Forastera
Séptima parte. El santuario » 39. La redención del alma de un hombre
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La redención del alma de un hombre
Por la mañana, fui como siempre a ver a Jamie, con la esperanza de que hubiera tomado algo de desayuno. Ya cerca de su habitación, Murtagh salió de un hueco de la pared y me obstruyó el paso.
—¿Qué sucede? —pregunté con brusquedad—. ¿Pasa algo malo? —Mi corazón empezó a latir con violencia y se me humedecieron las palmas de las manos.
Mi pánico debió de ser evidente, porque Murtagh sacudió la cabeza con aire tranquilizador.
—No, él está bien. —Se encogió de hombros—. O tan bien como hasta ahora. —Cogiéndome del codo con mano suave, me obligó a volver sobre mis pasos y nos pusimos a caminar por el pasillo. Pensé con estupor que ésta era la primera vez que Murtagh me tocaba deliberadamente. Su mano en mi brazo era ligera y fuerte como el ala de un pelícano.
—¿Qué le ocurre? —insistí. El rostro arrugado del hombrecillo era tan inexpresivo como siempre, pero se le contrajeron los párpados.
—No quiere verla —explicó.
Me detuve en seco y liberé mi brazo.
—¿Por qué no?
Murtagh titubeó como si tratara de elegir las palabras correctas.
—Bueno, es que… ha decidido que es mejor para usted dejarlo a él aquí y regresar a Escocia. Él…
El resto de las palabras se perdió mientras me volvía y me abría paso.
La puerta pesada se cerró a mis espaldas con un ruido seco y suave. Jamie dormitaba boca abajo en la cama. Estaba destapado, vestido con la sotana corta de un novicio. El brasero de carbón, en un rincón, mantenía el cuarto caliente aunque lleno de humo.
Dio un respingo violento cuando lo toqué. Tenía los ojos hundidos y todavía vidriosos de sueño y el rostro atormentado por las pesadillas. Tomé su mano entre las mías pero la retiró bruscamente. Con una expresión rayana en la desesperación, cerró los ojos y hundió el rostro en la almohada.
Traté de no demostrar inquietud y acerqué un taburete a la cama para sentarme.
—No te tocaré —aseveré—, pero tienes que hablar conmigo. —Esperé varios minutos mientras él yacía quieto y con los hombros encorvados en actitud defensiva. Por fin, suspiró y se sentó con movimientos lentos y dolorosos y las piernas colgando fuera de la cama.
—Sí —musitó sin mirarme—, supongo que debo hacerlo. Tendría que haberlo hecho antes…, pero he sido tan cobarde que esperaba que no fuera necesario. —Su voz era amarga y mantenía la cabeza inclinada y las manos enlazadas débilmente alrededor de las rodillas—. No me consideraba un cobarde, pero lo soy. Debí hacer que Randall me matara, pero no lo hice. No tenía razón para vivir, pero no era lo bastante valiente para morir. —La voz se fue convirtiendo en un susurro tan bajo que apenas podía oírlo—. Y sabía que tendría que verte por última vez…, decírtelo…, pero…, Claire, mi amor…, oh, amor mío.
Recogió la almohada de la cama y la abrazó como anhelando protección, un substituto del consuelo que no podía buscar en mí. Apoyó la frente en ella un instante mientras reunía fuerzas.
—Cuando me dejaste en Wentworth, Claire —susurró con la cabeza aún inclinada—, oí tus pasos alejarse por el pasillo y me dije: «Pensaré en ella. La recordaré: la suavidad de su piel, el perfume de su cabello y la sensación de su boca en la mía. Pensaré en ella hasta que esa puerta se vuelva a abrir. Y pensaré en ella mañana, en la horca, para infundirme valor en el minuto final. Pero entre el momento en que se abra la puerta y el momento en que deje este sitio para morir… —Las manos grandes se contrajeron en puños efímeros y luego se relajaron—… durante ese tiempo, no pensaré en nada».
En el pequeño calabozo, había cerrado los ojos y esperado sentado. El dolor no era tan fuerte si se quedaba quieto, pero sabía que pronto se intensificaría. Ya se había enfrentado antes al dolor. Lo conocía y conocía su reacción ante él lo bastante bien como para resignarse a resistirlo con la esperanza de que no excediera su fortaleza demasiado pronto. La perspectiva de violación física se había reducido ahora a una cuestión de ligera repugnancia. A su manera, la desesperanza actuaba de anestésico.
No había ventanas en el cuarto para calcular la hora. Lo habían llevado al calabozo al atardecer, pero su sentido del tiempo no era de fiar. ¿Cuántas horas faltarían para el amanecer? ¿Seis, ocho, diez para el final de todo? Pensó, con su característico humor negro, que Randall, al menos, había conseguido que ansiara la muerte.
Cuando la puerta se abrió, levantó la cabeza esperando… ¿qué? Había un hombre tan sólo, de complexión ligera, apuesto, un poco desaliñado, con la camisa de lino desgarrada y el pelo revuelto. Estaba apoyado contra el marco de la puerta y lo observaba.
Al cabo de un rato, Randall cruzó la habitación en silencio y se detuvo junto a él. Le apoyó una mano en el cuello, se agachó y arrancó la mano clavada en la mesa con un tirón tan brusco que Jamie estuvo al borde del desmayo. Le alargó un vaso de coñac, le levantó la cabeza con firmeza y lo ayudó a beber.
—Después me alzó la cara y lamió las gotas de coñac de mis labios. Quería apartarme, pero había dado mi palabra, así que me quedé muy quieto.
Randall había sostenido la cabeza de Jamie un momento mientras le clavaba una mirada escrutadora. Luego lo soltó y se sentó en la mesa junto a él.
—Se quedó allí largo rato, sin decir nada y balanceando una pierna de un lado a otro. Yo no tenía idea de qué quería y tampoco estaba de humor para adivinarlo. Estaba cansado y un poco mareado por el dolor de la mano. Así que después de unos minutos, bajé la cabeza para apoyarla en los brazos y giré la cara. —Suspiró hondo—. De pronto sentí una mano en la cabeza, pero no me moví. Empezó a acariciarme el pelo, con mucha suavidad, una y otra vez. No había ningún sonido excepto su respiración agitada y el crepitar del fuego en el brasero. Y creo… creo que me dormí un momento.
Cuando despertó, Randall estaba ante él.
—¿Te sientes mejor? —le había preguntado en tono distante y atento.
Después de asentir en silencio, Jamie se había puesto de pie. Randall lo había desvestido, con cuidado de no golpear la mano lastimada, y conducido a la cama.
—Había empeñado mi palabra de que no me resistiría. Pero tampoco quería colaborar, de modo que me quedé parado como una estaca. Pensaba dejarle hacer lo que quisiera, pero sin participar… manteniendo una distancia al menos mental.
Randall le sonrió y agarró la mano derecha de Jamie con suficiente ímpetu para que cayera sobre la cama, pálido y aturdido por la súbita punzada de dolor. El capitán se arrodilló frente a él y le enseñó, en unos minutos fulminantes, que la distancia es una mera ilusión.
—Cuando se puso de pie, cogió el cuchillo y me lo deslizó por el pecho. No fue un corte profundo, pero sangró un poco. Me miró la cara un instante, después estiró un dedo y lo mojó en la sangre. —La voz era inestable, se trababa y en ocasiones balbucía—. Se lamió el dedo manchado de sangre con pequeños chasquidos de lengua, como un ga-gato cuando se lava. Entonces sonrió —muy amable, por cierto— e inclinó la cabeza hasta mi pecho. Yo no estaba atado, pero no hubiera podido moverme. Me… me quedé sentado mientras él utilizaba la lengua para… No me dolió, pero la sensación fue extraña. Después de unos minutos, se puso de pie y se limpió la boca con una toalla.
Yo tenía los ojos fijos en la mano de Jamie. No podía verle el rostro, pues estaba vuelto hacia el otro lado, de manera que la mano me servía como el mejor indicador de sus sentimientos. Se crispaba de manera convulsiva en el borde de la cama mientras proseguía.
—Me… me dijo que… que era exquisito. El corte casi había dejado de sangrar, pero cogió la toalla y me la restregó con fuerza sobre el pecho para volver a abrir la herida. —Los nudillos de la mano apretada eran meras protuberancias blancas—. Entonces se bajó los calzones, se manchó con la sangre fresca y dijo que era mi turno.
Al acabar, Randall le sostuvo la cabeza y lo ayudó a vomitar. Le limpió el rostro con un paño húmedo y le dio coñac para que se quitara el mal sabor de boca. Y así, unas veces perverso y otras tierno, poco a poco y utilizando el dolor como arma, había derrumbado todas las barreras físicas y mentales.
Quería detener a Jamie para decirle que no necesitaba seguir, que no debía seguir, pero me mordí el labio para no hablar y me sujeté las manos para no tocarlo.
Pero siguió hasta el final: los latigazos lentos y deliberados, intercalados con besos; el dolor espantoso de las quemaduras, cuyo propósito era arrancarlo del borde de una inconsciencia buscada con desesperación para forzarlo a mayores degradaciones. Me reveló todo, sin vacilar, a veces con lágrimas, mucho más de lo que mis oídos podían soportar, pero lo escuché hasta el final y en silencio como un confesor. Me miró un instante y luego apartó la vista.
—Podía soportar que me lastimara, por mucho que fuera. Esperaba que… abusara de mí, y creía poder aguantarlo también. Pero no pude…, yo…, él… —Me clavé las uñas en las palmas para no abrir la boca. Jamie se estremeció y quedó unos minutos en silencio. Luego recuperó la voz, ronca pero firme.
»No sólo me hirió y me utilizó. Me hizo el amor, Claire. Me lastimó…, me hizo mucho daño…, mientras lo hacía, pero para él fue un acto de amor. ¡Y quiso que le correspondiera, maldita su alma! ¡Hizo que me excitara! —Golpeó el marco de la cama con tal rabiosa impotencia, que la dejó temblando.
»La… primera vez fue muy cuidadoso. Se entretuvo en aplicar aceite por mis partes con mucha suavidad. No pude evitar excitarme con sus caricias, como no pude evitar sangrar cuando me cortó. —La voz se oía cansada y abrumada de desesperación. Hizo una pausa y por primera vez desde que entré en la habitación, me miró a los ojos.
»No quería pensar en ti, Claire. No soportaba estar allí, desnudo y… Así… y recordar mi amor por ti. Era una blasfemia. Deseaba borrarte de mi mente y sólo… existir, hasta cuando debiera. Pero él no me lo permitió. —Tenía las mejillas húmedas, pero ahora no lloraba.
»Hablaba. Me habló todo el tiempo mientras lo hacía. En parte eran amenazas y en parte frases amorosas. Pero a menudo hablaba de ti.
—¿De mí? —Mi voz, durante tanto tiempo sin usar, brotó de mi garganta tensa como un graznido. Jamie asintió y volvió a fijar la vista en la almohada.
—Sí. Tenía celos de ti, ¿lo sabías?
—No, no lo sabía.
Asintió otra vez.
—Oh, sí. Me preguntaba…, mientras me tocaba…, me preguntaba: «¿Acaso ella te hace esto? ¿Tu mujer te e-excita así?». —Le tembló la voz—. Yo no le contestaba, no podía. Y después me preguntó cómo pensaba que te sentirías si me vieras…, si me vieras… —Se mordió el labio, incapaz de proseguir.
»Me lastimaba un poco, después se detenía y me acariciaba hasta que empezaba a excitarme…, entonces se ensañaba conmigo y me tomaba en medio del dolor. En ningún momento dejó de hablar de ti y no pude alejarte de mi mente. Dentro de mí luché, traté de poner distancia, de separar mi mente de mi cuerpo, pero el dolor se abría paso, incesante, a través de cada barrera que erigía. Lo intenté, Claire… ¡Cielos, cómo lo intenté! Pero…
Hundió la cabeza entre las manos y apretó los dedos contra las sienes. Habló con brusquedad:
—Sé por qué el joven Alex MacGregor se ahorcó. Haría lo mismo si no supiera que es un pecado mortal. Pero ya ha hecho bastante con condenarme en vida: no dejaré que haga lo mismo en el cielo. —Hubo una pausa mientras se esforzaba por controlarse. Advertí de manera automática que tenía la almohada mojada y quise levantarme y cambiársela. Jamie movió la cabeza despacio sin quitar la vista de los pies—. A… ahora todo está mezclado para mí. No puedo pensar en ti, Claire, ni siquiera en besarte o tocarte, sin volver a sentir el miedo, el dolor y las náuseas. Estoy aquí acostado y pienso que me moriré si no tengo tus caricias, pero cuando me tocas, creo que vomitaré por la vergüenza y el asco que me doy. Ni siquiera puedo verte ahora sin… —Apoyó la frente en los apretados puños, con los nudillos clavados en los ojos cerrados. Los tendones del cuello estaban completamente tensos y su voz brotaba lejana.
»Quiero que me dejes, Claire. Regresa a Escocia, a Craigh na Dun. Vuelve a tu sitio, a tu… esposo. Murtagh te acompañará, ya se lo he dicho. —Guardó silencio unos minutos y no me moví.
Alzó la vista con desesperada valentía y habló con sencillez.
—Te amaré toda la vida, pero ya no podré seguir siendo tu esposo. Y no seré otra cosa para ti. —Su rostro comenzó a desencajarse—. ¡Claire, te deseo tanto que me duelen los huesos, pero, que Dios me ayude, tengo miedo de tocarte!
Me dispuse a incorporarme para acercarme a él, pero me detuvo con un movimiento ligero de la mano. Estaba medio encorvado, con el rostro contraído por la lucha interna. Su voz era ahogada y jadeante.
—Claire… por favor. Por favor, vete. Voy a vomitar y no quiero que lo veas. Por favor.
Su voz suplicante me decía que debía ahorrarle aquella última humillación. Me puse de pie y, por primera vez en mi vida profesional, abandoné a un hombre enfermo a sus propios recursos, indefenso y solo.
Salí del cuarto, confusa. Me apoyé contra la pared y refresqué mis mejillas acaloradas en los rígidos bloques de piedra, indiferente a las miradas de Murtagh y del hermano William. «Que Dios me ayude —había dicho—. Que Dios me ayude, tengo miedo de tocarte».
Me separé de la pared y me quedé allí sola. Bueno, no podía ser de otro modo; no había nadie más.
A la hora en que el tiempo comenzaba a detenerse, hice una genuflexión en el pasillo de la capilla de St. Giles. Allí sólo estaba Anselm, con sus elegantes hombros muy rectos bajo el hábito. No se movió ni miró a su alrededor, pero el silencio envolvente de la capilla me dio la bienvenida.
Permanecí de rodillas un momento dejándome llevar por la apacible oscuridad en busca de mi paz interior. Cuando sentí que los latidos de mi corazón se serenaban para acoplarse a los ritmos lentos de la noche, me deslicé en un banco del fondo.
Me senté rígida; me faltaban las normas y el ritual, las cortesías litúrgicas que transportaban a los monjes a las profundidades de su conversación sagrada. No sabía cómo empezar. Por fin, dije en silencio y sin rodeos: por favor, necesito ayuda.
Y dejé que el silencio me abrazara, que me envolviera como los pliegues de una capa protegiéndome del frío. Y esperé, como me había dicho Anselm. Y los minutos transcurrieron.
Había una mesa pequeña en el fondo de la capilla cubierta con un mantel de hilo. Sobre ella descansaba la pila de agua bendita y a su lado, una Biblia y dos o tres libros de inspiración divina. Para uso de los adoradores a los que el silencio pesara demasiado, supuse.
Yo era uno de ésos. Me levanté a coger la Biblia y la llevé conmigo al reclinatorio. No era yo la primera persona que recurría a ella en tiempos de confusión o problemas. Las velas proporcionaban suficiente luz para leer. Volví las páginas de papel de seda y me incliné sobre las líneas de letra negra fina.
«… y los golpeó con…». ¿Qué diablos era eso? Mejor probaría con los Salmos.
«Pero yo no soy un hombre, sino un gusano… Soy como agua que se derrama, mis huesos están dislocados: mi corazón es como cera que se derrite dentro de mí». Bueno, sí, un diagnóstico acertado, decidí con cierta impaciencia. ¿Pero había algún tratamiento?
«Pero Tú, Señor, que eres mi fuerza, no te alejes, ven pronto en mi ayuda. Libra a mi alma de la espada y a mi amado del poder de los perros». Mmm.
Pasé al libro de Job, el favorito de Jamie. Si alguien estaba en condiciones de ofrecer un consejo útil…
«Pero habrá dolor en su carne y su alma gemirá». Mmm, sí, pensé y volví la página.
«Otras veces Dios corrige al hombre con enfermedades, con fuertes dolores en todo su cuerpo… La carne se va consumiendo y los huesos, que no habían de verse, asoman al exterior». Encaja al dedillo, pensé. ¿Qué más?
«Su vida está al borde del sepulcro, a las puertas de la muerte». No tan bien, pero lo que seguía era más alentador. «Pero si hay cerca de él un ángel, uno entre mil que hable en su favor y dé testimonio de su rectitud, que se compadezca de él y diga a Dios: “Líbralo de la muerte, pues he encontrado su redención”. Entonces su cuerpo recobrará la salud y volverá a ser como en su juventud». ¿Y cuál sería, entonces, la redención que salvaría el alma de un hombre y libraría a mi amado de los perros?
Cerré el libro, y los ojos también. Las palabras se mezclaban y se empañaban por mi necesidad imperiosa. Un dolor agobiante me invadió cuando pronuncié el nombre de Jamie. Y sin embargo, hallaba cierta paz y serenidad al repetir una y otra vez: «Oh, Señor, encomiendo a Ti el alma de Tu servidor, James».
De repente, pensé que tal vez Jamie estuviera mejor muerto. Había dicho que deseaba morir. Estaba segura de que si lo abandonaba como él quería, pronto moriría, ya fuese por los efectos de la tortura y la enfermedad, en la horca o en alguna batalla. Y no me cabía ninguna duda de que él también lo sabía. ¿Debía hacer lo que me pedía? Ni muerta lo haría, me dije a mí misma. Ni muerta lo haría, repetí hacia el altar y abrí el libro de nuevo.
Pasó un tiempo antes de que me diera cuenta de que el hilo de mi petición ya no era un monólogo. De hecho, lo supe cuando comprendí que acababa de responder a una pregunta que no recordaba haber formulado. En ese trance de aflicción insomne, se me había preguntado algo, qué, no estaba segura, y había contestado sin vacilar: «Sí, lo haré».
Frené mis pensamientos con brusquedad y escuché el zumbido del silencio. Luego volví a decir a media voz: «Sí. Sí, lo haré». Y recordé las suaves palabras de Anselm: «Las condiciones para el pecado son las siguientes: primero, que sea malo, y segundo, que haya pleno consentimiento… Esto último, condición también para que se produzca la gracia…».
Experimenté algo, no inesperado pero sí completo, como si me hubieran entregado un pequeño objeto invisible para que lo sostuviera en mis manos. Precioso como el ópalo, liso como el jade, pesado como una piedra de río, más frágil que el huevo de un ave. Del todo inmóvil; vivo como la raíz de la Creación. No un obsequio, sino una responsabilidad. Para cuidar y proteger. Las palabras se pronunciaron y desaparecieron en las sombras del techo.
Entonces hice una genuflexión a la Presencia y dejé la capilla. No dudaba, en la eternidad del momento en que el tiempo se detiene, de que poseía una respuesta, aunque la desconocía. Sólo sabía que lo que sostenía era un alma humana; la mía o la de otro, lo ignoraba.
No me pareció una respuesta a mi plegaria cuando desperté a la cotidianidad de la mañana con un hermano laico sobre mis narices diciendo que Jamie ardía de fiebre.
—¿Desde cuándo está así? —Apoyé una mano en la frente y la espalda, la axila y la ingle. No había señales de sudor; sólo la piel reseca y ardiendo de calor. Estaba despierto, pero aturdido y con los párpados caídos. El origen de la fiebre era evidente. La mano derecha destrozada estaba hinchada y un líquido fétido empapaba los vendajes. Rayas rojas ominosas subían por la muñeca. Una maldita infección, me dije. Una infección sucia y supurante que podía envenenar la sangre y amenazar su vida.
—Lo encontré así cuando pasé a verlo después de los maitines —respondió el hermano que había ido a buscarme—. Le di agua, pero empezó a vomitar después del amanecer.
—Debió llamarme de inmediato —le recriminé—. De todos modos, no importa. Tráigame cuanto antes agua caliente, hojas de frambueso y al hermano Polydore. —Se marchó después de prometerme que se encargaría de que me enviaran el desayuno. Rechacé tales comodidades y cogí la jarra de peltre con agua.
Para cuando apareció el hermano Polydore, yo había intentado la aplicación interna de agua, que había sido rechazada con violencia. De modo que la estaba aplicando de forma externa. Empapé las sábanas y las dispuse sobre la piel caliente.
Al mismo tiempo, puse la mano infectada en remojo, en agua hervida caliente, hasta donde pudiera aguantar la piel sin quemarse. Al carecer de sulfamidas y de antibióticos modernos, el calor era la única defensa contra una infección bacteriana. El cuerpo del paciente proporcionaba ese calor por medio de la fiebre alta, pero la fiebre en sí presentaba un grave peligro. Podía debilitar los músculos y dañar células cerebrales. El truco consistía en aplicar suficiente calor local para destruir la infección y, a la vez, conservar el resto del cuerpo lo bastante fresco para prevenir un daño y suficientemente hidratado para conservar sus funciones normales. Un maldito acto de malabarismo triple, pensé con desaliento.
El estado mental y la incomodidad física de Jamie habían dejado de ser relevantes. Ahora se trataba de una lucha directa para mantenerlo con vida hasta que la infección y la fiebre siguieran su curso. Era lo único que importaba.
En la tarde del segundo día, comenzó a tener alucinaciones. Lo atamos a la cama con trapos suaves para impedir que se tirara al suelo. Por fin, como medida desesperada para detener la fiebre, pedí a uno de los hermanos laicos que trajera una cesta grande de nieve. Se la pusimos por todo el cuerpo. Esto le causó un acceso de temblor violento que lo dejó exhausto, pero logró bajarle algo la temperatura.
Por desgracia, el tratamiento tuvo que repetirse a intervalos de una hora. Al anochecer, la habitación parecía un pantano. Charcos de nieve derretida salpicaban el suelo y pilas de sábanas empapadas se amontonaban entre ellos. El vapor, como el gas de los pantanos, se elevaba del brasero que había en el rincón. El hermano Polydore y yo estábamos totalmente empapados, bañados en sudor, muertos de frío por el agua de nieve y al borde del agotamiento, pese a la colaboración servicial de Anselm y los hermanos laicos. Habíamos probado, en vano, varios febrífugos como cierta variedad de flores perennes, ranunculáceas, calamento e hisopo. El té de corteza de sauce, que podría haber ayudado con su contenido de ácido salicílico, no pudo ser ingerido en cantidades suficientes para que resultara beneficioso.
En uno de sus pocos lapsos lúcidos, Jamie me pidió que lo dejara morir. Le respondí lacónica, como lo había hecho la noche anterior: «Ni muerta lo haré», y proseguí con la tarea.
Cuando se puso el sol, se oyeron unos pasos acercarse por el pasillo. La puerta se abrió y el abad Alex, el tío de Jamie, entró acompañado del hermano Anselm y otros tres monjes. Uno traía una caja de madera de cedro. El abad se aproximó a mí, me bendijo con rapidez y me cogió una mano.
—Ungiremos al muchacho —precisó con amabilidad—. No se asuste.
Se volvió hacia la cama y miré a Anselm enseguida en busca de una explicación.
—El sacramento de la Extremaunción —aclaró y se acercó para que su voz no perturbara a los monjes reunidos en torno a la cama—. La Última Unción.
—¡La Última Unción! ¡Eso es para los moribundos!
—Ssh. —Me alejó de la cama—. Tal vez sería más apropiado llamarlo la unción de los enfermos, aunque, en efecto, por lo general se reserva a los que están en peligro de muerte.
Los monjes volvieron a Jamie de espaldas con suavidad y lo acomodaron de manera que los hombros lastimados le dolieran lo menos posible.
—El sacramento tiene un doble propósito —continuó Anselm. Murmuraba en mi oído en tanto seguían los preparativos—. Primero, el de ser un sacramento de curación. Rezamos para que quien sufre recupere la salud, si ésa es la voluntad de Dios. El crisma, el óleo consagrado, se utiliza como símbolo de vida y curación.
—¿Y el segundo propósito? —inquirí, aunque ya lo sabía.
Anselm asintió.
—Si no es la voluntad de Dios que se recupere, entonces se absuelven sus pecados y lo encomendamos a Dios para que su alma se vaya en paz.
Vio que me tensaba en señal de protesta y apoyó una mano de advertencia en mi brazo.
—Éstos son los últimos ritos de la Iglesia. Tiene derecho a ellos y a la paz que le puedan deparar.
Los preparativos habían acabado. Jamie yacía boca arriba con un trapo que le tapaba el bajo vientre. Las velas prendidas a la cabecera y a los pies de la cama me recordaban con desagrado a un velatorio. El abad Alexander estaba sentado junto a la cama, acompañado por un monje que tenía una bandeja con el copón tapado, dos botellas pequeñas de plata que contenían el agua bendita y el crisma, y un trapo blanco envuelto alrededor de ambos antebrazos. Como un maldito camarero, pensé con rabia. Todo el protocolo me ponía nerviosa.
Los ritos fueron conducidos en latín. El murmullo suave del antifonal era agradable al oído, aunque no entendía su significado. Anselm me susurró el sentido de algunas partes del servicio; otras no necesitaban explicación. En determinado momento, el abad hizo señas a Polydore, el cual se adelantó y sostuvo una botella pequeña junto a la nariz de Jamie. Debía de contener licor amoniacal o algún otro estimulante, porque se sobresaltó y giró bruscamente la cabeza sin abrir los ojos.
—¿Por qué tratan de despertarlo? —murmuré.
—De ser posible, la persona debe estar consciente para dar su asentimiento a la declaración de que se arrepiente de todos los pecados cometidos durante su vida. Además, si es capaz de recibirlo, el abad le dará el Santo Sacramento.
El abad golpeó con suavidad la mejilla de Jamie y le volvió la cabeza hacia la botella mientras le hablaba en susurros. Había pasado del latín al escocés familiar y su voz era amable.
—¡Jamie! ¡Jamie, muchacho! Soy Alex, muchacho. Estoy aquí contigo. Tienes que despertarte, por un rato sólo. Voy a darte la absolución y el Santo Sacramento. Bebe un trago para que puedas contestarme cuando debas. —El monje llamado Polydore sostuvo el frasco contra los labios de Jamie y vertió el líquido gota a gota, hasta que la lengua y la garganta resecas pudieron tomar más. Los ojos de Jamie estaban abiertos, todavía pesados por la fiebre, pero lo bastante atentos.
El abad prosiguió con preguntas en inglés, pero formuladas en voz tan baja que apenas pude oírlas. «¿Renuncias a Satanás y a todas sus obras? ¿Crees en la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo?» y otras parecidas. Jamie respondió a cada una con un «sí» bajo y ronco.
Una vez administrado el sacramento, Jamie suspiró y cerró los ojos. El pecho se le hundía al respirar marcándosele las costillas. Se había consumido mucho entre la agitación del viaje y la fiebre. El abad cogió alternativamente los frascos del agua bendita y el crisma, hizo la señal de la Cruz sobre el cuerpo de Jamie y ungió la frente, los labios, la nariz, las orejas y los párpados. Volvió a hacer la señal de la Cruz con el óleo bendito en el hueco del pecho, sobre el corazón, en la palma de las manos y en la planta de los pies. Levantó la mano lastimada con infinito cuidado, pasó el óleo suavemente sobre la herida y depositó la mano en el pecho de Jamie, sobre la cicatriz blanca del cuchillo.
Ejecutada por el pulgar veloz del abad, la unción fue rápida y de una delicadeza ilimitada, como el roce de una pluma. «Magia supersticiosa», dijo el lado racional de mi mente, pero me conmovió el amor que reflejaban los rostros de los monjes mientras rezaban. Los ojos de Jamie se habían vuelto a abrir y aparecían serenos. Su rostro estaba en paz por primera vez desde que dejamos Lallybroch.
La ceremonia concluyó con una plegaria breve en latín. El abad apoyó la mano en la cabeza de Jamie y pronunció en inglés:
—Señor, te encomendamos el alma de tu siervo, James. Cúralo, te rogamos, si ésa es Tu voluntad. Fortalece su alma y cólmala de gracia para que conozca Tu paz por toda la eternidad.
—Amén —repusieron los otros monjes. Y yo también.
Por la noche, Jamie volvió a sumirse en la inconsciencia. Sus fuerzas se acababan y todo lo que podíamos hacer era despertarlo para darle los sorbos de agua que lo mantenían con vida. Sus labios estaban agrietados y pelados y ya no podía hablar, aunque sí abrir unos ojos vidriosos cuando lo sacudían enérgicamente. Tampoco nos reconocía. Sus ojos se clavaban en un punto y se cerraban después lentamente mientras volvía la cabeza con un gemido.
De pie junto a la cama, lo observaba, tan exhausta por los rigores del día que todo lo que sentía era una desesperanza sorda. El hermano Polydore me tocó con suavidad y me arrancó de mi aturdimiento.
—No puede hacer nada más por él ahora —me alejó con firmeza—. Debe descansar.
—Pero… —comencé y me interrumpí. Tenía razón. Habíamos hecho todo lo posible. O la fiebre cedía por sí sola o Jamie moriría. Ni el cuerpo más fuerte podía soportar los embistes devastadores de la fiebre alta durante más de un día o dos. Y las fuerzas de Jamie eran mínimas.
—Me quedaré con él —trató de tranquilizarme Polydore—. Vaya a la cama. La avisaré si… —No terminó la frase y me encaminó con gentileza en dirección a mi cuarto.
No dormí nada, tirada en la cama, con la vista clavada en el techo de vigas. Me ardían los ojos y me dolía la garganta, como si también fuera a contraer fiebre. ¿Era ésta la respuesta a mi plegaria de morir aquí juntos?
Por fin me levanté y tomé la jarra y la palangana de la mesa que había junto a la puerta. Apoyé la vasija pesada en el suelo, en el centro de la habitación, y la llené con lentitud. Dejé que el agua llegara hasta el grueso borde en una burbuja trémula.
De camino a mi habitación, me había desviado al herbario del hermano Ambrose. Ahora deshice los pequeños paquetes de hierbas y las esparcí en el brasero. Las hojas de mirra despidieron un humo fragante y el alcanfor desmenuzado ardió con pequeñas lenguas azules entre el resplandor rojo del carbón de leña.
Puse el candelero detrás del agua reflectante y me acomodé enfrente, dispuesta a invocar a los fantasmas.
El pasillo de piedra era frío y oscuro, iluminado a intervalos por la luz oscilante de lámparas de aceite colgadas del techo. Mi sombra se proyectaba hacia delante bajo mis pies al pasar debajo de ellas y se alargaba hasta zambullirse de cabeza y desaparecer en la oscuridad.
Pese al frío, iba descalza y cubierta con una bata blanca de algodón. Una pequeña envoltura cálida se movía conmigo debajo de la bata, pero el frío de las piedras me subía por pies y piernas.
Llamé una vez, despacio, y empujé la puerta pesada sin esperar respuesta.
El hermano Roger estaba con él, sentado junto a la cama rezando el rosario. Las cuentas de madera entrechocaron con un ruido tenue cuando alzó la cabeza, pero sus labios continuaron moviéndose en silencio durante unos segundos para terminar el Ave María antes de responder a mi saludo.
Se reunió conmigo cerca de la puerta y me habló a media voz, aunque podría haber gritado sin molestar a la figura inmóvil de la cama.
—Ninguna novedad. Acabo de cambiarle el agua para la mano. —Unas gotas brillaban a los lados de la pequeña tetera de peltre, recién llenada, en el brasero.
Asentí y apoyé una mano en su brazo en señal de agradecimiento. El contacto me resultó increíblemente firme y cálido después de las figuraciones de la última hora y, en cierta forma, reconfortante.
—Si no le importa, me gustaría estar a solas con él.
—Por supuesto. Iré a la capilla… ¿o prefiere que me quede cerca por si…? —La voz se fue extinguiendo, titubeante.
—No. —Traté de esbozar una sonrisa tranquilizadora—. Vaya a la capilla. O mejor aún, vaya a la cama. No puedo dormir; me quedaré aquí hasta la mañana. Si necesito ayuda, lo mandaré llamar.
Todavía vacilante, el monje echó una ojeada a la cama. Pero era muy tarde y estaba fatigado. Había sombras debajo de los amables ojos castaños.
Las bisagras de la puerta pesada crujieron y quedé a solas con Jamie; a solas y asustada, no muy segura de lo que me proponía hacer.
Fui hasta los pies de la cama y desde allí lo contemplé un momento. La habitación estaba apenas iluminada por el resplandor del brasero y dos candeleros enormes de casi un metro de altura sobre la mesa, a un lado del cuarto. Jamie estaba desnudo y la luz tenue parecía acentuar los estragos de la fiebre devoradora. El cardenal multicolor sobre las costillas manchaba la piel como un hongo en expansión.
Los moribundos adquieren un tinte verdoso. Al principio, apenas un toque en la punta de la barbilla. Esta palidez se extiende de manera gradual por la cara y el pecho, a medida que la fuerza de la vida comienza a menguar. Lo había visto muchas veces. En algunas ocasiones, había presenciado la detención y regresión de este progreso mortal; la sangre que volvía a sonrojar la piel y al hombre con vida. Pero en general… Sentí un escalofrío y me di la vuelta.
Saqué la mano de entre los pliegues de la bata y deposité en la mesa los objetos que había reunido en una visita subrepticia al oscuro herbario del hermano Ambrose: una botella de licor amoniacal, un paquete de lavanda seca, otro de valeriana, un pequeño quemador de incienso de metal con forma de capullo en flor, dos píldoras de opio, aromatizadas y pegajosas de resina, y un cuchillo.
El aire del cuarto era sofocante a causa del humo del brasero. La única ventana estaba cubierta con un tapiz pesado que exhibía la ejecución de san Sebastián. Estudié el rostro del santo vuelto hacia arriba y su torso atravesado por las flechas y me pregunté sobre la mentalidad de la persona que había escogido esa decoración particular para el cuarto de un enfermo.
El tapiz era de seda y lana y atajaba todo excepto las corrientes de aire más fuertes. Levanté el extremo inferior y lo sacudí para hacer salir el humo del carbón a través del arco de piedra. El aire frío y húmedo que entró era refrescante y ayudó a calmar las palpitaciones de mis sienes, que habían comenzado mientras escrutaba el agua reflectante y recordaba.
Hubo un débil quejido a mis espaldas y Jamie se agitó por la corriente de aire. Estupendo. O sea que no estaba del todo inconsciente.
Dejé caer el tapiz de nuevo sobre la ventana y cogí el quemador de incienso. Coloqué una de las píldoras de opio en el centro y la prendí con una de las cerillas para los candeleros. Lo deposité sobre la mesa junto a la cabeza de Jamie, asegurándome de no inhalar el humo malsano.
No había mucho tiempo. Tenía que darme prisa en terminar los preparativos antes de que el humo del opio lo embotara demasiado para poder despertarlo.
Me desaté la delantera de la bata y me froté el cuerpo con manojos de lavanda y valeriana. El olor era agradable y picante, distintivo y muy evocador. Un aroma que para mí evocaba la sombra de un hombre que llevaba su perfume y la sombra del hombre detrás de él; sombras que evocaban imágenes confusas de un terror actual y de un amor perdido. Un aroma que a Jamie debía recordarle horas de dolor y rabia envueltas en esas fragantes oleadas. Me froté el resto entre las palmas y dejé caer los fragmentos perfumados al suelo.
Respiré hondo para reunir fuerzas y tomé la botella de licor amoniacal. Me detuve junto a la cama un momento y observé el rostro demacrado con la barba incipiente. Como mucho, viviría un día; en el peor de los casos, apenas un par de horas más.
—Muy bien, maldito bastardo escocés —susurré—. Veamos cuán terco eres en realidad. —Saqué la mano lastimada de la palangana con agua y la retiré.
Abrí la botella y se la pasé por la nariz. Jamie resopló y trató de alejar la cabeza, pero no abrió los ojos. Hundí mis dedos en el pelo para inmovilizarlo y volví a acercarle la botella. Esta vez, sacudió la cabeza despacio, de un lado a otro, como un buey al salir del sopor. Entreabrió los ojos.
—Aún no hemos terminado, Fraser —le murmuré al oído. Traté de imitar lo mejor posible el ritmo de las consonantes acortadas de Randall.
Jamie gimió y arqueó la espalda. Lo agarré de los hombros y lo agité con rudeza. La piel estaba tan caliente que casi lo solté.
—¡Despierta, bastardo escocés! ¡Todavía no he acabado contigo! —Trató de apoyarse en los codos en un esfuerzo lastimoso por obedecer que casi me partió el corazón. La cabeza continuaba moviéndose de un lado a otro y los labios agrietados mascullaban algo que sonaba como «por favor, todavía no», una y otra vez.
Las fuerzas le fallaban; se volvió y se desplomó boca abajo con el rostro sobre la almohada. El humo del opio comenzaba a llenar la habitación. Me sentía algo mareada.
Apreté los dientes y metí mi mano entre su trasero para agarrar un bulto redondo. Jamie gritó, un sonido agudo y vivo, y rodó de costado, de dolor. Se hizo un ovillo con las manos apretadas entre las piernas.
Había pasado una hora en mi cuarto, contemplándome a mí misma y evocando recuerdos. De Jack Randall el Negro y de Frank, su seis veces bisnieto. Hombres tan diferentes, pero de similitudes físicas tan increíbles.
Me desgarraba pensar en Frank, recordar su rostro y su voz, sus costumbres, su forma de hacer el amor. Una vez hecha la elección en el círculo de piedras, había intentado borrarlo de mi mente, pero siempre estaba allí, una figura sombría en lo más recóndito de mi mente.
Me sentí enferma de traición, pero ante la necesidad extrema, había forzado a mi mente a despejarse como Geilie me había enseñado. Me concentré en la llama de la vela, respiré la astringencia de las hierbas y me serené hasta que pude sacarlo de las sombras, ver las líneas de su rostro, sentir una vez más sus caricias sin llorar.
Había otro hombre entre las sombras, con las mismas manos, el mismo rostro. Sin quitar los ojos de la llama de la vela, lo había acercado también, y lo había escuchado, y observado, y visto las semejanzas y diferencias, y había construido un… ¿un qué? Un simulacro, un personaje, una impresión, una mascarada. Un rostro en sombras, una voz susurrante y una caricia amorosa con los que pudiera engañar a una mente delirante. Y por fin salí de mi habitación, con una plegaria por el alma de la bruja Geillis Duncan.
Jamie estaba de espaldas ahora y se retorcía un poco por el dolor de sus heridas. Sus ojos no veían ni reconocían.
Lo acaricié como sabía tan bien. Dibujé la línea de sus costillas con suavidad, como Frank lo habría hecho. Y presioné fuerte en el cardenal doloroso, como estaba segura de que habría hecho el otro. Me incliné para pasarle la lengua despacio alrededor de una oreja, paladeando, tanteando. Y susurré:
—¡Pelea! ¡Defiéndete, basura!
Sus músculos se tensaron y apretó la mandíbula, pero siguió con la vista clavada en lo alto. No había alternativa. Tendría que usar el cuchillo. Sabía el riesgo que eso implicaba, pero mejor matarlo yo misma, pensé, que quedarme sentada y dejarlo morir.
Recogí el cuchillo de la mesa y lo deslicé con firmeza por el pecho, a lo largo de la cicatriz recién curada. Jamie abrió la boca del susto y arqueó la espalda. Tomé una toalla y la restregué con energía sobre la herida. Antes de que me flaquearan las fuerzas, llevé mis dedos hasta el pecho y recogí unas gotas de sangre que froté con desesperación sobre los labios de Jamie. Había una parte que no necesitaba inventar, pues yo misma la había oído. Me agaché sobre él y le murmuré:
—Ahora bésame.
No estaba en absoluto preparada para lo que ocurrió. Jamie me arrojó al centro de la habitación mientras se levantaba de la cama. Me tambaleé y choqué contra la mesa. Los candeleros gigantes se balancearon. Las sombras se movieron y oscilaron cuando las mechas llamearon para después apagarse.
Me había golpeado la espalda contra el borde de la mesa, pero me recobré a tiempo para esquivar a Jamie que se abalanzó sobre mí. Con un gruñido inarticulado, me siguió con las manos extendidas.
Era más rápido y fuerte de lo que esperaba, aunque se bamboleaba con torpeza y se llevaba las cosas por delante. Me arrinconó un momento entre el brasero y la mesa y alcancé a oír su respiración ronca cuando dirigió la mano izquierda hacia mi cara. De haber estado él en buenas condiciones físicas y con los reflejos de siempre, el golpe me habría matado. Pero salté a un lado y el puño se desvió a mi frente. Caí al suelo, aturdida.
Me arrastré debajo de la mesa. Al intentar atraparme, Jamie perdió el equilibrio y cayó contra el brasero. Brasas ardientes se diseminaron por el suelo de piedra y Jamie gimió cuando su rodilla aplastó un carbón ardiente. Tomé una almohada de la cama y sofoqué un nido de chispas humeantes en el extremo colgante de la colcha. Ocupada en esto, no advertí que Jamie se acercaba hasta que un sólido golpe en la cabeza me dejó tumbada.
La cama daba vueltas cuando traté de levantarme. Me refugié tras ella un instante mientras me recuperaba. Oía a Jamie buscándome en la penumbra y su respiración áspera entre maldiciones incoherentes en gaélico. De repente me avistó y se arrojó sobre la cama con mirada demencial.
Es difícil describir en detalle lo que pasó después, porque todo sucedió varias veces y las veces se superponen en mi memoria. Pareció como si las manos calientes de Jamie se cerraran alrededor de mi cuello en una sola ocasión que duró una eternidad. De hecho, ocurrió docenas de veces. Todas las veces logré quitármelo de encima para retroceder y esquivar los muebles destrozados. Y otras tantas me siguió, impulsado por la ira desde el borde de la muerte, maldiciendo y sollozando, tropezando y golpeando como un desquiciado.
Sin el abrigo del brasero, las brasas se extinguieron enseguida. La habitación quedó negra como un pozo y poblada de demonios. En los últimos parpadeos de luz, lo vi acuclillado contra la pared, con la melena revuelta y cubierto de sangre, con el pene rígido contra el vello enmarañado del vientre y ojos azules asesinos en el rostro cadavérico. Un guerrero vikingo. Como los demonios del norte que irrumpieron de sus barcos en las neblinas de la antigua costa escocesa para matar y saquear y quemar. Hombres que matarían con el último aliento de sus fuerzas. Que utilizarían esa última reserva para violar y sembrar su semilla violenta en los vientres de los conquistados. El pequeño quemador de incienso no daba luz, pero el olor malsano del opio me atoraba los pulmones. Aunque las brasas se habían apagado, veía luces en la oscuridad, luces de colores que flotaban en el borde de mi visión.
Me costaba moverme. Tenía la impresión de estar vadeando agua que me llegaba hasta los muslos mientras me perseguían peces monstruosos. Levanté las rodillas y corrí en cámara lenta. El agua me salpicaba el rostro.
Me sacudí para despertar del sueño y me di cuenta de que, en efecto, tenía el rostro y las manos húmedos. No eran lágrimas, sino sangre y sudor de la criatura de pesadilla con la que luchaba en la oscuridad.
Sudor. Tenía que acordarme de algo con respecto al sudor, pero no podía. Una mano me agarró del brazo y me solté. Dejó una capa resbaladiza en la piel.
Alrededor del arbusto de moras, el mono perseguía a la comadreja. Pero algo andaba mal; la comadreja me perseguía a mí, una comadreja con dientes blancos y afilados que me atravesaban el antebrazo. La golpeé y los dientes me soltaron, pero las garras… alrededor del arbusto de moras…
El demonio me tenía contra la pared. Sentía la piedra detrás de la cabeza y debajo de los dedos. Un cuerpo duro como la piedra se apretaba con fuerza contra mí, con una rodilla huesuda entre las mías, piedra y hueso, entre mis propias… piernas, más rigidez pétrea… ah. Una suavidad en medio de los rigores de la vida, frescura agradable en el calor, consuelo en medio de la aflicción…
Caímos al suelo enlazados y rodamos varias veces, enredados en los pliegues del tapiz caído, bañados en las ráfagas de aire frío que entraban por la ventana. La neblina de locura comenzó a disiparse.
Chocamos contra un mueble y permanecimos quietos. Las manos de Jamie estaban en mis pechos y los dedos se hundían con ferocidad en la carne. Algo húmedo me cayó en la cara, sudor o lágrimas, no lo sabía, pero abrí los ojos para ver. Jamie me miraba, impasible bajo la luz de la luna, con los ojos agrandados y sin ver. Sus manos se relajaron. Un dedo delineó con suavidad el contorno de un pecho, de arriba abajo, una y otra vez. La mano se movió para abrazarlo y los dedos se abrieron como una estrella de mar y con la suavidad del recién nacido al mamar.
—¿M-madre? —balbuceó. Se me erizaron los pelos de la nuca. Era la voz aguda y pura de un niño—. ¿Madre?
El aire frío nos envolvía y se llevaba el humo nocivo en remolinos de copos de nieve. Extendí una mano y apoyé la palma en la mejilla fría.
—Jamie, amor —susurré con la garganta magullada—. Ven, apoya la cabeza, mi pequeño. —Entonces, la máscara tembló y se quebró. Abracé el cuerpo grande con fuerza y ambos nos sacudimos con la intensidad de sus sollozos.
Tuvimos bastante suerte de que fuese el mesurado hermano William quien nos encontró por la mañana. Desperté aturdida al sentir que se abría la puerta y recobré toda mi lucidez cuando lo oí carraspear con énfasis antes de decir «Buenos días» con su pausado acento de Yorkshire.
El peso pesado en mi pecho era Jamie. El cabello, ahora seco, le colgaba en mechones color bronce y verticilados sobre mis pechos como pétalos de crisantemo chino. La mejilla que reposaba en mi esternón estaba caliente y pegajosa de sudor, pero la espalda y los brazos, a los que podía tocar, estaban tan fríos como mis muslos, helados por el aire invernal que se filtraba.