Fortuna
Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » II
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II
Una taquilla de venta de entradas bajo los medallones y las guirnaldas de yeso. Junto a la chimenea, unas banderolas que anuncian distintas exposiciones. «Oro, plata y bronce: las artes decorativas americanas en el cambio de siglo». «En la madriguera del conejo: ilustraciones de libros infantiles victorianos». Ambientador floral. Más allá del recibidor, el vestíbulo, reconvertido en tienda de regalos. Una alfombra de diseños incongruentes subiendo por la escalera. Los mismos apliques dorados al fuego de antaño. La misma consola con tablero de mármol. Las mismas sillas de respaldo recto, pero ahora con una cuerda roja atada entre los reposabrazos.
Me sorprende lo indignada y posesivo que me siento. Los arquitectos encargados de renovar la casa y convertirla en museo han tomado la decisión previsible de alterar la atmósfera beaux arts original introduciendo cubos de cristal descaradamente contemporáneos y domesticando los excesos recargados del diseño original con líneas rectas disciplinadas. Toda la cartelería usa una tipografía sans serif, seguramente elegida para que su austeridad anacrónica resulte irreverente.
Me desconciertan mi irritación y mi sentimiento posesivo, porque la primera vez que vine aquí el lugar me resultó obsceno. Debería alegrarme de verlo execrado. Sin embargo, esta encarnación de la casa de los Bevel solo añade una capa nueva a mi exasperación hacia ella.
Me resulta particularmente ofensiva la tienda de regalos. Por irracional que sea, incluso me molesta el joven que atiende el mostrador. Echo un vistazo, buscando, por razones desconocidas, avivar mi indignación. De fondo suena una melodía ridícula de la era de la Prohibición. Abundan los bolígrafos, tazas y postales adornados con reproducciones de objetos de la colección y con el logo del museo. Hay una pared dedicada a las baratijas de los Locos Años 20: canotieres, boas de plumas, petacas, pitilleras, vestidos de flapper. Y al lado de esa sección, un expositor dedicado a Francis Scott Fitzgerald. Ejemplares de todos sus libros. Biografías y estudios críticos. El gran Gatsby en distintos idiomas.
Por supuesto, no hay ni un solo ejemplar de Obligaciones, de Harold Vanner.
Fue a través de Vanner como vi originalmente esta casa. Leí su libro unos días antes de poner el pie aquí por primera vez. Aunque su descripción es bastante escueta, mi percepción inicial de este lugar se vio fuertemente condicionada por sus palabras. Hacia el final de la segunda parte de su novela, por fin se conocen las versiones ficticias del señor y la señora Bevel. Vanner ofrece unos vislumbres rápidos y no del todo precisos de la mansión y plasma la forma en que Helen Rask reacciona a ella.
«Cuando entró por primera vez en la fastuosa morada del señor Rask», escribe Vanner de la encarnación de Mildred, «nada le infundió el cosquilleo del deseo, ni tampoco le hizo sentir aquella excitación indirecta y momentánea que producía imaginar una vida desprovista de restricciones materiales».
Y era exactamente así como yo tenía intención de reaccionar cuando entré aquí de joven. Estaba decidida a mostrarme indiferente y desdeñosa. No lo conseguí. Por entonces, la casa estaba en pleno apogeo, y tuvo en mí todo el efecto que estaba diseñada para tener. Me hizo sentir indigna de ella. Incómoda y sucia. Como una mendiga, aunque no estuviera pidiendo nada. Me sentí abrumada, sí. Pero como era hija de mi padre, también experimenté asco y rabia, tanto hacia la casa como hacia mi reacción obediente a ella. Lo opuesto a la apatía de Helen.
Ahora, mientras deambulo antes de subir las escaleras que llevan a la biblioteca, mi experiencia de la casa todavía es más contradictoria. Mi afán posesivo y mi indignación inexplicables («Yo sé cómo era realmente este sitio») se mezclan con la indiferencia que no conseguí sentir en mi juventud (la acumulación desapasionada de pinturas de Holbein, Veronese y Turner no constituye una galería, sino una simple sala de trofeos) y con una sensación aguda de añoranza (regresar a un lugar importante después de varias décadas revela lo ajena que una puede llegar a ser a si misma).
Subo la escalera, mirando a mi alrededor, intentando comparar impresiones pasadas y presentes. ¿Debería hacer un inventario de las pinturas, esculturas, estatuillas, piezas de porcelana, jarrones, relojes y lámparas de cuentas? ¿Debería describir las suntuosas estancias? ¿Debería señalar sus funciones y a qué hora del día se tenía que usar supuestamente cada una? ¿Debería intentar transmitir su tamaño? ¿Debería detenerme en las ricas telas, piedras preciosas y tipos únicos de madera que se habían usado por toda la casa? ¿Debería clasificar las distintas clases de mobiliario? ¿Debería mencionar las marcas de los coches que solía haber aparcados en fila frente a la casa? ¿Debería decir cuántos criados trabajaban aquí en los años treinta? ¿Debería hacer una lista de sus distintas obligaciones?
Me vinieron a la cabeza los productos relacionados con El gran Gatsby que se vendían en la tienda de regalos de abajo. No tengo ningunas ganas de incurrir en una larga descripción de lujos inasequibles. Igual que a Vanner, no me interesa detenerme en la opulencia de la casa. He venido por los documentos. Y nada más.
En lo alto de la escalera, giro a la izquierda y me adentro por el largo pasillo. Hay unas cuantas puertas abiertas, que revelan habitaciones con pinturas y objetos decorativos en exposición al otro lado de unas cuerdas de terciopelo. Me acuerdo exactamente de qué puerta llevaba a la habitación de Mildred. Tras todas estas décadas, sigue cerrada. Y al final del pasillo, la biblioteca.
Han cambiado las cosas de sitio. Ahora hay menos libros (la mayoría deben de estar en estantes fuera de exposición), y agradezco las hileras de pupitres utilitarios con lámparas operativas y sillas prácticas, todo diseñado para trabajar de verdad. Unos cuantos visitantes hojean libros de arte de formato grande y toman notas. Sale a recibirme el bibliotecario jefe y caminamos juntos hasta su mesa, donde me presenta a sus dos colegas. Le entrego la carta en la que solicito acceso a los materiales restringidos, y la acepta, disculpándose por esta formalidad necesaria.
Le pregunto qué clase de documentos y libros le solicitan con mayor frecuencia. Me cuenta que la mayoría de sus visitantes son académicos o estudiantes que vienen a investigar la extensa colección de arte. Acuden tasadores de las casas de subastas casi a diario.
—De hecho —dice—, una escritora como usted es una visitante atípica.
Hablamos de los materiales que estoy buscando. Cuando les pido los papeles de Mildred Bevel, los tres bibliotecarios se miran entre ellos y se ríen con discreción.
—Le deseo mucha suerte —dice el bibliotecario jefe, y los otros dos asienten enfáticamente con la cabeza—. La señora Bevel tenía una caligrafía terrible.
—A sus papeles los llamamos «los manuscritos Voynich» —dice el más joven de los tres con una sonrisilla maliciosa.
Chistes de bibliotecarios. El manuscrito Voynich es un volumen en pergamino encuadernado del siglo XV que se encuentra en la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale. Se sabe poco de lo que, a juzgar por las ilustraciones, parece ser un tratado sobre especies de plantas sin identificar y cosmología. El manuscrito podría venir de cualquier parte de Europa Central, y está escrito en un alfabeto inventado que ha desconcertado a varias generaciones de estudiosos. Pese a que se han invertido un tiempo y unos recursos considerables, de momento no ha habido lingüista, criptógrafo ni agencia gubernamental del mundo que lo haya podido descifrar.
El bibliotecario jefe secunda la risilla, pero rápidamente adopta un tono profesional.
—Hay muchas cosas en los archivos de la señora Bevel que no hemos podido entender. Y eso afecta a la forma en que están catalogados sus documentos. Nos hemos visto obligados a agrupar los materiales basándonos meramente en el formato y el tamaño, y no en el tema. Así que nos disculpamos por adelantado si el contenido de las cajas le resulta algo heterogéneo.
Me siento en uno de los pupitres, saco mi cuaderno y un lápiz (aquí dentro no se permite tinta) y espero a que me lleguen las cajas.
2
Me habían dicho que usara la entrada de servicio: daba a un pequeño recibidor para los sirvientes, donde me indicaron que me sentara en una silla. Me alegré de detenerme en aquel espacio intermedio antes de acceder a las habitaciones. Una de las doncellas me presentó a la señorita Clifford, el ama de llaves, una señora mayor que sin embargo tenía un aspecto en cierto modo juvenil: me ofreció una taza de té, aunque me sentí demasiado nerviosa como para aceptarla. Me la dio de todas maneras, llamándome «cariño».
Un mayordomo que parecía estar interpretando a un mayordomo en una película entró y, dirigiéndose más a la habitación que a mí, dijo mi nombre, dio media vuelta y se marchó. La señorita Clifford tomó la taza y me indicó que lo siguiera. El mayordomo me llevó por un pasillo, por unas escaleras y después por un corredor estrecho. Aquello era como los bastidores de un teatro. Ni una sola vez se volvió para asegurarse de que lo estuviera siguiendo. Por fin franqueamos una puerta que daba a la casa propiamente dicha. En cuanto puse el pie en la moqueta, me sentí una intrusa. Cruzamos un salón interminable. El mayordomo llamó a una puerta y me hicieron entrar al estudio de Bevel.
Dentro de los estrechos límites de su expresividad, Bevel me recibió con calidez. Intercambiamos unas cuantas cortesías y me pidió que me sentara a la mesa, frente a la máquina de escribir.
—Antes de que empecemos —dijo, tomando unos papeles de una mesilla—, hay un requisito legal importante que necesitamos cumplimentar. Ha de firmar estos papeles. Lo que dicen, en esencia, es que bajo ninguna circunstancia puede usted contar, compartir ni comentar ninguna de las cosas que se mencionen aquí. Quería darle el documento en persona para que entienda que me tomo esta cuestión muy en serio. Si sigue estas normas, no tendrá nada de que preocuparse. Este documento no tendrá efecto alguno en su vida. Pero me temo que si no lo firma no podremos empezar.
Firmé los papeles sin leerlos. No tenía otro remedio; y por entonces, tampoco tenía intención de divulgar ninguno de sus secretos.
No es improbable que todavía siga atada a un compromiso de confidencialidad por aquel acuerdo. De momento, en mi investigación de los archivos de Bevel aún no ha aparecido ese documento en concreto. El abogado que se ocupa de la herencia me ha dicho que ya no existe el bufete que llevaba por entonces los asuntos de la familia. Y no tengo intención de seguir indagando en ese sentido.
—Ya ha leído el libro. No hace falta comentarlo. Sé que habrá comprobado, por el simple hecho de visitar mi lugar de trabajo, que soy un empresario serio. Hablaremos de eso largo y tendido, claro. Pero estoy seguro de que ya puede ver que mi ira está justificada y que hemos de trabajar deprisa. Preguntas.
—Ninguna. —Supe que sería un error formular cualquiera de las innumerables preguntas que tenía sobre la relación entre la novela de Vanner y la vida real de Bevel.
—Bien. Procederemos de la manera siguiente. Yo le contaré mi historia tal como me salga. Usted la irá apuntando y, cuando sea necesario, reescribirá las frases para asegurarse de que todo tenga sentido. Eliminar redundancias y contradicciones. Corregir el orden de los acontecimientos (ya sabe que en las conversaciones se suele saltar atrás y adelante). Asegurarse de que nada suene demasiado difícil ni arcano para el lector medio. Y quizás añadir algún que otro embellecimiento. Ya sabe, todos esos pequeños retoques. Para que se lea bien. Yo aportaré la historia, como es natural, pero le dejaré a usted todos los detalles y la tarea de pulirla.
—Por supuesto.
Corregir su estilo y, de hecho, escribir su libro eran aspectos del trabajo que no me había esperado. Decidí que las cosas se aclararían sobre la marcha.
—También confío en que aporte usted… un toque femenino en los pasajes relativos a la señora Bevel.
Asentí con la cabeza, todavía intentando orientarme.
—Y ya que he mencionado a mi mujer, hay un aspecto crucial en relación con la novela que ha leído usted. Algo que no debe olvidar nunca. Como ya le he dicho antes, mi esposa nunca sufrió dolencias mentales de ninguna clase. Mildred era una mujer serena y de mente clara. ¿Cómo se puede difamar de esa manera a alguien tan bueno y frágil como ella? Es como burlarse de una niña. —Hizo una pausa, miró primero el ángulo donde la pared se juntaba con el techo y después se miró las manos—. ¿Y cómo puede alguien sugerir que tuve alguna responsabilidad en su muerte? ¿Cómo puede ese escritorzuelo imaginar, ya no digamos publicar, que sería capaz de someterla a ningún experimento médico demencial? Ha de entender usted que no puedo permitir que se imponga esa versión de los hechos. —Se volvió hacia mí como para asegurarse de que aquellas palabras me habían quedado debidamente grabadas en la mente—. Es verdad que murió en un sanatorio suizo. Pero se la llevó el cáncer.
—Lo siento mucho.
Me interrumpió levantando la palma de la mano.
—No es necesario. A trabajar.
—Señor, si no le importa, prefiero sentarme ahí, en ese sofá. No voy a necesitar la máquina de escribir. Usaré taquigrafía y lo transcribiré todo después.
No pudo reprimir su sorpresa.
—Creo que la conversación, como la ha llamado usted, fluirá mejor en un entorno menos oficinesco —le dije.
Una pausa pensativa.
—Muy bien. Si le resulta más cómodo… —Señaló el sofá y se sentó en un sillón que había delante—. Empecemos.
3
Cuando ya me estaba marchando de casa de Bevel, el mayordomo me entregó un sobre y me explicó que se me pagaba por adelantado mi primer salario semanal junto con una cantidad extra para mis gastos iniciales. Quizás necesitara una máquina de escribir nueva y material de oficina. O quizás me iría bien comprar ropa nueva… Recuerdo que disfrutó de su exagerado despliegue de tacto al hacer aquella última sugerencia.
Crucé la Quinta Avenida y encontré un banco tranquilo en el parque donde examinar el contenido del sobre.
Debido a mi educación, había llegado a considerar el dinero como algo inmundo. La suciedad física de los billetes arrugados y grasientos de un dólar y de cinco que estaba acostumbrada a manejar también era moral, ya que los billetes estaban literalmente «manchados del sudor de las masas explotadas». A lo largo de los años, y a medida que me desprendía de los dogmas de mi padre, mi repulsión ética se mitigó hasta convertirse en indiferencia. Dejé de tener opiniones a favor o en contra del dinero en su manifestación física: lo veía meramente como el vehículo tangible a través del cual llevamos a cabo las transacciones comerciales.
Aquel día en Central Park, sin embargo, me dio la impresión de que aquel sobre contenía más que dinero. Nunca había tenido tanto efectivo en las manos. Diez billetes de veinte dólares. (Nuestro alquiler, por entonces, eran unos veinticinco dólares al mes). Estaban sin usar y adheridos los unos a los otros. Preguntándome cuál sería el olor verdadero del dinero —por oposición al de la multitud de manos que lo habían tocado a lo largo de los años—, acerqué la nariz al sobre. Olía igual que mi padre. Por debajo del olor de la tinta, sin embargo, noté un aroma a bosque. Un olor de fondo a tierra húmeda y hierbas desconocidas. Como si los billetes fueran producto de la naturaleza. Cuando los hojeé dentro del sobre, me fijé en que tenían números de serie consecutivos, algo que yo no había visto nunca. Eso me hizo pensar, con una nitidez casi corporal, en los millones de billetes de veinte dólares que se habían imprimido antes que los míos, y en las posibilidades infinitas que representaban. En las cosas que podían comprar, en los problemas que podían resolver. Mi padre tenía razón: el dinero era una esencia divina que podía encarnarse en cualquier manifestación concreta.
Aquel mismo día me dediqué a hacer recados por Brooklyn. Por mal que me cayera aquel mayordomo, no se equivocaba: me hacía falta ropa nueva. Es más: me parecía posible que hubiera sido el mismo Bevel quien le había dado instrucciones para que me mandara a comprarme ropa nueva. Decidí hacerlo de inmediato, ya que sabía que aquella tarde mi padre estaba fuera y no quería que me viera con bolsas de la compra.
Me costó lo mío convencer a la dependienta del Martin’s de la calle Hoyt de que, aunque quería estar elegante, no deseaba que mi ropa llamara la atención. No paraba de preguntarme por mi jefe y por mi ambiente de trabajo. Le contesté con evasivas y me dediqué a elegir invariablemente los atuendos que ella había descartado por insulsos.
—Una chica tan atractiva como tú… No deberías ir escondiéndote tras esa ropa tan sosa —dijo antes de capitular a mis grises y aburridos deseos.
Mi siguiente parada fue nuestra casera. La única razón de que todavía no nos hubieran desahuciado era que ella quería mucho a mi madre, y por tanto sentía una responsabilidad hacia mí. Sin embargo, mi padre y su imprenta semiclandestina le caían mal casi en la misma medida. Y con cada día que nos retrasábamos con el alquiler, me veía un poco más hija de mi padre. Siempre tardaba una hora en pagarle. Quería el dinero, pero también le incomodaba aceptarlo, y sentía la obligación de tenerme mucho rato en la puerta mientras intercambiábamos cotilleos del barrio. Aquella ilusión de proximidad solía enfriarse al cabo de dos semanas y desaparecer del todo a final de mes.
Algo parecido sucedía en las tiendas donde nos fiaban. Si a mí me había dado vergüenza poner las compras en nuestra cuenta durante semanas y a veces incluso meses, ahora a los tenderos les daba apuro aceptar el dinero que era legítimamente suyo. Su incomodidad generaba largas conversaciones sobre temas triviales diversos, al cabo de las cuales se despedían de mí con algún pequeño obsequio.
Cené en silencio con mi padre, que no me preguntó de dónde había salido toda la comida de la despensa.
Al día siguiente le pedí a Jack que me ayudara a comprar una máquina de escribir. Pensé que eso nos daría algo que hacer (el tiempo que pasábamos juntos cada vez carecía más de propósito), y que quizás le gustaría tener la oportunidad de exhibir sus conocimientos periodísticos. Me había comentado que estaba haciendo trabajos para unos periódicos pequeños de Chicago, y basándome en lo que contaba de sus obligaciones di por sentado que estaría versado en máquinas de escribir y otros aspectos del mundo oficinesco.
Quedamos en una tienda de artículos de oficina del centro de Brooklyn, cerca de los juzgados, que vendía, alquilaba y reparaba máquinas de escribir. Con el sombrero echado hacia atrás y un cigarrillo colgando de los labios, Jack hizo un montón de preguntas y probó varias máquinas. Me quedó claro, sin embargo, que no sabía escribir a máquina. Evaluó varios modelos, aporreando «alalalalalalalalalalala» tan deprisa como pudo con los índices. Mientras Jack hablaba con uno de los dependientes, probé brevemente unas cuantas máquinas de escribir, confiando en que no me viera. Ya me estaba decidiendo por una Royal portátil de segunda mano (aunque la «e» tomaba demasiada tinta, y se le llenaba el ojo de negro, y la «i» salía a menudo sin el punto) cuando se me acercó antes de que lo viera y pudiera dejar de teclear. No dijo nada, pero noté su resentimiento. No mejoró la cosa el hecho de que me viera rechazar la opción de pago a plazos y abonar 27,50 dólares al contado.
En el trayecto de vuelta me puso al día de sus pistas, exclusivas y corazonadas más prometedoras. Estaba conociendo a mucha gente de redacciones distintas y confiaba en que pronto se alinearan los astros: solo tenía que encontrar el artículo perfecto para el redactor jefe perfecto en el periódico perfecto. Era lo único que necesitaba: meter la cabeza. Y ya estaría de camino a ser columnista.
—Es cuestión de tiempo —dijo—. Pero el tiempo empieza a salirme… —Hizo una pausa incómoda—. Caro.
Me detuve y me tapé la boca, horrorizada.
—Lo siento mucho. No me puedo creer que no te haya ofrecido nada. —Metí la mano en el bolso.
—¡Oh, no! No quería decir…
—Ahorrémonos toda la farsa. —Le di dinero. Se quedó mirando la acera—. Por favor. Acéptalo. Por mí.
Se guardó a toda prisa los billetes en el bolsillo, sin levantar para nada la vista, murmurando unas palabras de agradecimiento y prometiendo que me lo devolvería. Seguimos andando.
—Pero háblame de tu trabajo nuevo —dijo, volviendo a su tono normal—. ¿Para qué quieres la máquina de escribir? ¿No vas a estar trabajando en una oficina?
—Todavía no estoy segura. Ayer trabajamos en su casa. Dice que ya no le gusta ir al downtown. Trabaja todas las tardes desde casa. Y por eso necesito pasar a máquina todas mis notas fuera de horas. Quizás más adelante nos veamos en su oficina. No lo sé.
—Un momento. ¿Estabais en su casa?
—Sí.
—¿Solos?
—Bueno, tiene muchos criados.
—Pero estabais los dos solos.
—Sí.
—No me gusta.
Seguimos caminando sin hablar. Me recordó a nuestros paseos silenciosos de adolescencia por la ribera del río, durante los cuales él permanecía absorto en sus cálculos de cuándo debía besarme.
—¿Y quién es el tipo ese, si no es mucho preguntar?
—Un hombre de negocios.
—¿Y tiene nombre, ese hombre de negocios?
Me detuve otra vez.
—Escucha. No te voy a pedir que confíes en mí. No te voy a dar nombres que no necesitas solo para reconfortarte. No voy a decir nada para tranquilizarte.
Cuando eché a andar otra vez, con Jack caminando huraño unos pasos por detrás, me di cuenta de que había pronunciado aquellas frases en tono neutro, con calma inexpresiva. Igual que Andrew Bevel.
4
La siguiente vez que lo vi, Bevel estaba muy acatarrado. Aun así, no canceló nuestra cita. Como estaba enfermo, me dijo, no le sabía tan mal perder el tiempo con «aquello» en vez de trabajar de verdad. Era el peor día posible para tener un resfriado: una tarde calurosa y húmeda de verano de Nueva York.
Le entregué mi transcripción a máquina de nuestra primera sesión. Creía haber podado su discurso hasta reducirlo a frases duras e incisivas. Me parecía un texto viril. La impaciencia hacia el estilo que transmitía buscaba denunciar de forma tácita pero vehemente la novela de Vanner. En ningún momento me había desviado de los hechos que me había presentado en su relato.
Leyó las páginas allí mismo. Me pareció que estaba yendo demasiado deprisa para apreciar mi sutil severidad.
—Bueno —dijo, y se sonó la nariz. Estaba sudando. Y quizás molesto—. Es verdad que sus notas son fieles. Los hechos están ahí, en esencia. Habría que corregir alguna cosa. Ya lo haremos. El problema es que esto no me refleja.
—Le aseguro que me he ceñido a…
—Como le digo, sus notas son fieles. Pero si quisiera a alguien para transcribir mis palabras sin más, usaría un dictáfono. En su transcripción se pierde demasiado. El resultado es plano. Y está lleno de dudas. ¿Entiende usted realmente en qué consiste mi trabajo?
—No.
—Gracias por no intentar contestar. Mi trabajo consiste en tener razón. Siempre. Si alguna vez me equivoco, debo usar todos mis medios y recursos para torcer la realidad y alinearla con mi equivocación para que deje de ser una equivocación.
—Debería apuntar todo esto para su libro.
—No sé si está siendo sarcástica o ingenua. En cualquier caso, no haga que me arrepienta de haberla contratado. —Se volvió a sonar la nariz y descolgó un teléfono—. Té. —Colgó—. Sus páginas son demasiado vacilantes.
—Las reescribiré.
—Bien. No sé cuánto rato le voy a poder dedicar a esto hoy, con este resfriado. Pero sí quiero decir una cosa de mis padres. No, no hace falta que saque el cuaderno. No me voy a dignar a responder a las indignantes alegaciones de esa novela. Pero sí quiero que sepa usted que es todo falso. Imaginarse que mi padre tenía una doble vida en Cuba… Por supuesto que tenía una tabacalera, igual que tenía muchos otros negocios. Pero la mera idea de que se pudiera ocurrírsele poner un pie al sur de la frontera… —Llegado aquel punto, casi se le escapó la risa—. Y mi madre…
Llamaron a la puerta. Entró el mayordomo desagradable trayendo té para una sola persona. Con gravedad y en silencio, le sirvió una taza a Bevel y se marchó.
—Mi madre —continuó Bevel después de que se cerrara la puerta—. ¿Fumadora? ¿De puros? ¿Con esas… amigas? Solo por escribir eso, Vanner ya se merece lo que le espera. —Tos—. Repito, esto no es algo a lo que quiera responder de forma directa. Pero ya encontraremos la forma. —El calor, la tos y el té lo habían puesto a sudar—. Volvamos a mi obra benéfica.
Saqué mi cuaderno y me senté en un sofá distinto. Por alguna razón me pareció importante demostrarle que el asiento lo elegía yo.
—¿Por qué no me habla un poco más de sus padres primero?
La exasperación que no mostraba su cara se manifestó en la fuerza con que devolvió la taza al platillo. Me di cuenta de que acababa de cometer un error. Pero mostrarme decidida me había ido bien en el pasado. Quizás pudiera exonerarme insistiendo en mi equivocación.
—Quizás la muerte de sus padres pueda explicar cómo se inspiró en sus antepasados. Y puede ser un buen trasfondo para su obra caritativa. Mostrar qué fue lo que lo llevó a esa clase de obra.
—El toque femenino. —¿Se había ablandado un poco?—. No parece que haya estado usted prestando atención. Quiero páginas firmes, no sensiblerías.
Se secó la frente y de pronto lo vi agotado y vacío. Puede que tuviera fiebre.
—Pero supongo que entiendo lo que me dice. ¿Qué le gustaría saber?
—¿Por qué no me cuenta algún recuerdo de cuando era niño? Unos cuantos párrafos con escenas de infancia irían bien para romper el hielo. Y para mostrar cómo se convirtió usted en el hombre que es hoy. ¿Cuál cree que es el primer recuerdo que tiene de su madre?
Hubo una pausa. Tosió y se secó la frente. Hasta yo estaba empezando a sudar. El largo silencio era incómodo. Pero me negué a romperlo.
—Cuando murió.
Otra pausa.
—Cuando murió me hice esa pregunta. Creo que mi primer recuerdo es una búsqueda de huevos de Pascua.
El silencio empezó a reconstruirse.
—Era una mujer muy cariñosa. Eso hizo que su ausencia resultara difícil. Y brillante. Era brillante. Fue ella quien descubrió mi talento precoz para las matemáticas. A menudo se quedaba durante mis lecciones y corregía a los profesores particulares. En eso se parecía a Mildred. Las dos eran mujeres brillantes. —Se rio a su manera habitual, a través de la nariz—. Despidió a legiones enteras de profesores. Decía que ninguno estaba a la altura de mis talentos. En un momento dado empezó a decirme que los echara yo. Tenía que informarles de que estaban despedidos y explicarles por qué: lo que no me habían conseguido enseñar y demás. La primera vez que me tocó hacerlo debía de tener seis o siete años. —Hizo algo que quizás fuera reírse ominosamente o quizás despejarse la nariz congestionada—. Qué cara de confusión, ese hombre.
Parecía agotado.
—Este ejercicio no tiene sentido. Y estoy enfermo. Me temo que tengo fiebre. Tráigame esas páginas reescritas el miércoles. Y hablaremos de mi obra benéfica.
5
No nos vimos el miércoles siguiente. Bevel seguía enfermo. Aproveché los días extra que eso me dio para intentar reescribir mis páginas iniciales según sus instrucciones. Era verdad que mi prosa no tenía la fuerza de su presencia. Pero aquella fuerza no radicaba solo en su discurso; también era el efecto acumulado de varios aspectos distintos de su personalidad, de su entorno y de las ideas preconcebidas e intimidatorias que uno tenía de él. Y como aquella fuerza o resolución no era solo verbal, no se podía imitar solo con palabras, y se negaba a cobrar vida sobre la página.
Todos mis intentos fracasaban. Lo más cerca que podía llegar a imitar la voz de Bevel era crear una caricatura. Se adueñó de mí un deseo casi irreprimible de conocer a Harold Vanner. Seguro que tenía algunas de las respuestas que yo buscaba, desde los datos más generales hasta los pequeños detalles. Quizás incluso me pudiera ayudar con mi escritura. No podía ser tan difícil encontrarlo. Pero ¿qué le diría? ¿Que me habían contratado para contribuir a escribir un libro cuya meta principal era desmentir y desacreditar su novela? Y aunque por alguna razón milagrosa Vanner me quisiera ayudar, estaba claro que Bevel se enteraría de que me había visto con él, y ese sería el fin de mi encargo, o quizás algo peor: estaba aquel documento que me había hecho firmar.
Tenía la papelera llena. Olía mi propio pánico.
De aquella desesperación creciente salió mi primer paso decisivo. Decidí que ya no intentaría captar la voz de Bevel. Lo que haría sería crear la voz que Bevel desearía tener; la voz que quería oír.
Después de llenar otra papelera de borradores inservibles, me di cuenta de lo presuntuoso que era mi nuevo plan. ¿Cómo podía yo, por mi cuenta, crear un tono lo bastante grandioso como para cautivar a Bevel hasta el punto de hacerle creer que se estaba oyendo a sí mismo? Necesitaba ayuda.
Fui a la sede central de la Biblioteca Pública de Nueva York, en Bryant Park, y me pasé el día entero rebuscando en el catálogo autobiografías escritas por «Prohombres Americanos». Benjamin Franklin, Ulysses S. Grant, Andrew Carnegie, Theodore Roosevelt, Calvin Coolidge y Henry Ford son algunos de los nombres que recuerdo haber encontrado entre las fichas del catálogo. Si la voz de Bevel, transcrita sin embellecimiento alguno, no era suficiente, le crearía una nueva a partir de todas aquellas. Y lo que las engarzaría entre sí sería la jactancia y el orgullo de mi padre. Igual que la criatura de Victor Frankenstein, mi Bevel estaría hecho de partes de todos aquellos hombres distintos.
Pude sacar en préstamo algunos de aquellos libros de la Biblioteca Pública de Brooklyn, y dediqué la semana siguiente a leerlos de forma caótica y descuidada, saltando de uno a otro sin demasiado método y tomando notas al azar sin atribuirlas. No tenía formación alguna en investigación de archivos, ni tampoco sabía gestionar una bibliografía. Y eso resultó ser bueno. Porque gracias a mi método desmandado e implacablemente desorganizado, los libros se empezaron a fusionar entre sí. Los detalles individuales de cada hombre —la beatería interesada de Carnegie, la decencia esencial de Grant, el pragmatismo prosaico de Ford, la frugalidad retórica de Coolidge, etcétera— quedaron subsumidos en lo que por entonces me pareció que tenían todos en común: todos creían sin lugar a duda que merecían que se los oyera, que las crónicas de aquellas vidas suyas sin tacha necesitaban oírse. Todos tenían la misma certidumbre inflexible que mi padre. Y entendí que aquella era la certidumbre que Bevel quería en la página.
Estaba tan absorta en mi trabajo que apenas salía de mi habitación. El momento no podría haber sido más propicio. Mi padre y yo habíamos pasado la semana sumidos en un silencio hostil. Estaba enfadado por mi trabajo en Wall Street, y las cosas seguirían así hasta que yo diera el primer paso hacia la reconciliación. Algo parecido pasaba con Jack. Llevaba sin venir a verme desde la pelea que tuvimos tras comprar la máquina de escribir. No era improbable que los dos pensaran que me había recluido en mi habitación porque estaba dolida. En vez de trabajando, me debían de imaginar haciendo pucheros, regodeándome en mi resentimiento injustificado hacia ellos.
Mi padre ejercía un monopolio emocional. Su felicidad no toleraba disidencia. Cuando estaba de buen humor, se suponía que todo el mundo tenía que sentirse encantado de oír sus largas historias, reírse de sus chistes y participar jovialmente en todos los proyectos que se le ocurrían: reformas domésticas calamitosas, trabajos de impresión interminables o excursiones al Bronx en busca de alguna charcutería italiana que le había mencionado alguien. En cambio, siempre que estaba triste o alguien lo había afrentado, se lo hacía pagar a todo el mundo. Todavía no he visto una cara tan determinada como la suya en los momentos de furia. Por desgracia, era una determinación que no tenía más objeto que ella misma: estaba determinada a estar determinada. En cuanto se sumía en aquel estado, creo que veía cualquier clase de solución de compromiso como una traición a sí mismo, como si admitir algún defecto pudiera erosionar y aniquilar su ser entero. Me pasé veinte años viviendo con mi padre, y después de irme de casa seguimos teniendo una relación estrecha. En todas aquellas décadas, no se disculpó conmigo ni una sola vez por nada.
Unos días antes de mi siguiente reunión con Bevel, terminé de escribir el prefacio de su autobiografía. Y aunque mi texto no captara su voz exacta, sí que plasmaba mi idea de cómo debía ser aquella voz. No es imposible que se me hubiera contagiado una parte del exceso de confianza que le había otorgado a mi Bevel ficticio, pero estaba segura de haber encontrado su voz; y de que me iba a funcionar.
Salí de mi habitación, eufórica, para encontrarme a mi padre trabajando en su imprenta, esgrimiendo su ira moral a modo de ejemplo para nadie en absoluto. Le di un abrazo y un beso.
—Vamos, no te enojes.
—¿Enojarme? No estoy enojado. Eres tú quien lleva días encerrada en tu habitación.
—Estaba trabajando. Ya sabes que estaba trabajando.
No hubo respuesta. Colocó una línea de tipos.
—Y entiendo que no te gusta el trabajo que he encontrado.
—Nunca he dicho eso. Lo dices tú.
—A mí tampoco me encantan algunas cosas de él. Pero es el trabajo que tengo.
—No pongas palabras en mi boca.
—¿Tú dirías que un trabajador de una cadena de montaje de la Ford es un capitalista? ¿Dirías que un hombre que opera una fragua de la U. S. Steel es un imperialista? ¿No son justamente esas las personas por las que luchas? ¿Qué diferencia hay entre esos hombres y yo?
Dejó sus herramientas. En mi entusiasmo, me había olvidado de que, si quería arreglar las cosas entre nosotros, era necesario que mi padre tuviera razón y que yo estuviera equivocada. Ahora se largaría y se pasaría otra semana malhumorado. Sin embargo, sucedió lo imposible.
—Tienes razón —dijo, y hasta lo repitió—. Tienes razón. Vamos, hazme un café y háblame de ese trabajo tuyo.
6
—Bien. Haré unos pequeños cambios más tarde. Avancemos.
Fue lo único que dijo Andrew Bevel después de leer mi nueva versión de su texto. Y era lo único que yo necesitaba.
Nos pasamos la primera mitad de aquella sesión haciendo un esquema del libro entero, capítulo a capítulo. Para entonces ya había quedado claro que no me iba a contar la historia de su vida en orden cronológico, ni tampoco iba a agotar cada tema antes de pasar al siguiente. Aun así, como tenía aquella mente organizada y metódica de contable, Bevel necesitaba saber dónde iba cada acontecimiento. Por consiguiente, diseñamos un andamiaje general, un poco como si fuera la estructura expuesta de su nuevo rascacielos. Mi trabajo cuando pasaba a máquina mis notas al final de cada reunión era clasificar los acontecimientos que había registrado, decidir en qué capítulo iban e hilvanarlos en forma de narración coherente.
Después de un breve prefacio, el libro empezaría con un capítulo sobre sus antepasados, seguido de otros sobre su educación, sus negocios y similares. A menudo, cuando Bevel se dejaba llevar, saltaba de un capítulo a otro y me pedía que anotara alguna frase aislada, palabra clave o simplemente un nombre para desarrollarlos más adelante. El centro del libro lo componían las secciones que reivindicaban a su mujer y las que insistían en su extraordinario talento para los negocios.
También era muy importante para él mostrar que en todos los sentidos sus inversiones siempre habían acompañado y ciertamente promovido el crecimiento del país; incluso en pleno crac de 1929. Se explayó detallando cómo sus antepasados, empezando por su bisabuelo durante la presidencia de Jefferson, habían ligado el beneficio personal al bien de la nación. Aquello, insistió Bevel, constituía la razón de ser de sus prácticas financieras. «El brazo egoísta siempre es corto», decía a menudo. O bien: «El beneficio personal y el bien común son las dos caras de la misma moneda». O bien: «Nuestra prosperidad es la prueba de nuestra virtud». La riqueza tenía para él una dimensión casi trascendental. En ninguna parte se veía eso más claro que en su legendaria serie de triunfos de 1926, repetía a menudo. Aunque encaminadas a obtener beneficios, sus acciones habían tenido invariablemente en consideración los intereses de la nación. Los negocios eran una forma de patriotismo. En consecuencia, su vida privada se había ido identificando cada vez más con la vida del país. Y eso, me dijo, no siempre le había resultado fácil a Mildred.
—Era muy reservada. Le hago a usted una confesión: me sorprendió que aceptara casarse conmigo. Jamás me hubiera imaginado que se pudiera plantear implicarse en todo… esto. —Miró a su alrededor como si intentara entender qué significaba realmente «esto»—. No puedo… sinceramente, no sé qué habría hecho sin Mildred. Ni dónde estaría. —Aquellas palabras más bien banales tenían una profundidad poco habitual—. Ella… Quiero decir…
El hecho de que Bevel se quedara sin palabras me pareció su mayor despliegue de elocuencia hasta el momento. Aquel hombre cuyo trabajo era tener siempre razón, aquel hombre que nunca se permitía el lujo de dudar, no encontraba las palabras.
—¿Quiere que paremos un momento?
Se intensificó el silencio resguardado.
—Me salvó. No hay otra forma de decirlo. Me salvó con su humanidad y su calidez. Me salvó creando un hogar para mí. Seguramente no podrá usted verlo ahora, pero hubo un tiempo en que este sitio —trazó unas olas suaves con las manos a su alrededor— fue un hogar. Ahora, con cada día que pasa, se va convirtiendo más y más en un museo. En un lugar duro. Pero no hace tanto que fue un lugar amable. Ella… Mildred tenía… Siempre había música. Era… Hablábamos de eso. Siempre había música. —Se había vuelto a quedar sin palabras—. Belleza. Sí. Era una amante de la belleza. Y de la bondad. De la belleza y de la bondad. Eran las cosas que amaba. Y… Son lo que trajo al mundo… Ella siempre…
Se perdió en el pasado y no me atreví a traerlo de vuelta de su ensimismamiento. Estaba empezando a entender por qué la descripción que hacía Vanner de su esposa en la novela lo había llevado a escribir su autobiografía a modo de respuesta.
Llamaron suavemente a la puerta. Entró el mayordomo con el té, pero Bevel lo detuvo antes de que pudiera dejar la bandeja sobre la mesa.
—Somos dos.
—Muy bien, señor.
Dio media vuelta y salió.
—Me encantaría haberla conocido —dije, con miedo a estropear lo que había sido un momento genuino de sinceridad y, hasta cierto punto, de intimidad.
—Usted le habría caído bien. La aburrían los aduladores.
En franca contradicción con el espíritu de la última frase de Bevel, me sentí enormemente orgullosa y halagada.
—Mildred estaba bendecida con una visión excepcionalmente clara. Para ella nunca había nada demasiado complejo ni misterioso. Su acercamiento al mundo era elemental e infalible. Podía ver más allá de las falsas complicaciones y vislumbrar las verdades simples de la vida. Igual que está usted encontrando la forma de destilar sobre la página la esencia de estas largas conversaciones nuestras, estoy convencido de que, con mi guía, también logrará captar el espíritu de Mildred.
—Gracias. Haré lo que pueda.
—Creo haber dicho ya que su entusiasmo tenía algo infantil. Y es cierto. Pero es igual de cierto que su fragilidad iba de la mano de una especie de sabiduría. Quizás una parte de ella sabía que su tiempo con nosotros sería breve. Siempre tuvo una salud delicada, ya sabe. Por eso nunca recibimos la bendición de un hijo.
—¿Cómo se conocieron?
—De la forma habitual. No es una historia fascinante, la verdad. Mildred acababa de llegar de Europa con su madre, la señora Howland. Después de tantos años en el extranjero (casi toda la vida de Mildred), no tenían amigos aquí. En el momento en que volvieron yo estaba cerrando unos asuntos con cierta persona (los nombres son irrelevantes), y esa persona me pidió que le hiciera el favor de asistir a una cena que había montado para la señora Howland y su hija. Soy conocido por mi aversión a los eventos sociales de cualquier clase. Pero aquello era trabajo. Me sentaron al lado de Mildred.
—¿Recuerda de qué hablaron?
Hizo una larga pausa y se quedó mirando el espacio de encima de mi cabeza.
—Hablamos… Habló ella, de música.
—¿Qué clase de música le gustaba? —Me acordé de los gustos sofisticados de Helen Rask en la novela de Vanner—. ¿Quién era su compositor favorito?
—Oh, le gustaban los grandes, ya sabe. Beethoven… Mozart…
Pareció que iba a decir algo más, pero no lo hizo.
—Para serle sincero, no sé nada de música. Algunos de los recitales a los que asistimos juntos los disfruté bastante, aunque sería incapaz de decirle nada de ellos. Otros conciertos apenas sonaban a música. Siempre pensé que la mayor parte del público se limitaba a fingir que les gustaban. Pero a juzgar por cómo hablaba Mildred después de oír aquellas piezas, estaba claro que ella las entendía. Pero no hace falta perderse en detalles irrelevantes. Esto es lo que necesita usted comprender sobre Mildred —concluyó—. Dejando de lado la música, era una criatura sencilla. Y sensible. Pero de alguna forma, en aquella simplicidad radicaba su gran profundidad. Era sencilla y también profunda, ya sabe.
Asentí con la cabeza sin entender realmente qué quería decir.
—Eso es lo que estoy intentando transmitirle. La profundidad sencilla de quienes están en los márgenes de la existencia. Su infancia y su enfermedad mortal. Asegúrese de usar esas palabras: «Los márgenes de la existencia».
Hice una pausa deliberada.
—¿Organizaban conciertos aquí, en la casa, como los de…?
Me acordé de la prohibición de aludir al libro de Vanner, pero era demasiado tarde. Bevel me miró un momento lo bastante largo como para transmitir su irritación sin recurrir a gesto alguno.
—Al principio no más a menudo que los demás. Aunque, a medida que Mildred se debilitaba y dejaba de poder salir, empezó a traer la música a casa. Pequeñas funciones en la sala de música de la segunda planta. Por supuesto, apoyé aquellos conciertos y ayudé a traer a los mejores intérpretes. Pero, en general, yo no interfería. La mayor parte de la música sonaba como esos momentos previos al concierto, cuando los músicos afinan sus instrumentos. Aun así, por mucho que no me gustara la mayoría de aquella música, admiraba la audacia y la determinación de Mildred.
—¿Por casualidad ella llevaba un diario? —pregunté, recordando el diario en varios gruesos volúmenes que escribía en la novela el personaje basado en Mildred.
—Solo unas cuantas agendas donde apuntaba sus compromisos con conocidos; y sus conciertos, claro.
—¿Cree que podría hablar con algunas de sus amistades o con unos cuantos de aquellos músicos? Me ayudaría a tener una visión más amplia.
—Señorita Partenza, si estoy escribiendo este libro es para detener la proliferación de versiones de mi vida, no para multiplicarla. Debo hacer hincapié en que no quiero ni más perspectivas ni más opiniones. Esta ha de ser mi historia.
—Entiendo.
—Además, Mildred era extremadamente reservada. Y con su salud tan frágil, apenas tenía vida social. Llevaba una vida muy retirada, que dedicaba a nuestra casa y a las artes. En parte, por eso nos llevábamos tan bien; porque a los dos nos gustaba nuestra privacidad. Por supuesto, se reunía con los representantes de las instituciones que participaban en sus obras benéficas. Pero no creo que debamos molestar con esto a directores de museos ni a rectores de universidades. A fin de cuentas, su trato con aquellos hombres se ceñía a cuestiones puramente prácticas. Dudo mucho que pudieran arrojar ninguna luz sobre el personaje de Mildred. Para eso me tiene usted a mí.
—Entiendo. Gracias.
—Lo único que necesita usted conocer es su amabilidad y su amor a las artes. Eso es lo que ha de cobrar vida en la página.
Volvieron a llamar a la puerta y entró el mayordomo con el té.
—Mire la hora que es —dijo Bevel—. Tengo que hacer una llamada. Discúlpeme. Por favor, llame a mi oficina para organizar nuestra siguiente reunión. Buen trabajo, señorita Partenza.
Y diciendo eso, se marchó.
El mayordomo me miró.
—Así pues, ¿todavía quiere el té? —Sonrió—. ¿Madam?
7
Jack vino a casa con un precioso ramo rústico de rosas. Era la primera vez que me traía flores. Escondió en broma la cara detrás de los capullos rojos y puso ojitos tristes. Mi padre, que estaba sentado conmigo en la cocina, se rio y se puso a burlarse de él.
—Flores, ¿eh? Rosas, además. Que significan pasión. ¡Uy, esto se está poniendo serio! Pero espera, déjame que las cuente. ¿Seis? No, no, no, no. Nunca regales un número par de rosas. —Sacó una del ramo—. Ya está. Las rosas en números pares son para los funerales. En números impares son para el amor.