham. Ya entrada mi adolescencia, aquellas fueron las mujeres que se hicieron cargo de mí en ausencia de mi madre.

Me reconfortaba la idea de orden que reinaba en sus novelas. Todo empezaba con crímenes y caos. Incluso el sentido y el significado mismos se veían cuestionados: los personajes, sus acciones y motivaciones parecían incomprensibles. Pero tras un breve reinado de la anarquía y la confusión, siempre se restauraban el orden y la armonía. Todo quedaba claro, todo se explicaba y todo volvía a estar bien en el mundo. Aquello me infundía una paz enorme. Y algo quizás más importante: aquellas mujeres me mostraron que no necesitaba conformarme a las nociones estereotipadas del mundo femenino. Sus relatos no trataban exclusivamente de romances y felicidad doméstica. Había violencia en sus libros, una violencia que controlaban ellas. Aquellas escritoras me enseñaron, con su ejemplo, que yo también podía escribir cosas peligrosas. Me enseñaron que ser fiable u obediente no servía de nada: las expectativas y demandas de los lectores estaban allí para ser intencionadamente confundidas y subvertidas. Fueron aquellas escritoras las que me inculcaron antes que nadie el deseo de escribir.

De hecho, contar de nuevo las historias de aquellos libros supuso una parte esencial de mi educación literaria. Mientras cenábamos, le narraba novelas enteras a mi padre, anotadas con mis conjeturas y predicciones. Fascinado, él seguía hasta el último detalle de la trama, y aprendí a llevarlo por sendas engañosas y a hacerle perseguir pistas falsas para aumentar su sorpresa ante la revelación final. Se quedaba tan cautivado que se olvidaba de comer. «¡Mira! ¡Mi comida! ¡Fría otra vez! Culpa tuya», solía decir al acabar, riñéndome en broma mientras nos reíamos.

Al final, igual que en las novelas de detectives que leía en la biblioteca, de la devastación posterior a la muerte de mi madre surgió una especie de nuevo orden, provisto de una lógica y unos rituales propios. Aquel nuevo régimen, a falta de un término mejor, nació de la necesidad.

Mi padre nunca había hecho las tareas de la casa, con la única excepción de cocinar sus «platos especiales», que generaban una cantidad extraordinaria de trabajo para quienes lo rodeábamos. Su imprenta estaba en la habitación central de nuestro apartamento-pasillo, lo cual no tardó en desdibujar y borrar las fronteras entre su trabajo y nuestra vida familiar, entre el cuarto de baño y la cocina, entre la comida y la basura, entre lo limpio y lo sucio. Recayó en mí el mantener las cosas en funcionamiento. Con ocho años, me vi a cargo de la casa. Si no las lavaba yo, no había sábanas limpias; si no barría, se empezaban a ver nuestras huellas en el polvo; si dejaba los platos en el fregadero, allí se quedaban; si me marchaba sin guardar las herramientas y suministros de mi padre, las manchas contagiosas de tinta se multiplicaban por las paredes, las camas y la ropa.

Tras la muerte de mi madre, aquel nuevo rol, que yo desempeñaba de forma inexperta e improvisada, me pareció natural. Me había convertido en la mujer de la casa. A mi padre, anarquista, le resultaba igualmente natural que hiciera falta mano de obra infantil para mantener intacto el statu quo entre los géneros.

Aparte de esta fotografía, no queda gran cosa de mi madre. Me acuerdo de las pocas posesiones que tenía en su cajón: un cepillo de peltre para el pelo, un estuche de manicura, unas cuantas medallas de santos escondidas bajo su ropa interior, un reloj roto con la esfera de madreperla, el anillo bañado en oro con la piedra de color azul aguamarina que nunca se atrevía a ponerse (y que yo nunca me quito) y algo de ropa. No me cabe duda de que mi padre, que tras la muerte de mi madre nunca volvió a vivir con otra mujer, la quería mucho. Pero no fue el amor ni tampoco ningún deseo de «aferrarse al pasado» lo que lo llevó a dejar intactas las cosas de su cajón. Simplemente nunca se le ocurrió vaciarlo.

8

Durante las pruebas y entrevistas que hice para Inversiones Bevel, aprendí algo que tendría oportunidad de corroborar muchas veces a lo largo de mi vida: cuanto más cerca se está de una fuente de poder, más tranquilidad reina. La autoridad y el dinero se rodean de calma, y se puede medir el alcance de la influencia de una persona por la intensidad del silencio que la rodea.

En la recepción del piso superior había cuatro secretarias, dos de las cuales estaban al teléfono de forma ininterrumpida. Por un par de puertas laterales no paraba de entrar y salir gente, que se detenía de vez en cuando para conversar un momento en voz baja. Había empleados recogiendo y entregando documentos. Sin embargo, no se oía nada más que murmullos aislados. Era como si, junto con el mobiliario intimidador, las moquetas que uno evitaba pisar y los paneles de madera opresivamente recargados, la sala estuviera equipada con un pedal de sordina.

Me alegró comprobar que también había llegado a aquella fase la chica terriblemente tímida del traje marrón de la última ronda de entrevistas. Nos sonreímos mientras me sentaba delante de ella y de una joven con traje de color lavanda, claramente otra candidata. Mi mirada deambuló de la una a la otra. Guardaban un parecido notable. Pelo negro idénticamente lacio, altura comparable, constitución similar. Sus caras eran sutiles variaciones de la misma idea de cara. Que era mi cara. Porque al mirarlas me di cuenta de que yo también era una variación de aquella idea. Las tres éramos encarnaciones distintas del mismo tipo.

Le avisaron a la chica tímida que ya podía entrar. Mientras se iba, sorprendí a la candidata del vestido de color lavanda mirándome, y a juzgar por su expresión intensa, donde se mezclaban la incredulidad con la indignación, y por la vehemencia con que apartó la vista después de que las dos nos detuviéramos en los ojos de la otra, me di cuenta de que también había percibido el inquietante parecido entre nosotras. Pero el momento de incomodidad fue fugaz. Apenas un momento después de entrar en la oficina, la chica tímida salió, nuevamente cabizbaja y con expresión mortificada. A continuación me llamaron a mí.

En la otra punta de una oficina gris que me recordó a una piscina (y entrar en ella me produjo una sensación como de sumergirme en un elemento distinto), detrás de un escritorio, con el respaldo de su silla giratoria vuelto hacia mí, había un hombre sentado mirando por la ventana; fuera, devolviéndole la mirada, había un soldador sentado en una viga que parecía flotar en el cielo. Me invadió una oleada fría de vértigo y me quedé paralizada en la puerta. Cada uno de los hombres parecía hipnotizado por el otro. Pero cuando el soldador se acomodó la gorra y el abrigo, sin dejar de mirar al hombre de la silla, me di cuenta de que para él la ventana era un espejo impenetrable.

Es posible que la audacia del soldador y su irreverencia inconsciente (impasible ante el abismo, seguía recolocándose la ropa y contemplando sin saberlo al magnate de la silla giratoria) me inspiraran para actuar como actué. Seguramente el hombre de la silla estaba cansado de las genuflexiones balbuceantes de sus subordinados. Decidí que agradecería un acercamiento atrevido: alguien que tomara las riendas de la conversación.

—Pronto no le quedará una gran vista —le dije.

—Sospecho que a final de mes ya no podré ver el río.

—Y parece que ese edificio va a ser más alto que este.

—Lo va a ser —dijo, girándose en la silla para verme.

La cara de Andrew Bevel no transmitía nada. Igual que en las fotos que yo había visto tantas veces en la prensa, era una cara que había renunciado a la expresión. Imitando su impasibilidad, fingí que no me afectaba su presencia.

—Lo siento. —Me sorprendió descubrir que no me temblaba la voz.

—No lo sienta. Soy dueño de los dos, y en cuanto lo terminen me trasladaré al nuevo. Por favor. —Señaló la silla del otro lado de su mesa.

La distancia hasta la silla era larga.

—Usted no se llama Ida Prentice —dijo mientras me sentaba.

Sentí que me ruborizaba y vi que estaba a punto de perder el terreno ganado con mi despliegue inicial de confianza.

—Por alguna razón, pensé que no llegaría hasta aquí llamándome Ida Partenza.

—Por alguna razón, creo que está en lo cierto. Pero me alegro mucho de que haya llegado hasta aquí.

—Gracias.

Cuando lo tuve cerca descubrí que la cara de Bevel eran casi dos caras: el sorprendente aspecto infantil de la mitad superior, con sus ojos muy azules y unas pecas casi imperceptibles, lo refutaban los labios finos y el mentón severo.

—Su padre es impresor. Vive con él más o menos por ahí. —Señaló hacia el otro lado del río, en la dirección aproximada de Red Hook—. Siento mucho lo de su madre. Yo también perdí a mis padres, a los dos, de pequeño.

Confié en que mi cara no mostrara que había conseguido intimidarme.

—Pero la historia sobre usted misma que se inventó en su redacción era muy convincente. —Sostuvo en alto la página de color crema que acababa de agarrar de la mesa.

—Parece que mi vida es casi tan pública como la suya.

Se rio, sin moverse, a través de la nariz.

—Es curioso, acaba usted de llegar al fondo de la cuestión. El problema, ciertamente, es mi vida pública. El mero hecho de tenerla es una consecuencia no deseada de mi trabajo. He intentado cortarla de raíz, aplastarla a pisotones. Siempre vuelve a crecer. Siempre. Con fuerzas redobladas. Así pues, he decidido asumir el control de ella. Si he de tener una vida pública, prefiero mostrarle al mundo mi versión.

Detrás de él se movió la viga donde estaba el soldador. Al ver que mi mirada se movía y enfocaba algo situado a su espalda, Bevel se dio la vuelta.

—Me preguntaba por qué estaría tardando tanto. —Se volvió hacia mí—. En fin. Lo importante aquí no soy yo, en realidad. Es mi mujer.

—Lo acompaño en el sentimiento.

—Gracias. Una cosa es la fijación que tiene el público por mi vida. Pero cuando esa obsesión afecta a mi mujer y ensucia su nombre, la cosa cambia. No toleraré que se mancille su imagen, su recuerdo. —Frunció los labios como para asegurarse de que su indignación permanecía sellada en su interior; acto seguido, sacó un libro de un cajón y lo dejó sobre su mesa—. ¿Ha leído esto?

Me pasó el libro por encima de la mesa. Lo agarré. La sobrecubierta era de color verde salvia, y las letras negras y grises, una paleta de colores que recordaba al billete de un dólar. No tenía ilustraciones ni adornos de ninguna clase. Tan solo decía:

Obligaciones

Novela

HAROLD VANNER

Mientras escribo estas palabras, tengo delante el mismo libro que me entregó aquel día Andrew Bevel. La sobrecubierta ya está ajada por el paso del tiempo; la cubierta y contracubierta a punto de desprenderse del lomo descolorido por el sol. Algunos de los pliegos encuadernados están un poco sueltos, como si fueran separatas. Me da la sensación de que esa fragilidad le sienta bien al libro.

—No —contesté, hojeándolo.

—Pues se cuenta usted entre los pocos afortunados. Salió hace cosa de un año. Este escritorzuelo, el señor Harold Vanner, ya casi había caído en el olvido. No es que yo lo conociera. Pero me han contado que tuvo una mala racha. Después de unas cuantas novelas que obtuvieron un éxito moderado, cayó en desgracia hace unos diez años. Sus libros no vendían. Alcohol. Dipsomanía, al parecer. La historia sórdida de siempre. Y luego, poco después de la muerte de mi mujer, se puso a escribir esto. Había coincidido con Mildred unas cuantas veces. En sociedad. De manera superficial. Creo que incluso es posible que me conociera a mí en una de aquellas ocasiones.

Se dio la vuelta para echar un vistazo al avance de la viga. Ya no la podíamos ver, pero asombrosamente, debido a la altura, se oían voces al otro lado de la ventana.

—En cualquier caso, escribió el libro. Se publicó y obtuvo críticas favorables. Parece que cada persona que conozco lo ha leído; y todos siguen hablando de él. No soy crítico. No me interesa la literatura. Ni siquiera he leído las reseñas. Pero le puedo decir por qué este libro ha causado sensación: porque es evidente que habla de mi mujer y de mí. Y porque da una mala imagen de nosotros.

Me miró, quizás esperando una reacción. Creí que mi silencio sería mejor que cualquier pregunta o comentario.

—Mis amigos y conocidos me transmiten su pesar por el libro. ¿Entiende lo irritante que me resulta? Porque con sus muestras de adhesión me están haciendo saber que han leído esta basura. Parece que la ha leído todo el mundo. Y todo el mundo se da cuenta de que trata de nosotros. Ya lo verá por usted misma. No puede ser nadie más. Y debido quizás a que contiene unos cuantos detalles más o menos correctos, la gente cree que es una fuente fiable. Hasta hay periodistas que siguen pistas e indicios del libro para intentar corroborar ciertas escenas y pasajes. ¿Lo puede creer? Ahora los acontecimientos imaginarios de un relato de ficción tienen mayor presencia en el mundo que los hechos reales de mi vida.

Detrás de su cara se empezó a concentrar algo parecido a la furia. Respiró hondo.

—Déjeme ser claro. Este libro es pura porquería difamatoria. Mis negocios aparecen burdamente tergiversados. Se me presenta como un jugador profesional. Como un estafador. Y el autor afirma que estoy acabado. Que soy viejo y mi tiempo ha pasado. Que he perdido mi magia y estoy en franca decadencia. Mire por la ventana. ¿Le parece a usted que ese edificio nuevo es un signo de derrota? —Hizo una pausa sombría—. En fin, todo esto es irrelevante. Estoy acostumbrado a que me calumnien. Pero Mildred… Lo que este granuja le ha hecho a Mildred… La mujer más amable que ha habido, retratada como una… —Negó con la cabeza—. No pienso permitir que esta invención llena de oprobios se convierta en la historia de mi vida, que esta vil fantasía ensucie el recuerdo de mi mujer.

Puse el libro en la mesa para que la proximidad no me relacionara con él.

—Mis abogados ya se están ocupando del señor Vanner. Pero me temo que me ha llegado el momento de hablar. Toda mi vida he estado rodeado de rumores. Me he acostumbrado a ellos y nunca niego los chismes y las habladurías. La negación es una forma de confirmación. Odio hacer declaraciones públicas de ningún tipo, pero esta ficción exige que la refuten con datos. Y voy a darles datos. Me gustaría que usted, señorita Partenza, me ayudara a escribir mi autobiografía.

Nos miramos un momento.

—Pero, señor, yo no soy escritora.

—Dios sabe que lo último que quiero es un escritor. Al infierno con todos ellos. Lo que necesito es una secretaria. Sé que es usted una excelente estenógrafa y mecanógrafa. Yo hablaré y usted escribirá al dictado. Y veo por esta redacción suya que tiene facilidad con las palabras. «Tallar nuestro presente a partir del bloque informe del futuro». También tiene un talento para la narración que puede resultar útil.

Se miró el reloj de pulsera.

—Empezaremos la semana que viene. En mi casa. Entretanto, debo exigirle discreción. Ni una palabra de esto a nadie.

—Por supuesto.

—Hable con las chicas de fuera. Le darán todos los detalles. Gracias. —Esbozó un intento de sonrisa—. Y llévese el libro.

Mientras me dirigía a la puerta, oí que Bevel levantaba el auricular.

—Dígale a la otra chica que se vaya.

9

Cuando llegué a casa, me encontré a Jack bebiendo unas cervezas y comiendo sándwiches con mi padre. No lograba acostumbrarme a su bigote. Me parecía falso, como si se lo hubieran pegado a una cara que por lo demás no había cambiado desde nuestra infancia.

Conocía a Jack desde la época en que se llamaba Giacomo. Su familia se había mudado al barrio poco después de que muriera mi madre. En aquella época, mi dolor me había vuelto inaccesible y no me interesaba hacer amigos nuevos, pero unos años más tarde, en la primera adolescencia, estuvimos saliendo juntos una breve temporada. Por entonces, eso significaba dar largos paseos los fines de semana por las calles desiertas del margen del río, durante los cuales Jack calculaba en silencio cuál sería el mejor lugar para el siguiente beso mientras yo intentaba decidir si quería que me besara otra vez o no. Aquello duró unas semanas, y luego nos distanciamos y empezamos a evitarnos por el barrio la mayor parte del tiempo. Al final se fue a la universidad en Chicago, lo cual me pareció impresionante. Regresó al cabo de dos años, convertido en una persona distinta. Era él pero no era él, como pasa en los sueños. Había cambiado su vestuario, había adquirido un vocabulario más amplio, y también aquel bigote. Una identidad completamente nueva para un Jack completamente nuevo: ahora era periodista. La universidad se había vuelto una pérdida de tiempo, decía. La verdad estaba ahí afuera, en las calles. Estaba impaciente por salir al mundo real y dejar su marca. Empezamos a vernos de manera informal y poco clara. Creo que mi deseo de enamorarme era más fuerte que el deseo que tenía de él.

A mi padre se le ensombreció un momento el ceño cuando me vio vestida otra vez con la ropa de mi madre, pero levantó de inmediato el vaso y me invitó a unirme a ellos. Jack me dio parte de su bocadillo.

—En fin. Enseguida termino de contar la historia —dijo mi padre—. Han capturado a Paolo, o sea que yo no puedo volver, y tengo justo delante a un grupo de gente en el arcén. Uno de ellos es un carabiniere. Lo puedo ver. Pero él no me ha visto a mí.

Jack escuchaba con una media sonrisa extasiada.

—¿Qué puedo hacer? —Mi padre se encogió de hombros.

—Sí, ¿qué hizo usted?

—Pues sigo adelante, confiando en que todo salga bien. Necesito contarle algo al carabiniere. Quizás puedo decirle que he dejado mi bolsa un momento sola en el mercado y alguien me ha metido dentro esos panfletos. Pero acuérdate de que también llevo la escopeta. Quizás consiga explicar una de esas cosas. Pero ¿las dos? No.

—Pero el carabiniere no lo había visto a usted. ¿No podía simplemente deshacerse de la bolsa y la escopeta y recogerlas más tarde?

Jack no vio el destello de irritación en la mirada de mi padre.

—No —se apresuró a decir él; carraspeó y reanudó su narración con el mismo entusiasmo de antes—. Así pues, sigo caminando, con la escopeta apoyada encima del brazo, así. —Se echó un trapo de la cocina sobre el antebrazo—. Como he visto que hacen los cazadores. Pienso: «Pasaré junto al carabiniere y lo saludaré como si fuera un cazador de paseo».

—Buena idea.

Le pedí a Jack que me pasara la sal y él me la dio.

—¡Ah! ¡No, no, no, no! —le gritó mi padre a Jack—. ¡Déjala en la mesa, déjala! ¿Qué clase de italiano eres? La sal no se pasa nunca de mano en mano. ¡Una mala suerte terrible! ¡Y encima se te ha caído un poco! —Se tiró un pellizco de sal por encima del hombro izquierdo—. Ya está. Arreglado.

Recobró la compostura.

—Así que sigo acercándome. Me ven. Voy sudando. El carabiniere me mira directamente. Yo sonrío y sudo. El carabiniere echa a andar hacia mí. Y no son solo esos panfletos en la bolsa. También tengo un montón de información sobre mi grupo. Por eso voy sudando. Y entonces veo que el carabiniere tiene la pistola en la mano.

—¡No!

—Seguimos caminando el uno hacia el otro. Me hace una señal con la mano. La gente que está en el arcén se mueve. Entonces veo que están rodeando un bulto grande y negro que hay en el suelo. «¿Está cargada esa escopeta?», me pregunta el carabiniere. Se lo ve agitado. «No, señor», le digo. «¿Tienes balas?», me pregunta. Decido ceñirme a la historia del cazador. «Pues claro», digo. «Estoy cazando». «Bien», dijo el carabiniere. Y cuando nos acercamos a la gente del arcén, veo que están junto a un caballo. A un caballo caído. Herido.

—¿Qué?

—Sí. Está herido. Y se nota que está sufriendo. «Se me ha encasquillado el arma», dice el carabiniere. Pero por su cara lo sé. Me doy cuenta. El arma no se le ha encasquillado. ¿Me está diciendo que el caballo se ha roto una pata y que se le ha encasquillado el arma? El arma no se le ha encasquillado. Le tiene cariño a su caballo y no es capaz de pegarle un tiro. Me doy cuenta.

Mi padre hizo una pausa para asegurarse de que Jack estaba debidamente cautivado.

—En fin. Tengo las balas en la bolsa. La dejo en el suelo. La abro. Saco las balas, que están debajo del fajo de panfletos y documentos, cierro la bolsa y cargo la escopeta. Me tiemblan un poco las manos. Cuando termino, le doy la escopeta al carabiniere.

—Increíble.

—Espera. El carabiniere no la quiere. —Pausa—. Me dice: «Hazlo tú».

—¿Cómo? ¿Le dijo que lo hiciera usted?

—Sí. Me intenta obligar a matarlo. Por el cariño que le tiene a su caballo. Me doy cuenta. Por eso no puede. Pero tampoco puedo yo. —Mi padre se rio—. ¡Soy incapaz de matar a un caballo! Me está mirando con sus ojazos negros, respirando, pidiendo compasión. ¡Soy incapaz de matar a ese caballo!

—¿Qué pasó entonces?

—Le digo al carabiniere, señalando al caballo: «Señor, su buen amigo lo necesita». Y miro a la gente que nos rodea. «¿Verdad?», les pregunto. Algunos dicen que sí con la cabeza. «No puede fallarle a su buen amigo ahora», le digo. Así no se podrá negar. Ya sabes. La gente habla. ¿Un carabiniere incapaz de disparar a un caballo? ¡Imagínate! Así que agarra la escopeta. Le tiemblan las manos más que a mí. Apunta, sin dejar de temblar. Y por fin, después de una pausa larga, le pega un tiro al caballo en la cabeza.

Pausa dramática.

—Después me devuelve la escopeta, me da las gracias y me voy.

—Increíble. En serio, increíble —dijo Jack, negando con la cabeza—. Ida, ¿conocías esta historia?

—Sí.

—Increíble. —Y volvió a mirar a mi padre—. Debería usted escribir estas historias, ¿sabe?

—Bah.

—No, son historias importantes. Quizás yo lo podría ayudar. Las podríamos escribir juntos. Y publicarlas.

—Bah… Ya veremos. —Mi padre se levantó y se sacudió las migas del pecho, dejándolas caer sobre el suelo de la cocina—. ¡Pero la historia no se ha terminado! ¡La lucha continúa! De hecho, me tendría que ir a esa asamblea.

—Espera —le dije—. Antes de que te vayas, tengo una noticia. He encontrado trabajo.

—¿Ahora mismo? —preguntó Jack—. Por eso te has puesto tan guapa. ¡Felicidades! ¿Qué es?

—Oh, un trabajo de oficina. Ya sabes, escribir al dictado, mecanografiar, esas cosas. Pero es un trabajo fijo. Y pagan muy bien.

—Qué gran noticia —dijo Jack, agarrándome de los hombros.

—Bueno —dijo mi padre—. Me tengo que ir.

Y se fue. Mientras limpiaba la mesa, le dije a Jack que le agradecía mucho que viniera, le trajera cerveza a mi padre y escuchara sus historias de antaño. Significaba mucho para él. Me puse a fregar los platos.

Jack se me acercó, se apoyó en mí, me besó el cuello y me abrazó.

—La cerveza y el almuerzo eran para nosotros —me susurró al oído—. Pensé que tu padre no estaría, y no sabía que habías salido.

—Gracias. —Me volví, sin sacar las manos del fregadero, le di un beso breve y volví a los platos.

—Mira, creo que yo también tengo buenas noticias. El Eagle y el Herald Tribune. Están muy interesados en los artículos que les enseñé. Es pronto para saberlo. Pero aun así… Promete mucho.

—¿Y ahora me lo dices? ¿El Eagle y el Herald? ¡Jack! ¡Qué maravilla! Te dije que las cosas terminarían saliendo bien. ¿Qué artículos les mandaste?

—Para, para. Como te digo: todavía es pronto. Pero, en fin, crucemos los dedos. Tiene muy buena pinta.

Empecé a secar los platos. Jack me volvió a abrazar por detrás.

—Tenemos muchas cosas que celebrar —murmuró.

—Muchas cosas que celebrar, sí. Pero escucha, tengo que leer este libro hoy mismo para mi nuevo jefe. Quizás te pueda invitar a cenar cuando me llegue el primer cheque. A un sitio elegante. Siempre hemos querido ir al Monte’s.

Se apartó de mí y me volví a tiempo de ver como se le torcían los labios en una mueca breve de fastidio antes de adoptar una expresión neutra.

—En realidad me tengo que ir. —Se miró el reloj—. Necesito verme con un redactor jefe del Mirror. Hay que llamar a todas las puertas.

—Estoy muy orgullosa.

—Todavía no. Pero pronto.

Me besó y se marchó.

10

Al principio, Obligaciones era más que literatura; era una serie de pistas. Y yo era más que una lectora; era una detective.

Tenía que haber pistas en el libro. Aunque fuera de manera superficial, Harold Vanner había conocido a los Bevel, y estaba claro que también los había conocido la gente de su círculo. Algunos de los elementos de la novela debían de estar basados en la realidad. Por supuesto, yo no tenía forma de distinguir los hechos de la ficción (y aun después de todas las reuniones que tendría con Bevel, la distinción seguiría sin quedarme clara), pero sospeché que debía de haber un grano de verdad sepultado en el texto. ¿Qué sabía realmente Vanner de Andrew y Mildred Bevel? ¿Por qué iba alguien tan poderoso y ocupado como Bevel a molestarse en cuestionar una obra literaria? Tenía que haber algo concreto en la novela que Bevel necesitaba suprimir y refutar. ¿Acaso estaba completamente a la vista? ¿Acaso Vanner había encontrado algo por pura casualidad, o bien le estaba mandando a Bevel algún mensaje en clave con aquel libro? La novela había sacado a la luz, de forma intencionada o no, algún hecho vital sobre la gente en la que estaba basada. Quizás la verdad estuviera en todas aquellas distorsiones e imprecisiones que tanto molestaban a Bevel.

A medida que leía, sin embargo, fue en la prosa misma, y no en el contenido, en lo que centré mi atención. No se parecía en nada a la de los libros que me habían hecho leer en la escuela, ni tampoco tenía nada que ver con la de las novelas de misterio que sacaba de la biblioteca. Más adelante, cuando por fin fui a la universidad, pude ubicar las influencias literarias de Vanner y evaluar su novela desde un punto de vista formal (por mucho que nunca fuera lectura obligatoria en los cursos que hice, ya que estaba descatalogada y era bastante difícil de encontrar). Pero en la época en que la leí, nunca había experimentado nada parecido a aquel lenguaje. Y me conmovió. Era la primera vez que leía algo que existía en un espacio indeterminado entre lo intelectual y lo emocional. Más adelante he identificado ese territorio ambiguo como el dominio exclusivo de la literatura. También entendí en algún momento que aquella ambigüedad solo podía funcionar en conjunción con una disciplina extrema: la precisión tranquila de las frases de Vanner, su vocabulario discreto, su reticencia a emplear los recursos retóricos que asociamos con la «prosa artística» sin por ello perder de vista un estilo distintivo. La lucidez, parecía sugerir Vanner, es el mejor escondite para un sentido más profundo, como si fuera algo transparente metido entre otras cosas transparentes. Desde entonces han cambiado mis gustos literarios, y Obligaciones ha sido desplazado por otros libros. Pero Vanner me ofreció mi primer vislumbre de aquella región esquiva que había entre la razón y el sentimiento, y fue quien me infundió el deseo de cartografiarla con mi propia escritura.

Más adelante leería algunas reseñas que habían salido al publicarse el libro. Aunque la mayoría eran más o menos elogiosas (The Nation lo incluyó entre sus «Libros destacados del año», y apareció en la «Lista de libros navideños para los lectores de Harper»), las reacciones no habían sido tan unánimemente positivas como afirmaba Bevel. El Atlantic publicó una de las pocas reseñas completamente entusiastas. Un pasaje decía:

Nuestro canon está saturado de relatos centrados en las clases sociales, en el consumo descarado y en las excentricidades inmoderadas que acompañan a la opulencia. Pero pocas novelas como Obligaciones se centran en el proceso en sí de la acumulación de capital. E incluso las narraciones que intentan llevar a cabo una crítica de la riqueza y la desigualdad terminan casi siempre deslumbradas por la misma codicia ostentosa que intentaban desmitificar: una trampa que el señor Vanner evita con habilidad.

Pero también había opiniones implacables. Algunos críticos tacharon el libro de falto de originalidad («epigonal», lo llamó The New Republic) y señalaron la influencia innegable de Henry James, Constance Fenimore Woolson, Amanda Gibbons y Edith Wharton. The New Yorker dijo que la novela era un simple succès de scandale que había obtenido notoriedad por ser una roman à clef obvia (ambas expresiones francesas figuran en la reseña), basada en una pareja famosa pero extremadamente reservada sobre la cual todo el mundo quería leer una historia, fuera cierta o falsa.

En cuanto terminé de leer Obligaciones, volví a empezar. Solo por mi breve encuentro con Bevel ya me daba cuenta de que había diferencias entre Rask y él, una intuición que podría confirmar durante nuestras muchas conversaciones de las semanas siguientes. El hombre de carne y hueso era más franco, menos elusivo y reservado que su encarnación ficticia. Aun así, parecían parientes lejanos.

Los pasajes que describían las transacciones financieras de Rask me exigían un poco más de esfuerzo, pero aunque en aquella época no estaba familiarizada con muchos de los términos de la novela de Vanner, la crónica general de sus operaciones era bastante clara. Pese a que los actos de Rask desafiaban mi imaginación moral, no me cabía duda de que estaban basados en maniobras de verdad. Y durante nuestras sesiones, el propio Bevel lo confirmaría. Varias veces, con orgullo de cazador, me explicó que era capaz de adelantarse a sus competidores y convertirlos en sus presas, y también que más adelante, en 1929, había superado en inteligencia al mercado entero, lo había vuelto contra sí mismo y había ganado una fortuna. Mientras trabajaba con Bevel, me dediqué a revisar periódicos y libros de aquella época, y todos confirmaban y describían con gran detalle la mayoría de las operaciones financieras que aparecían tanto en la novela (con algunas imprecisiones y licencias) como en las crónicas de primera mano que me hizo a mí (con algunos retoques orientados al blanqueo y el autobombo). Y no solo eso: descubrí que tanto Vanner como Bevel parafraseaban sin apenas cambios en sus relatos algunas de aquellas publicaciones.

Helen, la mujer de Benjamin Rask, constituía para mí el centro absoluto del libro. No tardé en identificarme con ella. Las dos prácticamente carecíamos de amigas. Las dos teníamos padres dominantes y disfuncionales, consumidos por dogmas insensatos. Las dos éramos mujeres jóvenes que intentaban crecer en resquicios estrechos, tratando de romperlos y agrandarlos. Y me dio la sensación de que Vanner, que mantenía siempre una distancia respetuosa, era capaz de entenderla; y a través de ella, me entendía a mí. Y quizás porque el relato tenía una resonancia personal tan grande, la última parte de la novela me resultaba más enfurecedora cada vez que la leía. ¿Por qué necesitaba Vanner destruir a Helen? ¿Por qué maltratar su cuerpo con tanta violencia en los últimos días de su vida? Y por encima de todo, ¿por qué representarla como loca? Estaba claro que se había tomado toda clase de libertades con la historia de Mildred Bevel, y que le podría haber dado cualquier clase de destino. ¿Por qué aquel, entonces? ¿Por qué romper su mente?

Aun después de tantos años, todavía recuerdo el principal efecto que tuvo aquel primer encuentro con el libro. Después de leerlo, me sentí preparada para mi primera entrevista con Andrew Bevel. Es más: pese a ser una obra de ficción, el libro me había convencido de estar en posesión de una verdad esencial sobre su vida. Todavía no alcanzaba a ver cuál podía ser aquella verdad, pero eso no me impedía creer que de alguna manera ahora le llevaba ventaja.

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