Forastera
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La abadía
La abadía era un edificio enorme del siglo doce, amurallada para resistir las embestidas de las tormentas marítimas y los ataques de invasores con bases en tierra. Ahora, en tiempos más pacíficos, los portones permanecían abiertos para permitir el tránsito con la aldea cercana, y las pequeñas celdas de piedra del ala de huéspedes habían sido suavizadas con tapices y muebles cómodos.
Me levanté de la silla acolchada en mi cuarto, insegura de cómo se saludaba a un abad. ¿Había que arrodillarse y besarle el anillo o eso era sólo para los Papas? Me decidí por una reverencia cortés.
Los ojos rasgados y felinos de Jamie eran sin ninguna duda herencia de los Fraser. También la mandíbula firme, aunque la que tenía ahora estaba algo oscurecida por la barba negra.
El abad Alexander compartía además la boca ancha de su sobrino, si bien parecía sonreír menos con ella. Los ojos azules rasgados permanecieron fríos y especulativos mientras me saludaba con una sonrisa cálida y amable. Era bastante más bajo que Jamie, más o menos de mi estatura, y rechoncho. Llevaba las ropas de un sacerdote pero caminaba como un guerrero. Pensé que posiblemente había sido ambas cosas en un tiempo.
—Bienvenida, ma niece —manifestó con una inclinación de cabeza. El saludo me sorprendió un poco, pero le devolví la reverencia.
—Le agradezco su hospitalidad —expresé con franqueza—. ¿Ha… ha visto a Jamie? —Los monjes se lo habían llevado para bañarlo, un proceso al que creí mejor no asistir.
El abad asintió.
—Ah, sí. —Un ligero acento escocés se traslucía debajo del refinado inglés—. Lo he visto. He pedido al hermano Ambrose que le cure las heridas. —Debí de parecer algo indecisa, puesto que agregó con sequedad—: No se preocupe, madame. El hermano Ambrose es muy competente. —Me observó sin pizca de disimulo y me recordó a su sobrino de manera perturbadora—. Murtagh dice que es usted una médica consumada.
—Así es —repliqué sin rodeos.
Esto provocó una sonrisa sincera.
—Veo que no sufre del pecado de falsa modestia —observó.
—Tengo otros —repuse y también sonreí.
—Como todos nosotros —añadió—. El hermano Ambrose estará ansioso por conversar con usted, sin duda.
—¿Le ha contado Murtagh… lo ocurrido? —aventuré con vacilación.
La boca ancha se tensó.
—Sí. Todo lo que él sabe. —Aguardó, como esperando mi contribución. Pero me quedé callada.
Era evidente que le habría gustado formular preguntas, pero fue lo bastante amable para no presionarme. En su lugar, levantó la mano en un gesto de bendición y como descartando el asunto.
—Bienvenida sea —repitió—. Enviaré a un hermano para que le traiga un poco de comida. —Me volvió a mirar—. Y algo con que lavarse. —Me hizo la señal de la cruz, en señal de despedida o tal vez para exorcizar la suciedad, y se marchó con un crujido de su hábito marrón.
De pronto me di cuenta de lo cansada que estaba. Me dejé caer en la cama y me pregunté si podría permanecer despierta el tiempo suficiente para comer y lavarme. Todavía me lo estaba preguntando cuando me quedé dormida.
Tenía una pesadilla terrible. Jamie se encontraba del otro lado de una pared de piedra sin puerta. Lo oía gritar sin cesar, pero no podía alcanzarlo. Golpeaba la pared con desesperación, pero mis manos se hundían en la piedra como si fuera agua.
—¡Aaay! —Me senté en la cama estrecha y me cogí la mano que había descargado contra la pared que tenía junto a mí. Me mecí a un lado y a otro y apreté la mano palpitante entre mis muslos. Entonces me di cuenta de que los gritos continuaban.
Se detuvieron con brusquedad cuando salí al pasillo. La puerta del cuarto de Jamie estaba abierta. La luz de los faroles iluminaba el corredor.
Un monje al que no había visto antes estaba con Jamie y lo sostenía con firmeza. Un chorro de sangre fresca manchaba las vendas de la espalda y los hombros le temblaban como si tuviera frío.
—Una pesadilla —explicó el monje al verme en la puerta. Me cedió a Jamie y fue hasta la mesa a buscar un paño y la jarra de agua.
Jamie seguía temblando y el rostro le brillaba del sudor. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad, con un sonido ronco y asmático. El monje se sentó a mi lado y le enjugó la cara con suavidad en tanto le apartaba de las sienes el cabello húmedo y pesado.
—Usted es su esposa, ¿verdad? —dijo—. Creo que pronto estará mejor.
En efecto, el temblor empezó a disminuir al cabo de unos minutos y Jamie abrió los ojos con un suspiro.
—Estoy bien —murmuró—. Ya estoy bien, Claire. ¡Pero por el amor de Dios, que quiten ese olor!
No había advertido hasta entonces, de manera consciente, el aroma en el cuarto…, un olor ligero, picante y floral, un perfume tan común que no le había dado importancia. Lavanda. Una fragancia para jabones y aguas de colonia. La había olido por última vez en los calabozos de la prisión de Wentworth, donde perfumaba las sábanas o la persona del capitán Jonathan Randall.
El origen del aroma era una pequeña taza de metal con aceite de hierbas perfumado dentro de una base de hierro pesada y decorada que colgaba sobre la llama de una vela.
Aunque su intención era serenar la mente, en este caso el efecto fue todo lo contrario. Jamie respiraba ahora con más facilidad. Se había sentado solo y sostenía la taza de agua que le había dado el monje. Pero seguía pálido y su boca se crispaba con nerviosismo.
Hice una señal al franciscano para que hiciera lo que pedía. El monje envolvió la taza de aceite caliente en una toalla y se la llevó por el pasillo.
Jamie suspiró con alivio. Luego dio un respingo. Le dolían las costillas.
—Se te abrió un poco la espalda —expliqué y lo volví para inspeccionar los vendajes—. Pero no es grave.
—Lo sé. Me giré mientras dormía.
Las mantas dobladas que debían mantenerlo de costado habían resbalado al suelo. Las acomodé de vuelta en su sitio.
—Eso fue lo que me hizo soñar, creo. Soñé que me azotaban. —Se estremeció, bebió un trago de agua y me entregó la taza—. Necesito algo más fuerte, si hay.
Como si lo hubiera adivinado, nuestro servicial visitante entró con una jarra de vino en una mano y un frasco de jarabe de amapolas en la otra.
—¿Alcohol u opio? —preguntó a Jamie con una sonrisa y la jarra y el frasco en alto—. Puede elegir la manera de sumirse en el olvido.
—Tomaré el vino, por favor. Ya he tenido suficientes sueños por esta noche —respondió Jamie con una sonrisa torcida. Sorbió el vino con lentitud mientras el franciscano me ayudaba a cambiarle las vendas sucias y a pasar ungüento fresco de caléndula por las heridas. El visitante no tuvo la menor intención de marcharse hasta que, con la espalda levantada y tapado con mantas, hube acomodado a Jamie para dormir.
Al pasar junto a la cama, se inclinó sobre Jamie y trazó la señal de la Cruz sobre su cabeza.
—Que descanse —murmuró.
—Gracias, padre —replicó Jamie somnoliento. Ya estaba medio dormido. Como no me necesitaría hasta la mañana, le toqué el hombro en señal de despedida y seguí al visitante al pasillo.
—Gracias —dije—. Aprecio mucho su ayuda.
El monje descartó el agradecimiento con un ademán.
—Fue un placer poder ayudarla —repuso. Advertí que hablaba un inglés perfecto, aunque con un ligero acento francés—. Pasaba por el ala de huéspedes camino de la capilla de St. Giles cuando oí los gritos.
Me estremecí al recordar los gritos roncos y espantosos y esperé no volverlos a oír. Miré hacia la ventana al final del corredor y no vi señal alguna del amanecer detrás del postigo.
—¿La capilla? —repetí con sorpresa—. Creí que los maitines se cantaban en la iglesia principal. Y además es un poco temprano, ¿no?
El franciscano sonrió. Era bastante joven, tal vez unos treinta años, pero su cabello castaño sedoso y corto se entretejía con hebras grises. Estaba tonsurado con esmero y su barba castaña bien recortada rozaba el cuello del hábito.
—Demasiado temprano para los maitines —convino—. Iba a la capilla porque es hora de mi turno para la adoración perpetua del Santo Sacramento. —Se volvió hacia la habitación de Jamie, donde una vela reloj marcaba las dos y media—. Ya llego tarde —añadió—. El hermano Bartolomé querrá irse a la cama. —Levantó una mano, me bendijo con presteza, se dio media vuelta y atravesó la puerta giratoria al final del pasillo antes de que yo me atreviera a preguntarle su nombre.
Entré en el cuarto y me agaché para besar a Jamie. Dormía de nuevo y respiraba tranquilo, aunque con el entrecejo algo fruncido. Le pasé una mano por el cabello para probar. La expresión ceñuda se relajó un poco pero se volvió a tensar. Suspiré y lo arropé bien.
Me sentía mucho mejor por la mañana, pero Jamie estaba ojeroso e insoportable después de la noche inquieta. No quiso nada de desayuno y me gritó exasperado cuando traté de examinarle las vendas de la mano.
—¡Por el amor de Dios, Claire, déjame en paz! ¡No quiero que me manoseéis más!
Apartó la mano con violencia y ceñudo. Me alejé en silencio y me puse a ordenar los potes y paquetes de medicinas en la mesa. Los dispuse en grupos, clasificados según la función: ungüento de caléndula y bálsamo de álamo para calmar; corteza de sauce, corteza de cerezo y manzanilla para infusiones; hierba de San Juan, ajo y milenrama para desinfectar.
—Claire.
Me volví. Estaba sentado en la cama y me miraba con aire avergonzado.
—Lo siento, Sassenach. Tengo retortijones y estoy de muy mal humor esta mañana. Pero no tenía por qué hablarte así. ¿Me perdonas?
Fui hasta él y lo abracé con suavidad.
—No hay nada que perdonar, lo sabes. ¿Pero qué es eso de que tienes retortijones? —No era la primera vez que pensaba que la intimidad y el romance no eran sinónimos.
Hizo una mueca, se inclinó un poco hacia delante y cruzó los brazos sobre el abdomen.
—Me refiero a que me gustaría que me dejaras solo un rato. ¿No te importa? —Dicho y hecho: me fui a tomar el desayuno.
Cuando regresaba del comedor poco después, divisé una figura pulcra vestida con el hábito negro de un franciscano. Atravesaba el patio hacia el claustro. Me apresuré para alcanzarlo.
—¡Padre! —llamé. Se volvió y sonrió al verme.
—Buenos días —pronunció—. Madame Fraser, ¿verdad? ¿Cómo está su esposo esta mañana?
—Mejor —contesté con la esperanza de que fuera cierto—. Quería darle las gracias otra vez por lo de anoche. Se marchó antes de que pudiera siquiera preguntarle su nombre.
Los ojos color avellana brillaron cuando se inclinó en una reverencia con la mano sobre el corazón.
—François Anselm Mericoeur d’Armagnac, madame —se presentó—. Es mi nombre de nacimiento. Pero ahora todos me conocen como el padre Anselm.
—¿Anselm Corazón Alegre? —inquirí con una sonrisa. El franciscano se encogió de hombros en un gesto típicamente galo, inalterable durante siglos.
—Se hace lo que se puede —replicó con gesto irónico.
—No deseo retenerlo —manifesté, puesta la mirada en el claustro—. Sólo quería agradecerle su ayuda.
—No me retiene en absoluto, madame. De hecho, no tenía mucha prisa por ir a trabajar y me estaba entregando al pecaminoso placer del ocio.
—¿Cuál es su trabajo? —pregunté con curiosidad. Saltaba a la vista que este hombre era un visitante del convento. Su hábito franciscano negro se destacaba como una mancha de tinta entre el marrón de los benedictinos. El hermano Polydore, uno de los monjes que trabajaba en la cocina, me había contado que había varios visitantes. La mayoría eran estudiosos y se encontraban aquí para consultar las obras guardadas en la famosa biblioteca de la abadía. Por lo visto, Anselm era uno de ellos. Estaba, desde hacía varios meses, abocado a la traducción de varias obras de Herodoto.
—¿Ha visto la biblioteca? —preguntó—. Venga, vamos —me instó cuando sacudí la cabeza—. Es impresionante y estoy seguro de que su tío, el abad, no pondría ninguna objeción.
Tenía curiosidad por conocer la biblioteca y no quería volver enseguida al aislamiento del ala de huéspedes, así que lo seguí sin vacilar.
La biblioteca era hermosa, de techo alto y con columnas góticas que se unían en ojivas en el techo, que cubría varios recintos. Ventanas grandes llenaban los espacios entre las columnas y permitían la entrada de luz abundante. La mayoría eran de vidrio transparente, pero algunas contenían parábolas en vitrales sencillos. Pasé de puntillas junto a las figuras inclinadas de los monjes estudiando y me detuve a admirar uno de la Huida a Egipto.
Algunos de los estantes se asemejaban a los que yo estaba acostumbrada, con los libros colocados en hilera. Otros, en cambio, los tenían tumbados para proteger las cubiertas antiguas. Había incluso un estante con la parte delantera de cristal que contenía varios pergaminos enrollados. La biblioteca rezumaba por todas partes una callada exultación, como si los preciados volúmenes cantaran en silencio dentro de sus tapas. Salí del lugar con una paz profunda y atravesé el patio central con el padre Anselm.
Traté de agradecerle de nuevo su colaboración de la noche anterior, pero se encogió de hombros, como restándole importancia.
—Olvídelo, muchacha. Espero que su marido esté mejor hoy.
—Yo también lo espero —contesté. No deseaba profundizar en el tema, de modo que pregunté—: ¿Qué es la adoración perpetua? Anoche dijo que a eso iba a la capilla.
—¿No es usted católica? —preguntó asombrado—. Ah, lo olvidaba, es inglesa. Será protestante, claro.
—No estoy segura de practicar ninguna de las dos doctrinas. Pero técnicamente, al menos, imagino que soy católica.
—¿Técnicamente? —Enarcó las cejas, sorprendido. Vacilé, cauta después de mi experiencia con el padre Bain. Pero éste no parecía de los que empezara a blandir crucifijos en la cara de nadie.
—Bueno —comencé y me agaché para arrancar una hierba que sobresalía del empedrado—. Recibí el bautismo católico. Pero mis padres murieron cuando yo tenía cinco años y fui a vivir con mi tío. Tío Lambert era… —Me interrumpí. Recordé el ansia de conocimiento de tío Lambert y su cinismo, objetivo y alegre, que consideraba que la religión era una característica más que servía para catalogar a una civilización—. Bueno, para él las religiones eran todo y nada, supongo, en lo que se refiere a la fe —concluí—. Las conocía todas, pero no creía en ninguna. Así que ése fue el fin de mi instrucción religiosa. Y mi… mi primer esposo era católico, aunque me temo que no un buen observante. O sea que imagino que en realidad soy atea.
Lo miré con cautela, pero en vez de mostrarse escandalizado por la confesión, rió con ganas.
—Todo y nada —repitió, deleitándose con la frase—. Me gusta mucho. Pero en cuanto a usted, me temo que no. Una vez que alguien se convierte en miembro de la Santa Madre Iglesia, queda marcado de por vida como hijo suyo. Por poco que sepa usted sobre su fe, es tan católica como nuestro Santo Padre el Papa.
Contempló el cielo. Aunque nublado, las hojas de los alisos cerca de la iglesia no se movían.
—Ha parado el viento. Pensaba dar un paseo corto para despejar la mente con el aire fresco. ¿Por qué no me acompaña? Necesita aire y ejercicio. Y tal vez le resulte espiritualmente beneficioso, ya que puedo instruirla en el ritual de la Adoración Perpetua mientras caminamos.
—Tres pájaros de un tiro, ¿eh? —comenté categóricamente. Pero la perspectiva de aire fresco y luz era tentadora y me apresuré a buscar mi capa.
Con un vistazo a la figura que había dentro, la cabeza inclinada en oración, Anselm me condujo más allá de la oscuridad silenciosa que reinaba en la entrada de la capilla, a través del convento, y hacia el extremo del jardín.
Lejos de la posibilidad de perturbar a los monjes en la capilla, precisó:
—Es una idea muy simple. ¿Recuerda la Biblia y la historia de Getsemaní, donde nuestro Señor aguardó el momento del juicio y la crucifixión y sus amigos, que debieron acompañarlo, se quedaron dormidos?
—Ah —exclamé y entendí al instante—. Y él dijo: «¿Acaso no podéis permanecer despiertos conmigo una hora?». Y eso es lo que usted hace…, permanece despierto con él esa hora… para compensarlo. —La idea me gustaba y la oscuridad de la capilla de pronto pareció despoblada y reconfortante.
—Oui, madame —convino—. Muy sencillo. Nos turnamos para velar y así el Santo Sacramento en el altar no queda nunca solo.
—¿No es difícil permanecer despierto? —inquirí con curiosidad—. ¿O siempre velan de noche?
Asintió y una brisa ligera agitó el sedoso cabello castaño. La coronilla tonsurada necesitaba un afeitado; pelos cortos y encrespados la cubrían como musgo.
—Cada velador elige el tiempo que prefiere. Para mí, son las dos de la madrugada. —Me observó titubeante, como preguntándose cómo me tomaría lo que estaba a punto de decir.
—Para mí, en ese momento… —Se interrumpió—. Es como si el tiempo se detuviera. Todos los humores del cuerpo, la sangre y la bilis y los vahos que hacen a un hombre; de repente es como si todos trabajaran en perfecta armonía.
Sonrió. Tenía los dientes algo torcidos, el único defecto de su apariencia, por otra parte perfecta.
—O como si se detuvieran por completo. A menudo me pregunto si ese instante es igual al momento del nacimiento o de la muerte. Sé que siempre se presenta en ocasiones diferentes para cada hombre… o mujer, supongo —agregó con un movimiento de cortesía hacia mí.
»Pero en ese lapso, durante esa fracción de tiempo, parece que todo es posible. Cualquiera puede mirar más allá de las limitaciones de su propia vida y ver que de hecho no son nada. En el momento en que el tiempo se detiene, nos sentimos capaces de emprender cualquier aventura, completarla y regresar a nosotros mismos para encontrarnos con que el mundo no ha cambiado y todo está tal como lo dejamos un momento antes. Y es como… —Vaciló unos segundos para escoger las palabras con cuidado—. Es como si de pronto, al saber que todo es posible, nada fuera necesario.
—¿Pero… hace usted algo? —pregunté—. Quiero decir, ¿reza?
—¿Yo? Bueno —repuso despacio—. Tomo asiento y lo miro a Él. —Una ancha sonrisa estiró los labios finos—. Y Él me mira a mí.
Jamie se estaba sentando cuando volví al cuarto y dio unos pasos por el pasillo apoyado en mi hombro. Pero el esfuerzo lo hizo palidecer y sudar. Se acostó sin protestar cuando le descorrí la colcha.
Le ofrecí un poco de caldo y leche pero meneó la cabeza con cansancio.
—No tengo hambre, Sassenach. Si como algo, creo que volveré a vomitar.
No lo presioné y me llevé el caldo en silencio.
A la hora de cenar, insistí y logré convencerlo de que tomara unas cucharadas de sopa. La tragó bien, pero no pudo retenerla.
—Lo siento, Sassenach —se disculpó más tarde—. ¡Qué repugnante soy!
—No importa, Jamie, y no eres repugnante. —Dejé la palangana junto a la puerta en el pasillo y me senté a su lado. Le aparté el pelo despeinado de la frente.
—No te preocupes. Tu estómago sigue irritado por el mareo en el barco. Tal vez me apresuré al pedirte que comieras. Será mejor esperar a que se ponga bien.
Cerró los ojos y suspiró.
—Estaré bien —afirmó sin interés—. ¿Qué has hecho hoy, Sassenach?
Era evidente que estaba inquieto y molesto, pero se calmó un poco mientras le relataba mis exploraciones del día; la biblioteca, la capilla, el lagar y, por último, el jardín de hierbas, donde había conocido por fin al famoso hermano Ambrose.
—Es increíble —declaré con entusiasmo—. Ah, pero me olvidaba; ya lo conoces. —El hermano Ambrose era alto, incluso más alto que Jamie, y cadavérico, con la cara larga y caída como la de un perro basset. Y con diez dedos largos y flacos, todos color verde brillante.
»Parece capaz de hacer crecer cualquier cosa —continué—. Tiene todas las hierbas corrientes en el jardín. Y además, un invernadero tan diminuto que no se puede estar dentro de pie, con cosas que no deberían crecer en esta época o en esta parte del mundo, o ni siquiera crecer en absoluto. Sin mencionar las especias y drogas importadas.
La mención de drogas me recordó la noche anterior y miré por la ventana. El crepúsculo invernal sobrevenía temprano y afuera ya había oscurecido. Los faroles de los monjes que se ocupaban de los establos y del trabajo exterior se movían de un lado a otro en el cambio de turno.
—Está oscureciendo. ¿Crees que podrás dormirte tú solo? El hermano Ambrose tiene un par de cosas que podrían ayudar.
Tenía los ojos ensombrecidos de fatiga, pero sacudió la cabeza.
—No, Sassenach. No quiero nada. Si me duermo… No, creo que leeré un rato. —Anselm le había traído de la biblioteca una selección de libros de filosofía e historia. Estiró una mano hacia un ejemplar de Tácito que yacía en la mesa.
—Necesitas dormir, Jamie —murmuré y me quedé mirándolo. Abrió el libro y se acomodó en la almohada, pero continuó con la vista clavada en el techo.
—No te he contado el sueño —dijo de repente.
—Dijiste que habías soñado que te azotaban. —No me gustaba el aspecto de su cara. Pálida debajo de las magulladuras, brillaba con una capa ligera de humedad.
—Así es. Podía levantar los ojos y ver las sogas que me cortaban las muñecas. Tenía las manos casi negras y la soga raspaba el hueso cuando me movía. Apoyaba la cara contra el poste y sentía las puntas de plomo del látigo hundírseme en los hombros. Los golpes no cesaban, incluso mucho después de que debieran hacerlo, y entonces comprendí que no pensaba detenerse. Las puntas arrancaban trozos de carne. La sangre…, mi sangre corría por los costados y por la espalda, hasta empapar la falda. Tenía mucho frío.
»Volví a alzar la mirada y vi que la carne de las manos había comenzado a caerse a pedazos y que los huesos de los dedos rascaban la madera y dejaban marcas largas en ella. Los brazos aparecían descarnados y sólo las sogas los mantenían unidos. Creo que en ese momento empecé a gritar.
»Oía un ruido mientras me azotaba y al cabo de un rato me di cuenta de qué se trataba. Había quitado toda la carne de mis huesos y las puntas de plomo del látigo producían el sonido al golpear en los huesos secos de las costillas. Y supe que estaba muerto, pero no importaba. Él seguiría sin parar. Nunca se detendría, continuaría hasta que empezara a desintegrarme y cayera desmoronado. Pero nunca pararía y…
Me acerqué para abrazarlo y hacerle callar. Pero ya se había interrumpido y estrujaba el libro con la mano sana. Se mordía el labio inferior, ya desgarrado.
—Me quedaré contigo esta noche, Jamie —decidí—. Pondré un colchón en el suelo.
—No. —Estaba débil, pero no perdía su terquedad básica—. Estaré mejor solo. Y ahora no tengo sueño. Ve a cenar, Sassenach. Yo… leeré un poco. —Inclinó la cabeza sobre la página. Lo contemplé un minuto con impotencia. Luego seguí su consejo y me marché.
El estado de Jamie me preocupaba cada vez más. Las náuseas persistían, apenas probaba bocado y cuando lo hacía, casi siempre vomitaba. Su palidez aumentaba, y también su apatía. No demostraba interés por nada. Dormía gran parte del día porque no lograba hacerlo de noche. Sin embargo, fueran cuales fueran los temores que le inspiraba el sueño, no me dejaba compartir su habitación para que su desvelo no perturbara mi descanso.
Como no deseaba estar encima de él, aun cuando me lo hubiera permitido, pasaba gran parte de mi tiempo en el herbario o en el cobertizo de secado con el hermano Ambrose. Si no, deambulaba por la abadía, enfrascada en conversación con el padre Anselm. El franciscano aprovechaba para darme lecciones de catecismo. Intentaba instruirme en los fundamentos del catolicismo, aunque yo le había asegurado, una y otra vez, que era agnóstica.
—Ma chère —dijo por fin—, ¿recuerda las condiciones necesarias para cometer pecado que le expliqué ayer?
Al margen de los defectos morales que pudiera tener, mi memoria funcionaba bien.
—Primero, que sea malo y, segundo, que haya pleno consentimiento —recité como una cotorra.
—Que haya pleno consentimiento —repitió—. Y eso, ma chère, es también la condición para que se produzca la gracia. —Estábamos junto a la valla de la pocilga de la abadía observando a varios cerdos apiñados bajo el débil sol del invierno. El padre Anselm volvió la cabeza y apoyó el rostro en los brazos, que los había cruzado sobre la valla.
—No estoy segura —protesté—. Sin duda, la gracia es algo que se tiene o no se tiene. Me refiero a que… —Vacilé, puesto que no quería parecer grosera—. Para usted, por ejemplo, la cosa en el altar de la capilla es Dios. Para mí, es un trozo de pan, por muy bonito que sea el recipiente.
Suspiró con impaciencia y se irguió.
—Camino de mi vigilia nocturna, he observado que su esposo no duerme bien —comentó—. Y por lo tanto, usted tampoco. Y ya que de todos modos no duerme, la invito a que venga conmigo esta noche. Quédese conmigo en la capilla durante una hora.
Lo miré con los ojos entornados.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
No me costó mucho despertarme para mi cita con Anselm, en gran parte porque no dormí nada. Ni Jamie tampoco. Cada vez que me asomaba al corredor, vislumbraba la luz oscilante de la vela a través de la puerta entreabierta de su cuarto, oía susurros de páginas y algún que otro gemido cuando cambiaba de posición.
Incapaz de descansar, no me había molestado en desvestirme, de modo que estaba lista cuando un golpecito en la puerta anunció la presencia de Anselm.
En el monasterio reinaba el silencio, ese silencio que sólo se respira por la noche en las grandes instituciones. El pulso rápido de las actividades del día disminuye, pero los latidos continúan, más lentos y suaves pero incesantes. Siempre hay alguien despierto que se mueve con sigilo por los pasillos, vigila y mantiene vivas las cosas. Y ahora me tocaba a mí compartir la vigilia.
La capilla estaba a oscuras excepto por la lámpara roja del santuario y un par de velas blancas votivas, cuyas llamas se elevaban en el aire quieto ante los relicarios de los santos.
Seguí a Anselm por el corto pasillo central e hice una genuflexión detrás de él. La esbelta figura del hermano Bartolomé estaba arrodillada en los reclinatorios delanteros, inclinada en oración. El débil ruido que hicimos al entrar ni le inmutó.
El propio Sacramento aparecía eclipsado por la magnificencia de su recipiente. El inmenso ostensorio, un estallido de oro de más de treinta centímetros de diámetro, se erguía sereno sobre el altar, custodiando el humilde trozo de pan en su centro.
Me sentía algo incómoda y tomé asiento donde Anselm me indicó, cerca del altar. Los asientos, tallados con ángeles, flores y demonios, se plegaban contra los paneles de madera del respaldo para facilitar el paso de entrada y de salida. Anselm se acomodó detrás de mí y el asiento chirrió al bajar.
—¿Pero qué tengo que hacer? —le pregunté en voz baja acorde con la noche y el silencio mientras nos aproximábamos a la capilla.
—Nada, ma chère —me respondió sin más—. Simplemente esté ahí.
Así que me senté y escuché mi propia respiración y los sonidos diminutos del silencio, las cosas inaudibles que por lo general se ocultan tras otros sonidos: el suave movimiento de las piedras, el crujido de la madera, el silbido de las velas pequeñas que nunca se extinguen, el paso ligero de algún animalillo que deja su vivienda para adentrarse en el hogar de la majestuosidad.
Era un lugar apacible, tenía que admitirlo. A pesar del cansancio y la preocupación por Jamie, me fui relajando poco a poco. La tensión de mi mente se fue aflojando lentamente, como el resorte de un reloj. Cosa curiosa, no tenía nada de sueño, pese a lo tarde que era y a las tensiones de los últimos días y semanas.
«Después de todo —pensé—, ¿qué son los días y las semanas en presencia de la eternidad?». Y así era para Anselm y Bartolomé, para Ambrose, para todos los monjes, incluyendo al formidable abad Alexander.
En cierto modo era una idea reconfortante. Si todo el tiempo del mundo se desplegaba frente a nosotros, entonces los acontecimientos de un momento determinado perdían importancia. Podría entender, entonces, que alguien se aislara y buscara sosiego en la contemplación de un Ser eterno, independientemente de cómo concibiera a este Ser.
El rojo de la lámpara del santuario ardía con regularidad y se reflejaba en el oro. Las llamas de las velas blancas ante las estatuas de St. Giles y la Virgen parpadeaban y, alguna que otra vez, por alguna imperfección de las mechas, chispeaban de cera o humedad. Pero la lámpara roja ardía con serenidad, sin ninguna oscilación que traicionara su luz.
Y si existía la eternidad, o incluso la idea de ella, tal vez Anselm tuviera razón: todo era posible. ¿Y el amor absoluto? Reflexioné sobre el tema. Había amado a Frank; todavía lo amaba. Y amaba a Jamie, más que a mi propia vida. Pero restringida por los límites del tiempo y la carne, no podía tener a ambos. ¿Y más allá, quizá? ¿Había un lugar donde el tiempo no existía o se detenía? Anselm creía que sí. Un sitio donde todo era posible. Y nada era necesario.
¿Y había amor allí? Más allá de las barreras de la carne y el tiempo, ¿era posible el amor absoluto? ¿Era necesario?
La voz de mis pensamientos parecía la del tío Lamb. Mi familia y todo el amor que había recibido de niña. Un hombre que jamás me había hablado de amor, que nunca había necesitado hacerlo, porque yo sabía que me amaba, tanto como sabía que estaba viva. Pues cuando el amor es absoluto, las palabras son innecesarias. Es todo. Es eterno. Y con eso basta.
El tiempo pasó sin darme cuenta y me sobresalté cuando Anselm se plantó delante de mí, después de entrar por la pequeña puerta que había cerca del altar. Pero ¿no estaba sentado detrás? Me volví y vi a un monje joven, cuyo nombre ignoraba, haciendo una genuflexión cerca de la entrada posterior. Anselm hizo una reverencia profunda ante el altar y me indicó por señas que nos marcháramos.
—¿Se fue? —pregunté, ya fuera de la capilla—. Se suponía que no debía dejar solo al… Sacramento.
Sonrió con tranquilidad.
—No lo hice, ma chère. Usted estaba allí.
Me mordí la lengua antes de objetar que yo no contaba. A fin de cuentas, no existían Adoradores Diplomados. Único requisito: ser humano, nada más, y se suponía que yo todavía lo era aunque rara vez me sintiera como tal.
La vela de Jamie seguía encendida cuando pasé junto a su puerta y oí un crujir de páginas. Me habría detenido, pero Anselm continuó hasta la puerta de mi habitación. Hice una pausa allí para desearle buenas noches y agradecerle que me hubiera llevado a la capilla.
—Ha sido una experiencia muy… reposada —manifesté esforzándome por encontrar la palabra adecuada.
Asintió sin dejar de observarme.
—Oui, madame. Lo es. —Cuando me volví para irme, agregó—: Le dije que el Santo Sacramento no estuvo solo porque usted estaba allí. ¿Pero qué me dice de usted, ma chère? ¿Estuvo sola?
Me detuve y lo miré un momento antes de responder.
—No. No estuve sola.