Fortuna
Recuerdos de unas memorias. Ida Partenza » II
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Jack articuló en silencio una disculpa y le acepté las flores. También me había traído una botella de un vino asombrosamente agrio de la bodega de unos amigos suyos en Long Island.
La conversación pasó rápidamente a la política. Animado quizás por el vino, aquella tarde mi padre se mostró particularmente fogoso.
—Ha llegado el momento de la acción. Mussolini aplastando Italia bajo su bota, Franco masacrando España, Stalin asesinando a los suyos con sus purgas, Hitler preparándose para devorar Europa… Sí, ha llegado el momento de pasar a la acción. —Miró por la ventana—. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo? Lo único que nos queda por elegir son formas distintas de terror. De terror e imperialismo. Y nada más. Imperialismo fascista. Imperialismo soviético. Imperialismo capitalista. Son nuestras únicas opciones, parece. Ha llegado el momento de la acción radical.
Sigo sin tener ni idea de qué quería decir con «acción». De cómo de real era aquella palabra. De cómo de en serio había que tomársela. Probablemente no tan en serio como le habría gustado a mi padre. Aunque las vagas crónicas de su pasado contenían referencias a la violencia, nunca terminé de creerme que mi padre hubiera estado implicado en algunos de aquellos actos que describía de forma tan nebulosa. La violencia no tiene nada de impreciso, ni tampoco de nebuloso, y me resultaba sospechoso que sus historias fueran tan poco claras. Aun así, sus camaradas y él se callaban a menudo, como por acuerdo mutuo, cuando la conversación tomaba ciertos derroteros (sobre todo cuando rememoraban sus días en Italia). Aquello me hizo pensar que compartían unos hechos lo bastante terribles o comprometedores como para requerir un silencio inmediato y unánime. Aun así, los coqueteos recurrentes con la «violencia revolucionaria», la insistencia en «la propaganda por el hecho», las alusiones de pasada a las cápsulas de fulminato de mercurio, los guiños grotescamente indiscretos a Luigi Galleani y a la bomba de 1920 en Wall Street y la irreflexividad generalizada en torno a la posibilidad de un derramamiento de sangre me hacían creer que eran todo puras fanfarronadas.
Daba igual la versión de turno que presentara mi padre, las instrucciones que yo recibía siempre eran las mismas. No debía repetir delante de nadie nada de lo que oyera ni tampoco mencionarle a nadie nunca sus creencias políticas. De niña, eso me causaba ansiedad y excitación a partes iguales. A veces, sin embargo, la carga se volvía demasiado pesada. A fin de cuentas, mi padre hablaba casi exclusivamente de política, lo cual hacía que me resultara difícil contestar incluso las preguntas más triviales sobre él; parecía que cualquier cosa que yo dijera podía traicionar su confianza. Pero también es cierto que a veces me resultaba emocionante que me hubiera confiado aquel gran secreto.
Lo que tienen en común todas las tendencias, ramas y facciones disidentes del anarquismo —y hay bastantes— es su oposición a todas las formas de jerarquía y de desigualdad. No debería ser sorprendente, por tanto, que no abunden los archivos históricos del movimiento, dado que el orden institucional necesario para mantener dichos archivos se contradecía de forma evidente con los principios del movimiento. Por eso mis intentos de determinar el rol de mi padre, tanto en Italia como en América, solo han llevado a callejones sin salida. Esa falta de registros, sin embargo, no solo es resultado de las características del movimiento. A los anarquistas se los perseguía de forma sistemática en los Estados Unidos, donde servían de chivos expiatorios de las ansiedades políticas y, en el caso de los italianos, también raciales. Durante mi investigación del pasado de mi padre descubrí que entre 1870 y 1940 se publicaron en los Estados Unidos unos ciento cincuenta periódicos anarquistas. El hecho de que prácticamente no quede ni rastro de ese número tan enorme de publicaciones, y del número todavía mayor de gente que había tras ellas, demuestra hasta qué punto se ha borrado por completo a los anarquistas de la historia de América.
Por todas estas razones me resulta casi imposible saber lo que quería decir mi padre con «acción radical». Pero recuerdo que su discurso pareció emocionar a Jack.
—He estado pensando —dijo Jack después de una pausa reflexiva—. Quizás mi lugar esté en Europa. Quizás pueda ser reportero allí. En la línea del frente. Como Hemingway. Quizás hasta me pueda unir al frente. A las Brigadas Internacionales. Algo así. Hacer algo. Esta ociosidad me está matando.
Miré como los dos contemplaban con expresión sombría el fondo de sus copas y me estremecí de vergüenza. Su pomposidad. Su solemnidad adolescente. Si supieran cómo se tomaban en realidad las decisiones, si pudieran oír lo discreta que era en realidad la voz de la autoridad, si pudieran ver lo imposiblemente lejos que estaban los dos de cualquier modalidad de poder verdadero…
Y luego me volví a estremecer de vergüenza. Esta vez por mí. Porque me di cuenta de que acababa de medir a mi padre y a Jack por comparación con Andrew Bevel. Le había permitido que me convenciera de su superioridad.
Mi padre apuró de un trago lo que le quedaba de vino, anunció que tenía que repartir unos pasquines, hizo un saludo militar burlón y se marchó.
Jack me tomó la mano, esperó a que mi padre bajara las escaleras y cerrara la puerta de la calle y por fin me llevó a mi habitación. El suelo estaba cubierto de notas estenográficas; la cama estaba cubierta de notas mecanografiadas. Antes de que lo pudiera detener, agarró una.
—Dame eso, por favor —dije, mientras hacía un montón a toda prisa con las páginas mecanografiadas. (No me preocupaba la taquigrafía, porque no podría entenderla).
Se puso a leer.
—«Destino realizado»… ¿Qué es esto, una novela o algo así?
Le arranqué el papel de la mano.
—¡Por Dios!
—Perdón.
—Parece que todo lo que hago está mal. Manifiesto mi preocupación porque estés segura con tu jefe y me gritas. Te traigo flores y trato de disculparme (aunque no debería) y no sirve de nada. Me intereso por tu trabajo y te pones histérica.
—Perdón. Es que no se me permite enseñarle esto a nadie.
—Me preocupo por ti. Nada más.
—Perdón.
Bajé la vista para mirarme los zapatos, acordándome de la candidata avergonzada del traje marrón y de su mirada eternamente gacha.
—Ven aquí —dijo, abrazándome—. ¿Quieres unos achuchones?
No los quería. Mi falta de respuesta y mi ligera rigidez bastaron para dejarlo claro.
Se separó de mí con un gruñido y se fue.
Enrollé las páginas escritas a máquina y las metí dentro de la manga de un impermeable, al fondo de mi armario.
8
Al caminar por Wall Street durante el fin de semana, puede parecer que los asuntos mundiales ya han quedado resueltos, que la era del trabajo por fin se ha terminado y que la humanidad ha pasado a su siguiente fase.
A Bevel no le gustaba el bullicio del downtown de Manhattan en los días laborables. Y como entre semana evitaba su oficina, a menudo hacía ir a sus colaboradores más estrechos los sábados por la mañana para que le pusieran al día del papeleo con tranquilidad. Había pedido verme después de una de aquellas sesiones plácidas de trabajo. Se lo veía animado.
Le entregué mis últimas páginas, todas sobre Mildred: su vida doméstica, los primeros síntomas pronunciados de su enfermedad y el momento en que su salud la había obligado a celebrar conciertos en casa. También me explayaba sobre la sofisticación y la integridad de su gusto, que favorecía de forma radical a los artistas modernos.
—Sí. Bien. Los pasajes domésticos realmente captan a la señora Bevel. Un par de comentarios, sin embargo. Estos párrafos sobre las ideas experimentales y heterodoxas que tenía Mildred respecto a la música hay que quitarlos. —Tachó media página—. No queremos que nadie la vea como una persona arrogante ni afectada. No nos compliquemos. Hagamos que su amor por las artes sea accesible al lector común.
A lo largo de las semanas siguientes recibiría instrucciones parecidas. Con cada párrafo tachado o frase atenuada, crecía mi sensación de traición.
—Necesitamos transmitir con un poco más de énfasis la ternura encantadora de Mildred. Soy consciente de que «ternura» y «énfasis» pueden parecer términos contradictorios. Pero realmente es ahí donde tenemos que concentrarnos. En la naturaleza delicada de Mildred. En su fragilidad. En su amabilidad.
—Por supuesto. Quizás tenga usted algunas anécdotas que lo ilustren.
—Oh, creo que eso lo hará mucho mejor usted.
No refrené una mirada perpleja.
—Bueno, con esa delicadeza suya, estoy seguro de que encontrará el tono correcto.
—Gracias. Pero si pudiera darme unos cuantos ejemplos que muestren la calidez y la amabilidad de la señora Bevel… Pequeñas anécdotas cotidianas, porque normalmente las más…
—Exacto: pequeñas anécdotas cotidianas. Tiene que quedarle clara al lector la sensibilidad exquisita de mi mujer y el hecho de que sus inclinaciones artísticas impregnaban hasta el último aspecto de nuestra vida doméstica. Por desgracia, yo nunca he tenido demasiado tiempo para libros y recitales, así que no puedo ser muy detallado. Pero una vez más, es mejor así: no queremos que nuestros lectores piensen que era pretenciosa, ni, Dios nos libre, una esnob. Cosa que no era, por supuesto. Y está claro que no nos conviene plasmar ninguna excentricidad artística que se pueda confundir con ninguna clase de… manía. —Hizo una pausa para asegurarse de que yo entendía las implicaciones y la importancia de eso—. Dele un toque hogareño. Siendo una mujer, esa estampa la pintará mucho mejor usted. Yo revisaré las páginas en cuanto las termine, naturalmente.
Esta vez hice lo posible para esconder mi confusión total.
—Antes de que empecemos, quiero comunicarle una noticia excelente. —Cambió de postura en su silla—. Después de largas negociaciones, por fin he sacado de circulación el libro difamatorio del señor Vanner. Como es una novela, se desestimó mi demanda por libelo y calumnias. De entrada intenté una estrategia amistosa, pero ni el señor Vanner ni su editorial aceptaron la generosa oferta que les hice por su contrato. Ayer, sin embargo, después de unas prolongadas discusiones cuyos detalles le resultarían tediosos, finalmente pude adquirir una participación que me permite el control de su editorial. El libro del señor Vanner seguirá en catálogo para siempre, lo cual quiere decir que su contrato con mi recién adquirida editorial nunca vencerá.
—No estoy segura de entenderlo.
—Mientras el libro se venda, el señor Vanner estará atado por su contrato actual. Y se venderá. Porque yo compraré hasta el último ejemplar de cada tirada. Y los reduciré todos a pulpa.
—¿Y si escribe otro libro o saca esta situación a la luz?
—Puede escribir todos los libros o artículos que quiera. Pero le aseguro a usted que no habrá editorial o publicación en esta ciudad (ni en Londres, Nueva Delhi o Sydney, ya puestos) que quiera saber nada de su obra. Y eso si encuentra tiempo para escribir. Ahora mismo debe de estar sepultado bajo todos los pleitos que mis abogados le han echado encima. No nos importa si los ganamos, claro. Pero ahora les toca a él y a sus abogados, si se los puede permitir, demostrar que no es un plagiario y un estafador.
—¿No bastaría con sacar el libro de circulación?
Entrecerró los ojos. Dejó que mi pregunta flotara en el aire un momento.
—¿Está usted sugiriendo que mis acciones son gratuitas?
Por fin había conseguido enojarlo.
—¿Está usted diciendo quizás que me mueven el despecho, la venganza o, peor todavía, que estoy obteniendo alguna clase de placer perverso en la crueldad? Me da la impresión de que no entiende usted en qué consiste nuestro trabajo. Me da la impresión de que no entiende usted en qué consiste nada de todo esto.
—Sí lo entiendo.
—¿Ah, sí?
—En torcer la realidad y alinearla.
En aquel momento no estaba del todo segura de si la frase encajaba en aquella situación. Pero sí sabía que a la mayoría de los hombres les gusta que los citen.
—Exacto. Y la realidad debe ser coherente. ¿No sería incongruente encontrar rastros de Vanner en un mundo donde Vanner no ha existido jamás?
Por primera vez desde que había conocido a Andrew Bevel, pensé que debería tener miedo.
9
El almanaque subversivo era un calendario de fiestas anarquistas donde todas las conmemoraciones religiosas y patrióticas habían sido reemplazadas por fechas relevantes para la causa: el cumpleaños de Bakunin, la ejecución de Giordano Bruno, la toma de la Bastilla, diferentes huelgas y levantamientos por todo el mundo y acontecimientos similares. Mi padre era uno de los principales proveedores del almanacco sovversivo en Nueva York. Hasta imprimía una edición limitada «de lujo», una contradicción que nunca me atreví a señalarle.
Después del Primero de Mayo, la festividad más importante de aquel calendario era el 23 de agosto, el día en que el Estado había linchado a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. (Aquella fecha también tenía un significado privado para mi padre, ya que el 23 era su número de la suerte, al que atribuía unas cualidades poderosas y místicas). Ahora estábamos en julio, que era un periodo de actividad febril; además de todo su trabajo habitual, mi padre debía terminar muchas impresiones conmemorativas a fin de mandarlas a tiempo para el aniversario. Yo siempre le echaba una mano durante aquellas semanas frenéticas, pero aquel año estaba enclaustrada en mi habitación, intentando convertir al tenue fantasma de Mildred Bevel en un ser humano tangible.
Nos veíamos para comer rápidamente en la cocina, sándwiches de una sola rebanada y fruta, de pie frente a la encimera, sin usar platos y compartiendo nuestro oxidado «cuchillo bueno»; seguía siendo el «cuchillo bueno» por mucho que la hoja estuviera medio suelta del mango y que la punta, rota como resultado de haber sido usada para todo propósito imaginable, ya fuera cuadrada. Al principio se había negado a hablar de mi trabajo para «la maquinaria especuladora». Aunque normalmente me dolía su frío silencio, por una vez lo agradecí, sabiendo hasta qué punto Andew Bevel se tomaba en serio la confidencialidad y el tratamiento que dispensaba a quienes traicionaban su confianza. Pero después de nuestra última conversación sobre mi trabajo, mi padre se había ablandado un poco. Y a medida que pasaba el tiempo y veía lo mucho que me aplicaba, creció su respeto por mí. El «trabajo» era el baremo con que medía el valor de una persona, y creo que por fin había empezado a verme como a una «trabajadora», el honor más grande que podía concederle a alguien: toda la gente a la que admiraba, viva o muerta, eran «verdaderos trabajadores».
Junto con su respeto vino una curiosidad renovada. Nuestros breves almuerzos se fueron alargando a medida que se multiplicaban sus preguntas. Al principio todas tenían que ver con el aspecto técnico de mi trabajo. ¿No era extraordinario, se preguntaba, que los dos hubiéramos terminado trabajando con la palabra impresa? Un tipógrafo y una mecanógrafa, trabajando codo con codo. Durante aquellas conversaciones descubrimos muchas cualidades comunes a nuestros oficios, y discutíamos cómo daban forma a nuestra percepción del mundo. Le dije, por ejemplo, que había empezado a experimentar el tiempo de forma distinta. Las palabras que mecanografiaba siempre estaban en el pasado, mientras que las palabras en las que pensaba siempre estaban en el futuro, lo cual dejaba el presente extrañamente deshabitado. Mi padre se podía identificar con eso: cada vez que colocaba un tipo móvil en la bandeja, ya estaba viendo las muescas y la cara del siguiente. El «ahora» no parecía existir. También me dijo que la mayor influencia que había tenido su trabajo sobre su vida había sido el hecho de que le había enseñado a ver el mundo al revés. Era el principal elemento en común que tenían tipógrafos y revolucionarios: sabían que la matriz del mundo estaba invertida, y aunque la realidad estuviera del revés, eran capaces de leerla a primera vista.
Pronto aquellas conversaciones más bien abstractas o generales se volvieron más específicas. Mi padre quiso saber más sobre los aspectos concretos de mi trabajo. Como no le quería mentir, intenté evitar las respuestas directas y llené mis vagas explicaciones de detalles irrelevantes para hacer que parecieran más sustanciales de lo que realmente eran. Aun así, insistía en exigir una mayor claridad; no movido por ningún impulso inquisitorial, sino porque sentía un interés genuino. Su curiosidad tenía una intensidad sincera que nunca había mostrado antes. Y me dolía no poder tener una conversación verdadera con él. A medida que mi padre se dio cuenta de que le estaba ocultando algo, empezaron a disiparse la calidez y la camaradería. Empezó a atrincherarse otra vez detrás de la barricada de su silencio hostil.
Una noche cociné una cena de verdad y, por una vez, puse la mesa. Aunque se mostró gratamente sorprendido y agradecido, se aseguró de expresar, a su manera gélida, que no bastaba con aquello para ganármelo. En mitad de nuestra cena silenciosa, dejé mis cubiertos, respiré hondo y me disculpé. No había sido franca con él. Una parte de mí tenía miedo de cómo reaccionaría a la verdad, dije. Y eso no era todo. Me habían hecho firmar papeles donde juraba mantener mi trabajo en secreto. Pero ¿cómo podía no confiar en mi propio padre? A continuación procedí a contarle una elaborada mentira según la cual mis transcripciones ultrasecretas trataban de complejas maniobras empresariales y absorciones con la complicidad de Washington. Usé muchos términos financieros que había aprendido de Bevel, sin saber exactamente qué significaban pero segura de que mi padre todavía los conocería menos.
Se quedó fascinado.
Por mucho que me dijera a mí misma que con aquellas historias nos estaba protegiendo a los dos, me sentí una traidora. En vez de serle leal a mi padre, me había puesto del lado de uno de sus enemigos declarados.