Forastera

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Séptima parte. El santuario » 37. La fuga

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La fuga

Tenía mejor color por la mañana, aunque los cardenales se habían oscurecido durante la noche y ahora le cubrían gran parte de la cara. Suspiró hondo, se puso rígido con un gemido y soltó el aire con más precaución.

—¿Cómo te sientes? —Apoyé una mano en su cabeza. Fría y húmeda. Sin fiebre, gracias a Dios.

Hizo una mueca con los ojos todavía cerrados.

—Me duele todo, Sassenach. —Extendió la mano sana—. Ayúdame a levantarme; estoy duro como una tabla.

La nieve cesó al mediodía. El cielo continuaba gris como la lana y amenazaba más tormenta, pero la amenaza de búsqueda de Wentworth era aún mayor, de modo que dejamos Elridge Manor poco antes del mediodía, bien abrigados contra el frío. Murtagh y Jamie llevaban armas debajo de las capas. Yo tenía mi daga, bien oculta. En caso de suceder lo peor y muy en contra de mi voluntad, debía simular ser una rehén inglesa secuestrada.

—Pero me han visto en la prisión —había argumentado—. Sir Fletcher ya sabe quién soy.

—Sí. —Murtagh estaba cargando las pistolas con cuidado. Una variedad de balas, tacos, pólvora, trozos de tela, varillas y faltriqueras estaban dispuestos minuciosamente sobre la mesa lustrada de Lady Annabelle. Murtagh alzó la cabeza y me clavó una mirada sombría—. De eso se trata, muchacha. Debemos mantenerla lejos de Wentworth, cueste lo que cueste. Y evitar que la vean con nosotros.

Introdujo una varilla corta en la boca de una pistola con la culata adornada con volutas y colocó el taco en su lugar a base de golpes fuertes y precisos.

—Sir Fletcher no ordenará la búsqueda en un día como hoy. Si nos topamos con casacas rojas, dudo que la conozcan. Pero si nos descubren, debe decir que la forzamos a venir con nosotros y convencer a los ingleses de que no tiene nada que ver con dos bribones escoceses como yo y el muchacho. —Asintió en dirección a Jamie, que se balanceaba en un taburete con un tazón de leche caliente y pan.

Sir Marcus y yo habíamos protegido las caderas y los muslos de Jamie con vendajes de hilo debajo de unos calzones y medias gastados y de color oscuro para disimular cualquier mancha de sangre delatora que pudiera filtrarse. Lady Annabelle había rasgado una camisa de su esposo por detrás para que cupieran los hombros anchos de Jamie y los vendajes gruesos que los cubrían. Aun así, la camisa no le cerraba por delante y dejaba entrever los extremos de las vendas alrededor del pecho. Jamie había alegado que le dolía hasta el cuero cabelludo y se negó en rotundo a que lo peinaran. Su aspecto era desaliñado y salvaje: unos pelos rojizos en punta enmarcando un rostro hinchado y amoratado y con un ojo cerrado.

—Si les cogen —intervino Sir Marcus—, diga que es una huésped mía y que la secuestraron mientras cabalgaba cerca de la propiedad. Haga que la traigan a Elridge para que yo la identifique. Eso les convencerá. Les diremos que es usted una amiga de Annabelle de Londres.

—Y luego la sacaremos de aquí antes de que venga Sir Fletcher a presentarle sus respetos —agregó Annabelle con aire práctico.

Sir Marcus nos había ofrecido a Hector y a Absalom como escoltas, pero Murtagh señaló que eso implicaría a Elridge en caso de encontrarnos con los soldados ingleses. De manera que cabalgamos los tres, encorvados de frío, camino de Dingwall. Yo llevaba un monedero abultado y una nota del Señor de Elridge. Uno de los dos aseguraría nuestro viaje a través del Canal.

Era difícil avanzar en la nieve. Con menos de treinta centímetros de profundidad, la traicionera capa blanca ocultaba rocas, agujeros y otros obstáculos peligrosos. Además, los caballos se resbalaban. Terrones de nieve y barro volaban con cada paso y salpicaban vientres y jarretes. Nubes de aliento animal subían humeantes en el aire helado. Murtagh iba delante, siguiendo la débil depresión que marcaba el camino. Aunque Jamie había insistido en que lo atáramos al caballo, yo cabalgaba a su lado por temor a que se desmayara. Tenía la mano izquierda libre, sobre la pistola asegurada a la montura y oculta debajo de la capa.

Pasamos junto a un par de granjas dispersas. El humo se elevaba de los techos de bálago, pero los habitantes y sus animales estaban dentro, resguardados del frío. Aquí y allá un hombre solitario iba de una choza a un cobertizo, acarreando baldes o heno, pero en su mayor parte, la ruta estaba desierta.

A tres kilómetros de Elridge, cruzamos la sombra del castillo Wentworth, una mole tétrica en la ladera de la colina. El camino aquí era muy transitado a pesar del mal tiempo.

Habíamos calculado que nuestra presencia coincidiera con la hora del almuerzo. Esperábamos que los guardias estuvieran ocupados con sus pastelillos y cerveza. Pasamos lentamente junto al corto camino que conducía a los portones, como si fuéramos un grupo de viajeros que tenían la mala suerte de estar fuera en un día tan desapacible.

Una vez que dejamos atrás la prisión, nos detuvimos para que los caballos descansaran un poco al abrigo de un monte de pinos. Murtagh se inclinó para mirar por debajo del sombrero que cubría el cabello delator de Jamie.

—¿Todo bien, muchacho? Estás callado.

Jamie levantó la cabeza. Estaba pálido y el sudor corría por el cuello a pesar del aire helado. Logró esbozar una sonrisa poco entusiasta.

—Estaré bien.

—¿Cómo te sientes? —pregunté con ansiedad. Estaba hundido en la montura, sin señales de su habitual gracia erguida. Recibí lo que le quedaba de sonrisa.

—Estoy tratando de decidir qué me duele más…, las costillas, la mano o el trasero. Pensar en eso me ayuda a olvidarme de la espalda. —Bebió un trago largo de la cantimplora que nos había dado Sir Marcus. Se estremeció y me la entregó. Era un poco mejor que el licor que había bebido camino a Leoch, pero igual de fuerte. Proseguimos la marcha con un pequeño fuego alegre ardiendo en el estómago.

Los caballos subían con dificultad una pendiente modesta y la nieve saltaba de sus cascos, cuando Murtagh irguió la cabeza bruscamente. Seguí la dirección de su mirada y divisé a los soldados ingleses. Eran cuatro jinetes en lo alto de la cuesta.

No podíamos esquivarlos. Nos habían visto y un grito de «quién vive» resonó en la colina. No teníamos a dónde huir. Tendríamos que intentar engañarlos. Sin mirar hacia atrás, Murtagh espoleó a su caballo y galopó a su encuentro.

El cabo en el grupo era un soldado de carrera, un hombre de mediana edad erguido en su gabán de invierno. Me hizo una reverencia cortés y luego volvió su atención a Jamie.

—Les pido disculpas, señor, señora. Tenemos órdenes de detener a todos los viajeros en este camino para averiguar el paradero de unos prisioneros fugados hace poco de la prisión de Wentworth.

Prisioneros. O sea que había conseguido liberar a otros además de a Jamie. Me alegraba por varios motivos. Para empezar, dispersaría la búsqueda; y cuatro contra tres era la mejor diferencia que podíamos esperar.

Jamie no contestó, pero se repantigó aún más en la montura, con la cabeza colgando. Podía ver el brillo de sus ojos debajo del ala del sombrero. No estaba inconsciente. Debía de conocer a estos hombres; podrían reconocer su voz. Murtagh se adelantó en su caballo, entre los soldados y yo.

—El amo está un poco enfermo, como pueden ver —explicó y se tiró del mechón de pelo sobre la frente—. ¿Podrían señalarme la ruta hacia Ballagh? Creo que no estamos bien encaminados.

Me pregunté qué diablos estaba tramando, hasta que capté su mirada. Sus ojos giraron hacia atrás y hacia abajo y volvieron a posarse sobre el soldado con tanta rapidez que éste creería que había estado escuchándole todo el tiempo. ¿Jamie estaba a punto de caerse de la montura? Hice como que me ajustaba el sombrero y eché una ojeada disimulada por encima del hombro en la dirección que Murtagh había indicado. Me paralicé de espanto.

Jamie estaba sentado con la espalda erguida y la cabeza inclinada para ocultar el rostro. Pero la sangre goteaba de la punta de un estribo y dejaba hoyos rojos en la nieve.

Murtagh, simulando una gran estupidez, se las había ingeniado para alejar a los soldados hacia la cima de la colina. Desde allí, le explicaron que el único camino a la vista era el que llevaba a Dingwall y bajaba por el otro lado de la colina. Atravesaba Ballagh y se extendía en línea recta hacia la costa, a unos cuatro kilómetros.

Me apresuré a desmontar y pegué un tirón desesperado de la cincha de mi caballo. Caminé con torpeza y pisoteé suficiente nieve a los pies del caballo de Jamie para tapar las gotas traicioneras. Una rápida mirada me reveló que los soldados continuaban enzarzados en conversación con Murtagh. Uno de ellos, sin embargo, se volvió hacia nosotros como para asegurarse de que no nos habíamos apartado. Lo saludé con entusiasmo y en cuanto giró la cabeza, me agaché y me quité una de las tres enaguas que llevaba puestas. Corrí la capa de Jamie y apretujé la enagua acolchada debajo de su muslo sin prestar atención a la exclamación de dolor. La capa regresó a su sitio justo cuando corrí hasta mi caballo. Estaba manipulando la cincha en el momento en que Murtagh y los ingleses reaparecieron.

—Se aflojó —expliqué cándidamente y le guiñé el ojo al soldado más próximo.

—¿De veras? ¿Y por qué no ayuda a la dama? —preguntó a Jamie.

—Mi esposo no se encuentra bien —respondí—. Puedo arreglármelas yo sola, gracias.

El cabo parecía interesado.

—Así que está enfermo, ¿eh? ¿Qué le pasa? —Movió su caballo hacia adelante y escudriñó el rostro pálido de Jamie bajo el sombrero caído—. No, realmente no tiene muy buen aspecto. Quítese el sombrero, amigo. ¿Qué le ha pasado a su cara?

Jamie le disparó desde los pliegues de la capa. El hombre estaba a menos de dos metros de distancia y cayó de la montura antes de que la mancha en su pecho fuera más grande que mi mano.

El cabo no había llegado al suelo cuando Murtagh ya tenía una pistola en cada mano. La primera bala erró al asustarse el caballo por el ruido y el movimiento. La segunda dio en el blanco. Atravesó la parte superior del brazo de un soldado y dejó un jirón de tela flameando en una manga cada vez más roja. El hombre no se cayó, sin embargo, y tiró del sable mientras Murtagh buscaba otras armas debajo de su capa.

Uno de los dos soldados restantes giró el caballo en la nieve resbaladiza y se alejó al galope hacia la prisión, al parecer en busca de ayuda.

—¡Claire! —El grito provino de arriba. Alcé la vista sobresaltada y vi a Jamie señalando a la figura que huía—. ¡Deténlo! —Consiguió arrojarme una segunda pistola y se volvió. Extrajo la espada para detener el ataque del cuarto soldado.

Mi caballo estaba entrenado para la batalla. Tenía las orejas pegadas a la cabeza y pateaba y escarbaba la nieve debido al ruido, pero no había escapado con el sonido de los disparos y no se movió cuando recogí la pistola. Contento de dejar atrás la pelea, salió a galope no bien lo monté y partimos a buena velocidad detrás del soldado.

La nieve obstaculizaba nuestro paso al igual que el de nuestro objetivo, pero mi caballo era mejor y teníamos la ventaja del sendero que el soldado labraba a través de la nieve fresca. Nos acercábamos con rapidez, pero me di cuenta de que no sería suficiente. El terreno se elevaba más adelante; si tomaba un atajo hacia la derecha, tal vez pudiera ganar tiempo en el llano y encontrarlo al bajar del otro lado. Di un tirón a las riendas y me aseguré en la montura en tanto el caballo giraba con torpeza, se acomodaba y se lanzaba hacia delante.

No lo alcancé, pero acorté la distancia a no más de nueve metros. Si la distancia fuera ilimitada, probablemente lo alcanzaría, pero no era el caso. El muro de la prisión se alzaba a menos de un kilómetro y medio. En cuanto nos aproximáramos más, nos verían desde allí. Me detuve y desmonté. Entrenado o no, no sabía qué haría el caballo si disparaba desde su lomo. Aun cuando se quedara quieto como una estatua, no confiaba tanto en mi puntería. Me arrodillé en la nieve y apoyé el codo en la rodilla y la pistola en el antebrazo como Jamie me había enseñado. «La apoyas aquí, apuntas allí y disparas por aquí», había dicho. Y así lo hice.

Para sorpresa mía, di al caballo. Patinó, cayó sobre una rodilla y rodó en una confusión de nieve y piernas. El retroceso de la pistola me había aterido el brazo. Me puse de pie y lo masajeé mientras observaba al soldado caído.

Estaba herido. Trató de levantarse, pero se desplomó de nuevo en la nieve. El caballo, que sangraba de un hombro, se alejó a trompicones con las riendas colgando.

No me di cuenta hasta después de lo que había estado pensando, pero mientras me acercaba a él, supe que no podía dejarlo con vida. Tan cerca de la prisión y con otras patrullas buscando prisioneros fugados, lo encontrarían bastante pronto. Y si lo hallaban vivo, no sólo podría describirnos —¡y ése sería el fin de nuestra historia de la rehén!— sino revelar en qué dirección viajábamos. Todavía nos faltaban casi cinco kilómetros hasta la costa; dos horas de marcha en la nieve pesada. Y una vez allí, debíamos encontrar un barco. No, no podía arriesgarme a que nos delatara.

Se apoyó en los codos y sus ojos se abrieron con sorpresa al verme, pero luego se relajó. Yo era una mujer. No me temía.

Independientemente de mi sexo, un hombre más experimentado habría sentido aprensión. Pero éste era un muchacho. No mayor de dieciséis, pensé con horror. Las mejillas manchadas todavía conservaban las últimas curvas redondas de la infancia, aunque el labio superior exhibía los comienzos de un bigote esperanzado.

Abrió la boca pero sólo gimió de dolor. Se apretó una mano en el costado y vi la sangre que empapaba la camisa y el saco. Entonces serían heridas internas. El caballo debió de pasarle por encima.

Era posible que de todos modos muriera, pensé. Pero no podía estar segura.

Yo llevaba la mano derecha, en la que sostenía la daga, escondida bajo la capa. Le apoyé la mano izquierda en la cabeza. Había tocado de la misma manera las cabezas de cientos de hombres, para aliviarlos, examinarlos y prepararlos para lo que sobrevendría. Y me habían mirado de una forma muy semejante a como lo hizo este joven: con esperanza y confianza.

No pude cortarle el cuello. Me dejé caer de rodillas junto a él y le volví la cabeza hacia el otro lado. Las técnicas de Rupert para matar con rapidez suponían resistencia. Pero no hubo resistencia alguna cuando le agaché la cabeza tanto como pude y hundí el puñal en la base del cráneo.

Lo dejé tendido boca abajo y fui a reunirme con los otros.

Después de dejar a nuestra pesada carga tapada con mantas abajo en un asiento, Murtagh y yo nos encontramos en la cubierta del Cristabel para contemplar el cielo revuelto por la tormenta.

—Parece que el viento es bueno y estable —comenté con entusiasmo y un dedo húmedo en alto.

Murtagh contempló las nubes negras que pendían sobre el puerto. La nieve se deshacía con prodigalidad en las heladas olas.

—Ah, bueno —respondió con expresión sombría—. Ojalá la travesía sea tranquila. De lo contrario, llegaremos con un cadáver en las manos.

Media hora después, ya sobre las aguas picadas del canal de la Mancha, descubrí a qué se había referido con aquel comentario.

—¿Mareado? —pregunté con incredulidad—. ¡Los escoceses no se marean!

Murtagh no estaba de humor.

—Entonces tal vez sea un hotentote pelirrojo. Lo único que sé es que está verde como un pescado podrido y vomitando como un loco. ¿Bajará y me ayudará a evitar que las costillas le atraviesen el pecho o no?

—Maldición —mascullé a Murtagh mientras nos inclinábamos sobre la baranda para tomar aire durante un breve intervalo en la desagradable tarea bajo cubierta—. Si sabe que se marea, ¿para qué diablos insistió en un barco?

La mirada de Murtagh fue demoledora.

—Porque sabe que jamás lo lograríamos por tierra con él así. Y temía quedarse en Elridge por miedo a que los ingleses cayeran sobre MacRannoch.

—O sea que, en su lugar, morirá silenciosamente en el mar —dije con cinismo.

—Ajá. De esta manera, piensa que morirá solo, sin arrastrar a nadie con él. Muy generoso, entiende. Aunque de silencioso, nada —añadió Murtagh y enfiló hacia la escalera en respuesta a los inconfundibles sonidos de abajo.

—¡Enhorabuena! —dije a Jamie una hora o dos más tarde. Me aparté algunos rizos mojados de las mejillas y la frente—. Creo que pasarás a formar parte de la historia médica como la única persona documentada que de hecho murió de mareo a bordo de un barco.

—¡Oh, qué bien! —musitó en el revoltijo de almohadas y mantas—. Odiaría pensar que no valió la pena. —Se puso de costado—. ¡Cielos, aquí viene otra vez! —Murtagh y yo tomamos nuestros puestos de un salto. Sostener inmóvil a un hombre grande mientras sucumbe a despiadados espasmos de náuseas no es tarea para débiles.

Al cabo de un rato, le volví a tomar el pulso y apoyé la mano un instante en la frente pegajosa. Murtagh leyó mis pensamientos y me siguió por la escalera, sin hablar, hasta la cubierta superior.

—No está bien, ¿verdad? —inquirió.

—No lo sé —contesté, impotente, y sacudí mi cabello empapado de sudor en el viento cortante—. Jamás he oído de nadie que haya muerto de mareo en el mar, pero ahora está escupiendo sangre. —Las manos del hombrecillo se tensaron en la baranda y los nudillos sobresalieron en la piel moteada por el sol—. Puede que se haya dañado internamente con las puntas afiladas de las costillas o quizá su estómago se haya lastimado de tanto vomitar. Sea lo que sea, no es buena señal. Y su pulso es bastante más débil e irregular. Eso significa que su corazón está fatigado.

—Tiene el corazón de un león. —La frase fue pronunciada en voz tan baja que al principio no estuve segura de haberla oído. Y podría ser el viento salado lo que humedeció los ojos de Murtagh. Se volvió hacia mí con brusquedad—. Y la cabeza de una mula. ¿Le queda algo de ese láudano que le dio Lady Annabelle?

—Sí, todo. No lo ha querido tomar. Dice que no quiere dormir.

—Ah, bueno. La mayoría de las personas no siempre consiguen lo que desean. No veo por qué él habría de ser diferente. Vamos.

Lo seguí bajo cubierta con ansiedad.

—No creo que pueda mantenerlo en el estómago.

—Déjeme eso a mí. Busque la botella y ayúdeme a sentarlo.

Jamie estaba medio inconsciente; un peso difícil de manejar, que protestó cuando lo manipulamos para sentarlo contra el mamparo.

—Voy a morir —expresó con voz débil pero precisa—. Y cuanto antes mejor. Idos y dejadme hacerlo en paz.

Murtagh lo agarró del pelo con firmeza, echó la cabeza hacia arriba y llevó la botella a los labios.

—Bebe esto, mi lindo lirón, o te rompo el cuello. Y más vale que lo retengas. Te taparé la nariz y la boca; si lo vomitas, te saldrá por las orejas.

Gracias a la fuerza conjunta de nuestras voluntades, transferimos lenta pero inexorablemente el contenido de la botella al joven Señor de Lallybroch. Jamie se atragantó y se arqueó, pero bebió con valentía hasta que se desplomó contra el mamparo con el rostro verde y jadeando. Murtagh atajó cada amenazante explosión de náuseas con una malvada presión de nariz; un método conveniente aunque no muy ortodoxo, que permitió la acumulación gradual del sedante en el caudal sanguíneo del paciente. Por fin, se quedó relajado en la cama. El único color visible en la almohada era el rojo del pelo, las cejas y las pestañas. Murtagh se me unió en cubierta poco después.

—¡Mire! —exclamé y señalé. La tenue luz del atardecer brillaba en rayos fugitivos bajo las nubes y doraba las rocas de la costa francesa—. El capitán dice que desembarcaremos en tres o cuatro horas.

—Y no antes de tiempo —declaró mi compañero y se apartó el cabello lacio y castaño de los ojos. Se volvió hacia mí y me dirigió lo más parecido a una sonrisa que jamás había visto en su hosco semblante.

Y así, finalmente, detrás del cuerpo postrado de Jamie acarreado en un tabla por dos monjes fornidos, cruzamos los portones imponentes de la abadía de Ste. Anne de Beaupré.

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